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Emociones contadas

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Domingo  26 de noviembre, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: Asociación Cultural “La Castalia”, XVI Curso “La Voz en la Música de Cámara”. Concierto de clausura en homenaje a la memoria de Olga Semushina. Entrada libre.

Significado según nuestra Real Academia Española de la Lengua de la palabra emoción (del lat. emotio, -ōnis): 1. f. Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.
2. f. Interés, generalmente expectante, con que se participa en algo que está ocurriendo
.

La vida es puro aprendizaje, el trabajo otro tanto y no hablemos de la música donde nunca se termina de aprender y descubrir. Entendamos todo como pura emoción en cualquiera de las dos acepciones de la RAE, sea leer, escribir, escuchar… Y no es lo mismo “contadas emociones” por escasas y excepcionales que “emociones contadas”, lo que pretendo desde aquí y algo que en el mundo de la música se intenta hacer continuamente.
Emociones contadas y cantadas, emociones exteriorizadas o interiorizadas, emociones individuales y compartidas, colectivas por la magia de la música pero siempre emociones. Emoción hubo en un concierto final de curso que dejó pequeña la sala de cámara más allá de descubrir nuevas voces, hacer un seguimiento de las conocidas o escuchar dos estrenos. Emoción en quienes se sumaron al recuerdo y homenaje de una amiga, maestra, intérprete, compañera o esposa.

Emoción colectiva con todos los participantes escuchando las palabras de Begoña García-Tamargo, directora artística de “La Castalia“, emocionada por la amiga y compañera, emoción contenida con la música de Beethoven con el Adagio de la sonata en la mayor grabada por Olga Semushina con su marido Vladimir Atapin al cello, verdadero homenaje escuchado por todos con esa alteración del ánimo penosa e interpretada cual vida eterna de una música que nos mantendrá siempre vivos, ejecutada por ese matrimonio roto por una enfermedad contra la que luchó hasta el final, tristemente orgulloso de disfrutarla un poco más de lo diagnosticado.

Conmoción somática la de todo intérprete al salir al escenario con distintas reacciones interiores: cosquilleo, nervios, bloqueos, rigidez… emociones que todo músico conoce pero no siempre controla, cursos de idiomas porque la palabra cantada siempre debe ser escuchada, trabajo de repertorio de cámara que exige emocionarse cantando y emocionar al oyente, transmisión unívoca cuya respuesta llegará con el aplauso. La música de Fauré o Rodrigo, Guastavino o Tosti, Vaughan Williams o Barber, Hahn o Wolf con poemas emocionantes en su lectura pero aún más trascendentes con sus notas, inflexiones y el ropaje del piano, diálogos donde la música complementa la palabra. Emociones del lenguaje tan difícil y distintas en francés o castellano, alemán o inglés pero igual de exigentes para noveles o veteranos. Las sopranos Carla Romalde, Janeth Zúñiga, Canela García o Cristina Suárez, el barítono Pedro La Villa y el tenor Adrián Begega, la mezzo María Heres (me encantó el acento argentino en su su sentida Pampamapa) y la siempre querida soprano ferrolana Patricia Rodríguez Rico que no podía faltar en este homenaje de emociones (impactante y cómplice con el piano en el emocionante poema alemán que es Befreit de R. Strauss) y de estrenos

Búsquedas interna de la voz y el color, elección del repertorio, trabajo de interiorización y el examen constante del público, una vida cantada y no siempre contada. Manuel Burgueras al piano como profesor de estos repertorios llevando cada voz por el camino correcto o guiando a los demás pianistas como Yozhuan Chávez acompañando a Zúñiga o Alma González (con Heres) quien se sumó con un minuto de música al homenaje emocionado e individual de alumna a maestra, Angelico (1959) el primer número de “Música callada” (Mompou) con una rosa blanca sobre el negro barniz del Steinway.

Emoción compartida desde la propia interiorizada de Gabriel Ureña, empatía de cello y dolor con el piano de Patxi Aizpiri en el Andante de la Sonata op. 19 de Rachmaninov, los rusos que sentimos asturianos, intérpretes y compositores, abrazo sin palabras al amigo y compañero Atapin recordando a “la Atapina” con la música que llega donde la palabra no, precisamente en un concierto con la voz de protagonista donde el violonchelo es lo más parecido a ella, verdadera Vocalise capaz de hacernos vibrar con cada cuerda y más con el sentimiento transmitido desde lo más íntimo.

Qué mejor homenaje que estrenar una obra, trabajada además por cuatro de estos alumnos como broche de otro curso, y Gabriel Ordás (1999) que sigue creciendo en todos los sentidos y estilos, nos regalaba “A Dafne“, fantasía para cuarteto vocal y piano con el texto del Soneto XIII de Garcilaso de la Vega. El relevo en el piano lo tomaría hasta el final la ucraniana afincada en Asturias Yelyzaveta Tomchuk, coprotagonista de este estreno junto a Patricia RodríguezMaría HeresAdrián Begega Pedro La Villa que emocionaron con ese soneto musicado exigiendo a cada solista entrega, técnica y solidaridad en el canto, matices con registros amplios y empastes buscados, intimismo camerístico y tensiones con piano recreando la letra desde la voz. Habrá quedado registrado por las muchas cámaras y grabadoras, a cuyos propietarios vendría bien hacer un curso para fotógrafos en conciertos, cómo comportarse sin molestar, el saber estar en cada momento tan importante para todo en la vida.

El segundo estreno vendría de Pablo Moras (1983), recientemente galardonado con el premio de la SGAE Carmelo Alonso Bernaola de jóvenes compositores, y su obra con texto de Xuan Bello “No Escuro” para coro mixto con piano, el propio compositor y director de la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo con Lisa Tomchuk, emociones a flor de piel y emociones cercanas al lujo por poder interpretar una obra nueva dirigida por el autor, asistir en todas las personas, primera, tercera o segunda, singular o plural a la amplia gama de matices y colores emocionales de todo tipo con una obra actual cercana como el homenaje común a Olga desde la voz, solista o en coro.

Y sumándose a la Capilla algunas de las alumnas nada mejor que la alegría de un musical tan conocido como West Side Story (L. Bernstein) en un arreglo con piano de Len Thomas que redimensiona el original a coro, números de Tony por las voces graves, de Maria por las blancas, y el empuje coral conjunto bien compenetrado con el piano por un coro algo corto en hombres (endémico en casi todos) pero convincente, entusiasta y emocionado a la vez que emocionando.

No se podía pedir más, aunque Atapin volvió a dar las gracias a todos, orgulloso con la placa que le entregó “La Castalia” de manos del presidente y amigo Santiago Ruiz de la Peña, tras la foto final con todos los profesores, alumnos e invitados a este homenaje emotivo, porque de bien nacidos es ser agradecidos.

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Santa Cecilia en Mieres

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Este 2017 la festividad de Santa Cecilia caía de miércoles, por lo que en Mieres decidió ocupar no ese día sino dos sábados el Auditorio Teodoro Cuesta, anterior y posterior al 22, con sendos conciertos a cargo de nuestras mejores señas musicales de identidad, el Orfeón y la Banda, también con formaciones invitadas para hacerlas partícipes de la fiesta y con las que hay especiales relaciones.

El sábado 18 y con poco más de media entrada era el día coral de la patrona con dos protagonistas de casa: la orfeonista y pianista Susana Álvarez y el director Carlos Ruiz de Arcaute Rivero, la primera encargada de abrir concierto con el conocido Torna a Surriento al piano y acompañando al invitado Coro Melódico también dirigido por el titular del orfeón.
Media docena de temas nos dejó esta agrupación femenina de carácter social, canciones conocidas por casi todo el público presente y presentadas por Eustaquio Álvarez Hevia, presidente del laureado e histórico orfeón local, obras sin grandes pretensiones ni arreglos pero que con el acompañamiento pianístico de Susana siempre ayuda y da empaque a estas melodías populares del pasado siglo, que paso a detallar y enlazarlas a YouTube©:
La popularizada por Jorge Sepúlveda Mirando al mar de Carlos de Haro Valencia (+1963) y Marino García González (1910), el bolero Viajera -1947- de Francisco García del Val (1897-1984) en el arreglo de Fernando García Morcillo (1916-2002), la conocida habanera-bolero Yo te diré de la película de 1945 “Los últimos de Filipinas”, con letra del polifacético malagueño Enrique Llovet Sánchez (1917-2010) y música del compositor y pianista húngaro Jorge Halpern (1916) en arreglo de M. Salina, la también muy versioneada Torna a Surriento (1902) de los hermanos De Curtis, el pintor y poeta Giambattista (1860-1926) y el músico Ernesto (1875-1937), más dos canciones de la mexicana afincada en EE.UU. María Grever (1884-1951) Cuando vuelva a tu lado (1924) y Despedida (1946).

Sin más espera que la entrega de presentes más el agradecimiento a los invitados, llegó el turno del
Orfeón de Mieres de nuevo con Carlos Ruiz de Arcaute que desgranaron otra media docena de temas de su repertorio, esta vez explicados por el director y una muestra de los diferentes estilos que nuestro coro lleva por toda la geografía, igualmente enlazados a su canal en YouTube©, ganando en empaste y sonoridades aunque se note el cansancio en alguna cuerda. Comenzaron con Señor, me cansa la vida (Antonio Machado / Juan Alfonso García, 1935), el siempre agradecido folklore asturiano de Atardecer (Sergio Domingo), Ay! un galán (Javier Armenter, 1965) y Mocina, dame un besín (Senén Guillermo Molleda / Antolín de la Fuente) más la habanera popular de Totana Un velero y una canción de Santos Montiel en armonización para coro mixto de José Luis López García, para finalizar recordando a Puerto Rico en un arreglo que personalmente nunca me ha gustado de Mi viejo San Juan (Noel Estrada / arr. Antonio Barés). Nuevos detalles entre formaciones para seguir recordando este concierto de “los coros de Carlos y Susana” con repertorios y objetivos distintos aunque la música vocal no entienda de etiquetas.

El broche final unió a los dos coros para entonar con el público sumado a ellos el himno Asturias, patria querida.
Dejo recortes del diario La Nueva España recogiendo el evento:

Y el sábado 25 llegó el turno de la Banda de Música de Mieres que llenó el Auditorio que lleva el nombre de nuestro bate y músico local Teodoro Cuesta, logrando un enorme éxito celebrando también sus Bodas de Plata, compartiendo evento con su “hermana mayor” de Pola de Siero, depositaria y heredera de instrumentos y partituras cuando desapareció la Banda Municipal, devolviendo honores para rescatarla del olvido desde la Asociación Mierense de Amigos de la Música (AMAM) presidida entonces por dos antiguos componentes, el recordado fliscorno Ricardo Merediz y el trompeta Ramón del Llano, que sería su primer director y actual presidente. Cual ave fénix levantaría nuestra laureda banda el vuelo hasta alcanzar una calidad digna de elogio con su actual director Antonio Cánovas Moreno al frente.

El concierto estuvo presentado por Luis Antonio García Pardo, quien además de algunas redundancias y obviedades también leyó las notas al programa que se entregaron a los asistentes, si bien la penumbra no ayudaba a leer, ayudando su aportación en este sentido.

La Banda de Música de Siero de la Asociación Sierense de Amigos de la Música (ASAM), con Alfonso Sánchez Peña al frente tiene una plantilla no muy amplia que lleva 30 años funcionando y parece estar ahora en proceso de relevo generacional. Trajo un programa con cuatro temas distintos y variados en dificultad de ejecución (especialmente para los clarinetes): el conocido pasodoble torero Pepita Greus -1926- de Pascual Pérez Choví (1889-1953), Variazione in blue -1992- del holandés Jacob de Haan (1959), un verdadero regenerador de la música de banda con obras actuales que siguen bebiendo de la tradición, la selección de la zarzuela La alegría de la huerta -1900- del madrileño Federico Chueca (1846-1908) y la selección de temas del musical también llevado al cine My fair lady -1964- de Frederick Loewe (1901-1988), arreglos para banda bien distintos y de resultados dispares en afinación y empaste, pareciendo más cómodos en lo tradicional, en parte por la falta de más efectivos o la carencia de instrumentos como oboes o fagotes que completarían unas versiones algo vacías pese a los esfuerzos del veterano maestro Sánchez Peña que por lo menos sacó buenas dinámicas de sus pupilos sin apretarles demasiado en los aires elegidos tejiendo con los mimbres de que dispone, pues supongo que todos querríamos una verdadera banda sinfónica a falta de orquesta.

Tras la entrega por parte del presidente mierense de una placa agradeciendo la ayuda y hermanamiento de ambas bandas llegó el turno de la local con tres obras actuales, difíciles e impactantes afrontadas desde el duro trabajo y esfuerzo con la ilusión e ímpetu juvenil de todos amén de una plantilla perfecta para las partituras elegidas por el maestro murciano y saxofonista Antonio Cánovas.

Cada concierto de la “plateada” banda mierense es una dosis de optimismo por la música y su intrepretación, difícil siempre elegir obras exigentes para ir ampliando repertorio actual sin perder calidad, al contrario, llenas de complejidades siempre bien resueltas con una plantilla diríamos que ideal en cantidad y calidad, aprendiendo cada día para enamorar al público allá donde actúan.
El murciano Roque Baños (Jumilla, 1968) no solo tiene excelentes bandas sonoras sino que como buen levantino la música de banda corre por sus venas, la mejor base para todo músico. Su pasodoble sinfónico A mi madre no pierde el carácter festivo e hispano esperado pero añade una escritura realmente sinfónica y llena de matices que su paisano Cánovas transmitió a cada sección de la banda para saborear la elegancia, sin echar de menos cellos.

Otro compositor murciano innovador en sus obras para banda es José Alberto Pina (Cartagena, 1984) del que pudimos disfrutar The legend of Maracaibo, partitura de toques épicos casi cinematográficos en la línea de John Barry o Vangelis pero conocedor a fondo de la plantilla de banda sacando de ella momentos bellísimos, contrastes de dinámicas increíbles y personalmente una tímbrica en clarinetes y saxofones exquisita y delicada sin perder un ápice la intensidad demandada. Todas las secciones brillaron a gran altura, con protagonismo de la percusión empujando al resto, sumando un joven trompetista inspirado y unas solistas de flauta u oboe que suman enteros a unas calidades envidiables para una formación que sigue dándonos muchas alegrías a sus seguidores haciéndonos llegar partituras como la de Pina.

Y de cine sería Bonaparte -2008- del austríaco Otto W. Schwarz (1967), equiparable con los murcianos en esta partitura dedicada al militar y distintas etapas, documental musical con variaciones del himno francés bien delineadas, herencia beethoveniana de La victoria de Wellington (La batalla de la victoria) y los contrastes dinámicos, anímicos, contagiados por todos los soldados a las órdenes del “mariscal Cánovas”, músicos plegados al mando, respondiendo al detalle desde una percusión marcial siempre ajustada a los toques militares. Músicas de nuestro tiempo, compositores básicamente españoles preparados y con proyección internacional interpretados por músicos con mucho futuro.

Finalizada la música el presidente de la ASAM hizo entrega de una placa para recordar estos 25 años de hermanamiento con la Banda de Música de Mieres, digna heredera de la municipal que también conocí y me acercó a una música que nunca he abandonado. Gracias y feliz aniversario.

Febrero de 1975: Nueva Conciencia

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La inmortalidad de la buena música
Hace unos años nadie podía suponer que a la juventud le interesase la música clásica e incluso tener en casa un disco de Beethoven al lado de uno del momento. Parece antagónico pero hoy no lo es. Y esto se debe a la labor de una serie de señores que bien mediante arreglos musicales o letrísticos, hicieron una música clásica al alcance de todos, pese a diversos sectores que califican como “crimen” artístico o sacrilegio alterar las inamovibles obras de los maestros. Es como un conflicto de dos generaciones: la joven que está de acuerdo y la de los adultos que lo consideran irreverente.
Pero no se puede juzgar igual a unos arreglos en el ritmo como los de Ray Conniff o Waldo de los Ríos, con otras interpretaciones personales de Emerson – Lake y Palmer o Teddy Bautista, por ejemplo y citando dos nacionales y otros dos extranjeros, con los originales.
Así, son muy conocidas versiones clásicas con letra de hoy de la “Canción de Cuna” de Brahms, o “Sueño de Amor” de Liszt, y muchas otras que han popularizado diversos cantantes mundiales.
Esto no es de ahora ya que en los 50 hubo una canción con el título de “Passion Flower” que no era más que una versión del “Para Elisa” de Beethoven pero más rítmica y con letra.
Pero no cabe duda de que el revolucionario de este nuevo estilo sinfónico-pop por así llamarlo, fue Waldo de los Ríos con su versión del “Himno de la Alegría”, cuarto movimiento de la Novena de Beethoven, que a su vez tomó la letra del poeta Schiller. La versión español corrió a cargo del cantante Miguel Ríos y obtuvo un resonante éxito mundial, vendiendo millones de copias.
Volvió a probar suerte con el “Te Deum” de Charpentier, con el título de “United” (Himno de Eurovisión), pero no consiguió igualar el record de ventas de la anterior versión beethoveniana.
Por tercera vez insistió, esta vez con Mozart y su sinfonía nº 40 manteniendo esta vez su línea de éxitos que hoy mantiene con su álbum “Mozartmanía”.
Respecto a la primera hubo una serie de críticas. Mi punto de vista es que no existe ningún problema con hacer una versión de una obra inmortal, pues quienes consideran como una “herejía” que manipulen y desfiguren obras ajenas no se dan cuenta que las originales permanecen incólumes y sin daño después de la versión propia que puede triunfar, caso de Picasso con sus Meninas al igual que las de Velázquez pero con su sello y estilo personal. La esencia se mantiene en ambas. Pero no sabemos cuál es el grado de admisibilidad de esas versiones, ni si son o no buenas. Puede darse el caso de que sirva para ir al original y que se den cuenta de su valor pero también el caso contrario de desilusión al compararlas (aunque sea esto casi imposible).
Esto es referente a la adaptación de obras clásicas para nuestros días, pero también está la conversión de una obra ajena en propia. Así y favorecidos por inventos de instrumentos electrónicos como el sintetizador, en el año 1968, debido a Walter Carlos, Leonard Bernstein y Robert Moog (aunque sus primeros pasos se remontan a 1952).
Este aparato es capaz de reproducir la frecuencia y los armónicos de cualquier instrumento, pero con igual timbre y sonoridad. Se han conseguido excelente versiones de obras sinfónicas, con nuevos matices. Ejemplo de esto, es el “Cuadros de una exposición” de Moussorggsky y Ravel, en versión de Emerson, Lake y Palmer, y una anterior del propio inventor, Walter Carlos, que basándose en Bach y con el título de “El sintetizador bien templado”, se la puede considerar como la primera en su género.
Una última posición, es la composición de obras actuales con forma clásica. Así, óperas pop o rock, como “Tommy” de Pete Townshend del conjunto “Who”, o la tan renombrada “Jesucristo Superstar”, de Tim Rice y Andrew Lloyd, junto a las últimas obras de Luis de Pablo.
De lo que no cabe duda, es que a música clásica está en alza. La gente joven se da cuenta de que las melodías del momento se olvidan pronto, pero que una obra de Mozart, Beethoven…, cualquier clásica, sea en la versión que sea, siempre se recordará, o al menos, tardará menos en olvidarse.
La prueba de que se dan cuenta está en el aumento de ventas de discos clásicos. Karajan compite en ventas con Dylan o Hendrix. Las múltiples grabaciones del mejor director del momento, se agotan una tras otras. Sinfonías de Brahms, Preludios de Mozart, Oberturas de Beethoven, Óperas de Verdi, se venden cada día más. Pero ¿quién las compra? los jóvenes. Ya se empiezan a ver la sala de concierto repletas de jóvenes de larga cabellera y tejanos, aplaudiendo una obra de Tchaikovsky, lo mismo que una actuación de un grupo moderno interpretando Chopin a ritmo de rock y acompañamiento de batería.
Vivaldi y sus “Cuatro Estaciones” ya se oyen lo mismo en versión de la Filarmónica londinense que en la actual de Teddy Bautista, antiguo “canario”.
Pero la realidad es esa. La música clásica, la Música, así con mayúscula, se oye y gusta. Claro. Es Inmortal.
Pablo Álvarez Fernández
Dejo esta transcripción literal con ligeros retoques de puntuación y los añadidos casi obligados a los enlaces o links que hoy nos permite la tecnología y enriquecen los textos de mi primer artículo publicado en 6º del Bachillerato de Ciencias, siendo de los primeros escritos por alumnos en la prestigiosa revista del único instituto en el Mieres de entonces, dirigido por Doña Carmen Díaz Castañón. Estaba en mi penúltimo curso (1974-75), suprimiendo el ministerio de turno la reválida de 4º de bachillerato y dejando opcional la de 6º para titular superando el llamado COU (curso de orientación universitaria que sustituía al PREU), y con mi título profesional de piano también en su recta final (llegaría al Conservatorio de Música de Oviedo en pleno San Mateo del mismo año 1975), profesional entonces y dependiente de Bellas Artes y la Diputación, aún en la calle Rosal. El curso 1975-76 cursaría el mío justo cuando comenzaba a impartirse el BUP (bachillerato unificado y polivalente), apareciendo en su primer año la materia de “Música” tras décadas pidiéndolo, llegando incluso a solicitar a la dirección del centro el puesto de profesor que por titulación podía, mas la edad resultaba un inconveniente, unido a ser alumno del propio instituto.
La revista “Nueva Conciencia” comenzó cual fanzine para ir mejorando en presentación e impresión, en parte financiada con las aportaciones de la Asociación de Padres de Alumnos de entonces, editándose profesionalmente e incluso enviándose algunos ejemplares a distintas universidades mundiales, pues recogía básicamente la memoria de actividades pero especialmente colaboraciones del profesorado de las distintas materias, incluso avances de tesis doctorales, dejando a continuación el índice de ese décimo número.
Guardo los números 4 al 10 y desconocía cuántos años más estuvo editándose (en Internet encontré que llegaron al 23) pues finalizado mi séptimo año en El Bernaldo tras aquel COU de calabazas en junio y tras un verano de enclaustramiento obligado con las ciencias puras (Matemáticas Física y Química) poder superarlas en septiembre junto a la temida Selectividad de entonces, para marchar a estudiar a Oviedo, aunque no Ciencias Químicas como en principio quería y a la vista de los problemas optar por “Magisterio”, entonces convertido en Diplomatura de la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de EGB.
Aquel verano del 76 cambió muchas cosas en todos los aspectos, no digamos en “Mi querida España” que cantaba la malograda Cecilia, las ciencias por las letras al optar por la especialidad de “Humanidades y Ciencias Sociales” siempre esperando que se convocasen plazas de especialistas en mi materia, “Música”, tanto en las escuelas como en los institutos, aunque ésta no llegaría hasta 1987 en mi segunda “intentona” de oposiciones madrileñas para lo que se llamaba Territorio MEC, pero hoy tocaba recordar los años mozos.
De mis opiniones y gustos musicales no hubo tantos cambios a lo largo del tiempo como se puede deducir de la lectura de este artículo o de las entradas en el blog, pues sigo confesándome “omnívoro” en cuanto a la música se refiere, y donde los estilos e interpretaciones de la entonces llamada “música clásica”, siguen discutiéndose cuarenta años después. Pero gracias al esfuerzo y trabajo de todos en aquella transición, estos años pasados han formado a grandes profesionales en este mundo entonces de “bohemios” o gente de “mal vivir” que por lo menos son reconocidos socialmente, aunque nunca lo que se merecen.
Puedo concluir que incluso estos años reflejados por un adolescente de 1975 han redondeado la visión que da el tiempo, publicaciones muy serias y documentadas, verdaderos análisis de una historia de nuestro país que en el caso de mi admirado Eduardo García Salueña (1982) no solo fue tema de tesis doctoral sino el de una joya de libro recientemente publicado “Música para la libertad” (Norte Sur Ediciones) del que puedo presumir de haber estado en su bautizo en Gijón (arriba está la foto) y traerlo hasta Mieres el próximo 30 de noviembre a la librería “La Pilarica”, magna publicación con la que rejuvenezco por haber podido vivir tanto de lo reflejado en ella sobre aquella fusión en Galicia, Asturias y Cantabria. A él le debo recuperar este artículo por todo lo que removió su presentación y posterior lectura.
Tratándose de seguir haciendo historia musical además de cercana, el CD que acompaña al libro es otro documento imprescindible donde entre los doce temas (con dos inéditos) El ventolín de Asturcón fue sintonía de amigos y Juan Carlos Calderón mi pianista y compositor ideal de una adolescencia recordada en esta entrada que rememoraremos alguna que otra vez.

No hay dos sin tres

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Viernes 17 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXX Temporada de Ópera: “Viernes de ópera” L’elisir d’amore (Donizetti). Producción de la Deutsche Oper am Rhein. Reparto: Sara Blanch (Adina), Pablo García-López (Nemorino), Michael Borth (Belcore), Pablo López (El doctor Dulcamara), Marta Ubieta (Giannetta). Coro de la Ópera de Oviedo (Elena Mitrevska, dirección del coro), Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), Óliver Díaz (dirección musical).

Viernes de fiesta con un reparto joven para otro elixir que resultó mágico de nuevo pese a ser el tercero que llevo, grandeza de la ópera, de la música y de todo arte en vivo, con sorpresa en el cambio a última hora del otro catalán Nemorino Marc Sala por el cordobés Pablo García-López, mi admirado tenor que volvía a darlo todo en Oviedo.

Salvo Giannetta Ubieta que tendría “su cuarto parto”, el cuarteto protagonista era nuevo y sin nada que envidiar al primer reparto, muchísimo más equilibrado en conjunto con un coro nuevamente excelente, seguro, llenando literalmente la escena y plenamente rodado, sumándole una OSPA aterciopelada tocada por la varita mágica del asturiano Óliver Díaz que nuevamente meció la escena, ayudando a los cantantes, respetando las dinámicas pero sobre todo imprimiendo ese carácter propio ideal para este juguete de Donizetti donde los momentos jocosos se alternan con recogimiento en la dualidad razón y corazón reflejada en el discurrir musical de este elisir maduramente juvenil.

La escenografía, luces, vestuario, creo que están suficientemente comentadas en las dos entradas anteriores, más esta vez desde una posición en plantea envidiable a la que sumar las fotos que intentan acercar esta producción a quienes no hayan asistido pues ya me encargué personalmente de “tripetir” como en 5º de carrera, aunque en la Web de la Ópera de Oviedo las hay mucho mejores.

Este “viernes de ópera” registró una excelente entrada, siendo el público más agradecido con los cantantes y aplaudiendo en números obviados en otras funciones, también con algunos melómanos y críticos bisando función para escuchar nuevas voces en la temporada ovetense, un elenco del que quiero comenzar por mis dos tocayos.

El Nemorino cordobés Pablo García-López resultó para muchos una sorpresa en esta vuelta al Campoamor tres años después, más si supiesen que tan solo pudo hacer la segunda parte del ensayo general, que defendió su rol haciéndolo propio de cabo a rabo, con ese color de voz ideal para el joven idiota por enamorado aunque noble de sentimiento, alocado por la edad, lleno de matices y ánimos de tenor bien enfocado en sus papeles, haciéndose querer por todos dentro y fuera de la escena, empaste ideal con el resto del reparto, amoldándose en cada intervención a los paternaires, pero también gozando de sus arias como la siempre esperada furtiva lágrima que cantó con aplomo, gusto, naturalidad y sello personal muy aplaudido.

Y excelente el mallorquín Pablo López, un doctor Dulcamara más joven que Corbelli, de baleares colores dorados en vez de violetas italianos pero sobre todo con voz rotunda, profundidad y agilidades limpias (ahora lo llaman bajo barítono) necesarias para hacer más creíble aún al charlatán vendedor de remedios para todo, coctelero de moda en esta boda que como sus compañeros mostrará las dos caras del personaje, embaucador y pícaro aunque de corazón noble, compartiendo con Adina momentos de excelencia escénica vocal y actoralmente, sobre todo en la barcaruola a due voci  genialmente cantada por ambos con verdadera ventriloquía causando risas sinceras.

Llego a la debutante Adina de Sara Blanch, una soprano tarraconense que metió al público en el bolsillo por presencia física y vocal más que suficiente, registros homogéneos difíciles de encontrar en voces jóvenes, dinámicas generosas unidas a un color brillante perfilaron a la caprichosa Adina jugando con todos, dúos, concertantes y arias pugnando en entrega con sus compañeros. Si de Nemorino destacaba empaste, sus dúos con él fueron bellos y cantados con musicalidad bajo el ropaje  y magia de la “varita” de Óliver Díaz con la OSPA, llevando al final feliz en todos los sentidos.

Completó el Sargento alemán Michael Borth un cuarteto protagonista con solvencia, presencia, limpieza vocal y seguridad, vestido de suboficial marinero impoluto como sus intervenciones, escalafón militar superior vocalmente al “titular” americano Parks, resolutivo por su papel con oficio y musicalidad, dando al elenco joven un equilibrio y homogeneidad digna de primera función.

Tengo que volver a citar al coro que dirige Elena Mitrevska por su profesionalidad, exigencias presenciales no ya vocales sino escénicas, llenando de colorido y acción una boda con tantos invitados, aún más reflejados en los espejos de la caja, movimientos complicados que en esta cuarta representación encajaron perfectamente con la figuración cantando con volumen y dicción perfectos. Y mención especial a las chicas que junto a la soprano bilbaína Marta Ubieta nos dejaron esos momentos hilarantes de contracciones en espera del parto, el “acoso” al Nemorino heredero de su tío o el secreto compartido rápidamente desde los “celulares” con guiño actual que este elixir soporta como pocos. Bravo por el coro.

Una verdadera fiesta de color y luz que pude disfrutar desde tres butacas distintas con dos repartos de un título que nunca defrauda, por el que seguirán apostando todos los grandes teatros, contando en Oviedo con el mago Díaz al frente de esta fiesta lírica y ayudando a elevar los niveles de calidad.

La ópera de Oviedo ha sabido a lo largo de estos años dar oportunidades a nuevas voces que terminarán apareciendo en los primeros repartos además de asegurar posibles bajas (lo que se llama “cover”), y ofrecer cada temporada obras de siempre junto a títulos menos transitados, abriendo la capital a nuevos públicos de dentro y fuera de Asturias para apostar por la cultura como seña de identidad en esta “Viena del norte” además de un destino turístico como pocos.

P. D.: Dejo a continuación el reportaje de La Nueva España sobre el segundo reparto:

Elixir mágico

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Jueves 16 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXX Temporada de Ópera: L’elisir d’amore (Donizetti), tercera función. Entrada último minuto: 15 €, anfiteatro lateral.

Quienes me conocen e incluso me leen, también saben de mi afición por las terceras funciones en Oviedo, pasadas las tensiones del estreno y ya rodada la función sin la “relajación” que pueda suponer la última, por lo que repetía título en mi preferida volviendo a confirmarse que la ópera es verdadero elisir, magia capaz de enamorar cada vez porque no hay dos iguales, porque hay otra ubicación, porque nuestros estados de ánimo son diferentes como el de los intérpretes y así múltiples razones para no ser tildado de friki, obsesivo o directamente loco por la música.
Si el domingo acudíamos a una boda, este jueves disfruté como una luna de miel porque pude recrearme en otros detalles, olvidarme de los sobretítulos (en mi juventud no existían), perderme parte de la escena como el juego de espejos o el fondo del escenario, pero centrarme en la música siempre al servicio de la palabra por parte de todos en una ópera cómica como pocas y bien entendida en esta producción alemana.

Es cierto, como comentaba con algún aficionado al filo de las once de la noche, que nuevamente todo funcionó mejor tras el descanso, puede que por efecto de este elisir resultando más que vino francés sidra asturiana que hasta se escanció, aunque Borgoña o Bourdeos puedan tener más historia, y siempre chispeante con los momentos típicos, que no fases de la borrachera, de ese punto de “alegría” sin caer en la embriaguez: soltar la emoción, perder los miedos, vuelta a la cruda realidad y un final feliz, tal y como Donizetti entiende esta comedia no exenta de pasajes hondos bien entendidos por parte de todos con cánticos regionales convertidos en morcillas tipo “tócala de nuevo Sam” o tararear el inicio de la marcha nupcial de Wagner.
La OSPA con el maestro Óliver Díaz de responsable musical total, volvió a ser el ropaje perfecto de la acción, calidad y cercanía en todas las secciones, aires ayudando y presencia equilibrada sin perder matices, con el coro titular más centrado en todo, a tiempo, afinados, de dinámicas variadas, feliz complemento sobre las tablas con las chicas verdaderas actrices “secundarias” completando una puesta en escena almodovariana en cuanto a luz, color, vestuario y argumento (las contracciones del parto en plena boda) sin perder calidad en el canto con la novia Giannetta Ubieta más protagonista de lo esperado porque además de su omnipresencia cómica poniendo el toque casi hilarante, unió la excelencia en su línea de canto, fórmula ideal para triunfar con un par de intervenciones vocales en un auténtico regalo escénico.

El Sargento Parks o Edward Belcore si se me permite el juego de palabras, volvió a ser el personaje inmenso por presencia pero esperando mejoría en sus agilidades. Tiene volumen y tablas, color vocal bueno y no hablemos de un registro amplio pero no es un barítono con el perfil deseado o al menos falta redondearlo, esperando más limpieza de emisión aunque todo acabe compensándose por disfrutarlo desde una visión global, luminosa y festiva de este Elisir.
El doctor Corbelli volvió a servir las mejores compuestas de la noche, el barman Dulcamara jocoso, brillante experiencia capaz de cantar esos trabalenguas con esdrújulas, armar unos tríos donde su voz empasta con todas, y hasta enamorar con Adina abriéndonos los ojos a la seducción del corazón sobre la mente con otra barcaruola simpatiquísima. Recordaré al maestro Alessandro como el perfecto equilibrio anímico sin renunciar a la palabra musicada de todo bufo con alma sensible, augusto más que clown.

De Nemorino Bros nuevamente mi total rendición a su entrega total, toda una gama de buen hacer y gusto llenando escena en pleno jolgorio con Quanto è bella… o la plenitud de la soledad de Una furtiva lagrima nuevamente emocionante, recreada, luminosa en la penumbra y arrullado por una orquesta a su servicio, sin bisar pero merecido. Sus dúos con Adina además de complicidad y musicalidad extrema nos dejaron una línea de canto bien entendida y sentida por ambos.

Dejo para el final a mi querida Beatriz Díaz, la Adina por antonomasia y con un Nemorino creíble, la soprano asturiana en plena madurez vocal y física para hacer suyo un rol muy complicado vocalmente pero cantado con esa facilidad aparente al alcance de muy pocas voces, aplomo, seguridad en todos los registros pero siempre volcada en comunicar todos los estados de ánimo de su personaje con una paleta de matices aún mayor que el colorido vestuario de las damas invitadas a esta boda de Giannetta.

El belcanto así se debe entender, comunicar todo con la voz y transmitir tantas y distintas situaciones en poco tiempo: coqueteos, preocupaciones, celos, compasión, maquinaciones, enfados, mentiras y finalmente triunfando el amor sin engaños líquidos con total entrega vocal. Cada escena sola, en dúos, concertantes o tutti, nuestra Adina allerana volvió a demostrar que es muy grande y capaz de acallar todo un teatro con unos pianísimos bien respetados desde el foso y lucirse en un agudo sobre la masa sonora final, omnipresente con todos los matices y una técnica envidiable.
Para los que la disfrutamos en Don Pasquale hace ya cuatro años, era normal que con este elixir volviese a enamorar a sus paisanos y todo el que se acercase estos días al Campoamor. Ahora me toca esperar su debut mozartiano en Málaga, que prometo si nada lo impide, contar desde aquí.

Del resto podría remitirme a lo escrito el domingo de madrugada recién llegado a la aldea. De lo nuevo para este viernes con el llamado reparto joven, habrá que esperar al sabato pomerigio

Rusia y Armenia son música

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Miércoles 15 de noviembre, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio: Filarmónica Nacional de Armenia, Sophia Jaffé (violín), Eduard Topchjan (director). Obras de Mussorgsky, Khachaturian y Borodin.

Aires del Cáucaso meridional pero herencia soviética aún cercana en Armenia, país actual de raíces milenarias en una de las civilizaciones más antiguas del mundo con idioma propio, por lo que esta república tiene mucha historia además de una ubicación geográfica entre Europa y Asia que le otorga unas influencias multiculturales. De la capital Ereván llegaba su orquesta filarmónica con el titular también armenio de amplia trayectoria como violinista y director, quien lleva 17 años al frente de la misma, lo que se notó en todo el programa dirigido de memoria y con perfecto entendimiento para una plantilla ideal y bien equilibrada en la cuerda, calculando los violines por el número de violas, 12 más 10 cellos y 6 contrabajos, que ayuda a redondear y balancear una amplia gama tímbrica y diinámica.

La calidad de sus músicos quedó contrastada en las obras elegidas, bien comentadas en las notas al programa por Alejandro G. Villalibre, todas “rusas” con el guiño armenio al más conocido de sus compositores (aunque nacido en Georgia) y con detalles interpretativos que probablemente llevan en su genética desde su fundación hace 93 años por los llamados patriarcas de la música armenia (Arshak Adamian y Alexander
Spendiaryan) y embajadores culturales de su patrimonio del que pueden presumir aunque no sean necesariamente “los mejores” intérpretes de su música, pero al menos beben directamente de sus fuentes.
Curiosa la orquestación de Una noche en el Monte Pelado de M. Mussorgsky (1839-1881) para comenzar el concierto, que no fue la habitual de Rimsky-Korsakov, con pasajes desconocidos, figuración también distinta (puntillos en las conocidas melodías que le dan otra rítmica) pero ofreciendo una sonoridad compacta de buenos balances en todas las secciones, una batuta como la de Topchjan atenta a los múltiples cambios de aire y ritmo para “redescubrirnos” esta original idea musical de brujas en la noche de San Juan cuya ambientación instrumental a cargo de los armenios resultó por lo menos distinta a otras versiones, virtuosismo en una cuerda “marca de la casa” y un juego con los tempi interesante.

De A. Khachaturian (1903-1978) y con la brillante violinista Sophia Jaffé pudimos disfrutar el Concierto para violín en re menor, dedicado a David Oistrakh que lo estrenó en 1940, el mismo año de su escritura y una de las obras más reconocidas del compositor de origen armenio, virtuosística como era de esperar y con elementos del folklore de la región bien integrados en sus tres movimientos (I. Allegro con fermeza, II. Andante sostenuto y III. Allegro vivace) construidos de forma académica en cuanto a los recursos técnicos o la colocación de las “fermatas”. Sonido pulcro el de Jaffé bien arropada por la filarmónica (con algunos efectivos menos para contrapesar planos) y un Topchjan atento a las dinámicas que permitió disfrutar de momentos realmente bellos como el dúo de la solista con el clarinete en el primer movimiento realmente “con firmeza”, el lirismo contenido bien cantado en las cuerdas graves del andante central y llenos de fuerza y ritmo del último movimiento llevado con aire brillante para lucimiento de todos los intérpretes. El regalo de la violinista alemana nada menos que otra pieza de virtuoso como “L’aurore” de Eugène Ysaÿe (interrumpida por un femenino teléfono en la fila doce al que su dueña no alcanzaba a detener), el primer movimiento de la Sonata nº 5 interpretada desde lo más hondo y llegando su sonido a hacernos vibrar con ella.

Y no podía faltar una sinfonía en un programa ruso (más que armenio), la no muy escuchada en estos lares Sinfonía nº 2 en si menor de A. Borodin (1833-1887), media hora de contrastes de todo tipo en cada uno de sus cuatro movimientos (I. Allegro, II. Scherzo: Prestissimo – Allegretto, III. Andante, y IV. Finale. Allegro) en otra explosión de calidad y cantidad con pasajes recordando tímbricas y melodías de las danzas polovtsianas con esa orquestación rica del químico, doctor y músico ruso. Calidad en el sonido de los armenios, cantidad por la plantilla de nuevo al completo y rica en color, destacando una colocación que ayudó a ello: la clásica con la permuta de cellos y violas más las trompas (excepcionales) detrás de las violas y delante de trombones y tuba, buenos solistas completando una textura orquestal perfecta en este programa de exhibición técnica aunque sin llegar a emocionarme.

Sorpresa fue la aparición de la ingeniero y soprano armeniocanadiense Isabel Bayrakdarian (Zahle, Líbano 1974) para regalarnos la conocida aria de Violeta de “La Traviata” (Verdi), promoción patria de una aspirante a sucesora de La Netrebko, de buena técnica y color pero con agilidades aún por mejorar, premiada y conocida en EE.UU. trayéndola su compatriota Topchjan a esta  breve gira por España y Alemania pero fuera de lugar en este concierto sinfónico ruso, si bien es siempre agradable escuchar (aunque sin Alfredo que lo canté mentalmente) esa descarriada perfectamente arropada por sus paisanos.

Más adecuado resultó recuperar a Aram Khachaturian de los ballets en la siguiente propina para una orquesta total del Gayaneh tan cinematográfico como el dúo de Spartaco y Frigia, casi tan famoso como su Danza del sable, fusión de dos continentes en Armenia y su filarmónica con aires de Hollywood en un concierto más largo de lo previsto aunque con menos “estampida” de las habituales.

Boda con elisir

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Domingo 12 de noviembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, LXX Temporada de ÓperaL’elisir d’amore (Donizetti). Producción de la Deutsche Oper am Rhein. Reparto: Beatriz Díaz (Adina), José Bros (Nemorino), Edward Parks (Belcore), Alessandro Corbelli (El doctor Dulcamara), Marta Ubieta (Giannetta).

Dirección de escena: Joan Anton Rechi; diseño de escenografía: Alfons Flores; diseño de vestuario: Sebastian Ellrich; diseño de iluminación: Alfonso Malanda. Coro de la Ópera de Oviedo, Elena Mitrevska (dirección del coro). Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Óliver Díaz (dirección musical). Entrada delantera de principal: 110 €.

Tercer título de la temporada con una boda por todo lo alto gracias a la idea de Rechi para una ópera bufa que parece soportar cualquier escena, desde mi primer carbayón en 1973 de bancos y rejas, uno histórico en 1982 año del Mundial, a la llanisca y universitaria de Emilio Sagi y Julio Galán también de los felices 90, o la Commedia dell’Arte en La Fenice de 2010, hoy recordada con varios amigos, pasando por esta sencilla pero resultona boda donde un techo de copas, mesas y sillas con una iluminación excelente que nunca debemos olvidar, sumando el colorido del vestuario en la gama de Calatrava para la T4 de Barajas ayudaron a disfrutar de un elenco vocal de altura, amén de críticos que lo vendiesen antes de escucharlas.

Dos voces de celebración y queridas en Oviedo como José Bros y Beatriz Díaz dieron vida a la pareja protagonista, veinticinco y quince años respectivamente para volver a coincidir este 2017 unidos en esta boda.
El Nemorino del barcelonés ideal en su voz, exigente desde su primera aria y esperando todos la lágrima furtiva, lo más aplaudido, para un rol que como decía Pachi Poncela en la “obertura” recuerda al Jack Lemmon de Wilder buscando paralelismo entre estos dramas cómicos con ese tinte casi trágico. Bella línea de canto, emisión sobrada, gusto en la escena y triunfador como su personaje.
La Adina de la allerana ha ganado en madurez desde la recordada veneciana, capaz de transitar estados de ánimo tan distintos a lo largo de la obra y con unos matices inolvidables en cualquier registro, seguridad en los agudos siempre claros y un grave redondo, jugando con su voz y empastando siempre con los compañeros, uniendo sus excelentes dotes como actriz para recrear este personaje que le va como anillo al dedo en un final feliz de este regreso a casa. Sus parejas fueron un regalo con ella: la altura de Belcore sumando comicidad, la barcarola con el doctor un juego visual de ventriloquía al que se sumó el coro, más el enamorado Bros ideal, una alegría comprobar complicidad y gestos cariñosos que llegan al público.
Dulcamara Corbelli aportó la sabiduría de los años para este charlatán transformado en el barman de moda capaz de vender una compuesta al mismísimo director musical, parlati y canto gastado pero esperado de trabalenguas canoros en un personaje de vuelta en la vida y todavía en activo como el barítono turinés, entregado y cómico con momentos memorables amén de la barcarola más la última y esperada entrada por el patio de butacas con más elisir para el fin de fiesta.
El Sargento Parks fue calentando a medida que avanzaba la trama, aunque su color vocal no sea esmaltado ni homogéneos sus registros, pero acabó como su personaje, bien pero sin triunfar ni enamorar. Y un placer Giannetta Urbieta, simpática novia de parto retrasado y feliz, convincente y sobrada en volúmenes tanto en arias como concertantes, redondeando un elenco muy homogéneo para este Donizetti bufo, donde la figuración estuvo al mismo nivel que los músicos.

Sin ánimo de repertirme, el Coro de la Ópera sigue siendo una garantía de profesionalidad y buen hacer sobre las tablas, yendo un poco a remolque al inicio hasta que fue avanzando la boda, más protagonismo de ellas que de ellos pero todos solventes y sumando positivos a la globalidad.
De la OSPA la seguridad en el foso con solistas de altura como el fagot o la trompa, sonoridad bien llevada por el maestro Óliver Díaz, que debutaba en la ópera ovetense (¡ya era hora!), siempre atento a dinámicas y entendimiento con la escena, algo lenta la primera aria de Belcore ayudando a las agilidades, pero siendo una lástima no tener un clave en vez del piano vertical ¡y desafinado! que hubiese enriquecido la tímbrica de unos recitativos no siempre acertados para preocupación de los solistas.
La producción, como ya comenté, sencilla y adecuada para este melodrama por el que no pasan los años, con buenos movimientos escénicos que ayudaron a la agilidad de la acción y pararla cuando así lo requería el libreto (caso de la famosa lágrima final de Nemorino), y la angustia de unas copas que crearon sensación de fragilidad como la propia relación de la pareja protagonista que termina asentándose y convirtiendo en luces de fiesta un cristal “de pega”, lo único irreal de este elixir que continúa enamorando.

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