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Iberni nos trajo a Pogorelich

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Lunes 24 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, 25 años. Ivo Pogorelich (piano), Orquesta del Teatro Estatal de Gärtnerplatz de Múnich, Michael Guttman (director). Obras de Schumann y Mendelssohn.

Mis recuerdos este lunes primaveral me llevaron al Leipzig de Schumann y Mendelssohn pero también al Teatro Campoamor hace más de dos décadas, por los protagonistas, dos compositores y el pianista que en aquellos 90 rompía moldes, más allá de vestir zapatos de gamuza azul con un impecable frac: Pogorelich.

Arrancaban las Jornadas de Piano que ahora llevan el nombre de su impulsor, nuestro siempre recordado Luis Gracia Iberni, pasando por Oviedo lo mejor del panorama mundial en esta ciudad que no me canso de llamarla “La Viena del Norte”, y por supuesto que nadie mejor para conmemorar el cierre de estas bodas de plata que con el retorno de “el bello Ivo“, siempre único, con partitura y pasahojas, sin propinas, porque los artistas son así, con un concierto cumbre acompañado por una orquesta a su medida y un director que como violinista sabe escuchar y mantener los balances adecuados.

El Concierto para piano en la menor, op. 54 (R. Schumann) es probablemente de lo más logrado del compositor romántico en cuanto al trabajo que le supuso y la prueba de amor de la que también se ha escrito: “El tema básico de su desarrollo es el sentimiento de dos personas enamoradas, su anhelo de felicidad y dicha, la pasión que lo inspira” y hay mucho amor en la versión que Pogorelich nos ofreció en perfecto entendimiento con un Guttman atento a cada inflexión del croata nacido en 1958 y nacionalizado ruso. Sus versiones no dejan indiferente a nadie y el arranque del Allegro affetuoso ya apuntó sus aportaciones, un verdadero juego con la agógica, sintiendo los tiempos desde el interior sabiéndose entendido desde el podio y con la orquesta muniquesa siempre arropando, escuchando cómplice, contestándose en el Intermezzo, pues el llamado “punto débil” de la obra achacable a su orquestación es precisamente lo contrario, admirable su perfecta claridad donde el cometido orquestal es apoyar la actuación del solista, lo que cumple perfectamente, más con un Guttman increíblemente preciso con esta orquesta casi camerística. Si el “rubato” tiene todo su sentido es en el Romanticismo, y el piano de Schumann en las manos de Pogorelich gana en la grandeza de los contrastes, rítmicos y dinámicos, fraseos nada habituales desde un sonido lo suficientemente claro sin necesidad de excesos, verdaderamente intimista. Schumann entendió este concierto en dos movimientos (Affetuoso allegro, más Andantino y Rondó) aunque figuren los tres, y así los plantearon estos intérpretes. Afectuoso por emotivo, recuerdos del pasado en una vida nada fácil de un pianista genial, como permutando destinatarias entre el compositor y su intérprete. Quedaba el movimiento ágil, vivo, siempre ensamblado con la orquesta salvo sus momentos de lucimiento más allá del virtuosismo, porque el fondo engrandece la forma, ese final emocionante al que la orquesta ayuda con una pulsión encajada desde la escucha mutua y el magisterio de Guttman. Recordaremos este concierto como muestra de amores musicales que dejan huella.

Tras Schumann otro romántico como Mendelssohn y su Sinfonía nº 3 en la menor, op. 56Escocesa para la misma plantilla, con maderas a dos, metales 2+4 (dos trompas más que en el concierto de piano) y timbales, sin olvidar que el total sobre el escenario eran 56 músicos pero con una cuerda perfectamente equilibrada (12-10-8-6-5) que le aporta los graves necesarios para conseguir esa redondez necesaria.

Tener un violinista en el podio creo que suma enteros para alcanzar los balances y el equilibrio de ambas partituras, y es que la Orquesta del Teatro Estatal de Gärtnerplatz de Múnich con Michael Guttman nos dejó una versión naturalista más allá de la ambientación o inspiración a la que se suele hacer referencia y que recogen las notas al programa (enlazadas arriba en los autores) de la profesora Miriam Mancheño Delgado. Luces y sombras con dinámicas amplias, tiempos muy ajustados metronómicamente, calidad en cada sección desde la dirección poco ortodoxa a dos manos plenamente entendible, un Guttmann de apariencia ruda que sacó a los alemanes el sonido esperado y la respuesta a cada gesto. El juego de colores muy trabajado, sombras desde chelos y contrabajos empastados con unas trompas contenidas, luces de violines y violas junto a la madera ensamblada, cambios de paleta para los graves sólidos y limpios al menor gesto de manos y brazos desde el podio para exprimir la técnica necesaria del vivacissimo que desemboca en ese Allegro maestoso assai, fotografía sonora de un Mendelssohn inspirado que completó con Schumann este concierto romántico por excelencia desde la genialidad de Pogorelich, la precisión orquestal germana y el magisterio de un director violinista, concertador y conocedor de los entresijos que dotaron este recuerdo a Iberni con toda la calidad que él conocía y exigía.

Tenso, denso e intenso

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Viernes 21 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Orígenes III / Rusia Esencial II”, Abono 10 OSPA, Juan Barahona (piano), David Lockington (director). Obras de Lockington, Prokofiev y Beethoven.
Tarde de reencuentros en el décimo de abono, el maestro Lockington (1956) que también debutaba como compositor, más el pianista “de casa” Juan Barahona en un programa que he querido titular ya en la propia entrada: tenso, denso e intenso por las obras escuchadas.

Ceremonial Fantasy Fanfare (2009) del propio David Lockington la presenta el maestro en OSPATV (que siempre nos prepara para el concierto desde ese canal en las redes a la medida de todos) y resultó ideal para abrir boca y oídos, preparación anímica y técnica con una orquesta exhuberante en los metales, aterciopelada en la madera, tensa en la cuerda y atenta en la percusión. Brevedad también en intensidades y una instrumentación buscando contrastes tímbricos muy del gusto norteamericano, “fanfarria” en el buen sentido que resume parte del equipaje que el británico ha ido llenando tras tantos años en los Estados Unidos, conocedor de los gustos de un público peculiar y mucho más que un apunte sinfónico de este músico integral con el que la OSPA siempre ha dado lo mejor de ella y volvieron a demostrarlo.

Ver crecer humana y artísticamente a Juan Andrés Barahona (1989) es uno de los placeres que te dan los años, disfrutar con este joven que vive por y para la música, genética con trabajo apasionado, siempre buscando retos y afrontando repertorios poco trillados pero muy exigentes. El Concierto para piano nº 2 en sol menor, op. 16 (1912-1913) de Sergei Prokofiev es un claro ejemplo, con una escritura rica en timbres donde el piano se suma al color ruso cuando no resulta protagonista absoluto. Densidad sonora, intensidades extremas, búsqueda de texturas, juegos rítmicos en un solista que se encuentra a gusto con este compositor muy especial en sus composiciones, no olvida la tradición y evoluciona con acento propio a lenguajes rompedores que prepararán una revolución en estos albores del siglo XX en todos los terrenos. Cuatro movimientos llenos de recovecos exigentes para solista y orquesta que requieren una concertación perfecta, algo que Lockington hace desde la aparente sencillez y el perfecto entendimiento con todos. Impresionante la búsqueda del color y el control total de las dinámicas, balance de secciones desde una mano izquierda atenta y la batuta precisa. Así de arropado pudo disfrutar Barahona de una interpretación preciosista en sonoridades, tenso en fuerza, denso en la expresión e intenso en entrega desde el Andantino inicial hasta el Finale: Allegro tempestoso, vibrante protagonismo y omnipresencia compartida en sonidos, contundente delicadeza desde una entrega total por parte de todos.

Sangre musical de ambos lados del Atlántico nada mejor que Alberto Ginastera y dos propinas de las Tres danzas Argentinas op. 2, primero la Danza de la Moza Donosa”, milonga de concierto en una delicada versión de filigrana y ritmo meloso acariciada más que bailada por los pies que barren más que arrastrarse en el baile, después la furia, el contraste vital, la explosión del guapango con las boleadoras de la “Danza del Gaucho Matrero”, potencia y buen gusto aunados en el nacionalismo argentino como complemento al ruso de Prokofiev, dos mundos reunidos por un Barahona maduro que seguirá dándonos muchas alegrías.

En las temporadas orquestales no puede faltar una sinfonía de Beethoven, y a ser posible “La cuarta” que no es frecuente programarla en parte por estar “engullida” entre dos inmensidades. Pero la Sinfonía nº 4 en si bemol mayor, op. 60 (1806) podríamos disfrutarla más a menudo, clásica por herencia, rompedora por el Scherzo, sello propio que ya destila desde la oscuridad del Adagio inicial antes de atacar el Allegro vivace, y sobre todo verdadera prueba de fuego para los músicos. Lockington apostó por la intensidad y los tiempos contrastados sabedor que la OSPA responde, dejándola escucharse bajando los brazos, marcando lo justo y necesario, matices subyugantes y silencios saboreados. Cierto que no hubo toda la limpieza deseada en las cuerdas graves para ese final vertiginoso o que por momentos faltó algo de precisión entre las secciones para encajar milimétricamente las caídas, pero la interpretación alcanzó momentos de belleza únicos, especialmente en el clarinete que evocaba al mejor Mozart, pero sobre todo la sensación de homogeneidad en un color orquestal muy bien trabajado. Me quedo con el Scherzo – Allegro vivace por lo que supuso de feliz entendimiento entre Lockington y la OSPA, siempre un placer estos reencuentros desde esta “cuarta” no tan escuchada como deberíamos ni por el público ideal que este viernes no acudió como quisiéramos al Auditorio.

Buenos imprevistos

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Domingo 19 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Lucas Debargue (piano), Gidon Kremer (director artístico y violín), Kremerata Baltica. Obras de Mozart, Schubert y Weinberg.

La esperada Martha Argerich, de las pocas grandes del piano que quedaban por visitar las Jornadas de Oviedo que llevan el nombre de nuestro añorado Luis G. Iberni, cancelaba por problemas de salud en esta gira de la Kremerata Baltica, siendo sustituida por el pianista francés Lucas Debargue (23 octubre 1990) con algunas entradas devueltas porque para muchos resultaba pasar de lo mítico a lo futurible, si bien se perdieron una velada donde el piano resultó protagonista incluso cuando no estaba. Los bálticos de Gidon volvían por tercera vez al auditorio donde siempre han dejado buen sabor de boca.

Mozart por “la Argerich” es bocatto di cardenale para muchos paladares, pero también debemos saborear otros cocineros para un manjar de plato. Esta vez el Concierto para piano nº 8 “Lützow”, en do mayor, K. 246 venía condimentado por una de las mejores orquestas de cámara del momento, la fundada por el violinista Gidon Kremer como inacabable cantera joven de instrumentistas bálticos pero esta vez dirigidos desde el propio piano por Debargue añadiendo ese plus o grado de dificultad aunque la Kremerata Baltica casi funciona sola desde el concertino (con Madara Petērsone en la primera parte y en la segunda Džeraldas Bidva), aunque el francés domina Mozart desde su arranque como figura emergente, tanto sus compañeros, dejándonos entre todos este “Lützow” impecable, con una cuerda camerística más trompas y oboes a pares para aportar la frescura que aún tiene este octavo que no obstante perfila el nuevo lenguaje que tomaría el concierto para solista. Sonoridades perfectas para todos, fraseos claros del francés con un pedal por momentos algo sucio pero sin empañar en ningún momento el resultado del conjunto. Si el Allegro aperto fue marcado desde el piano, el Andante dejó fluir la música para la “camerata” hablando el mismo idioma y mejor aún el Rondeau, Tempo di Menuetto que cerraba la estructura clásica así como la ejecución de un Mozart que Argerich seguramente hubiese elevado a los altares.

Y para continuar Schubert y su Fantasía para violín y piano en do mayor, D. 934 con Kremer de solista pero ¡en un arreglo para violín y orquesta! de Victor Kissine (1953), una lástima porque teníamos piano y pianista además del propio Gidon que ejerció de invitado manteniendo magisterio como solista y docente, con sus músicos sonando realmente camerísticos, un quinteto de veintitrés músicos arropando al Maestro y haciendo gala de todas las técnicas de la cuerda frotada, con unos pianissimi imperceptibles y donde los trémolos sonaron increiblemente precisos y empastados. El arreglo como tal no aportó nada a esta hermosa fantasía salvo poder escuchar ese Amati de 1641 aterciopelado y mágico en los dedos y arco del letón, lección magistral para tantos músicos esta tarde entre el público, con la cuerda capaz de rememorar y “variar” el sonido original del piano.
Aunque lo mejor volvería a ser su admirado Piazzolla, de nuevo la propina del Oblivion en una versión que por ella sola mereció el concierto, entendiendo al argentino como pocos en un arreglo donde la camerata es seda vistiendo el sueño musical contado por Kremer.

Al compositor Mieczyslaw Weinberg (Varsovia, 1919 – Moscú, 1996) del que Shostakovich, profesor, protector y amigo suyo, afirmó era uno de los mejores compositores de su época, Gidon Kremer y sus chicos le han dedicado un disco que nos permite disfrutar de un “desconocido” por estos lares, pues el violinista letón siempre ha creído en los nuevos repertorios apostando por programas poco transitados, y en directo es siempre irrepetibe.

Esta vez sí había piano para el Quinteto para piano op. 18 pero en versión con orquesta de cuerda y percusión del propio Kremer más el solista de la Kremerata Andrei Pushkarev, arreglo que sí enriqueció el original de por sí completo. Poder conseguir que veinte músicos suenen como cinco es algo admirable que conlleva trabajo a raudales y con esta juventud báltica todo es posible. Las pinceladas de los timbales, caja o temple-blocks engrandecen cada uno de los cinco movimientos, con reminiscencias de Prokofiev, Gershwin y hasta Brahms tamizadas por un lenguaje actual que tanto la cuerda como el piano se encargaron de elevar a lo casi sinfónico en una delicia interpretativa donde el francés casi ejerce de solista con sonoridades impactantes perfectamente ensambladas con ese quinteto multiplicado: dos contrabajos, cuatro cellos, cuatro violas, y trece violines (7+6) capaces de dinámicas impresionantes y esta vez Lucas Debargue mandando… o tal vez los bálticos disciplinados dejándose llevar.

Un acierto de versión la del polaco-ruso antes de dos propinas con Debargue solo al piano: verdadero sabor romántico ruso con Tchaikovsky y el Valse sentimentale, Op. 51 nº 6, y un ragtime de jazz que tanto le gusta al francés, pues esta generación ha crecido con la música sin etiquetas, haciendo “clásico” todo lo que sea anterior a su nacimiento. Esta vez no hubo notas al programa, supongo que los recortes llegan al papel y también a los colaboradores…

Boleros y especialmente coplas

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Jueves 16 de marzo, 20:00 horas. Auditorio “Teodoro Cuesta”, Casa de la Cultura, Mieres. Semana Internacional de la voz, “Tardes de Coplas… y Boleros”: Chus Serrano (voz) y Marcos Suárez (piano). Entrada: 5 €.

Continúa la semana de la voz con un artista integral como Chus Serrano, actor, cantante y logopeda, reuniendo tres facetas plenamente ligadas a esta celebración musical, y esta tarde con boleros y coplas que todos tenemos en nuestra memoria, microrrelatos donde además de cantar unos textos que son “puro teatro” también se deben escenificar, hacer creíbles. 

Como bien me comentaba Elena Pérez-Herrero, coordinadora de esta semana y maestra de canto de muchos de los participantes, hubiéramos necesitado un Astor Piazzolla para nuestra copla que la elevase al sitio que merece como hizo el argentino con el tango.
No abundan buenas partituras y menos arreglos para piano de estas “pequeñas” piezas de nuestra vida, lo sé por experiencia, apenas la melodía y los acordes (siempre pensando en la guitarra) que ni siquiera están todos ni bien… con un poco de suerte algunos arreglos para aquellas orquestinas donde el guión de piano servía para eso, guiar unas armonías que como el tiempo, también han evolucionado, y no hablemos de las editoriales de partituras, casi siempre aprovechando las presentadas en “Autores” (la SGAE) donde solo se exige melodía y bajo “cifrado”, que además tienen poca venta ante el pirateo de las redes donde todo es gratis… y así nos luce el pelo.

Recordaba escuchando esta velada que registró la mejor entrada hasta el momento, cómo estos géneros han sido un poco el Guadiana, la música de nuestra infancia que algunos grandes intérpretes la han sacado del olvido volviendo a ponerla de moda, aunque sea atemporal, y siempre nos pasa que seguimos sin saber venderlo. Luis Miguel o Alejandro Fernández han colocado el bolero en la memoria de su generación, retomando la historia de la mexicana María Grever ¡discípula de Debussy! que llegó a escribir un libro titulado “Aprenda Ud. español por medio de la música” tan influyente en los años 40 y 50 en EE.UU. donde Mario LanzaFrank Sinatra y especialmente Nat King Cole, Dean Martin tenían el mismo acento para aquellos temas que pusieron nuestro idioma de moda, también José Feliciano, actualizado y renovado con una rusa: “El idioma es música“. Y es que el bolero no pasa de moda, es mestizaje, sigue generando mucha y buena literatura, documentada, porque es un poco la banda sonora de nuestras vidas además de la mejor promoción del español.
También han coqueteado con el bolero desde Gloria EstefanTamara o Alejandro Sanz, Los Sabandeños, los leoneses Café Quijano e incluso los dos Davides “triunfitos” Bisbal y Bustamante, amén de nuestro cubano Antonio Machín o unos incombustibles Los Panchos que seguimos asociando al bolero, incluso un dúo irrepetible entre Tete Montoliú y Mayte Martín, aunque para mí el maestro siga siendo Armando Manzanero.

Y en la copla tengo que mencionar a nuestro añorado Carlos Cano otro grande de la copla recuperada, sin olvidarme de Martirio que le da a todos los palos su impronta personal (también al bolero como Miguel Poveda) e incluso el asturiano Joaquín Pixán que la elevó también al campo sinfónico. Muy importante la labor de los arreglistas para vestir correctamente estos cuerpos protagonistas de auténticos dramas (y aprovecho para recordar que significa escenificación o teatralización, con dramas cómicos y trágicos aunque parezca que solo sean tales éstos) y sobre todo darle el estilo o aire de dos géneros tan especiales y eternos como el bolero o la copla, de los que Serrano fue contándonos cada historia.

Un placer escuchar la voz fresca, natural, sin amaneramientos de un Chus Serrano que destila arte desde el momento de pisar el escenario, incluso su apellido respira aire propio. No imita a nadie sino que hace suyo cada tema, el bolero y sobre todo la copla, los adornos sinceros e innatos, como el movimiento de las manos en los bailarines, buscando unas tonalidades perfectas para un color de voz espontáneo aunque muy trabajado. Marcos Suárez tuvo que hacer lo que buenamente pudo, con distintos resultados pero siempre respetando al cantante, desnudez en su momento para comprobar que no se necesitan aditivos cuando se canta desde el corazón, aunque deseando encuentren los arreglos que se merecen estos temas inmortales.
Una docena de temas que como suelo hacer, dejo con los enlaces a algunas versiones disponibles en la red y ¡cómo no! unas letras (enlazadas en los autores) que debemos entender en su momento, porque en estos tiempos que corren muchos de ellos estarían metidos en pleitos por machistas, acosadores o incitadores… Tristemente se olvidan de la historia, y el bolero como la copla no pueden cambiarla pero si seguir recordándola para no repetirla.

Cada uno tenemos nuestras versiones pero todas irrepetibles y menos en directo. De regalo Chus Serrano nos dejó el deseo de conocer GRANADA (Agustín Lara) desde la sencillez y convencimiento de una voz propia no solo para el bolero o la copla…

La voz cruzando el océano

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Miércoles 15 de marzo, 20:00 horas. Auditorio “Teodoro Cuesta”, Casa de la Cultura, Mieres. Semana Internacional de la voz, “Transatlántico”: José Miguel Llata (voz) y Marta Gutiérrez (piano). Obras de Giulio Caccini (1550-1618), A. Scarlatti (1660-1725), Ch. Gounod (1818-1893), C. Saint-Saëns (1836-1921), Roger Quilter (1877-1953), L. Bernstein (1918-1990), S. Barber (1910-1981), Geoffrey Wright (1912-2010), Manuel Ponce (1882-1948), F. Obradors (1897-1945), Joaquín Turina (1882-1949), F. Paolo Tosti (1846-1916) y Antón García Abril (1933). Entrada: 5 €.

Segundo concierto tras el del martes con más público en esta semana de la voz, esta vez masculina y seleccionando páginas vocales de ida y vuelta en un viaje variado como describen el el programa que dejo aquí (también se nos brindaron las letras traducidas así como la presentación de las dos “etapas”: el Orient-Express de Venecia a Le Havre, cruzar a Southampton y embarcarnos en un crucero tipo “Titanic” que casi se hunde antes de Nueva York, con vuelta haciendo escala en Veracruz, Cádiz, Barcelona y Nápoles cruzando el charco con el sobrecargo Llata y la capitán Gutiérrez.

Con todo el respeto que me merecen todos aquellos que se suben a un escenario, sean estudiantes, aficionados o profesionales, esta tarde el viaje no fue todo lo plácido que aventuraba el mapa pese a navegar por mares conocidos aunque traicioneros. A José Miguel Llata no me atrevo a llamarle tenor porque su color para el repertorio elegido no siembre se adaptó. En Venecia hizo agua porque Amarilli mia bella (Caccini) o Le Violette de la ópera “Pirro e Demetrio” (A. Scarlatti) exigen unas agilidades para no caerse además de sentir unas páginas que creo deben tener otra expresión.
Está bien sacar del olvido páginas poco escuchadas como Venise (Gounod) o Soireé en mer (Saint-Saëns) porque en el hilo argumental del recorrido geográfico y musical están bien ubicadas, pero la variedad rítmica o tonal también hay que transmitirla, más allá de la partitura, sin importarme que el original esté escrito para una voz u otra.
Mejor y más cómodo en el repertorio británico por gusto y “cercanía” como las dos páginas de Roger Quilter (Now Sleeps The Crimson Petal y Music, When Soft Voices Die) que van mejor al estilo de Llata aunque el piano de Gutiérrez también debería darle un aire más allá del propio acompañamiento. Difícil pese al título de Simple Song (de la Misa de Bernstein) por la afinación y un piano cercano al jazz, nuevamente más sentido que interpretado, para ir calentando “en tierra” con Solitary Hotel (Barber) con texto de Joyce, de difíciles armonías, y esa nana Transatlantic Lullaby del británico G. Wright ambientando la cubierta del barco, un estilo más adecuado a la voz del cántabro afincado en Asturias que además pareció sentirse cómodo o así lo percibí, aunque la dicción no siempre fue correcta.

Había mucho que cantar en la segunda parte tras una mínima pausa para un atraque rápido, obras de enjundia y poderío que requieren mucho recorrido por parte de los dos intérpretes, saliendo a flote por la propia música aunque estilísticamente hubo reparos por quien suscribe. Las referencias de cada una de las partituras son demasiado exigentes y no puedo evitarlas, aunque Llata y Gutiérrez pusieron a toda máquina su vuelta a casa. Lejos de tí (Ponce) una de las más bellas melodías mejicanas escritas, la Saeta en forma de Salve a la VIrgen de Turina con letra de los Hermanos Quintero cual lied andaluz junto al catalán donde piano y voz se equiparan en la sentida Del cabello más sutil (Obradors) nuevamente con el listón muy alto aunque aplaudo la valentía interpretativa, para cerrar con el gran Tosti y dos napolitanas que solo necesitarían una mandolina o un acordeón para viajar también mentalmente: Malia más Il pescatore canta, antes de la propina española de Antón García Abril con el hermoso tema asturiano No te pares a mio puerta, de pianismo exquisito para una melodía tan nuestra que el turolense ha hecho internacional como tantas otras, captando a la perfección la riqueza de nuestro folklore para llevarla a la sala de conciertos.

No tuve que usar chaleco salvavidas porque en el Mediterráneo y el Cantábrico hubo calma chicha pese a la amenaza de tormenta. La música vocal sigue de celebración y cuando está tan bien escrita merece la pena un periplo como el elegido por Llata y Gutiérrez, porque el riesgo forma parte de la aventura y llegamos sanos a buen puerto. Mañana tomamos otros aires con coplas y boleros

Laura Mota finalista en Aarhus

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Gracias a Codalario y las redes sociales me entero, y quiero compartir desde este blog, que Laura Mota Pello (Oviedo 2003), mi querida y admirada pianista, ha pasado a la final de prestigioso Aarhus International Piano Competition, en el este de mi siempre añorada Jutlandia (Dinamarca), en la Categoría A (nacidos entre el 11 de marzo de 2001 y el 10 de marzo de 2006).
Si el concierto ofrecido hace unos días en Gijón apuntaba seguridad en un repertorio impresionantemente difícil junto a ese talento innato, el trabajo bien hecho con su maestro Francisco Jaime Pantín ya ha tenido recompensa. Basta ver el plantel global y de los 10 finalistas para hacernos una idea del nivel de esta competición con una pianista que nos dará muchas alegrías. El repertorio exigido es difícil y para unos elegidos, como siempre en estos concursos internacionales, pero la madurez de esta joven cuando se sienta al piano hace tener buenas vibraciones, y estar ahí es todo un premio.
Aquí dejo incrustado el vídeo del propio canal en YouTube© que tiene el AIPC con la intervención completa de Laura Mota, todo un placer escucharla y verla:

Y como siempre hago con mis amistades musicales, #MUCHOCUCHO para la final del próximo viernes 17 cerrando la sesión a las 17:30 horas. Habrá que estar atento a internet…

Un piano en la niebla

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Jueves 9 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni” (25 años): Juan Pérez Floristán (piano), Oviedo Filarmonía, Kerem Hasan (director). Obras de Rachmaninov Beethoven.

Llegaba a Oviedo el pianista Juan Pérez Floristán, ganador del XVIII concurso de piano de Santander el verano de 2015, para interpretar con la Oviedo Filarmonía y el director Kerem Hasan, finalista el pasado año en el prestigioso concurso de dirección Donatella Flick, dos jóvenes que dejaron buen sabor de boca, con un Concierto para piano y orquesta nº 2 en do menor, op. 18 (S. Rachmaninov) bien pactado por ambos en cuanto a tiempos, reposados exigiendo aún más concertación, apostando por la claridad más que el puro virtuosismo. La OFil estuvo reforzada y bien equilibrada en dinámicas y presencias, aunque esta vez la cuerda, especialmente la grave (cellos y contrabajos) no sonaban con claridad, como con cierta nebulosa en los pasajes con figuras rápidas, si bien las notas largas alcanzaron el “colchón” ideal para los paisajes más melódicos dialogando con el piano. El trabajo del director inglés se notó y las cadencias del pianista sevillano fueron lo mejor del conocido “segundo de Rachmaninov” que rara es la temporada que no lo escucho en vivo. Como comentaba anteriormente, todo el concierto mantuvo tiempos tranquilos, mandando el pianista desde el I. Moderato que marca el pulso a la orquesta, reposado todo él salvo los momentos puntuales de aceleración, equilibrios algo inestables o contención en el solista, puede que buscando la fusión de ambos en las partes concertadas. El II. Adagio sostenuto dejó los mejores momentos, cuerda aterciopelada, trompas empastadas y madera bien cantada (la clarinetista mantuvo un duelo lírico realmente precioso así como el oboe) para disfrutar de esas melodías tan reconocibles y criticadas entonces como de conservadoras. El III. Allegro scherzando volvió a dejarnos esa neblina en los graves pese a sonar redondos, con metales equilibrados y percusión en su sitio donde los timbales siempre marcan encajando a la perfección con un piano que mantuvo el tipo en perfecto entendimiento con el director.

Interesante la primera propina elegida sobre un tema irlandés, The Tides of Manaunaun (Henry Cowell) que posteriormente utilizaría como primer movimiento para piano y orquesta de sus Four Irish Tales, con un lenguaje rompedor para hace cien años, “clusters”, inmensos en los graves sobre los que emerge de la niebla, hoy casi omnipresente, la melodía popular, sonoridades intrigantes bien llevadas por Pérez Floristán. Merecidos aplausos y segundo regalo de los conocidos Cuadros de una exposición de Moussorgsky, el juguetón Baile de los pollitos en sus cáscaras de limpieza rítmica y melódica, tiempo valiente, tímbrica bella y excelente colofón para esta parte con piano.

La Sinfonía nº 4 en si bemol mayor, op. 60 de Beethoven está “incómoda” y aislada entre dos colosos (como son la Heróica y la Quinta) como también recuerda Luis Gago en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio) pero con la frescura que Hasan buscó en su versión bien estudiada y trabajada para una formación ideal en estos repertorios sinfónicos entre los periodos clásicos y románticos. Literalmente fue Robert Schumann quien calificó esta obra como “la grácil criatura griega en medio de dos gigantes germánicos”, una cuarta que se ha visto injustamente relegada y no ha tenido tanto favor de orquestas y público pese a ser una joya bien estructurada apuntando palabras mayores en una progresión anímica desde la orquestación hasta los tiempos de sus cuatro movimientos.

El I. Adagio preparó el ambiente beethoveniano antes de la frescura vienesa al mejor estilo de “papá Haydn”, sacando lo mejor de la OFil en el ataque del Allegro vivace con los timbales mandando, dinámicas amplias, violines muy presentes ante el empuje del viento pero la claridad duraba lo que tardaban los pasajes en semicorcheas que volvían a empañar la limpieza de este movimiento. Más equilibrado resultó el II. Adagio porque los tiempos lentos son más propicios a brillar todas las secciones y el maestro inglés se encargó de sacar a la luz los motivos con mimo y precisión, balances logrados antes del III. Allegro vivace – Trío. Un poco meno allegro, encaje de bolillos para todas las orquestas y directores, diálogo entre secciones, contestaciones jugando con los matices y la evolución de tiempos dentro del mismo movimiento, todo marcado perfectamente por un Hasan de gesto claro, minucioso, un orfebre para este juguete plenamente beethoveniano aunque desde mi modesta opinión no sonó con la precisión que se transmitiía visualmente. El IV. Allegro ma non troppo puso el broche final con las mayores exigencias de una partitura endiablada que apostó por un aire arriesgado poniendo de manifiesto las “carencias” apuntadas en la orquesta y el rigor por parte del joven director inglés al que habrá que seguir de cerca. Final de una velada con un piano entre la niebla, la que parece planear en el futuro local ovetense ante los aguafiestas de políticos que siguen miopes en cuanto a la oferta musical que la capital lleva años manteniendo con calidad y rigor a la que siguen axfisiando poco a poco…

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