Inicio

Ángeles y demonios al piano

Deja un comentario

Martes 23 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de PianoBenjamin Grosvenor (piano). Obras de: Brahms, Liszt y Chopin.

Crítica para La Nueva España del jueves 25, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Había una vez un alemán, un húngaro y un polaco encerrados en una lámpara con forma de piano a los que un joven genio británico sacó a la luz frotando las teclas con el forro de su chaqueta haciendo magia para que en una misma tarde fría y lluviosa, pasásemos del cielo al infierno con la dosis suficiente para hechizarnos en plena pandemia de virus sin nacionalidad, junto a toses, móviles y paraguas caídos muy nuestros.
Benjamin Grosvenor (1992) volvía después de cinco años al auditorio ovetense, esta vez en solitario, con un programa comprometido y bien planeado que ha llevado en su mini gira española (Las PalmasBarcelona y Oviedo, parada obligada en la capital del piano que escribía ayer en estas mismas páginas): primero los Drei Intermezzi op. 117 de Brahms, un aperitivo delicado donde el dolor emerge al final tras un ambiente íntimo creado desde la pureza y limpieza de sonido, sumada al poso que van dando los años.
Preparación necesaria para la impresionante Sonata en si menor, S. 178 de Franz Liszt, ángeles caídos remontando el vuelo desde una visión pianística que ha llevado al disco pero el directo hace siempre único e irrepetible. Cima compositiva del virtuoso abate magiar, cinco movimientos en continuidad demostrando que el intérprete británico tiene perfectamente interiorizada la fuerza que Liszt vuelca en esta sonata tan especial, auténtico éxtasis sonoro que alterna solemnidades celestiales y agitaciones demoníacas, luz cegadora y fuego extremo en un “Fausostenido” (si se me permite la licencia del fa# con el invocado Fausto), entrega tan explosiva que hubo de “extinguirse” al descanso, siempre necesario tanto para el Steinway© como para el intérprete tras el esfuerzo de este pianista menudo -en apariencia- tornado a “menudo pianista” en su regreso a nuestra tierra.
Misma pócima mágica para la segunda parte: Liszt y una «Berceuse quasi ChopiNana» (última licencia por hoy), pasional en entrega y lírica de visión global, antes de atacar la Sonata nº 3 en si menor, op. 58 del otro mago del piano romántico, Chopin tras Liszt. Una nueva visión de ángeles y demonios sin necesidad de mayores argumentos, que en las manos de Grosvenor fueron capaces de volar cual ángel caído redimido y regresar al Olimpo de Orfeo, reescribir una historia llena de colores pintados sobre el blanco y negro del teclado. Verdadera sonata cuatripartita reflejando la inquietud interior, el debate entre lo contundente y lo delicado, mano de hierro en guante de seda bien entendido, contrapuntos relucientes y derroche expresivo de un piano decimonónico con la visión del siglo XXI, una nueva aproximación del británico fascinado con poner juntos al polaco y al húngaro en un mismo programa, como comentaba en la entrevista para este periódico publicada el mismo día del concierto.
Repertorio imprescindible y de siempre por pianistas de hoy para llegar a un público joven de mañana, que debe conocer estas composiciones maravillosas llenas de sorpresas por descubrir. Y de regalo casi una tercera parte con igual receta, pero latina y del siglo pasado, obras que Benjamin Grosvenor transita habitualmente junto a los españoles: dos de las tres Danzas argentinas op. 2 del porteño Alberto Ginastera planteadas nuevamente como binomio, sensual y brillante, femenino y masculino en tiempos de indefiniciones, primero la Danza de la moza donosa y después la Danza del gaucho matrero. Si la primera vez auguraba a este Grosvenor del 92 un buen vino, la segunda degustamos ya un reserva que seguirá madurando en barrica de piano.

Oviedo capital del piano

Deja un comentario

Martes 23 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de PianoBenjamin Grosvenor (piano). Obras de: Brahms, Liszt y Chopin.

Reseña para La Nueva España del miércoles 24, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Tras Las Palmas y Barcelona, última y obligada parada en Oviedo de la gira que el pianista británico Benjamin Grosvenor ha realizado con un mismo programa plenamente romántico, que hubiera hecho las delicias del recordado Luis G. Iberni, “alma mater” de esta capitalidad ovetense para las 88 teclas desde hace 30 años.
Concierto con delicadezas como los Drei Intermezzi op. 117 de Brahms y la Berceuse de Liszt junto a dos de las más potentes sonatas para piano del siglo XIX: la tercera de Chopin y especialmente la Sonata en si menor de Liszt, repertorio al alcance de muy pocas manos, ahora en las de Grosvenor que volvía tras su visita hace ya cinco años con la Oviedo Filarmonía y N. Stutzmann.
Entonces me pareció un intérprete prometedor con el primer concierto de Brahms, comentando que el tiempo acabaría, convirtiendo como los buenos vinos, en un gran reserva.
Confirmación ovetense del aclamado pianista británico, ya figura mundial, Brahms delicado e íntimo antes del endiablado Liszt capaz de quemar el cielo y congelar el infierno, impactante interpretación que requirió reajustar el piano para volver con la pócima mágica: la “nana” engañosa del abate e incendiarlo con un Chopin fastuoso.
Sigue la pandemia, toses, paraguas y móviles que merecen castigo eterno en el Averno, solo absueltos por el Grosvenor “angelicalmente” poseído para danzar como malditos con el gaucho Ginastera en pareja: moza donosa con furioso matrero.
P. Siana

Las Variaciones Buchbinder

1 comentario

Martes 2 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Rudolf Buchbinder (piano): THE DIABELLI PROJECT.

Crítica para La Nueva España del jueves 4, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Regresaba al auditorio, tras casi ocho años de su Gershwin en estas jornadas que llevan el nombre de Iberni, el pianista austríaco Rudolf Buchbinder (Chequia, 01 diciembre 1946), una de las leyendas vivas que se presentaba con su personal “Proyecto Diabelli 2020”, obras inspiradas en el Vals en do mayor de Anton Diabelli (1781-1858) con un amplio y original programa de partituras encargadas hace doscientos años por el propio Diabelli (de las 51 una selección de 8), las irrepetibles e impresionantes variaciones de Beethoven, verdadera exploración de nuevos lenguajes y recursos del piano, junto a los encargos del propio Buchbinder a compositores actuales para este original proyecto como Auerbach, Dean, Hosokawa, Jost, Lubman, Manoury, Richter, Shchedrin, Staud, Dun y Widmann. Nueva experiencia pianística con partituras estrenadas recientemente en el Auditorio Nacional de Madrid, arrancando gira precisamente en Oviedo (La Viena del Norte español) prosiguiendo por Barcelona, Hannover y Frankfurt, para colocar de nuevo la capital del Principado en el circuito internacional de los grandes intérpretes.
El vals de Diabelli serviría para unir dos siglos pianísticos y afrontar un nuevo reto en las manos del maestro Buchbinder, once visiones desde nuestro tiempo, estados anímicos variados, lenguajes rompedores y neorrománticos, distintos idiomas perfectamente entendibles al piano, sonoridades muy cuidadas que el intérprete vienés desgranó con su estilo único de limpieza y elegancia, contención y respeto por lo escrito, espontaneidad y autenticidad, más todo el mimo en la búsqueda de un piano actual por el que doscientos años no son nada pues siguen descubriendo el infinito musical de las 88 teclas. Destacable cómo organizó las obras actuales, auténticas “Nuevas variaciones” engarzando estas perlas cultivadas en un collar multicolor, piezas únicas que toman sentido desde la global interpretación de un “Rudi” juvenil y “diabélico” destinatario de varias; no faltaría el cierre cual “coda” con guiño al Año Nuevo en la página del alemán Jörg Widmann (1973) que cerraba estas Variaciones Diabelli del XXI.
Misma entrega y magistral interpretación de la selección realizada por el pianista austríaco del proyecto Vaterländischer Künstlerverein (1824) de Diabelli, donde los virtuosos del momento volcaron su talento y Buchbinder no defraudó. Dos mundos y visiones complementarias, el modelo inicial eligiendo siete más la coda donde destacarían el Liszt joven, la coda vertiginosa de Czerny y especialmente el Schubert que volvería a sonar de propina, compositores heterogéneos, pianistas pedagogos e intérpretes decimonónicos que siguen vivos en nuestros días.
Mención aparte el adelantado a su tiempo, el profético Beethoven reinando en la segunda parte y del que Rudolf Buchbinder sigue siendo referente. Las treinta y tres variaciones del ligero vals “diabélico” con igual espíritu que las iniciales, desgranando cada una de ellas como piezas independientes que fueron uniéndose con los años, exprimiendo los tiempos, vertiginosamente limpios, cálidamente lentos, catálogo compositivo y vital del sordo genial afincado en Viena, el mismo que revisa a Diabelli y Mozart, al “dios Bach” junto a los obligados Clementi y Czerny, pero sobre todo el microcosmos que solo Buchbinder a sus años puede unificar en el universo del piano.
Delicadeza y magisterio en el cuarto Impromptu D899, op. 90 en la bemol mayor de Schubert, propina que será otra galaxia por explorar. Para Buchbiner sólo hay dos músicas: la buena y la mala, pero en sus manos sólo existe la primera opción.

La excelencia de sumar piano y cuarteto

Deja un comentario

Jueves 28 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano Luis G. Iberni. David Kadouch (piano), Cuarteto Quiroga. José Ramón Hevia, in memoriam. Obras de: F. Chopin, Clara Schumann, A. Ginastera y R. Schumann.

Buen arranque de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con el francés David Kadouch (Niza, 1985) al que se sumaría el Cuarteto Quiroga (2003) en plena mayoría de edad para rendir el merecido homenaje a su «inspirador» y apoyo constante, mi querido José Ramón Hevia, siempre en nuestra memoria, padre de Aitor y David, que este jueves se hubiera «quitado el sombrero» orgulloso de este concierto en nuestro auditorio, el mismo que va retomando la (a)normalidad de toses, móviles, objetos caídos, aforos ampliados, programas de mano en papel, descansos y mascarillas varias.
Nada mejor que comenzar escuchando a Frédéric Chopin (1810-1849) y sus tres Nocturnos op. 9, que Kadouch afrontó desde la elegancia e intimidad del primero, la delicadeza nostálgica del famoso segundo y la auténtica explosión romántica del tercero, tres planetas sonoros en un mismo universo que fueron acercándose en ese firmamento pianístico que sigue siendo necesario tanto en las filarmónicas como en los grandes auditorios.
Y reivindicando el papel de las mujeres compositoras, buena idea incluir a Clara Schumann, o mejor Clara Wieck (1819-1896) con el apellido real, quien en sus Variaciones sobre un tema de Robert Schumann, op. 20 no solo domina la obra de su esposo sino que la reelabora como excelente intérprete que fue, con un Kadouch esculpiendo el sonido claro, la digitación limpia y los pedales certeros en unas variaciones que fueron las estrellas del cielo pianístico.
Reubicando el escenario llegaría a continuación el Cuarteto Quiroga (Premio Nacional de Música 2018) con el gran Alberto Ginastera (1916-1983)  y su Cuarteto de cuerda nº 1, op. 20 (1948) demostrando de nuevo la excelencia interpretativa en este repertorio (grabado en su CD Terra) que saca a relucir tanto los recursos de cada instrumento como la necesaria compenetración de sus miembros afrontando esta maravilla del compositor argentino. Es maravilloso comprobar el sonido cuidado, la sonoridad única, el ímpetu y entrega en cada uno de los cuatro movimientos (I. Allegro violento ed agitato II. Vivacissimo
III. Calmo e poetico
IV. Allegramente rustico
) donde todo está encajado al milímetro, pulsión única pese a las dificultades que conlleva por los cambios de compás, ritmos enloquecidos y dinámicas asombrosas que «el Quiroga» lleva a la excelencia. Como escribe Arturo Reverter en las notas al programa (enlazadas al inicio en las obras) de este cuarteto del compositor porteño, «encontramos el espíritu estilizado -un factor folklórico subyacente- que habíamos anotado…» entendido a la perfección por estos cuatro intérpretes únicos (Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio) que siguen ampliando horizontes en un repertorio ideal.
Y sumar el piano al cuarteto no resulta cinco sino UNO, inmenso, «experimento camerístico» de visión sinfónica como es el Quinteto para piano y cuerda en mi bemol mayor, op. 44 de Robert Schumann (1810-1856). Importante para el Cuarteto Quiroga encontrar pianistas que respiren como ellos, enriqueciendo sonoridades, latido único en esta formación donde la calidad se da por supuesta y la musicalidad es el toque de distinción. David Kadouch encajó a la perfección con el espíritu interpretativo de este Schumann que homenajea a Beethoven, a Schubert e incluso a Mozart, tal y como disecciona Reverter el quinteto para piano y cuerda. Cuatro movimientos (I. Allegro brillante II. In modo d’una marcia. Un poco largamente III. Scherzo: Molto vivace IV. Allegro ma non troppo ) que exploran formas y fondos, momentos líricos y concertísticos de protagonismos compartidos, conjunción y ejecución a cinco sonando en total y certera unidad, con balances cuidadísimos, fraseos impecables y entrega apasionada.
De regalo no podía faltar el Shostakovich al que José Ramón Hevia admiraba y hasta compartía carácter socarrón e incluso humorístico, músicos de largo alcance, dedicación y bonhomía, como recordaba Cibrián Serra en la dedicatoria previa. El irrepetible ruso que tanto Kadouch como «los Quiroga» tienen en sus atriles individuales, esta tarde aunados en feliz encuentro para el Scherzo de su Quinteto en sol menor, op. 57, resposado y repasado,  pero especialmente dedicado y delicado.

No hay dos sin tres

Deja un comentario

Sábado 1 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Joshua Bell (violín), Steven Isserlis (chelo), Alessio Bax (piano). Obras de Mozart, Shostakóvich y Mendelssohn. Entrada butaca: 28 €.

En tiempos de adversidades si es difícil programar conciertos, todavía más mantenerlos o adaptarse sobre la marcha cuando se tienen unos recitales bien armados y del trío se debe marchar nada menos que el pianista, verdadero reclamo de estas jornadas de piano ovetenses donde esta misma semana nos enterábamos de la cancelación por graves motivos familiares de Evgeny Kissin, al que le deseamos lo mejor del mundo esperando su regreso a «La Viena del Norte» español.

Pero los intérpretes no se rinden, los grandes aún menos, y las ganas de público les espolean para continuar con sus compromisos. Bell e Isserlis son maestros en el violín y el chelo, así que no creo les fuese difícil contactar de nuevo con el italiano Alessio Bax (Bari, 1977), personalmente un redescubrimiento en vivo unos años después para este último recital dedicado al piano como le gustaba al siempre recordado Iberni, y preparar otro concierto distinto además de muy completo que nos permitió disfrutar de los primeros por separado, más un trío que no defraudaría los tres previstos a la vista de cómo transcurrió este primero de mayo muy «currado», con estos verdaderos trabajadores del pentagrama y magos de la música.

Perdimos dos tríos y ganamos dos mundos a dúo, con un impecable Bax al piano que parece llevar toda la vida con Joshua Bell, viendo cómo se enfrentaron a la Sonata para violín y piano nº 32 en si bemol mayor, KV 454  de Mozart, académica y vibrante, perfectamente entendida por ambos intérpretes solistas unidos de nuevo para disfrutar juntos desde el inicial Largo – Allegro, el genio de Salzburgo lleno de guiños y sorpresas, con diálogos juguetones y chispeantes, la reflexión dramática del Andante que hizo cantar el violín cual lied prerromántico por el papel pianístico compartido, y el explosivo Allegretto final del mejor clasicismo mozartiano en una visión camerística de primer orden que siempre nos sabe a poco.

Lo mejor aún estaba por llegar: la Sonata para chelo y piano en re menor, op. 40 de Shostakovich con un Steven Isserlis pletórico y un impactante Bax, el ruso siempre bien entendido por el solista londinense, sonata que conjuga el mundo convulso de antaño con tantos paralelismos de la actualidad, el contrapunto al inicial Mozart luminoso y reflexivo frente a la oscuridad esperanzadora donde no falta el humor como mejor arma contra el dolor. El ímpetu del cello contestado por el piano apabullante, el sonido humano de la cuerda dolorosa revestido de majestuosidad por unas teclas percusivas y perfectas, encaje ideal de intenciones y sentimientos. No se puede entender ni pueden entenderse mejor dos músicos de altura para esta inmensa sonata del ruso.

Y no hay dos sin tres, tras los dúos llegó el esperado trío mágico, no del ruso sino del alemán que «resucitó a Bach» y entendió la música camerística como pocos, bebiendo del clasicismo y dando el paso siguiente para lograr que el entendimiento en formato reducido fuese cual orquesta cercana, así parece concebir Mendelssohn este Trío para violín, violonchelo y piano nº 1 en re menor, op. 49, trabajado en un confinamiento que ayudó a desempolvar partituras por parte de Isserlis y Bell para comprender la música compartida, disfrutar de la escritura clara del alemán junto al espíritu conjunto de las sonoridades a trío.

Cuatro movimientos entendidos tanto en su propia individualidad e identidad como en el conjunto de la sonta a trío: Molto allegro ed agitato, emocional, Andante con moto tranquillo, paladeando la tímbrica, Scherzo: Leggiero e vivace subiendo enteros además de entrega, y Finale: Allegro assai appassionato, cierre perfectamente encajado de esta forma bien construida y ejecutada de manera pletórico. Si el dúo de cuerda fue cómplice en intenciones y fraseos, el piano encajó a la perfección del mismo idioma, limpio y claro, cristalino e impoluto compartiendo protagonismo, trabajo conjunto con el único lenguaje universal que vuelve a confirmarse en la interpretación de estos tres grandes músicos, individualidades enormes que se tornan inmensas cuando se juntan para hacernos disfrutar del género camerístico, verdadera escuela para melómanos y tan necesaria en la eterna formación de todos los genios.

Gracias por el trabajo insensible al desaliento que podría traer la pandemia pero que el hambre de la música en vivo palía con creces, volviendo a colocar Oviedo como capitalidad musical y seguir demostrando que «La Cultura Es Segura».

Disfrutar la madurez

Deja un comentario

Sábado 10 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Dmytro Choni (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de López Estelche, Rachmaninov y Brahms. Entrada butaca: 12 €.

Alcanzar la madurez supone disfrutar del tiempo vivido con todo lo que ello conlleva de aprendizaje, errores y aciertos, frustraciones y alegrías. Oviedo Filarmonía es ya una formación con el gran acierto en la elección como titular de Lucas Macías, pues no solo ha crecido desde la diversidad y versatilidad a lo largo de estos años sino que ha encontrado ese momento dulce capaz de afrontar sin complejos, con solvencia y entrega, desde una sonoridad propia, los grandes repertorios sinfónicos que no por muchas veces escuchados se hacen menos necesarios.

Si algo ha caracterizado a la formación ovetense sin duda es la amplitud de estilos que le confieren una ductilidad sonora difícil en otras orquestas. Y apostando por la nueva creación el «Proyecto Beethoven» ha reunido estrenos de cinco compositores que tienen una especial vinculación asturiana con la orquesta, siendo este sábado el turno de Israel López Estelche (Santoña, 1983) y sus Tres danzas donde la original «excusa» del supuesto origen español de la abuela del sordo genial, le sirve para construir un tríptico verdaderamente novedoso de ritmos con aires hispanos de inspiración universal, orquestación rica e impecable además de buena prueba de fuego para la Oviedo Filarmonía con Rolanda Ginkute de concertino y Lucas Macías de nuevo al frente, tres danzas evocadoras de lenguajes propios y heredados de sus maestros, armonías francesas del cambio de siglo mezcladas con aires de Falla en la última, música cercana y exportable, actual y eterna por lo bien «armada» y escrita que está la estrenada obra de un compositor cántabro ya maduro en su formación, trayectoria y lenguaje, tres piezas bien defendidas por los intérpretes, recibiendo todos ellos sobre el escenario los merecidos aplausos de un público que sigue llenando el reducido aforo del auditorio en estos tiempos convulsos, ávido de música con tanta calidad como esta inicial en un sábado lluvioso donde la luz la pone siempre la cultura segura y estos conciertos.

Tenía ganas de escuchar en vivo al ucraniano Dmytro Choni (1993), ganador del Primer Premio y la Medalla de Oro en el XIX Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» del año 2018 que me impactó en aquel momento con su Prokofiev retransmitido por RTVE, esta vez nada menos que con el segundo de Rachmaninov. Obra exigente para todo solista, pero aún más de concertar por los rubati intrínsecos de sus tres movimientos, los cambios de agógica constantes y la cantidad de detalles escondidos que Macías supo sacar a flote, incluso salir airoso en el siempre delicado momento donde se pierda el solista. Choni tiene ya suficiente madurez, a pesar de su apariencia adolescente, para mandar en este concierto, pero el ropaje de la orquesta fue sobresaliente, dinámicas amplias siempre ajustadas al volumen del piano solista, encajes perfectos, sonoridad rotunda muy trabajada e intervenciones de los primeros atriles dignas de mención todas ellas, alternando violas y cellos en su posición para una trabajadísima sonoridad.  Pulsación rica la del ucraniano, detalles en una obra muy estudiada a pesar de la «laguna» que no empañó un resultado global más que digno. Sonido contundente y delicadeza cuando fueron precisas en esta página siempre emocionante además de popular gracias a su utilización en tantas películas y muy presente en las programaciones de nuestras orquestas, desde ahora también en la ovetense.

Para demostrar su reconocido virtuosismo al piano, una propina de cara a la galería como es la Soirée de Vienne op. 56 del checo Alfred Grünfeld (1852-1924),  la (re)interpretación con variaciones sobre el conocido «murciélago» straussiano que todos los grandes del piano suelen incorporar a su repertorio y Choni se suma a estos fuegos artificiales bien interpretados además de sentidos.

Y no defraudó Choni con la segunda propina de Rachmaninov, Daisies, op. 38 nº3, de la Seis Romanzas del ruso, con hondura sin artificios para despedirse de unos aficionados que conocemos bien este repertorio.

Lucas Macías Navarro volvió a demostrar su excelente trabajo, la interiorización de cada obra y su exigencia para con la orquesta en la Sinfonía n.º 4 en mi menor, op. 98 de Brahms, rica de principio a fin, detallista, preciso y claro, arranque del Allegro non troppo vivo manteniendo la tersura y textura orquestal, dibujando las líneas con delicadeza, realzando los graves hoy contundentes, sujetando los metales sin oscurecer el conjunto, disfrutando de una madera empastada, con unos fraseos bellísimos. El Andante moderato reafirmó la búsqueda de un sonido limpio, precisión de ataques, ritmo decidido. Contundente Allegro giocoso – Poco meno presto sujetando el tempo para una formación tersa y entregada que remataría en un Allegro energico e pasionato, Più allegro convincente, maduro, carnoso, reposado, matizado y entregado, con una madera destacable tanto en la flauta como en el clarinete, brillando a gran altura todos.

Un lujo comprobar la buena línea que afronta el onubense al frente de la orquesta ovetense que siguen creciendo juntos, disfrutando de esta madurez deseada.

Despedidas y bienvenidas

1 comentario

Viernes 19 de marzo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, «Iviernu V»: OSPA, Javier Perianes (piano), Perry So (director). Obras de Beethoven y Tchaikovsky. Entrada butaca: 15 €.

Concierto de despedida a un inverno que no quiere irse, a Antón García Abril que entendió nuestra Madre Asturias como pocos tanto orquestal como pianísticamente, pero igualmente de bienvenida como al director Perry So, siempre un lujo cada visita suya (y van muchas), o al pianista Javier Perianes, sustituyendo a última hora a Lugansky y cambiándonos a Medtner por Beethoven al que en 2020 no pudimos disfrutar como se merecía, con la gratitud por el compromiso y entrega del onubense para con esta tierra que le acoge como su segunda casa. Bienvenidas sean estas despedidas que nunca son tales, un hasta siempre porque la música mantiene y nos mantiene vivos.

Bienvenida igualmente al concertino invitado Benjamin Ziervogel, repetiendo en el primer atril de la OSPA en una velada que ha vuelto a demostrar la necesidad de cubrir urgentemente esas vacantes, y no hay que buscar lo que ya se tiene, pues la muestra más clara ha sido el éxito de público (entradas agotadas), un programa apetitoso y el triunfo de un maravilloSO director que hace sonar a la orquesta sintiéndola como propia y los aficionados como nuestro.

El Concierto para piano y orquesta no 3 en do menor, op. 37 de Ludwig Van Beethoven
(1770 – 1827) como bien escribe en las notas Ramón Avello, «una música vigorosa en el primer movimiento, ensoñadora en el segundo, abiertamente alegre en el final» que Perianes y So entendieron al pie de la letra con una compenetración excelente, una energía desbordante, un sonido de ensueño y la alegría contagiosa desde una interpretación donde la OSPA sonó como siempre quisiéramos, convencida, entregada, atenta, minuciosa, de respuesta instantánea y disfrutando entre todos de esta partitura.

Impresionante el I. Allegro con brio que mostró la calidad habitual de una madera perfecta, unos metales templados, una percusión convincente y una cuerda claramente densa por presente, preparando la entrada del piano de Perianes, límpido, transparente, en diálogo con la formación y precisión al detalle. Ese aire clásico y mozartiano es ideal para todos, así lo entendieron, planos transparentes desde una concertación impecable y una cadenza «made in Nerva» con un final de movimiento poderosamente exacto. Del II. Largo casi una sonata del sordo poético en su inicio, la soledad sonora de un piano ensoñador, íntimo, delicado en todos los recursos utilizados, con la orquesta meciendo esa poesía que llegará a imperial en el quinto concierto, cantando en unas maderas cercanas y pastoriles, con el piano cristalino y lleno de emoción, cadencia incluida, sentida y consentida por una batuta sedosa como los pizzicatti de la cuerda, y guiando a la orquesta hacia el luminoso III. Rondo: Allegro, marcando el ritmo felizmente seguido y traducido por cada uno, dinámicas potentes, impulso vital, alegría musical, virtuosismo pianístico entendido con honestidad y madurez desde el podio y el tutti, final de exactitud y pulcritud para un tercero de altura donde como dice el dicho, «la esencia fina en frasco pequeño» y los bienvenidos son grandes en la música que interpretan.

Alguna vez he llamado a Javier Perianes como «El Sorolla del piano» por su sonido puro, perfilando los detalles sin perder la globalidad y complejidad sonora del instrumento, y volvió a demostrarlo con su Granados detallista, luminosamente mediterráneo, de las Quejas o La maja y el ruiseñor,  las «Goyescas» que el onubense pinta como nadie y nos regaló en este día de San José.

De la Sinfonía no 6 en si menor, op. 74, «Patética» de Piotr Ilich Chaikovski (1840 – 1893) aclara Pablo Gallego en sus notas que «la palabra rusa patetícheskaya equivale a “apasionada” o “emotiva”. Un punto de vista radical- mente distinto a nuestro concepto de patetismo»,  testamento y despedida de un genio que en esta sexta volcará lo mejor de sí mismo para la eternidad. Sinfonía compleja, apasionada y apasionante que exige un esfuerzo titánico para todos. Perry So maneja los tiempos sin excesos pero exigiendo a la orquesta una sonoridad prístina desde un gesto claro, una batuta mágica que igual blande cual estilete o la convierte en pincel ágil, más una izquierda detallista, atenta a todos y todo que transmite no solo la necesaria seguridad en los músicos sino las ideas claras de lo que esta partitura esconde. Ya impresionó su I. Adagio – Allegro non troppo, el «templo del sinfonismo» con ese inicio de fagot y cuerdas graves lleno de esa oscura luminosidad y la transición de aire marcada con precisión y equilibrados balances, la necesaria exactitud sacando a relucir cada sección cual encaje de bolillos, metales potentes manteniendo la presencia en el resto, un trabajo tímbrico al que la orquesta respondió, reluciendo en esas melodías únicas del ruso donde la cuerda es puro terciopelo pero la explosión sinfónica no puede ni debe contenerse, tormenta y marejada que llega tranquila a la orilla. Qué difícil ver el II. Allegro con grazia marcando tan claro y preciso ese 5/4 de este lied donde tantos naufragan del que Perry So emergió con autoridad y mando bien respondido por una orquesta que necesita mano dura para no claudicar, como así demostraron los profesores, concertino cómplice necesario, gráciles, todos a uno remando en la dirección correcta, la emotividad rusa que no patetismo antes del III. Allegro molto vivace vigoroso, auténtica marcha sinfónica en sol mayor que ocupa el lugar tradicional Scherzo en una rebelión interior capaz de prever un final que no lo es, siempre aplaudido anecdóticamente por su fuerza que tanto orquesta como director transmitieron, jugetón, líneas precisas, dinámicas vertiginosas, pulsión con pasión, ímpetu y empuje vital antes del angustioso y rompedor IV. Finale: Adagio lamentoso, verdadero requiem del compositor (con un «Tuba mirum» de trombones y tuba único) poniéndonos un nudo en la garganta más un silencio respetuoso después del último compás, extraña y felizmente largo, enorme y contenido, tras el que todos respiramos aliviados, mascarilla incluida, sabiendo que esta despedida de la vida nunca fue tan esperanzadora.

Bienvenida la música en tiempos difíciles, extraños y hasta dolorosos donde bálsamos como esta despedida invernal augura una primavera de color y deseos positivos, optimismo del maestro Perry So al que nunca agradeceré lo suficiente tantos y buenos conciertos, porque nunca defrauda.

Dos por uno casi de saldo

1 comentario

Viernes 12 de marzo, 19:00 horas. Concierto Extraordinario I, «Hecho en Asturias«: OSPA, Martín García (piano), Daniel Sánchez Velasco (director). Obras de Mozart y Beethoven. Entrada butaca: 5€.

No es habitual escuchar dos conciertos para piano y orquesta en una misma velada, lo que siempre es de agradecer, y más con intérpretes asturianos, pero no hubo suerte en este primer extraordinario de la OSPA donde Daniel Sánchez Velasco comandaba a sus compañeros y el solista Martín García (todavía en mi recuerdo en octubre de 2008 y agosto de 2009) afrontaría con desiguales resultados este verdadero reto, comenzando con Mozart y su Concierto para piano nº 23 en la mayor, K. 488, bien arropado por una orquesta empastada y equilibrada en todas sus secciones, que volvía a contar con Xabier de Felipe de concertino invitado.

Desconozco si el pianista no estuvo cómodo con el Steinway pero adoleció de una sonoridad limpia, un ímpetu que no casa bien con las exigencias «puñeteras» del genio de Salzburgo, aunque sí apuntase momentos cálidos siempre difíciles de concertar desde el podio, pero el balance no fue correcto (las dinámicas extremas sufrieron) ni tampoco hubo el entendimiento esperado. Destacar el bellísimo Adagio central aunque globalmente faltó poso y peso pese al ropaje tímbrico de una plantilla orquestal ideal para este concierto que por momentos difuminó al gijonés.

Beethoven siempre son palabras mayores tanto al piano como en lo sinfónico. Su aniversario quedó incompleto y casi inadvertido mundialmente por las cancelaciones del Covid, y este viernes su Concierto para piano no 5 en mi bemol mayor, op. 73, “Emperador” no llegó a príncipe ni siquiera infante. De nuevo la orquesta vistió al solista con sus mejores galas, pero se agrandó la brecha mozartiana inicial, faltó más entrega y precisión tanto en la concertación con el piano como en el papel del pianista pese a los esfuerzos desde el podio y el concertino. Sensaciones agridulces donde se esfumaron demasiadas notas que dejaron huecos irrellenables (ni siquiera con los timbales), faltando mano izquierda a pares: el pianista no encontró el equilibrio necesario en unos graves que sí completó la cuerda, pero cada entrada solista parecía precipitarse sobre el teclado y los finales de frases no siempre a tiempo ni encajando el tutti pese a unos tempi ideales para poder disfrutar cada movimiento. Por buscar una explicación a esta decepción de un prodigio al que los años no parecen haberle sentado bien, puede que el jet lag haya influído en el resultado, tal vez cierta incomodidad o el estado ánimo que tanto incide en los músicos, pero mis sensaciones no fueron buenas.

Se necesita urgentemente cubrir las plazas vacantes (que la pandemia parece alargar) porque sería desaprovechar una plantilla que volvió a demostrar generosidad, calidez y entrega, pero sin mando en plaza los resultados no son los que hubiese deseado para estas dos páginas tan especiales donde ni siquiera brilló un adagio un poco moto que quedó huérfano cayéndose literalmente de lento y soso.

Y en esta tarde de dos por uno, todo a pares, incluyendo las propinas con el piano solo que tampoco disiparon mis dudas, una primera de aires románticos en la línea del Martín compositor en «La Juilliard» y una Navarra de Albéniz atropellada, sin madurar, en cierto modo sucia además de carecer de la sonoridad apropiada para esta biblia del piano que requiere toda una vida para atreverse a interpretarla.

Una ocasión perdida donde la belleza de las obras no tuvo su recompensa para este musicógrafo que también sufre cuando sus expectativas no se ven colmadas, siempre desde el mayor respeto a los intérpretes, aún más siendo «de casa» aunque mi memoria musical y el impagable directo me sigan llenando una mochila con recuerdos incomparables e irrepetibles.

Sokolov siempre único

1 comentario

Sábado 27 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Grigory Sokolov (piano). Obras de Chopin y Rajmaninov. Entrada butaca: 24 €.

Cada concierto de «San Sokolov» es una liturgia que no se puede perder. Fiel a su cita con Oviedo, parada obligada en cada gira española, volvía el ruso que siempre impresiona y dota su presencia de esperanzas, más en tiempos de pandemia, con un público entregado que «llenó» el auditorio capitalino de poesía pianística, un caleidoscopio desde el blanco y negro señorial, sin defraudar nunca, y con una «tercera parte» de seis propinas que no fueron más por las circunstancias del puñetero Covid, pues Grigory Sokolov (Leningrado / hoy San Petersburgo / 18 de abril de 1950) sigue en forma afrontando cada obra con la profundidad de los años, la técnica apabullante al servicio del piano, su mundo, su vida, compartida desde una concentración que corta la respiración en cada nota, en cada pedal, en cada fraseo, con toda una gama dinámica tan amplia que el instrumento de las 88 teclas esconde solo para los grandes virtuosos: desde los pianissimi que se escuchan casi sin aire hasta los fortissimi resonando orquestales en todo la sala. El arte del piano tiene nombre ruso.

Dos compositores que vivieron por y para el piano, como el propio Sokolov: Chopin y Rachmaninov, dos visiones del mismo universo, la patria chica inspiradora e interiorizada desde un lenguaje propio en ambos, polonesas y preludios con el piano como único protagonista, no se puede pedir más.

Cuatro polonesas de F. Chopin (1810- 1849) para la primera parte, esas danzas de concierto rítmicamente potentes que Sokolov milimetra cada una de ellas con la limpieza estratosférica, la potencia extrema y su lirismo expresivo, comenzando con la  Polonesa en do sostenido menor, op. 26 nº 1, después la nº 2 en mi bemol menor, sin apenas pausa entre ellas, la independencia de manos con el volumen en su sitio y un pedales que nunca sobra cuando podemos escuchar cada nota presente y la importancia justa, las síncopas de la primera con ese ímpetu y trinos paradisíacos, arpegios divinos, súbitos románticos como pocos, la segunda de oscuro inicio contrastado y matizado al estilo Sokolov, el juego de las tonalidades menores que el Steinway redondea en las manos y pies del ruso, los cromatismos que culminan álgidos y precisos, el rubato exacto, las modulaciones precisas, el ritmo de polonesa inimitable y siempre distinto, magia también menor de la Polonesa en fa sostenido menor, op. 44 con el inicial «moderato» que crece en arrebatos extremos en ambas manos jugando desde los claroscuros que contagia a la siempre luz tenue del escenario, las melodías en terceras con idéntico volumen cantabile e izquierda «bailablemente ligera».

Y para cerrar la siempre impresionante Polonesa en la bemol mayor, op. 53 «Heroica», llevándome en el tiempo al Campoamor de 1975 con Rubinstein que cerraba el concierto con ella, otro ruso que me descubrió mi padre cuando el Conservatorio era mi única preocupación y mi mejor formación los grandes en directo. Sin trampa ni cartón, tocándolo todo (el nonagenario Arthur «eludió» las vertiginosas octavas de la izquierda), jugando con el tiempo en todas sus acepciones, sabor guerrero y melancólico, pasión sin contención llena de la poesía musical y dotando de esa unidad en las cuatro polonesas elegidas, gran conclusión chopiniana y eclosión heróica de un Sokolov siempre único.

En mis viejos vinilos los comentarios de las contraportadas eran mi bibliografía directa y en alguno leí que a Rachmaninoff le llamaban en Broadway el Chopin ruso (también a Scriabin). Cirílico difícil de transcribir,  S. Rajmáninov (1873- 1943) llenaría la segunda parte tras el necesario ajuste del piano al que Sokolov siempre somete al máximo esfuerzo, y soportaría inquebrantable los Diez preludios, op. 23.

Todo un microcosmos de locura tonal y lenguaje propio del piano, melodías y giros que aparecerán en sus conciertos con orquesta que aquí asumen toda la grandiosidad del instrumento en manos de su compatriota, siempre fiel intérprete. Imposible describir cada uno, diferentes en todo e iguales en intensidad y virtuosismo: 1. Largo (fa sostenido menor) como obertura majestuosa, también el 2. Maestoso (si bemol mayor) de evocación chopiniana y virtuosismo lisztiano, 3. Tempo di minuetto (re menor) cual histórico homenaje sonoro pintado con primor y color, 4. Andante cantabile (re mayor) en el melodismo inimitable de Sergei y magisterio de Grigory, dos voces cantando en perfecta simbiosis relajada evocadora del segundo concierto preparando la impresionante 5. Alla marcia (sol menor), casi sinfónica, brillante, poderosa, rítmica de principio a fin, dinámicas increíbles, rubati inconmensurables y grandiosa interpretación para semejante preludio universal casi orquestal en el teclado, un «paseo de elefantes» como el tercer concierto del ruso; 6. Andante (mi bemol mayor), un remanso cristalino, romántico, paladeado en ambas manos con pedales atmosféricos bien empleados sin difuminar el sonido, 7. Allegro (do menor) de locura, vertiginoso, campanadas marcando impetuosas el tiempo pianístico, el virtuosismo pleno que «revolucionara» Chopin y Rachmaninov eleva al olimpo técnico, 8. Allegro vivace (la bemol mayor), contraste tonal e igualdad nítida, limpieza en un transcurrir sin respiro hacia el 9. Presto (mi bemol menor), terceras y sextas impolutas, igualadas de volumen y ligaduras casi imposibles, el recuerdo de los estudios polacos engrandecidos por el ruso, preludio libre por denominar una forma rebosante de música con el silencio sonoro y el 10. Largo (sol bemol mayor) paralizador tras tanta emoción, el retorno del guerrero tras una dura batalla con el teclado dejándolo todo en él.

No importan el tiempo en las manos de Sokolov, no hay toques de queda para tanto arte, y la «tercera parte» esperada mantuvo la grandiosidad y las ganas de seguir escuchándole. Para retomar el pulso de nuevo Chopin y dos Mazurkas, la opus 68 nº 2 en la menor, y la 19 en si menor, opus 30 nº 2, magisterio interpretativo, sonido único en las manos del ruso y para despedir al polaco con el Preludio op. 28 nº en do menor, con ese tempo majestuoso, la madre tierra elevada al paraíso musical por el ángel ruso, los matices extremos marca de la casa.

Aún vendrían más, primero Brahms y su Intermezzo en la mayor op. 118 nº 3, imagen auténtica pero afeitada del alemán encarnado en este ruso impagable, emociones románticas de esta música a borbotones antes de la vuelta a casa y a la forma, continuando con esa calma vital, la misma en cada «paseo hasta el piano» y desde el piano, la liturgia Sokolov con el Preludio op. 11 nº 4 en mi menor de Scriabin.

Y como si mein Gott Bach quisiera redimirnos del día anterior, la visión al piano de Busoni con el coral «A tí clamo Señor Jesucristo», Ich ruf zu dir, Herr Jesu Christ BWV 639, Sokolov apóstol único y vivo, genio del piano, en plena forma y para seguir si hubiéramos insistido. Apoteósis, emoción y vivir para disfrutarlo eternamente.

Lucha de egos

Deja un comentario

Viernes 12 de febrero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Iviernu III: OSPADenis Kozhukhin (piano), Christian Vásquez (director). Obras de Grieg y Brahms. Entrada butaca: 15 €.

Continuamos paso a paso en la anormalidad que por lo menos nos permite respirar música, con intérpretes y obras conocidas, el público volviendo al auditorio con todas las medidas de protección pero palpando la necesidad de un liderazgo para nuestra orquesta del que que este viernes adoleció. Teniendo de concertino invitado a Pierre Frapier, personalmente noté una lucha de egos a lo largo del concierto entre el segundo de a bordo y el podio, pero aún más en Grieg.
Aún en la memoria el Liszt de Denis Kozhukhin el 29 noviembre del 2019, esta vez lo hacía con Grieg y su Concierto para piano en La menor, opus 16 del que el intérprete confesaba en la prensa «podría hacerlo si me despiertan en plena noche”, y debo entender la premura en encontrar sustituto del ucraniano Vadym Kholodenco, triste cancelación alegando motivos personales, por lo que en la interpretación dirigida por el venezolano Christian Vásquez resultó una pugna por el «mando en plaza», caminos paralelos en vez de convergentes con ligeros desajustes donde la orquesta siempre fue detrás del piano, sin química a pesar del excelente momento sonoro de todos, que nos dejaron una versión sin pegada emocional.
Kozhukhin se mostró poderoso, fuerte, convincente, seguro con una gran gama dinámica, pero no siempre con la limpieza deseada, luciéndose evidentemente en las cadenzas y brillando sobremanera en ese hermosísimo Adagio central. Pero faltó encajar la pulsación, el latir al mismo ritmo con un mismo corazón, pues así deber ser concertar, algo que Vásquez no logró, puede que por una libertad mala consejera para la precisión necesaria. El sentimiento lo puso el ruso y lo corpóreo la orquesta, bien balanceada en los planos pero sin el músculo que este Grieg exige, pasión con precisión. En un concierto tan escuchado como el del noruego y con intérpretes que están en nuestras discotecas y memoria, este viernes se quedó en poco más que un ensayo general a pesar de haberlo interpretado el jueves en Gijón.
La propina debía ser Grieg, breve, una de las Piezas Líricas que nos dejó mejor sabor de boca por el intimismo, dominio y sonoridad mostrada por el ruso, de la que careció el concierto por esa sensación de lucha de egos tan habitual en el mundo musical, tal vez faltó apostar por más entendimiento y sobriedad como en este regalo.
Vásquez al fin dominador y protagonista absoluto de Brahms con su Sinfonía no 3 en fa mayor, op. 90 de memoria, curtida y asimilada desde sus enseñanzas con Abreu, optó por la sonoridad y la pulcritud sabedor de la respuesta correcta de una orquesta que volvió a la solvencia en todas sus secciones, esta vez con unas violas y chelos verdaderamente aterciopelados, presentes y que parecieron más centrados y entregados, así como el solo de trompa del popular Take my love, el tercer movimiento, Poco Allegretto, pero en general diría que simplemente resultó aseada pero sin sustancia, poco contrastados sus movimientos, correcta sin excesos ni entrega, falta de emoción y tensión en una interpretación algo plana que podía haberse exprimido un poco más. Cierto que esta tercera no es grandiosa ni «heróica» pero la OSPA es capaz de más y al pupilo de «El Sistema» siempre le tocará la odiosa comparación con Dudamel, su buque insignia.

Older Entries