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Tiempo presente de Mahler

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Sábado 22 de marzo, 20:30 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orchestre Symphonique de Montréal (OSM), Kent Nagano (director). Mahler: Sinfonía nº 7 en si menor.

“Canto de la noche” es el sobrenombre de la séptima mahleriana, canción sin voces, en hora poco habitual para un concierto rozando la perfección. En mi mochila sólo me queda una “Sinfonía de los Mil” para cerrar ciclo en vivo, aunque esta venida de Canadá con un californiano admirador de Bernstein, referente y fijo en mi discoteca, será recordada como la pureza instrumental.

Nagano es la elegancia directorial y con su orquesta alcanza cotas de calidad impensables incluso en gira mundial. Pese al cansancio que pueda suponer esta vorágine de ciudades, hoteles, aeropuertos y auditorios (en España sólo Madrid y Oviedo antes de volar a Alemania con escala en Colonia), pensemos que cada concierto siempre es distinto, los ánimos cambian, el tiempo de Mahler ha llegado hace tiempo, y abordar esta sinfonía para los músicos también forma parte de su experiencia vital, más allá de una profesionalidad que brotó a borbotones.

Hacía tiempo que no disfrutaba de una materia prima tan prístina, clara, donde la humanidad parece redimirse como el propio Mahler. Orquesta impresionante no ya en número sino en todas y cada una de sus secciones, solistas envidiables pero sobre todo disciplina y respuesta inmediata a cada gesto del maestro japonés de Berkeley quien reconoce la convergencia del nuevo y el viejo mundo en esta su orquesta. Colocación vienesa con los contrabajos detrás de los violines primeros, arpas de los segundos, percusión con “bronces” atrás, trompas a la izquierda y la madera, toda la inmensidad orquestal de esta séptima, sumándole guitarra y mandolina en el cuarto movimiento para mayor busqueda de sonoridades en auténticos claroscuros de cinco movimientos organizados simétricamente con el Scherzo de pivote indefinido más que sombrío (Schattenhaft).

Si los colores del día anterior eran impresionistas, franceses (Ravel está en el otro programa con Sstravinsky, otra conexión espacio temporal) , delicados, la paleta que “el pintor” exige para este “séptimo cielo” es un lienzo tan especial que debe partir de una tela cara poco habitual, y la sinfónica canadiense lo es en las manos de Nagano. Una delicia escuchar cada instrumento, cada línea melódica, cada contestación, todo en el plano exacto escrito y marcado por Mahler que era igualmente un excelente director de orquesta. Nunca mejor el término “conductor” que utilizan los ingleses porque el titular de la sinfónica canadiense condujo por esta carretera llena de dificultades como si de una autopista al lado del mar se tratase, y sin despeinarse…

Sinfonía con más de cien años esta séptima sigue siendo actual, completa, redonda, tal vez por lo que conlleva de “patetismo del hombre mortal sobre la tierra con sus dudas y sus preguntas, en primera instancia, para proclamar, a renglón seguido, la esperanza y la confianza en una vida mejor” en palabras recogidas por mi admirado Pérez de Arteaga citando a Chamouard, la vigencia de una música que sonó veraz, honrada, emocionada pero contenida en todo momento, ni un grito, ni un borrón, nada accesorio, todo en su sitio, sin disonancias ni líneas etéreas. El sonido resultó de seda por momentos, terciopelo con fortaleza y elegancia, satén nocturno de insinuaciones eróticas en su punto.

Arturo Reverter escribe de esta séptima en las notas al programa que es “composición tan difícil, tan trabada, tan original, tan experimental, quizá la más radical de Mahler desde un punto de vista estructural, arquitectónico, instrumental y armónico”, pero tras la escucha de los canadienses con su titular pareció fácil y ligera, siempre original pero muy asentada, y con esos años que hacen curar la juventud, conservadora aunque de lenguaje inalcanzable todavía para la mayoría pobre de espíritu. El propio Nagano decía en la prensa española que “a pesar de la crisis vivimos un momento emocionante en la música”, y en Oviedo podemos confirmarlo. Si quedaban interrogantes por las mezclas que subyacen en esta obra mahleriana, la respuesta estuvo en esta séptima sin palabras porque la poética, la ironía, el sarcasmo, la tragedia… todo sonó en su sitio alcanzando cotas irrepetibles.

Llego a casa y mientras escribo, busco links (enlaces) y vuelvo a escucharla con Bernstein en Viena, después Lucerna con Abbado… No más dudas planteadas pero el directo siempre será irrepetible, y la Sinfónica de Montreal con Nagano me han dejado un canto que no se extingue al amanecer sino que permanecerá cual “noche oscura del alma“.

Fresco musical de sensaciones

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Viernes 21 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Diaghilev y los Ballets Rusos II”, abono nº 9 OSPA, Coro “El León de Oro” (director: Marco A. García de Paz), Rossen Milanov (director). Obras de Debussy y Ravel.

Velada pictórica y danzante desde la conferencia previa de María Sanhuesa (también suyas las notas al programa enlazadas en el inicio) titulada “Los colores del sonido: Debussy, Ravel los Ballets Russes“, contando nuevamente con Milanov al frente, lo que se agradece por esa continuidad tan necesaria para alcanzar el mayor entendimiento.

La música de ballet parece ser especialidad de nuestra formación que incluso ha llevado al disco (el último ya con el director búlgaro) aunque tengamos que cerrar los ojos para imaginarnos la escena y cuerpo de baile, precisamente en una ciudad que también tiene su Festival de Danza en el Teatro Campoamor. También domina la orquesta asturiana la música francesa, supongo que más allá de la cercanía geográfica la anímica, pero sobre todo las partituras de los grandes orquestadores, y los de esta tarde de danza lo son, dando lo mejor de ellos, creciéndose en la inmensidad sinfónica.

Para ahondar en la grandeza de las dos obras programadas se contaba con la mejor formación coral del momento, y de casa, el LDO que también está preparando su concurso de Londres y antes la Pasión Según San Juan, estando el espíritu bachiano presente el día de su aniversario al sonar la “Badinerie” en un teléfono femenino (por lo que tardó en encontrarlo y apagarlo), que mejor ni comentaré aunque parase el concierto en el momento más “inoportuno” de Ravel…

Nocturnos (Debussy), tríptico sinfónico parece que inspirado en el pintor Whistler, en cierto modo para no seguir etiquetando como impresionista la música de Don Claudio aunque siempre existen paralelismos y referencias coloristas, sentido más decorativo que descriptivo pese a las luces especiales que parecen iluminar cada número. La plantilla ampliada para la obra, sobremanera en el viento madera, percusión, otro arpa, no lo fue en la cuerda aunque les exija aún más trabajo, pero el buscado ambiente etéreo se consiguió desde las primeras “Nubes“, casi de anuncio por lo bien perfiladas y contrastadas hasta el gris, sin necesidad de utilizar pinceles finos. Como confesión que comparto con la doctora Sanhuesa, “Fiestas” es mi número preferido, puede que por la explosión de color sinfónico, la alegría desbordante, el ritmo danzante, los fuegos artificiales, el cortejo o mi pasión noctámbula, estando de acuerdo con el cambio de título del propio Debussy que en principio llamó “Tres escenas en el crepúsculo”, curiosamente tocadas dos por no incorporarse siempre el coro femenino de “Sirenas“. Si hace algo más de un año las voces blancas del LDO ya interpretaban esta obra con la OvFi, dejándome enamorado por las “vocalizaciones dificilísimas con polirritmias perfectas, mar dorado más que plateado para dejar flotando en el ambiente una espiritualidad preparatoria de la segunda parte”, la madurez global se hizo notar todavía más, auténtico tratamiento instrumental de Debussy que “las chicas de oro” han vuelto a elevar a cotas muy altas (tres mezzos más que las sopranos en perfecto equilibrio de planos) con la complicidad de un Milanov dominador de este nocturno cual marino experto. Las “sirenas de Peñas” no nos hicieron naufragar y en vez de tapar los oídos los abrimos aún más para disfrutar de este hechizo sonoro con ese tema de la coda final que sonó celestial con Juan Pedro Romero “acallando las voces del mar” para fundirlo todo y alcanzar el silencio nocturno hoy con luna llena menguando.

Dafne y Cloe (Ravel) me daría para fabular con más enamoramientos de todos y entre todos, el coro al completo y la orquesta ampliada, el bosque sagrado del auditorio donde aparecen piratas tecnológicos casi fantasmales intentando raptar la pureza sonora y la ayuda siempre del dios Pan musical que alimenta nuestro espíritu y aplaca odios. Se nota la planificación previa para este ballet cuya música pudimos disfrutar completa (no en suite) como la concibió el propio Maurice, totalmente ajustada en efectivos e intenciones aunque reconozcamos la dificultad de ubicar semejante plantilla en un teatro y los bailarines en escena. El encanto de la danza sin que la música pierda ni desvíe la atención fue muy trabajado entre Ravel y Fokine para una partitura que es una “sinfonía coreográfica” en tres partes encargada por el omnipresente Diaghilev, un “gran fresco musical menos preocupado por el arcaismo que por la fidelidad a la Grecia de mis sueños”, que también citó María Sanhuesa del Esbozo biográfico dictado por el compositor a Roland-Manuel.

La OSPA volvió a sonar perfecta en cada sección, una plantilla ampliada como ya apunté que es para deslumbrar (no faltó la máquina de viento o eolífono), siendo Milanov quien sacaba a la luz las distintas combinaciones coloristas de familias y solistas en perfecto entendimiento con el maestro. Y el coro como un bloque más imbricado en la ampliación suprema de la paleta orquestal, bien todos o sólo las voces graves, con ausencia de referencias textuales y dificultad añadida que “los leones” superan con el duro trabajo al que les somete Marco A. Gª de Paz, sin perder nunca la globalidad sonora de cada motivo desarrollado con la maestría de un Ravel aún investigador de texturas y rítmicas. El análisis de la obra en la “Guía de la música sinfónica” dirigida por Tranchefort desmenuza la hora de música que pasó volando para goce de intérpretes y público: el lirismo de la trompa y el célebre intervalo de quinta, el enriquecimiento colorista añadido por el coro con las irisaciones de la cuerda y las dos arpas, el violín con un nuevo motivo siempre con la danza presente, en especial la guerrera tras los piratas, “Animado y muy rudo” con una madera portentosa y segura… Destacable el conocido tercer cuadro, “amanecer” cual contraste con los nocturnos debussianos, cantos de pájaros y el coro auténtico sol inundando de luz emergiendo de la orquesta profunda en una técnica sumativa que de forma imperceptible alcanza la apoteosis mágica firmada por Ravel. Y la flauta de Myra Pearse persuasiva, cristalina, apoyando el encuentro de los amados “Dafnis y Cloepremonitorio de la bacanal de ritmo desenfrenado y ricos colores que esta OSPA atesora.

La fiesta de música colorista, de colores musicales, pareció dar la bienvenida a la recién estrenada primavera y despedida a la “nit del foc” valenciana, una paleta de colores a la que se añadió el dorado coral que pareció pintar Klimt con música francesa. Mahler espera en menos de 24 horas…

La voluntad de Bach en Cuaresma

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Lunes 17 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Bach Collegium Japan, Joanne Lunn (soprano), Clint van der Linde (alto), Gerd Türk (tenor), Peter Kooji (bajo), Masaaki Suzuki (director). Obras de J. S Bach.

No cansaré nunca de “Bach, Mein Gott”, del que escucharemos también en este mismo auditorio sus dos pasiones. Atrás han quedado las interpretaciones románticas de grandes formaciones para volver a los orígenes en Leipzig, algo que el maestro Suzuki y su “colegio” llevan por el libro. Tres cantatas y una misa donde los cuatro solistas invitados se integraron en el coro, dando el paso al frente cuando correspondía, más una formación instrumental de primera para gozar sin pecado de la palabra de Dios, textos originales y traducidos en el programa, con la música del Kantor desde un conocimiento directorial que transmite a intérpretes y aficionados.

Las notas de la profesora Miriam Perandones se titulaban con palabras del propio Johann Sebastian: “La música nos ha sido ordenada por el espíritu de Dios” que podemos parafrasear cambiando por “el espíritu de Bach” que flotó en el auditorio cual templo luterano en Cuaresma.

Primera parte con la Cantata Alles nur nachGottes Willen, BWV 72 (Todo sea según la voluntad de Dios) desde la oscura introspección, donde los solistas estuvieron desiguales, despuntando algo más la soprano inglesa (bien en estos repertorios) que el contratenor sudafricano, al que en su anterior visita a Oviedo hace cinco años achaqué los mismos problemas de poco volumen en el registro grave, así como un color característico de ese registro alto menos frecuente que los contratenores más sopranistas pero cercano al original del Leipzig bachiano. El coro siempre perfecto de color, empaste y afinación, equilibrio exacto con los instrumentos.

Para la Cantata Mit Fried und Freud ichfahr dahin, BWV 125 (En paz y alegría me iré) pudimos disfrutar de la flauta (con Kyomi Suga) que también dominase el Kantor, y donde los solistas vocales masculinos resultaron más coristas de lujo que propiamente figuras, más en el dúo acompañados por los dos violines solistas (Terakado y Yamaguchi), cello (Balssa) y órgano (Masato Suzuki), pues de intimismo volvieron a quedar algo oscuros en los graves con un texto que habla de la luz que llena toda la tierra con poderosas palabras que resonaron más bien poco. El recitativo anterior contó con el barítono más que bajo (no hay coro tal y como figuraba en el programa) encareciendo una cuerda auténticamente en crisis, salvo honrosas excepciones, pero más en la música sacra que en escena. El alto al menos se portó en su aria y recitativo antes de volver a disfrutar del coral final “Él es la salvación…” antes de la pausa (descanso no eterno).

La Cantata Bekennen will ich seinen Namen, BWV 200 (Proclamaré mi fe en su nombre) nos cambió en el órgano al Suzuki Masato por el maestro Suzuki Massaki, con los dos violines y el cello acompañando el aria del alto, auténtico acto de fe que resultó más luminoso pese a la precariedad de medios utilizada por Bach pero perfecto preámbulo para la Misa luterana en Sol mayor
BWV 236
, breve por utilizar solamente el Kyrie y el Gloria pero donde el griego primero y el latín después consiguen contagiar la musicalidad eterna del texto a un compositor cercano a Dios. El coro siempre perfecto, el aria de bajo (Te damos gracias) con cuerda y continuo mejor que en las cantatas, pletórico el duetto soprano-alto del “Domine Deus” con el acompañamiento de cuerda, órgano y (contra)fagot, aceptable el aria del tenor con continuo y oboe para tocar el cielo coral “con el Espíritu Santo en la gloria de Dios-Bach” por siempre Amén.

Felicidad venida de Japón con refuerzos internacionales para esta música universal en un concierto del espíritu capaz de acallar “tisis y toses” aunque la hora actúe cual resorte en ciertas posaderas de mal asiento. Desconozco si el “padre Bach” lo perdonará eternamente…

Jornada Michael Nyman

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Sábado 15 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, Michael Nyman, Michael Nyman Band, Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Michael Nyman.

Protagonismo total de Michael Nyman dentro de las llamadas jornadas de piano, supongo que por el título de la película que más famoso ha hecho al músico británico, puede que por tener nada menos que dos pianos de cola en el escenario del auditorio carbayón, pero evidentemente metido a calzador siendo más válido el otro ciclo de conciertos, y todo porque las etiquetas nunca son buenas y dan lugar a equívocos.

Particularmente me gusta Nyman desde hace décadas cuando Ramón Trecet lo ponía en su programa “Diálogos” y por ser el complemento perfecto de las excelentes y personales películas de Peter Greenaway que no faltaron en este concierto, con pocas sorpresas en un estilo que él mismo bautizó como minimalismo, más como técnica compositiva que por la extensión de sus obras. Por cierto tener a la OvFi y Conti, auténticos todoterrenos colaborando en este concierto es todo un lujo para el propio Nyman, aunque la amplificación de todos unida a los cuidados efectos de sonido (revers y delays varios) dieron una dimensión supongo que impensable para muchos de los presentes.

El orden del programa se alteró mínimamente pero personalmente estuvo más acorde con lo global. Comenzó solo Nyman y su banda algo reducida (sin viola, trompa ni trompeta) pero igual de eficaz en la consecución de la sonoridad típica del británico, repasando algunos temas famosos: Chasing Sheep (sintonía radiofónica hace años y perteneciente a la película “El contrato del dibujante”), algo desajustada por parte de la banda a la que le costaba seguir el ritmo del piano, An Eye for Optical Theory del documental de 2008 “Man on Wire” con esos contrastes entre el viento -saxo barítono y soprano antes de la adición en cuanto a suma del resto de la banda-, y cuatro de las siete danzas acuáticas: 1, 2 “Stroking”, 4 y 8 “Synchronizing” de las citadas Water Dances con ese sello inimitable, clásico en las lentas y supongo que excesivamente repetitivo para parte del público en las rápidas, casi rock&roll final, alternancia de tiempos y texturas que son el recetario Nyman donde la amplificación y efectos consiguen impactar al oyente, incluso sin las siempre complementarias imágenes para las que estas músicas fueron compuestas, nuevamente Greenaway y “Making a Splash”.

El estreno en España de la Sinfonía nº 6 “Ahae”, inspirada en el fotógrafo coreano, puso al compositor al frente de la Oviedo Filarmonía con el pianista Patxi Aizpiri cual solista aunque le tocó suplir al propio Nyman, que por cierto es poco pianista pero peor director, si bien tratándose de una obra suya nada que exigirle. Cuatro movimientos contrastados en la más pura receta sinfónica para una plantilla digamos clásica salvo una percusión sin timbales con marimba, vibráfono y tambores. El primer movimiento de aire rápido con recuerdos de “western”, un segundo lento de mayor lirismo aunque siempre desde la técnica compositiva de Nyman, un interesante tercer movimiento rápido en ternario marcado por la primera aparición de los parches en un ostinato rítmico de negra dos corcheas negra que evoluciona a un lento cuaternario con las placas dando más colorido aún, todo ello repetido, para finalizar con un llamemos Vivace en compás a siete, amalgamas que le encantan al compositor británico, para finalizar acelerando.

La segunda parte complementó perfectamente la primera tocando todos juntos (salvo el alter ego Nyman Aizpiri) con la dirección de Marzio Conti en MGV (Musique à Grande Vitesse), música para el TGV francés -a gran velocidad, casi implorando por nuestro AVE astur que no llegará ni a gorrión si es que alguna vez hay vías por el túnel ducha- donde el compositor reclamó como intérprete su partitura al bajista eléctrico Martin Elliott, banda integrada y en “diálogos” con la OvFi en total arrebato sonoro y anímico de media hora, repitiendo como “bis” la parte de cierta épica más allá del toque de tambores. Excelente la labor directorial del maestro titular que no sólo marcó entradas sino también matices que no resultan sólo de añadir o quitar instrumentos como el propio compositor hace, técnica medieval que casi siempre funciona, sino en dar el gusto interpretativo que el director italiano dejó claro engrandeciendo una partitura simplemente agradecida, por no llamarla comercial en estos ambientes. Este marzo todavía nos deparará mucha más música: la que gusta y la que no gusta, porque realmente es lo que hay…

Receta Milanov: BB de lo bueno

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Viernes 14 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “En la gran tradición alemana”, Concierto de abono nº 8, OSPA, Suyoen Kim (violín), Pablo Ferrández (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Beethoven y Brahms.

El titular Milanov volvía al podio con un programa ya rodado en la maratón bilbaína que es “Musika-Música“, este año dedicada precisamente a las dos B del octavo de abono, y con dos solistas que ya dirigiese en el Auditorio la temporada pasada: la violinista alemana Kim y el cellista madrileño Ferrández, ambos con excelente sabor de boca según mis anotaciones y recuerdos sonoros.

El cocinero búlgaro preparó un menú clásico de encargo en cuanto a ingredientes pero cocinado y condimentado con los toques que logran sutiles diferencias. La elaboración de los ensayos y ejecuciones consiguieron una velada digna de las “3 Bes” conocidas como “Bueno, Bonito y Barato” aunque no resulten calificativos precisamente apropiados para la música, pero jugar con las tres b de los grandes compositores (se sumó Bach en la propina cual sorbete entre las dos partes clásicas en que siguen organizándose los conciertos), sirve incluso para titular entrada en el Blog.

De aperitivo el genio de Bonn: Leonora, Obertura nº 3, op. 72 (Beethoven), para ir calentando motores y percibiendo los ingredientes de primera mano, en su punto de temperatura sin mucho colorido, cual grabados del otro sordo genial como búsqueda de materiales y logrando maestría incluso en “pequeñas obras”. Inseguridades puntuales en entradas pero líneas maestras claras.

Los siguientes platos provenían de Hamburgo, menú musical germano en tanto que servido en Viena aunque cocinado por Milanov en nuestros fogones.

El Concierto para violín, violonchelo y orquesta en la menor, op. 102 (Brahms), el “doble concierto” es todo un reto por los difíciles ingredientes que ligaron perfectamente para una salsa contundente al ser de por sí más caros que el azafrán: nada menos que dos Stradivarius en el mismo plato: el rotundo cello de Pablo Ferrández equilibrado con el sutil violín de Suyoen Kim, diálogos de emociones tomados en pequeños bocados o dentro de una soberbia salsa OSPA que funcionó más que como guarnición ingrediente necesario para alcanzar el paladar buscado por Milanov, perfecto concertador de sabores musicales que esta vez buscó colorido en la paleta orquestal delineando ancho con un pincel fino para alcanzar este primer Brahms realmente carnoso. Merecidos y abundantes aplausos para los solistas que nos regalaron esa Invención nº4, BWV 775 de Bach adaptada a dúo funcionando como pausa antes del cierre hamburgués.

La Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 es un plato conocido que puede resultar honesto, pasarse o quedarse corto cual siete y medio, pero precisamente por exigente Milanov fue cocinándolo con mimo, maestría y sazonando con detalles. Optó por sobresaltos que fueron ganándome: el inicio más que Un poco sostenuto resultó “retenuto” por la lentitud que parecía remover con cuchara de madera antes de sorprender con el Allegro. Nuevamente la colocación vienesa, la ubicación para proporcionarnos esa espacialidad adecuada a esta enorme obra sinfónica permitió saborear cada bocado. El Andante sostenuto pareció ir engordando la salsa jugando con sutiles cambios de tempi que sacaron a flote detalles impercectibles en una cocción más rápida. No sé si esta grasa es buena para el colesterol pero está claro que “La Primera de Brahms” cocinada por Milanov iba con poso y nada ligera, sólo Un poco allegretto e grazioso daría el toque “light” con alguna incertidumbre metálica siempre compensada por la madera segura y “redonda” sin enturbiar el placentero resultado global. Y es que cocinando e ir sirviendo cada movimiento en distintos platos permitió reconocer la grandiosidad de esta generosa sinfonía -daba gusto ver y escuchar el “pizzicati acelerando”- que desemboca placenteramente en ese cuarto movimiento auténtico microcosmos de emociones, sabores, reminiscencias, deudas y originalidad que en el tratamiento del mejor Rossen permitió redescubrir las papilas gustativas. Adagio para retomar la visión, Più andante para masticar y degustar, más la conclusión del Allegro non troppo, ma con brio, final de un manjar diríamos de toma pan y moja. No siempre lo cocido y conocido podemos redescubrirlo, más este primer Brahms Milanov cocinado con tiempo puso sobre el mantel lo mejor de nuestra despensa musical sin sensación de empacho y con ganas de repetir.

Gratitud lírica

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Domingo 9 de marzo, 19:30 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara: Concierto Benéfico Asociación Parkinson Asturias: Ana Nebot (soprano), Simón Orfila (barítono), Mario Bernardo (piano). Obras de Obradors, García Abril, Mompou, Hahn, Tosti, Mozart, Puccini, Bellini, Rossini y Donizetti. Entrada: 15€.

Siempre resulta de agradecer el esfuerzo de asociaciones en defensa de enfermedades máxime en tiempos donde nuevamente la sociedad va por delante de sus gobernantes no ya en el terreno solidario sino en el del bienestar, lucha en la que no podemos bajar la guardia, y ayudar económicamente sigue siendo prioritario. Si la forma de recaudar fondos y concienciarnos a todos de enfermedades que parecen curadas o en retroceso (craso error cuando los recortes llegan incluso a la investigación) es con la música, muy bien, lenguaje universal y directo. Si es con la lírica en una ciudad como Oviedo, el éxito está casi asegurado. Sumemos contar con gente de casa, de nacimiento o adopción, y entonces el (casi) lleno de la sala de cámara -404 localidades según me apuntaron fuentes bien informadas- era previsible.

El pianista gijonés Mario Bernardo domina repertorios tanto específicos de canciones (su Tosti con Pixán lo tengo en mi memoria) como los siempre poco agradecidos operísticos donde las reducciones orquestales son demasiadas veces imposibles. Atento a los cantantes, arropándoles y transmitiendo seguridad en cada obra resultó el apoyo perfecto para este recital en casa.

Mi querida soprano ovetense Ana Nebot sigue trabajando y ganando cuerpo a una voz de timbre algo metálico pero capaz de enamorar tanto en la canción española -poco agradecida para soprano las elegidas- como la francesa (hermosísima A Chloris de Hahn, que incluso nos explicó esa inspiración pictórica), más cercana a su estilo y color, sin olvidarse de unas difíciles arias de ópera buscadas para la ocasión, quedándome sobre todo con su Mozart en los dúos con el asturiano adoptado desde Alayor, Simón Orfila.

Aún fresco en nuestras retinas visuales y auditivas su Leporello, todavía más redondo “el catálogo” con piano, el Don Giovanni de La ci darem la mano confirma un momento vocal álgido del barítono bajo menorquín, con un entendimiento escénico y musical con Ana Nebot en este dúo y en último Quanto amore del elisir donizettiano. Primero nos deleitó con las canciones en catalán (siempre enorme Mompou y el Damunt…) y el mencionado Tosti de L’ultima canzone y Vorrei morire que siguen conmoviendo en cualquier tesitura. La calumnia del barbero de Rossini comienza a ser referencia en el repertorio del menorquín que encontró hueco en su apretadísima agenda para volver a su segunda casa y participar desinteresadamente con sus compañeros en este recital emotivo por muchas razones.

La propina de “Las mañanitas” de Don Gil de Alcalá (Penella) reconvirtió a Orfila en mezzo y a todos los asistentes en coro cumpliendo fielmente el “canta y no llores”. Gracias por estos regalos musicales y solidarios.

Soledad superlativa

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Sábado 8 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Grigory Sokolov. Obras de Chopin.

Nueva visita de San Sokolov a Oviedo en plena gira o vorágine musical, y todos como en misa, es decir las habituales toses y móviles entre la parroquia madura con prisa para cenar cual campanas programadas, y todos esperando propinas que finalmente resultan una tercera parte: esta vez seis que nos llevaron hasta las once menos cuarto de la noche y porque encendieron las luces, por lo que podemos decir que Sokolov nunca defrauda y sigue siendo un grande entre los pianistas.

Monográfico dedicado al llamado “poeta del piano“, ese Chopin (al que el programa más que inmortalizar “eterniza” hasta 1949) cual “soledad sonora” que desde la isla interpretativa del escenario -colocada la caja escénica para estos eventos- y poética igualmente del pianista ruso, con una técnica capaz de emocionar incluso desde la Sonata nº 3 en si menor, op. 58 cuyos cuatro movimientos supusieron una suma de intenciones individuales que conformaron la obra mayor, descubriendo cómo una sola nota emerge e inunda toda una sala siempre desde el “sonido Sokolov“. Parece imposible la gama dinámica capaz de salir de un piano para asombro de primerizos y confirmación agnóstica, pero sobremanera la limpieza de los sonidos desde esa independencia solitaria y sumativa que nos redescubrieron la última sonata chopiniana.

Para la segunda parte una selección de 10 mazurkas en distintas modalidades y tempos, menos virtuosísticas que la tercera sonata pero todas interiorizadas desde las inmensas soledades de Sokolov, su mundo ajeno al de los mortales que adoramos y admiramos cada nuevo milagro sonoro, microcosmos nacionalistas internacionalizados, únicos y enlazados, silencios rotos por la ignominia y la ignorancia de un público vetusto (en todo el sentido de la palabra), por el descaro del inculto al que el santo ruso patrono de teclistas vivos es ajeno, burbuja pianística en blanco y negro, ceremonial en primera persona compartido con los mortales que parecemos molestarle por momentos. Desfile de aires variados pero solitarios, tristemente adecuados a un estado anímico que contagia inexorablemente a quien quiera comulgarlos, la lenta mazurka inicial Op. 68 nº2, los allegro (Op. 68 nº3, op. 30 nº3) contenidos, diría que minimizados, incluso los vivace (Op. 30 nº2 y op. 50 nº1) más vivos y lumínicos que veloces, ligeros siempre volviendo a la redondez y plenitud de una sola nota emergiendo de los acordes, pedales manteniendo el poderío, dominio de un sonido solitario al que acompañan y suman después desde la suprema soledad acústica y el dominio apabullante de una técnica que emociona al ponerse al servicio de un Chopin más íntimo e individualista que nunca, el “Chopin Sokolov” que volvió para quedarse.

La tercera parte nuevamente completa, mucho más que seis propinas porque resultaron no ya (in)esperadas y sorpresivas por parte del gran ruso sino todo un nuevo programa ampliación del monográfico, de aires chopinianos para nuevos pecados del solitario y triste Grigory sólo comprensible desde la inmensidad del piano para acallar conciencias y espíritus indómitos. El gran Sokolov y su liturgia siempre impactante desde su soledad superlativa.

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