Inicio

Liturgia Sokolov

1 comentario

Sábado 2 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Grigory Sokolov. Obras de Beethoven y Brahms.

Crítica para La Nueva España del lunes 4, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Cada visita del pianista Grigory Sokolov (San Petersburgo, 1950) a España es un espectáculo casi místico con una liturgia conocida: temperatura adecuada, luz casi íntima, Steinway© con afinador incluido que al descanso vuelve a escena para retocar un instrumento que en manos del ruso alcanza sonoridades de otro mundo, más un programa donde las propinas son realmente la tercera parte, nunca improvisadas porque no hay nada al azar. Sabido de antemano antes de acudir al templo, merecen mayor penitencia quienes reinciden en el pecado de marchar antes de tiempo pues no hay propósito de enmienda; es verdadero sacrilegio toser inadecuadamente con ánimo de regocijo; y excomunión directa para los móviles demoníacos. El ritual no puede romperse aunque el ruso parezca ajeno a todo desde su púlpito instrumental, y los acólitos no soportamos las ofensas.
Sokolov es cual evangelista que bebe del antiguo testamento pianístico e interpreta literalmente desde el nuevo, con Oviedo parada obligada de sus giras (2011, 2014, 2017), en esta ocasión incluyendo dos de las tres B musicales de von Büllow: Beethoven y Brahms, románticos primero y último, dejando a Bach todopoderoso en el primer paraíso terrenal que entraría en mi particular santoral el 9 de abril de 2011.

Comenzar con la Sonata nº 3 en do mayor, op. 2 supone redescubrir al Beethoven que parte del Clasicismo haydiniano en su Allegro inicial, técnicamente siempre perfecto al servicio de la historia musical interpretativa, con fraseos impolutos, virginales, pureza de pedales, intensidades únicas en cada dedo con matices que en el Adagio presentan ya el primer romántico de claroscuros, profético en las manos de Sokolov, el Scherzo sustituyendo al minueto mozartiano ya plenamente sinfónico, y el último Allegro assai “imperial”, ligero de trinos barrocos, orquestales por momentos, con melodías inspiradoras para Schumann, Mendelssohn o Brahms, un testamento para todos los románticos.
Las Once bagatelas, op. 119 juegan con tonalidades y modos, aires del andante al vivace, estilos y épocas que al reunirse vuelven a tomar sentido de globalidad y premonición, música de un autor del que Sokolov se erige como gran mentor desde el siglo pasado. Emparejadas se complementan cual piedras preciosas en pendientes, sumando elementos se transforman en pulseras o collares, y todas juntas construyen esta corona real, bien engarzadas por este orfebre las once lecturas “futuristas”, más de lo que supondríamos al escucharlas por San Sokolov, miniaturas inmensas dotadas de unidad místicamente interiorizada que van creciendo, impactando e iluminando músicas aún por escribir en 1823 cuando se publicaron: juvenil A l’Allemande que nos recordó nuestro Antón Pirulero, chopiniano Vivace moderato de la nueve y carnavalescamente breve el Allegramente schumaniano por citar solo tres diamantes.

Brahms admiró y bebió de Beethoven, el último pianismo del hamburgués coincide en número opus con el maestro de Bonn. Sokolov unió las 118 y 119 Klavierstücke, diez piezas (seis y cuatro) dotadas de una madurez tanto escrita como interpretativa, donde los silencios brillan con la levedad deseada, cada nota responde fiel al pentagrama llenando el auditorio, las tonalidades adquieren brillos inenarrables y todo fluye mágico con equívoca apariencia de sencillez, monodia cumbre casi susurrada, verbo hecho arte mayúsculo, “rubato” imperceptible del fraseo y la buscada sonoridad casi enfermiza del ruso, sacando infinitas dinámicas independientes en cada gesto sin perder los legatos de ataques variopintos según la necesidad expresiva, ora ingrávida, ora refulgente y vigorosa. Cada pieza es única, reunidas las diez todo un nuevo testamento interpretativo de este evangelista del piano que siempre asombra descubriendo no ya el Intermezzo forma sino firma de un reverenciado Brahms.

Tercera parte de propinas, las seis “previstas” donde lo apuntado en los dos “B” toma forma independiente y profecías cumplidas: el Impromptu op. 90 nº 4 de Schubert más la Melodía húngara D 817, alternando con su esperado Rameau de trinos imposibles, piezas para clavecín de Los Salvajes La llamada de los pájaros antes del vals nº 2 de su compatriota A. Griboyédov para darnos la bendición apostólica con el mejor Debussy íntimo, casi místico del preludio Pasos sobre la nieve, el último legado del que Sokolov volvió a evangelizar caminando sobre la penumbra de un marzo ya primaveral.

El talento no naufraga

1 comentario

Lunes 18 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, RIDEA: La Castalia, Concierto de Clausura del Curso de repertorio vocal. Canela García, Carla Romalde, Almudena Sanz (sopranos), Gabriel Ordás (violín), Jorge Diego Fernández Varela (viola y piano), Santiago Ruiz de la Peña (cello); Manuel Burgueras (piano); Begoña García-Tamargo, directora artística y profesora de canto.

Tarde lluviosa con música de fondo de los canalones sin parar en el patio del Palacio del Conde Toreno que no logró aguar un concierto con aires reivindicativos.

Tomó la palabra la directora de “La Castalia” para volver a insistir la ausencia de ayudas a esta asociación veterana que hoy en día no existiría sin el apoyo del RIDEA, denunciando no ya la política cultural, citando el artículo 44 de nuestra Constitución sino el aumento en el precio de los abonos para la temporada de zarzuela que comienza el próximo jueves, y la tardanza en sacarlas a la venta.

Por si el aguacero de incomprensiones fuese poco, Begoña cedió la palabra a Mateo Luces, profesor de violín del Conservatorio del Nalón y presidente del comité de empresa que tras años en el tajo junto a sus compañeros, la Mancomunidad amenaza con llevar a juicio al centro musical de la comarca langreana y pedir que se haga cargo el Principado de este conservatorio, peligrando los puestos de sus 23 profesores que opositaron a ello hace más de 20 años y podrían quedarse como interinos al no haber subrogaciones de contrato, todo por leyes que cada uno interpreta como les viene bien y que por resumir se queda en unos cien mil euros a pagar entre cinco ayuntamientos.

Seguimos recortando en cultura y más en la musical olvidando que Forma Antiqva o el Coro de Voces Blancas han salido de este conservatorio y llevan a mucha honra el nombre de Asturias con una calidad envidiable, teniendo que volver a reivindicar y defender lo que tanto tiempo y esfuerzo ha costado.

En la parte musical hubo bajas médicas de la mezzo María Heres o el tenor Adrián Begega, pero el talento es más fuerte que las inclemencias y un triunvirato de jóvenes compositores además de intérpretes, supieron adaptarse a las circunstancias y completar un concierto que no tuvo desperdicio.

Al cellista Santiago Ruiz de la Peña le tocó abrir velada tras la media hora de reivindicaciones con el mejor “manifiesto” para la música como es J. S. Bach de cuya Suite nº 3 en do mayor nos dejó el profundo y ligero Preludio, la Zarabanda muy sentida recordando las violas de gamba francesas, y la Giga con aires de gaita. Buena memoria, templando con seguridad, arco flexible y creando un sonido que el tiempo, pues el estudio no falta nunca, acabará tomando aún más cuerpo y sonoridad en un instrumento que ya domina.

En el caso de Jorge Diego Fdez. Varela (1996), compositor y músico gijonés nos dejó al piano sus Farolillos en el agua casi banda sonora de esta tarde con el reflejo de las farolas en la autopista “Y” que une la costa con la capital, sencillez y ternura, new age por cristalina y Debussy o Ravel por inspiración y temática.

La asociación cultural “La Castalia” tiene una querencia lógica por Gabriel Ordás (1999) que tomó el violín para reinterpretar la Nana felguerina con texto de Lorca, originalmente para soprano que hoy “cantóel ovetense con el piano del compositor, Jorge Diego Varela, obra que obtuvo el primer premio en el II Concurso de Composición de la “Fundación Marino Gutiérrez Suárez“, adaptación lírica a más no poder. Y de nuevo el talento de estos dos jóvenes para adaptar de su ópera de cámara Doña Esquina estrenada por “La Castalia” el aria para tenor Y cómo que lo estoy, nuevo dúo violín-piano cantando desde el dominio del compositor esta música fresca y vibrante llena de poesía. Reflejar la premura con la que ambos compositores tuvieron que trabajar, al alcance solo del talento de ambos músicos, integrales en sus dos facetas.

Fueron ellos tres, al sumarse Santiago y cambiar Jorge piano por viola los encargados de clausurar este concierto nada menos que con el Trío de cuerda en si bemol mayor D 471 de F. Schubert, uno de los grandes liederistas que el triunvirato interpretó cual romanza sin palabras en perfecto entendimiento camerístico, cual veteranos músicos que saben cómo latir a una, la mejor defensa para hacer ver lo importante que es tenerlos de ejemplo y tarjeta de presentación a sus coetáneos, esperando los políticos alcancen a entender que es la mejor inversión futura y no un gasto.

De las tres sopranos, ya conocidas por el que suscribe de anteriores cursos, quiero destacar el enorme trabajo y la progresión en cada una de ellas, junto a una sabia elección de repertorio a cargo del maestro Manuel Burgueras que conoce como pocos la materia prima. Para Almudena Sanz de voz fresca y creciente musicalidad eligió a Haydn para comprobar la ganancia en proyección de su voz: Pensi a me si fido amante y Un tetto umil,  para finalizar con el aria Signor, voi sapete de “Il matrimonio per inganno“, microrrelato bien interpretado tras la bellísima Plaisir d’amour (J. P. Martini) que nos descubriese la irrepetible Victoria de los Ángeles.

De artista ya profesional hay que calificar a la ferrolana Carla Romalde, afianzada en color de timbre penetrante y un dominio tanto del euskera como del alemán, idiomas muy parejos con los que pudimos disfrutarla tanto en Sorozábal o Guridi (Romanza de Mirentxu) pero sobre todo con Richard Strauss donde el piano dialoga con ella, un Zueignung poderoso tras el Día de los Santos (Allerseelen), tablas y musicalidad para unos textos que personalmente iba leyendo en el teléfono, traducción incluida.

La mayor satisfacción me la daría Canela García por el enorme avance mostrado, afinación segura y un cuerpo vocal ganando en el registro grave y dramático, con temas en francés muy adecuados a un color que ya está asentado y homogéneo. Beau Soir (Debussy), L’enamourée (R. Hahn) y el aria de “HerodiadeIl est bon (Massenet) fueron páginas muy trabajadas para poder disfruta de una vocalidad que ha ganado en confianza y colorido. Remataría con Kurt Weill y Nanna’s Lied, el cabaret alemán con partes habladas llenas de desenfado que le vienen muy bien a la soprano madrileña cuya evolución a lo largo de los cursos es digna de mención, esperando el próximo.

Felicidades al profesorado que contagia su amor por la música a esta generación de jóvenes cantantes, y mi admiración por el trío instrumental de talento desbordante, cuyas carreras de compositores no han hecho más que empezar y ya sacan a flote lo mejor de ellos en un largo camino para el que deseo a todos ellos lo mejor. Lástima que la política se esté devaluando y llenando de mediocres porque con acercarse esta tarde lluviosa hasta el RIDEA hubieran comprobado “in situ” la buena inversión que esperemos no se lleven alemanes o ingleses, pues dejar escapar talento no tiene retorno y la historia es terca.

Molinera cantábrica

Deja un comentario

Lunes 21 de enero, 20:00 horas. Santander, Centro Botín (auditorio), “Música Clásica“: Pablo García López (tenor), Simon Lepper (piano). F. Schubert (1797-1828), poemas de W. Müller (1794-1827): Die schöne Müllerin (La bella molinera), D. 795. Entrada: 10 €.

Algunos museos cierran los lunes pero cuando se amplía la oferta como es el caso del Centro Botín en un terreno ganado para la ciudad, su auditorio abre al público con distintos conciertos de música clásica, siendo mi querido tenor cordobés Pablo García López quien ha tenido el honor de inaugurar este 2019 nada menos que con una sesión familiar la mañana del domingo y este lunes los veinte poemas de Müller que Schubert convierte en veinte “lieder” para compartir el protagonismo con el pianista inglés Simon Lepper en una impresionante velada con un público muy educado que por la poca luz apenas pudo ir leyendo los textos y su traducción al español a medida que la música fluía con el Cantábrico de natural telón de fondo, auditorio de acústica perfecta pese a la cristalera equilibrada con madera (el concierto se grabó para Radio Clásica) y un Steinway algo “duro” en la pulsación, supongo que por estar todavía “rodándose”.

La mejor prueba de fuego para un cantante lírico son las canciones (todas: francesas, inglesas y españolas que aún no alcanzan el reconocimiento internacional), en especial las románticas y particularmente el mundo del lied alemán (Beeethoven, Schubert, Schumann, Wolf…) por su dificultad en el idioma unido a unas exigencias igualmente altísimas en el piano, nunca acompañante sino coprotagonista con la voz, indivisibles artísticamente. Microrrelatos que piden una implicación total sin descanso en los intérpretes, una prueba de fondo de una hora larga llena de intensidad dramática que marca el grado de preparación del dúo, en este caso tenor y piano.

El ciclo de La bella molinera (1823) resulta ideal para una voz joven que va ganando en los graves y con el desparpajo que dan los años, textos que el piano completa creando el ambiente, la tensión o el embeleso. Pablo García López cual “Der Wanderer” (caminante) arranca su Das Wandern (camino) al paso, sin prisas, hacia la molinera en un alemán perfecto, ademán cuidadamente descuidado, timbre adecuado y dominador de la escena contagiando al público este inicio de viaje casi susurrado, acunado por Simon Lepper. Los barcos surcando la bahía ponían el decorado natural como la voz del tenor que supo siembre Wohin? (a dónde) le iba a llevar este crucero vital, aligerando el paso pero con la mano izquierda en el bolso, bien asentado, proyectando y  jugando con el piano en las dinámicas. Un alto (Halt) solo literario porque la pausa no existe, oye el molino y el arroyo, escuchamos el piano pintando ese paisaje que se canta, mojado como el mar del fondo al que le damos las gracias (Danksagung an den Bach), doble intención de intérpretes y público aunque única dirección de lirismo. Caminos tortuosos de cuestas empinadas con el único bastón del piano, poderoso siempre abierto, bordeando con un fluir limpio ese río de la vida, otra etapa que habla de cesar el trabajo (Am Feierabend) aunque aumenta en los dos intérpretes, intercambio de esfuerzos, contrastes dinámicos del susurro a la fuerza pese a cantar unos “brazos débiles”, para hacernos cómplices de una curiosidad (Der Neugierige) ingenua, cantada desde el amor a Mozart y a Schubert, el terreno natural donde caminar nuestro cordobés de la mano del excelente pianista inglés.

Contemplábamos felices este espectáculo poético-musical creciendo en emoción e intensidades, riqueza de matices y gusto, dramatización lógica para quien lleva mucha ópera en su todavía joven pero madura trayectoria de repertorio bien elegido con estos “premios” que nos regala. No hay impaciencia (Ungeduld) sino brisa fresca en piano y voz, primera cima de este viaje, musicalidad del alemán perfectamente encajado con el percutir rápido del piano, disfrutando una interpretación de calidad, entrega sin reparos, el rubor en las mejillas del enamorado confeso, y el relajado saludo matutino (Morgengruß) tras las emociones anteriores. Los pianissimi del tenor cordobés son únicos, reconocibles, mimados desde el piano inglés siempre sabio, dando el paso adelante en la escritura precisa de Schubert siguiendo el discurso romántico de tensión y calma necesaria dentro de la unidad global bien planteada para dosificar fuerzas sin perdernos nada por el camino.
Río para dar vida a las flores del molinero (Des Müllers Blumen), ternario cual vals vienés por “rubato” en su interpretación, piano sin palabras que pone Müller para cantarse antes de la emocional lluvia de lágrimas (Tränenregen) literal por el goteo de tiempo medio sin disgustos, melodía doblada en voz y mano derecha, con la izquierda vistiendo la declaración y tristeza de perder el reflejo de la amada ante la amenazante tormenta para cantar creyéndose suya a la molinera, Mein, convencimiento del caminante, tenor convincente volcado en una interpretación que seguiría “in crescendo”.

Pause para recordar el laúd colgado por la tristeza y la cinta verde que le adornaba (Mit dem grünen Lautenbande), color esperanza donde la juventud se levanta rauda del tropiezo amoroso y el piano se convierte en cordófono trovadoresco para la musicalidad del alemán cantado, soltando lastre sin perder compostura. Nuevas cotas del camino emocional, desánimo sin desfallecimiento antes del desencuentro con el cazador (Der Jäger), el rival y ladrón de amor platónico, fluir de emociones evocando siempre al río amigo, musicalidad innata en los dos intérpretes, romanticismo cercano a Mendelssohn, las veladas en los salones vieneses de poesía y música con el propio Franz, Schubertiadas evocadas en el decimocuarto número nuevamente dramatizado en un constante crecimiento a lo largo de la velada por el tenor y el painista, cordobés e inglés, con celos y orgullo (Eifersucht und Stolz), el arroyo leal, veloz y furioso, agitado, que en un triste meandro cantará los colores favorito (Die liebe Farbe) y odiado (Die böse Farbe), ecos fúnebres del admirado Beethoven, paleta cromática emocional de timbre uniforme en todos los registros, tanto vocal como pianístico (el “ostinato” reposado que mantiene el pulso), lentamente delicado el favorito, pasionalmente expresado el odiado, trompas del muchacho mülleriano en el piano, elevando la voz y preparando los tres poemas finales.

“Flores secas” (Trockne Blumen), pictóricamente plenas de claroscuros, notas largas del piano para la melodía casi agónica, “El molinero y el arroyo” (Der Müller und der Bach) como dos mundos en uno, contraposición terrenal y espiritual con la realidad mandando, música pura donde la palabra embellece, cambios de paso en el caminante, dudas existenciales cantando siempre el regato amigo hasta abocarse a lo terrible convencido, descanso feliz y reposo tranquilo, “Canción de cuna del arroyo” (Des Baches Wiegenlied) cual imagen de la Ofelia prerrafaelita de John Everett Millais por un ahogamiento luminoso y orlado floral, despedida de un peregrinaje intenso compartido entre tenor y pianista largamente ovacionados por un público entregado.
Feliz de poder comprobar el crecimiento personal y artístico de mi “ahijado cordobés” al que los lieder y canciones le abrirán aún más puertas.

Magia al piano

Deja un comentario

Jueves 19 de julio, 20:00 horas. Verano en Oviedo 2018, Claustro del Museo Arqueológico de Asturias: Laura Mota Pello, piano. Obras de Mozart, Schubert y Chopin.

Crítica para La Nueva España del sábado 21, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva:

Unos pocos elegidos poseen el don de transformar en mágico lo cotidiano porque el arte tiene ese poder y la música aún más, ilusión sin trampa ni cartón, momentos irrepetibles y difíciles de narrar. Quienes seguimos desde sus inicios a Laura Mota Pello (Oviedo, 2003) podemos constatar un crecimiento vital y artístico que convierte en magia cada concierto suyo. No importa el entorno ni el público, las obras suenan siempre nuevas y frescas, el directo es siempre único y hasta la estación del año parece ser de eterna primavera ante la madurez de esta pianista que supera cualquier comparación porque el camino recorrido con ser ya largo pese a sus pocos años, no es nada comparado con lo que queda por llegar.

Segundo concierto de verano en otra tarde casi invernal de diluvio inicial para recordar climatológicamente el adiós de Mozart aunque su Sonata en fa mayor, nº 12, K 332 estuviese llena de luz y juventud pugnando con el cielo. La magia de Laura arrancó con la frescura del Allegro, pasó con enorme y profundo sentimiento al Adagio y voló libre con el Allegro assai en busca de los borbotones de agua con esa convicción adulta de sonidos cristalinos, la engañosa facilidad aparente del genio de Salzburgo en los dedos hechizados de la ovetense que transforman lo infernal en paradisíaco.

Domando el cielo aparecería Schubert, otro joven precoz y romántico lleno de brebajes entre la tormenta y la calma, apaciguando ánimos y amansando fieras emocionales para luchar contra la lluvia desde sus enormes Drei Klavierstücke, D 946 cual pócimas frente a cargados cirros y cúmulos varios al alcance de pocos brujos, necesitando no ya el dominio de la fórmula magistral sino de auténtica solidez además del largo y necesario recorrido vital. Laura Mota repitió magia al piano con estas tres piezas maestras dando luz a los grises nubarrones. El Allegro assai cual varita de truculenta fragilidad tocaba dinámicas extremas con ímpetus contenidos para no romper los hechizos en el Andante de perlas musicales como gotas de agua antes de retomar el primer Tempo, siempre con seis bemoles; el Allegretto con posos medios del admirado Beethoven patético fue amainando la tormenta tonal en la transición de mi bemol menor a mayor sin perder un ápice de intensidades antes del arrebato vencedor con la última dosis del Allegro en do mayor, sin alterar salido del crisol de Laura la hechicera manejando con total naturalidad esta magia prodigiosa que funcionó, dejando a la aprendiz del Mago Pantín en un estrato de madurez envidiable ante semejante derroche, con rapidez de vértigo además de pulsión clara y poderosa.

El volumen de agua caída iría decayendo inversamente proporcional al derroche pianístico de una brujería desde el piano, pues vista y oído nunca coinciden: quince años interpretando con plenitud vital y madura, Chopin al alcance de pocos, capaz de domar el cielo y sumar como acompañamiento del Scherzo nº 3 en do sostenido menor, op. 39 el rebosar de los desagües tras la tormenta en el claustro de San Vicente. Ni una tos, ni un paraguas caído, el silencio del asombro y la admiración, la lucha contra los elementos, el invierno de Mallorca traído al verano de Vetusta, las perlas desde el piano emulando la lluvia en declive, magia en blanco y negro dotada de color especial con un impactante final cargado de la fuerza tomada como del cielo inspirador.

Y para alcanzar la calma total tras la tormenta, el último embrujo de la Balada nº 4 en fa menor, op. 52, casi transcripción metereológica de la tarde al pianismo chopiniano en las manos de Laura Mota, dedos infinitos con ecos de valses y nocturnos por esta domadora de chaparrones, vigorosamente sensible con el ímpetu juvenil sumado al magisterio mágico de una artista irrepetible y arrolladora que se transforma delante de las teclas.

Si la hora larga de magia sin trucos nos voló acallando diluvios, la lluvia cesó para que los pájaros volviesen a cantar en el piano. La quintaesencia de Granados recordando al hada Larrocha, La maja y el ruiseñor naturalista requiebro español y universal tras los europeos que Laura Mota desgranó con la naturalidad de los elegidos para transformar lo cotidiano en magia desde el piano, verdadero regalo estival.

El oso bailó

1 comentario

Viernes 1 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Inspiración IV, abono 14 OSPA, Shai Wosner (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Silvestrov, Mozart, Britten y Haydn.

Crítica para La Nueva España del domingo 3, con los añadidos de links, notas al pie, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva:

La temporada llega a su recta final y junio nos devolvía al titular para los dos últimos conciertos de la OSPA, esta vez junto al pianista Shai Wosner con quien ya ha trabajado en EEUU. Cuarta “inspiración” bien explicada en la conferencia previa de Israel López Estelche (1) explicando y razonando el vínculo de los cuatro compositores del programa que le hubiera venido bien más público para entender aún mejor los emparejamientos del decimocuarto concierto al que se cambió el orden previsto para darle mayor coherencia.

Unir a Valentin Silvestrov (1937) con Mozart sin pausa, como una obra única para la primera parte, quedó bien por ser ambas con el mismo solista aunque obligase a permanecer ya sentados al viento y los timbales durante “El mensajero” para cuerdas y piano (1996) antes del concierto nº 21 del genio de Salzburgo pero dando unidad desde el “sonido Mozart” que se aprecia y cita el ruso como Picasso a Velázquez y Las Meninas. Primero el piano sumaría texturas más que solista, pedales creando una atmósfera lineal y plácida con esbozos temáticos, engrandeciendo a la cuerda, verdadera protagonista que no puede sonar mejor en cualquier repertorio, aquí aunando dos clasicismos, volviendo a brillar con luz propia desde un cuidado estatismo que prepararía al mejor Mozart con una óptica compositiva cercana. Símil pictórico trasladable a la cocina como deconstrucción de un plato tradicional bien digeridos ambos por un auditorio que sigue dando la espalda a estos menús, siendo preocupante comprobar tantas butacas vacías.

Sutil continuidad con el concierto de Mozart popularizado en el cine como “Elvira Madigan” que nunca defrauda y sigue impresionando por su belleza. Wosner (2) marcó estilo limpio y contenido que hace parecer fácil lo difícil, con Milanov en su incomodidad habitual para estos repertorios, que tras Silvestrov solo necesitaba dejar escucharse a la orquesta con el solista realmente encajando una música perfectamente escrita y difícil pasarla de punto. Andante publicitario entre dos “Allegros” brillantes, bien balanceados y con cadencias originales, cita operística incluida, realmente para lucimiento del pianista. La propina continuista en estilo y recogimiento: el Andante de la Sonata 13 de Schubert.

El segundo emparejamiento BrittenHaydn era lógico tras el primero, dando protagonismo nuevamente a la cuerda sola con las Variaciones sobre un tema de Frank Bridge antes de completarse formación para la sinfonía nº 82, repitiendo virtudes y defectos nunca a partes iguales.
Mejor llevada la nueva cocina, de aparente escasez en el plato, que el “oso sinfónico”, resultando más el que se comió a Favila que los de Xuanón de Cabañaquinta abrazados hasta la muerte.

La OSPA siempre condimento perfecto para unas obras no servidas como se merecen. Britten engordado de camerata a orquesta pero en su punto, pese a demandar mayor exigencia a toda la cuerda, un orgullo por homogénea, tensa, disciplinada, sonido puro en el vals vienés (séptima variación) más que intención, al faltar mando en una batuta pasada de vueltas como Thermomix© equivocada. Impecables los pasajes rápidos (Moto perpetuo octava y regalo de primeros violines melódicos como uno solo con pizzicati del resto cual gigantesca mandolina), emocionantes lentos y así cada variación de los Tres idilios para cuarteto de cuerda que el alumno Britten engrandeció hasta la Fuga y Finale de vértigo bien ejecutado.

La parisina Sinfonía nº 82 de Haydn tras las variaciones del británico, no mantuvo la tensión, el carácter humorístico del Finale vendría por falta de compenetración entre música y podio danzante, a pesar de la belleza de sus cuatro movimientos. Oso bailarín con gaita asturiana y no musette francesa aunque mejor olvidar el “estilo Rossen” sustituyendo la “experiencia Milanov” de su primera temporada. Imposible saber por sus gestos si el ritmo es binario o ternario, las dinámicas venideras o pasadas, danzar en vez de marcar, otro año corroborando que su repertorio, como los platos, no es el tradicional y básico en la alimentación de los melómanos asturianos. Lástima nuevamente que una orquesta en madurez total, demostrada con los distintos directores invitados, no se mantenga para este final, esperando que la “Pesadilla en la cocina” traiga un Master Chef.

Notas: (1) Israel López Estelche, autor de las notas al programa en la revista nº 20 y enlazadas en los autores al inicio. Su concierto de cello programado como cierre de la temporada se ha pospuesto para la próxima.
 (2) Entrevista en OSPA TV con el maestro Wosner.
P. D.: Reseña de Andrea G. Torres en La Nueva España del sábado 2.

La orquesta universitaria en Mieres

Deja un comentario

Domingo 20 de mayo, 20:00 horas. Auditorio “Teodoro Cuesta”, MieresOrquesta de la Universidad de Oviedo, Maximilian Von Pfeil (chelo), Pedro Ordieres (director). Obras de Beethoven, Tchaikovsky y Schubert. Entrada gratuita.

Agenda apretada la de este domingo veraniego con la mañana de Primavera coral infantil a cargo de la Fundación y el Corín local (que me perdí por ser las fiestas de Santa Rita en mi aldea de Siana), y tarde sinfónica que hacía años no teníamos, con la Orquesta de la Universidad de Oviedo para recordar que en Mieres también hay Campus desde hace muchos años y seguimos reivindicando el mantenimiento de unas instalaciones infrautilizadas, capaces de seguir creciendo en titulaciones.

La labor universitaria de acercar la cultura a toda la sociedad también incluye la música, con un coro que no nos visita hace años, y desde un “avance” en las Navidades de 2016 para repetir en las pasadas cosolidándose en este curso académico, una orquesta también universitaria dirigida por Pedro Ordieres dando el relevo a su padre Alfonso Ordieres Rivero, presente y feliz en el auditorio mierense con su esposa, fundador allá por 1979 de la entonces pionera en España como tal orquesta universitaria, felizmente recuperada y que en tan poco tiempo, pero con la ilusión sumada al talento, está ofreciendo conciertos de calidad. En Mieres se presentaban con un programa de altura, ideal en la formación de intérpretes y público, bien adaptado a una plantilla que espero ver crecer cada curso, pues no hay muchas oportunidades de tocar en orquestas y la universitaria ofrece algo único que además revierte en beneficio de todos.

La Obertura “Egmont”, op. 84 (Beethoven) sonó clara, precisa y poderosa, rica en matices, valiente en los tiempos y contrastes, dejando el sonido impregnando los silencios para marcar dramatismos inherentes a la partitura del sordo genial, con un Ordieres dominando toda la paleta expresiva que sus músicos asimilaron por claridad en el gesto y experiencias compartidas, contando con Fernando Zorita de concertino y una buena sonoridad en la cuerda así como en las secciones de viento, tanto la madera como el metal.

Contar con Maximilian von Pfeil de violonchelo solista para las Variaciones sobre un tema Rococó, op. 33 (Tchaikovsky) es un verdadero lujo, trasciende el compañerismo para disfrutar con La Música, con mayúsculas, implicado en este proyecto con la misma calidad y entrega que en otros compromisos profesionales. Ante una obra exigente para todos por los continuos cambios de ritmo, compás, tempo, intención y todo lo que cabe en la forma así conocida como variaciones, siete más la coda, complicidad entre todos dejó una versión de altura. El sonido y profundidad del alemán con un instrumento penetrante, de sonido hermoso y presencia absoluta en sus solos ponen la piel de gallina, como en la variación quinta; estuvo bien contrapesado por una orquesta empastada, escuchándose para unificar intenciones, atentos unos a otros (excelentes clarinete y flauta) con total respeto por esta maravillosa composición del ruso para lucimiento del chelo que aún fue mayor por la feliz conjunción instrumental global, bisando como regalo la sexta variación con la cuerda en pizzicato y la madera aún mejor que la primera vez.

Y el sinfonismo siempre tendrá una deuda con Franz Schubert cuya Sinfonía nº 8 “Incompleta” sigue siendo maravillosa de escuchar y supongo que de interpretar, tanto en los atriles como desde la batuta. Dos movimientos que saben a poco pero capaces de emocionar a una audiencia que respondió a esta llamada orquestal. Las bases románticas de una forma que viene del clasicismo y que Beethoven junto a Schubert empujarán para llenar todo el siglo XIX, dejando una herencia y modelo todavía vigente. La “Incompleta” sonó redonda, rica, contrastada, saboreando las intervenciones solistas (muy bien el oboe) y con una cuerda, especialmente la grave (Maximilian se unió a los chelos), flexible y compacta, melódica bien subrayada por Ordieres, con las dinámicas en el punto justo de equilibrio entre lo poco superfluo y lo mucho principal en la música del vienés. Satisfacción completa para este domingo al fin primaveral donde la banda sonora la puso esta orquesta que espero pueda seguir disfrutando y crecer, pues con estos mimbres ya se puede armar un concierto excelente, así que imaginarme metas más altas es de lógica.

La belleza del cuarteto

Deja un comentario

Miércoles 16 de mayo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Sociedad Filarmónica de Gijón, concierto 1.602, “Grandes cuartetos de cuerda II”: Cuarteto Quiroga. Obras de Bartók y Schubert.

Un cuarteto de cuerda es un organismo múltiple que funciona con un solo corazón, todo encajado al milímetro y dotado de un alma intangible que surge de la unión de virtuosos en cada instrumento capaces de sentir como uno. No hay muchos cuartetos así, pues a menudo se juntan cuatro músicos, mejores o virtuosos, incluso grandes solistas, pero la diferencia entre el verdadero y el ocasional reside en un trabajo muy duro a base de compartir gustos, dialogar en el amplio sentido del verbo, consentir, ceder para crecer y a fin de cuentas convivir para disfrutar felices.
El Cuarteto Quiroga es como una familia que funciona todos a uno, la unión hace la fuerza, encuentros bien programados y conciertos que exceden el ámbito puramente musical para convertirse en una reunión de afectos compartidos. Sus discos reflejan también todo este ambiente y trabajo previo antes de registrarse para convertirse en algo atemporal, pero su directo siempre es irrepetible.

Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio volvieron a recordarnos la belleza del cuarteto, no solo la musical que puede provocar un “Síndrome Quiroga“, sino también plástica, visual, una verdadera danza de arcos y cuerpos fundidos con cada instrumento, respiraciones al unísono, compases hirientes y silencios profundos, sosiego tras la tensión para un espectáculo único de feliz conjunción a cuatro para alcanzar momentos mágicos. Una breve gira por Gijón, Avilés y Lugo con dos páginas increíbles, difíciles, esforzardas, que interpretan con ese sello único, el segundo de Bartók y el decimocuarto de Schubert.

Dejo aquí arriba escaneadas las notas al programa de Andrea García Torres para centrarnos en la génesis previa a la escucha, si bien Cibrán Sierra, estudioso de este género y formación histórica, nos habló antes de comenzar sobre el nexo entre ambas compositores y las obras elegidas, que podría parecer extraño pero no lo fue haciéndonos ver el nexo común de la inspiración en el folklore y lo popular, la música de la tierra, Terra como su último disco donde aparece el mismo “cuarteto gijonés”, la inspiración de Bartok y Schubert en sus países y viajes, también la de los intérpretes en este viaje sin retorno.

El Cuarteto nº 2, Op. 17, Sz. 667 de Béla Bartók es de una exigencia total desde el primer compás del Moderato inicial, el hilo sonoro que va tomando cuerpo, creciendo, fundiendo sensaciones, ritmos, fraseos, ligaduras, matices extremos desde una ternura ingenua a la tensión dramática, unidad y variedad en ese instrumento único del cuarteto de cuerda, percibiendo cada uno y el todo, tomando palabras del libro de Sierra, un viaje a la dinámica interna del cuarteto de cuerda. El Allegro molto capriccioso. Prestissimo eleva las exigencias para los intérpretes y el público, ritmos centroeuropeos, juegos tímbricos, esfuerzo compartido, pulsación con razón, complicidad permanente para afrontar este “capricho” que hace posible lo imposible hasta en los guiños cómicos de cada componente, frases intercambiadas, diálogos a pares, empuje unitario en pasajes a unísono increíblemente y perfectamente encajados. Y terminar con el Largo de cortar la respiración, ese “cuarteto como conversación” que “Los Quiroga” regalan en cada concierto, volver al hilo inicial que se deshace tenue y rasgado con delicadeza, colores ocres como la tierra seca llena de esa belleza del húngaro que el cuarteto eleva a obra maestra, pinceladas combinadas en cada instrumento, en cada tesitura, formando una estampa uniformemente variada, magia de maestros.

En su libro el profesor Sierra escribe sobre cómo construir una interpretación o cómo se configura el carácter de grupo, pero no solo la teoría sino desde la práctica docente y real con este cuarteto que surgió en Llanes, se precocinó unos años antes en este mismo escenario de Gijón entre el gallego y la madrileña (como recordaba el orensano) en aquellas concursos de Juventudes Musicales, y acabó convirtiéndose en este cuarteto que triunfa merecidamente allá donde va, creciendo su fama en igual medida que su calidad por la convivencia de este ser vivo irrepetible solamente posible por un mismo latir que rompe barreras y distancias.

El Cuarteto nº 14 en re menor D. 810 “La muerte y la doncella” (Franz Schubert) es probablemente de las partituras camerísticas del vienés más utilizadas en el cine, haciéndose por ello popular pero que nunca cansas de disfrutar en vivo. Tras el Bartók de la primera parte, el Cuarteto Quiroga afrontaría esta segunda retrocediendo en el tiempo pero avanzando en hondura, madurez y sentimiento. Siguen asombrando por la precisión corpórea en unísonos, la unidad tímbrica del grupo sin renunciar al papel individual, el ímpetu y tensión puntual, mantenida hasta el último golpe de arco, los pianissimi unificados como si de un solo instrumento se tratase, magia y trabajo del cuarteto, los planos en su sitio con sutileza, sin brusquedad, el balance ideal que pasa del papel al instrumento y de éste al público. El Allegro luminoso, cómplices a pares, brillante y aterciopelado, el Andante con moto cantado y variado, agitación con terrores que la música subraya; ritmo puro como la forma Scherzo (Allegro molto) buscando plasmar desesperación, agonía, belleza en el centro, detalles extremos para disfrutar del colorido cuarteto, tan usado en el cine, antes de enlazar con el Presto virtuoso, mágico, desenfrenado, tempestad que todavía corre hasta la muerte final exacta, casi la de Aitor y un arco de guadaña, tal resultó la entrega que tuvo la recompensa de unos larguísimos aplausos por parte de un público respetuoso que casi llenó el coliseo del paseo de Begoña.

Aún hubo tiempo y fuerzas para un villancico, la Panxoliña para o Nadal de José Pacheco, del archivo de Mondoñedo con aires vecinos de muñeira que el Cuarteto Quiroga hace eterno lo popular cuando se interpreta y siente como ellos saben. Un concierto que a la salida muchos pedían repetirse en la próxima temporada de la que ya hay avance (Juan Pérez Floristán, Cuarteto de Leipzig, Emilio Moreno y Aarón Zapico o una Gala Lírica Asturiana con Beatriz Díaz y Alejandro Roy acompañados por el maestro Álvarez Parejo). Espero seguir contándolo desde aquí…

Older Entries