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Rusia y Armenia son música

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Miércoles 15 de noviembre, 20:00 horas. Los Conciertos del Auditorio: Filarmónica Nacional de Armenia, Sophia Jaffé (violín), Eduard Topchjan (director). Obras de Mussorgsky, Khachaturian y Borodin.

Aires del Cáucaso meridional pero herencia soviética aún cercana en Armenia, país actual de raíces milenarias en una de las civilizaciones más antiguas del mundo con idioma propio, por lo que esta república tiene mucha historia además de una ubicación geográfica entre Europa y Asia que le otorga unas influencias multiculturales. De la capital Ereván llegaba su orquesta filarmónica con el titular también armenio de amplia trayectoria como violinista y director, quien lleva 17 años al frente de la misma, lo que se notó en todo el programa dirigido de memoria y con perfecto entendimiento para una plantilla ideal y bien equilibrada en la cuerda, calculando los violines por el número de violas, 12 más 10 cellos y 6 contrabajos, que ayuda a redondear y balancear una amplia gama tímbrica y diinámica.

La calidad de sus músicos quedó contrastada en las obras elegidas, bien comentadas en las notas al programa por Alejandro G. Villalibre, todas “rusas” con el guiño armenio al más conocido de sus compositores (aunque nacido en Georgia) y con detalles interpretativos que probablemente llevan en su genética desde su fundación hace 93 años por los llamados patriarcas de la música armenia (Arshak Adamian y Alexander
Spendiaryan) y embajadores culturales de su patrimonio del que pueden presumir aunque no sean necesariamente “los mejores” intérpretes de su música, pero al menos beben directamente de sus fuentes.
Curiosa la orquestación de Una noche en el Monte Pelado de M. Mussorgsky (1839-1881) para comenzar el concierto, que no fue la habitual de Rimsky-Korsakov, con pasajes desconocidos, figuración también distinta (puntillos en las conocidas melodías que le dan otra rítmica) pero ofreciendo una sonoridad compacta de buenos balances en todas las secciones, una batuta como la de Topchjan atenta a los múltiples cambios de aire y ritmo para “redescubrirnos” esta original idea musical de brujas en la noche de San Juan cuya ambientación instrumental a cargo de los armenios resultó por lo menos distinta a otras versiones, virtuosismo en una cuerda “marca de la casa” y un juego con los tempi interesante.

De A. Khachaturian (1903-1978) y con la brillante violinista Sophia Jaffé pudimos disfrutar el Concierto para violín en re menor, dedicado a David Oistrakh que lo estrenó en 1940, el mismo año de su escritura y una de las obras más reconocidas del compositor de origen armenio, virtuosística como era de esperar y con elementos del folklore de la región bien integrados en sus tres movimientos (I. Allegro con fermeza, II. Andante sostenuto y III. Allegro vivace) construidos de forma académica en cuanto a los recursos técnicos o la colocación de las “fermatas”. Sonido pulcro el de Jaffé bien arropada por la filarmónica (con algunos efectivos menos para contrapesar planos) y un Topchjan atento a las dinámicas que permitió disfrutar de momentos realmente bellos como el dúo de la solista con el clarinete en el primer movimiento realmente “con firmeza”, el lirismo contenido bien cantado en las cuerdas graves del andante central y llenos de fuerza y ritmo del último movimiento llevado con aire brillante para lucimiento de todos los intérpretes. El regalo de la violinista alemana nada menos que otra pieza de virtuoso como “L’aurore” de Eugène Ysaÿe (interrumpida por un femenino teléfono en la fila doce al que su dueña no alcanzaba a detener), el primer movimiento de la Sonata nº 5 interpretada desde lo más hondo y llegando su sonido a hacernos vibrar con ella.

Y no podía faltar una sinfonía en un programa ruso (más que armenio), la no muy escuchada en estos lares Sinfonía nº 2 en si menor de A. Borodin (1833-1887), media hora de contrastes de todo tipo en cada uno de sus cuatro movimientos (I. Allegro, II. Scherzo: Prestissimo – Allegretto, III. Andante, y IV. Finale. Allegro) en otra explosión de calidad y cantidad con pasajes recordando tímbricas y melodías de las danzas polovtsianas con esa orquestación rica del químico, doctor y músico ruso. Calidad en el sonido de los armenios, cantidad por la plantilla de nuevo al completo y rica en color, destacando una colocación que ayudó a ello: la clásica con la permuta de cellos y violas más las trompas (excepcionales) detrás de las violas y delante de trombones y tuba, buenos solistas completando una textura orquestal perfecta en este programa de exhibición técnica aunque sin llegar a emocionarme.

Sorpresa fue la aparición de la ingeniero y soprano armeniocanadiense Isabel Bayrakdarian (Zahle, Líbano 1974) para regalarnos la conocida aria de Violeta de “La Traviata” (Verdi), promoción patria de una aspirante a sucesora de La Netrebko, de buena técnica y color pero con agilidades aún por mejorar, premiada y conocida en EE.UU. trayéndola su compatriota Topchjan a esta  breve gira por España y Alemania pero fuera de lugar en este concierto sinfónico ruso, si bien es siempre agradable escuchar (aunque sin Alfredo que lo canté mentalmente) esa descarriada perfectamente arropada por sus paisanos.

Más adecuado resultó recuperar a Aram Khachaturian de los ballets en la siguiente propina para una orquesta total del Gayaneh tan cinematográfico como el dúo de Spartaco y Frigia, casi tan famoso como su Danza del sable, fusión de dos continentes en Armenia y su filarmónica con aires de Hollywood en un concierto más largo de lo previsto aunque con menos “estampida” de las habituales.

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¡Qué padre!

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Viernes 10 de noviembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Javier Camarena (tenor), Guadalupe Paz (mezzosoprano), Oviedo Filarmonía, Iván López-Reynoso (director). Arias y dúos de ópera.

La Academia Mexicana de la Lengua define la expresión, derivada del español, padre ‘muy grande’, adjetivo que significa muy bueno, muy bonito, estupendo, admirable (por ejemplo, esa muchacha está padre). Se usa también en aumentativo: padrísimo, padrísima. Personalmente la escuché a nuestra “hija mexicana” tras una ruta asturiana donde no faltó la gastronomía con ese significado de “qué bueno” y así quería titular esta entrada donde mi “México lindo y querido” hermano tuvo todo el protagonismo lírico de este viernes que recordaremos todos los aficionados a la ópera, que en Asturias somos muchos, rendidos ante un espectáculo de buen hacer.

Trío de artistas mejicanos encabezado por el tenor del momento, un Javier Camarena de canto natural y espontáneo en todo lo que hace, pareciendo fácil lo difícil, además de emocionarnos, empatizar, disfrutar de nuestra tierra y desplegar una línea vocal que todavía le dará muchos más éxitos en una carrera a la que no vislumbramos punto final. Con él una mezzo de las que hay pocas en la actualidad como Guadalupe Paz, de registro amplio y homogéneo, bello, carnoso con una musicalidad notable; y el director Iván López-Reynoso que completó una velada irrepetible, sacando de la Oviedo Filarmonía todas sus cualidades demostradas hace tiempo en el foso del Campoamor elevándolas al auditorio, con entendimiento total, tanto en las oberturas como en los dúos y arias de sus compatriotas (algo tiene México para las voces), sonoridades redondas, dinámicas amplias adecuadas a los cantantes, y una plantilla levemente reforzada que redondeó una velada musical de altura hasta las once de la noche.

La primera parte trajo el belcantismo en estado puro donde el xalapeño Camarena es reconocido mundialmente, comenzando con Donizetti y la obertura de su “Anna Bolena” o el Povero Ernesto… Cercherò lontana terra… de “Don Pasquale“, destacando con el trompeta solista, y antes un Bellini igualmente presente en el entregado Romeo È serbato questo acciato de “I Capuleti e i Montecchi“, y por supuesto el irrepetible Rossini cambiando al conde Ory por el Ramiro de “La Cenerentola” previsto para cerrar de agilidades impecables, limpias, cantando mentalmente un coro que hubiera sido completar espectáculo, pero dejando de final su aclamada “Aria de los 9 do de pecho“, Ah! mes amis de “La hija del regimiento” para éxtasis de los aficionados en un francés perfecto. Intentar expresar con palabras lo escuchado en el auditorio ovetense es difícil porque cada aria en la voz de Camarena es un placer auditivo y una lección de canto, sutileza, musicalidad, seguridad total, estando arropado por una orquesta plegada al tenor donde el director de Guanajuato se mostró dominador del siempre difícil arte de la concertación amén de captar la intención de cada compositor, dejándonos una obertura de Il turco in Italia excelente. De las calidades y cualidades del tenor remito a las notas al programa “Cita con el bel canto” de mi tocayo Meléndez-Haddad buen conocedor de la trayectoria del mejicano al que ha disfrutado muchas veces en distintos escenarios mundiales.

Pero no me olvido de “Lupita tijuanense” porque Guadalupe Paz me sorprendió gratamente desde su primera aria de “La donna del lagoTanti affetti in tal momento… Pra il padre rotunda y bien cantada así como el dúo semiactuado con “Ramiro” Camarena Tutto è deserto… Un soave non so che de la Cenicienta rossiniana arrebatadora desde la inocencia de un rol difícil de cantar como lo hizo la mezzo mejicana.

Tras la generosidad vocal de la primera, la segunda parte aún resultaría más pletórica si cabe abordando distintos páginas grandiosas de la ópera por parte de todos los intérpretes, con la sabrosa pincelada donizettiana del dúo de “Maria Stuardo” Era d’amor l’immagine

El francés Berlioz y su obertura op. 21 Le corsaire ágil, limpia y contrastada por la OFil con López-Reynoso prepararon el ambiente para el “Werther” de Massenet con Guadalupe Paz interpretando la conocida aria de las cartas Qui m’aurait dit la place… y Javier Camarena un Pourquoi me réveiller que me hizo reencontrarme con una línea de canto única casi olvidada, matizada, bien fraseada y la sensación de plenitud sin arrogancias ni esfuerzo aparente. Dos números grandiosos antes del encuentro verdiano.
La obertura de “Nabucco” resultó gratificante en su interpretación bien dibujada por el maestro mejicano y respondida al detalle por los músicos de la filarmónica local, todas las secciones bien ensambladas destacando unos trombones orgánicos y una cuerda tersa, presente y clara antes de llegar al “fin de fiesta” de Camarena y Paz para deleitarse. El “duque de Xalapa” nos dejó un Ella mi fu rapita!… Parmi veder la lagrime emocionante, arropado por una dirección orquestal a su altura, como si el tenor descubriese un registro dramático sin perder lirismo, redondeado y cómodo, un “Rigoletto” esperado en la escena con reparto a la altura del mejicano.

Lupita Paz no quiso quedarse atrás en el festín verdiano, del verde inicial al rojo pasión, colores de su bandera junto al blanco para una Princesa de Éboli tan hispana en el “Don Carlos” francés con su aria Nei giardin del bello exigente y agradecida, giros casi flamencos de espíritu, recreándose en agudos del mismo color que los graves en esta “Chavela operística” para descubrir excelencias que por estos lares también triunfan. Quedaba el remate de Javier Germont o Alfredo Camarena, “La Traviata” querida con la bellísima aria Lunga da lei… cantada de nuevo con colores intensos y fraseos impecables, sentimiento en un personaje que le viene al tenor en un momento dulce de su carrera llevado en volandas por una orquesta también madura bajo la batuta de una realidad como el maestro mejicano.

Habría más regalos en esta fiesta, tricolor también por las obras y compositores elegidos aunque como bien decía el tenor “podría empezar de nuevo” aunque no traía rancheras, tal era su satisfacción tras dos horas largas de exigencias para todos, pues no debemos olvidar que estos recitales resultan más duros que una ópera completa.

El Danzón nº 2 de Arturo Márquez entendido por López-Reynoso desde su propia tierra y compatriota, el ritmo y tempo exacto de un auténtico danzón sin exageraciones, con la orquesta (a la que se sumó percusión y piano) traduciendo el magisterio del folklore llevado a la sala de conciertos. Y mi siempre recordada leonesa (de Guanajuato) María Joaquina de la Portilla Torres, hija de padre español y madre mejicana, conocida artísticamente como María Grever, una embajadora de nuestro idioma en los EE.UU. con un método “Aprenda usted español con el bolero“, emigrada y afincada en Nueva York, excelente compositora de melodías inolvidables, eternas porque la buena música no entiende de etiquetas y menos para omnívoros como un servidor, incluso cuando las interpretan voces como Camarena y Paz en arreglos orquestales que elevan aún más la calidad de su compatriota.

Primero el tenor sin pirotecnicas vocales y sentimiento patrio lleno de musicalidad innata con Alma mía, inmortalizada en su momento por José Mojica y que no hubiera importado amplificar como hacen en este género pero defendido por todos sobre el escenario, acallando estornudos aunque sin evitar la huída de un público cuyo reloj parece lanzarlo fuera de la sala antes de disfrutar los obsequios (me parece una falta total de educación). Y Júrame a dúo con Guadalupe pusieron las once campanadas de un año lírico con estrellas en el firmamento de este Oviedo al que sigo llamando “La Viena del Norte” español por la calidad y oferta que la crisis no ha recortado con el esfuerzo de todos. Camarena eclipsó y no decepcionó pero no se olviden de Lupita e Iván.

P. D.: Imposible sacarse una foto con Javier pese a las peticiones del “Cenáculo musical” de ambos lados del Charco, especialmente de Santo Domingo (besos para Catana y Ana María) o de “nuestras operísticas” Margarita Mitrov y Rosa Ulacia. Sirva esta crónica con fotos para acercarnos aún más.

Mucho Trovatore

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Oviedo sigue siendo “La Viena del Norte” español y una de las señas de identidad la ópera que este año alcanza su septuagésima temporada, siendo Verdi uno de los compositores que no pueden ni deben faltar a la cita.

Il Trovatore ha estado vivo desde el pasado día cuatro con la conferencia inaugural de Alejandro G. Villalibre en la Sala Liberbank de la capital para ir preparándonos y abrir boca a las cinco representaciones programadas desde la Ópera de Oviedo, así como dos ensayos generales abiertos al público con ambos repartos, sin olvidarnos una retransmisión en directo de la tercera función o el ya habitual encuentro con los artistas en el Paraninfo de la Universidad, esta vez con Luis Cansino que debutaría rol este viernes 13, y el maestro Ramón Tébar, junto al profesor Javier Glez. Santos. Aún quedaba la “obertura” de Pachi Poncela media hora antes de cada representación que siempre recomiendo a los aficionados por su personalidad y peculiar acercamiento a cada título, esta vez como verdiano confeso y comunicador cercano a lo que hoy entendemos como animador.

De la conferencia del doctor Villalibre, locuaz y crítico, siempre aprendemos con anécdotas y datos serios en torno al autor y su obra. Encontrarse con algunos artistas nos ofrece nuevas visiones desde dentro, así como la cercanía y lado humano de los artífices del espectáculo contados en primera persona, y el paralelismo de Verdi con Goya analizado por Javier G. Santos desmenuzando la puesta en escena de Joan Antonio Rechi completó esta visión global previa al disfrute de la ópera en vivo, que además tuvimos la suerte de ver por La2 el mes de julio en “El Palco“, coproducción de la Ópera de Oviedo con el Teatro del Liceo de Barcelona.

Quienes me conocen saben que no entro muy a fondo en comentar la escenografía, pues lo que realmente importa sigue siendo la música, inspiraciones y traslaciones de época las hay para todos los gustos. La noche es el escenario principal de El trovador con todo lo que ello supone, por lo que la retransmisión del miércoles 11 vista en el Auditorio Teodoro Cuesta de Mieres resultó frustrante, realización de principiante que sigue cayendo en errores anteriores y con una iluminación no pensada para ello, nada que ver con la televisada veraniega y por supuesto un abismo de las vendidas en DVD, como la última adquisición ya hace años con La Netrebko y Domingo, por cierto inspirada en un museo. Incluir al genio de Fuendetodos en la trama tocado de sombrero con velas muy de Saura, no aporta nada al propio argumento aunque más al propio pintor, siempre trabajando de noche, guerra traída a la de Independencia junto a un vestuario en él inspirado, para un trovador que sigue siendo exigente en lo musical, esta trilogía donde Verdi usa el belcantismo (y hasta el libretista Salvatore Cammarano) como inspiración para la obra teatral de Antonio García Gutiérrez de la que el de Busseto quedó prendado por todo el romanticismo en ella encerrado, esa “tormenta perfecta” que decía Poncela antes de entrar en la función del viernes 13.

La “tercera televisada” en cuanto al sonido supuso alterar el normal orden de las cosas que traen estas retransmisiones, colocando los micrófonos tan mal que por momentos satura y hasta haga molesto escuchar un aria que en el teatro suena ideal. El balance resulta irreal, el arpa fuera de escena suena con un volumen excesivo, no digamos las intervenciones de Manrico fuera de escena, y encima captando tan al detalle lo vocal que realmente desnuda pudiendo apreciar desafinaciones y notas calantes, duraciones cortadas, más allá de los desajustes entre escena y foso. Aplaudo el acercamiento de la ópera a todos los públicos y lugares, pero no en estas condiciones.

De esa función y centrándome solamente en el cuarteto protagonista al que se le pide darlo todo, me quedo en orden de preferencia con Simone Piazzola (Conde Luna) y algo menos con Julianna di Giacomo (Leonora), por mantener el tipo aunque fueron “mejorando” del primer al cuarto acto, pues Aquiles Machado (Manrico) ni está en sus mejores momentos, y no solo por la “pira” que no ardió ni convenció, y la D’Intino hace bien en abandonar los escenarios esta temporada. Azucena es la protagonista que “no está loca” como bien recalcó el propio Verdi, pero pareció “la niña del exorcista” ante los continuos cambios de color en los registros más allá de una dramatización puntual. Escénicamente sigue dominando a la gitana, vocalmente es de un esfuerzo titánico, pero cuando se abusa de los recursos acaban manidos. Lástima llegar al final de una carrera precisamente con un rol que ha defendido como pocas por todo el mundo.

Los llamados “Viernes de Ópera” fuera de abono, ofrecen un segundo reparto a precio más reducido (10 € la entrada de último minuto en Principal) con las voces habiendo trabajado como el primero y dándoles una oportunidad incluso de sustituir alguna baja no deseada. Hace años lo llamábamos la función joven que sigue siéndolo incluso por el público, pero también otra forma de descubrir nuevas voces o papeles que terminarán de madurar en otros coliseos.

El directo es único, irrepetible, la oscuridad escénica no es tanta, los planos sonoros cuidados por el maestro Tébar al frente de la siempre solvente Oviedo Filarmonía ponen todo en su sitio. El Coro de la Ópera que dirige Elena Mitrevska sufre y disfruta en este “Trovador“, ya en la cuarta función perfectamente rodados, ajustando rítmicas de yunque en los gitanos, participando con seguridad incluso fuera de escena, voces graves poderosas y de amplias dinámicas, con las blancas de empaque y color convincente, corrigiendo y convenciendo.

El exigente cuarteto resultó equilibrado, homogéneo en conjunto, tanto por separado como en dúos y conjuntos, no hay dinero para tener las mejores voces del momento pero sí para ofrecer una calidad uniforme en esta ópera tan dura para todos, yendo de menos a más, entrando en sus papeles poco a poco siempre exigidos desde el foso por Tébar, verdadero responsable musical, tirando literalmente de todos por esa costumbre de ralentizar que hace perder pulsación. Las guerras la perdemos todos, pero el mando en plaza acabó haciendo encajar todo y llegar a destino.
Luis Cansino debutaba el rol del Conde Luna para seguir engrandeciendo su repertorio verdiano, en el que se encuentra cómodo y vocalmente preparado. Tras unos días donde la climatología anormal de Asturias es el verdadero enemigo de cualquier cantante, defendió con su profesionalidad habitual una partitura exigente, especialmente en el cuarto acto, voz rotunda y poderosa llena de lirismo con excelente empaste con Azucena y Leonora, aunque de color muy similar al Ferrando del bajo Darío Russo. Larga vida a este Conde Cansino.

Nuevos en la plaza y gratísima sorpresa la mezzo Agostina Smimmero que interpretó una convincente Azucena en todos los registros vocales y dramáticos sin perder color en el grave, puntualmente oscurecido sin exagerarlo y como el resto del cuarteto ganando enteros a medida que avanzaba la función.
Las arias de Manrico las conoce todo el mundo y tenemos nuestras preferencias, siendo Antonio Coriano una voz a seguir, tenor de casta y recursos, color krausiano si se me permite el calificativo, llenando la escena (incluso fuera de ella), rico en matices y de buena proyección incluso en la esperada Di quella pira segura aunque algo corta, algo tapado por el coro pero globalmente notable, con el aria Ah si, ben mio coll’essere del tercer acto como lo mejor en sentimiento y calidad.
La Leonora de Meeta Raval fue creciendo como el personaje, recursos técnicos sobrados, color nunca punzante de grave ya redondeádose y los momentos “belcantísticos” sorteados sin problema aunque todavía trabajándolo. Desajustes de pulsación solventados con el devenir de la trama y el entendimiento tanto con el foso como con el reparto, completó el nivel homogéneo del cuarteto protagonista.

Repetían manteniendo esa globalidad de calidad los asturianos Jorge Rodríguez-Norton (Ruiz / Un mensajero) y Mª José Suárez (Inés), los llamados secundarios tan necesarios siempre para asegurar y redondear un espectáculo global, junto al citado Ferrando de Dario Russo, correcto el gitano y corista Alberto García Suárez o Carlos Casero, el pintor Goya de este trovador verdiano con sabor aragonés independientemente de la época.

Se detuvo abril

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Domingo 30 de abril, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Piotr Beczala (tenor), Coro de la Ópera de Oviedo (directora: Elena Mitrevska), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de: Verdi, Massenet, Rossini, Donizetti, Bizet, Gounod y Puccini.

No se puede pedir más para terminar una semana grande de abril en Oviedo, “La Viena del Norte” que el debut en Asturias del mejor tenor del momento, el polaco Piotr Beczala que vino con lo mejor del repertorio operístico francés e italiano acompañado por la habitual orquesta del foso del Teatro Campoamor (qué bien hubiera estado tenerlo para celebrar los 125 años) con Conti en su progresiva despedida musical, y el Coro de la Ópera de Oviedo, un broche de oro para una programación digna de las grandes capitales culturales, y la asturiana es una de ellas aunque los gestores miopes sigan pensando que la cultura es otra cosa.

Verdadero festival operístico de arias y coros de ópera sin escatimar esfuerzos por parte de nadie desde la obertura de I vespri sicialini (Verdi) bien llevada por la OFil y Conti en planos y tiempos antes de la primera aria de Beczala, “Di’tu se fedele il flutto m’aspetta” de Un ballo in maschera, verdadera piedra de toque para casi todos los grandes tenores líricos de la historia, muchos de ellos pasando por el centenario coliseo carbayón, y el polaco pasando a engrosar la larga lista, en estado vocal y físico perfecto para cantar Riccardo, timbre hermosísimo, color homogéneo en todos los registros con un cuerpo de auténtico tenor, bien acompañado por una orquesta esta vez detrás, lo que no siempre tuvo en cuenta el director florentino que apenas se “apiadó” por mantener los matices escritos aunque siempre atento al polaco que sí lo cantó todo, graves poderosos, medios fuertes y agudos seguros con el exigente salto descendente de octava y media que casi nunca escuchamos, pese a estar en la partitura, bien acompañado por el coro ovetense en estado de gracia.

Comentábamos unos cuantos que peinamos canas al descanso que Alfredo Kraus será para muchos de nosotros el verdadero y genuino Werther de Massenet, casi el único, poniendo el listón tan alto que su referencia estará siempre presente “por los siglos de los siglos”, sobre todo en Oviedo donde aún se le recuerda como si fuera ayer. “Pourquoi me réveiller” en la voz de Piotr Beczala alcanzó casi la esencia del canario, poderosamente lírico, línea de canto ideal, emisión perfecta y sobre todo emoción, levantando los primeros bravos de un público que no llenó el Auditorio, tal vez por el llamado “puente de Mayo” aunque no faltaron muchos habituales de la temporada ovetense, que seguramente estuvieron en el Liceu escuchando al polaco en este rol.

Las voces graves del coro de la ópera cantaron el conocido coro de aldeanos “Quel jour serein le ciel présage!” de Guillermo Tell (Rossini) porque en una gala lírica no podía faltar “el Cisne de Pesaro” aunando Italia y Francia, feliz interpretación y notándose ya la mano de Mitrevska en color, empaste y amplia gama de matices en todas las cuerdas.

Una de mis óperas preferidas, y puede que más escuchadas en vivo, es Lucia de Lammermoor (Donizetti) con representaciones históricas y varios Edgardo para el recuerdo (por supuesto Kraus a la cabeza) por lo que poder escuchar “Tombe degli avi miei” cantado por Beczala me emocionó particularmente, más al comprobar que pese a los aplausos y con los hombres del coro en pie todavía quedaba el suicidio, esa bella alma enamorada (“Tu che a Dio spiegasti l’ali, O bell’alma innamorata…“) donde solo faltó Raimondo preguntando con voz de bajo profundo “Che facesti?” al desdichado, porque nuevamente quedó demostrado el escalafón tenoril con un Piotr poderoso e íntimo, cantando lo escrito desde la recreación del personaje a pesar de lo destemplada de una orquesta cuyos metales nunca fueron matizados desde el podio. Un placer este final de “mi Lucia” en la voz del tenor polaco.

Si la primera parte nos dejó boquiabiertos, quedaba la segunda nuevamente con lo mejor del repertorio francés e italiano. El Preludio del acto III de Carmen (Bizet) bien llevado por Conti que olvidó hacer saludar al arpa acompañante del solo de flauta a cargo de Mercedes Schmidt, dio paso a la conocidísima aria de la flor, “La fleur que tu m´avais jetée” que no puede cantarse mejor ni con más gusto, incluyendo el agudo pianísimo tan difícil y nuevamente con la orquesta algo “pasada de matices” que no taparon la emisión perfecta del polaco, con una cuerda aterciopelada en esta verdadera recreación de un Don José de referencia en este siglo.

Aún cercano el Fausto (Gounod) del Campoamor, volvimos a disfrutar con el coro de soldados (“Gloire immortelle de nos ayeux”) a cargo de las voces graves potentes, afinadas, de dicción perfecta y con la OFil sobre el escenario antes del aria “Salut Demeure chaste et pure” con un Beczala bordando el personaje en toda su expresión, poco ayudado por la orquesta, con unos agudos brillantes algo tapados, el registro medio redondeado y sobre todo una musicalidad que devuelve su Fausto al nivel de nuestro Kraus, algo de agradecer en tiempos de penurias tenoriles salvo contadas excepciones (cancelaciones aparte).

Teniendo un coro en escena no podía faltar “Va pensiero, sull’ale dorate” de Nabucco (Verdi) que las voces de nuestra temporada operística cantaron de memoria sentido y bien acompañadas de una OFil con Conti bien matizado como era de esperar en un canto que casi se convierte en el himno de los oprimidos a lo largo de una historia que seguimos escribiendo y coro popular nunca populista.

El fuego lo pondría Il Trovatore (Verdi) con la comprometida aria “Di quella pira” donde Manrico Beczala no pareció estar a gusto, con menos “fiato” del esperado aunque abordando todas las notas de la partitura y con poca mano izquierda de Conti que estuvo más pendiente de las entradas y el “tempo” que de los matices, a punto de quemarse en esta pira verdiana pese a un coro de hombres perfecto cantando “All’armi” como el tenor

Pocas veces se puede escuchar en un recital “Nessun dorma” de Turandot (Puccini) completo, un lujo y verdadero placer en las voces de Piotr Beczala y el Coro de la Ópera de Oviedo ideal, perfecto cierre de un concierto para el recuerdo donde las propinas estuvieron a la altura del Calaf polaco.

Si en la primera parte se nos suicidaba Edgardo, Mario Cavaradossi antes de ser fusilado canta “adiós a la vida” en Tosca (Puccini), la conocida aria “E lucevan l’estelle” que el polaco cantó a gusto y con gusto, la OFil contenida para disfrutar del poderío y buen cantar de un tenor triunfador en Oviedo.

No estamos acostumbrados a la opereta aunque la conocemos y suele programarse en recitales. Beczala también tiene en los suyosLehár que no podía faltar (¡ay, me muero si llega a estar con la Netrebko!) y más teniendo al coro de hombres de la ópera de Oviedo, “Freunde, das Leben ist lebenswert” de Giuditta, más el extraordinario violín solista de Andrei Mijlin, matices impresionantes, juego con el “rubato” bien entendido por Conti, musicalidad a raudales y otro regalazo antes del “Core N’grato – Catari” (Salvatore Cardillo), nuevo recuerdo, legado o tributo a Kraus y la lírica de la canción popular napolitana (faltó la mandolina) bien interpretada por todos para una lección de buen gusto a cargo del mejor tenor actual sin lugar a dudas por lo escuchado en Oviedo deteniendo abril…

El Rigoletto de hoy

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Domingo 29 de enero, 19:00 horas. Teatro Campoamor, LXIX Temporada de Ópera de Oviedo: Rigoletto (Verdi), segunda función. Producción de la Ópera de Oviedo procedente de la Ópera de Saint-Étienne. Entrada delantera de general: 55 €.

FICHA ARTÍSTICA
El Duque de Mantua: Celso Albelo
; Rigoletto: Juan Jesús Rodríguez
; Gilda: Jessica Pratt; 
Sparafucile: Felipe Bou
; Maddalena: Alessandra Volpe
; Giovanna/La condesa: Pauline de Lannoy
; El Conde de Monterone: Ricardo Seguel; 
Marullo: José Manuel Díaz; 
Borsa: Pablo García-López; 
El Conde de Ceprano/Ujier: Javier Galán; 
Paje de la Duquesa: Lara Rainho.
Dirección musical: Marzio Conti; dirección de escena: Guy Joosten; 

Orquesta Oviedo Filarmonía (OFil); Coro de la Ópera de Oviedo (directora: Elena Mitrevska).

Tarde de domingo para una ópera esperada, con lleno hasta “gallinero” donde no faltó la clá procedente de Bilbao y Donosti, seguidores no ya de Celso Albelo, que debutaba en la temporada carbayona, sino verdaderos aficionados que suelen acudir a otras representaciones hasta “nuestra Vetusta“, porque la ópera de Oviedo mueve masas con todo lo que supone para la capital de imagen cultural e ingresos. Lástima que los políticos no lo vean así, aunque espero que vayan abriendo los ojos aunque la lírica no parezca estar entre sus aficiones. Al menos el concejal local del ramo y otros políticos sí acudieron este último y primaveral domingo de enero.

Pero si el tenor canario parecía ser la figura con más “gancho”, tanto el trío principal como el famoso “cuarteto” eran un reclamo para el aficionado fiel, sumando todo un elenco de papeles secundarios con muchos cantantes españoles, figurantes y demás participantes en esta veterana producción para uno de los títulos más esperados, incluso para Pachi Poncela, que tiene “su obertura” treinta minutos antes, es “la ópera”. Si me permite parafrasearle, este último título era “El Rigoletto”, siempre con esa manía de poner artículos a los divos.

Y es que Juan Jesús Rodríguez encarna en estos momentos no ya el barítono verdiano sino al Rigoletto actual, los dos mundos de los que nos hablaba el comunicador gijonés construidos desde una vocalidad clara, rotunda, preciosista, de amplia expresividad en todos los registros unido a una escena poderosa que llena con su sola presencia, ese jorobado capaz de transmitir exterior e interior, el trabajo y los sentimientos personales, el personaje dual al que la “maledizione” parece perseguirle en este drama de Victor Hugo con el que Piave construye un libreto que Verdi eleva a la ópera de su vida en plena cuarentena. Aunque las intervenciones en general resultaron algo lentas, tónica general de casi toda la ópera, y los fraseos del andaluz no sean los de Leo Nucci que sigue siendo referente, está claro que el Rigoletto de Juan Jesús Rodríguez es personal e intransferible. Cada aria (de nota el Cortiggiani), cada dúo, incluso en el cuarteto, resultó prodigiosa su versatilidad anímica desde el canto.

El tenor canario es muy querido en Asturias y ha venido varias veces invitado por la ALAAK para distintos recitales (incluso con el citado Nucci), pero nos faltaba el esperado debut dentro de la temporada del coliseo capitalino, y nada mejor que con su Ducca, un rol que Celso Albelo ha ido moldeando a la par que su voz, ahora “más hecha”, unido a su exquisita dicción y emisión que perfila este personaje con las arias más conocidas de Verdi, cantadas con la musicalidad acostumbrada, pianísimos de cortarnos la respiración y agudos en toda la gama, sumándole los ornamentos propios para construir este personaje tan distinto a su propia personalidad, de nuevo los dos mundos desde la ópera. Cantar tumbado boca arriba en el último acto con Maddalena permitió disfrutar de su técnica, mejor que ese baile “a lo travolta” que realmente no le va, pero fue otro de los triunfadores de la noche aunque no me respigase (si es que sirve de referencia personal), dejándonos un buen dúo con Gilda, mejor que el Questa o quella, y una interesante Donna è mobile por la línea de canto elegida para la más universal de las arias de tenor, jugando con fraseos y matices variados para una tesitura sobrada.

Jessica Pratt, también “descubierta” en una gala lírica celebrada en el Auditorio (también con el barítono onubense más los asturianos Beatriz Díaz y Alejandro Roy), fue una Gilda que crece como su personaje, de lo infantil a lo carnal con amor y resignación. Las agilidades de su papel no tuvieron secretos como tampoco su color brillante y una amplia gama de matices con un Caro nome de muchos quilates, pero sobre todo un cuarteto equilibrado entre dos mundos, ella con su padre en la reja mientras el Duque flirtea con la voluptuosa Maddalena en la taberna, la ya conocida Alessandra Volpe de breve protagonismo pero exigente porque la mezzo es pieza clave no ya en la trama sino en el colorido del más bello concertante verdiano, capaz de inspirar hasta una película.

Con este equilibrado elenco, no se quedaron a la zaga el resto, comenzando por varios “habituales” en el Campoamor como el Sparafucile de Felipe Bou, mejor que en sus anteriores visitas, bien secundado en su primera aria por un perfecto acompañamiento de cello y contrabajo en octavas que “cerró el trato” con Rigoletto en lo más bajo del registro; otro que cumplió con creces fue José Manuel Díaz con un Marullo bien cantado y sentido, o el cordobés Pablo García-López como Borsa, buen color vocal capaz de dialogar y contrastar con Il Ducca, unido a una emisión clara que llegó sin problemas hasta el último piso, completando el buen nivel el chileno Ricardo Seguel como Monterone, uno de los “secundarios” que más me gustaron. Incluso las breves intervenciones de la mezzo belga Pauline de Lannoy, el barítono valenciano Javier Galán o la soprano portuguesa Lara Rainho ayudaron a redondear este esperado Rigoletto.

Nuevamente el coro de la ópera, esta vez solo las voces masculinas, resultó un seguro en escena y vocalmente, solo un poco lastrado en el tempo global salvo el más ligero Zitti, zitti del rapto de Gilda en el final del primer acto, asomados al muro. Precisamente el maestro Conti, tratando bien a los cantantes en cuanto a las dinámicas, pienso que se le cayó el aire por momentos, como ya apunté anteriormente. Cierto que ralentizar puede ayudar por momentos a las voces pero es como tener errores de principiante: piano lento y forte rápido. La OFil sigue siendo versátil y una orquesta de foso segura, como lo demostró en la obertura y subrayando los distintos solistas las arias y dúos más conocidos, aunque también decir que Verdi escribe para ella con un auténtico primor de Maestro.

De la escenografía comentar que me gustó la disposición en diagonal y parte del vestuario del primer acto tomándolo como una fiesta de disfraces para “explicar” el cambio temporal, aunque las espadas no pueden ser sustituidas por pistolas. Otros detalles ya ni siquiera escandalizan, por superfluos, aunque puedan incomodar a algún “puriatno” pero especialmente a los cantantes (la citada intervención del duque cantando boca arriba tumbado sobre la mesa, por poner un ejemplo), pero sin molestar, al menos para el que suscribe. Resultaron algo lentos los cambios de decorado e hicieron perder concentración al público, que llenó esta segunda función, comenzando la música con muchos móviles encendidos que parecían formar parte de la escenografía en el patio de butacas (desde mi posición “cenital”). Acertado el cañón sobre Rigoletto sobre todo en el final, los claroscuros que toda la ópera y también esta representación tuvieron. Aplaudir como siempre luminotecnia y sobretítulos, además de todo el personal del teatro. No olvidemos que la ópera también crea puestos de trabajo.

La primera función dejó buen sabor de boca a los críticos y la segunda parece siempre “cojear un poco” salvada la tensión del estreno. Me encantaría escuchar el “reparto joven” del viernes, donde la cordobesa Auxiliadora Toledano será sustituida como Gilda por Cristina Toledo, con un elenco que pronto veremos en carteles “de primera”, y todavía el sábado 4 de febrero se emitirá en directo por pantalla gigante en varios puntos de Asturias, Mieres incluido, aunque este último domingo de enero triunfase Rigoletto sobre todo(s).

Música y poesía para Juan Romero (in memoriam)

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El último fin de semana de octubre nos llevó hasta el pueblo natal de Juan Romero Rodríguez, Pipo para los amigos, Alcaraz bello y manchego que le honraba con una serie de actos donde no faltó la música, siempre presente en su vida, inculcada a sus hijas Alba y Juana que han estudiado cello y piano participando en cada momento del encuentro -y éste era uno de los imprescindibles, ni la poesía, por supuesto con buenas viandas y caldos de la tierra sobre la mesa alrededor de la cual todo fluye mejor, sin olvidarse de las tertulias, pues Pipo Romero junto a Gloria Aguinaga, su fiel esposa, amiga y colega, son personas a las que siempre les gustó hablar pero sobre todo escuchar, tal vez por “deformación profesional” de psicólogos.

Imposible glosar la trayectoria profesional de Juan Romero y aún menos la humana, todos lo intentaremos pero nos quedaremos cortos a pesar de habernos dejado tan pronto, pero su legado permanece y el recuerdo sigue vivo, de ahí estos encuentros que obligatoriamente deberían pasar por Alcaraz y su sierra, amantes de esa película de culto como “Amanece que no es poco” (1989) que tiene mucho del humor común a todos los que hemos conocido, admirado y querido a Pipo.

Ahí estuvieron muchos miembros de la psicología jurídica, ponencias de Juana Mª Azcárate o Josean Echauri, la “familia” de la AIPJ, pues así la sintió siempre Juan, con su presidenta en España Asunción Tejedor, la valenciana Elisa AlfaroAna Martínez Dorado directora de la editorial EOS que ha creado una colección con el nombre del eminente psicólogo alcaraceño (mucho más que “el psicólogo de la cárcel de Pamplona”), muchos amigos, representantes de la Asociación “Maestros de Pueblo”, varios políticos del Ayuntamiento de Alcaraz, dedicándole un rincón en la Biblioteca Municipal con recuerdos donados por la familia Romero, también asistentes a todos los actos organizados en su memoria, debiendo destacar a su sobrino Joaquín Romero Tarazona que participó no ya como clarinetista junto a las hijas de Pipo, familia musical donde las haya, que se trajo a la Orquesta de pulso y púa “Celia Giner” de Alfafar (Valencia) que también dirige, y que el sábado 29 de octubre ofrecieron un espléndido concierto en la Iglesia de San Miguel donde no existió el descanso al regalarnos la palabra dos de los poetas del Ateneo Navarro, José Luis Allo Falces y Santiago Elso Torralba, con versos que también ponían lírica a la pintura.

Dejo aquí el programa del concierto con algunos comentarios sobre el mismo. Una excelente formación con muchos años de trabajo que se notan por el empaste, afinación y entendimiento con el director, trabajando un repertorio variado de arreglos ideales para estas agrupaciones orquestales de pulso y púa que van más allá de las rondallas folclóricas (alguna explicación hubo que dar), algo desequilibrada por la mayor presencia de bandurrias primeras y segundas que de mandolinas, mandolas o laúdes aunque compensadas por el mimo en los planos y las dinámicas ajustadas, así como una técnica y musicalidad en los solistas realmente plausibles.

Cual filosofía de la vida La vida es bella (N. Piovani) realmente de película, el conocido “Va pensiero” de Nabuco (Verdi) que casi animaba a corearse, la selección de La Canción del Olvido del maestro Serrano daba pie a participar aún más aunque fuera en voz baja, pero me quedo con la excelente interpretación del “Intermedio” de Goyescas (Granados) como homenaje doble, a su autor y a Pipo, especialmente Un viaje por España (J. Jarque) que repasó la procedencia de muchos viajeros que acudimos a Alcaraz para seguir recordando a nuestro querido y añorado Juan Romero.

Para mí todo una filosofía de la vida, gastronomía, viajes, poesía y música con Pipo siempre en el recuerdo tras casi cuatro años. De sábado a lunes hubo tiempo para conocer no ya Alcaraz y su sierra junto a la del Segura sino el nacimiento del río Mundo, los enclaves de la película de José Luis Cuerda como Molinicos, Lietor, Ayna… e incluso tocar tierras cervantinas en el regreso como Villanueva de los Infantes, Lagunas de Ruidera,  Argamasilla de Alba o Tomelloso, despidiéndonos en las distintas paradas de amigos que partieron para sus casas.

Nosotros todavía llegamos a dormir en Burgos y continuar el itinerario románico de Cantabria infinita con una visita ideal a la Colegiata de Cervatos o Reinosa antes de alcanzar la aldea para comenzar bien noviembre.

Bryn Terfel repasando y reposando ópera

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Miércoles 26 de octubre, 20:00 horas. Oviedo, Inauguración de la temporada “Conciertos del Auditorio“: Bryn Terfel (bajo-barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Cimarosa, Händel, Mozart, Mascagni, Gounod, Boito, Puccini, Verdi y Wagner.

El galés Bryan Terfel, de quien el periodista de “Ópera Actual” y crítico del “ABC” entre otros medios, Pablo Meléndez-Haddad escribe una bella semblanza en las notas al programa, hacía su presentación en Oviedo con un recital donde repasaría sus papeles y arias preferidas desde el poco habitual barroco hasta “su” Wagner (que ocupó la segunda parte), sin olvidar el Mozart con el que triunfó y todavía sigue en el recuerdo, y por supuesto esos papeles que le van como anillo al dedo: Mefistófeles, Fausto y especialmente Falstaff, con la orquesta ovetense acostrumbrada a estos repertorios junto a su titular, quienes se lucieron en las partes instrumentales, variadas, unificadoras del programa y siempre necesarias en estos recitales de cantantes en solitario que necesitan descansar, sin olvidarnos que resultan mucho más duros que toda una ópera por el cambio de rol y la suma de arias a cuales más exigentes.
Buen inicio orquestal con Cimarosa y la Obertura de II Matrimonio Segreto, nunca mejor lo de templar cuerdas que se lucieron, antes de dejar la formación camerística sumándose el clave de Sergi Bezrodny para afrontar la primera salida de Terfel con un poco transitado Händel de su ópera Berenice, regina d’Egitto, con el aria de Demetrio “Si tra i ceppi”, originalmente para castrato contralto que en la voz del barítono alcanza otros colores y con unas agilidades algo más lentas de las acostumbradas pero con un saber cantar lleno de gusto y veteranía. Punto y seguido con Mozart, una plantilla algo más amplia manteniendo el clave y un aria de concierto de 1791, Io ti lascio, oh cara, addio, K245 (621a), de las pocas escritas originalmente para bajo, porque Terfel es un barítono de graves redondos más que poderosos, agudos llenos de matices con una “media voz” inigualable, y sobre todo un legato y forma de decir el texto increíble, sumándole una escena contagiosa que engancha al público en cada intervención suya.

La OFil le daría el primer descanso con Mascagni y ese bellísimo “Intermezzo” de Cavalleria Rusticana que volvió a dejarnos una cuerda aterciopelada y sonoridad compacta, casi íntima antes de sumergirnos en el infierno.
Bryn Terfel preparó dos visiones de ese personaje de Goethe, primero Gounod, “Le Veau d’Or est toujours debout” de su Faust, el gusto francés con la garra galesa, metido de lleno en el personaje que ya quisiéramos haber tenido en el Campoamor, y especialmente el de Boito y su “Son lo spirito che nega” de Mefistofele, el drama italiano puesto en escena por un cantante capaz de ofrecer dos caras de una misma moneda en una transformación de carácter de la que solo los grandes artistas son capaces.
Segundo descanso vocal y nueva intervención de la formación ovetense en una de las páginas que el foso no permite lucir tanto como en el escenario, el increíble orquestador Puccini con el “Intermezzo” de Manon Lescaut para “recuperar” a Gabriel Ureña en el cello maduro, de fraseo totalmente lírico para no perder sabor operístico junto al arpa siempre insustituible de Danuta Wojnar.

La última salida del barítono en esta primera parte nos dejaría una de sus creaciones, Verdi con el aria “Ehi Paggio! L’onore! ladri!” de Falstaff, la barriga hinchada gritando ¡fabada! (después sacaría varias toallas además de la que traía al hombro) y escanciando sidra en vez de vino (o cerveza) pero con una interpretación que sigue siendo referente en todo, cerrar los ojos y ver este testamento verdiano con un personaje shakesperiano donde el Orson Wells de “Campanadas a media noche” venía a mi memoria coloreando el celuloide en grises.
La segunda parte dedicada a Wagner con el que Terfel se ha encaramado en ese Valhalla escarpado con cada uno de los personajes de tres óperas a cual más intrincada musical y actoralmente, con dos oberturas verdianas para apenas tomar aire, de La Forza del Destino, con dinámicas y tempi buscando el ambiente alemán de programa, y sobre todo la Obertura de Nabucco, bien resuelta y plenamente italiana porque del buscado duelo entre contemporáneos no puede haber empate, además de que la OFil lo tiene más en atril que al alemán.

El talento de Bryn Terfel es indudable y con una voz que se proyecta sin problemas en cualquier idioma, incluso silbando afinado, lo que maravilla es su timbre, cómo juega con él para dramatizar, su paleta de matices que para Wagner es irrefutable, tres momentos estelares, Hans Sachs en “Was duftet doch der Flieder”, de Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Nürnberg), “O du mein holder Abendstern” de Tannhäuser, y sobre todo la “Canción de la estrella vespertina” como se conoce la “Música del fuego mágico y Adiós de Wotan” de Die Walküre (La Walquiria), con una orquesta que no bajó volúmenes y la técnica del galés pudo emerger sobre ella, Conti despiadado pero Terfel mandando, muchas tablas para unos roles wagnerianos que son referente en su registro y escena. Una lección operística.

Y si el carácter jovial se transmitía en cada página, los regalos tocaron la otra pasión del barítono británico, los musicales con el “Si yo fuera rico” (If I Were a Rich Man) de El violinista en el tejado, l eterno musical con ese personaje soñador con los pies en la tierra que Terfel mejora al Topol cinematográfico, sin prescindir de la parte hablada con poderío emisor para toda la sala, y la canción tradicional galesa “Suo Gan” que todos recordamos por la película de Spielberg El imperio del sol, cantada con ternura y sentimiento casi íntimo bien arropada por la orquesta ovetense que volvió a ser un perfecto ropaje para tantos personajes puestos sobre las tablas por un Bryn Terfel que vuelve a brillar, perfecta inauguración para una temporada donde muchas de las grandes voces líricas del momento desfilarán por el Auditorio. Todo un lujo para nuestra Asturias, patria querida, siempre musical.

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