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Más que cuentos chinos

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Foto © Hedda Morrison (1946) y montaje © OSPAcom

Viernes 28 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 4: OSPA, Elizabeth Hainen (arpa), Rossen Milanov (director). Obras de Tan Dun y Rimski-Korsakov.

Con mucho interés acudíamos al estreno en Europa de “Nu Shu: Las canciones secretas de las mujeres” y la conferencia previa de Israel López Estelche sobre “La palabra, fuente de vida: tradición, mujer y supervivencia en la composición musical” llenó la sala de conferencias nº 4, pues además de las notas al programa (links en los compositores al inicio de esta entrada) de las que es autor el reciente premio de la Fundación SGAE, la amplia exposición con ejemplos centrando el último tercio en la obra de Tan Dun (1957) ayudó mucho a una mejor comprensión de un estreno sobresaliente.

Tan Dun aunque chino de nacimiento es plenamente yanqui en formación (incluso autor de bandas sonoras) pero capaz de conjugar ambas culturas desde una música cercana, fácil de escuchar, bien ensamblada, con una presencia casi ritual del agua en sus obras, que tampoco faltó en Nu Shu, y donde la puesta en escena (“Performance”) está muy cuidada. El subtítulo de esta composición estrenada en 2013 y este viernes 28 de noviembre en Europa, dejaba claro que se trataba de una Sinfonía para arpa, trece microfilms y orquesta, una pantalla central y dos laterales sobre las que discurrirían completando escenas, puntos de vista complementarios, a menudo opuestos, sin perder la escucha de esas canciones “pregrabadas” que los intérpretes debían acompañar en perfecta sincronía, amplificado con tino y perfecto equilibrio de planos, con poca luz en el escenario, leds en los atriles, luz cenital para la arpista que también forma parte de esa globalidad, y todo bien cuidado por parte del máximo responsable: Rossen Milanov, repertorios como el de este último concierto de noviembre donde está en su salsa, volcado y convenciendo a todos, lógicamente a los músicos en primer lugar.

Esta sinfonía organizada en seis movimientos es el ciclo vital como nos explicaba López Estelche, el pasado de las canciones, el presente del arpa y el futuro de la orquesta, ese fluir como el río de la vida que también aparecería en los microfilms o clips que diríamos hoy en día.

En cada estreno suelo tomar notas según escucho, aunque la poca luz y sobre todo la necesidad de no perderme ni un detalle de cuanto sucedía sobre el escenario me hizo escribir como un niño sin mirar al cuaderno, pues quería plasmar en mi papel una descripción, siempre imposible, de una obra que es única y pienso gustó a todos.

El inicio, I. Prólogo, comenzó ambientado por la sección de percusión que como en casi todas las obras de Tan Dun requiere instrumentos específicos, esta vez los cuencos frotados con arcos de contrabajo y ese colchón de toda la cuerda inquietante, seguido por el viento hasta la primera aparición del arpa en un lenguaje reconocible como chino por los occidentales. La proyección mostraba una pintura en el “Nu Shu” escrito que a medida que avanzaba resultaba un abanico así decorado, mientras el ambiente de cierta crispación mantenía diálogos entre la solista y la orquesta, trompetas con sordina y tratamiento percusivo de la cuerda, para desembocar en una plenitud melódica que pone al arpa como un instrumento más mientras “cantan” clarinete y flauta melodías orientales. Un segundo vídeo nos trae el primer canto de mujer y un manuscrito “secreto”, acompañado por el arpa en la sala perfectamente sincronizados, viendo pasar hojas en las pantallas laterales alcanzando un momento álgido de belleza sonora y visual con la vieja cantando en un timbre grave y una joven de espaldas que luego se suma en registro agudo, formando un todo emocionante, manteniéndose ese clima volviendo a un pasahoja casi cronológico en la izquierda antes de un tutti final.

El segundo movimiento, II. Historia de la madre, pasa la base ambiental sonora al viento, con tablas – látigo en la percusión y las voces proyectadas en una escena donde el centro mostraba una novia a la que vestían, un “drama” de la hija que marcha del hogar y que son como tres días de llanto que nos contase Israel en la conferencia previa. La orquesta siempre percusiva e intrigante con un tiempo lento y continuos reguladores dinámicos (de menos a más y viceversa) con trombones y tuba más el arpa dando paso a un nuevo microfilm o clip que muestra precisamente los llantos, las tres pantallas completando la visión global mientras la música rítmicamente subraya una escena de angustia, en un ensamblaje perfecto de música e imagen, tensiones que parecen aumentar para luego mitigarse como las dos visiones de madre e hija en un tutti memorablemente tratado desde el volúmen.

III. El pueblo de Nu Shu se nos presenta con un clip de agua, la misma de la percusión que tan bien trabaja Tan Dun, con los contrabajos anclando la realidad, puente y río, más instrumentos en registros graves como flauta, contrafagot, clarinete bajo, el arpa acercándonos a la aldea tratado rítmicamente desde unas melodías de instrumentos graves a los que se suman las trompas en un tratamiento muy cinematográfico por orquestación americana para temas chinos. No abusa del recurso porque para la transición de imágenes comienzan los portamentos en la cuerda y después metales antes de ver y escuchar otro canto con la imagen de Mao detrás acompañada por el arpa (siempre presente como alianza pasado-presente) a la que se suman los violines segundos y violas mientras un zoom del rostro coincide con un “crescendo” delicado en cuerda y arpa, continuando las trompas para hacernos entrar en una casa de la aldea, puertas viejas cerradas con la luz inquietante e interrogativa cantada por el clarinete en un contraluz musical que “funde a negro” tras una pincelada de trompeta. Documento sonoro vivido de forma presente y atemporal, tres visiones de la misma calle caminando por ellas con la orquesta en ritmo americano tamizado siempre por lo oriental, toque de marimba con apariciones de clarinetes y flautas, haciendo camino al andar que nos mete en él desde un recurso tan plástico como situar la silueta de espaldas, orquesta caminando en “glissandi” con metales y cuerdas rítmicos sincopados, efectistas antes del “estallido” final de volúmenes bien llevados. La orquesta funciona e impresiona con las imágenes, los efectos de Hainen y Milanov mandando.

IV. La intimidad de las hermanas y toda la historia sigue tomando forma, dos imágenes laterales de dos mujeres y el arpa con los violines segundos más el concertino dan paso a un oboe acompañado esta vez por el murmullo de mujeres grabado mientras vemos una cara anciana tapada por su mano, llanto que descubre risa mientras el arpa y la sección de cuerda cumplimentan este engaño visual antes del nuevo clip con más presencia del agua, poesía total, una barca remando en el centro, el río en los laterales, fluir sonoro, hojas flotando, joven remando de espaldas a la orilla con la orquesta en modo menor cantando una melodía lenta, fuerte y majestuosa como el propio remar, como el arpa que se suma en un vaivén equilibrado de canto y agua, sin imágenes para un diminuendo brutal hacia un pianísimo roto por el forte en un nuevo capítulo (V. La historia de la hija) y vídeo, arpa con efectos y sonido metálico, estancia que va mostrando objetos que toman protagonismo por el virtuosismo de la solista, ritmo puro, percusiones de crótalos, pizzicatti y juegos “con legno” en la cuerda antes de otra escena con clarinete bajo y corno inglés, bronces cortantes y la vieja cantando mientras en los laterales volvemos a divisar los abanicos. música íntima, pianísimo, llanto en la voz con toses y carraspeos que también tienen ritmo, marcha del lamento, suspiros que forman parte de la partitura, canto engrandecido por la orquesta acelerando y aumentando volúmenes, contrastes impresionantes y fundido a negro con cuerda y arpa en fluctuante ambientación mientras un unísono de metales nos hace crecer hasta el final.

Nuevo y último movimiento, V. Epílogo, agua, tratamiento actual del arpa percusiva y el chapoteo de “peceras” en la percusión, manos en el río y en la orquesta, tradición universal, coro de lavanderas con una cuerda plenamente occidental para un canto oriental en perfecta simbiosis artística, el viaje de la joven o niña (se casaban con 15 años) y ese ritmo vital combinado con dinámicas que subrayan una acción compartida, el arpa, la cuerda usando la madera del arco, el chapoteo del agua con la amplificación exacta, metales en graves y agudos ensamblados con las voces. La obra global, aunando oriente y occidente, herencia y transmisión oral plasmada desde el estudio, la importancia de la mujer en todo este discurrir, lo femenino más allá de la propia belleza, melodías de reminiscencias armenias como cabalgando entre dos mundos, glissandi queriendo traducir en música el devenir diario de una historia que es grande aunque parezca mínima, como las gotas que quedan congeladas en las pantallas antes de un final de vértigo y efectista desde el pianísimo al fortísimo cual punto final.

Imposible que mis palabras puedan describir un espectáculo total de altas miras y calidad increíble: Elizabeth Hainen más que una arpista casi la narradora necesaria en el único lenguaje universal de la música, la OSPA hablando el mismo idioma, atentos, brillantes copartícipes de esta historia tan bien escrita y contada por Tan Dun, y un Milanov al que se le nota rápidamente su gusto por estos montajes, arriesgados antes de comprobar que cuando hay calidad todos respondemos.

La propina con arpa sola fue como un “anexo” a esas canciones (Esteban Benzecry: Horizontes Inexplorados, First Movement “Del Silencio al Amanecer”) todo un universo de recursos en un instrumento milenario que se actualiza con intérpretes como la americana, en esta partitura de un portugués nacionalizado argentino con rasgos “inexplorados” y luz otoñal por lo que ésta supone de claridad de líneas y paleta de ocres.

Si las canciones de Tan Dun no son cuentos chinos, Scheherezade, Op. 35 (Rimsky-Korsakov) forman parte de ese patrimonio universal, los cuentos de las mil y una noches con la mujer narradora, que tengo reciente en pleno carnaval de Oporto donde tampoco faltó lo chino, porque los cuentos siempre tienden a transportarnos a mundos de ensueño. Musicalmente hubo de todo, puede que el ímpetu mostrado en la primera parte pasase factura en la segunda. Milanov dirigió de memoria esta maravilla sinfónica de la historia musical no sólo rusa, pero optando por el efectismo y el trazo grueso que pasó factura a intervenciones solistas no muy afortunadas en músicos que no suelen fallar, atribuyendo esto puede que a la máxima de dejarles hacer que ellos saben, cuando puede ser peligroso si no hay exactitud ni precisión en la cabeza visible. Los cinco cuentos o números de Rimsky permiten a toda formación sinfónica revisarse desde el primero hasta el último compás en una narración donde en este caso Scheherezade debe lograr tensión, emoción y suspense para ir salvándose de la muerte una y otra noche, contarnos cada cuento con misterio, cambios de voz, inflexiones, intriga, suspiros y hasta onomatopeyas que enriquezcan cada historia.

El I. Largo e maestoso – Allegro non troppo comenzó amarrando el aire antes del contraste brioso a la segunda parte, “El mar y el barco de Simbad” comenzaba la singladura con cierto oleaje, aún el timón poco firme, la primera intervención de nuestro Vasiliev no fuese la esperada, aunque faltase mucho recorrido y llegaría a buen puerto por las muchas horas de travesía más que demostradas; el II. Lento – Allegro molto resultó parecido, “La leyenda del Príncipe Kalender” estuvo narrada como los buenos cuentacuentos pero con los cambios de voz no siempre adecuados, echando en falta pinceladas protagonistas en pos del mero color, aunque resultase brillante; III. Andantino quasi allegretto, “El joven príncipe y la princesa” debe rezumar lirismo, los violines cantan la canción de amor y el clarinete habla por voz de la dama, perfecto Andreas que cada vez nos confirma que está siempre “a punto”, al igual que la flauta de Myra, siendo el número más convincente en su narración musical por parte de todos; y el IV. Allegro molto como “La fiesta en Bagdad” también es el naufragio del barco, energía que ciertamente no faltó en ningún momento, aunque pueda haber resbalones entre tanto baile. Las sonoridades alcanzadas no tienen peros aunque siga pidiendo más claridad expositiva, independientemente que la propia partitura sea tan buena que lo principal siempre sale a flote aunque el oleaje tienda a mar de fondo.

La escucha de esta obra sugirió al cocinero Pedro Martino de “Naguar” la creación de un plato, bien promocionado con el concierto “¿A qué sabe la música?”, como inicio de otra iniciativa de la OSPA. Del afamado chef ovetense pude comprobar su quehacer durante la “Noche Blanca” de Oviedo con Forma Antiqva en este aunar música y comida; esta vez salió incluso a saludar, cual compositor musical finalizada la Scheherezade cocinada musicalmente por Milanov, también cocinero confeso. El plato de Martino se llama “Papada ibérica confitada y glaseada en su jugo de berros a la naranja” que supongo degustaron varios de los responsables y patrocinadores del “Club OSPA” nivel “Vivace” (aportando 500€ como socio patrocinador de esta categoría, se acude a un acontecimiento especial ofrecido por Milanov entre otros beneficios de las distintas variedades o niveles, muy en la línea USA: “Andante” 75€, “Allegro” 150€ y “Presto” 250€) una vez finalizado el cuarto de abono.

La inspiración musical da para mucho y esta vez nos contaron dos cuentos, aunque la recreación e imaginación, como los gustos, es siempre muy personal.

Prensa regional del sábado 29:
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Paul Lewis, notario de Beethoven

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Martes 25 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Paul Lewis. Beethoven: las tres últimas sonatas para piano.

El testamento del genio de Bonn, no ya pianístico sino global, puede que sea este tríptico conformado por las opus 109, 110 y 111. Un músico completo, por intérprete y docente, como es el caso de Francisco Jaime Pantín, preparó unas notas al programa donde disecciona estas tres sonatas desde el conocimiento profundo de ellas, y poder leerlas según sonaban en el Steinway© del auditorio (precisamente elegido por el asturiano, nuevamente perfecto en afinación y bien ajustado), con la caja acústica acortada, es decir cerrada, en las manos del pianista británico Paul Lewis, resultó una lección magistral.

Qué difícil el universo de Beethoven reducido al piano, presente en mis años de estudiante y atesorando grabaciones integrales en varios formatos a cargo de los virtuosos de siempre (precisamente Wilhelm Kempff nacía también un 25 de noviembre, de 1895) y más en estas tres últimas sonatas que romperán con la propia forma, algo de lo que solo un genio es capaz: crear para destruir, mundos interiores en cada una de ellas, compuestas entre 1821 y 1822 antes de poder convencerse que más no podía y entrar en sus últimos cinco años dedicado a las sinfonías o los cuartetos de cuerda, también obras maestras pero que parecen estar en el espíritu de esta “última trilogía en blanco y negro”.

Interpretar en el mismo concierto las tres sonatas no es ya todo un reto para el intérprete, esfuerzo interior y exterior, sino para un público más sinfónico que camerístico, aunque el mismo que pudo comprobar dos enfoques de Beethoven totalmente opuestos: el del concierto nº 4, sinfónico y apolíneo, frente al de Lewis, camerístico y dionisíaco. Comentando al descanso esto que acabo de apuntar, se me confirmaba que el carácter personal siempre se refleja en el artístico, por lo que no resultó extraño disfrutar de un concierto desgarrador e íntimo, potente y suave, la montaña rusa anímica de Beethoven con Lewis de perfecto traductor.

La Sonata para piano nº 30 en mi mayor, op. 109 en tres movimientos diríamos que clásicos, resultaron el prólogo esperanzador para un «largo discurso dolente» que define Pantín en las notas comentadas. Expresividad al máximo y fuerza para el Vivace ma non troppo. Adagio espressivo, la “broma” (como scherzo) del Prestissimo donde el sonido pulcro del pianista de Liverpool dibujó un contrapunto vigoroso y delicado, para acabar con las seis variaciones del Gesangvoll, mit innigster Empfindung (Andante, molto canntabile ed espressivo), alemán en la indicación, italiano por lo universal, completo por el sentimiento hecho música, técnica al servicio de la partitura, dinámicas impresionantes, uso del pedal preciso sin obviar momentos buscados de “tormenta” antes de la calma, del lirismo que subyace en este epílogo.

Apenas un respiro y llegaba otro aire, nuevo capítulo con la Sonata para piano nº 31 en la bemol mayor, op. 110, como bien recuerda el maestro Pantín, «marcada por el epígrafe con amabilita», y Lewis poniendo música a las palabras, mensaje humanístico, amores y desamores, el propio carácter de Beethoven siempre reflejado en sus obras, más íntimo en el piano, el ascenso al paraíso para volver al abismo más profundo, emociones musicales. El Moderato cantabile molto espressivo literal, capaz de percibirse ese contraste interior cual seda y arpillera, el Scherzo: Allegro molto inquietante conseguido desde unas sonoridades increíbles en el universo de las ochenta y ocho teclas, para el Adagio ma non troppo. Fuga: Allegro ma non troppo hacer recordar órganos eclesiásticos no ya por la forma fugado final sino por el clima alcanzado en ambas manos, juegos tímbricos increíbles, pulcritud en cada dedo y luz al final de un túnel del que Beethoven nos saca para dejarnos la esperanza.

La Sonata para piano nº 32 en do menor, op. 111 es el cúlmen y desenlace no ya sonatístico sino interior y global del genio universal, dos movimientos únicos de una envergadura casi inabarcable. Paul Lewis se volcó en transmitir cada emoción no indicada pero escrita, pianista que sabe leer entre notas, conocedor del momento evolutivo, de la vorágine escondida, cada respiro agónico, cada suspiro, tormentas y remansos nuevamente desde una técnica impoluta, un rigor admirable y una entrega interpretativa fabulosa. Maestoso – Allegro con brio ed appassionato como recuerdos de juventud, escrituras retrospectivas de “patéticas” y “apasionadas” maceradas con el inexorable paso del tiempo y la Arietta: Adagio molto semplice cantabile, como últimos anhelos y alientos, cristalino diseño y ejecución, trinos agudos limpios sustentados por una mano izquierda sobria y segura, honestidad cual confesión de pecados veniales, momentos sincopados casi futuristas por atrasar unos cuantos años el nacimiento del jazz, variaciones como si dando vueltas a la misma idea buscase soluciones y respuestas antes de un inesperado optimismo final. Paco Pantín escribe que «se despide para siempre, con sonrisa melancólica quasi schubertiana» y precisamente nos regalaría el Allegretto  en do menor D 915 del bueno de Franz, porque las notas parecían premonitorias al concluir: «Digno final de un ciclo y de un tríptico que podría constituir el mejor testamento de Beethoven».

Tengo que rematar que Paul Lewis levantó acta increíble, albacea del legado y notario de este documento sonoro que nos llegó a lo más profundo.

Cerezal por el buen Camín

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Cerezal se presentaba en Mieres el domingo 23 de noviembre a las 20:00 horas con su nuevo CD bajo el brazo, grabado en los Estudios Tutu de Corvera en los meses de septiembre y octubre de este año (con la producción de Gonzalo Pumares y Ruboh), apenas once meses después de la aparición del EP que perfilaba un camino que da precisamente título a este trabajo excelente: Camín. Toda una maravilla de sonido y diseño, aunque de lectura difícil por la combinación de grafías y colores, puede que buscado para forzarnos a leer a fondo cada letra.

Además del quinteto habitual y “cerecero” formado por Andrea Álvarez (voz), Juan Yagüe (guitarras, bouzouki, mandolina), Gonzalo Pumares (violín y coros), Juanjo Díaz (batería, vibráfono, percusiones) y David Mori (flauta, whistle y gaita asturiana) participaron desde el comienzo Juan Carlos Vega “Cabín”, bajo eléctrico y Marco Antonio Guardado, vibráfono y percusiones.

Poeta de referencia del grupo, el candasín Xurde Fernández, recitó mientra sonaba La to solombra.
El pintor Miguel González Díaz fue otra auténtica sorpresa, ver cómo a partir del lienzo en blanco iba creando un árbol ¿una cerezal? que crecía a medida que iban sonando los temas siempre por detrás (en las fotos se puede apreciar la evolución del cuadro), con reminiscencias japonesas y auténtico magisterio plástico, al igual que sus ilustraciones en el CD.

Para el fin de fiesta se sumaron Nel Suárez, guitarra, Juan Duarte, voz, Ruboh, rapeo más Rubén Alba a la gaita. Todos están en el “Camín“, el CD, salvo Víctor Manuel cuya agenda en plena presentación de sus “50 años no es nada” le impidió cantar San Xuan, aunque siempre nos quedará la grabación, pero Andrea siente este tema como nadie y en femenino singular.

Realmente la presentación fue única, irrepetible y cercana. El lleno en la Casa de Cultura fue de los que hacen historia, con público de todas las edades aunque mayoritariamente joven y auténticos fans de Cerezal.
El directo de este quinteto es siempre seguro, independientemente de la mayor o peor calidad del equipo de sonido o del técnico de turno, aunque en Mieres tuvieron el suyo, con un repertorio propio muy trabajado (en Moreda pude comprobarlo y disfrutar de ellos), alternancia de tiempos, sabia inspiración o referencias a temas tradicionales pasados por su estilo fresco donde la voz de Andrea marca sello único con la base instrumental de un cuarteto perfectamente acoplado y empastado.

Comenzaron cantando “por abril” y después el tema Cereces, versión del popular “No quiero que me cortexes“, y temas especiales como Pela to parte o el citado San Xuan así como Les foles que en el disco lleva base programada y en directo usaron palo de agua. No faltó tampoco Camín que da título al disco y resulta el cuaderno musical de bitácora. Tocarían el cielo (con Islla nel cielu) y el tema Colos güeyos cerraos de Xurde desde esa pincelada exquisita del vibráfono. Sólo Romaní como tema instrumental para un breve descanso en la voz de una Andrea pletórica, y llegarían después La truena, danza que entronca con la popular “Con qué lavas la cara” que recrean como sólo ellos saben, estallido final con una Añada para despertar, porque el elemento sorpresa y el giro que puede tomar un tema es siempre ramal del camino principal.

Cierto que en Mieres había invitados de lujo como el bajista Cabín y el vibráfono más percusiones de Marco Antonio completando un vivo especial a siete. Pero el cuarteto en solitario es capaz de cubrir este espectro instrumental con unas percusiones como las de Juanjo o la potente guitarra de Yagüe punteando con dulzura o reforzando graves haciendo olvidar los eléctricos. David alterna vientos con plena naturalidad y adaptados a cada tema, con una gaita capaz de tratarla como flauta cantable sin roncón, para rematar las cuatro patas Gonzalo, violín imposible capaz de “pizzicatos guitarrísticos” o fraseos de “arco cantábrico”, además de ser la cara visible en las presentaciones.

Tener invitados nos permitió duplicar percusiones, tener a Juanjo en el primer tema con el vibráfono, volver al poco con la batería y retomar el cajón que en solitario es capaz de olvidar membranas, sólo algún “bodhran” que otro… y ver a Yagüe otra vez con la mandolina cuando Nel Suárez tomó la guitarra en el bis final.

Una auténtica banda con amigos, invitados para ese llover de Nueche que completaron un directo irrepetible.

El “Camín” será difícil pero bien asentado, pasos precisos aunque el destino final no lo conocemos, pero parafraseando a Machado “se hace camino al tocar”.

El disco sigue sonando en mi cadena y llevo copia conmigo, aunque ellos se encargarán de publicitarlo. Felicidades “cerezales”.

FOTO:  © Fernando Geijo
Noticia en el periódico La Nueva España, edición Cuencas, del lunes 24:

Santa Cecilia coral en Mieres

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Sábado 22 de noviembre, 19:30 horas. Auditorio “Teodoro Cuesta”, Mieres: Concierto Santa Cecilia: Coro Mixto “San Pedro” de Cudillero (director: Pablo Moras) y Orfeón de Mieres (director: Joaquín Sandúa).

La mina y el mar además de una bella canción es un emparejamiento que va más allá de la conocida explotación de La Camocha en Gijón. La villa pixueta y la minera de Mieres siempre han estrechado lazos, más en el mundo coral, y son habituales los encuentros de sus dos formaciones, bien al lado del Mar Cantábrico o a la vera del río Caudal, el último celebrado este mismo mes hace quince días en el 14º Certamen Internacional de Habaneras y Canción Marinera “Añoranzas en Cudillero”, donde nuestro centenario orfeón acudió.

Celebrar la festividad de los músicos con música, más la coral, es buena disculpa para llenar el auditorio de la calle Manuel Llaneza de aficionados fieles que siguen disfrutando con las canciones de siempre, habaneras y tradicionales asturianas sin olvidar “clásicos populares” presentes en el repertorio de todas las formaciones.

El Coro Mixto “San Pedro” de Cudillero ahora dirigido por Pablo Moras, es formación veterana en el panorama asturiano aunque algo reducida en la actualidad, y trajo a Mieres una selección donde no faltaron el salitre de “El abanico” (Trayter), “Háblame del mar” (A. Barja) o ” A tu lado” (Javi Busto) con el regusto a sidra de “Ay! Pinín” (Alfonso Sánchez Peña) o una vaqueira. Obras agradecidas para intérpretes y público, aunque son formaciones amateurs que necesitan renovación en voces de querer mantener una tradición que exige cantera (Cudillero la tiene) y apostar por nuevos repertorios a los que no siempre pueden acceder por las limitaciones habituales. Con todo dejaron un buen sabor de boca.

El Orfeón de Mieres en esta última etapa con Joaquín Sandúa está cambiando repertorio, recuperando obras que cantaban en los años setenta y eran casi la seña de identidad como: “Capricho” (J. Ignacio Prieto), “Canción crepuscular” (F. Mendelssohn) o la hermosa habanera “La niña de Marianao” (Fernando Moraleda) manteniendo otras muy trabajadas, ahora con otro “aire”, caso de “Ay un galán” (Javier Armenter), “Ilusión de amor” (Santos Montiel, armonización de Ginés Abellán)
o “Un velero y una canción” (Santos Montiel), necesitando también renovación en las voces, pero que como en el caso de los pixuetos, tendrán más difícil sin cantera infantil, siendo más un “hobby” (que les ocupa mucho tiempo) para sus componentes, haciendo de embajadores allá donde van con su música. Los enlaces en los temas están en el canal del Orfeón en YouTube©.

Tras la entrega de obsequios del Orfeón y Ayuntamiento de Mieres al coro invitado y amigo, ambos coros dirigidos por Pablo Moras interpretaron conjuntamente y con la participación del público asistente el himno oficial “Asturias, patria querida”.

No había mucha gente joven que parece tener otros gustos musicales, como podríamos comprobar el día siguiente, aunque lo contaremos en otro momento. Sigo preguntándome qué hacer para implicar más a la juventud en el canto coral, si bien la Escuela de Música (con muchas zancadillas) está cubriendo la base y sembrando para el futuro, pero quedando ese hueco juvenil que parece buscar otros terrenos musicales distintos del coral.

El periódico “La Nueva España” en su edición Cuencas este lunes recogía la reseña que dejo aquí:

Viva las voces jóvenes “forever”

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Viernes 21 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVII Temporada Ópera de Oviedo: cuarta función (reparto joven) Madama Butterfly (Puccini). Entrada de principal: 50 €.

Emociona ver al público en pie rendido ante Carmen Solís, una “Butterfly” española debutante en el rol pero que supo cantar desde el sentimiento. Cuarta representación de las cinco programadas de este Puccini que en su momento no triunfó pero que el tiempo pone en su sitio, necesitando un reparto completo para lograr el espectáculo total. Y el segundo reparto, de viernes joven por el que la Ópera de Oviedo sigue apostando, logró un éxito para recordar encabezado desde la dirección de José María Moreno, la soprano extremeña coronada en este debut del coliseo carbayón, y completado con el “Pinkerton” de Eduardo Aladrén, el “Sharpless” de Javier Franco, el “Goro” de Jorge Rodríguez Norton. Repitieron Marina Rodríguez-Cusí como “Suzuki”, José Manuel Díaz en su doble papel de “Yamadori” y comisario, y resto de reparto, crecidos y contagiados por el ímpetu y entrega de las “nuevas voces”.

El directo siempre es único y permitió disfrutar de más detalles. La escena volvió a ser convincente por lo sencilla y el juego que da remarcado por una iluminación perfecta, blancos puros, azulados o grises, incluso rosados más el siempre necesario rojo pasión. Las bailarinas que no lo son pero con una coreografía cuidadísima pusieron el detalle plástico y visual, el efecto de las sombrillas cerradas convertidas en cuchillos para el “seppuku” colectivo, las velas como estrellas o los globos colgantes llevados como si realmente flotaran, complementando las intervenciones orquestales con acción siempre sobre la escena. Y el coro, con algunos solistas casi de “comprimarios“, volvió a enamorar en cada aparición, difíciles fuera de escena y completos en ella, perfectamente encajados con el foso gracias a una dirección impecable del mallorquín José María Moreno que no sólo mimó todas y cada una de las voces sino que logró intensidades de la Oviedo Filarmonía siempre en el momento preciso, tensión dramática o emoción íntima, volúmenes equilibrados e intervenciones solistas de mucha calidad, juventud en el podio mandando en una partitura compleja de la que extrajo todo el jugo.

El elemento catalizador, la protagonista absoluta y el auténtico revulsivo fue Carmen Solís, convincente en escena desde su primera intervención. Impregnada del espíritu pucciniano logró crecer a lo largo de los tres actos vocalmente, con el vibrato necesario utilizado expresivamente, gama de color uniforme, agudos limpios, medios plenos y graves suficientes incluso con la orquesta en fuerte. Nos tocó la fibra a todos con unos pianisimi emocionantes contrastados con la emoción y fuerza de los agudos, y especialmente con una musicalidad de las que llegan siempre a lo más hondo. No ya la famosa aria “Un bel di vedremo“, que puso la piel de gallina y le dará muchas alegrías a la extremeña, el dúo con Aladrén y sobre todo con Marina Rodríguez-Cusí hizo lucir a sus compañeros, empastando, sacrificando si era necesario en pos de la belleza lírica.

Sólo halagos para una soprano que demostró mucho trabajo para debutar como lo hizo en Oviedo, por lo que el camino iniciado como Cio Cio San deparará triunfos futuros a no tardar.

Eduardo Aladrén fue el Pinkerton perfecto para la Suzuki extremeña, un tenor de afinación segura, color idóneo, registros muy igualados y entrega en cada intervención. De nuevo es de agradecer el equilibrio entre canto y escena, el convencimiento del papel y su evolución en esta partitura compleja y exigente con todos, y el tenor maño captó y cautivó con su voz en cada momento, enamorado, soberbio, cobarde o desgraciado, toda la paleta sentimental desde su línea de canto.

De la mezzo valenciana además de lo escrito sobre ella en la tercera función, repetir el hermoso dúo con Carmen Solís y añadir el momento excelente en que se encuentra, cuerda no siempre reconocida pero que supone, como en el cine, esos papeles de reparto que engrandecen a los protagonistas. Lo mismo podríamos decir del coruñés Javier Franco como Sharpless que completó este repóker canoro porque no quiero olvidarme del joker o comodín Jorge Rodríguez-Norton como Goro, puede que algo corto en volúmenes en casos puntuales y tal vez sobreactuado en un rol agradecido vocalmente sin necesidad de tanto movimiento escénico, pero que al igual que Atxalandabaso en las otras representaciones, son importantes para completar un elenco equilibrado en todos los terrenos.

No cité en la anterior función el papel del hijo de Butterfly que hicieron dos niñas, María Suárez y Paloma Vidau, auténticas actrices y también merecedoras del aplauso del público, que realizan estudios musicales y estoy seguro son ya aficionadas a la ópera para el resto de sus vidas con una experiencia inolvidable.

Seguiré asistiendo a estas funciones donde además del público no habitual de los primeros repartos, que siempre es menos exigente pero también más sincero en la respuesta, también están los que repiten y comparan, así como las conferencias previas de Patxi Poncela siempre distintas y personales, esta vez con “goleada de Puccini a Theodor Adorno desde el verbo melómano radiofónico de acento playero llegado a la capital.

Sin cargar tintas habrá que recordar que lo bueno no está necesariamente fuera de nuestras fronteras, y España sigue siendo cuna de grandes voces líricas. En Butterfly se canta “America forever” que tras esta experiencia tendremos que cambiar por “Jóvenes para siempre”. Apostar por lo de casa no sólo resulta más barato sino que puede ser incluso mejor, acercando a Oviedo público nacional que marcha enamorado de la capital del Principado y su Temporada de Ópera, aunque el dinero del gobierno y la fama se la lleve el Liceu

Butterfly de Oviedo a Mieres

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Miércoles 19 de noviembre, 20:00 horas. Casa de Cultura de Mieres, retransmisión en directo desde el Teatro Campoamor de Oviedo de la tercera función de Madama Butterfly (Puccini).

Volvía la ópera televisada a Mieres con una buena entrada, una toma de sonido ligeramente alta, engañosa por la cercanía de los micrófonos que recogían todo (ruidos de pisadas incluidos), realización buena aunque no estuviese pensada para aguantar primeros planos pero con una iluminación que ayudó y una satisfacción media por parte de los asistentes.

Un elenco muy equilibrado, aunque destacasen más los secundarios, una orquesta sonando como debe hacerlo con Puccini, y la dirección musical del ovetense Pablo González que volvió a mandar desde el conocimiento de una obra difícil para sacar lo mejor de la Oviedo Filarmonía en foso.

No entraré en detalles porque siempre comento que el directo no tiene nada que ver con la proyección por lo apuntado al inicio, si bien las sensaciones las reflejaré tras dejar el reparto a continuación, incluyendo fragmentos de la prensa regional preparando este tercer título de la temporada asturiana, algunas críticas así como fotos tomadas durante la proyección en mi pueblo, que esta vez parecía transcurrir por momentos directamente en el escenario mierense. Por supuesto volver a agradecer a Telecable, CajAsturLiberbank y a la propia Ópera de Oviedo la iniciativa de transmitir de forma gratuita en pantalla gigante sus títulos, acercando un género que como siempre, sigue de moda aunque eche en falta más juventud.

Música de Giacomo Puccini (Lucca, 1858-Bruselas, 1924). Libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa, inspirado en la obra teatral “Madame Butterfly” de David Belasco y en el relato homónimo de John Luther Long.
Tragedia giapponese en tres actos.
Estrenada en el Teatro alla Scala de Milán, el 17 de febrero de 1904.
Producción del Theater Magdeburg.
PERSONAJES E INTÉRPRETES
Madama Butterfly: Amarilli Nizza
Suzuki: Marina Rodríguez-Cusí
Kate Pinkerton: Marina Pinchuk
F.B. Pinkerton: Viktor Antipenko
Sharpless: Manuel Lanza
Goro: Mikeldi Atxalandabaso
El Príncipe Yamadori/El Comisario Imperial: José Manuel Díaz
El Tío Bonzo: Víctor García-Sierra
Yakusidé: Manuel Valiente
El Oficial del Registro: Manuel Quintana
La Madre de Butterfly: Marina Acuña
La Tía: Ana Peinado
La Prima: María Fernández
Dirección musical: Pablo González
Dirección de escena: Olivia Fuchs
Diseño de escenografía y vestuario: Niki Turner
Diseño de iluminación: Alfonso Malanda
Coreografía: Tim Claydon
Director del coro: Patxi Aizpiri
Orquesta Oviedo Filarmonía.
Coro de la Ópera de Oviedo.

Vocalmente comenzaremos por  “La Nizza“, protagonista que fue creciendo musicalmente como el personaje, aunque algo sobreactuada y faltando más calidez en su línea de canto, por otra parte apropiada aunque poco creíble en el perfil de Cio Cio San. Lleva todo el peso de la ópera y estuvo bien arropada desde el foso, atento González a los devenires de “la diva“. En su haber experiencia más que demostrada y poderío, por momentos excesivo, en el registro agudo, segura en afinación pero con volúmenes no siempre acordes al momento dramático.

El Pinkerton del tenor ruso no me convenció del todo por un registro agudo algo tenso, transmitiendo más angustia que gusto, si bien el color vocal es bello. Faltó más lirismo y en el dúo con Butterfly quedó un escalón por debajo. En el teatro desconozco cómo corre su voz, actoralmente cumplió y tendré que escucharle en otros roles, pero Antipenko no me parece que tenga mucho más recorrido del apreciado este miércoles a pesar de la amplificación cercana.

Lanza fue el más completo y personalmente quien más me gustó, siendo un barítonoconvincente en todas sus intervenciones, entregado a su papel de Sharpless llegándonos a todos. A la par la excelente mezzo Marina Rodríguez-Cusí que dibujó una Suzuki plena, cantando con buen gusto y dominando todos los registros.

No quiero olvidarme del estupendo Goro de Atxalandabaso, seguro siempre, de trayectoria bien asentada, excelente actor y tenor ideal para dar equilibrio a repartos que sin cantantes como los antes citados, dejarían coja la función. En repartos amplios tenores como el vasco son necesarios e imprescindibles.

Bien el resto de voces que cumplieron en sus intervenciones más o menos breves, incluyendo al niño actor que bordó sus apariciones con una madurez increíble.

El coro que dirige Aizpiri volvió a estar a pleno rendimiento, un poco destemplado en el arranque del primer acto pero yendo a más, siendo conmovedora la intervención fuera de escena a boca cerrada, en un empaste con la orquesta de muchos quilates, siendo Pablo González artífice de ese equilibrio y sonoridad celestial.

Leía en algunas críticas que la puesta en escena resultó minimalista, cierto pero creíble, sin barbaridades y donde la luz ayudó a hacer creíbles los tres actos, con plataformas recordando nenúfares, escaleras con planos paralelos a la emotividad del momento y que sonaban percusivamente al caminar los cantantes sobre ellas por la cercanía de los micrófonos. Incluso la urna transparente y hasta la bandera estadounidense dieron mucho juego, así como un vestuario algo desigual (algunos de los kimonos, especialmente el primero de Cio Cio San era bellísimo, los trajes muy “clásicos” y el uniforme más del ejército del aire que la marina, aunque bien en percha) y el esperado para esta ópera. Los primeros planos descubrieron poco maquillaje en la Butterfly que con más “carga” hubiese dado mejor en la pantalla, pero como suelo decir para los montajes, “no crujió” ni desvió el espíritu japonés.

Volver a destacar el peso del director asturiano capaz de armar toda la función con sutiles intervenciones orquestales, tiempos marcados a menudo por los solistas, especialmente la soprano, y logrando una sonoridad pucciniana algo menguada para una formación que esta vez cumplió sobradamente, acompañando, subrayando y coprotagonizando una acción de todos conocida.

El viernes estaré en el teatro para repetir con el segundo reparto, pero ya lo contaremos al día siguiente. El directo siempre es irrepetible…

Descafeinado académico

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Martes 18 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Stefan Stroissnig (piano), Württembergische Philharmonic Reutlingen, Ola Rudner (director). Obras de Schubert, Beethoven y Brahms.

Como si bebiese directamente de la fuente así esperaba a esta orquesta alemana con un programa de los que suponemos corren por sus venas, uniendo un director solvente y un pianista prometedor. Pero la consabida precisión germana y el sonido potente siempre enérgico al que estamos acostumbrados, se quedó algo descafeinado, formación algo descompensada en la cuerda grave, pese a la colocación vienesa con los contrabajos detrás de los violines segundos. Tampoco destacó ninguna sección en especiales, teniendo errores varios a lo largo del concierto, desajustes impensables y hasta cierta asincronía pese al esfuerzo de una dirección clara y muy académica por parte del maestro sueco que no siempre tuvo respuesta en la orquesta de la que es titular.

La Obertura “Fierrebras”, D796 (Schubert) mostró maneras, parecía presagiar una tarde cálida programada en torno a Beethoven, el centro de importancia sobre el que pivotarían primero ese operístico Schubert y posteriormente Brahms, pero fue un espejismo. La interpretación resultó ceñida a la partitura sin poner ningún ingrediente extra, tal vez por esa frialdad más del clima que del carácter musical, mimbres había pero faltó entrega. Cuerda poco incisiva aunque empastada, trompas cálidas, maderas ajustadas, timbales mandando al fondo para un resultado solamente honesto.

El Concierto nº 4 en sol mayor, op. 58 (Beethoven) traía al joven vienés Stroissnig de solista, arrancando en solitario el Allegro moderato, marcando pulsación que debería continuar la orquesta, pero nuevamente hubo poco entendimiento y menos entrega para una partitura conocida que da mucho de sí. El pianista se mostró impecable pero poco preciso y nada entregado, sonoridad limpia, interpretación sincera y ceñida a lo escrito por el genio de Bonn aunque carente de la fuerza que debemos suponer. La cadencia pareció tener algo más de carnaza, siendo más cercana a las sonatas que a la línea temática de este primer movimiento, por otra parte finalizando en poca sincronía con la orquesta a pesar del esfuerzo del director sueco. El Andante con moto tampoco enderezó el rumbo ni puso más carne en el fuego, adoleciendo de la misma asepsia que contagiaría al Rondo vivace, un poco más ajustado entre solista y orquesta con otra cadencia muy lineal, sincera y honesta pero carente de emoción desde una técnica nada epatante ni un sonido poderoso frente a una orquesta algo “menguada” como apuntaba al inicio, aunque el pianista vienés mostró seguridad y claridad en su discurso. Lástima que los caminos de este concierto no concurriesen en uno, menos apolíneo que dionisíaco que apuntaba uno de mis compañeros de butaca.

Como si el vienés quisiera resarcirnos del mal sabor de boca o la falta de azúcar, nos hizo un auténtico regalo schubertiano para cargar la taza, el Impromptu D 899 nº 4 (op. 90) en la bemol mayor: Allegretto, donde pudo demostrar todo lo delineado en Beethoven: limpieza, sonido claro, fraseos con rubatos y musicalidad romántica.

De la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 de Brahms no me gustó casi nada, la elección de tiempos algo distintos de los habituales buscando un mayor contrate que tampoco logró unidad en una interpretación donde los músicos parecieron limitarse a tocar lo escrito, y no siempre bien, aceptando órdenes más por disciplina y profesionalidad que por convencimiento. Un poco sostenuto-Allegro fue en agógica demasiado opuesto y contrastado, el Andante sostenuto pareció centrarlo todo más en lo esperable del compositor hamburgués, pero un espejismo, Un poco allegretto e grazioso no transmitió angustias ni poderío en ninguna sección ni tema, desembocando en el Adagio-Allegro non troppo, ma con brio demasiado contenido y cuadriculado, sin concesiones a la galería y no apretando lo suficiente desde el podio, milimetrado, poco emocionante y exageradamente “académico”, reconociendo la complejidad de aportar algo distinto a una obra con demasiada miga como esta primera que cerraría círculo beethoveniano.

De nada me sirvieron las dos propinas, algo más “cargadas” pero manteniendo poca cafeína, una formación diríase normal que debería hacernos valorar más lo que tenemos en casa. Alemania es muy grande por lo que tiene, como en España, mucha oferta pero no toda de la misma calidad. El repertorio conocido resulta todavía más exigente para intentar traspasar esa delgada línea hacia la excelencia, y esta vez esperaba un buen tueste para un café de calidad, pero hubo algo de achicoria y además mezclado para quedarse descafeinado total… pero muy académico.

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