Inicio

Schumann y Falla con el Mediterráneo

Deja un comentario

Viernes 28 de julio, 22:30 horas. Castillo de Bil-Bil, Benalmádena. Recital lírico de canto y piano “Cultura en la calle”: José Manuel Montero (tenor), Aurelio Viribay (piano). Obras de Schumann, F. Alonso y Falla.

El verano supone para muchos artistas trabajo que el público siempre agradece, con escenarios distintos a los habituales como en el caso de Benalmádena que con el Mediterráneo y el Castillo de Bil-Bil de telón de fondo traía este último viernes de julio una música aparentemente poco popular como el mundo del “lied” romántico y que el año pasado funcionó, por lo que repetir no era correr riesgos y a la vista de la ocupación de todas las sillas, más abundante público de pie, la fórmula volvió a resultar acertada, en buena parte por la calidad de unos intérpretes que se han puesto como objetivo dar a conocer la música vocal de salón, los grandes compositores de la canción con piano donde los españoles deben estar a la misma altura que los germanos, como pudimos volver a comprobar.

El ciclo de canciones Liederkreis, op. 39 de R. Schumann y textos de von Eichendorff (1788 – 1857) no están entre los más escuchados, si bien de los dos ciclos, nueve temas con textos de Heine los opus 24 menos que los doce del segundo que pudimos disfrutar al aire libre y con amplificación cuidada, más transitados a lo largo de los años, teniéndolos en mi discoteca nada menos que por el irrepetible barítono Fischer-Dieskau.
El piano poniendo la música sin palabras en equilibrio a la poética del canto, diálogos con el trasfondo tan romántico de la naturaleza, el desamor, la paz y el dolor con momentos íntimos, poderosos y la belleza imponente de la naturaleza en comunión piano y tenor para esos microrrelatos románticos y puros. Títulos que parecían describir el propio entorno de esta noche de verano mediterráneo: La quietud, En un castillo, En la lejanía, Melancolía, con la dicción germana perfecta de José Manuel Montero y color dramático capaz de alcanzar sin problemas el amplio registro de este ciclo, más el piano maestro de Aurelio Viribay, un tándem de muchos quilates. La docena de poemas con música fueron desgranándose con todo el sentimiento que los textos requerían (lástima no poder ir leyéndolos) y un público que aplaudía cada uno sin esperar el resultado global, óptimo sin lugar a dudas.

El piano solo necesario para un leve descanso vocal (y un cambio de camisa) vino con un “desconocido” Francisco Alonso y una poco frecuente Mi adiós a Granada de hondura en fraseo evocado por ese folclore único que el maestro Viribay siempre eleva la llamada música de salón al Olimpo de Orfeo, el recuerdo nostálgico del granadino en el Madrid que le daría la fama.

Las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla resultaron perfecto complemento y enaltecimiento de nuestro lied hispano, textos y estampas bien combinadas de tiempo, sentimientos y fragor con una articulación de excelencia en Montero y el piano coprotagonista de Viribay, enamorando a propios y extraños. Siempre emocionante y admirable cómo el compositor gaditano elevó las canciones populares al nivel clásico equiparable a los germanos Schubert, Wolf, R. Strauss Mahler y engrosando un “corpus” donde también estarán Granados, Toldrá, Obradors o Turina por recordar algunos de los nuestros. Por emociones me quedo con la Asturiana y el siempre exigente Polo que Montero-Viribay dejaron siempre en todo lo alto, claros y precisos de inicio a final, tal vez con un piano amplificado algo inferior al necesario para saborear todo lo escrito y la voz ligera con cuerpo y presencia más que suficiente para bajar un par de puntos los “fader”.

De regalo nada menos que un par, dos mundos en uno: el recuerdo de Granados y su Andaluza (la Danza española nº 5 compuesta para piano sin letra y popularizada por tantos cantantes de todos los estilos), casi leyendo mi mente sobre los hispanos, para rematar con el gran R. StraussDevoción, la que yo siento por esta pareja de intérpretes cerrando un círculo virtuoso hispano-alemán en el mismo plano de calidad y calidez.
Quien no apuesta no arriesga y bien por la cultura en la calle del Ayuntamiento de Benalmádena que ya sabido apostar por una música que aún no tiene el hueco merecido ni siquiera en los escenarios habituales.

Anuncios

No solo París

2 comentarios

Viernes 28 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Relatos II”: Abono 11 OSPA, Antonio Galera (piano), Rubén Gimeno (director). Obras de Debussy, Falla, Milhaud y Stravinsky.

Israel López Estelche, autor de las notas al programa que dejo como siempre enlazadas en los autores al principio, nos hablaba en su conferencia previa al concierto lo bien que saben vender los franceses hasta lo que no es suyo, si bien debemos reconocerles sus múltiples aportaciones desde un chauvinismo reconocido que incluso parece darles el sello de calidad. Francia ha sido modelo a seguir podríamos decir que desde la Revolución Francesa, con un laicismo envidiable, tomando lo mejor de otros para terminar haciéndolo suyo, algo que los españoles deberíamos imitar perdiendo un complejo de inferioridad que nos ha lastrado siglos.

El undécimo programa de abono tenía como denominador común el París del cambio de siglo, los albores de las vanguardias con todo lo que supuso para la historia de la música en los cuatro compositores elegidos, y cómo hacer confluir todas las artes en la ciudad de la luz a la que acudieron como capital cultural del momento.

Debussy (1862-1918) creará un lenguaje basado en la antítesis, el amor-odio hacia lo germano (siempre Wagner en el punto de mira), un impresionismo que marcará un punto y aparte del que el empresario ruso Sergei Diaghilev beberá precisamente de los músicos “parisinos” de este concierto para sus famosos ballets rusos, devolviendo a Francia el esplendor de la danza. El Preludio a la siesta de un fauno (1892-1894) será una de las páginas rompedoras del fin de siglo con un Nijinsky en estado puro para bailar una obra de la que Mallarmé, en quien se basa, llegó a decir que “la música prolonga la emoción de mi poema y evoca la escena de manera más vívida que cualquier color”. Música y color “debussiano” bien entendido por Rubén Gimeno y la OSPA (entrevistado en OSPATV), con Peter Pearse en la flauta solista mientras sus compañeros pintaban esas brumas calurosas que invitan al sopor pero con la sonoridad adecuada para calentar motores ante un programa con mucho ritmo más allá de la danza, delicadeza llena de sutiles sonoridades.

Manuel de Falla (1876-1944), nuestro compositor más internacional, llegará a París en 1907 casi obligado no ya por su inconformismo y búsqueda de nuevos lenguajes sino también por la incomprensión y el maltrato de los críticos españoles, madrileños sobre todo, compatriotas que desde Napoleón siempre hemos visto a los ilustrados despectivamente, los “afrancesados” que como todo en la vida, no todo resulta malo. Musicalmente el gaditano necesitaba poner tierra por medio y cruzar los Pirineos para llevar lo español al país vecino que siempre admiraron nuestro exotismo de Despeñaperros para abajo. En París también contactaría con Diaghilev, a quien Falla ayudaría a engrandecer sus espectáculos, también con Debussy y Ravel, tan cercanos y presentes incluso como modelo para las Noches en los jardines de España (1909-1916) que contaron con Antonio Galera (entrevistado en OSPATV) de solista. La visión de Granada desde Francia con la óptica universal del español utilizando nuevos recursos, no el concierto para piano y orquesta sino más bien con ella, uniendo y entendiendo la sonoridad completa, el juego tímbrico y la mezcla de texturas partiendo de una combinación conocida pero cocinada desde la mal llamada modernidad. El director valenciano Rubén Gimeno es un gran concertador lo que se notó en los balances y adecuación con el piano de Galera, En el Generalife con virtuosismo del solista que encontró el acomodo ideal, casi suspensivo de la orquesta, sin excesos de presencias, dejando que lo escrito sonase. La Danza lejana aportó el ritmo y el empuje, la música de danza tan española y sin folclorismos, lo que será “marca Falla” o si se quiere ibérica (como también Albéniz), puede que poco presente en cuanto a volúmenes pero profunda en sentimiento, cante jondo en el piano respondido por la orquesta desde un rubato cómplice por parte de todos en un enfoque intimista del solista al que podríamos pedirle lo que los flamencos llaman “pellizco”, antes de enlazar con En los jardines de la sierra de Córdoba donde la pasión la puso el valenciano Gimeno y la orquesta asturiana, explosión sonora para una de las páginas señeras del gaditano.

La propina mantuvo el intimismo, el piano interior y delicado como así entendió el pianista valenciano a nuestro Falla, con su Canción, marca propia inspiradora de generaciones posteriores.

La eclosión de la danza vendría en la segunda parte con los viajes de ida y vuelta, un francés tras pasar por Brasil y el ruso triunfador en París que influye igualmente en el primero. Darius Milhaud (1892-1946) compone su ballet El buey sobre el tejado, op. 58 (1919) tras su estancia brasileña en la que se empapará de los ritmos y cantos populares, bien descrito en las notas de López Estelche: «orquestación, sencilla y directa, con una influencia directa del music-hall, que busca, en este caso, huir de la complejidad textural de sus predecesores impresionistas. En lugar de ello, hace primar, de manera soberbia la rítmica sincopada que caracteriza la obra, y que la hace tan dinámica, divertida, pero exigente a la vez; aludiendo a la precisión como obligación, no como opción. Aquí se cumple la norma de la frase de Ravel “mi música se toca, no se interpreta”». Dificultades interpretativas que radican precisamente en los complejos cambios de ritmo donde la percusión manda pero que la orquesta al completo debe plegarse a la batuta para encajar esta locura de cambios continuos antes del rondó con el tema recurrente. Gimeno se mostró claro en el gesto para sacar lo mejor de esta obra de Milhaud agradecida, bien ejecutada por todas las secciones aunque pecando de ciertos excesos sonoros que empañaron la limpieza de líneas que en la politonalidad no tienen porqué solaparse, aunque en el entorno del concierto pudo parecer normal ante esa búsqueda de texturas y colores que sí se alcanzaron.

Y nuevamente nos encontramos este concierto con Diaghilev puesto que Igor Stravinsky (1882-1971) sería el verdadero revulsivo. De sus ballets escuchamos la revisión de 1919 de su suite El pájaro de fuego (1909-1910) en una interpretación compacta, potente, luminosa, rebosante y por momentos explosiva. Los cinco números no dieron momento para el solaz, ni siquiera la Canción de cuna, puesto que se mantuvo la tensión necesaria para mantener esa unidad desde la calidad que los músicos de la OSPA atesoran, en buen entendimiento con un Rubén Gimeno dejando fluir las melodías del ruso “rompedor” en su momento. Exotismo y orientalismo junto a lo más avanzado de la música francesa (siempre nos quedará París) y un virtuosismo orquestal de combinaciones inesperadas, rebosantes, colorísticas junto a ritmos vibrantes con la percusión protagonista, la cuerda sedosa y los metales quemando literalmente para dibujar musicalmente un cuento hecho orquesta. Perfecto colofón a una velada de danza con aromas franceses como elemento aglutinante de estos “relatos”, el Finale (que también sonará en el próximo “Link Up” dentro de quince días con Carlos Garcés a la batuta) llevándonos este concierto a una verdadera fiesta musical de las que uno sale optimista y con ganas de vivir. Buena batuta para una orquesta madura que tiene en la música de ballet un referente.

Amorós: contención y explosión

Deja un comentario

Miércoles 4 de noviembre, 20:30 horas. Teatro Jovellanos, Filarmónica de Gijón, recital de piano: Pablo Amorós. Obras de Schubert, Chopin, Granados y Falla. Entrada: 18 €.
Las sociedades filarmónicas siguen siendo la base de toda formación musical y el lugar idóneo para iniciarse en la llamada música de cámara, de la que el piano es probablemente el instrumento principal, no solo para melómanos o aficionados sino para los propios músicos en unos momentos donde la contratación es difícil y darse a conocer en vivo una verdadera odisea.

En esta temporada 2015-16 serán varios intérpretes los que pasen por el escenario del coliseo gijonés, llegando desde Córdoba el joven Pablo Amorós con un programa del que habló el día anterior invitado por el Taller de Músicos que mantiene colaboración con la sociedad local, acercando al público los concertistas que dan a conocer esos detalles ayudando a comprender y entender mejor su profesión. Parte de los asistentes aplaudían el poder escuchar obras de música española, que tristemente sigue teniendo más reconocimiento fuera de nuestra tierra como el propio Amorós ha hecho en EE.UU. por citar una de sus giras. Puede ser coincidencia que los dos elegidos para hoy falleciesen fuera de España.

Este miércoles la primera parte estuvo ocupada por dos compositores que no deben faltar en el repertorio de un pianista: Schubert con su Impromtu op. 90 nº 2 que resulta difícil para abrir boca, donde el músico cordobés mostró una de sus cualidades, la elegancia, dibujando con verdadera delicadeza todos los cromatismos sin perder las melodías, elección de aire no muy agitado, con una mano izquierda nunca ofensiva, más bien pinceladas como si de una obra vocal se tratase, y sobre todo el grueso de esta parte que recayó en Chopin, del que Amorós parece tenerle tomado su pulso desde una lectura interior, introspectiva, contenida, sin arrebatos, delicada a más no poder como en los dos nocturnos opus 27 número 1, mano izquierda de brumas y derecha luminosa, pausado para degustar el intimismo, y el número 2, posado y no pesante. Pero sobre todo en las dos baladas, la nº 3 op. 47 diseñada desde la sonoridad buscada con los fuertes contenidos y el ritmo marcado, más la nº 4 op. 52, el intimismo de la mal entendida “música de salón” donde la fuerza nunca es explosiva ni desgarradora, más bien contenida como el propio corazón del compositor polaco, dibujos delicados, casi abocetados con los toques de color en el momento justo, de “rubato” nada exagerado y siempre oportuno, todo ello trabajado desde una sonoridad aterciopelada, sonido cercano aunque capaz de llenar todo el teatro. Si los referentes del cordobés son Horowitz o Rubinstein parece claro que también quiere aportar su interpretación, la tensión necesaria y en el momento preciso capaz de arrancar indebidamente los aplausos como si acumular emociones necesitase soltarlas de golpe. No en vano la biografía del programa dice textualmente: “Un simple “nocturno” de Chopin en las manos de Amorós consigue conmover a muchos de sus oyentes”, conmoción romántica entendida desde lo apolíneo y la pasión sin amaneramientos.

Hay que seguir reconociendo, interpretando y escuchando a nuestros grandes porque tanto Granados como Falla lo son. El españolismo universal bien entendido como cultura sin patrioterismos, el que bebe de las fuentes populares con distinto sello y formación pasadas por la genialidad de los compositores, la visión catalana y “afrancesada” del sur que propone Don Enrique  en sus “Danzas españolas” de las que Amorós eligió la “Oriental” (nº 2) y la popular “Andaluza” (nº 5) pero sobre todo los “Valses poéticos” con referencias parisinas y chopinianas en inspiración y color, de nuevo elegancia más contención pero con “duende”, andaluz que se nace y no se pace.

Pero punto y aparte resultó Falla (que no falla) como el gaditano capaz de diferenciar toda la región, las distintas provincias de la que Granada marcaría su obra, y sobre todo la Sevilla inspiradora de tantos músicos. La “Serenata Andaluza” comenzó a despeinar el talento del cordobés como traduciendo dede las fuentes lo que Don Manuel captó como nadie, las melodías cristalinas como las fuentes del Generalife o la mezquita cordobesa que tantas veces habrá imaginado el pianista. La explosión necesaria tras la contención llegaría con la “Fantasía Bética“, geografía sonora de una tierra de contrastes donde lo flamenco es solamente disculpa para demostrar el dominio de la escritura pianística del fallecido en la Córdoba argentina y compuesta por encargo del virtuoso Arthur Rubinstein, verdadera fantasía para 88 teclas, cascada de color y ritmo, capaz de transmitir el taconeo y el rasgueo, verdaderos jirones del alma hechos música en el piano del cordobés intérprete, desmelenado, fogoso, encogido para sentir una guitarra de teclas dando rienda suelta al despliegue sonoro casi prohibido en la primera parte. Y como en los grandes momentos aquéllo tuvo “pellizco”.

Serán leyendas urbanas pero nadie mejor que los intérpretes españoles para entender, sentir y transmitir nuestra música. Los grandes maestros de Pablo Amorós han sido referentes, especialmente Alicia de Larrocha y Joaquín Achúcarro, dominadores del piano romántico pero modelos en la música española capaz de compartir programa con Chopin y Schubert sin complejos y sin necesidad de traducción. Habrá que seguir de cerca la trayectoria de este cordobés, digno alumno de nuestros grandes intérpretes y compositores.

Malestar pero nada grave

Deja un comentario

Martes 4 de agosto, 20:00 horas. Claustro Museo Arqueológico de Asturias: Festival de Verano Oviedo 2015: Manuel Ballesteros Taboada (contrabajo) e Irina Palazhchenko (piano). Obras de Granados, Falla, G. Bottesini, Chopin, Pere Valls y Piazzolla. Entrada libre.

Nuevo lleno en el Arqueológico para escuchar una propuesta original, por lo inusual, aunque me dejase cierto malestar por conocer al solista desde hace muchos años, sabedor de su enorme carrera y trabajo tanto de solista como de profesor de contrabajo, un músico integral capaz de acercarse a todo tipo de repertorios, pero que esta vez no pareció acertar (con) la compañía, pese a los años juntos, ni tampoco con el programa, habiendo como hay repertorio propio en vez de optar por algunas “adaptaciones vocales” y arreglos donde el registro potente y grave resultó poco cantabile, peor aún si además tiene una amplificación añadida cuando la acústica del Claustro hubiese sido más que suficiente.

El contrabajo no es instrumento solista habitual aunque existan intentos a lo largo de la historia en escribir para él, con verdaderas joyas específicas (al menos escuchamos alguna) más allá de su importancia en la música de cámara o la sinfónica, incluso imprescindible en el jazz y mucha música folklórica, repertorios todos en los que Manuel se desenvuelve sin problemas. Pero es difícil casar su color y afinación con el piano (quienes conocen del tema saben el problema), que además casi nunca estuvo a la altura esperada para una concertista especializada precisamente en acompañar. Noté a disgusto al asturiano, al menos fue mi percepción ya desde el principio del concierto, fraseos poco claros, cambios de octava bruscos, arcos poco ligero y sobre todo la falta de entendimiento con el piano, limitándose diría más a tocar que a interpretar en detrimento de un disfrute por falta de ambos que pienso se transmitió al público. Había mucha música en todas las partituras pero sólo nos llegó una mínima parte, verdadera lástima y cierta amargura por mi parte.

El arreglo para cello y piano del Intermezzo de “Goyescas” (Granados) realizado por Gaspar Cassadó, esta vez con contrabajo, sirvió para calentar motores, claro que intentar reducir el hilo de seda orquestal a la cuerda del contrabajo con acompañamiento de piano es tarea más que ingrata. Reconocible la melodía es decir lo mínimo que podríamos esperar, como podríamos aplicar a las siete “Canciones populares españolas” de Falla, que conocemos de memoria tanto en sus versiones originales para piano y voz (habitualmente soprano / mezzo o tenor) pero también en arreglo con guitarra o adaptaciones para violín, viola o cello, hoy también para contrabajo (creo que en arreglo del maestro vienés Ludwig Streicher) que obliga a esforzarse todavía más para alcanzar el fraseo y tesitura humana que sus hermanos mayores tienen más fácil. Tres de ellas escuchamos en este original dúoEl paño moruno resultó de lágrimas, carece de la agilidad original por mucho que el intérprete intente el fraseo humano doblado incluso con el instrumental del piano; la Asturiana (nada que ver con la “Asturianada” del programa, supongo que deslices de la tierra) intenta consolar y así pareció sentirla Manuel pero el instrumento es poco agradecido y hubo momentos de auténtico gemido más que enamoramieneto; y la siempre comprometida Jota no tuvo nada de bailable, un piano “despojado de notas” añadidas al contrabajo que compensó con todo el sentimiento máximo (casi maño) el desequilibrio casi angustioso, siendo mejor el cambio a la octava aguda, más “humano”.

El virtuoso Bottesini cual Paganini o Sarasate del contrabajo ha sido uno de los mayores defensores de su instrumento, intentando auparle a lo máximo en las salas de concierto y auténtico compositor para privilegiados que son el terror de estudiantes de futuros atriles ante obras que les exigen unas cotas de técnica necesarias. Así escribió su Fantasía de “Lucía de Lammermoor” de locura total en la línea de la fama operística que llegaba a los salones europeos en versiones instrumentales para lucimiento de los músicos de arco. Ballesteros tuvo que lidiar con partitura y pianista, dificultades resueltas de manera desigual, especialmente en los agudos y armónicos, nunca en su sitio, necesitando más “legato” aunque reconociendo la dificultad extrema de esta partitura que tarareaba mentalmente mientras la escuchaba, variaciones diabólicas en un original virtuoso de inspiración belcantista que no tuvo el necesario contrapunto del acompañamiento, siempre mejorable. Original e inusual propuesta de dúo desacertada velada en el terreno interpretativo pese a las buenas intenciones del profesor Manuel Ballesteros.

Para dar descanso al contrabajista tras el esfuerzo titánico y retocar afinaciones, la pianista rusa optó nada menos que la Polonesa en la bemol mayor, op. 53 de Chopin, ignorando el porqué de esta elección a la vista de cómo resultó, “patética” en vez de “heroica”, para olvidar en un día nada inspirado y pienso que extraño para una profesional de la que esperaba más, perdiéndose, comiéndose notas, intentando compensarlo más con la intención de un rubato por otra parte nada sentido, que con la ejecución, literal.

Volvimos a escuchar música original para esta formación, precisamente de un alumno de Bottesini, el catalán Pere Valls, profesor de contrabajo al que incluso Casals le estrenó su “Romanza” en transcripción para cello, quien compone la Suite Andaluza (1918) como sus contemporáneos españoles sumergidos en pleno nacionalismo musical, hoy suprimida del programa la Saeta pero escuchando el resto: una emocionada y sentida Serenata con más cuerda que tecla, un Polo gitano de inspiración similar a nuestro ibérico Albéniz que adoleció del “pellizco”, sin el ritmo contagioso, y finalmente el siempre agradecido y pegadizo Zapateado, casi como el de mi tocayo navarro que al menos no dañó calzado ajeno aunque se quedase cojo por no bailar o entender lo mismo solista y acompañante. Seguí haciéndome cruces y preguntándome la causa de este desaguisado, máxime en una obra que el dúo tiene más que trabajada, pero no hay dos días iguales y el directo tiene estas cosas.

Del Gran tango de Piazzolla me costó descubrir su magnitud y verdadera grandeza, sentir ese ritmo porteño que no resultó baile pese al intento de Manuel, quien realizó todo un esfuerzo para “convertir” en cello su contrabajo y poder brillar sin resultar pisado por Irina, una verdadera lástima por la divergencia y falta de entendimiento entre dos profesores reconocidos que hubiesen conseguido una verdadera (re)interpretación. Dejo arriba un vídeo de ambos intérpretes con la misma, obra, que sin dejarme las mismas sensaciones del claustro, tampoco resulta muy diferente en cuanto a emociones.

Y como existe una parte del público poco entrenado a los conciertos, desconoce las mínimas normas de cortesía o las costumbres (no siempre cumplidas) de esperar que los concertistas no regresen al escenario para saber que ya ha finalizado. Hubo propina mientras salían delante de mis narices, interrumpiendo, haciendo ruido sin esperar e impidiendo que escuchase la propina de aire español. Ni siquiera la megafonía pudo compensar mi intento de agudizar el odio, pero es lo que tiene.

La crítica para La Nueva España ya está enviada con un título distinto al de esta entrada y las limitaciones de espacio habituales de la prensa escrita, algo que desde aquí no supone hándicap alguno además de la posibilidad de enlazar obras, autores, versiones… Supongo salga el próximo jueves 6 donde volveremos al Arqueológico para otro concierto de este ciclo veraniego carbayón, esperando un buen día para los músicos.

Beatriz Díaz, esperando a Mimì

Deja un comentario

Miércoles 8 de octubre, 20:00 horas. Gijón, Teatro Jovellanos: Sociedad Filarmónica, primer concierto de la temporada: Beatriz Díaz (soprano), Julio Alexis Muñoz (piano). Gala lírica de canción española, zarzuela, opereta y ópera. Precio no socios: 18€ (+1€ de gastos en Tiquexpress).

Siempre es un placer escuchar a nuestra soprano más internacional, y más en casa, donde aún sigue sin ser profeta para desgracia de la legión de seguidores que mueve, como así quedó demostrado con la excelente entrada que mostró el coliseo gijonés en colaboración con la Sociedad Filarmónica local para esta inauguración de temporada y acuerdo, posibilitando la asistencia de no abonados. Personalmente mi agradecimiento por esta feliz idea.

Dejo el programa y las notas aquí porque será imposible detallar cada una de las partituras que Beatriz Díaz desgranó con el excelente pianista canario Julio Alexis Muñoz, seguridad y colaboración necesarias para redondear una noche plagada de emociones por parte de intérpretes y respetable.

La soprano allerana se mostró espléndida en el amplio sentido de la palabra: dándolo todo como en ella es habitual, lo que la hace grandísima artista, con dos vestidos, uno para cada parte como se espera de las figuras, y en un momento vocal más que esplendoroso, de total madurez. No se presentó en Gijón para un recital cualquiera sino de muchos quilates, similar al de hace un año que colgó el cartel de “Sold Out” en Tokio, dejándose jirones del alma en cada obra, interpretación vocal y gestual haciendo un derroche físico y anímico para poder pasar de un personaje a otro y volver a enamorarnos en cada uno de ellos.

Abrir con las Siete canciones populares de Falla es muestra de su poderío actual, cantar con gusto El paño moruno, intimar con la Asturiana tan cercana, desparpajo de la Seguidilla murciana o la Jota, adormecer con una Nana susurrada y rematar con la Canción y El Polo donde el piano, siempre con la tapa abierta, compartió emociones. Qué decir de esas otras maravilla de canciones: Del cabello más sutil (Obradors), sutileza en la línea de canto, matices increíbles con una dinámica amplia y un registro siempre homogéneo, o los Cantares (Poema en forma de canciones) de J. Turina, catálogo de sabiduría interpretativa incluso en las vocalizaciones sin olvidar nunca la raíz popular desde unas obras dignas del género liederístico más reconocidas fuera de la piel de toro. El pianista canario dominador de este repertorio, fue la pareja interpretativa perfecta.

Breve pausa para volver con un mantón de Manila y enfrascarnos con las romanzas de zarzuela exigentes a cual más, actriz en cada gesto y cantante con mayúsculas de principio a fin: la “Canción de Paloma” de El barberillo de Lavapiés (Barbieri) exigente para piano por la reducción orquestal realmente endiablada y vocalmente otro tanto, la “Romanza de Roseta” de La labradora (L. Magenti), probablemente lo mejor escrito del valenciano y que nos puso el alma en vilo, y finalizar por “Petenera” de La marchenera de Moreno Torroba, que escuchándolas en voces como la de Beatriz Díaz, revalorizan siempre este género tan nuestro que parece comenzar una nueva etapa.

Si la primera parte resultó dura, la segunda sería demoledora y apta solo para una soprano dúctil, trabajadora, autoexigente y profesional, metiéndose en cada personaje de las siete arias, a cual más difícil, vocalmente como si se tragase dos óperas seguidas y en distintos idiomas: alemán, francés e italiano. “Glück, das mir verlieb” de Die tote stadt (Korngold) me descubrió colores que no conocía en esta “Canción de Marietta”, técnicamente perfecta y volcada sentimentalmente con esa nostalgia del amor que se apaga. Contraste anímico en el breve espacio de una a otra con el lied de Vilja de La viuda alegre -“Die lustige witwe“- de Lehar, lo más conocido de esta opereta tan cercana a nuestros cuplés donde pianista y soprano se entendieron a la perfección para dibujar mentalmente el ambiente de salón.

Vendrían después tres arias francesas que Beatriz Díaz ya ha hecho suyas: “Adieu notre petite table” de Manon (Massenet), emocionándonos todos por su belleza en el canto, su entrega, subrayando todo lo que la partitura indica para recrearlo; un respiro de sentimientos para la conocida “aria de las joyas” de Faust (Gounod), imaginándonos la escena con escucharla y quedarnos hipnotizados en cada gesto, para volver a acongojarnos con otra recreación de Adriana Lecouvreur (Cilea) y su “Io son l’umile ancella“, ampliando repertorios con buen criterio vocal, ensanchando no solo voz o registro sino personajes que la de Bóo se cree de principio a fin.

Y si hay un compositor con el que Beatriz Díaz parece de otra galaxia es Puccini, dos óperas que han disfrutado muchos públicos no precisamente cercanos: “O mio babbino caro” de Gianni Schicchi que con piano resulta aún más indescriptible, y sobre todo “Mi chiamano Mimì” de La Bohème, un rol que sigue esperando pero no puede tardar mucho porque Musetta es el complemento y la tiene igualmente asumida, de hecho la propina primera fue el Vals, siempre un encanto (o unen canto). El público rendido a los pies de nuestra sopranísima tras el sobresfuerzo compensado con el cariño y la satisfacción del trabajo bien hecho. Todavía nos regaló El vito de Obradors para demostrar su apego a la tierra además del desparpajo escénico así como el fondo físico para cantar lo que nos cantó ¡y cómo!, siempre muy bien arropada por el maestro Muñoz al piano. Un portento de mujer a la que seguimos puntualmente. Gratitud infinita.

Milanov nos hace danzar

Deja un comentario

Sábado 24 de noviembre, 20:30 horas. Sala Argenta, Palacio de Festivales de Cantabria, Santander.  “Les ballets russes de Diaghilev”: Ginesa Ortega (cantaora), OSPA, Rossen Milanov (director); obras de Stravinsky y Falla.
Volvía Milanov al frente de la OSPA con un programa dedicado a dos músicas asociadas a la danza que Diaghilev promovió y coreografió para sus ballets rusos, llevadas al disco en Oviedo por estos intérpretes en los dos días anteriores, aunque Santander evitase las tensiones de una grabación que quedará para la posteridad con la suma del esfuerzo y cansancio del viaje hasta la capital cántabra y posterior retorno a casa.

No es habitual escuchar en concierto versiones completas de músicas para ballet, pero el titular de la OSPA tiene cierto renombre en este mundo del ballet y se preocupó en programar dos de los ballets rusos estrenados en nuestra vieja Europa, los de Falla y Stravinsky, más que antítesis complementarios tras la admiración del español por el ruso en un París ombligo del mundo.

Las notas al programa local de Ricardo Hontañón reflejan que “Petrouchka” (Stravinsky, revisión de 1947) es “un pelele… que exaspera la paciencia de la orquesta”, siempre rompedor en los pasajes que Diaguilev vió perfectos para el polichinela danzante, cuatro partes donde cada sección orquestal en conjunto y desde sus solistas, tendrá que pasar de lo grotesco a lo popular, del conjunto a la individualidad con exigencias muy duras. Milanov buscó todos los colores posibles para su orquesta, obra poliédrica con continuos cambios de rítmica, intensidades, tímbricas muy cuidadas, duras pero con aristas redondeadas, dúos y tríos camerísticos excelentes contrapuestos a tutti densos pero definidos. “La fiesta del martes de carnaval” abría y cerraba el espectacular tránsito del día a la noche carnal, las carnestolendas del desenfreno antes de la cuaresma en pleno noviembre cálido, con alguna ligera pifia fruto de labios muy machacados que no desentonó dentro del ambiente festivo, o mínimos desajustes finales en las entradas a tempo de la cuerda grave cual cojera polichinela desapercibida por la mayoría. Plantilla reforzada pero homogénea, solistas de primera en cada sección, sin olvidar celesta, piano y arpa ineludibles por protagonismos bien ejecutados, amén de la percusión acertadísima en dinámicas.

Manuel de Falla nos toca de cerca y parece que esté en nuestros genes. Escuchar el ballet completo “El sombrero de tres picos” es raro, habitualmente nos quedamos con algunas danzas sueltas, pero escuchar las intervenciones de la cantaora elegida, Ginesa Ortega, fiel al espíritu del cordobés enamorado de su tierra y su folklore, una exquisitez que tendremos en el disco. Abrir cada parte con el “quejío” puro de una voz entrenada en un Falla purista (como el de “El amor brujo”) es de agradecerle al responsable/s de la elección de solista y obra, versión cuidada al detalle, rica en sus dos partes, una primera que funciona como un “trailer” contenido de la segunda, delicadeza y suspense antes del desenfreno sin perder equilibrio por el que Milanov apostó. Velocidades pensadas para bailarlas sin tropezones, escucharlas casi masticándose, deleitarnos con cada intervención solista, todas y cada una de ellas que enamoraron al público cántabro, y “abriendo boca” siempre la Ginesa.
Me escapaba a tierra vecina para no perderme este concierto esperado desde que lo leí en la programación general de la OSPA, más sabiendo de su destino final en CD (aunque siempre defienda el directo como irrepetible). El viaje mereció la pena.

Foto: © Marta Barbón / OSPA

Risas musicales

1 comentario

Domingo 11 de noviembre, 19:30 horas. Auditorio Centro Niemeyer, Avilés. “PaGAGnini”, Producciones Yllana SL y Ara Malikian. Precio: 15€ + 1€ gestión (comprando en Tickexpress de CajAstur).

©Yllana S.L.

Esperando que el prestigio del Niemeyer vuelva al de los inicios, obviando intereses políticos capaces de destrozar todo lo que tocan, la programación es variada y original, al menos lo último, y llegaba a la Villa del Adelantado, tras más de 700 funciones en Madrid y recorriendo muchos kilómetros, el espectáculo coproducido por Yllana y Malikian, que como bien dicen en su presentación repasa algunos momentos cumbre de la música clásica fusionados con otros estilos musicales, consiguiendo un divertido y sorprendente Des-Concierto, con el que pretendemos reinventar la manera de concebir un recital, llegando al gran público que descubrirá en los pasajes musicales una mirada diferente y así resultó con una entrada rozando el lleno, agradeciendo a YouTube®, Buenafuente y también a nuestra televisión pública el aperitivo que siempre supone, aunque como el directo no haya nada.

Con la “disculpa” de la música, este amplio elenco más allá del cuarteto de cuerda, nos hicieron pasar hora y media de risa aderezada con la clásica de cámara sin arrogancias.

En primer lugar felicitar a todo el equipo técnico de sonido y luces impecable, ajustado siempre al cuarteto, porque la calidad sigue siendo de primera en este auditorio, sin olvidar la “voz en off” para un espectáculo diferente.

Los músicos, además de virtuosos, demuestran un estado físico increíble,-en especial al libanés de origen armenio y afincado en España hace años Ara Malikian (famoso entre la gente menuda por “El Club de Pizzicatto”) que parece de goma y a ratos “El Violinista sobre el tejado”, y por supuesto el humor gestual (eso es Yllana), sin palabras, irreverente y veterano sin chabacanerías, atemporal, donde la música es co-protagonista desde la salida a escena hasta el telón final.

El repertorio elegido, mayoritariamente conocido, la Suite de la Carmen de Bizet, un Boccherini dislocado, Falla acertado, el siempre recurrente Canon de Pachelbel, el guiño a la música “contemporánea” o el tango sin olvidar el heavy, la música country, el blues (qué armónica la de Ortiz junto al cajalín con escobillas de Clemente), Mozart a dos violines menos uno, y por supuesto el cierre caprichoso de Paganini transmutado a PAgagNINI en todo el concierto, sin olvidar la propina invernal de Vivaldi con pájaro loco desplumado…

Además de Malikian tenemos otros dos violines, el madrileño Eduardo Ortega que se marcó un sólo con el eléctrico y la pedalera de efectos realmente increíble, más el sustituto de Thomas Potiron en esta última formación, el sevillano también violista Fernando Clemente, cuya bis cómica arrancaba auténticas y sonoras carcajadas solo con su presencia. Mención aparte el pamplonés Gartxot Ortiz que saca del cello todo un abanico de sonoridades sin olvidar un contrabajoalto y su “arco espada” capaz de quedar clavado en el escenario, así como excelente heredero de Lucero Tena como solista de castañuelas en el “número danzado” de La Vida Breve de Falla. Dificultad añadida e incomodidad tener que tocar mucho tiempo de pie.

Los roles de los cuatro adecuados, con el divo Malikian comediando y comandando arropado por un trío delicioso.

©Yllana S.L.

La amplia presencia de niños con sus padres es reconfortante, así como la participación para el sexteto vanguardista de una pareja adolescente que dio mucho juego, “pelota sonora” y en especial “la chica del cencerro”, de la que Fernando quedó prendado para solaz de papás, abuelos y demás familias entre las que nos incluimos. Nos reímos todos de las normas desde ellas, lo serio y lo exageradamente solemne llega a ser cómico” (como afirma Ara Malikian). Humor y musical ¡qué más se puede pedir para una fría y lluviosa tarde de San Martín!