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Monteverdi divino

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Lunes 18 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Ian Bostridge (tenor), Europa Galante, Fabio Biondi (director). Obras de Castello, Monteverdi, Farina, Purcell y Frescobaldi.

Crítica para La Nueva España del miércoles 20, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Si el barroco tiene su propia primavera en la sala de cámara, se está haciendo hueco en la sala principal dentro de este ciclo de grandes conciertos, y volvían dos años después Fabio Biondi con su Europa Galante en un programa del Seicento italiano en el que brilló el tenor inglés Ian Bostridge con un “Divino Claudio” además de la licencia de su compatriota Purcell.

La formación de Biondi llegaba a Oviedo con un octeto suficiente para las obras elegidas, tanto instrumentales como vocales: dos violines, viola, cello, contrabajo, laúd, arpa y clave-órgano, de presencia y acústica suficiente al mover la caja escénica, y eficiencia en todos los instrumentistas que por momentos casi taparon la voz del británico. Sus intervenciones camerísticas tuvieron distintas calidades, más por lo escrito que lo tocado, pues siguen demostrando el dominio del repertorio italiano bien equilibrado y contrastado en dinámicas y tiempos.
Compositores poco conocidos como Dario Castello, de quien nos dejaron dos sonatas del Libro II (1629) alternando clave y órgano en forma típica en su época, junto al curioso Capriccio Stravaganzza a quatro (1627) de Carlo Farina, donde los instrumentos imitan sonidos de animales con técnicas muy expresivas a base de glisandos, pizicatos, trémolos o dobles cuerdas y los novedosos para entonces sul ponticello o col legno, juegos tímbricos donde los Galantes se mostraron solventes además de preciosistas.

Monteverdi sería el verdadero protagonista vocal con Ian Bostridge, primero Il combattimento di Tancredi e Clorinda (1624) originalmente para tres voces y seis instrumentos, aquí en versión de voz sola (con teléfono móvil al final) para la que el compositor exhorta al tenor “voz clara, firme, de buena dicción y bastante alejada de los instrumentos para que se entienda mejor su narración”. Continúa pidiendo “no hacer gorjeos ni trinos” salvo en las partes indicadas, todo al pie de la letra por parte del cantante inglés en el llamado stilo concitato donde la armonía imita lo enunciado, exigiendo una gama expresiva muy amplia en pos del texto, silábico y por momentos rapidísimo, casi un trabalenguas. Verdadera exhibición de gusto y dominio que mejoró en el último madrigal Tempro la Cetra, monodia acompañada por unos músicos curtidos en este repertorio, con el continuo sin necesidad de doblar cello y contrabajo, sólo éste con el clave, arpa y laúd en un cuarteto remarcando el texto, sobretitulado ayudando a comprender el esfuerzo y la dramatización exquisita del tenor.

El Purcell que abriría la segunda parte supuso salto de época y estilo pero más comodidad vocal pese a la posición casi encogida del cantante que recreó The Queen’s Epicedium (1695) con gran intimismo ayudado por la presencia únicamente del continuo.
Europa Galante puso a continuación su parte instrumental de Frescobaldi y sus Fiori Musicali, op. 12 (1635) con tres formas contrastadas utilizando el órgano para crear atmósferas barrocas por excelencia: Toccata, Bergamasca y Capriccio sopra la Girolmeta, antes de la cítara última de Il divino Claudio.
Buen “seicento” italiano, mejor cantado que instrumental, óptimos los dos ingleses (compositor y tenor) aunque Bach sea dios, verdadero regalo con el que nos elevaron al paraíso musical estos primorosos galantes europeos que también lo tienen grabado. Bendito barroco en Oviedo, “La Viena del Norte”.

Barroco al alza

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Lunes 18 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Ian Bostridge (tenor), Europa Galante, Fabio Biondi (director). Obras de Castello, Monteverdi, Farina, Purcell y Frescobaldi.

Reseña para La Nueva España del martes 19, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Si el barroco tiene Primavera propia también se agradece la creciente presencia en este ciclo trayendo figuras de la talla de Fabio Biondi y su Europa Galante que volvían dos años después a la Sala Principal, pantalla acústica ayudando, con un programa del Seicento para lucimiento instrumental en formato octeto compartido por el tenor inglés Ian Bostridge de color y dicción ideales cantando al “divino ClaudioMonteverdi como único narrador, verdadera dramatización de los textos. Tanto en “El combate” donde un móvil noqueó el final celeste de Tancredo y Clorinda, como en La Cetra el público, que casi llena el patio de butacas, disfrutó del Maestro y sus intérpretes. La licencia geográfica y temporal al compatriota Purcell sirvió para degustar la lengua materna del solista, siempre ayudados por sobretítulos, tan solo con el continuo (cello, arpa, laúd y clave) y canto doliente para “La Reina”.

Instrumentalmente, salvo el reconocido Frescobaldi de sus “Flores” que mantuvo el interés alto, unos menos escuchados Castello y Farina con su stravaganza animalesca dejaron contentos a todos con el buenhacer de esta Europa con calidades contrastadas por todos ellos más Biondi llevando de la mano y arco a sus galantes.
De propina Bach dio el salto al Paraíso musical.

San Miguel español

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Miércoles 13 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara, VI Primavera BarrocaConcerto 1700, Daniel Pinteño (director). Hernández Illana: Oratorio a San Miguel.

Crítica para La Nueva España del viernes 15, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Por sexto año vuelve la Primavera Barroca a Oviedo en colaboración con el CNDM que encargó esta recuperación histórica (reestrenada el martes en León) a cargo de Raúl Angulo desde la Asociación Ars Hispana y Daniel Pinteño, del Oratorio La Soberbia abatida por la humildad de San Miguel (1727), obra de un olvidado Francisco Hernández Illana (1700-1780) quien desarrolló su actividad profesional en varias capillas eclesiásticas como las catedralicias de Astorga y Burgos o el Colegio del Corpus Christi de Valencia.

Este oratorio parece continuar la tradición de los autos sacramentales del siglo XVIII que no es precisamente lo más apreciado de nuestra historia musical, siendo de agradecer tanto a Angulo como a Pinteño el esfuerzo por seguir rescatando estas “músicas mudas” de los archivos y acercarlas a un público que las valora y disfruta, volver a dar voz y armar una gran forma musical religiosa muy de moda durante el barroco aunque ésta todavía conserve rasgos de nuestro dorado renacimiento del que costó años despojarse.

Para ello se ha contado con las voces protagonistas de la soprano Aurora Peña, la mezzo Adriana Mayer, el contratenor Gabriel Díaz y el tenor Diego Blázquez, todas en tesituras algo graves producto supongo del diapasón historicista, algo más bajo que el actual, acompañados por una formación “ex profeso” para esta joya: Jacobo Díaz con un oboe que daría un colorido especial cercano por momentos al corneto, Víctor Martínez al violín necesario y complementario, Ester Domingo con un violonchelo seguro y redondo encabezando el continuo de Ismael Campanero, violone o contrabajo potente, Asís Márquez al órgano positivo al que le hubiese venido bien octavar en agudo, y Daniel Pinteño al primer violín y dirección, ejerciendo perfectamente en ambos cometidos.

Esta obra temprana del compositor burgalés se fue representando en sus destinos como maestro de capilla y con los instrumentos que tenía disponibles, y estilísticamente resulta original por unir la tradición española de coros «a cuatro» polifónicamente renacentistas en pleno barroco de bellísimos empastes con momentos a capella deliciosos, y la italiana de comienzos del XVIII con «arias da capo» brillantes tanto en escritura como en interpretación a lo largo de la partitura, teniendo cada voz sus correspondientes recitativos y arias solistas o a dúo.

Oratorio en dos partes conservado en la Congregación de San Felipe Neri de Palma de Mallorca se inicia cada una de ellas con una “Sinfonía” en dos movimientos rápido-lento para esa formación instrumental más los cuatro personajes que van sucediéndose en combinaciones de coros, recitados, arias o los “estribillos a cuatro” tan hispanos. El rebelde Luzbel de Blázquez resultó de factura ideal aunque grave, casi para barítono, especialmente en los números 10 y 11 lentos, dialogados con Pinteño de complemento perfecto, mejorando en cada intervención para “el ángel caído” y contrastando con su otra intervención más ligera y acompañada del “tutti” en los 27 y 28 de la segunda parte; San Miguel defensor del orden corrió a cargo de Gabriel Díaz, si bien tener un/a contralto hubiese redondeado un cuarteto vocal más compacto y homogéneo, de registro agudo cómodo y color brillante para un contratenor, más dos tiples que en su época serían niños, Aurora Peña cantando el Ángel que fue el más “cómodo” de los roles, verdadero vuelo vocal, y el Demonio de Adriana Meyer, mezzo que de nuevo exigía unos graves incómodos en su tesitura para aunar dicción y emisión, si bien el personaje parezca pedir esa oscuridad vocal.

En los coros el cuarteto sonó empastado dejándonos números plenos de homofonías renacentistas antes de la explosión barroca final (31 y 32 de recitado más estribillo a cuatro “Al arma, al arma, guerra”); más desiguales resultaron los recitados y arias que pedían también dramatismo lírico intrínseco al Oratorio, faltando esa luminosidad que de tener tonalidad más aguda o afinación un par de hercios arriba hubiese dado otro carácter a esta forma religiosa. Amén de las tesituras o diapasón elegido, tampoco pudimos entender del todo unos textos en español que nos diesen más pistas al argumento bíblico que los seis músicos sí subrayaron en su discurrir sonoro.

Concerto 1700 trabajó en esa conjunción musicolingüística, el bajo continuo reforzando bien las cuatro voces, con el órgano desgranando los ornamentos precisos y rellenando con excesiva presencia las dos sinfonías con el oboe especialmente acertado en color y virtuosismo, pinceladas claramente barrocas bien secundadas por los violines ayudando a tintar de acento italiano un oratorio netamente español.
Tras agradecer la buena acogida en “La Viena del Norte”, los diez músicos bisaron uno de los coros a cuatro del San Miguel más español.

Batallas musicales a lo grande

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Jueves 7 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de piano “Luis G. Iberni”. Daniil Trifonov (piano), Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky, Valery Gergiev (director). Obras de Debussy, Rachmaninov y R. Strauss.

Llegaba la División Acorazada del Mariinsky con el general Gergiev al mando para una guerra sinfónica de tres batallas donde cada sección orquestal fueron como las armas del ejército: infantería de una cuerda con un sargento concertino mandando y luciendo galones, caballería de la madera siempre atinada, ingenieros de percusiones variadas y la artillería pesada del metal que fueron tomando posiciones desde el inicio.

Aún con las últimas notas del Debussy de acento ruso en las manos de San Sokolov flotando en el ambiente, el Preludio a la siesta de un fauno desplegaría el primer batallón ruso con muestras de dar mucha batalla y nada de dormirse. Casi podíamos imaginar a los legendarios Nijinski o Nureyev danzando con esta compañía mientras disfrutábamos de la flautista solista Maria Fedotova o del arpa cristalina de Gulnara Galbova en un ambiente de clara nebulosa donde el general Gergiev de gesto inimitable y mínimo palillo de bastón de mando sacaba de sus huestes todo lo mejor, esa especie de “parkinson” en ambas manos donde podíamos contemplar el certero vibrato de una infantería sedosa y la caballería atinada sin errar ningún disparo, llevando esta primera batalla al triunfo sin resistencia.

El coronel Trifonov, bien conocido en Oviedo, es en cierto modo ahijado del general, con él nos ha dejado conciertos y grabaciones estelares, y el Concierto para piano nº 1 en fa sostenido menor, op. 1 (Rachmaninov) requiere de tensión, pasión y precisión. La artillería no se contuvo en ningún momento exigiendo del piano fuerza hercúlea para alcanzar los volúmenes necesarios sin perderse ni un disparo. Trifonov se volcó literalmente desde el Vivace inicial, sin tregua apenas en el Andante cantabile para tomar aire bien arropado por el batallón Mariinsky, soltando todo el fuego que le quedaba en el Allegro vivace, piano sinfónico, orquesta pianística bajo el mando Gergiev, concertación y concentración de todo el ejército en cada arma, ayudándose al escucharse para unos momentos explosivos dejando el campo despejado para esta victoria de la música con el tándem Trifonov-Gergiev al fin juntos en las Jornadas de Piano ovetenses.

En solitario y disfrutándole todos un arreglo del propio pianista sobre Las campanas plateadas de Ravel y Rachmaninov del que Trifonov aún tuvo resuello para asombrar en toda la gama dinámica de un piano malherido tras esta escaramuza virtuosa con vítores.

Con toda la división acorazada el heróico general al frente para Una vida de Héroe, op. 40 (R. Strauss), seis episodios de este poema sinfónico casi épico para disfrutar de los mejores tiradores, caballería de combate mecanizada, infantería con el concertino certeramente brillante al que el general dejaba jugar, la artillería orgánica mientras pasábamos de los adversarios a la compañera y el fragor de la batalla, desplegando cada flanco poderoso de ataque, vibrante y brillante, fortísimos globales sin perdernos detalle de todo el arsenal. La paz llegaría como la retirada del mundo y una auténtica consumación de estos héroes rusos que siguen ganando batallas en una guerra de nueve días por España.

Las salvas de honor tenían que ser como en 2013 con Wagner y su preludio del tercer acto de Lohengrin, artillería de largo alcance blindada por una infantería de lujo a buen paso, ligero y efectista cual desfile de honor para los vencedores. Tardes de historia sinfónica rusa con intérpretes de fama mundial arrancando en Oviedo esta gira de nueve días intensos.

Liturgia Sokolov

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Sábado 2 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Grigory Sokolov. Obras de Beethoven y Brahms.

Crítica para La Nueva España del lunes 4, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Cada visita del pianista Grigory Sokolov (San Petersburgo, 1950) a España es un espectáculo casi místico con una liturgia conocida: temperatura adecuada, luz casi íntima, Steinway© con afinador incluido que al descanso vuelve a escena para retocar un instrumento que en manos del ruso alcanza sonoridades de otro mundo, más un programa donde las propinas son realmente la tercera parte, nunca improvisadas porque no hay nada al azar. Sabido de antemano antes de acudir al templo, merecen mayor penitencia quienes reinciden en el pecado de marchar antes de tiempo pues no hay propósito de enmienda; es verdadero sacrilegio toser inadecuadamente con ánimo de regocijo; y excomunión directa para los móviles demoníacos. El ritual no puede romperse aunque el ruso parezca ajeno a todo desde su púlpito instrumental, y los acólitos no soportamos las ofensas.
Sokolov es cual evangelista que bebe del antiguo testamento pianístico e interpreta literalmente desde el nuevo, con Oviedo parada obligada de sus giras (2011, 2014, 2017), en esta ocasión incluyendo dos de las tres B musicales de von Büllow: Beethoven y Brahms, románticos primero y último, dejando a Bach todopoderoso en el primer paraíso terrenal que entraría en mi particular santoral el 9 de abril de 2011.

Comenzar con la Sonata nº 3 en do mayor, op. 2 supone redescubrir al Beethoven que parte del Clasicismo haydiniano en su Allegro inicial, técnicamente siempre perfecto al servicio de la historia musical interpretativa, con fraseos impolutos, virginales, pureza de pedales, intensidades únicas en cada dedo con matices que en el Adagio presentan ya el primer romántico de claroscuros, profético en las manos de Sokolov, el Scherzo sustituyendo al minueto mozartiano ya plenamente sinfónico, y el último Allegro assai “imperial”, ligero de trinos barrocos, orquestales por momentos, con melodías inspiradoras para Schumann, Mendelssohn o Brahms, un testamento para todos los románticos.
Las Once bagatelas, op. 119 juegan con tonalidades y modos, aires del andante al vivace, estilos y épocas que al reunirse vuelven a tomar sentido de globalidad y premonición, música de un autor del que Sokolov se erige como gran mentor desde el siglo pasado. Emparejadas se complementan cual piedras preciosas en pendientes, sumando elementos se transforman en pulseras o collares, y todas juntas construyen esta corona real, bien engarzadas por este orfebre las once lecturas “futuristas”, más de lo que supondríamos al escucharlas por San Sokolov, miniaturas inmensas dotadas de unidad místicamente interiorizada que van creciendo, impactando e iluminando músicas aún por escribir en 1823 cuando se publicaron: juvenil A l’Allemande que nos recordó nuestro Antón Pirulero, chopiniano Vivace moderato de la nueve y carnavalescamente breve el Allegramente schumaniano por citar solo tres diamantes.

Brahms admiró y bebió de Beethoven, el último pianismo del hamburgués coincide en número opus con el maestro de Bonn. Sokolov unió las 118 y 119 Klavierstücke, diez piezas (seis y cuatro) dotadas de una madurez tanto escrita como interpretativa, donde los silencios brillan con la levedad deseada, cada nota responde fiel al pentagrama llenando el auditorio, las tonalidades adquieren brillos inenarrables y todo fluye mágico con equívoca apariencia de sencillez, monodia cumbre casi susurrada, verbo hecho arte mayúsculo, “rubato” imperceptible del fraseo y la buscada sonoridad casi enfermiza del ruso, sacando infinitas dinámicas independientes en cada gesto sin perder los legatos de ataques variopintos según la necesidad expresiva, ora ingrávida, ora refulgente y vigorosa. Cada pieza es única, reunidas las diez todo un nuevo testamento interpretativo de este evangelista del piano que siempre asombra descubriendo no ya el Intermezzo forma sino firma de un reverenciado Brahms.

Tercera parte de propinas, las seis “previstas” donde lo apuntado en los dos “B” toma forma independiente y profecías cumplidas: el Impromptu op. 90 nº 4 de Schubert más la Melodía húngara D 817, alternando con su esperado Rameau de trinos imposibles, piezas para clavecín de Los Salvajes La llamada de los pájaros antes del vals nº 2 de su compatriota A. Griboyédov para darnos la bendición apostólica con el mejor Debussy íntimo, casi místico del preludio Pasos sobre la nieve, el último legado del que Sokolov volvió a evangelizar caminando sobre la penumbra de un marzo ya primaveral.

Maruxa de Urquiola

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Jueves 21 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Teatro Campoamor, XXVI Festival de Teatro Lírico Español: Maruxa (Amadeo Vives).
Oviedo quiere zarzuela y el público respondió con un lleno donde los pateos iniciales ya repugnan un poco, aunque pierden intensidad en esta “Maruja” de chapapote, gris, incómoda y floja, pero en absoluto pastoril.

Expectación para este inicio de temporada con la producción de Paco Azorín ya estrenada en Madrid y ahora en la segunda capital lírica española, con revisión musical de Miquel Ortega, y un elenco desigual donde lo más destacable fue la Oviedo Filarmonía bajo la batuta de José Miguel Pérez-Sierra y el Pablo de Rodrigo Esteves, inconmensurable, potente, dominador de la escena y un placer escuchar a este barítono ya asentado en el panorama lírico español.

Evolución imparable la del tenor asturiano Jorge Rodríguez-Norton como Antonio, pues supone sacarlo de los roles cómicos para poder escucharlo en un papel con más enjundia, perfecto de emisión cuya voz va tomando cuerpo, puesto que su musicalidad es innata y siempre triunfa en casa.

Reconociendo las dificultades de una partitura endiablada para los personajes femeninos, con registros extremos, especialmente los graves, y si además la orquesta mantiene unas dinámicas concertísticas algo excesivas, tanto la Maruxa de Carmen Romeu, debutante en el rol, como Svetla Krasteva en el papel de Rosa, cantado también en Madrid, tuvieron que emplearse con más técnica que dulzura, mayor peso dramático el de la búlgara que puso el gusto en su línea de canto aunque faltase una diferenciación de colores en las sopranos que hubiese facilitado mayor empaste. Ambas demostraron volúmenes amplios y agudos seguros siempre con un esfuerzo vocal encomiable. Pese a todo el cuarteto solista luchó por sacar adelante sus intervenciones a pesar de las incomodidades como el plano inclinado de la mesa, los humos que se meten por la garganta o trozos de pizarra en el suelo que supongo dificultan la posición necesaria para cantar.

Inaudible, desafortunado en afinación, bajo sin cuerpo y carente de gracia el Rufo de Miguel Zabala, lástima porque es un personaje querido e importante en esta “gallegada” del maestro Vives que los de mi edad asociamos a José María Prada con el Golondrón (¡Ganapanes! ¡atrevidos!) en aquellas zarzuelas de película emitidas por televisión en blanco y negro (después supimos que había color) con voces legendarias como la dirigida por Juan de Orduña.

Simplemente cumplieron los “comprimarios” del coro Yolanda Secades (Eulalia) con Jorge Rodríguez en vez de Cristóbal Blanco (zagal fuera de escena) junto a una Capilla Polifónica (dirigida por Pablo Moras) que en el inicio entre bastidores se quedó ahí para centrarse algo más en el segundo acto y nuevamente escenificando lo imposible para dar credibilidad a una ambientación por lo menos extraña donde la romería se convierte en marea humana de voluntarios ecológicos.

Quiero destacar la plasticidad y belleza de María Cabeza de Vaca como Galicia sobre todo en el preludio inicial y la breve pero segura gaita de Vicente Prado “El Pravianu” con una muñeira en la bolsa al lado del escenario, redondeando una buena instrumentación de la veinteañera OFil que rindió al máximo, disfutándola en el preludio del segundo acto. Por su parte Pérez-Sierra nunca mimó las voces y las dinámicas fueron en contra de ellas, con un gesto amplio que instintivamente tiende al “forte” para dejar unas romanzas oscuras (como toda la función).

Mención aparte la escenografía que obvia el alegre verde para traer el chapapote del Urquiola, peor que el Prestige y todo más español, con apariciones desde el patio de butacas o en la escalera de acceso al escenario que visualmente ayuda pero cantar es otra cosa. Y no digamos de la mesa de juntas inclinada, diría que peligrosa incluso cuando se iza en un efecto de hundimiento logrado o cual rueda de prensa tras la catástrofe. El efecto del humo ya lo he comentado, y no suelo poner muchos reparos excepto cuando se entorpece el trabajo vocal. Quedan bien los poemas de Rosalía de Castro en la voz de María Pujalte, aunque suponga un calderón improcedente para la orquesta en el preludio del segundo acto; hay momentos visualmente impactantes pero oscurecer literalmente esta página gallega no actualiza un libreto ligero, exigente vocalmente y donde debe primar la música. Perdono la piel de oveja, la “iluminación” de Pedro Yagüe y el vídeo de Pedro Chamizo que ayuda a comprender el ambiente de astillero, incluso el vestuario sobrio de Anna Güell, monos blancos aparte. Lástima que el resultado final resultase gris plomizo para la música de Amadeo Vives.

Dos mundos en femenino singular

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Miércoles 20 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Patricia Petibon (soprano), La Cetra Barockorchester Basel, Éva Borhi (concertino y directora). “Nouveau Monde”: obras de Merula, Le Bailly, Nebra, Purcell, Charpentier, Rameau, Händel y tradicionales.

Crítica para La Nueva España del viernes 22, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

El barroco nunca pasa de moda y Oviedo hasta tiene ciclo propio en primavera, aunque el gran público también disfruta con una música llamemos comercial en tanto que ligera, rítmica, juvenil, llevadera y atemporal, sin mucha más preocupación que pasar una buena tarde, que lo fue, máxime teniendo a una diva francesa como “La Petibon” (así las conocemos, con artículo y apellido), especializada en estos repertorios, junto a una de las mejores formaciones en la llamada interpretación histórica como los suizos de Basilea, centro de referencia de la música antigua con el italiano Andrea Marcon al frente, sustituido para esta gira por la húngara Éva Bohri, concertino habitual de La Cetra, redondeando una visión femenina siempre universal desde un programa variado cual catálogo de grandes autores barrocos del viejo mundo, con presencia hispana como no podía ser menos, y que hace seis años llevaron al disco en su mayor parte.

El concierto giró en torno a esas obras grabadas y muy trabajadas en estudio que el directo torna siempre distintas, sin trampa ni cartón, dos mundos distintos con menos músicos en vivo pero igualmente curtidos y excelentes, donde no aparecían en el programa la flautista y gaitera Hermine Martin o el percusionista Yüla Slipovich, partes imprescindibles de esta orquesta barroca en el corazón europeo. Ellos fueron el punto de calidad con diferencia, desde el Merula inicial hasta los Purcell, Rameau de referencia y cómo no, Marc-Antoine Charpentier, formación instrumental ideal que conforma junto a la soprano un auténtico espectáculo.

No voy a descubrir a Patricia Petibon, artista total que empatiza con el público desde un atrezzo festivo que complementa cada intervención suya, aunque su voz haya perdido color y volumen, necesitando abusar de recursos escénicos más que técnicos, sonidos selváticos aparte. Tuvimos sobretítulos para poder entender unos textos ininteligibles incluso en el mejor Nebra, de graves inaudibles con los “tutti” y unos medios algo opacos, salvados en las páginas de continuo solo. Tampoco las pocas agilidades fluyeron claras, siendo las obras reposadas y con presencia instrumental mínima las que mejor me llegaron hasta la fila 13, destacando el Lamento de Dido, verdadero “hit” de Purcell, las arias de “Las Indias Galantes” (de gran ambientación instrumental) y “Platée” (Rameau) todo en la primera parte, o la anónima romanesca Greensleeves de la segunda, “repudio descortés” donde el violín de Éva Borhi recreó la conocida melodía inglesa junto a la guitarra del español Rodríguez Gándara con la flauta de pico de Martin, redondeando una interpretación sentida y casi íntima.

Carencias aparte, la escenificación con muñecos de peluche, ya “enjaulado” el papagayo inicial, para la canción tradicional del lobo, el zorro y la liebre en la segunda parte haciendo partícipe al público, ayudaron a una complicidad dramática que apenas hubo en lo musical por parte de la francesa, sí gaita y percusiones adecuadas. El toque del cajón peruano, hoy “robado” por los flamencos, junto a la flauta nos brindaron una cachua andina del Codex Martínez Campañón desde el “otro” Trujillo peruano, algo corta en volúmenes.
El hispano Nebra tuvo su ritmo de seguidilla con “Vendado es amor no es ciego” en la primera parte algo triste, y mejor la última El bajel que no recela de la misma ópera, con vestuario de gorros y jerséis marineros dentro de un supuesto mar bravío que no arribó a buen puerto pese al gracejo de la francesa. Tampoco hubo “locura” en Le Bailly inicial aunque algo de cordura se iría ganando con el paso de las páginas.

Al menos la formación suiza nos brindó lo mejor de un esperado concierto con buena entrada. Bien las tradicionales con gaita, guitarra, violas de gamba y percusiones, la tonada La Lata el Congo del citado códice sudamericano y por supuesto las instrumentales purcellianas, verdaderamente cuento de hadas (The Fairy Queen) junto a la “Medea” (Charpentier) reposada y sentida, o las dos joyas de Händel de las que no hubo arias cantadas: solo Zarabanda de armonías válidas para Lascia en habitual autoplagio barroco, con leve olvido del “da capo” rápidamente corregido por algún músico, y Giga valiente junto a las ganas de una propina del alemán nacionalizado inglés (como la Cantata Spagnola), cambiada por una canción de amor francesa en la misma línea.

Espectáculo donde el nuevo mundo apenas se vislumbró salvo por presentación y título del disco, recayendo el peso en nuestra Europa eterna que hubiera sido más cercana con el entorno pétreo de la sala de cámara en todos los sentidos, acústica y equilibrios dinámicos básicamente. El directo de Patricia Petibón con La Cetra quedó minimizado en la sala sinfónica aunque el disfrute global lo tuvimos con la formación suiza.

El mundo de Internet sigue atesorando estas músicas atemporales de dos mundos que siguen siendo uno y femenino.

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