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El Cairo está en Bilbao

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Sábado 6 de abril, 19:30 horas. Teatro Arriaga, Bilbao: Luna de Miel en El Cairo (José Muñoz / Francisco Alonso, versión libre de Emilio Sagi). Fotos de la web salvo las indicadas y el programa de mano escaneado.

La revista (opereta arrevistada si lo prefieren) asociada a la zarzuela y a muchos de sus autores está volviendo a la escena actual, y la escapada bilbaína distaría de la reciente ovetense por muchas razones: una puesta en escena luminosa (de Daniel Bianco), sencilla  con detalles como el muro de globos azules, pero sacándole mucho rendimiento, un vestuario colorido de buen acabado y corte (Jesús Ruiz), la iluminación (Eduardo Bravo) subrayando la dramaturgia, un magnífico cuerpo de baile (coreografiado por Nuria Castejón), unas voces equilibradas tanto en los solistas como el coro (las ocho mujeres del Coro Rossini que dirige Carlos Imaz) bien empastadas, unos actores de largo recorrido, una orquesta de calidad en el foso (la BOS con saxos y piano de primera), y todo ello bajo la mano maestra de Miquel Ortega que conoce y mima la música del maestro Alonso, atento a los cantantes aunque se encuentren al fondo del escenario, disfrutando de la partitura llena de ritmos de la postguerra, contagiando alegría, ayudando y haciéndonos copartícipes a todos, con un público que llenó y disfrutó la tarde de sábado que personalmente finalizaríamos tomando el tranvía (en el estreno sería el Metro que muchos asistentes perdieron por las repeticiones tras el éxito alcanzado) hasta Indautxu como buenos “aldeanos” y sentarnos alrededor de una buena mesa entre amigos como corresponde a mis visitas vizcaínas.

Evidentemente no quería perderme esta producción del Teatro de La Zarzuela y el INAEM que el Arriaga programó en cuatro funciones con voces conocidas y queridas por el que suscribe como los asturianos David Menéndez y Beatriz Díaz, el “adoptado” José Manuel Díaz, la granaína Mariola Cantarero, todas ellas bien encajadas en sus roles, sin olvidarme de Enrique Viana haciendo de él mismo como no podía ser de otra forma, Itxaro Mentxaca acertadísima de principio a fin, más una cuadrilla de cómicos como Mitxel Santamarina ágil y “engordado”, Iñaki Maruri y Alberto Núñez que dieron réplicas de guiño local que el ovetense Sagi conoce como nadie para redondear esta “Luna de Miel en Limburgo”.

Dos actos sin pausa ambientados en su época (1943), argumento bien hilvanado de los ensayos preparando la opereta que da título (en vez del transatlántico original) y el ensayo general (en el mismo teatro, no en Alejandría ni el Nilo), ágil acción con todo lo que se espera de ella: diálogos chispeantes y enredos amorosos, música en escena con piano real y delicada transición al foso, juegos de escaleras y unas melodías pegadizas que muchos asociamos al cine y la televisión porque crecimos con ellas: Tomar la vida en serio es una tontería y esta broma musical rebosa alegría (hubiera sido genial bisarla), el buen gusto impera sobre el escenario del coliseo de la ría y la calidad del elenco ayuda a redondear esta obra del prolífico maestro granaíno.

De los cantantes protagonistas David Menéndez (Eduardo) mantiene un nivel de excelencia y elegancia de principio a fin, poderío vocal y escénico en el papel de compositor, junto a Beatriz Díaz (Martha) capaz de amplios matices y derrochando simpatía, luchando con un registro grave casi imposible en estas partituras pero solventado sobrada su princesa en los agudos y medios desde su línea de canto limpia llena de matices. Itxaro Mentxaca dio el toque de veteranía real e imaginaria (Doña Basilisa, costurera y antigua tiple) especialmente con el tapate tapatío en compañía de “las Rossini”. Cantarero (Mirna) y Viana (Rufi) pusieron el histrionismo necesario de sus papeles, jugando con el santoral, la geografía y hasta las debilidades carnales. Sumemos lo comentado del conjunto con el Maestro Ortega al frente, y tendremos una revista de siempre por la que no pasa el tiempo dándole la mínima actualización a textos y situación con todo el respeto a la música por parte de todos los intérpretes.

Como sugerencia estaría bien representarla en Oviedo en el próximo Festival Lírico con este mismo reparto y director musical, el público carbayón seguro respondería feliz a esta revista, opereta, zarzuela… espectáculo musical a fin de cuentas.

El Sueño de Gaztambide en invierno

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Jueves 31 de enero, 20:00 horas. Teatro de la Zarzuela, Madrid. J. Gaztambide (1822-1870): El sueño de una noche de verano, ópera cómica en tres actos con libreto de Patricio de la Escosura, estrenada en el Teatro del Ciro de Madrid el 21 de febrero de 1852. Nueva producción del Teatro de la Zarzuela, edición de Tomás Garrido (Archivo SGAE, Madrid 2018). Dedicado a la memoria de Gustavo Tambascio. Entrada butaca: 42 €.

Defendiendo y difundiendo nuestro patrimonio, rescatando una zarzuela de 1852 en su teatro de la calle Jovellanos, sin reparar en gastos y homenajeando al desaparecido Gustavo Tambascio, acudía a la quinta representación (finalizarán el 10 de febrero retransmitiéndola por Facebook©) de El sueño de una noche de verano conociendo el libreto original y algunas críticas en los distintos medios, también digitales pero dejándome llevar por una música de calidad con sus altibajos lógicos, reparto vocal conocido en un momento idóneo, último día de enero frío con el llamado primer reparto, vestuario bellísimo (Jesús Ruiz), variado y colorido, más decorados verdaderamente logrados (Nicolás Boni), destacando sobre todo el bosque mágico o el parque de Richmond.

Lo que se mi hizo difícil fue comprender la acción del siglo XVI en Londres pasada a la Roma de la “Dolce Vita” de los años 50, abocetada por Tambascio y adaptada por Raúl Asenjo junto a la escena de Marco Carniti, debiendo introducir unas partes habladas que alargan innecesariamente la partitura de Gaztambide casi hasta las tres horas, pues sin ellas aún resultaría más loco este argumento rehecho. Hay guiños que chocan para esa década cuando se juega con personajes actuales, el teatro dentro del teatro y dentro del teatro pienso que es rizar el rizo ya rizado, perdiendo la propia crítica del tudelano hacia la monarquía borbónica a partir de los personajes de Shakespeare, con citas a los años franquistas de rancio gusto en estos tiempos.

De los rebautizados personajes podría comentar otro tanto. Primero los añadidos Orson Wells (el doble que termina siendo él), un Director General de Cinematografía y Teatro, o Don Liborio Barón de Brisa, incluso Maruxa con su hermano Mighello / Mr. Random, bien representados por el cuadro de actores (Sandro Cordero, Jorge Merino, Pablo Vázquez, Ana Goya y Miguel Ángel “Mighello” Blanco, respectivamente), después la Reina Isabel que pasa a ser la Princesa Isabella Tortellini, Shakespeare Guillermo del Moro (sí, no es una errata) y Sir John Falstaff Juan Sabadete que además tarareará un Tintarella di luna de Mina transmutada a José Guardiola, todo para que “ambiente el ambiente” cinematográfico o distintas inicios de arias verdianas para el personaje de un tenor que “perdió hasta la voz” esperando debutar como barítono en el Teatro Reggio de Palma cantando Falstaff. El acento italiano de Olivia de Plantagenet será otra ocurrencia para la acción romana aunque la trattoría no sea una taberna inglesa y Tobías un jefe de comedor ¿de Porriño? en vez de “chigrero” que diríamos en Asturias. Ya puestos a “recrear” personal de restauración hasta Mighlello resultó ser emigrado desde Argentina a la capital italiana.

Pero al final lo que importa es la música y sus intérpretes, pese a “obligarles” con añadidos o movimientos escénicos que por momentos pueden perturbar la atención del público (muchos extranjeros aunque se les sobretitula en inglés todo, incluyendo los diálogos). Dos partes de una hora abundante, agrupando los actos segundo y tercero conformaron este sueño casi pesadilla. Comenzar destacando al Maestro Miguel Ángel Gómez-Martínez que se entrega siempre en estos proyectos (El Juramento o La Marchenera aún los recuerdo en Oviedo con agrado), mimando las voces y sacando lo mejor de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, con un clarinete solista inspirado. Sonido claro y equilibrado, disfrutamos con la formación tanto en el prólogo como en el preludio de la segunda parte o la marcha entre el terceto y cuarteto final, habiendo ligeros cambios en el orden de los quince números que conforman este Sueño. No puedo decir lo mismo del Coro Titular que dirige Antonio Fauró, algo corto en efectivos y emisión, por momentos detrás de la orquesta (sobre todo cuando está colocado atrás) y en el “coro de guardabosques” (vestidos de Beefeater con tenores y bajos descompensados.

Las voces solistas estuvieron todas a buen nivel, destacando sobre todas Luis Cansino como Falstaff todopoderoso, voz rotunda e intérprete completo, convincente, simpático, metiéndose al público en el bolsillo pese a un personaje poco agradecido que el barítono madrileño de sangre viguesa engrandece, incluso “llevando al coro” en el nº 8 para no retrasarse como estábamos notando.

La soprano tinerfeña Raquel Lojendio reinó como Isabel, incluso bailando clásico mientras cantaba con una voz timbrada de técnica sobresaliente, manteniendo mientras bailaba sobre las puntas su color hermoso, y haciendo gala del belcantismo puro en su dúo con el tenor (¡Oh, bosque umbrío! / No soy Julieta). Perfecto complemento en empaste y actuación de Beatriz Díaz como Olivia desde la primera intervención, un papel de registros extremos para una mezzo cantado por la soprano asturiana que solventó sin dificultad, descubriéndonos unos graves bien emitidos aunque ella brille en toda su extensión como es habitual, tanto en los tercetos con la Reina y Falstaff (Alto, lindas fugitivas, nº 3, A Guillermo tú esta noche… nº 13) como en el cuarteto final (Ven amiga, y dí a Guillermo, nº 14), sin olvidarme el desparpajo que tiene como actriz, siendo ideal en estos personajes que los agranda por pequeños que sean.

El tenor argentino Santiago Ballerini está en el grupo de voces agudas pero algo metálicas cuyo color aún se puede pulir, su Guillermo no desentonó dentro de los protagonistas, con una sentida romanza antes del dúo con Isabel. El barítono coruñés Javier Franco como Arturo Látimer completaría este plantel con poderío en las dinámicas fuertes que desequilibró a su favor en el dúo nº11 (Cuando a la lid te provoco…) con el tenor.

Citar también con nota alta al barítono mallorquín Pablo López, el Tobías con acento gallego o la Margarita de la soprano Milagros Poblador (componente del coro) redondeando este elenco vocal del sueño, con un movimiento en escena por momentos complejo (la bicicleta debería haber sido una Vespa), sobre todo en el desfile de cocineros recitando los platos múltiples, pero donde la música sale bien parada a pesar del tiempo transcurrido, con un argumento algo flojo en el original cuya “actualización” no ayudó en absoluto.

Molinera cantábrica

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Lunes 21 de enero, 20:00 horas. Santander, Centro Botín (auditorio), “Música Clásica“: Pablo García López (tenor), Simon Lepper (piano). F. Schubert (1797-1828), poemas de W. Müller (1794-1827): Die schöne Müllerin (La bella molinera), D. 795. Entrada: 10 €.

Algunos museos cierran los lunes pero cuando se amplía la oferta como es el caso del Centro Botín en un terreno ganado para la ciudad, su auditorio abre al público con distintos conciertos de música clásica, siendo mi querido tenor cordobés Pablo García López quien ha tenido el honor de inaugurar este 2019 nada menos que con una sesión familiar la mañana del domingo y este lunes los veinte poemas de Müller que Schubert convierte en veinte “lieder” para compartir el protagonismo con el pianista inglés Simon Lepper en una impresionante velada con un público muy educado que por la poca luz apenas pudo ir leyendo los textos y su traducción al español a medida que la música fluía con el Cantábrico de natural telón de fondo, auditorio de acústica perfecta pese a la cristalera equilibrada con madera (el concierto se grabó para Radio Clásica) y un Steinway algo “duro” en la pulsación, supongo que por estar todavía “rodándose”.

La mejor prueba de fuego para un cantante lírico son las canciones (todas: francesas, inglesas y españolas que aún no alcanzan el reconocimiento internacional), en especial las románticas y particularmente el mundo del lied alemán (Beeethoven, Schubert, Schumann, Wolf…) por su dificultad en el idioma unido a unas exigencias igualmente altísimas en el piano, nunca acompañante sino coprotagonista con la voz, indivisibles artísticamente. Microrrelatos que piden una implicación total sin descanso en los intérpretes, una prueba de fondo de una hora larga llena de intensidad dramática que marca el grado de preparación del dúo, en este caso tenor y piano.

El ciclo de La bella molinera (1823) resulta ideal para una voz joven que va ganando en los graves y con el desparpajo que dan los años, textos que el piano completa creando el ambiente, la tensión o el embeleso. Pablo García López cual “Der Wanderer” (caminante) arranca su Das Wandern (camino) al paso, sin prisas, hacia la molinera en un alemán perfecto, ademán cuidadamente descuidado, timbre adecuado y dominador de la escena contagiando al público este inicio de viaje casi susurrado, acunado por Simon Lepper. Los barcos surcando la bahía ponían el decorado natural como la voz del tenor que supo siembre Wohin? (a dónde) le iba a llevar este crucero vital, aligerando el paso pero con la mano izquierda en el bolso, bien asentado, proyectando y  jugando con el piano en las dinámicas. Un alto (Halt) solo literario porque la pausa no existe, oye el molino y el arroyo, escuchamos el piano pintando ese paisaje que se canta, mojado como el mar del fondo al que le damos las gracias (Danksagung an den Bach), doble intención de intérpretes y público aunque única dirección de lirismo. Caminos tortuosos de cuestas empinadas con el único bastón del piano, poderoso siempre abierto, bordeando con un fluir limpio ese río de la vida, otra etapa que habla de cesar el trabajo (Am Feierabend) aunque aumenta en los dos intérpretes, intercambio de esfuerzos, contrastes dinámicos del susurro a la fuerza pese a cantar unos “brazos débiles”, para hacernos cómplices de una curiosidad (Der Neugierige) ingenua, cantada desde el amor a Mozart y a Schubert, el terreno natural donde caminar nuestro cordobés de la mano del excelente pianista inglés.

Contemplábamos felices este espectáculo poético-musical creciendo en emoción e intensidades, riqueza de matices y gusto, dramatización lógica para quien lleva mucha ópera en su todavía joven pero madura trayectoria de repertorio bien elegido con estos “premios” que nos regala. No hay impaciencia (Ungeduld) sino brisa fresca en piano y voz, primera cima de este viaje, musicalidad del alemán perfectamente encajado con el percutir rápido del piano, disfrutando una interpretación de calidad, entrega sin reparos, el rubor en las mejillas del enamorado confeso, y el relajado saludo matutino (Morgengruß) tras las emociones anteriores. Los pianissimi del tenor cordobés son únicos, reconocibles, mimados desde el piano inglés siempre sabio, dando el paso adelante en la escritura precisa de Schubert siguiendo el discurso romántico de tensión y calma necesaria dentro de la unidad global bien planteada para dosificar fuerzas sin perdernos nada por el camino.
Río para dar vida a las flores del molinero (Des Müllers Blumen), ternario cual vals vienés por “rubato” en su interpretación, piano sin palabras que pone Müller para cantarse antes de la emocional lluvia de lágrimas (Tränenregen) literal por el goteo de tiempo medio sin disgustos, melodía doblada en voz y mano derecha, con la izquierda vistiendo la declaración y tristeza de perder el reflejo de la amada ante la amenazante tormenta para cantar creyéndose suya a la molinera, Mein, convencimiento del caminante, tenor convincente volcado en una interpretación que seguiría “in crescendo”.

Pause para recordar el laúd colgado por la tristeza y la cinta verde que le adornaba (Mit dem grünen Lautenbande), color esperanza donde la juventud se levanta rauda del tropiezo amoroso y el piano se convierte en cordófono trovadoresco para la musicalidad del alemán cantado, soltando lastre sin perder compostura. Nuevas cotas del camino emocional, desánimo sin desfallecimiento antes del desencuentro con el cazador (Der Jäger), el rival y ladrón de amor platónico, fluir de emociones evocando siempre al río amigo, musicalidad innata en los dos intérpretes, romanticismo cercano a Mendelssohn, las veladas en los salones vieneses de poesía y música con el propio Franz, Schubertiadas evocadas en el decimocuarto número nuevamente dramatizado en un constante crecimiento a lo largo de la velada por el tenor y el painista, cordobés e inglés, con celos y orgullo (Eifersucht und Stolz), el arroyo leal, veloz y furioso, agitado, que en un triste meandro cantará los colores favorito (Die liebe Farbe) y odiado (Die böse Farbe), ecos fúnebres del admirado Beethoven, paleta cromática emocional de timbre uniforme en todos los registros, tanto vocal como pianístico (el “ostinato” reposado que mantiene el pulso), lentamente delicado el favorito, pasionalmente expresado el odiado, trompas del muchacho mülleriano en el piano, elevando la voz y preparando los tres poemas finales.

“Flores secas” (Trockne Blumen), pictóricamente plenas de claroscuros, notas largas del piano para la melodía casi agónica, “El molinero y el arroyo” (Der Müller und der Bach) como dos mundos en uno, contraposición terrenal y espiritual con la realidad mandando, música pura donde la palabra embellece, cambios de paso en el caminante, dudas existenciales cantando siempre el regato amigo hasta abocarse a lo terrible convencido, descanso feliz y reposo tranquilo, “Canción de cuna del arroyo” (Des Baches Wiegenlied) cual imagen de la Ofelia prerrafaelita de John Everett Millais por un ahogamiento luminoso y orlado floral, despedida de un peregrinaje intenso compartido entre tenor y pianista largamente ovacionados por un público entregado.
Feliz de poder comprobar el crecimiento personal y artístico de mi “ahijado cordobés” al que los lieder y canciones le abrirán aún más puertas.

FELICES FIESTAS

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Esperando el próximo año supere este que dejamos, deseo a todos mis seguidores habituales tanto como a los recién incorporados todo lo mejor en estas fiestas, paz, felicidad y por supuesto mucha música, a ser posible buena.

P.D. Voy preparando la carta de Pablito para sus majestades…

Poesía es música

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Sábado 28 de julio, 20:00 h. Salón de actos del Monasterio de Santa María de Valdediós: “Atardeceres Musicales 2018“, Ciclo La voz y la palabra, organiza Círculo Cultural de Valdediós. El canto de la dulce FilomenaLola Casariego (soprano), Aurelio Viribay (piano). Obras de Debussy, Fauré, Hahn, Massenet, Granados, García Abril y Bautista Cachaza. Entrada libre hasta completar aforo.

El ciclo titulado “La voz y la palabra” une los dos pilares del Círculo Cultural de Valdediós, poesía y música presentando este segundo concierto donde los textos son aún más protagonistas con la música, Francia y España, poemas ofrecidos con letra original y su traducción en unos programas de mano con papel excelente, obras de compositores del pasado siglo tanto del país vecino ocupando la primera parte como nuestros españoles internacionales en la segunda, si se quiere de mayor calidad todavía con un Federico García Lorca más vivo que nunca en los lenguajes de tres músicos dispares que engrandecen con la voz y el piano la eterna lírica. Contar con la ovetense Lola Casariego en este concierto suponía garantía de calidad, y sumándole el magisterio al piano del vitoriano Aurelio Viribay el resultado final fue poéticamente musical o musicalmente poético, buen decir en francés o castellano, mejor fraseo instrumental sin palabras y protagonismo compartido de un género que seguimos vendiendo mal precisamente por ser nuestro: la canción española de concierto que el Maestro Viribay conoce como pocos, equiparable a las Chanson vecina, Songs inglesas o Lieder alemanes, porque las hermosas melodías alcanzan altos vuelos ante el pianismo de unos compositores que conocen los estilos vecinos, contemporáneos e incluso avanzados a su tiempo como comentaré más adelante.

Por desgranar la primera parte en perfecto orden cronológico y estilístico, cuatro músicos que mueren en la capital francesa. Claude Debussy (Saint-Germain-en-Laye, 1862 – París, 1918) y tres poesías musicalizadas de auténtica soirée maliayesa en este entorno monacal: Beau Soir (Bourget), Nuit d’Etoiles (Banville) y Mandoline (Verlaine), la voz carnosa de la soprano carbayona con el impresionismo puro del pianista alavés, textos realzados en pentagramas rompedores en su momento, perfecto maridaje del cambio de siglo para continuar con el gran melodista vecino, Gabriel Fauré (Pamiers, 1845 – París, 1924) al que Elly Ameling y Dalton Baldwin me engancharon hace muchos años para reactivarse este sábado de voz y palabra tomando del ciclo La Bonne Chanson op. 61 sobre textos de Verlaine dos de las nueve canciones, tercera y segunda respectivamente: La lune blanche luit dans les bois, hermosa en cualquier registro vocal pero que con Casariego alcanza color propio sin perder el sabor de mezzo, y Puisque l’aube est grandit, la propia poesía describiendo el piano que “crece como el alba” en manos de Viribay guiando la voz “por senderos de espuma apartando guijarros y peñas, arrullando las lentitudes cantando aires ingenuos” pero maduros en la voz de Lola, sin nasalizar en absoluto dominando textos y argumentos, dramatización compartida en la escena.
Evolucionando en lenguaje tanto vocal como instrumental pero siempre al servicio del texto vendría otro melodista caribeño de nacimiento pero plenamente integrado en el ambiente de “La Belle Époque”, el venezolano Reynaldo Hahn (Caracas, 1874 -París, 1947) con dos páginas a cual más bellas: Si mes vers avaient des ailes (V. Hugo) y A Chloris (Théophile de Viau), verdadera recreación que este tándem Casariego-Viribay suelen ofrecer en pugna de emociones antes de concluir con el operístico Jules Massenet (Montaud, 1842 – París, 1912) que como tal, no podía olvidar estas miniaturas teatralizadas con textos de Louis Gallet como la Elégie para disfrutar por partida doble, voz dramáticamente emocional y piano conteniendo desde el equilibrio ideal sin cello, antes de Nuit d´Espagne, excelente visión musical francesa de nuestra geografía literaria con cierta reminiscencia bizetiana más que raveliana aunque la inspiración española no tiene fin.

Apenas diez minutos de descanso y totalmente española la segunda parte, colocadas obras y autores ahora jugando con los estilos y dándole protagonismo a García Lorca tras abrir boca con un Enrique Granados (Lérida, 1867 – Canal de La Mancha, 1916) siempre actual. De “La maja dolorosa”, tres tonadillas dieciochescas, inspiradas en la moda goyesca e inspiradoras por calado, ¡Oh muerte cruel!, ¡Ay majo de mi vida! y De aquél majo amante. El gusto de Lola Casariego se recrea con esta maja bien entendida desde un registro grave poderoso y una tesitura cómoda de dicción perfecta que siempre ayuda a la emisión clara, mientras el piano de Aurelio Viribay no solo sustenta esos tres textos pictóricos sino que vuela en el lenguaje pianístico hispano iluminado en París y malogrado por una tragedia que truncaría una proyección inimaginable del catalán.

Suelo comentar con muchos melómanos que uno de los compositores que mejor han entendido el folklore español ha sido el maño Antón García Abril (Teruel, 1933), digno representante y continuador de esta tradición de canción que conoce y se inspira en los orígenes populares para elevar los textos de nuestros poetas. Así toma a Lorca para sus “Tres canciones españolas” que sin perder el trasfondo regionalista mantienen el lenguaje típico del turolense, “tierno y brillante” en palabras de la propia Lola, compartiendo empuje voz y piano, el ritmo del Zorongo de regusto decimonónico, la Nana, niño, nana, sentimiento fallesco de armonías en plena transición o la Baladilla de los tres ríos de tradición melódica cercana a Rodrigo, de final poderoso que han sido llevadas al disco por ambos intérpretes (Canciones) junto a otras más que conforman este “corpus de canción hispana” donde no falta lo asturiano, aunque el directo único de Valdediós lo hizo irrepetible.

Y el aún por descubrir Julián Bautista Cachaza (Madrid, 1901 – Buenos Aires, 1961), estilísticamente el más actual y adelantado a su época por aunar el sabor clásico andaluz con toques de jazz flamenco, o viceversa, a partir de los textos lorquianos en Tres ciudades, el compositor “hondo y racial” que arranca con una Malagueña de piano guitarrístico además de “jondo” y voz con “pellizco y quejío”, Barrio de Córdoba sentido, florido como los patios, balada llorada desde la lejanía antes del Baile de final apoteósico con aires de AlbénizTurina para recrear la Carmen sevillana e internacional que hacen del exiliado Bautista un compositor español cercano y universal  como también lo fue su amigo Salvador Bacarisse, ambos en el llamado “Grupo de los Ocho” madrileño, otro compositor que entendería a la perfección que la poesía es música. Muchas gracias a Aurelio Viribay por su incansable trabajo en mantener encendida la llama de estos excelentes músicos a quienes todavía no se les ha reconocido en su justa medida y también acreedores de la memoria histórica pues la dictadura les privó de triunfar en su patria.
De propina sin necesidad de presentaciones aunque “fuera de contexto” por reducción orquestal al piano tras un equilibrado y bien elegido programa, una de las más bellas arias de ópera escritas por Puccini, “O mio babbino caro” de Gianni Schicci, preferida de muchos aficionados que llenaron el salón monacal a los que nuestra Lola agradeció cantando a papis, güelitos y tíos con sobrinas.

Milagrosa Suor Angélica

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Sábado 14 de julio, 20:30 horas. X Ciclo Música Relixiosa: Ópera en Barcia de Mera. Giacomo Puccini: Suor Angélica. Entrada: 10 €.


El turismo musical es una actividad ideal para conjugar ocio y cultura, por lo que la escapada de fin de semana al Balneario de Mondariz me hizo encontrarme con la posibilidad de asistir a la representación de Suor Angelica de Puccini (con libreto de Giovacchino Forzano estrenada un 14 de diciembre de 1918 en el MET neoyorquino) dentro del ciclo de Música Religiosa de Barcia de Mera en el concejo de Covelo el pasado sábado en esta joya del barroco gallego, una oportunidad única para disfrutar de la soprano Beatriz Díaz y la mezzosoprano Belén Elvira debutando roles protagonistas junto al maestro J. A. Álvarez Parejo al piano, responsable de toda la dirección musical junto a distintas solistas femeninas del Coro Vox Stellae.

Entorno ideal para este drama femenino con dirección de escena de Luis Martínez y diseño de vestuario de José Miguel Ligero realizado por Cornejo en una iglesia barroca que resultó perfecta en ambientación, con un lleno hasta el coro acogiendo la zona del altar y la sacristía toda la acción conventual con el único acompañamiento de un piano vertical más que suficiente para llevar el peso instrumental, por cierto dificilísimo, bello y recreando el arreglo original del propio Puccini que el inconmensurable Juan Antonio Álvarez Parejo sin un solo respiro, resolvió con maestría sacando del piano japonés unas sonoridades realmente celestiales a lo largo de la hora larga de representación. Con él quería comenzar por las exigencias que supone no solo esta partitura sino también la de llevar la dirección desde su posición en la iglesia para las entradas al coro y solistas fuera de escena (en la sacristía) e “intuir” la propia acción principal con las cantantes dándoles la espalda.

La seguridad del maestro madrileño se transmitió a todas las voces, con la musicalidad y veteranía de un grande que pudo hacernos olvidar la orquesta para recrearla desde las teclas, incluso recrearnos inicio e “interludio” antes de la escena final con la sonoridad sinfónica de un piano exprimido en toda la gama dinámica. Mi sincera admiración hacia Parejo al que pronto volveremos a disfrutar en Gijón en el poco reconocido papel de repertorista sin el que las voces nunca pueden brillar como este sábado gallego.

Nadie diría que la asturiana Beatriz Díaz como Sor Angélica o la canaria Belén Elvira en el papel de Zia Principessa debutaban en sus roles, pues fue tal la entrega de ellas junto al elenco femenino de Vox Stellae que las emociones fueron indescriptibles para un público callado, respetuoso, al que podíamos escuchar respirar acongojados con esta historia conventual donde la luz crepuscular también ayudó a la ambientación. Plantas al pie de las que tomar los remedios para ungüentos varios, la tarima granate, la sacristía desde donde escuchar a las monjas cantar sus oraciones, campanas reales anunciando la llegada de la anciana Zia que comunicará a su sobrina recluida el fatal desenlace del hijo entregado, la silla donde firmar el pergamino, tintero y pluma acercadas a la desgraciada Angélica, la zona trasera del altar donde prepararse el veneno, el crucifijo central y hasta la clemencia final a una Virgen que presidiría la acción final del arrepentimiento de la moribunda y la aparición desde el fondo de la iglesia del hijo (Iria Boullosa) para el milagro místico y redención final, todo adecuado para hacer creíble un relato duro como la propia partitura del genio de Lucca.

Quienes me leen saben que vengo diciendo hace tiempo que Puccini parece haber escrito para Beatriz Díaz, este binomio con el que la allerana crece y siente desde los inicios líricos, afrontando cada uno de sus roles con la madurez que da el tiempo, sin prisas, volcándose en cuerpo y alma con unas partituras muy trabajadas y vividas. Así podemos ir repasando la joven Liu de Turandot, siguiendo la Mussetta con alma de Mimì de Bohème (esperando le llegue el protagonismo deseado) y del llamado Triticco primero la Lauretta de Gianni Schicchi debutada en el Teatro Colón de Buenos Aires y ahora esta Suor Angelica “gallega” en un momento vocal impresionante, unido a su siempre convincente dramatización, calificativo sincero de soprano pucciniana y de raza que volvió a enamorar con su interpretación. La conocida aria Senza mamma puso los pelos de punta por musicalidad, gusto, colorido y emociones aunque cada aparición de la asturiana es entrega total que el público agradece rindiéndose a los pies de “nuestra sopranísima” como la bautizó nuestro común y querido amigo eMe Brabóo.

Otro tanto de la lanzaroteña Belén Elvira que puso su excelente buen hacer desde la tesitura de “las malas”, una mezzo igualmente en momento dulce para el rol de la Zia Principessa que defendió desde la convicción y el buen cantar para el verismo donde se mueve realmente cómoda, color homogéneo en todo su registro, buena proyección y empaste ideal con la asturiana que la cercana Filarmónica de Vigo ya disfrutase de ambas con el piano de Parejo hace ya tres años, puede que la llave de esta nueva puerta abierta en Barcia de Mera donde parte de la organización conocía el buen hacer de este trío protagonista.

No puedo olvidarme del resto de monjas del coro Vox Stellae, papeles exigentes todos en una de las óperas más complejas y difíciles de Puccini, con pocas referencias para ellas que se comportaron al mismo nivel de las protagonistas tanto en los bellos momentos corales (caso del inicial Ave María) como en las breves intervenciones solistas desde las voces graves de la Madre Abadesa (Mariola González), la Celadora (Aida Cruz) o la Maestra de novicias (Malena Pazos) hasta la Enfermera, Dolcina y Osmina de Aida López además de las sopranos para las hermanas Genoveva (Alba López Trillo), postulante y conversas Xiana Insua junto a Cecilia Rodríguez. Un plantel que funcionó en todos los aspectos redondeando una representación magnífica.

El trabajo bien hecho tiene la recompensa esperada y este convento pucciniano obró otro milagro desde la calidad y profesionalidad de una producción “inesperada” para esta iglesia de San Martiño. Mi más sincera enhorabuena a la organización por la apuesta que acertó con este dramón de final feliz e intérpretes de casa donde tuvimos dos grandes a las que podemos añadir artículo al apellido, La Díaz y La Elvira. Un placer haber disfrutado este debut.

En el buen camino

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Domingo 22 de abril, 12:30 horas. León, Hall del Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC): EL CANTO DEL PEREGRINO. Canciones y danzas medievales para amenizar el Camino. ELOQVENTIA (Alejandro Villar: flautas, symphonía y voz – Efrén López: zanfona, cítola, arpa, laúd y coro – David Mayoral: dulcimer, percusiones y coro). Entrada libre.

Dentro de la exposición titulada Muchos caminos. Imágenes contemporáneas del Camino de Santiago, abierta hasta el 2 de septiembre, el MUSAC organizó esta mañana de domingo un concierto de música medieval con el grupo Eloqventia en un marco contemporáneo, rompiendo barreras y haciendo camino como hace más de mil años, música atemporal que tiene cabida en cualquier lugar haya unas mínimas condiciones. El hall del museo se quedó pequeño y hubo que montar muchas más sillas para dar cabida a los muchos seguidores de estas músicas y este grupo capitaneado por el leonés Alejandro Villar.

Como rezaba la publicidad en las redes sociales tanto del grupo como del Museo y la menor de la prensa leonoesa tanto digital como en papel, que titulaba como “la banda sonora de los peregrinos medievales“, suficiente también para los que peregrinamos por la música hasta nuestra vecina del sur, Eloqventia con formación de trío (sumándose el valenciano Efrén López al dúo Villar-Mayoral) presentaban una variada selección de canciones y danzas de los siglos XIII y XIV que nos invitaba a realizar un recorrido por la Europa medieval a través de algunas obras italianas y francesas recogidas en el códice 29987 de la Biblioteca del Museo Británico en Londres y en el Chansonnier du Roi de París, respectivamente.

El programa incluía también una moaxaja andalusí, como muestra de la música vocal del momento y del rico patrimonio peninsular, añadiendo una pieza de devoción mariana perteneciente al Llibre Vermell, una “cantiga de escarnio y maldecir” firmada por Alfonso X “El Sabio” y una canción del trovador del Rosignol Berenguer de Palou.

Acallando murmullos aparecía Alejandro Villar tocando una especie de aulós o doble flauta en peregrinación por el hall hasta la tarima donde le esperaban sus dos compañeros con la cítola y percusiones varias, comenzando este viaje musical con la Tierche Estampie Roial, un anónimo francés antes del italiano Saltarello, ahora David Mayoral en el dulcimer, esa especie de salterio, cimbalón o cítara de cuerdas percutidas, y la zanfona de Efrén López, instrumento cual “motor” cuya rueda empuja estas músicas de todos los caminos medievales donde lo importante era el propio discurrir más que el destino, y donde estas páginas anónimas eran moneda de cambio y verdadero patrimonio inmaterial.

La sonoridad del trío gana muchos enteros además de completar un colorido tímbrico que en el caso de Efrén encaja a la perfección con el dúo habitual de Eloqventia.

No podía faltar algun tema vocal de aquellos peregrinos hacia Montserrat donde se custodia el Llibre Vermell (siglo XIV),  y así pudimos escuchar la voz de Alejandro cantando Cuncti simus concanentes acompañándose él mismo con la “symphonia“, madre o prima de la zanfona que consigue el mismo efecto de movimiento pausado, cumplimentado por la cítola y el bodhram mientras cumplían cual coro “cantemos todos a una Ave Maria”.

En este otro viaje mediterráneo, el laúd andalusí transmutado del Ud para hacerse europeo hasta finales del barroco, cuerda punteada y relajada bien arropada por flauta y percusión integrados en nuestra piel de toro una hermosa Moaxaja anónima del enorme tesoro que nos dejaron en la inmensa y rica Al-Ándalus.
Cercanas de herencia, historias y sentimientos son las música italianas como el anónimo In pro, perteneciente al género conocido como “Istampitta” o “estampie“, manteniendo el laúd casi como ostinato o nota pedal rítmica sumándose la flauta grave y la percusión, unidades sonoras y colorido en cada uno de los tres instrumentistas.

Alejandro Villar es un excelente barítono que hace cantar sus flautas, aunque imposible unirlas pero al menos volvió a entonar con buena voz cual trovador del Rosignol acompañándose a la “symphonia” De la gensor de Berenguer de Palou, mientras arpa y dulcimer completaban este lienzo sonoro de líricas para las que música y palabra eran uno.

Volvía el ritmo para coger el paso alegre de este peregrinaje, estampidas instrumentales de anónimos caminos procedentes de Francia como Quarte Estampie Royal con zanfona, cuerno y percusiones, más la Italia amorosa, Isabella con punteo de cítola, flauta aguda y percusiones, fuerza y belleza, ímpetu y descanso que los tres músicos trasladan con facilidad desde su virtuosismo.

En esta “banda sonora medieval” no podía faltar alguna de las Cantigas de Alfonso X El Sabio, la más fructífera época de convivencia pacífica de culturas que en música nos han dejado un vasto legado con ilustraciones que han servido, al igual que el Pórtico de la Gloria en Santiago, de modelos a replicar y reconstruir para hacernos una idea de cómo sonaban aquellas músicas. Con zanfona y percusiones sumándose las dos “voces elocuentes” escuchamos la cantiga de escarnio Non quer’eu donzela fea (no queremos mujer fea), melodías y ritmos de caminantes en noches estrelladas que también fueron cantadas por peregrinos del viejo continente en tiempos de miserias donde peregrinar no solo era espiritual sino otra forma de vida.
Para terminar este recorrido de una hora abundante nada mejor que desde la querida Italia con La Manfredina unida a La Rotta della Manfredina en juego instrumental lento – rápido cambiando del arpa a la zanfona, del dulcimer a las percusiones y de la flauta más grave a la doble para alcanzar un éxito total que supo a poco.

Conocido el magisterio de Villar en cada flauta y como barítono, el virtuosismo discreto de Mayoral capaz de sacar desde su “arsenal” todo el color para revestir estas melodías, y de nuevo el feliz añadido de las distintas cuerdas de López, obligaron a bisar saltarello cual estampida con flauta aguda, zanfona y ese caleidoscopio percusivo que nos hizo viajar en el tiempo y el espacio desde un peregrinaje personal, sincero y honesto.

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