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Ángeles y demonios al piano

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Martes 23 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de PianoBenjamin Grosvenor (piano). Obras de: Brahms, Liszt y Chopin.

Crítica para La Nueva España del jueves 25, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Había una vez un alemán, un húngaro y un polaco encerrados en una lámpara con forma de piano a los que un joven genio británico sacó a la luz frotando las teclas con el forro de su chaqueta haciendo magia para que en una misma tarde fría y lluviosa, pasásemos del cielo al infierno con la dosis suficiente para hechizarnos en plena pandemia de virus sin nacionalidad, junto a toses, móviles y paraguas caídos muy nuestros.
Benjamin Grosvenor (1992) volvía después de cinco años al auditorio ovetense, esta vez en solitario, con un programa comprometido y bien planeado que ha llevado en su mini gira española (Las PalmasBarcelona y Oviedo, parada obligada en la capital del piano que escribía ayer en estas mismas páginas): primero los Drei Intermezzi op. 117 de Brahms, un aperitivo delicado donde el dolor emerge al final tras un ambiente íntimo creado desde la pureza y limpieza de sonido, sumada al poso que van dando los años.
Preparación necesaria para la impresionante Sonata en si menor, S. 178 de Franz Liszt, ángeles caídos remontando el vuelo desde una visión pianística que ha llevado al disco pero el directo hace siempre único e irrepetible. Cima compositiva del virtuoso abate magiar, cinco movimientos en continuidad demostrando que el intérprete británico tiene perfectamente interiorizada la fuerza que Liszt vuelca en esta sonata tan especial, auténtico éxtasis sonoro que alterna solemnidades celestiales y agitaciones demoníacas, luz cegadora y fuego extremo en un “Fausostenido” (si se me permite la licencia del fa# con el invocado Fausto), entrega tan explosiva que hubo de “extinguirse” al descanso, siempre necesario tanto para el Steinway© como para el intérprete tras el esfuerzo de este pianista menudo -en apariencia- tornado a “menudo pianista” en su regreso a nuestra tierra.
Misma pócima mágica para la segunda parte: Liszt y una «Berceuse quasi ChopiNana» (última licencia por hoy), pasional en entrega y lírica de visión global, antes de atacar la Sonata nº 3 en si menor, op. 58 del otro mago del piano romántico, Chopin tras Liszt. Una nueva visión de ángeles y demonios sin necesidad de mayores argumentos, que en las manos de Grosvenor fueron capaces de volar cual ángel caído redimido y regresar al Olimpo de Orfeo, reescribir una historia llena de colores pintados sobre el blanco y negro del teclado. Verdadera sonata cuatripartita reflejando la inquietud interior, el debate entre lo contundente y lo delicado, mano de hierro en guante de seda bien entendido, contrapuntos relucientes y derroche expresivo de un piano decimonónico con la visión del siglo XXI, una nueva aproximación del británico fascinado con poner juntos al polaco y al húngaro en un mismo programa, como comentaba en la entrevista para este periódico publicada el mismo día del concierto.
Repertorio imprescindible y de siempre por pianistas de hoy para llegar a un público joven de mañana, que debe conocer estas composiciones maravillosas llenas de sorpresas por descubrir. Y de regalo casi una tercera parte con igual receta, pero latina y del siglo pasado, obras que Benjamin Grosvenor transita habitualmente junto a los españoles: dos de las tres Danzas argentinas op. 2 del porteño Alberto Ginastera planteadas nuevamente como binomio, sensual y brillante, femenino y masculino en tiempos de indefiniciones, primero la Danza de la moza donosa y después la Danza del gaucho matrero. Si la primera vez auguraba a este Grosvenor del 92 un buen vino, la segunda degustamos ya un reserva que seguirá madurando en barrica de piano.

Oviedo capital del piano

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Martes 23 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de PianoBenjamin Grosvenor (piano). Obras de: Brahms, Liszt y Chopin.

Reseña para La Nueva España del miércoles 24, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Tras Las Palmas y Barcelona, última y obligada parada en Oviedo de la gira que el pianista británico Benjamin Grosvenor ha realizado con un mismo programa plenamente romántico, que hubiera hecho las delicias del recordado Luis G. Iberni, “alma mater” de esta capitalidad ovetense para las 88 teclas desde hace 30 años.
Concierto con delicadezas como los Drei Intermezzi op. 117 de Brahms y la Berceuse de Liszt junto a dos de las más potentes sonatas para piano del siglo XIX: la tercera de Chopin y especialmente la Sonata en si menor de Liszt, repertorio al alcance de muy pocas manos, ahora en las de Grosvenor que volvía tras su visita hace ya cinco años con la Oviedo Filarmonía y N. Stutzmann.
Entonces me pareció un intérprete prometedor con el primer concierto de Brahms, comentando que el tiempo acabaría, convirtiendo como los buenos vinos, en un gran reserva.
Confirmación ovetense del aclamado pianista británico, ya figura mundial, Brahms delicado e íntimo antes del endiablado Liszt capaz de quemar el cielo y congelar el infierno, impactante interpretación que requirió reajustar el piano para volver con la pócima mágica: la “nana” engañosa del abate e incendiarlo con un Chopin fastuoso.
Sigue la pandemia, toses, paraguas y móviles que merecen castigo eterno en el Averno, solo absueltos por el Grosvenor “angelicalmente” poseído para danzar como malditos con el gaucho Ginastera en pareja: moza donosa con furioso matrero.
P. Siana

Futuro románticamente joven

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Jueves 18 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Alexandra Dovgan (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras deG. Ordás, Chopin y Schumann.

Crítica para La Nueva España del sábado 20, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
El romanticismo trasciende el calificativo y hasta el periodo histórico al que se circunscribe. Este jueves pudimos disfrutar de un concierto romántico lleno de juventud en el siglo XXI.
Primero un nuevo estreno de Gabriel Ordás (1999) para la Oviedo Filarmonía, último del Proyecto Beethoven, con un preludio y fuga sinfónico de título muy actual (Hip-Hop Fugue!) pero escrito con un lenguaje cargado de la madurez académica que el compositor ovetense tiene tras años de trabajo y experiencia en su aún corta pero ya extensa carrera, obra con sello propio de orquestación muy rica, inspiración en el genio de Bonn que sigue siendo referente para los compositores actuales, partitura rica y bien defendida por Lucas Macías que está en su “momento dulce” al frente de la orquesta de la capital sacando sonoridades compactas.
La pianista Alexandra Dovgan (2007) es un prodigio que no tiene nada de niña, pues su interpretación del Concierto para piano nº 2 de Chopin fue para cerrar los ojos y escuchar cada movimiento lleno de delicadeza, honestidad, fidelidad a la partitura y perfectamente concertada por el director titular, página maestra digna de una intérprete con más años de los vividos. Su personalidad y madurez son dignas de elogio y admiración, la grandeza musical permite estos regalos, como lo fue igualmente la Mazurca op. 17, nº 4 en La m. del compositor polaco, donde la rusa ha demostrado que se puede aportar genialidad a su edad, el mismo idioma para ambas obras donde el protagonismo del piano en sus jornadas fue absoluto.
El repertorio sinfónico del siglo XIX sigue vigente y necesario no ya para el público en general sino para toda orquesta, prueba de fuego en cada atril, así como exigente para los directores que afrontan obras muy conocidas donde aportar algo nuevo siempre es difícil. La Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor, op. 97 de R. Schumann, “Renana”, resultó ideal para examinar el estado de la OFil que no defraudó en ninguno de los cinco movimientos, interiorizada por el maestro Macías que además de la claridad en el gesto, fue dotando de color y vitalidad esta sinfonía compuesta en Düsseldorf donde los aires populares flotan tanto en el aire como en la propia partitura. Cada sección tuvo sus momentos de gloria, destacando especialmente los metales bien empastados cual órgano catedralicio en Colonia (donde parece haberse inspirado el compositor alemán), y sonoridad global muy trabajada desde el podio, echando de menos un mayor peso de las cuerdas graves que siguen necesitando más efectivos, aunque el control de las dinámicas por parte del director onubense ayuda a subsanar carencias.
Concierto lleno de una juventud muy madura, romanticismo como forma de entender la música y optimismo, siempre moderado en tiempos de pandemia, al comprobar que el público del auditorio sigue fiel, Oviedo recupera los aforos totales, completando una oferta musical rica y única en “La Viena del norte español”, con función de ópera en el Campoamor a la misma hora, lo que nos hace presumir a los melómanos de capitalidad cultural, siempre hambrientos del directo aunque mantengamos la mascarilla.

P. D.: También el diario El Comercio entrevistaba a Gabriel Ordás:

Jóvenes sobradamente preparados

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Jueves 18 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Alexandra Dovgan (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras deG. Ordás, F. Chopin y R. Schumann.

Reseña para La Nueva España del viernes 19, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Hace unos cuantos años un anuncio televisivo hablaba de los JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados), y este jueves no sólo teníamos con 13 años a la prodigiosa pianista rusa Alexandra Dovgan (2007), también un nuevo estreno del ovetense Gabriel Ordás (1999), Hip-Hop Fugue! que cierra los encargos del “Proyecto Beethoven” de la propia Oviedo Filarmonía (OFil) que la Pandemia ha pospuesto pero al fin pudimos disfrutar, bajo la dirección de Lucas Macías Navarro (1978), todos preparados y fiel reflejo de los tiempos actuales.
Concierto de estas pujantes generaciones que vienen apretando desde la excelencia, la visión “beethoveniana” de un Ordás dominador de la composición académica (nada menos que un preludio y fuga orquestal) con mucho trabajo previo en un músico de su tiempo; el Concierto nº 2 de Chopin con una Dovgan impactante en lo técnico y adulta en la interpretación, y el titular de la OFil, todo un acierto su fichaje para corroborar el excelente momento de la formación ovetense que sigue camaleónica afrontando tanto repertorio actual como el necesario para continuar formando intérpretes y auditorios, como el Chopin siempre agradecido en estas jornadas de piano, para finalizar con “La Renana” de Schumann, la tercera sinfonía del romántico alemán paradigma del artista completo que compartía programa con los de ahora.
P. Siana
P.D.: La crítica queda para mañana.

Las Variaciones Buchbinder

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Martes 2 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Rudolf Buchbinder (piano): THE DIABELLI PROJECT.

Crítica para La Nueva España del jueves 4, con los añadidos de links (siempre enriquecedores), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Regresaba al auditorio, tras casi ocho años de su Gershwin en estas jornadas que llevan el nombre de Iberni, el pianista austríaco Rudolf Buchbinder (Chequia, 01 diciembre 1946), una de las leyendas vivas que se presentaba con su personal “Proyecto Diabelli 2020”, obras inspiradas en el Vals en do mayor de Anton Diabelli (1781-1858) con un amplio y original programa de partituras encargadas hace doscientos años por el propio Diabelli (de las 51 una selección de 8), las irrepetibles e impresionantes variaciones de Beethoven, verdadera exploración de nuevos lenguajes y recursos del piano, junto a los encargos del propio Buchbinder a compositores actuales para este original proyecto como Auerbach, Dean, Hosokawa, Jost, Lubman, Manoury, Richter, Shchedrin, Staud, Dun y Widmann. Nueva experiencia pianística con partituras estrenadas recientemente en el Auditorio Nacional de Madrid, arrancando gira precisamente en Oviedo (La Viena del Norte español) prosiguiendo por Barcelona, Hannover y Frankfurt, para colocar de nuevo la capital del Principado en el circuito internacional de los grandes intérpretes.
El vals de Diabelli serviría para unir dos siglos pianísticos y afrontar un nuevo reto en las manos del maestro Buchbinder, once visiones desde nuestro tiempo, estados anímicos variados, lenguajes rompedores y neorrománticos, distintos idiomas perfectamente entendibles al piano, sonoridades muy cuidadas que el intérprete vienés desgranó con su estilo único de limpieza y elegancia, contención y respeto por lo escrito, espontaneidad y autenticidad, más todo el mimo en la búsqueda de un piano actual por el que doscientos años no son nada pues siguen descubriendo el infinito musical de las 88 teclas. Destacable cómo organizó las obras actuales, auténticas “Nuevas variaciones” engarzando estas perlas cultivadas en un collar multicolor, piezas únicas que toman sentido desde la global interpretación de un “Rudi” juvenil y “diabélico” destinatario de varias; no faltaría el cierre cual “coda” con guiño al Año Nuevo en la página del alemán Jörg Widmann (1973) que cerraba estas Variaciones Diabelli del XXI.
Misma entrega y magistral interpretación de la selección realizada por el pianista austríaco del proyecto Vaterländischer Künstlerverein (1824) de Diabelli, donde los virtuosos del momento volcaron su talento y Buchbinder no defraudó. Dos mundos y visiones complementarias, el modelo inicial eligiendo siete más la coda donde destacarían el Liszt joven, la coda vertiginosa de Czerny y especialmente el Schubert que volvería a sonar de propina, compositores heterogéneos, pianistas pedagogos e intérpretes decimonónicos que siguen vivos en nuestros días.
Mención aparte el adelantado a su tiempo, el profético Beethoven reinando en la segunda parte y del que Rudolf Buchbinder sigue siendo referente. Las treinta y tres variaciones del ligero vals “diabélico” con igual espíritu que las iniciales, desgranando cada una de ellas como piezas independientes que fueron uniéndose con los años, exprimiendo los tiempos, vertiginosamente limpios, cálidamente lentos, catálogo compositivo y vital del sordo genial afincado en Viena, el mismo que revisa a Diabelli y Mozart, al “dios Bach” junto a los obligados Clementi y Czerny, pero sobre todo el microcosmos que solo Buchbinder a sus años puede unificar en el universo del piano.
Delicadeza y magisterio en el cuarto Impromptu D899, op. 90 en la bemol mayor de Schubert, propina que será otra galaxia por explorar. Para Buchbiner sólo hay dos músicas: la buena y la mala, pero en sus manos sólo existe la primera opción.

Regalos de cumpleaños para La Castalia

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Lunes 1 de noviembre, 19:00 horas. Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo: XX Curso «La Voz en la Música de Cámara». Concierto de Clausura. Entrada libre.

Veinte años lleva la Asociación Cultural «La Castalia» apostando por el talento musical desde Asturias con las incombustibles Begoña G. Tamargo y Ana Cristina Tolívar formando músicos y dándoles la oportunidad de mostrarse a un público que ya desde «La Castalia» original del siglo XIX, la de Víctor Sáenz, ha hecho de la capital del Principado verdadera cuna de aficionados a la lírica y melómanos en general. Y La Castalia del XXI como bien recordaba al inicio del concierto la profesora de canto, con la misma decisión de entonces, con altibajos en los apoyos pero decidida en promover la formación y el inicio de carreras profesionales, homenajeaba en este concierto a la que fuese directora de la Obra Social y Cultural de la extinta Caja de Ahorros de Asturias, entre los años 1995 y 2005, Regina Rubio.

Importante agradecer el apoyo en los inicios de entidades que los tiempos han deslocalizado y perdido uno de los objetivos principales como era el apoyo a la cultura de nuestra tierra. Ya no tenemos Caja, ni Ahorros, ni en Asturias, por lo tanto, gracias en el recuerdo por el trabajo de Regina que entendió desde su responsabilidad que esta Castalia debería tener el respaldo de una entidad financiera que, como tantas otras, han llevado su capitalidad a otras autonomías para medrar de políticos en consejos de administración.

Me sigue asombrando la cantera, y hasta escuela propia, que nuestra Asturias ofrece, y nada mejor que comenzar noviembre descubriendo figuras en ciernes, aplaudiendo la progresión de voces que he visto «nacer al público», el trabajo nunca valorado por el tiempo que conlleva, el apoyo de un profesorado plenamente volcado a esta labor pedagógica a menudo ingrata pero necesaria, y esta vez añadir el regalo de poder escuchar ¡cuatro estrenos! en el Principado de compositores actuales, con lenguaje propio, conocedores de la voz y sus recursos, que las intérpretes han estudiado en tiempo récord para compartir con todos estas alegrías de «los primeros 20 años» de La Castalia del XXI.

Cuatro compositores con Juan Durán (1960) y los presentes Miguel Brotóns (1965), Guillermo Martínez (1983) y Raquel Rodríguez (1980) en distintas combinaciones, el Tríptico rosaliano con María Heres y Henar F. Clavel, del vigués, Ferrol, 1916, Impromptu fantasía para soprano y piano, de un alicantino afincado en Galicia inspirado por la poesía del ferrolano Ricardo Carballo Calero con Beatriz Vázquez y el maestro Mario Álvarez BlancoPprincipio è Maggio del prolífico venezolano adoptado y «escolano de oro» en la voz de Janeth Zúñiga y la profesora Tomchuk, más Yllayah de la carbayona con la voz de la mezzo Andrea Rey y un trío instrumental con Jesús Méndez (violín), Paula Lebón (chelo) y nuevamente Yelyzaveta (piano), cuatro regalos en cuatro interpretaciones y cuatro estilos que conviven y las voces recrean, música que necesita ser cantada para vivir. Enhorabuena.

De las voces felicitar de nuevo a la mezzo María Heres que apostó por la canción italiana antes del tríptico de Durán o el dúo de Guastavino Pueblito, mi pueblo con su homónima de tesitura Andrea Rey, en clara progresión, y a la chihuahuense Janeth Zúñiga que sigue ampliando repertorio, bien enfocada hoy con Deux ancolies (Lili Boulanger) más el estreno de Guillermo que le va perfecto a su color y tesitura.

Siempre sorprendente el desparpajo del joven violinista Marcelo Re con dos obras de Kreisler y Beethoven bien arropado por el «piano orquestal» de Tomchuk que vuelve a demostrar cómo la cuerda asturiana que trajeron «Los Virtuosos» ha florecido,  y desigual la joven avilesina Henar F. Clavel, buen fichaje en el mal llamado piano acompañante que tiene relevo generacional aunque algo precipitada en sus Albéniz y Falla, ímpetu juvenil que apunta maneras interpretativas pero deberá ser más cuidadosa al afrontar obras tan conocidas como comprometidas.

Final vocal con el piano de Mario con las famosas Mañanitas de «Don Gil de Alcalá», algo descompensadas pero siempre agradecidas para el gran público.

Apostar por repertorios nuevos, por compositores de ahora, sin olvidar la base necesaria de los llamados «clásicos», apoyar a músicos que se forman en nuestra tierra y brindarles la oportunidad del concierto son objetivos de «La Castalia» desde sus inicios. Su claustro de profesores conoce de primera mano lo que supone una carrera interminable de sacrificios, penurias y también alegrías como la de este inicio de noviembre, con un público que sigue siendo fiel y acudiendo a cada cita, sea en el RIDEA, en el Bellas Artes o en el Auditorio. En marzo se esperan novedades para celebrar por todo lo alto el vigésimo aniversario, tal como avanzó Begoña García-Tamargo, y poder actuar con una orquesta será otro escalón y premio para unas voces que seguirán formándose toda la vida.

La excelencia de sumar piano y cuarteto

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Jueves 28 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano Luis G. Iberni. David Kadouch (piano), Cuarteto Quiroga. José Ramón Hevia, in memoriam. Obras de: F. Chopin, Clara Schumann, A. Ginastera y R. Schumann.

Buen arranque de las Jornadas de Piano «Luis G. Iberni» con el francés David Kadouch (Niza, 1985) al que se sumaría el Cuarteto Quiroga (2003) en plena mayoría de edad para rendir el merecido homenaje a su «inspirador» y apoyo constante, mi querido José Ramón Hevia, siempre en nuestra memoria, padre de Aitor y David, que este jueves se hubiera «quitado el sombrero» orgulloso de este concierto en nuestro auditorio, el mismo que va retomando la (a)normalidad de toses, móviles, objetos caídos, aforos ampliados, programas de mano en papel, descansos y mascarillas varias.
Nada mejor que comenzar escuchando a Frédéric Chopin (1810-1849) y sus tres Nocturnos op. 9, que Kadouch afrontó desde la elegancia e intimidad del primero, la delicadeza nostálgica del famoso segundo y la auténtica explosión romántica del tercero, tres planetas sonoros en un mismo universo que fueron acercándose en ese firmamento pianístico que sigue siendo necesario tanto en las filarmónicas como en los grandes auditorios.
Y reivindicando el papel de las mujeres compositoras, buena idea incluir a Clara Schumann, o mejor Clara Wieck (1819-1896) con el apellido real, quien en sus Variaciones sobre un tema de Robert Schumann, op. 20 no solo domina la obra de su esposo sino que la reelabora como excelente intérprete que fue, con un Kadouch esculpiendo el sonido claro, la digitación limpia y los pedales certeros en unas variaciones que fueron las estrellas del cielo pianístico.
Reubicando el escenario llegaría a continuación el Cuarteto Quiroga (Premio Nacional de Música 2018) con el gran Alberto Ginastera (1916-1983)  y su Cuarteto de cuerda nº 1, op. 20 (1948) demostrando de nuevo la excelencia interpretativa en este repertorio (grabado en su CD Terra) que saca a relucir tanto los recursos de cada instrumento como la necesaria compenetración de sus miembros afrontando esta maravilla del compositor argentino. Es maravilloso comprobar el sonido cuidado, la sonoridad única, el ímpetu y entrega en cada uno de los cuatro movimientos (I. Allegro violento ed agitato II. Vivacissimo
III. Calmo e poetico
IV. Allegramente rustico
) donde todo está encajado al milímetro, pulsión única pese a las dificultades que conlleva por los cambios de compás, ritmos enloquecidos y dinámicas asombrosas que «el Quiroga» lleva a la excelencia. Como escribe Arturo Reverter en las notas al programa (enlazadas al inicio en las obras) de este cuarteto del compositor porteño, «encontramos el espíritu estilizado -un factor folklórico subyacente- que habíamos anotado…» entendido a la perfección por estos cuatro intérpretes únicos (Aitor Hevia, Cibrán Sierra, Josep Puchades y Helena Poggio) que siguen ampliando horizontes en un repertorio ideal.
Y sumar el piano al cuarteto no resulta cinco sino UNO, inmenso, «experimento camerístico» de visión sinfónica como es el Quinteto para piano y cuerda en mi bemol mayor, op. 44 de Robert Schumann (1810-1856). Importante para el Cuarteto Quiroga encontrar pianistas que respiren como ellos, enriqueciendo sonoridades, latido único en esta formación donde la calidad se da por supuesta y la musicalidad es el toque de distinción. David Kadouch encajó a la perfección con el espíritu interpretativo de este Schumann que homenajea a Beethoven, a Schubert e incluso a Mozart, tal y como disecciona Reverter el quinteto para piano y cuerda. Cuatro movimientos (I. Allegro brillante II. In modo d’una marcia. Un poco largamente III. Scherzo: Molto vivace IV. Allegro ma non troppo ) que exploran formas y fondos, momentos líricos y concertísticos de protagonismos compartidos, conjunción y ejecución a cinco sonando en total y certera unidad, con balances cuidadísimos, fraseos impecables y entrega apasionada.
De regalo no podía faltar el Shostakovich al que José Ramón Hevia admiraba y hasta compartía carácter socarrón e incluso humorístico, músicos de largo alcance, dedicación y bonhomía, como recordaba Cibrián Serra en la dedicatoria previa. El irrepetible ruso que tanto Kadouch como «los Quiroga» tienen en sus atriles individuales, esta tarde aunados en feliz encuentro para el Scherzo de su Quinteto en sol menor, op. 57, resposado y repasado,  pero especialmente dedicado y delicado.

Sueños de amor, cariño y pasión

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Miércoles 27 de octubre, 20:00 horas. Gijón, Teatro Jovellanos. Concierto 1639 de la Sociedad Filarmónica de Gijón: «Los históricos de la Filarmónica: Vázquez del Fresno»Cantarinos pa que suañes. Beatriz Díaz (soprano), Luis Vázquez del Fresno (piano y compositor).

Los homenajes deben hacerse siempre en vida, y a ser posible en la tierra natal. La centenaria sociedad gijonesa rendía este último miércoles de octubre el merecido a Luis Vázquez del Fresno (Gijón, 1948) uno de sus socios que además debutó en ella como pianista hace 50 años, apoyado desde los inicios, disfrutando como espectador, triunfando como intérprete y haciéndonos disfrutar a sus fieles seguidores, que con los años terminamos siendo amigos.

La ventaja de cumplir años me permite poder compartir la trayectoria de este músico integral al que admiré en los conciertos que daba en Mieres, entonces también con Filarmónica local, donde como estudiante de piano le admiraba y pude escuchar el estreno de sus Audiogramas (de los que hoy nos regaló  el intermedio segundo) dedicado a su malogrado paisano y compañero Jesús González Alonso, a quien recordaré toda mi vida tras escucharle ganar el Concurso «Casa Viena» del antiguo conservatorio en la calle Rosal de Oviedo durante de mis vacaciones mateínas, y posteriormente también en mi Mieres de Luis Fernández Cabeza, presidente de una Filarmónica a la que aún no se le ha escrito su historia.

Al menos a Luis sus paisanos han dedicado el mejor homenaje posible en su doble faceta de intérprete y compositor, comenzando con su juvenil Yerba, op. 12 sobre temas populares asturianos, diez acuarelas vigentes por frescura, paisanaje desde el ímpetu virtuoso del Vázquez del Fresno enamorado de Debussy y la escuela francesa con los guiños humorísticos y socarrones entre cada número, el amor del Cantábrico  y la historia musical además de genética de sus tíos abuelos Saturnino del Fresno y Baldomero Fernández,  el respeto por el maestro Enrique Truán, el cariño demostrado hacia los destinatarios de todas sus obras y el amor por la vida que en su caso ha estado escrita siempre en los pentagramas. Un placer volver a escuchar la yerba asturiana desde la óptica de Luis Vázquez del Fresno, 50 años que son un soplo en una larga historia.

El segundo regalo fueron los Cantarinos pa que suañes al completo y encontrando al fin la voz ideal y única, destinataria in mente que la tierra y el destino pusieron en su camino, también en el mío, la soprano Beatriz Díaz que solo ella puede recrear e interpretar como la concibió el compositor, también pianista, el «lied asturiano» que da al piano el mismo protagonismo y a la voz la pureza lírica junto a la raíz autóctona de la tonada. Si en el Avilés «pre-pandemia» los trece poemas de Chemag (José María González Fernández) supusieron un hito, volver a escucharlos en Gijón resultaron el auténtico homenaje para todos. Cantarinos llenos de amor y dolor, de tristeza y melancolía, de sentimiento y esperanza, pero sobre todo de pasión. Cada poema, todos lujosamente encuadernados por «El Sastre de los Libros» para esta ocasión especial, los textos originales y traducidos con el respeto por el buen gusto y el merecido hacia un histórico de la propia Sociedad Filarmónica de Gijón, emanaban la propia lírica que Vázquez del Fresno volcaría en cada página. La voz de Beatriz Díaz engrandecía cada página, microrrelatos cargados del sentimiento preciso con una gama de matices aún mayor que la paleta del mejor pintor musical, pianísimos de cortar la respiración, los momentos de tonada propia cantados con el saber de una estrella operística que también lleva lo asturiano en sus genes, los melismas tan barrocos y belcantísticos que el piano apoya cual gaita de tecla, finales a elegir dependiendo del texto, susurrados o potentes, con entrega hasta la extenuación organizándolos de cuatro en cuatro, alegrías y tristezas, cadeninas y ñubes, auténticos xuguetes de la allerana con el beneplácito total del gijonés, compositor y pianista.

El cierre Marineru que une la mina y el mar, de Bóo a Xixón por autopista musical, retomando la melodía de los primeros Cantarinos pa que suañes cantados y saboreados, no sería aún colofón sino mi deseo de poder llevarlos al disco para herencia de nuevos melómanos e historia musical viva de nuestra tierra.

Si el segundo Audiograma me hizo desandar cincuenta años y desempolvar los programas de entonces, todos a buen recaudo, el estreno de Otoño con Beatriz Díaz resultó la tarta final, poesía de vida, metáfora de hojas caídas y sienes plateadas, el lenguaje propio de Luis Vázquez del Fresno que nuestra soprano universal hizo verbo lírico.

Una tarde con muchas historias, sueños cumplidos, poesía y música en perfecta comunión, amores fraternales y platónicos, elegías con recuerdos, pasión por la vida, amistades que perduran en el tiempo echando raíces que engrosan cada capítulo de un libro aún sin final.

Gracias Luis por tu música, tu amistad y por darnos tantas alegrías a quienes tenemos la suerte de compartirlas contigo. Felicidades por estas Bodas de Oro a las que todavía le quedan muchos años más de fértil creación, esperando seguir contándolos.

Precisión y emoción

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Sábado 4 de septiembre, 20:00 horas. Iglesia de Santamaría, Monasterio de Valdediós. Círculo Cultural de Valdediós: Atardeceres musicales 2021, «El flujo de la identidad«. Quinto concierto: Metamorfosis. Alissa Margulis (violín), Adolfo Gutiérrez Arenas (violoncello), Josu de Solaun (piano). Obras de Schumann, Liszt, Prokofiev y Brahms.

Última escapada a Valdediós en este verano y vuelta al círculo virtuoso de un Adolfo Gutiérrez Arenas siempre unido a este ciclo que siempre supuso iniciar nuevos proyectos como él mismo escribía en las notas al programa, y puedo decir que esta clausura, quinto concierto de memamorfosis con sus Atardeceres, será el arranque de un trío que hará historia al unirse con el cellista «asturiano» (aunque nacido en Munich) nada menos que la violinista alemana de origen ruso Alissa Margulis y el pianista Josu de Solaun, valenciano universal y cosmopolita. Tres vidas viajeras para un estreno que dibuja el triángulo como la perfección mínima, tres partes iguales y estables, equilibrio también emocional e interpretativo de auténtica altura que bien podríamos bautizar en este Monasterio como «Trío Valdediós».

Y si el triángulo tiene una línea básica, no cabe duda que De Solaun desempeñó a la perfección ese sustento, pues no solo interpretaría un Liszt impactante sino que también brilló en los dos dúos antes de rematar con el trío de Brahms en un concierto de 99 minutos (alguno más rozando la hora y tres cuartos), tres veces 33 por la perfección del 3, la matemática precisión en la ejecución de todos ellos y la emoción que se respiró de principio a fin con un público asombrado y en silencio sepulcral, búsqueda de la perfección conjunta solo al alcance de tres grandes solistas que deciden latir como unidad en la visión musical de cada partitura, trabajada desde la individualidad pero vivida en el conjunto geométrico perfecto de las tres líneas tras trazar líneas paralelas y ascender al mágico o místico número tres.

El programa ofrecido en la iglesia del Monasterio de Valdediós estuvo a la altura de los grandes, primero Robert Schumann (1810-1856) y sus «5 piezas en estilo popular» Op. 102 para Adolfo y Josu, sonoridades talladas en cada una de ellas, intenciones claras tomando los títulos de referente interpretativo: Mit Humor, canción sin palabras cantada por el cello y contestada al piano, Langsam (lentamente) verdadera delicia de fraseos y equilibrios dinámicos, Nitcht schnell (no rápido) suficiente para degustar las sutilezas de Schumann en ambos instrumentos, Nicht zu rasch (no demasiado rápido) de consistencia tímbrica y resonancias increíbles antes de la quinta Stark und markiert (fuerte bien marcada), contundencia en las teclas y el arco, la precisión con emoción que hace grande el dúo en un mismo idioma.

Josu de Solaun es un auténtico virtuoso que está asombrando allá donde va y que sigo cuanto puedo, y si tenía anotada en principio la Sonata 4 de Scriabin para este concierto, el cambio y elección de Franz Lizst (1811-1886) y su «Primer Vals de Mefisto» puedo calificarla de mágica además de histórica, increíble, la evocación diabólica en esta iglesia cual hechizo pianístico único, esa Der Tanz in der Dorfschenke’ (El baile en la taberna del pueblo) sinfónica al piano de auténtica melopea, fuerza y pasión, ebrios de música que el valenciano derrocha en cada trago, en cada compás. Vigor preciso y precioso, una boda compartida  por un público boquiabierto cual Fausto y el rapto embriagador para una huída mefistofélica donde nos raptó a todos para llevarnos a la siguiente borrachera emocional.

Si el virtuosismo es seña identitaria romántica, los rusos supieron completar el calor del fuego con el colorido tímbrico jugando con melodías y armonías reconocibles como pocas. Así entendieron Alissa Margulis y Josu de Solaun la  Sonata N° 2 de Serguéi Prokoviev (1891-1953), un violín de amplias dinámicas equilibrado y compartido por el piano, entregados anímicamente en dibujar líneas claras y pinceladas de amplísima paleta. Desde el Moderato pudimos captar un lienzo sonoro limpio, fresco, preparándonos para el riquísimo segundo movimiento, Presto-Poco piu mosso del tempo I, vertiginosos pasajes intercambiándose y entrecruzando las líneas para engrosar un sonido aterciopelado y potente; aparente respiro, corto, sin perder complicidad en el Andante y un apasionante y cromático Allegro con brío-Poco mosso – tempo I- Poco meno mosso – Allegro brío, explosión de color musical, apabullante encaje entre ambos intérpretes, grandeza comprobada en la exactitud del trazo sin dudas, el lienzo que va tomando forma conjunta para alcanzar la belleza final de un violín con personalidad junto a un piano dúctil.

Líneas paralelas, línea recta y al final las tres líneas formando el triángulo, el último romántico Johannes Brahms (1833-1897) y una obra que le ocuparía 36 años, compleja como él mismo y donde la madurez consigue la visión buscada. Margulis, G. Arenas y De Solaun en su amplio bagaje uniendo fuerzas para el  Trío Op. 8,  lirismo a raudales en cada uno, sonidos muy trabajados para unirlos en texturas inimaginables, el piano casi sinfónico abrazando los arcos con registros intercambiables, graves de violín y agudos del cello ampliando gamas tan bien ensambladas por parte de los tres músicos que hacen aún más grande este trío maestro, cuatro movimientos que discurren como la propia vida, melodías brahmsianas inconfundibles  en el Allegro con brío, el asentamiento indudable del Scherzo intachable desde su génesis, la belleza madura y hasta mística con un cello cantando corpóreo cual voz humana del Adagio, diálogos cruzados en conversación a tres y la explosión juvenil del Allegro, así lo entendieron estos jóvenes maduros latiendo juntos, el impulso vital lleno de color y esperanza, la confirmación de la obra bien construida y mejor ejecutada, la historia de unos pentagramas precisos que sólo la interpretación consigue emocionar.

Bravo por este Trío Valdediós al que deseo larga vida y colofón perfecto para este ciclo ya consolidado al que la pandemia solo ha restado público por las medidas de prevención, pero ha llenado de esperanza y emoción estos atardeceres «en un lugar único por belleza e historia» como bien (d)escribe Adolfo Gutiérrez Arenas su hogar desde hace muchos años. Gracias.

Primavera con brocha rusa

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Viernes 11 de junio, 19:00 horas.  Auditorio de Oviedo: Primavera VI, OSPA, Simon Trpceski (piano), Paolo Bortolameolli (director). Obras de Shostakovich y Chaikovski. Entrada butaca: 15 €.

El sexto concierto de primavera del abono OSPA puso broche final a a otra temporada difícil por todo lo que ya sabemos y sufrimos del «bicho», sin director titular ni concertino (esta vez volvía al primer atril Benjamin Ziervogel) en un programa ruso que traía al director chileno Paolo Bortolameolli, que en la prensa recordaba a su paisano, nuestro siempre recordado Max Valdés, más al excelente pianista macedonio Simon Trpceski con su equipaje perdido por Bilbao aunque lo menos importante sería la anécdota compartida con los asistentes, público fiel que volvió a arropar a la formación asturiana pese a la actuación de Javier Camarena con la Oviedo Filarmonía y Lucas Macías en el Campoamor, aforo completo y vendido hace meses.

Sobre la organización de los programas pienso que va siendo hora de cambiar una costumbre decimonónica que en este caso nos hubiera dejado un orden cronológico ideal para comprender la evolución de la música rusa además de poder contar con una orquesta más «entonada», con mayor empaste y mejor entendimiento y un Bortolameolli que optó más por la brocha que por el broche deseado cerrando con dos obras inmensas esta temporada 20-21.

Un placer escuchar siempre a Dmitri Shostakovich (1906-1975) pues su dominio compositivo saca siempre a relucir un colorido propio que hace brillar sus interpretaciones. Su Concierto para piano nº 2 en fa mayor, op. 102 es una de sus joyas ( utilizada en la película Fantasía 2000), Trpceski entregado desde el inicio (I. Allegro) pero con poca exactitud en la orquesta, muy atropellada e imprecisa para encajar con el solista, además de unas dinámicas que por momentos taparon el papel de un piano que no sólo es rítmico sino percusivo, titánico a menudo. Evidentemente los volúmenes y el «tempo» del II. Andante nos permitieron disfrutar de una atmósfera más sutil, pinceladas románticas que no pasan de moda, la cuerda sedosa que viste al «piano ruso» sin clichés, evocaciones al compatriota Rachmaninov emigrado a EEUU pero universal además de cinematográfico. El ataque del  III. Allegro volvió a descompensar dinámicas y rítmicas a pesar de la lucha titánica del macedonio con unas secciones instrumentales siempre con una calidad que no apreciamos cuando la batuta apunta donde no debe. A la vista de los resultados la interpretación dejó en bisutería esta joya orquestal con un pianista de oro.

Para desquitarse del anterior ShostakóvichTrpceski nos preparó como regalo el Allegro con brio del “Trío para piano nº 2 en mi menor, op. 67” junto al principal de chelos Maximilian von Pfeil y el citado concertino invitado Benjamin Ziervogel, tres grandes músicos que pudimos por fin disfrutar con la calidad y entrega esperadas así como por el feliz entendimiento que sólo el más universal de los lenguajes posee.

Hay sinfonías impactantes, históricas, emocionales, grandiosas, ideales para dejar por todo lo alto a las orquestas con todos sus primeros atriles luciéndose y examinando el trabajo del director. Las tres últimas sinfonías de Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893) creo que no han faltado en ninguno de los 30 años de la OSPA y la madurez exigida para la  Sinfonía nº 4 en fa menor, op. 36 de nuevo examina a los intérpretes. La Cuarta es una de mis preferidas y exigentes en su preparación, con mucho que dibujar, perfilar, sacar a flote, equilibrar, buscar los balances perfectos, encajar los intrincados cambios de compás y tempi justos que marquen diferencias entre una versión aseada y una entregada.

Está claro que Bortolameolli conoce la sinfonía al detalle, pero la orquesta asturiana no tiene la plantilla «angelina» y hay que controlar cuidadosamente los planos sonoros. Los músicos tocaron lo escrito sin pegas pero los matices deben controlarse. Una pena que entre lo deseado y lo real haya un abismo. Los «bronces» que llamaba Valdés, estuvieron perfectos, empastados, atentos, las maderas siempre acertadas y empastadas, la percusión dominando pasiones y pulsiones, más una cuerda bien engrasada pero de nuevo la brocha impidinedo disfrutar la globalidad del dibujo, la dirección debería haber ejercido de técnico de sonido para jugar con cada «fader» y equilibrar volúmenes. La frecuencia del flautín pide bajar del forte al piano, la cuerda no da para más volumen si los metales tocan las dos efes escritas. A lo largo de los cuatro movimientos (I. Andante sostenuto II. Andantino in modo di canzona III. Scherzo: Pizzicato ostinato IV. Finale: Allegro con fuoco) estos desajustes fluctuaron pese a la calidad de toda la orquesta, el arranque poco marcial, y donde destacaría los impresionantes silencios que inundan el auditorio (de acústica «nueva») y el tercer movimiento donde sí se logró el balance y encaje perfecto, con ese fuego final que quemó deseos cual hoguera de San Juan adelantada.

Si La Cuarta hubiese abierto la tarde primaveral, los músicos se habrían entendido mejor con Bortolameolli y éste con la orquesta, ya todos en el punto ideal de dedos o labios para afrontar un Shostakovich que seguro hubiese pintado más limpio y delineado, encajado broche ruso que no brocha rusa de trazo grueso. El curso académico y musical está terminando, el cansancio emocional se nos nota a todos pero la esperanza no la perdemos aunque los dirigentes (de todo tipo) sigan sin cumplir las expectativas. Los peores tiempos necesitan de los mejores porque el futuro está en sus manos. Es su hora, pues lo demás ya hemos cumplido.

Balance irregular en estos 30 años de OSPA, temporada de aniversario con pocas luces y muchas sombras para «La música en tiempos del Covid» más parecida un título de García Márquez que a la triste realidad presente. Al menos apliquemos la musicoterapia y el convencimiento de que «La Cultura es Segura» además de necesaria.

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