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Buenas sensaciones

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Viernes 10 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Lenguajes propios I”, abono IV OSPA, Joaquín Riquelme (viola), Nuno Coelho (director). Obras de Britten, Walton y Brahms.

Primer concierto en vivo del año, dando por supuesto que todo melómano ya se estrenó desde su casa con el mediático vienés, y conferencia previa de la doctora María Sanhuesa, autora también de las notas al programa, sobre “Dos voces británicas” que ocuparían la primera parte del cuarto de abono de la OSPA, Britten y Walton bien traídos como en el estreno de las obras de este programa en Barcelona y nada menos que con Hindemith de solista en la viola, ese instrumento al que las nuevas generaciones están poniendo en su sitio con abanderados españoles como la pamplonesa Isabel Villanueva, el asturiano Jesús Rodolfo o el murciano Joaquín Riquelme que nos visitaría esta semana desde su atril en la Filarmónica de Berlín y concedió para el Canal en YouTube© de la OSPA una excelente entrevista.

Para arrancar la velada nada mejor que Benjamin Britten y sus Cuatro interludios marinos de “Peter Grimes”, op. 33a, música que la OSPA siempre ha interpretado bien, desde un War Requiem en 2013 hasta la propia ópera hace ocho años en el Campoamor que también nos recordaba María Sanhuesa una hora antes. La excelente orquestación del británico pudimos saborearla gracias al maestro Nuno Coelho que repetía visita tras la invitación en abril del pasado año, volviendo a mostrar la química con los músicos y contagiar su energía (entrevista en OSPATV). El poso que los portugueses tienen de Inglaterra parece estar en sus genes y el director luso llevó con mano izquierda y rigor los cuatro lienzos sonoros capaces de evocar unos paisajes diría que oceánicos, más allá del interior que la ópera presenta y coloca entre sus actos. Dawn, Sunday Morning, Moonlight y Storm fueron ganando en intensidad controlando la amplia gama dinámica de unas escenas bien delineadas por una orquesta ideal en número aunque sigamos necesitando un concertino titular (esta vez la invitada fue Isabel Jiménez), con sonoridades rotundas y claras. Sucesión de escenas bien delineadas por Coelho con la formación asturiana, la calma del amanecer desde una cuerda sedosa, trombones y tuba coloreando, una madera limpia, la tranquilidad en la playa un domingo por la mañana con el sonido de pájaros (bravo por la flauta de P. Pearse) y campanas con una percusión impecable y la luz otoñal nunca cegadora, así entendida en las texturas, la luna llena que ilumina ese puerto inglés de Aldeburgh antes de la furiosa tormenta que la música describe a la perfección, pasión más externa que interna en la visión del director portugués que encontró la respuesta precisa de una OSPA cómoda con la obra y la batuta lusa.

El mismo aire de las islas nos lo trajo W. Walton con su Concierto para viola y orquesta (revisión de 1962) y Joaquín Riquelme de solista, todo un lujo de sonido, virtuosismo, elegancia y musicalidad en los tres movimientos que el contemporáneo de Britten coloca en un orden “rompedor” sin perder ni coherencia ni teatralidad, pues no quiero olvidar al Walton cinematográfico y todo un referente para las generaciones posteriores en las bandas sonoras. Comenzar con un Andante cómodo supone la puesta en escena de todo un “corpus orquestal” narrativo, con toda la acción en el Vivo, con molto preciso, el nudo argumental donde solista y formación se emplearon a fondo en calidades, balances, intensidades, todo bien concertado por el maestro Coelho que volvió a dominar la escena, hasta ese Allegro moderato donde la luz del norte ilumina de forma nítida un concierto poético incluso en su dedicatoria y verdaderamente teatral además de inimitablemente británico.

Con “permiso” de los cellos, Riquelme nos regalaría la Allemande de la Suite nº1 de Bach demostrando que la viola ha sido injustamente tratada y posee el sonido más cercano a la voz de mezzo como su hermano mayor lo sea de barítono (el violista murciano en la entrevista para OSPATV lo comparaba a la voz de un tenor italiano). Personalmente tímbrica “femenina” ideal para un repertorio que el músico de la mejor orquesta del mundo conoce como pocos, sumándose a la OSPA en su atril para la segunda parte, pasión por la música y auténtica forma de entender la vida.

La Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 73 de Brahms volvía a los atriles de la OSPA tras el regreso de Max Valdés hace casi cuatro años, esta vez con acento portugués y poso británico. Nuno Coelho tiene talento, se nota el trabajo y las ideas, como su gesto, son claras además de precisas. Conocedores de un repertorio básico en toda orquesta, el germano pone a prueba no ya todas las secciones sino el calado interpretativo al afrontar sus sinfonías, especialmente esta segunda, disfrutando de todos los solistas al encontrar las dinámicas, equilibrios y tempi adecuados a cada movimiento. El Allegro non troppo dibuja esa melodía en la cuerda que recuerda la “Canción de cuna”, revestida por una madera siempre en estado de gracia junto a unos metales acertados, amplia gama de matices muy logrados con la garra justa y el sonido “de orquesta británica” que pareció impregnar todo el concierto. El Adagio non troppo perdió algo de la energía demostrada en el primer movimiento pero mantuvo la calidad sinfónica para remontar en el Allegretto grazioso (quasi Andantino) y rematar en alto con el Allegro con Spirito que devolvió ímpetu, fuerza y la sonoridad de la orquesta asturiana mostrando lo mejor en todas las secciones y la entrega a un director que sigue creciendo musicalmente postulándose entre los candidatos a la necesaria (y urgente) titularidad de una formación que sigue sin sus dos pilares básicos.

Disfrutando a pares

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Sábado 30 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Lucas y Arthur Jussen (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Brahms y Poulenc.

No hay mejor manera de terminar noviembre y una semana musicalmente plena que a pares, con dos obras de Brahms, un concierto para dos pianos y dos hermanos, más dos compositores que en el tándem Oviedo Filarmonía y Lucas Macías resultaron redondos en todos los sentidos.

La orquesta ovetense está pletórica y su titular contagia una alegría a la formación, un “buen rollo” desde su elegancia en la dirección, entrega y dominio de las obras trabajadas que la comunicación entre músicos y público, de nuevo con una entrada satisfactoria, fluye. Memorizar a Brahms supone conocer las obras al detalle, transmitir conocimiento y seguridad a todas las secciones, confiar en un resultado óptimo que aún no ha tocado techo, y el maestro Macías Navarro seguirá dándonos muchas alegrías. Contar además con unos solistas simpáticos, en completa empatía que suma calidades como en el caso de los hermanos Jussen, siguen elevando el listón de estas jornadas de piano con la orquesta de casa, concertación exquisita y entrega total para dejarnos un concierto donde tampoco faltaron propinas a pares en un suma y sigue de excelencias.

Brahms de inicio y cierre marca diferencias, primero la Obertura trágica, op. 81 donde la sonoridad no tuvo pegas, las dinámicas suficientes para poder escuchar todo lo escrito con total limpieza, unos metales en estado de gracia, una madera delicadamente precisa, los timbales siempre mandando para transmitir decisión y especialmente la cuerda, creciendo en calidad por empaste, claridad, cuerpo en los graves, tersura y presencia que permite un balance de volúmenes muy cuidado, seguridad además de convencimiento con el podio, claro y elegante, auténtico mago de los contrastes separando con delicadeza cada plano de la masa orquestal que en el maestro de Hamburgo está cuidado al detalle. Como dicen las notas al programa de Juan Manuel Viana (enlazadas al inicio con los autores), “fogoso movimiento sinfónico en forma sonata de gran aliento dramático cuyo ímpetu rítmico, de acentos beethovenianos, cede solo en la sección intermedia, más lírica y reservada“, perfecta traducción de una escritura cuidadosa que es necesario desentrañar, y el titular de la OFil lo hizo hasta el más pequeño detalle.

Y no se puede pedir más de la Sinfonía núm. 1 en do menor, op. 68, cada movimiento creciendo en sentimiento, monumental, apasionada desde la introducción, toda la orquesta ganando en calidades, escuchando todo lo escrito con el balance ideal para disfrutar y paladear esta heredera del genio de Bonn en la creación de su primer admirador y calificada por Von Bülow como “la décima de Beethoven“. Tiempos bien contrastados, una agógica llevada con mimo por el maestro onubense contestada con rigor por sus músicos, intervenciones solistas llenas de talento, gama rica de matices con autoridad y respuesta inmediata, compenetración global para dejarnos una “primera de Brahms” que recordaré mucho tiempo, digna de formaciones de renombre que cerrando los ojos nadie diría que sonaba con nuestra orquesta y su titular. Gratitud total que también nos dejó de regalo, ojalá no se pierda esta buena costumbre, una orquesta reforzada para poner en todo lo alto este último sábado de noviembre.

Las figuras de la velada fueron los hermanos Jussen, Lucas y Arthur, en el Concierto para dos pianos y orquesta en re menor de F. Poulenc, con una orquesta ideal detrás y un concertador de primera como Lucas Macías Navarro. Entendimiento fraternal casi mágico, sonido potentemente delicado, entregado, virtuoso y compartiendo protagonismos, desde el Allegretto inicial misterioso a la par que melancólico, hasta el desenfadado Allegro molto siempre actual, pasando por esa maravilla de Larghetto de tintes mozartianos en una obra atemporal y casi centenaria donde los dos pianos redondean una tímbrica ideal. Química entre solistas, orquesta y podio que nos permitieron disfrutar de esta página difícil de escuchar en vivo con esta calidad.

Los hermanos Jussen, muy aplaudidos tras conectar desde su juventud y naturalidad, nos regalaron unas variaciones de Igor Roma de lo más personales, juguetonas y brillantes sobre la Sinfonía 40 de Mozart con final de “soldado americano” de Carosone, más cuatro manos delicadas y vigorosas verdaderos “juego de niños”, Jeux d’enfants, op. 22 (Bizet) que redondearon un final de mes para el recuerdo.

Liturgia Sokolov

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Sábado 2 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Grigory Sokolov. Obras de Beethoven y Brahms.

Crítica para La Nueva España del lunes 4, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Cada visita del pianista Grigory Sokolov (San Petersburgo, 1950) a España es un espectáculo casi místico con una liturgia conocida: temperatura adecuada, luz casi íntima, Steinway© con afinador incluido que al descanso vuelve a escena para retocar un instrumento que en manos del ruso alcanza sonoridades de otro mundo, más un programa donde las propinas son realmente la tercera parte, nunca improvisadas porque no hay nada al azar. Sabido de antemano antes de acudir al templo, merecen mayor penitencia quienes reinciden en el pecado de marchar antes de tiempo pues no hay propósito de enmienda; es verdadero sacrilegio toser inadecuadamente con ánimo de regocijo; y excomunión directa para los móviles demoníacos. El ritual no puede romperse aunque el ruso parezca ajeno a todo desde su púlpito instrumental, y los acólitos no soportamos las ofensas.
Sokolov es cual evangelista que bebe del antiguo testamento pianístico e interpreta literalmente desde el nuevo, con Oviedo parada obligada de sus giras (2011, 2014, 2017), en esta ocasión incluyendo dos de las tres B musicales de von Büllow: Beethoven y Brahms, románticos primero y último, dejando a Bach todopoderoso en el primer paraíso terrenal que entraría en mi particular santoral el 9 de abril de 2011.

Comenzar con la Sonata nº 3 en do mayor, op. 2 supone redescubrir al Beethoven que parte del Clasicismo haydiniano en su Allegro inicial, técnicamente siempre perfecto al servicio de la historia musical interpretativa, con fraseos impolutos, virginales, pureza de pedales, intensidades únicas en cada dedo con matices que en el Adagio presentan ya el primer romántico de claroscuros, profético en las manos de Sokolov, el Scherzo sustituyendo al minueto mozartiano ya plenamente sinfónico, y el último Allegro assai “imperial”, ligero de trinos barrocos, orquestales por momentos, con melodías inspiradoras para Schumann, Mendelssohn o Brahms, un testamento para todos los románticos.
Las Once bagatelas, op. 119 juegan con tonalidades y modos, aires del andante al vivace, estilos y épocas que al reunirse vuelven a tomar sentido de globalidad y premonición, música de un autor del que Sokolov se erige como gran mentor desde el siglo pasado. Emparejadas se complementan cual piedras preciosas en pendientes, sumando elementos se transforman en pulseras o collares, y todas juntas construyen esta corona real, bien engarzadas por este orfebre las once lecturas “futuristas”, más de lo que supondríamos al escucharlas por San Sokolov, miniaturas inmensas dotadas de unidad místicamente interiorizada que van creciendo, impactando e iluminando músicas aún por escribir en 1823 cuando se publicaron: juvenil A l’Allemande que nos recordó nuestro Antón Pirulero, chopiniano Vivace moderato de la nueve y carnavalescamente breve el Allegramente schumaniano por citar solo tres diamantes.

Brahms admiró y bebió de Beethoven, el último pianismo del hamburgués coincide en número opus con el maestro de Bonn. Sokolov unió las 118 y 119 Klavierstücke, diez piezas (seis y cuatro) dotadas de una madurez tanto escrita como interpretativa, donde los silencios brillan con la levedad deseada, cada nota responde fiel al pentagrama llenando el auditorio, las tonalidades adquieren brillos inenarrables y todo fluye mágico con equívoca apariencia de sencillez, monodia cumbre casi susurrada, verbo hecho arte mayúsculo, “rubato” imperceptible del fraseo y la buscada sonoridad casi enfermiza del ruso, sacando infinitas dinámicas independientes en cada gesto sin perder los legatos de ataques variopintos según la necesidad expresiva, ora ingrávida, ora refulgente y vigorosa. Cada pieza es única, reunidas las diez todo un nuevo testamento interpretativo de este evangelista del piano que siempre asombra descubriendo no ya el Intermezzo forma sino firma de un reverenciado Brahms.

Tercera parte de propinas, las seis “previstas” donde lo apuntado en los dos “B” toma forma independiente y profecías cumplidas: el Impromptu op. 90 nº 4 de Schubert más la Melodía húngara D 817, alternando con su esperado Rameau de trinos imposibles, piezas para clavecín de Los Salvajes La llamada de los pájaros antes del vals nº 2 de su compatriota A. Griboyédov para darnos la bendición apostólica con el mejor Debussy íntimo, casi místico del preludio Pasos sobre la nieve, el último legado del que Sokolov volvió a evangelizar caminando sobre la penumbra de un marzo ya primaveral.

Temple germano

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Miércoles 23 de enero, 20:00 horasOviedo, Conciertos del Auditorio: Philharmonisches Staatsorchester Hamburg, Veronika Eberle (violín), Kent Nagano (director). Obras de J. Rueda (1961) y J. Brahms (1833-1897).

Crítica para La Nueva España del viernes 25, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva

Miércoles de carreteras cortadas por tormentas y lluvias torrenciales donde el chaparrón musical vino desde Hamburgo, su orquesta filarmónica con sede en la nueva Elbphilarmonie y el titular desde 2015, un angloestadounidense de origen japonés, Kent Nagano, sumándose la también alemana Veronika Eberle más un Jesús Rueda cuya Stairscape, estrenada el día antes en Madrid, se inspira en Brahms siendo encargo de Ibermúsica a propuesta del propio Nagano, redondeando una velada para el recuerdo con sabor germano.

La breve “introducción” del español bebe de la cuarta sinfonía y no desmereció en nada contando con la misma plantilla utilizada en la obra que ocuparía la segunda parte sin perder el sello personal del que ya hemos disfrutado en Asturias con la OSPA, corroborando la excelencia sinfónica de los hamburgueses y la mano izquierda del californiano manejando dinámicas y planos sonoros con la maestría de las leyendas de mi época.

El Concierto para violín en re mayor, op. 77 de Brahms sonó en el Stradivarius Dragonetti (1700) de Veronika Eberle presente, nítido, virtuoso, concertado en comunión con Nagano siempre atento a la solista, manteniendo el temple en volúmenes pese a ser como una sinfonía con(tra) violín, tiempos contenidos en cada uno de los tres movimientos para apreciar cada detalle, saboreando las cadencias que llenaron el auditorio de color instrumental para delinear cada melodía en una interpretación madura, fresca, bien entendida por director y violinista. Sonido aterciopelado, “pianissimi” que acallaron toses y paraguas caídos, alegría de vivir especialmente en el conocido Allegro giocoso ma non troppo vivace verdaderamente delicioso. El regalo todavía más sabroso por original, Andante dolce de la Sonata para violín solo, op. 115 compuesta por el francés Frédèric Pélassy (1972), nueva apuesta por la música de nuestro tiempo con calidez y calidad (como Rueda).

Segunda parte plena con una inmensa Cuarta sinfonía en mi menor, op. 98 del indeciso Brahms al que nadie niega hoy en día su grandeza. Digno sucesor de Beethoven, admirador de Mozart, enamorado de Clara Schumann, su última sinfonía es como un testamento orquestal sin poder componer una quinta que igualase al dios de Bonn; usará una gran plantilla para una “estructura académica” de cuatro movimientos llenos de sorpresas formales y tributo a sus grandes predecesores, dotándola de un sello propio que le ha dado la popularidad actual. La Filarmónica de Hamburgo resultó humana con calidad casi estratosférica, no importó algún golpe de timbal adelantado (¡tocando de memoria toda la sinfonía!), una trompeta titubeante ante la exigencia de volúmenes mínimos o el movimiento final donde el maestro Nagano en un “izquierdazo” tirase las partituras del concertino, que mantuvo el temple sin dejar de tocar mientras la ayudante recogía rápidamente el desaguisado. Germanos magníficos bien llevados por un titular que ejerce como tal, sacando lo mejor de esta formación histórica sin desmerecer otras de su país. Un placer comprobar el vigor de cada movimiento, los “calificativos” aplicados con rigor en la batuta de gestualidad clara pero donde manda la mano prodigiosa, natural: rápido pero no demasiado, tranquilo moderado, gracioso, o enérgico y apasionado tal como rezan las indicaciones de los cuatro movimientos brahmsianos, degustando cada sección de exquisitez sonora, escuchando todo lo escrito limpio y en su sitio.

Emociones equilibradas para una Cuarta repleta de sensaciones. La colocación de trompas a la derecha, timbales a la izquierda, maderas y metales centrados en tres filas, violas y chelos permutados, violines envidiables más una plantilla donde los nueve contrabajos dan idea de la masa sonora dotada de la redondez que dan los graves, otorgando una amplia paleta dinámica controlada por Nagano, ofreciéndonos una interpretación para recordar.
De propina, tras las palabras en español de agradecimiento, música “pop” con unos cantos de los marineros de Hamburgo en arreglo del contrabajo solista Gerhard Kleinert, dando de nuevo un toque actual y ligero tras el peso de Brahms.

Grandes orquestas, directores legendarios y solistas de fama mundial siguen colocando Oviedo en el mapa musical, “La Viena del Norte” español que es envidia nacional.

Clausura con Brahms

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Miércoles 13 de junio, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo (clausura): Lisa Batiashvili (violín), Chamber Orchestra of Europe, Yannick Nézet-Séguin (director). Obras de Smetana y Brahms.

Feliz clausura de un ciclo con figuras de talla mundial, esta vez la violinista georgiana Lisa Batiashvili (Tbilisi, 1979) y el director franco-canadiense Yannick Nézet-Séguin (Montreal, 1975) junto a la Chamber Orchestra of Europe (COE) con Brahms de protagonista total, primero su concierto para violín y después la tercera sinfonía, todavía reciente en la memoria al haberla escuchado hace un mes con Harding y la Orquesta de París, aunque el directo siempre es irrepetible y la grandeza de los maestros hacen que cada interpretación sea única.

La COE solo es de cámara por su nombre porque la plantilla es numerosa e ideal para el programa que presentaban en esta gira que sigue colocando a Oviedo como “La Viena del Norte” español. Sus credenciales quedaron claras con la Obertura de La novia vendida (Smetana) con el enérgico, impetuoso y siempre preciso Nézet-Séguin con una limpieza en la cuerda independientemente de la velocidad sumada a una amplia gama dinámica bien marcada con manos firmes, dispuesta “a la vienesa” que en estas obras se agradece al equilibrar frecuencias, añadiendo un viento impecable igualmente ubicado casi orgánicamente, maderas en el centro con trompetas y trombones juntos a la derecha y trompas en el lado contrario, siendo los timbales el centro final. Un viaje en mi recuerdo del pasado verano en Praga visitando la casa museo de Smetana y sentir cómo la música nos transporta sin movernos de la butaca. Versión vigorosa y cálida llena de matices antes del “Todo Brahms” hasta el final.

Lisa Batiashvili figura en esas listas de jóvenes virtuosos de la extinta Unión Soviética que todavía mantienen una sólida formación heredada de sus mayores, si no queremos llamarlo escuela, está claro que los cimientos son suyos aunque hoy en día la universalización pedagógica ha roto fronteras, pero Georgia es una cantera de intérpretes de apellido difícil y largo recorrido. El Concierto para violín en re mayor, op. 77 de Brahms lo tiene tan interiorizado Batiashvili que simplemente contemplarla es todo un espectáculo. Nézet-Séguin es un experimentado concertador que ya ha dirigido en muchas ocasiones a la georgiana, de quien confiesa es su violinista preferida, sacando de la COE una textura ideal donde el violín solista parece emerger de la propia orquesta cual objetivo de cámara que mantiene el plano y nos acerca el protagonismo sin desenfocar el fondo.

El Allegro non troppo sonó unitario y lleno de color, romanticismo en estado puro, tal vez rápido olvidando el “no demasiado” aunque brillante en textura y melodías claras, entrando el violín aterciopelado en vez de hiriente, un clima sereno y mágico, tensiones contenidas y relajaciones solistas que cortaban el aire, todo encajado al detalle, con una cadencia lánguida susurrada desde el trémolo del timbal. El Adagio arrancó con una madera verdaderamente camerística antes del desarrollo temático, con metales plateados meciendo el inicio antes de incorporarse la cuerda de terciopelo y el violín solista de seda, donde Batiashvili derrochó delicadeza siempre presente desde su Guarnieri “del Gesu” de 1739, disfrutando del protagonismo revestido por una COE ideal antes de atacar el último movimiento jocoso sin velocidades vertiginosas y con el virtuosismo al servicio de las melodías infinitas del mejor Brahms que parecía dejar el clímax emocional para el final, aires zíngaros, contestaciones paralelas, poderío controlado explotando sincronizadamente como traca de fuegos artificiales acompasados por las manos de Nézet-Séguin y el violín de Batiashvili. La propina resultó casi otra obra fuera de programa también con orquesta en un movimiento lento para volver a saborear calidades y matices en todos ellos.

La Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90 (Brahms) no pudo tener mejor “preparación” porque las virtudes del concierto de violín se ampliaron, Nézet-Séguin frenando tempi para disfrutar cada sección orquestal, cada matiz, cada regulador, contagiando el ímpetu necesario y frenando el mínimo exceso dinámico. Claroscuros románticos y moldeando sonoridades cual ingeniero de sonido, sonido global con el balance justo, leve y suficiente en cada momento melódico de instrumentos, secciones o toda la orquesta. El conocido Poco allegretto al que Frank Sinatra puso letra sirvió para sujetar ímpetu y disfrutar del sonido pulcro de toda la cuerda sin perderse ninguna nota del viento, esculpiendo la orquesta como globalidad, ideal de todo director. El Allegro final remató un concierto brahmsiano bien entendido por el canadiense que la ha trabajado y grabado con “su” orquesta de Filadelfia y en esta gira traducida a la COE uniendo talentos para alcanzar esa sonoridad deseada en toda formación.

PD: del avance para la próxima temporada escribiré un post dada la calidad de intérpretes tanto en las Jornadas de Piano como los Conciertos del Auditorio que alcanzan 20 años.

Cuando la música fluye

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Viernes 25 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Orígenes III”, abono 13 OSPA, Vicente Mascarell (fagot), James Ross (director). Obras de Ligeti, Mozart y Brahms.

El decimotercer concierto de la temporada de abono de la OSPA tendría al fagot como protagonista, primero con la conferencia en la sala de cámara una hora antes a cargo de John Falcone, Una breve e interactiva historia del fagot siempre amena, simpática (¡no es un oboe!), incluso trayendo un bajón barroco y hasta un trozo de madera para explicar el origen de este instrumento único, ampliando la historia breve con vídeos curiosos de este neoyorkino afincado en Noreña y enamorado del instrumento para el que Mozart escribiría su único concierto, que escucharíamos más tarde por su compañero Vicente Mascarell.
El título “Orígenes III” supongo haga referencia al genio salzburgués sin el que la música no sería la misma, junto a sus acompañantes Ligeti y Brahms de quienes mi admirada doctora Mª Encina Cortizo nos deja unas excelentes notas en el nº 20 de la revista (abril-junio de 2018) que recoge la página de Facebook© de la orquesta y dejo enlazadas en los autores al inicio de esta entrada.

Otro “descubrimiento” el director y trompista bostoniano James Ross, amante de todo lo español, excepto las corridas de toros con el que la formación asturiana demostró empatía y comodidad en las tres obras, mimando la sección que él conoce bien para que alcanzase cotas de calidad en empaste, sonido aterciopelado y hasta el guiño de poner fuera de escena a Morató en el Concierto rumano (1951) de György Ligeti que abría el concierto, la “trompa alpina” como excelente tarjeta de presentación para todos. Hubo momentos mágicos en la conjunción del folklore rumano con el lenguaje instrumental bien entendido desde el podio, la pulsación rítmica y las intervenciones de los solistas de la OSPA nos dejaron calidades totales en color, dinámicas amplias, sonoridades delicadas y presentes, especialmente la cuerda, homogénea desde los graves que comienzan la obra solos, bien seguidos por una madera en estado de gracia, unos metales siempre acertados y la percusión precisa como en ella es habitual, asegurando un empuje alegre y colorista. Si el tercer movimiento Adagio ma non troppo es el Ligeti que el cine haría popular (como recuerda Cortizo), los tres movimientos restantes rinden culto a sus compatriotas Bartók y Enescu, las danzas populares junto a la herencia judía traducidas en una interpretación óptima que quedó registrada para Radio Clásica.

Vicente Mascarell protagonizaría su momento como solista dando el paso al frente y demostrando la calidad de los músicos de esta orquesta de todos los asturianos, una oportunidad que el valenciano (entrevistado en OSPATV) no dejó escapar para brindarnos el bellísimo Concierto para fagot en si bemol mayor, KV 191/186E (1774) del genio de Salzburgo, único para ese instrumento que el siempre joven Mozart escribiría con esa peculiar marca de la casa, puro clasicismo que hace “cantar” al instrumento, aquí el noble fagot con Mascarell unificando color en todo los registros. Virtuoso, presente gracias a una concertación bien entendida por Ross que con María Ovín de concertino en esta partitura, comandó una cuerda aterciopelada, limpia, precisa y siempre dejando escuchar al solista. Las cadencias sonaron rotundas y brillantes, con un Andante ma adagio casi operístico, bien escoltado por el primer Allegro luminoso de reguladores controlados y el alegre Rondo: Tempo di menuetto final, verdadera delicia para un auditorio de nuevo con muchos huecos pero rendido a intérpretes y solista, que todavía nos regalaría una excelente “Zarabanda” de Bach.

El maestro Ross, también en OSPATV con Fernando Zorita, dirige con gesto claro pero enérgico, dejando fluir la música y “obligando” a los músicos a escucharse, contestarse unos a otros, empastar y empatizar, manteniendo un sonido propio que se ha logrado con muchos años y trabajo conjunto, cerrando con la Serenata nº 1 en re mayor, op. 11 de Brahms una velada agradecida. Optar por esta obra en vez de cualquier otra sinfonía permitió volver a disfrutar de toda la orquesta, suma de intenciones e intervenciones, seis movimientos llenos de la firma del hamburgués cual esbozados homenajes a los grandes Haydn o Beethoven, sinfonistas con un mimo casi camerístico pese a la instrumentación “ampulosa” por la que Brahms optó para esta serenata. El uso acertado del viento con unas trompas afinadas al fin además de melódicas en sus fraseos, junto a las combinaciones instrumentales especialmente de la madera (un auténtico placer escuchar y ver cómo la interpretaron), hicieron brillar aún más una cuerda bien templada, tersa a la vez que dulce, limpia, unida, equilibrada en cellos y contrabajos, impregnando de calidad una versión que James Ross entendió con la delicadeza necesaria y el ímpetu docente que no mengua con los años.

Obra exigente a nivel global que el norteamericano entendió con dinámicas variadas buscando el dramatismo romántico aunque se quedase algo corto en fuerza pero melódico a más no poder, claro en las exposiciones, atento a los protagonismos de cada solista como hizo notar en los merecidos aplausos finales, levantando secciones completas por ese resultado de conjunto que volvió a dejarnos lo mejor de la OSPA sonando como el maestro Ross quiso en todo momento, disciplinada.

Quedan los dos últimos conciertos de junio con el regreso de Milanov para cerrar temporada (de la que se ha caído y pospuesto el estreno de López Estelche con Adolfo Gutiérrez Arenas), esperando sean más de “MasterChef” que “Pesadilla en la cocina“, tocando madera para conocer pronto el próximo curso 2018-19 que muchas otras formaciones y entidades ya han hecho públicas.

Esencias de mujer

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Sábado 12 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, Maria João Pires (piano), Orchestre de París, Daniel Harding (director). Obras de Beethoven y Brahms.

Maria João Pires dice adiós a los escenarios y comenzó su despedida en Oviedo, nuevamente “La Viena del Norte”, con la mejor clausura posible de estas jornadas de piano que llevan el nombre de Luis G. Iberni, seguro que feliz y orgulloso allá donde esté.
Lleno para seguir haciendo historia en esta nueva visita a la capital del Principado (tercera de las cinco programadas) en compañía de la Orquesta de París con otro que repetía en el Auditorio, el excelente director británico Daniel Harding tras hacerlo en 2012 con la Mahler Chamber Orchestra (en otro programa donde Beethoven y Brahms también fueron protagonistas) y 2014 al frente de la Filarmonica della Scala cerrando aquella temporada. La tercera visita por tanto de dos grandes que se van, “la Pires” de los conciertos y Harding de la dirección (rumores sin confirmar) en un concierto memorable, emocionante, magistral al conjugarse todos los elementos para hacerlo grande y siempre irrepetible.

El Concierto para piano y orquesta nº 3 en do menor, op. 37 de Beethoven supongo consensuado con la portuguesa (estaba previsto el Emperador) puesto que orquesta y director ya lo han interpretado recientemente mientras La Pires lo tiene hace tiempo “en dedos”, necesario y habitual para una mozartiana como ella este tercero que resulta ideal por el tránsito entre dos estilos (clásico y romántico) que domina como pocos intérpretes.

El inglés Harding siempre claro en gesto e ideas controlando una orquesta perfecta para concertar con la lusa Pires, frágil y menuda de apariencia pero mandando sin esfuerzo, tal es el grado de magisterio sentada al piano. Un recorrido vital en los tres movimientos, el Allegro con brio literal, primero las amplias credenciales orquestales, casi sinfónicas, a continuación el piano marcando ideas, fusionando todo en un fluir natural con una concertación cuidada de equilibrio, planos y dinámicas al servicio de la solista siempre presente, clara en la exposición, arpegios verdaderas perlas, cromatismos impecables, trinos de ensueño, fuerza arrebatadora y delicadeza angelical, el espíritu de Beethoven imbuyendo esta joya de partitura. El Largo íntimo, meditativo, noctámbulo, solitario antes de la orquesta refinada sumando emociones y recuerdo al mejor Mozart, los silencios luminosos, delicadeza instrumental incluso en las trompas, con poso en el grave y diálogos de sabios, siempre el piano sobrevolando diáfano… y finalmente el Rondó: Allegro, aires de danza, alegría frente al dramatismo, luz venciendo sombras, el foco sobre Pires abriéndose pletórica con una orquestación diáfana, encajando los ritardando, “cayendo” siempre a tiempo, la perfección con un Harding respetuoso y nunca sumiso a la leyenda portuguesa.

Un Beethoven para el recuerdo y no podía haber otro para el regalo, cercano al Largo anterior el Adagio Cantabile, segundo movimiento de la Sonata nº 8, op. 13 “Patética”, elección de la calma tras la tempestad, volver a la luz tenue y madura cual reflexión pianística de compositor e intérprete, propina nada habitual como tampoco lo es ella, Maria João Pires, una grande que tiene su sitio en el olimpo de las 88 teclas y pudimos volver a disfrutarla en su plenitud. Larga vida y felicidad en esta nueva etapa que emprende y gracias por tanto como nos ha dado.

La Sinfonía nº 3 en fa mayor, op. 90 de Brahms desplegaba toda la plantilla de los parisinos, un ejército sonoro por efectivos que el mariscal Harding, titular desde hace dos años y parece que con tensiones porque en todas las familias suele haber discrepancias, llevaría con mano firme los cuatro movimientos, bien contrastados, flexibilidad romántica reteniendo los tiempos para así disfrutar de la sonoridad orquestal en todas sus secciones, perfectas todas ellas (un espectáculo por momentos observar al clarinete principal “pugnando con sus vecinos”), sinfonía que jugó entre la claridad de los temas y el ímpetu en los desarrollos, sobre todo en los movimientos extremos frente a la sensualidad y delicadeza del conocido Poco allegretto que mis amistades recuerdan en sus versiones para el cine y hasta en “recreaciones pop” como la de Los Sonor. La Orquesta de París y Harding nos dejaron una tercera muy especial que me recordó, salvando las distancias, la de Bernstein con los vieneses.

Y el regalo orquestal, muy del gusto de Lenny y con reminiscencias del pianístico adagio, el bellísimo “Nimrod“, noveno número de las Variaciones Enigma (Elgar), calmado, casi con igual inspiración que el “patético” y hermoso de Beethoven, delicadeza en una cuerda poderosa emergiendo desde lo más hondo y el viento casi susurrando dentro de una orquesta “in crescendo” entregada a Harding con melodías que emocionan en un sábado cargado de recuerdos, “Libre pero feliz“.

Grados de madurez

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Sábado 28 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Jorge Luis Prats (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de Omar Navarro, P. I. Chaikovski y J. Brahms.

Tenía varios títulos para esta entrada como “Joven madurez”, “Madurez juvenil”, “Juventud y madurez”, mezclando sustantivo y adjetivo para encontrar la forma de explicar este concierto sabatino con un frío exterior contrapuesto al calor e ímpetu de la velada, decantándome por los distintos “Grados de madurez”.
De la madurez en general tengo que hablar para comenzar diciendo que la orquesta capitalina, la Oviedo Filarmonía (OFil) que sigue sin titular, está en esa plenitud alcanzada con el tiempo, siendo las “escapadas de la zarzuela” como un estímulo, saltar del foso al escenario en busca de calidades, más con los refuerzos del CONSMUPA que ayudaron a redondear sonoridad pese a contar de nuevo con solo cuatro contrabajos aunque la tarima sirvió de amplificador; sumemos a Lucas Macías Navarro (Valverde del Camino -Huelva-, 1978), oboísta triunfal en distintas orquestas de renombre mundial y ahora director joven pero ya maduro, recientemente nombrado principal director asistente de la ópera parisina, al que le pronto le saldrán más novias a la vista de sus éxitos al comprobar cómo hizo sonar de madura a la OFil.

Madurez juvenil la del “debutanteJorge Luis Prats (Camagüey, 1956) en Oviedo, un cubano optimista que parece triunfar algo tarde (sus biografías ponen 2007 como año del despegue internacional) y del que escriben que “sus interpretaciones se basan en los sentimientos y rechazan la teoría“, si bien preferiría ambas cosas. Estoy bastante de acuerdo con “su poderosa pulsación, ataques certeros y fulmíneos, magnífico juego dinámico y su digitación” aunque lo matizaré más adelante, destacando un ímpetu casi adolescente, con todo lo que ello conlleva, contrastando con su voluminosa presencia.

La joven madurez le corresponde al pianista, compositor y director Omar Navarro (Oviedo, 1983) de quien pudimos disfrutar el estreno absoluto de Nocturno para orquesta, con el que se abría el concierto. Su coetáneo Daniel Moro Vallina explica bien en las notas al programa el influjo de la noche no solo en esta partitura, diciendo que “no se trata de un guiño al impresionismo, con su recreación de atmósferas, sino de una reflexión sobre cómo un mismo espacio cambia si se contempla desde diferentes ángulos“, aunque personalmente me evocó esa atmósfera francesa tanto de Debussy como de Ravel en la orquestación (con arpa y celesta), en las líneas melódicas o en el propio armazón de este nocturno sinfónico. Dedicado a los músicos de la orquesta que con Macías alcanzaron unas texturas claras y precisas pese a los cambios de tiempo que encajaron sin problemas, gracias a la implicación de director y orquesta en esta obra nueva que suena atemporalmente conocida, será por ese carácter noctámbulo que muchos compartimos, esperando tenga largo recorrido porque la partitura y su autor lo merecen.

El popular Concierto para piano y orquesta nº 1 en si bemol menor, op. 23 (Chaikovski) admite enfoques para todos los gustos, aunque el de Prats con la OFil y Macías no me convenció mucho, puede que por falta de claridad, excesivo ímpetu en el solista (que no es el de hace diez años), dificultades de concertación ante un rubato por momentos exagerado, si bien no puedo negarle al cubano de padres españoles su pasión algo desmesurada para esta joya de concierto con cierto poso más que reposo, porque como dice el refrán “el que tuvo retuvo“.

La poderosa pulsación no llevó pareja la exactitud en los ataques, sus dinámicas exageradas lo fueron de principio a fin, siendo más agradecidas en el Andantino semplice, con un pedal que ensució más de lo debido aunque hubiese pasajes con aciertos tímbricos, más por el balance instrumental desde el podio que por limpieza en el teclado. Domar este ímpetu juvenil a ciertas edades desde un podio respetuoso se tornó arduo, gustándome más el sonido orquestal que el pianístico, interpretado con pasión por el pianista y atención por una orquesta que intentó plegarse al solista.

Lo mejor tras el Chaikovski previo fueron las cuatro propinas de verdadero sabor latino, de nuevo por entrega más que por virtuosismo. Él mismo en una entrevista hace dos años y medio para El País decía: “yo soy un músico de la calle, pero me encanta decirlo porque, la verdad, todos a quienes admiro lo fueron. Y las raíces de toda la música que consideramos clásica, de Bach a Schubert, son populares“. Y popular en intención y tradición comenzó con su paisano Ernesto Lecuona y la conocida Siempre está en mi corazón que yo descubriese de crío cantada por Alfredo Kraus, al piano todo sentimiento, ambiente nocturno de club en la Florida del exilio, la música folclórica de ida y vuelta, sin etiquetas y directa a lo más íntimo. Ritmo innato llevando lo popular hasta la sala de conciertos como Lecuona con sus Danzas cubanas o las homónimas de Ignacio Cervantes que también están en su repertorio, caso de Los delirios de RositaEl velorio, La negra también bailaba, más la última y breve Mazurka también de Lecuona, juego con un dedo en glissandi uniendo folclore y humor en el repertorio donde mejor se mueve este juvenil cubano maduro.

Para la segunda parte Brahms y su Sinfonía nº 2 en re mayor, op 73 donde Macías sacó lo mejor de la OFil, unos violines tersos y claros, las violas con su momentos álgidos cantando varias notas de la famosa “canción de cuna” en el Allegro non troppo, los cellos con Ureña marcándose un solo también de lo más lírico, cuatro contrabajos dándolo todo en presencia y claridad, las maderas bien empastadas con intervenciones dignas de admiración y hasta los metales redondos, afinados, sin olvidarme de los timbales mandando con su precisión habitual. Los tiempos elegidos casi metronómicos en las indicaciones, sin demasía, como el Adagio non troppo sin decaer, el Allegretto grazioso (quasi Andantino) perfecto en los planos, y el potente y último Allegro con Spirito coronando una segunda de Brahms digna de las orquestas y directores grandes, y la de Oviedo lo fue este último sábado de abril.

Inspiraciones zíngaras

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Miércoles 11 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Filarmónica de Gijón, concierto nº 1600: Zíngaros, Quantum Ensemble. Obras de Liszt, Bartok y Brahms.

Un año después volvía a Gijón el pianista tinerfeño Gustavo Díaz-Jerez pero con su Ensemble residente en el auditorio de su ciudad, esta vez en formato variado de trío, cuarteto y hasta el quinteto de regalo para ofrecernos un concierto bajo el sugerente título de “Zíngaros”, presentando obras de compositores inspirados en ese folklore universal del pueblo romaní que los genios de la escritura musical sintieron como húngaro, llevándolo a unas composiciones no del todo conocidas por el gran público y menos en formato camerístico del que no me cansaré en repetir sigue siendo la escuela de todos, melómanos e intérpretes.

Las notas al programa de Carla Miranda Rodríguez de la Universidad de Oviedo, las dejo escaneadas porque siempre ayudan a enmarcar cronológica y estilísticamente las vidas y obras de cada concierto, una buena costumbre que no debe perderse.

Con David Ballesteros (violín) ejerciendo de presentador, Ángel Luis Quintana (violonchelo) y Gustavo Díaz-Jerez (piano) comenzaba a sonar la Rapsodia húngara nº9 “Carnaval de Pest” de Franz Liszt en arreglo para trío del propio compositor, algo desafinados pero dándole ese carácter callejero de una música que “el abate” elevó a la sala de conciertos. Virtuosos en sus instrumentos es difícil encontrar un trío con pianistas de talla capaces de acompañar y brillar con la cuerda frotada, y el tinerfeño nunca defrauda.

Y los Contrastes para violín, clarinete y piano, Sz. 111 de Bela Bartók nos permitió disfrutar del virtuoso Cristo Barrios en esta obra de 1938 dedicada y estrenada por Benny Goodman, el propio compositor al piano y Joseph Szigeti durante la estancia de los húngaros en EEUU. Tres movimientos que conjugan no ya lo gitano sino el espíritu innovador y todavía vigente del compositor húngaro afincado en Nueva York, empapándose también de la música balcánica, húngara, gitana, negra, como del jazz y la música popular allá donde ponía su privilegiado oído y su escritura única. Verbunkos (danza del reclutamiento): Moderato ben rimato, juego tímbrico lleno de ese ambiente internacional con armonías rompedoras en su momento, continuas “interrupciones” quitándose protagonismo piano, violín y clarinete, compartiéndolo, con emparejamientos, solos, y hasta danza plástica en estos últimos intentando contagiarse de tanta música escondida en la partitura. Pihenó (Relajación): Lento ayudó a tomar aire a todos con las pinceladas bartokianas llenas de color y sobre todo Sebes (Danza rápida): Allegro vivace, con cambio de violín y clarinete para ser lo más fieles posibles al sonido “gipsy” volviendo al instrumento original mientras el piano enlazaba esa vivacidad rítmica, melódica y camerística de un trío exigente como pocos para una música que no aparenta 80 años por su cercanía a los estilos y lenguajes que en este siglo son habituales.

El Cuarteto con piano nº 1 en sol menor, op. 25 “Zíngaro” de Brahms no necesita de mayor presentación, con la viola de Cecilia Bércovich completando esta formación que exprime la sonoridad del cuarteto con ese sobrenombre por el último movimiento Rondo alla Zingarese (Presto), más por la inspiración que por beber de lo folklórico, aunque el compositor alemán lo asociase a lo húngaro como sus conocidas danzas de las que nos regalaron la novena en arreglo de la también componente del Trío Arbós para este peculiar quinteto, el “ensemble” al completo en gira peninsular con parada gijonesa, rematando una velada más húngara que zíngara aunque lo romaní siempre ha sido fuente de inspiración para músicos de todos los tiempos y estilos. Por su parte el cuarteto con piano brahmsiano sigue siendo un referente de la agrupación camerística por excelencia que permite gozar del trío de cuerda con el piano virtuoso en un conjunto como el canario donde sus intérpretes brillan con luz propia y juntos asombran por la calidad.

Otro éxito de la centenaria sociedad gijonesa en este número redondo de sus conciertos a lo largo de 110 años: 1600 que seguirán sumando…

Celebrando los 333 de Bach en Avilés

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Miércoles 21 de marzo, 20:15 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, XLI Semana de Música Religiosa de Avilés (SMRA). Josep Mª Mas i Bonet (órgano). “Música para la Pasión”: obras de Bach, Brahms, Liszt, Franck y Messiaen.

Entramos en la recta final de la cuadragésimo primera SMRA​ en el día del 333 aniversario de Bach, que no podía faltar en un concierto titulado “Música para la Pasión” y con el veterano organista de Centelles (Barcelona) Josep Maria Mas i Bonet, que fue de menos a más en este penúltimo concierto con el órgano de Acitores nuevamente increíble en sonoridades todavía por descubrir, maestría de un intérprete de largo recorrido y obras de gran enjundia.

Comenzó el catalán con la Fantasía en do menor, BWV 562 del kantor, continuando con el Coral De profundis clamavi ad te, de la Cantata BWV 68 y la Fantasía y fuga en do menor, BWV 537, austeras como el propio Bach hubiera deseado, registros sobrios sobre el segundo teclado y el pedal, limpieza de líneas, técnicamente impecable y gustándose sobre todo en la última de las tres partituras de nuestro dios.
En línea similar discurrió Brahms como no podía ser menos al “revisar” al padre de las músicas con el Preludio coral Herzliebster Jesu, was hast du verbrochen  (Querido Jesús, qué culpa has cometido), comedido en su grandeza, homenaje romántico al barroco en el instrumento rey, el órgano de Santo Tomás avilesino en manos y pies de Mas i Bonet, de nuevo maestro con poso al afrontar este muestrario con referencias a la Pasión de Cristo.

Pero llegaría Liszt y rompería el fuego abriendo horizontes sonoros con la Oda fúnebre, muerte esperanzadora, luminosa sin perder dramatismo, registros mucho más variados, la expresión en los pedales que comenzaba a emanar grandeza sonora en distintas dinámicas.
El momento cumbre personalmente llegó con Cesar Franck y su Coral nº 1 en mi mayor, auténtico caleidoscopio sonoro en un Acitores camaleónico que parecía emular los Cavaillé-Coll del romanticismo pleno con variedad tímbrica y transiciones de un teclado a otro delicadas con sabor francés y verdadero “savoir faire” elegante, brillante, variado, jugoso, para la última explosión final del organista catalán.

Olivier Messiaen siempre supone un tributo bachiano y Les Ténèbres su música para esta pasión con truenos y tinieblas de dolor en ese lienzo orgánico antes de la feliz La Résurrection du Christ con el organista catalán siempre cercano a Francia en todo. Paleta barroca con trazo abstracto bien interpretado y exprimiendo el Acitores cada vez más asombroso cuando se le exige, y los cinco autores de este miércoles supusieron otra prueba de un órgano válido para repasar la historia de la música para él escrita.

No podía haber sido mejor cumpleaños de Mein Gott quien decía​
La música es una armonía agradable para el honor de Dios y de los placeres permitidos del alma“, armonías las alemanas y placeres inmejorables los franceses, pues Mas i Bonet se mostró en el órgano avilesino tan francés como Franck y Messiaen.
La agenda me impide asistir al último concierto del viernes 23 con el grupo de cámara santanderino Ars Poliphonica que además estrena espacio en la Iglesia de los Padres Franciscanos (Parroquia de San Antonio), acústica ideal para un programa que va de Dunstable y Gombert hasta Drake o Vince Clarke titulado “Dilecte Mi” a cargo de este grupo de voces graves.

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