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Inspiraciones zíngaras

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Miércoles 11 de abril, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Filarmónica de Gijón, concierto nº 1600: Zíngaros, Quantum Ensemble. Obras de Liszt, Bartok y Brahms.

Un año después volvía a Gijón el pianista tinerfeño Gustavo Díaz-Jerez pero con su Ensemble residente en el auditorio de su ciudad, esta vez en formato variado de trío, cuarteto y hasta el quinteto de regalo para ofrecernos un concierto bajo el sugerente título de “Zíngaros”, presentando obras de compositores inspirados en ese folklore universal del pueblo romaní que los genios de la escritura musical sintieron como húngaro, llevándolo a unas composiciones no del todo conocidas por el gran público y menos en formato camerístico del que no me cansaré en repetir sigue siendo la escuela de todos, melómanos e intérpretes.

Las notas al programa de Carla Miranda Rodríguez de la Universidad de Oviedo, las dejo escaneadas porque siempre ayudan a enmarcar cronológica y estilísticamente las vidas y obras de cada concierto, una buena costumbre que no debe perderse.

Con David Ballesteros (violín) ejerciendo de presentador, Ángel Luis Quintana (violonchelo) y Gustavo Díaz-Jerez (piano) comenzaba a sonar la Rapsodia húngara nº9 “Carnaval de Pest” de Franz Liszt en arreglo para trío del propio compositor, algo desafinados pero dándole ese carácter callejero de una música que “el abate” elevó a la sala de conciertos. Virtuosos en sus instrumentos es difícil encontrar un trío con pianistas de talla capaces de acompañar y brillar con la cuerda frotada, y el tinerfeño nunca defrauda.

Y los Contrastes para violín, clarinete y piano, Sz. 111 de Bela Bartók nos permitió disfrutar del virtuoso Cristo Barrios en esta obra de 1938 dedicada y estrenada por Benny Goodman, el propio compositor al piano y Joseph Szigeti durante la estancia de los húngaros en EEUU. Tres movimientos que conjugan no ya lo gitano sino el espíritu innovador y todavía vigente del compositor húngaro afincado en Nueva York, empapándose también de la música balcánica, húngara, gitana, negra, como del jazz y la música popular allá donde ponía su privilegiado oído y su escritura única. Verbunkos (danza del reclutamiento): Moderato ben rimato, juego tímbrico lleno de ese ambiente internacional con armonías rompedoras en su momento, continuas “interrupciones” quitándose protagonismo piano, violín y clarinete, compartiéndolo, con emparejamientos, solos, y hasta danza plástica en estos últimos intentando contagiarse de tanta música escondida en la partitura. Pihenó (Relajación): Lento ayudó a tomar aire a todos con las pinceladas bartokianas llenas de color y sobre todo Sebes (Danza rápida): Allegro vivace, con cambio de violín y clarinete para ser lo más fieles posibles al sonido “gipsy” volviendo al instrumento original mientras el piano enlazaba esa vivacidad rítmica, melódica y camerística de un trío exigente como pocos para una música que no aparenta 80 años por su cercanía a los estilos y lenguajes que en este siglo son habituales.

El Cuarteto con piano nº 1 en sol menor, op. 25 “Zíngaro” de Brahms no necesita de mayor presentación, con la viola de Cecilia Bércovich completando esta formación que exprime la sonoridad del cuarteto con ese sobrenombre por el último movimiento Rondo alla Zingarese (Presto), más por la inspiración que por beber de lo folklórico, aunque el compositor alemán lo asociase a lo húngaro como sus conocidas danzas de las que nos regalaron la novena en arreglo de la también componente del Trío Arbós para este peculiar quinteto, el “ensemble” al completo en gira peninsular con parada gijonesa, rematando una velada más húngara que zíngara aunque lo romaní siempre ha sido fuente de inspiración para músicos de todos los tiempos y estilos. Por su parte el cuarteto con piano brahmsiano sigue siendo un referente de la agrupación camerística por excelencia que permite gozar del trío de cuerda con el piano virtuoso en un conjunto como el canario donde sus intérpretes brillan con luz propia y juntos asombran por la calidad.

Otro éxito de la centenaria sociedad gijonesa en este número redondo de sus conciertos a lo largo de 110 años: 1600 que seguirán sumando…

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Celebrando los 333 de Bach en Avilés

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Miércoles 21 de marzo, 20:15 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, XLI Semana de Música Religiosa de Avilés (SMRA). Josep Mª Mas i Bonet (órgano). “Música para la Pasión”: obras de Bach, Brahms, Liszt, Franck y Messiaen.

Entramos en la recta final de la cuadragésimo primera SMRA​ en el día del 333 aniversario de Bach, que no podía faltar en un concierto titulado “Música para la Pasión” y con el veterano organista de Centelles (Barcelona) Josep Maria Mas i Bonet, que fue de menos a más en este penúltimo concierto con el órgano de Acitores nuevamente increíble en sonoridades todavía por descubrir, maestría de un intérprete de largo recorrido y obras de gran enjundia.

Comenzó el catalán con la Fantasía en do menor, BWV 562 del kantor, continuando con el Coral De profundis clamavi ad te, de la Cantata BWV 68 y la Fantasía y fuga en do menor, BWV 537, austeras como el propio Bach hubiera deseado, registros sobrios sobre el segundo teclado y el pedal, limpieza de líneas, técnicamente impecable y gustándose sobre todo en la última de las tres partituras de nuestro dios.
En línea similar discurrió Brahms como no podía ser menos al “revisar” al padre de las músicas con el Preludio coral Herzliebster Jesu, was hast du verbrochen  (Querido Jesús, qué culpa has cometido), comedido en su grandeza, homenaje romántico al barroco en el instrumento rey, el órgano de Santo Tomás avilesino en manos y pies de Mas i Bonet, de nuevo maestro con poso al afrontar este muestrario con referencias a la Pasión de Cristo.

Pero llegaría Liszt y rompería el fuego abriendo horizontes sonoros con la Oda fúnebre, muerte esperanzadora, luminosa sin perder dramatismo, registros mucho más variados, la expresión en los pedales que comenzaba a emanar grandeza sonora en distintas dinámicas.
El momento cumbre personalmente llegó con Cesar Franck y su Coral nº 1 en mi mayor, auténtico caleidoscopio sonoro en un Acitores camaleónico que parecía emular los Cavaillé-Coll del romanticismo pleno con variedad tímbrica y transiciones de un teclado a otro delicadas con sabor francés y verdadero “savoir faire” elegante, brillante, variado, jugoso, para la última explosión final del organista catalán.

Olivier Messiaen siempre supone un tributo bachiano y Les Ténèbres su música para esta pasión con truenos y tinieblas de dolor en ese lienzo orgánico antes de la feliz La Résurrection du Christ con el organista catalán siempre cercano a Francia en todo. Paleta barroca con trazo abstracto bien interpretado y exprimiendo el Acitores cada vez más asombroso cuando se le exige, y los cinco autores de este miércoles supusieron otra prueba de un órgano válido para repasar la historia de la música para él escrita.

No podía haber sido mejor cumpleaños de Mein Gott quien decía​
La música es una armonía agradable para el honor de Dios y de los placeres permitidos del alma“, armonías las alemanas y placeres inmejorables los franceses, pues Mas i Bonet se mostró en el órgano avilesino tan francés como Franck y Messiaen.
La agenda me impide asistir al último concierto del viernes 23 con el grupo de cámara santanderino Ars Poliphonica que además estrena espacio en la Iglesia de los Padres Franciscanos (Parroquia de San Antonio), acústica ideal para un programa que va de Dunstable y Gombert hasta Drake o Vince Clarke titulado “Dilecte Mi” a cargo de este grupo de voces graves.

Un ensamblado Enol

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Crítica para La Nueva España del jueves 15 de febrero, añadiendo mis links y fotos.

Martes 13 de febrero, 19:45 horasSociedad Filarmónica de Oviedo, concierto 3 del año, 1.967 de la sociedad: “Enol Ensemble: Elena Rey (violín), Cristina Gestido (viola), Teresa Valente (cello) y Mario Bernardo  (piano). Obras de Schumann y Brahms.

El cuarteto con piano es una formación inusual, tres instrumentos de cuerda (violín, viola y violoncello) con los cuales el piano nunca acaba de empastar porque el sonido se produce de distinto modo (cuerdas frotadas unos, cuerdas percutidas el otro), lo que puede explicar que no exista literatura muy abundante para esta clase de cuarteto (Mozart, Dvorak o Fauré entre los pocos), ni tampoco agrupaciones estables dedicadas a estas obras, siendo costumbre que conjuntos de cuerdas ya consolidados inviten a un buen pianista (y prescindan del segundo violín) o bien cuatro instrumentistas independientes que se reúnan para abordar este subgénero. Ni uno ni otro, lo bueno del “Enol Ensemble” es su apertura a cualquier estilo, formación o época para hacernos llegar estos repertorios tan poco programados y tocados, un martes sin supersticiones y carnavalesco con esta formación que se estrenaba en la Sociedad Filarmónica de Oviedo, el mejor escenario para esta música.

Unir dos cuartetos de Schumann y Brahms, maestro y discípulo, no necesita justificación alguna. La amplia amistad que el joven de Hamburgo mantuvo a lo largo de toda su vida con Clara Wieck, esposa de Robert y muy pronto su viuda, junto a la fidelidad y defensa de la obra del amado maestro, siempre con la losa del “dios Beethoven” en todos sus seguidores, hechos que resaltan la compenetración de músicas tan íntimamente unidas y sin embargo tan diferentes en ambos, con esta peculiar e inusual reunión de trío de cuerda con piano, esta vez estrenando “Enol Ensemble” con veneración por los dos alemanes, pudiendo y haciendo entender que la cuna del romanticismo es germana desde una interpretación rigurosa y potente de mayoría femenina, como la vida misma.

Dos visiones de un solo mundo con este “ensemble” abierto al universo camerístico comenzando con el “Cuarteto en mi bemol” op. 47 de Schumann, el “Sostenuto assai” seguido del “Allegro ma non troppo” del arranque, el juego del “Scherzo: Molto vivace” combinando tímbricas y números, el tercer movimiento “Andante Cantabile” puede que el más nostálgico y triste del romanticismo, así transmitido sin ñoñerías, mientras el último “Finale: Vivace” supone el salto adelante preparado en los movimientos anteriores, de planos equilibrados con los protagonismos escritos desde una visión global, un buen desarrollo del discurso entre unos solistas que saben y disfrutan haciendo música juntos, con el corazón mandando sobre el nervio evitando exhibicionismos.

Seriedad y mucho ensayo necesarios para afrontar Schumann, no digamos ya del “Cuarteto en sol menor” op. 25 de Brahms que profundiza en sonoridades e individualidades alternadas, de sonido uniforme bien entendido por estos intérpretes veteranos y jóvenes, de tiempos más diferenciados que en la primera obra, pasando del enérgico “Allegro” inicial al nocturno y sombrío “Intermezzo”, el “Andante con moto” cantado por los cuatro por esa inspiración o aire casi de “lied” a tres voces con el piano, y el último “Rondo alla zingarese” recordándonos el jolgorio del martes carnavalesco contrapuesto con leves momentos íntimos del caballero piano contestado con igual intención por las tres damas de los arcos, para saborear violines populares casi evocadores del címbalo húngaro, tamizados por las sutilezas del hamburgués -que estuvo al piano en su estreno- y elevaría a las grandes salas estos aires gitanos, de ritmo casi salvaje recordando sus danzas por métrica y melodías populares de este bien ensamblado Enol astur por capital (pues hay una catalana, una portuguesa y dos asturianos) con proyección internacional, triunfando en su puesta de largo.

Valientes por las obras elegidas, sobradamente preparados para afrontar cualquier repertorio con éxito y sobre todo enamorados de la música.

Tarde de estreno ovetense

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Reseña para La Nueva España del miércoles 14 de febrero con añadidos de links y fotos propias.

Martes 13 de febrero, 19:45 h. Sociedad Filarmónica de Oviedo: Enol Ensemble.

Puesta de largo del “Enol Ensemble” promocionando la música de cámara, esta vez en formato de trío de cuerda formado por Elena Rey (violín), Cristina Gestido (viola), Teresa Valente (cello) con el pianista Mario Bernardo, en la Sociedad Filarmónica de Oviedo, dónde mejor que en esta escuela de melómanos, nada menos que con dos obras intensas, inmensas y emparentadas dentro de los llamados “cuartetos con piano”, no muchos en la historia: el Cuarteto en mi bemol op. 47 de Schumann -con el “Andante Cantabile” probablemente más triste y melancólico- junto al Cuarteto en sol menor op. 25 de Brahms, tributo del alumno con una admiración no exenta de veneración (también a la viuda Clara Wieck) que este Enol asturiano elevó a la altura esperada, con final “alla zingarese” de aire carnavalesco y jovial.
Dos colosos de la música de cámara romántica para una presentación de categoría especial en una ascensión con empuje y entendimiento juvenil de este cuarteto bien “ensamblado” de mayoría femenina y carácter heroico con resultado satisfactorio.

Deuda saldada

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Jueves 8 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Khatia Buniatishvili (piano). Obras de Brahms, Tchaikovsky y Liszt.

Oviedo, Pablo Siana | 09.02.2018 | 03:45
Khatia Buniatishvili retornó ayer a Oviedo para ofrecer el concierto que, inicialmente previsto para el 3 de diciembre, tuvo que retrasar por una insuficiencia respiratoria acompañada de un proceso febril.
Un recital incluido en el programa de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, que patrocina LA NUEVA ESPAÑA, y en el que la intérprete georgiana integró dos mundos: el íntimo, casi religioso, frente a la pirotecnia para todos los públicos.

En un concierto rebosante de música, Khatia Buniatishvili se empleó con elegancia y equívoca facilidad por la sencillez, llena de delicada fortaleza.

Su pieza inicial, la Sonata para piano nº 3 en fa menor de Brahms, precisa de una madurez que a la georgiana le viene por genética. La pianista deleitó en sus cinco movimientos diferentes y únicos. En el primero, un Allegro maestoso, ofreció una arrebatadora entrada, acallando aplausos y pasión como el rojo vestido que apenas dio tiempo a digerir. En el segundo, Andante espressivo, rindió un íntimo tributo a las otras “B” (Bach y Beethoven) por un Brahms con la óptica femenina, también “B” mayúscula, de Buniatshvili, pero minúscula por bostezo y carraspeo, cuando no tos nada griposa sino de aburrimiento, por parte del público no preparado para esta sonata exigente. Una parte del público a la que el tercero, Scherzo: Allegro energico – Trio, provocó un despertar con volúmenes amplios y abrumadora limpieza.

El cuarto movimiento, Intermezzo: Andante molto, otra interiorización y tributo de Brahms a “la quinta” de su adorado sordo, fue dinámico, delicado y arrebatado en esa mezcla que Buniatishvili domina desde su técnica y musicalidad asombrosa previa al quinto, Finale: Allegro moderato ma rubato, como esperado fin de trayecto en una primera parte locuaz pero introvertida. Como los propios gestos de la giorgiana.

Chaikovski es seguro de triunfo sobre todo su Cascanueces cuya suite el también virtuoso M. Pletnev (conocido en Oviedo) arregló en siete números donde de las danzas hizo Buniatishvili virtud al piano recreando sonoridades propias más que orquestales por matices y velocidades diversas.

Y cerrando velada el Liszt endemoniado, siempre cortando aplausos, sin rodeos ni poses o tics, apurando respiración, primero el Vals Mephisto nº 1, del paraíso perdido al abismo emocional, implosión y explosión virtuosa antes de apurar la Rapsodia española, S.254. Tributos de húngaro y georgiana a nuestra música más que la jota, con visiones internacionales donde los dedos se entrenan pero la mente sigue dominando.

Kathia Buniatshvili, KB para abreviar, asombrando como siempre, aún nos regaló un poco de la Rapsodia húngara y mucho del otro KB, el “Kantor Bach” con un Coral que de nuevo puso a Oviedo en el mapa de la música.

P. D.: El texto corresponde a mi reseña para La Nueva España (en la edición digital solo para suscriptores) de la  madrugada del viernes a la que desde casa he añadido mis fotos, salvo la indicada que ilustraba el periódico, y los habituales “links” enlazando temas y autores.

Profesores: maestros e intérpretes

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Martes 9 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, Sociedad Filarmónica de Oviedo (concierto 9 del año, 1957 año 111). José María Fernández Benítez (violín), Josep Colom (piano). Obras de: Brahms, Schubert y Mozart.

Los profesores Josep Colom (Barcelona, 1947), habitual en Oviedo, maestro de maestros en una trayectoria impecable, y José María Fernández Benítez (Córdoba, 1977), compaginan docencia y conciertos, acercando su magisterio a estudiantes (muchos alumnos del conservatorio ovetense) y melómanos como así debería ser en todas partes, y teniendo la música de cámara como parte importante en sus trayectorias.

Visitando las Sociedades Filarmónicas de Oviedo y Gijón, verdaderos oasis musicales en peligro de extinción y auténtica escuela para todos, este dúo de violín andaluz y piano catalán nos trajo un programa con el violín como protagonista, recordando al gran intérprete húngaro Joseph Joachim, cuyo Stradivarius se escuchó en el Auditorio el pasado viernes en manos de Ray Chen, pero donde el piano comparte protagonismo.

Brahms resultó el auténtico plato fuerte, comienzo y final. El “Scherzo”, de la Sonata FAE, que fue concebida, como indican las notas al programa, por Schumann como regalo para Joachim “en una suerte de unión del talento musical del propio Schumann (Intermezzo y Finale), Albert Dietrich (el inicial Allegro) y de Johannes Brahms (el scherzo que hoy nos ocupa), parte que sin duda es la que con el tiempo ha vivido mayor fortuna y suele interpretarse como pieza separada”. Continúan las notas diciendo que “los tres compositores amigos tomaron el lema de Joachim “Frei aber einsam” (libre pero solo) para obtener el tema principal de la sonata (fa-la-mi). El 28 de octubre de 1853, en casa de los Schumann, con Clara al piano y el propio Joachim al violín, fue presentada la sonata por sus autores a su dedicatario, que adivinó sin problema alguno quién era el autor de cada uno de los movimientos”. La tapa acústica del piano abierta totalmente nos permitió apreciar la inmensa gama dinámica del compositor alemán en ambos instrumentos, puede que algo oscuro el violín en los pianísimos pero presente y consistente, impulso vital y momentos cantabiles realmente logrados.

La Sonata Gran Dúo en la mayor, D. 574 de Schubert es habitual en los programas de los grandes intérpretes solistas que se unen para disfrutar juntos la música de la Viena romántica, presentes los recuerdos beethovenianos del malogrado Franz, diálogos desde el juego melódico y nueva demostración de Música con mayúsculas a cargo de Fernández Benítez y Colom, el Teatro Filarmónica cual salón de una de aquellas “schubertiadas” (las fiestas de música y poesía organizadas por el compositor vienés) a la que estuvimos invitados. Limpieza en los fraseos, exactitud en las duraciones, el rubato ensamblado y entendido con delicada precisión más la unión discursiva de los cuatro movimientos en esta joya que el propio compositor no pudo ver en vida, pese a considerarse una de las preferidas de su autor. De nuevo quiero citar las notas al programa: “Schubert es Viena. Nace, vive y muere en la que ya entonces es capital musical europea, Así, podemos decir que su música es Viena en puridad. Aspectos de su vida y personalidad nos hablan de un autor atormentado y brillante, de corta vida -muere a los 31 años- y prolífico como pocos, que la historia de la Música ha dejado como paradigma del infortunio y el trágico destino, prueba de ello es la famosa anécdota que se le atribuye de su proposición de brindis tras el entierro de Beethoven por el próximo en ser enterrado, sin saber que estaba brindando por sí mismo. Paradigma de ese infortunio puede ser la historia de este Gran Dúo, escrito en agosto de 1817 -con veinte años- pero que fue publicado, póstumamente en 1851 y estrenado en 1864. Sin duda recordaremos a Beethoven escuchándolo, pero estaremos ante Schubert o en Viena, que es lo mismo, desde el mismo principio de la obra, cuando los envolventes cuatro primeros compases del piano den entrada al tema del violín que nos situará en una schubertiada, plena de delicadeza musical”.

Otra partitura de las que se agradecen en estos conciertos es la Sonata en mi mayor, K. 304 (Mozart), con dos movimientos, el “Allegro” conocido -e incluso tarareado por mis vecinas de localidad- más el “Tempo di Menuetto”, que bisarían como propina, abriendo la segunda parte. Verdadera joya del Clasicismo que guarda la siempre engañosa sencillez del genio de Salzburgo con la profundidad que marcaría su inmensa producción. Escrita en París en 1778 cuando Mozart buscaba un trabajo estable y marcado por la muerte de su madre, es una de las más destacadas obras de cámara del joven Wolfgang. Independientemente de ser anterior o posterior al hecho luctuoso sí podemos apreciar cierto sentimiento de ausencia. Si se habla de “sencillez formal y profundidad expresiva de una forma que merece resaltarse dentro de su catálogo”, diría que la sencillez estuvo en una ejecución sustentada en el conocimiento y el entendimiento, mientras la profundidad expresiva en la unidad sonora engrandecida por dinámicas y fraseos claros, complementarios para los dos movimientos expuestos por dos maestros para quienes la edad no es distancia sino un plus de madurez que redunda en la calidad interpretativa, dejándonos por partida doble ese “Menuetto” exquisito bisado como propina. Mozart siempre nos transmitirá alegría y colocarlo entre Brahms predispone oído y sentimientos antes de un final realmente poderoso.

Porque la Sonata nº 3 en re menor, op. 108 (Brahms) fue la segunda joya musical del alemán afincado en Viena, como no podía ser menos, engarce técnico y expresivo de un diamante que brilló con luz propia y dispuesto a degustarse con pasión, disfrutando del entendimiento en estado puro entre el pianista catalán y el violinista andaluz para encajar tiempos y estilo en una ejecución desde la honestidad y el respeto por la partitura, unido a la musicalidad que ambos profesores atesoran. Si el lirismo y la fuerza marcaron el “Scherzo” que abría concierto, en la sonata de cierre fueron pasión y vehemencia, destacando especialmente el “Adagio” y el “Presto agitato” de auténtico encaje de bolillos, balances, diálogos, hondura y perfecta lección de cómo abordar una sonata a dúo, Josep y José María.

P. D.: Comentar que dejo este escrito nada más concluir mi crítica para LNE, limitada por el espacio, que no así en el blog, reorganizándola para no resultar idéntica además de sumar las posibilidades que da Internet de poder colocar enlaces a biografías, obras y fotos propias. La “subida” al blog queda programada para después de la prensa escrita.

Miércoles, 9 de mayo, 1:33.

Crítica aparecida en la edición de Oviedo el 11 de mayo de 2017:

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El Brahms de Stutzmann

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Jueves 24 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Benjamin Grosvenor (piano), Oviedo Filarmonía (OFil), Nathalie Stutzmann (directora). Obras de Brahms.

Es difícil aportar algo a dos obras tan grabadas y escuchadas como las de este jueves brahmsiano, pero un pianista de talento que dará mucho que hablar, ampliando la nómina de grandes en esta temporada, más una contralto y directora con las ideas muy claras más allá del barroco en el que se ha dado a conocer, sacaron lo mejor de una OFil que cuando hay “mando en plaza” da lo mejor de ella. Lástima que la plantilla en la cuerda grave sea un poco corta porque el resultado global resultó notable en las dos partituras.

El Concierto para piano y orquesta nº1 en re menor, op. 15 resulta complicado para todos, un solista que debe equilibrar sus apariciones en volúmenes y presencia, una concertación ajustada muy pendiente de cada detalle, más una orquesta de dinámicas amplias. Así resultó una interpretación que mantuvo un lenguaje y líneas muy homogéneas para este Brahms de Nathalie Stutzmann donde Benjamin Grosvenor se mostró inmaculado, limpio, presente en sus cadencias, empastado en el conjunto y puede que aún en plena “crianza” aunque llegará a “reserva”. El entendimiento con el podio resultó perfecto, con un juego de agógica que resultó el sello de la velada, buscando la máxima expresividad romántica desde los extremos. El Maestoso resultó chocante de entrada por cierta lentitud, respondida por la primera aparición del piano, la mano izquierda cual masa orquestal mientras la derecha dibuja un lirismo exquisito, pero que fue creciendo en intención y emoción por parte de todos, aunque el verdadero refinamiento se alcanzó en el Adagio donde las manos de la directora francesa hicieron cantar a la formación ovetense casi cual “boca cerrada” arrullando un pianismo cristalino donde el empaste tímbrico se alcanzó por la búsqueda de una sonoridad ideal por parte de solista y orquesta, tan solo carente de una profundidad que los años, como al vino, aportarán a este joven talento británico. El Rondo. Allegro ma non troppo pareció ceñirse al tempo sin calificativos, realmente rápido y vibrante aunque en el desarrollo fue conteniéndose para paladear un conjunto donde las dinámicas resultaron bien tratadas sin dar nunca el máximo, dosificadas en pos del romanticismo intrínseco a un Brahms dominador de la orquestación tanto como del piano y su papel en este concierto, como bien comenta en las notas al programa Iván J. Román Busto.

La propina del joven pianista (podría ser de Abram Chasins) nos dejó la misma sensación que con la orquesta, sonido limpio de técnica apabullante y nada aparatosa, elegancia y fraseo contenido en matices pero un buen sabor en boca (y oído) a pesar de las toses siempre inoportunas.

La Sinfonía nº 1 en do menor, op. 68 tras lo mostrado en la primera parte ahondaría en las mismas líneas de una Stutzmann que apuesta por extremos en los tiempos, forzando sin problemas al igual que en las dinámicas buscando un éxtasis parece no llegar nunca, conteniendo emociones al dibujar cada melodía cantabile que los solistas y secciones de la OFil entendieron a la perfección. El arranque Un poco sostenuto parecía casi fúnebre pero fue levantando vuelo con el Allegro – Meno Allegro que resultó luminoso. De nuevo el Andante sostenuto pareció entenderlo Stutzmann como un movimiento coral donde las secciones iban sacando a flote las bien delineadas melodías del hamburgués, con unos “rubati” ajustados aunque suficientes en tensión. Un poco Allegretto e grazioso como una ventana abierta a la esperanza, gesto claro en el podio y respuesta inmediata por parte de los músicos, calentando motores para un final que parece resumir toda la genialidad sinfónica de Brahms en un movimiento de recovecos y cambios de aire (Adagio – Più Andante – Allegro no troppo, ma con brio – Più Allegro), luces y sombras, presencias alternas de las distintas secciones donde los violines sonaron esta tarde presentes y aterciopelados, bien toda la cuerda salvo lo apuntado de necesitar al menos un contrabajo y un par de cellos más que pudiesen equilibrar una tímbrica presente, empastada y poderosa, con unos timbales que dan seguridad y empaque a todo el conjunto donde la madera suele estar bien y los metales sonaron orgánicos en esta orquesta coral como Stutzmann entendió esta Primera de Brahms en un crecimiento global que tiene un cénit único en tensión y emoción, romanticismo en estado puro.

Largamente aplaudida por músicos y publico la directora francesa ha demostrado que encasillarse en ciertos repertorios no suele hacer justicia, y su autoridad en la batuta ha sido corroborada con este Brahms ovetense.

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