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Viernes de Dolor musical

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Viernes 30 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo. Concierto extraordinario de Semana Santa. OSPA, Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Nuria Rial (soprano), Marifé Nogales (mezzo), Albert Casals (tenor), David Menéndez (barítono). Director: Howard Griffiths. Obras de Händel y Mozart.

Puede que el 29-M me haya dejado tocado musicalmente, que el listón esté tan alto o bien la costumbre ancestral de escuchar La Pasión Según San Mateo de mi dios Bach en estas fechas, pero este concierto se me hizo realmente como reza la entrada (o nada más salir comentado en el teléfono): “Demasiadas coronas” y no precisamente danesas.

Con la orquesta recortada por y para el programa que ya hicieron el día de la huelga en Gijón, realmente fue el coro que dirige mi querido Pepu el verdadero protagonista, metiéndose como se dice en Asturias una “xatada” de muy señor mío, con desiguales resultados a pesar del enorme trabajo previo tanto con él como con el maestro Griffiths que tan buen sabor de boca me dejó en su anterior visita al podio de la OSPA (el comentario del 6 de noviembre de 2009 es uno de los censurados y enviados a la papelera que espero recuperar). De ella logró un buen “sonido barroco” incluso en la disposición, con un órgano perfecto en manos de Olga Semouchina, aunque acabe soñando con los timbales de Mr. Prentice, y el trío de trompetas (hoy reforzado por Iván Rodríguez) que estuvo perfecto a pesar de una dirección algo cansina para mi gusto.

Las Antífonas de la coronación (“Coronation Anthem”), HWV 258-261 de Händel resultaron demasiado “largas” y más navideñas que cuaresmales, una sucesión de obras con el oficio del ya nacionalizado Haendel para la corte británica que parecen variaciones o ejercicios sinfónico-corales sobre el “Aleluya”. Las cuatro antífonas o himnos no están pensados para ejecutarse todos juntos, perdiendo parte del sentido a pesar del orden establecido por el director inglés:

Buen arranque sin espectacularidades con Zadok the Priest, HWV 258, coro seguro en las entradas, voces que “corrían” perfectas en los largos melismas, afinados, fugas perfectas pero nuevamente descompensadas en la cuerda de los graves. Tal vez medio coro (ya no pido The Sixteen) hubiese sido suficiente. Continuó un estupendo Let thy hand be Strengthened, HWV 261, orquesta y coro bien llevados por el maestro Griffiths atento al fraseo, y en tercer lugar The King shall rejoice, HWV 259 que a la vista de los aplausos del respetable quería haber finalizado tras tanto “aleluya” anterior, aunque todavía faltaba el My heart is Inditing HWV 260 que hubiese resultado una perla cultivada de no tener todo el collar.

Menos mal que Mozart siempre alegra el oído aunque la Misa en DO M., K. 317 “Coronación” no sea una de las obras cumbres globalmente aunque a los genios les perdonamos todo. Nuestro coro la tiene hace tiempo en el repertorio, lo que se nota por la seguridad en su ejecución, y el cuarteto vocal estuvo aseado, destacando mi querido David Menéndez más allá de localismos que hace tiempo superamos, y sobre todo los catalanes Nuria Rial que nos brindó la joya del Agnus Dei, y Albert Casals siempre seguro, de color vocal perfectamente adecuado al papel, siendo la “pata coja” una Marifé Nogales que apenas pudimos escucharla al faltar más proyección y registro grave corto de volumen, aunque me conste que en escena mejora. Una pena porque al menos hubiese quedado todo más equilibrado, con la media orquesta sin las violas en un concierto donde el programa no ayudó a disfrutar más. Supongo que la crisis obliga a conciertos como el de este Viernes de dDlor…

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Dudamel siempre es mucho

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Jueves 29 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio. Göteborgs Symfoniker, Gustavo Dudamel (director). Obras de R. Strauss y Haydn.

Sin reponerme todavía del impacto humano además del musical que supuso la tercera visita a Oviedo de esta figura mundial que es Dudamel, se me hace difícil contar todas las sensaciones que fueron muchas e intensas.

Con la Huelga General amenazando el concierto más esperado de la temporada, abriendo la Sala Polivalente como en las grandes ocasiones, el ambiente desde las siete de la tarde en los alrededores presagiaba el acontecimiento musical del año capaz de despejar miedos y dudas. La orquesta sueca pondría el listón tan alto que no creo se supere, y eso que los franceses me dejaron boquiabierto.

El programa volvería a demostrar a los incrédulos -aún los hay- que el director de Barquisimeto contagia su vitalidad desde Los Ángeles hasta los países nórdicos de nuestra Europa, y su visión musical es la de su tiempo, el siglo XXI, con un repertorio en la cabeza (¡qué memoria tiene!) capaz de afrontar todo el Mahler sinfónico en dos meses y dar el salto a Europa para dejarnos no ya al coetáneo del bohemio sino un clasicismo tan vital y claro como romántica la Séptima de Beethoven en su primera visita asturiana en 2008 con “La Bolívar”, sin olvidar la esperada Resurrección de los Premios Príncipe de Asturias que colmó todas mis expectativas de convertirme casi en su apóstol. El refrán dice que “no hay dos sin tres” y pidió una espicha con sidra en el mismo “llagar” de entonces que recordaba con todo detalle (me consta que Magda Nieves también), pues tiene para todo la misma facilidad y capacidad. Emocionante estrechar su mano al final del concierto y lástima no tener tiempo para contarle la historia de la foto que me firmó, realizada por mi querido Osvaldo Burgos en 2009 a quien precisamente Gustavo Dudamel cruzó y unió nuestras vidas, llegando a compartir su debut en Los Ángeles por internet a ambos lados del Atlántico con el Mahler del máximo exponente y embajador mundial de “El Sistema” desde la Costa Pacífica. Todos queríamos saludarle, felicitarle por un concierto inolvidable, atendiéndonos con la amabilidad y grandeza de los genios que en la distancia corta son sencillos, humanos y asequibles sin perder nunca el habitual gesto humilde, escondido para los aplausos siempre dedicados a sus músicos, imantados por esa grandeza de espíritu, capaz de girarlos para devolver gratitud al público que les escuchó de espaldas. Son los detalles que alegran la vida de esa legión de seguidores de Dudamel, fieles como él lo es a sus orígenes.

De la música escribirán mucho plumas expertas a lo largo de esta gira que arrancó en Lisboa, siguió por La Coruña, “parada y fonda” en Oviedo, para continuar en Murcia y Madrid cerrando este intenso mes de marzo. Vitalidad con la maestría de quien respira arte por todas partes.

Don Ricardo Strauss escoltaría a Papá Haydn, y cada obra nos elevaría más y más. El Don Juan, Op. 20 era el perfecto arranque del concierto, una orquesta potente, equilibrada, con una cuerda sobrecojedora e impactante, unos solistas de primera, sin olvidar al concertino Per Enoksson capaz de conquistar al oboe delicado de Mårten Larsson cual “Donna Anna” y la trompa femenina de Lisa FordZerlina“, rememorando al Mozart que Strauss tanto amaba y dirigió en la Viena dorada de finales del XIX donde Mahler también tendría su lugar aunque sin haber llegado su tiempo. Magisterio instrumental de la partitura, contraste y “equilibrio entre gravedad y ligereza” que apunta Manuel González Cuervo en las notas al programa, escultura del Comendador tallada en mármol para ir rodeándola y descubrir con Dudamel aristas y brillos, rugosidades y claroscuros hechos música.

La Sinfonía nº 103 “Redoble de timbal” en MIb M., Hob. 1/103 de Haydn mantuvo el espíritu vienés con un enfoque detallado, minucioso, búsqueda de colores y timbres desde el primer redoble en timbales de cobre usados para acallar toses (¡y lo logró!) y nuevamente una cuerda indescriptiblemente bella del Adagio – Allegro con spirito que el director venezolano talló más que con cinzel puliendo cada centímetro, paso al vivo sin gestos grandilocuentes que parecen diluirse poco a poco pero consiguiendo igualmente contagiar su ideal interpretativo a una orquesta sueca de alabastro en el Andante più tosto allegretto, con dinámicas increíbles en todas las secciones, como seda para el Menuet pero broncínea en el Finale: Allegro con spirito. Claridad en todas y cada una de las familias orquestas, notas como perlas para una obra que no debe faltar en el repertorio de toda orquesta y director volviendo con esta frescura que limpia pulmones y oídos entre la opulencia romántica, magisterio, sobriedad y poso en una batuta que con 31 años es capaz de afrontar sin complejos al padre de la sinfonía. Como bien escribe María Sanhuesa en las notas al programa para esta obra, “Haydn se inspiraba en unas tierras para triunfar en otras”, pudiendo hacerlo extensivo al barquisimetano.

Y para la segunda parte un nuevo bloque para tallar por el escultor Dudamel, piedra angular el Also sprach Zarathustra, Op. 30 con cambio de concertino (Sara Trobäck Hesselink) pero nuevo derroche de calidad en toda la orquesta, incluyendo un órgano “sintetizado” que no quitó un ápice de consistencia tímbrica al conjunto desde el cinematográfico prólogo con unos metales empastados y potentes de afinación perfecta y buen gusto interpretativo, sabedores de la exigencia por el detalle del director venezolano. Contrastes totales llenos de detalles, escultura sonora que iba tomando forma, asistiendo al trabajo en directo de moldear sonidos uno a uno. Si el tema de Nietzsche es el combate entre afirmación y negación, triunfó la primera a lo largo de los seis capítulos siguientes tan sólo rotos antes del último suspiro por el sabidillo de turno que rompió la magia al precipitarse con un bravo no por merecido totalmente fuera de lugar sin esperar la bajada de brazos ni saborear el aire perfumado del acorde final, como un puñetazo tras el éxtasis de todo este enorme poema sinfónico que la orquesta sueca desgranó a la perfección magistralmente conducida por un Dudamel General con mando en plaza. Volví a entusiasmarme con la cuerda y la calidad global de esta formación en todas y cada una de sus secciones (reconozco la fama que la precede y que las grabaciones que tengo apuntaban), enamorado de la concertino (¡qué Das Tanzlied nos brindó!) y de unos solistas seguros, atentos al discurrir musical que Don Gustavo contagia, irradiando confianza en cada nota y alcanzando unas cotas interpretativas en todo lo que dirige creo que inalcanzables. Tardaremos en olvidarlo y le pedí que vuelva pronto a Asturias, convencido apóstol de su palabra hecha música.

No conté las veces que tuvo que saludar el maestro venezolano, siempre entre sus músicos, y la propina no se hizo esperar: el “Intermezzo” de Cavalleria Rusticana (Mascagni) sonó a gloria, nuevo derroche de musicalidad y maestría que incluso algún vecino de localidad no reconoció pese a la cercanía en la memoria musical -también de regalo- el día de Midori con la OvFi y Conti. Creo que la cuerda sueca quedará grabada en el subconsciente de los melómanos asturianos y el gesto contenido de Dudamel sacando tanta música de ellos un nuevo escalón para una carrera que todos esperamos sea larga para poder asombrarnos en cada concierto suyo.

Gracias Dudamel.

P. D. La prensa asturiana recoge el evento: Aurelio M. Seco en LVA, Ramón G. Avello en El Comercio, y Javier Neira en LNE, comentando el “tortuoso viaje” hasta el Auditorio.

Milanov pintor sinfónico

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Viernes 23 de marzo, 20:00 horas. OSPA, Concierto de Abono nº 8: Albena Danailova (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Rachmaninov, Bartók y MussorgskyRavel.

La apuesta del director búlgaro como titular de nuestra OSPA se reafirma cada vez y ya es realidad antes incluso de su toma de posesión para la próxima temporada. Este nuevo concierto de abono conectaba el programa directamente con la pintura, como el propio Milanov comenta en la entrevista para OSPA TV y las notas al programa de mi admirada María Sanhuesa Fonseca también reflejan.

El poema sinfónico La isla de los muertos, Op. 29 (Rachmaninov) nos puede remontar no ya al cuadro de Böcklin o la fotografía en blanco y negro con la que el compositor ruso se inspiró -en mi caso la evocación es al San Michele veneciano- sino a todo un catálogo sonoro de intensidades y colores instrumentales que Milanov pinta como nadie, tras lo escuchado en sus anteriores conciertos, y es que más allá del algo manido “Dies Irae” que últimamente parece perseguirnos, el (post)romanticismo y omnipresente tema de la muerte que lleva a Rachmaninov por unos derroteros orquestales llenos de vericuetos y turbulencias sonoras que la sinfónica asturiana pintó con claridad bien delineada por Mister Rossen en una obra maestra de la producción sinfónica, precisamente por la personalidad angustiada del compositor, que la terminará en Dresde hace más de cien años, pero totalmente vigente aunque no muy escuchada. Todas las secciones estuvieron bien desde el arranque en el registro grave de la cuerda, viento y arpa para la evocación de los remos de la barca de Caronte cruzando la laguna Estigia, los colores lúgubres que se tornan brillantes, suaves y apacibles en el Tranquillo central (qué bien el clarinete de Andreas), o ese “órgano de metales” del citado Dies Irae siempre arropado por una cuerda poderosa que logra resaltar el color del resto. Volverían los remos al final sin ápice de mareos tras la marejada tímbrica y toda una paleta dinámica impecable, saboreando la delicada complejidad de esta joya colorista salida del gran Sergei.

Continuando con obras poco escuchadas llegó el Concierto para violín nº 1 Sz. 36 (Bartók) con la extraordinaria violinista búlgara Albena Danailova que afrontaba por primera vez esta obra, como confiesa en su entrevista para el canal televisivo que la OSPA tiene en Internet. Aceptada la invitación de su compatriota, lo que siempre es de agradecer ante una agenda tan repleta como concertino de la Filarmónica de Viena, su interpretación resultó una auténtica delicia desde su inicio sola, continuando los primeros y segundos violines en perfecta fusión cordal, bien concertada por su paisano y entrega total en esta declaración de amor del húngaro hacia la violinista Stefi Geyer, precisamente con una mujer que nos devolvería esta nueva joya -no tan famosa como el segundo-, pero llena en sus dos movimientos de amor hecho música, diría que Romeo y Julieta concertístico sin programa previo, aunque contrastado entre el Andante Sostenuto y el Allegro giocoso que dejó la puerta abierta a un final distinto del real para esta relación imposible. Maravilloso sonido el de la búlgara, delicadeza y desgarro cuando así lo pedía la partitura, escuchando a la orquesta igualmente entregada, plena, todos atentos y pendientes de un desenlace no por conocido igual de arrebatador, nuevas pinceladas de color para la batuta de Milanov y el lienzo sonoro de la OSPA. Aún no han tocado techo y cada concierto supone otro reto, más cuando los solistas aportan tanta calidad como Danailova, haciendo disfrutar a todos.

La segunda parte no dejaba dudas: Cuadros de una exposición en la impresionante orquestación que Ravel hizo de la pianística obra de Mussorgski. El inicial “paseo” tranquilo aventuraba un recorrido sonoro con detenimiento, lejos de esas visitas a galerías o muestras pictóricas donde el público apenas se para como conformándose sólo en haberla visitado. Milanov es el guía perfecto para apreciar todos y cada uno de los detalles que estos diez cuadros esconden, dando vida a cada intervención de los “principales” (titulares o invitados) sin agobios, perfectos, conduciendo a toda la formación por nuevas sendas sonoras, dando lustre a notas otrora oscurecidas y ahora brillantes sin perder la visión de conjunto. Ni siquiera la cascada de metales pudo con una cuerda que de ser más numerosa todavía hubiese dado más empaque a la versión del búlgaro. Cada intervención solista dejó su sello desde la trompeta inicial de Maarten (siempre impecable) hasta El viejo castillo en el saxo alto de Antonio Cánovas Moreno o el Bydlo, esta vez no en tuba sino al bombardino de Christian Brandhofer -que alternó con el trombón- por citar a dos poco habituales, aunque los “Cuadros” nos recordaron la excelencia de todos ellos, sin olvidar unos cascarones realmente únicos (también podemos presumir de percusionistas), una Baba-Yaga bien asentada y esa Puerta de Kiev abierta para un futuro realmente prometedor en manos de Milanov, artífice de los nuevos colores orquestales y la ilusión que transmite, la misma que ha hecho volver al blog los cuadros de mi amigo pintor Jorge Senabre: Música y pintura.

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Alta costura sinfónica

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Lunes 19 de marzo, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del AuditorioOrchestre Philharmonique de Radio FranceMyung-Whun Chung. Obras de DebussyStravinsky y Ravel.

Podría haber titulado la entrada como perfume francés, cocina gala o incluso fuego de terciopelo porque todos servirían para plasmar lo escuchado en estos “Conciertos del Auditorio” que nos traen formaciones europeas de todo tipo y distinta calidad aunque con maravillas como la de la Radio Francesa, digna heredera de unas orquestas públicas que desde la radio y posterior televisión, tanto han hecho para promocionar la llama música clásica, y esta vez la propia música sinfónica francesa. Creo que no es chauvinismo sino defender y hacer valer lo de cada tierra, algo que los españoles y en particular los asturianos, deberíamos copiar.

El surcoreano Myung-Whun Chung lleva muchos años al frente de esta orquesta y se nota en cada detalle sobre la tarima, gestos suficientes y claros tras los que se esconden muchas horas de ensayo para lograr una gran orquesta llena de excelentes solistas y secciones impolutas donde la batuta, conduciendo todo el concierto ¡de memoria! deja fluir las genialidades y disfrutar escuchándose todos, con una sonoridad propia, redonda, potente y callada, ajustada al estilo de cada partitura, todavía más cuando en todas las notas el perfume que se respira es parisino a más no poder.

La primera parte sirvió para homenajear los 150 años y hacer “desfilar” el Debussy delicado del Prélude à l’après-midi d’un faune (Preludio a la siesta de un fauno) y Le mer, trois esquisses symphoniques pour orchestre (El mar, tres bocetos sinfónicos para orquesta), auténticos figurines sinfónicos que sirven para bailar y también de cocktail, detalles de calidad exquisita cual Chanel nº5 en el solo inicial de flauta extensible a trompas y oboe para cortar unas telas de colorido oriental que debemos escuchar desde lejos para apreciar los distintos brillos. Y un Mar Cantábrico que baña también nuestra tierra resultó tal como lo pensase el compositor: ese Desde el amanecer en un mar contemplado desde tierra, una evocación de color paulatino desde la penumbra al resplandor del mediodía, los Juegos de olas otoñales rompiendo en pedreros cercanos al Faro Vidio, hasta un invernal Diálogo del viento y el mar plenamente “animado y tumultuoso”, toda la gama de colores grisáceos rotos por los resplandores de tormentas siendo la orquesta un galeón y el surcoreano almirante al timón capaz de surcar estas aguas procelosas con una maestría digna de estudio sin apenas notar el mar de fondo.

Más la segunda parte traería la alta costura francesa en todo su esplendor, Stravinski cual modisto ruso afincado en París trabajando en el taller de sus colegas de profesión y programa, cosidos a mano, sedas y satenes confeccionados en rojos aterciopelados de El pájaro de fuego (versión 1919), hilos dorados en todos los remates donde los broncíneos trombones se entretejían con las trompas y tubas en encaje impecable, siete “modelos” para cada número de la suite válidos a todas las horas del día, con una Danza infernal rompedora y la Berceuse realmente noctámbula, explotando en un Final sobrecogedor, modelos apolíneos para estos ropajes del gran “diseñador sinfónico” Chung.

Y quién mejor que el gran Ravel y La Valse para concluir este desfile donde los “complementos” brillaron tanto o más que la propia ropa, porque la versión disfrutada creo que ha sido la mejor que escuchado nunca (y tengo versiones para dar y tomar). Desde la gama de color hasta unos rubati que hicieron empalidecer incluso a la Viena Imperial, unos matices que aplacaron brotes otrora habituales, y sobre todo una cuerda que hizo lucir todo el conjunto, siempre atento al ímpetu coreano no siempre contenido.

La copa de champán, francés por supuesto: ¡qué obertura de la Carmen de Bizet nos regalaron los “radiofónicos franceses” con Myung-Whun Chung de maestro de ceremonias inigualable!.

Si los grandes creadores de moda son del país vecino, el desfile sinfónico de Haute Couture brilló para convertir Oviedo en el París español. Que no baje el listón porque el Prêt-à-porter no sienta igual de bien, aunque resulte más barato…

P. D. El miércoles 21 aparecen las críticas de Aurelio M. Seco en LVA y la de Joaquín Valdeón en la edición impresa de LNE.

El León de Oro refulgente

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Domingo 18 de marzo, 20:00 horas. Catedral de Oviedo: Coro “El León de Oro”, Peter Phillips (director). Actos conmemorativos del 1170 aniversario de la muerte del Rey Alfonso II El Casto. Polifonía Sacra Renacentista, obras de Mouton, Byrd, Gesualdo, Palestrina, A. Gabrieli, Lasso y Victoria.

Tener en Asturias a Peter Phillips ya era noticia. Que le trajese nuestro coro más laureado todo un lujo del que disfrutaron no sólo ellos sino todos los “leónigans” que comenzamos a ser legión con ver una Catedral llena como nunca para un concierto donde todo brilló como nunca.

Si el ensayo abierto al público resultó toda una lección magistral gracias al duro trabajo de meses a cargo de Marco A. García de Paz y su coro, la llegada del maestro inglés supuso un nuevo hito para la formación asturiana. Contar con el mayor especialista en polifonía renacentista para dirigirles es otro escalón de calidad para este coro joven y ya veterano que embelesa nada más escucharlo, cuya aspiración “no es otra que la búsqueda de la belleza sonora, experimentar la pureza de la polifoía y la comunidad que surge del canto conjunto”. Phillips ha conseguido sacar aún más brillo del Oro que baña a todos los asturianos.

Del amplio repertorio con el que cuentan, había que pergeñar lo sacro y renacentista para esta ocasión única a la que se sumaba la celebración histórica unida a la grabación en DVD cuyo mecenazgo también resultó noticia: programa duro, difícil y sobre todo interiorizado imbuido del espíritu inglés que hizo sonar al coro plenamente británico, recreándose en cada palabra, en cada consonante, en cada acorde… Phillips hizo un trabajo de orfebre, conocedor como nadie de la música al servicio del texto, el latín de nuestras raíces, la importancia de las notas en la sílaba correcta, el rezo coral precisamente desde las resonancias y reverberaciones catedralicias que esta tarde de domingo sonaron a gloria bendita.

Imposible destacar cada una de las joyas y su brillo, quiero comenzar destacando la excelente labor de Elena Rosso dando los tonos en todas las obras. Desde el inicial Nesciens mater (Jean Mouton) que también ofrecieron de bis, siguiendo con los dos motetes de Byrd demostraron que la polifonía, sea con medio coro, con otro medio o al completo, no pierde nunca unidad ni calidad, exhuberancia y meditación, cinco o cuatro voces mixtas, siguen resultando compactas, conmovedoras, ricas en matices y sobre todo con una musicalidad que me hizo comprender diáfanamente el tactus renacentista viendo al maestro Phillips dirigirles.

Gesualdo daría el toque virtuosístico con ese O vos omnes capaz de jugar con ese “masoquismo vocal” que suena lujurioso en las voces del LDO magistralmente llevadas con el gesto justo tras un trabajo titánico previo del maestro británico.

Palestrina como modelo tridentino para la máxima del rezo donde la música nunca lo oculta sino que lo realza llegó con el motete Laudate Pueri a 8 voces capaz de un contrapunto que en ningún momento ocultó cada línea melódica del salmo, humildad de la letra y de la interpretación capaz de hacer realidad las palabras sin firmar (de Millán González) en el programa aunque sacadas de contexto por mí pero que vienen perfectas: un coro que “se ha dignado a mirar al hombre con misericordia y a obrar maravillas”.

Andrea Gabrieli y el motete Deus, qui beatum Marcum trajo luz y color pero para mí también un juego de palabras entre “león”, “Marco”, Gozón y el Véneto volviendo a retomar y rehacer las notas escritas: “Phillips es grande. ¡Gloria al León Dorado de Marco!”.

El director inglés también quiso aportar al repertorio Media vita (Orlando di Lasso), un motete a seis voces realmente complejo por un texto angustioso -“En plena vida estamos muertos”- realzado por la música, pero que transmitió esperanza desde un interrogante siempre lumínico vocalmente.

Y si hasta ahora Victoria, nuestro mejor compositor, sucesor de Palestrina al que superó con creces, parecía tener el monopolio interpretativo de los coros ingleses, el tandem Phillips-LDO logró borrar fronteras y “añadir” Luanco a la Gran Bretaña musical, pues tanto Vidi speciosam (a 6 voces) como la Salve regina a doble coro, sonaron “dulcis”, explendorosas, refulgentes, y no me ciega la pasión porque el DVD lo dejará para el perpetuo recuerdo y goce.

Haber participado como testigo de primera fila en este acontecimiento me tuvo cual místico en éxtasis, siguiendo como rezo los textos y levitando con unas músicas celestiales que el LDO transmite como nadie. En Donosti y Hondarribia podrán corroborarlo en breve. Si el Oro en tiempos de crisis sigue subiendo, este León cotiza al alza y con muchos quilates.

P. D.: ¿Minireseña? en LNE y por fin la crítica de Diana Díaz el martes 20.

Centenario de Montsalvatge con “Eroica”

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Viernes 16 de marzo, 20:00 horas. OSPA, Concierto de Abono nº 7: Ana Nebot (soprano), Antoni Ros Marbà (director). Obras de Montsalvatge y Beethoven.

En este año 2012 de aniversarios como el de Debussy sin ir más lejos, España parece que se haya olvidado el centenario de uno de nuestros compositores más internacionales, prolíficos y polifacéticos del siglo XX, que tiene en su haber el Premio Nacional de Música del año 1985: Xavier Montsalvatge (1912-2002), fallecido hace diez años, y del que Asturias con su Orquesta Sinfónica puede presumir de haberse sumado al tributo y homenaje programando su Sinfonía de Réquiem (1985) compuesta por encargo tras el citado galardón del Ministerio de Cultura y estrenada en el II Festival de Música Contemporánea de Alicante por la Orquesta de la Radio de Belgrado con José Luis Temes en la dirección (¡cuánto ha hecho por nuestra música!) y la soprano María Villa el 19 de septiembre de 1986. Bien lo recordó en la conferencia previa al concierto mi admirado Alejandro G. Villalibre, quien también nos ha dejado unas excelentes notas al programa, retazos de un compositor no suficientemente escuchado ni reconocido en nuestra España siempre olvidadiza y a veces ingrata con los suyos.

El concierto trajo como director invitado precisamente a otro catalán que ha realizado creo la única grabación de esta obra, conocedor en profundidad de la misma con amplia trayectoria y currículo en distintas formaciones, habiéndole disfrutado varias veces en Oviedo: Antonio Ros Marbà, que optó también por incorporar en el último número a la soprano ovetense Ana Nebot.

La versión que nos dejó el maestro de L’Hospitalet de Llobregat primó el color sobre el trazo, buscando tal vez el propio espíritu que el compositor expresó para su obra de “sosiego y esperanza”, distintos planos sonoros para los seis movimientos sin pausa que exprimieron la paleta orquestal del músico gerundense ya en total madurez donde no parecía querer innovar ni romper sino más bien interiorizar. Algo así pareció transmitirnos Ros Marbà desde el Introitus inicial, placidez del Kyrie, poderío en los bronces para un Dies Irae en la más pura tradición occidental y cinematográfica que Alejandro se encargó de recordarnos antes (yo añadiría incluso a Bergman y “El Séptimo Sello”) y el Agnus Dei cual recapitulación tímbrica con dinámicas que sacaban a flote la oración musical plena de luminosidad en Lux Aeterna. Todo un muestrario del intimismo orquestal de Montsalvatge en un “Requiem sin palabras” que finalizaría con las del Libera me entonado desde detrás del palco lateral izquierdo por Ana Nebot “Dales señor el descanso eterno. Amén”, perfecto colofón de súplica hecha voz sin perder nunca la esperanza, nuevamente íntimo rezo celestial y recogido (me emocionó la soprano en un pasaje que por breve resulta difícil dar tanto en tan poco) siempre bien “concelebrado” por un Mosén Marbà que hizo con la orquesta lo que deseó, aprovechando un grupo tan formado y cohexionado capaz de superar la probable apatía que una obra como la del catalán puede llegar a provocar en los músicos, consiguiendo con profesionalidad un resultado más que digno.

El ambiente de recogimiento y misa de difuntos pareció continuar con La Tercera de Beethoven más allá de su impresionante Marcha Fúnebre del segundo movimiento. Mantengo mi apoyo de programar en esta dirección, obras de nuestro tiempo con las que nos han ido formando como melómanos y no deben apartarse del directo, aunque todos tengamos nuestra versión preferida y la de Ros Marbà con la OSPA no será una de ellas. Precisamente por escucharla tanto y en interpretaciones de todo tipo sin ahondar en calidades (aún está fresca la última apuesta de Chailly que ya vuelve a sacar comparativas incluso de duraciones), el rumbo tomado por el director catalán no acabó de llenarme, aunque vuelva a reconocer lo dúctil que es nuestra orquesta, capaz de responder a cuando se le exigió, si bien mantengo ese espíritu meditarráneo (casi francés) que venía de la primera parte y contagió la Sinfonía nº 3 en MI b M, Op. 55 “Heroica” (Beethoven), más luminosa que guerrera, contemplativa no exenta de la energía necesaria pero cercana al Mozart de “La 41” por clásica en vez de la rabia contenida romántica. El Allegro con brio estuvo otra vez colorido pero no delineado, esperaba ese “toque germánico” del que adoleció. La sensación de inseguridad en el arranque se repitió en la Marcha fúnebre: Adagio assai, aunque una vez encauzado discurrió con la solemnidad y ritmo de una de las joyas sinfónicas de la historia, con más luces que sombras que brillaron con luz propia en el “breve” Scherzo: Allego vivace donde el trío de trompas se lució junto al oboe de Ferriol. El Finale: Allegro molto-Poco andante-Presto estuvo bien contrastado en todos los aspectos aunque volví a recordar versiones más cercanas a mi gusto (Dudamel me puede y con “La Bolívar” en Bonn les dieron su beneplácito). El resultado final notable aunque mi cuerpo necesitase más agitación interior que contemplación. Supongo que la vuelta de Milanov hará retomar el camino emprendido esta temporada.

P. D.: Crítica de Aurelio M. Seco en LVA y “Codalario” y de Diana Díaz en LNE del lunes 19.

Del abismo al paraíso

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Miércoles 14 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Midori (violín), OvFi, Marzio Conti (director). Obras de Puccini, Britten y Ravel.

Concierto distinto con la lírica sobrevolando todo él en un estilo que tanto la orquesta ovetense como su actual titular dominan y se sienten cómodos, “cojeando” algo en Ravel pero sobre todo emocionando con Midori.

El Intermezzo del Acto III de “Manon Lescaut” (Puccini) se colocaba al inicio para calentar motores, versión más sinfónica que de foso que siempre agradecen todos al permitir una gama dinámica más amplia y mejor escucha por parte de un público tan operófilo como el carbayón, con un solo del cello de Gabriel Ureña dulce y bien cantabile cual barítono en estado de gracia, seguido por la viola de Igor Sulyga y el violín de Mijlin, trío de ases que despuntaron cual figuras líricas.

El Concierto para violín nº 1, op. 15 de Britten nos presentaba en la capital asturiana (puente entre Florida y Suiza) a Midori, una violinista cuya presencia física menuda y delicada se transforma desde el primer compás. Cual prolongación corpórea su interpretación de esta obra poliédrica, de aristas cortantes, llena de sufrimiento, transmitía con toda la gestualidad pareja a cada nota que su violín (Guarneri del Gesù de 1734) emitía, sin perder el lirismo que ya nos cautivó recientemente en el “Peter Grimes” y ahora la OvFi acompañó como si de la voz se tratase, violín cantante, emotivo, dramático, gimiente, brillante, con un virtuosismo nunca exagerado y planeando todo el dolor y sentimiento del compositor inglés en un 1939 triste históricamente como bien recuerda Aurelio M. Seco en las notas al programa. La concertación de Conti puedo decir que fue operística porque así lo pide una partitura exigente para toda la plantilla, logrando una gama dinámica que hizo suspirar tras cada pianíssimo, siempre atento a la solista que ejerció con mando en plaza. Esfuerzo recompensado dejándonos una versión para recordar de una obra con la que no se atreven muchos solistas ni orquestas, dura no ya para el ánimo.

Todavía con ese malestar que Britten te deja en el cuerpo, Midori nos regaló la Fuga de la Sonata nº 1 en Sol m. BWV 1001 de Bach, auténtica delicia de fraseo, sonido y placer tras el dolor, en un tempo agradecido, nada lento y como terapia necesaria, grandeza que continuó al pedir salir al vestíbulo del primer piso para compartir con el público el agradecimiento mútuo que supone haber dado el mejor regalo: la música.

La segunda parte comenzó con los Valses nobles et sentimentales de Ravel, más plebeyos de lo esperado aunque la plantilla estuviese algo reforzada, bien llevados pero faltando precisamente algo más de sentimentalismo que no es igual que sensiblería. Conti tuvo algunos detalles interesantes pero la orquesta aún no puede alcanzar repertorios de esta envergadura pese al excelente trabajo que están realizando. Ya que la lírica pareció impregnar el programa, como en ella la elección del repertorio es la base para una carrera fructífera que no traiga problemas a la voz.

Creo que el maestro florentino sabedor de esa máxima operística quiso resarcirse con el Capriccio sinfonico de su compatriota Puccini, obra no muy habitual, de paleta sonora cercana al oyente aunque sin la voz para la que tan bien escribirá, sólo resulte evocadora más allá de las melodías apuntadas. Bien las distintas familias orquestales, buen empaste global, nuevamente dinámicas bien conseguidas y una cuerda que va tomando cuerpo, para una obra juvenil del de Lucca donde los motivos de “La Bohème” (triunfante tras “Manon Lescaut”) me trajeron mentalmente a Beatriz Díaz como la Musetta con alma de Mimì para quien Don Giácomo no tiene secretos.

Al menos la propina también sonó operística, y la cuerda vibró en el hermosísimo Intermezzo de la “Cavalleria Rusticana” de Mascagni que nos devolvió el color y la sonrisa tras un concierto que surcó lo más recóndito de nuestros sentimientos aunque inicio y final fuesen “intermedios” del abismo al paraíso

P. D. Crítica sin firma en LVA.

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