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Estación de penitencia

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Lunes 21 de marzo, 20:00 horas. Centro de Cultura Antiguo Instituto “Jovellanos”, Gijón: II Ciclo Coral de Música Sacra 2016, organiza: FECORA. Grupo Coral Melisma, Fernando M. Viejo (director y órgano), Coral Polifónica Gijonesa “Anselmo Solar”, Santiago Novoa (director). Obras de Maurice Duruflé (1902-1986), José Ignacio Prieto (1900-1980), T. L. de Victoria (1548-1611), Fernando Menéndez Viejo (1940), José Mª Nemesio Otaño (1880-1956), W. A. Mozart (1756-1791) y Pau Casals (1876-1973). Entrada libre.

La “todopoderosa” Wikipedia© define el título de esta entrada:

Es el nombre que se da a la procesión que las hermandades pasionistas realizan en Semana Santa por las calles de distintas ciudades españolas, siempre y cuando durante su recorrido la cofradía haga visita (de aquí el término estación) al menos a un templo. Caso de no producirse dicha estación, el término procesión de penitencia suele ser el más adecuado. Bien se trate de una u otra, los nazarenos acompañan a las imágenes titulares de sus hermandades organizados en dos o incluso tres filas (dependiendo de la hermandad) y el silencio y la oración deben estar presentes desde su comienzo hasta el final“.

Si se me permite la licencia, mi particular procesión son las escapadas a los conciertos de estos días, más por ciudades que calles y recorriendo distintos “templos musicales” aunque también puedo tomar el segundo término, autoproclamándome nazareno de la cofradía melómana acompañando a muchos titulares de los programas organizados a menudo a pares. Tómese por tanto este lunes santo como tal.
La idea de organizar este programa era muy buena: un coro especializado en Gregoriano aunque reducido a “ochote” con voces algo opacas y muy alejadas de los monjes famosos, con acompañamiento al órgano de su fundador, más la coral local decana, numerosa pero con una media de edad tristemente habitual en nuestras formaciones, contando con un pequeño relevo generacional que vendrá muy bien, y dirigida desde hace cuatro años por Santi Novoa, también de la cantera imparable de la Escolanía de Covadonga, aunque luchando contra los elementos y las tinieblas… El primero cantaría la versión gregoriana (con apoyo del órgano) para a continuación hacerse (ya no digo cantar ni interpretar) la polifónica.

Si tras llegar con treinta minutos de antelación, hacer una cola que nadie respeta, abrir las puertas casi a la hora del comienzo y aguantar empujones parecía augurar un mal comienzo, la “Ley de Murphy” volvió a cumplirse. Hacía tiempo que no sufría tanto escuchando un repertorio que estaba muy bien organizado y paso a relatar con los “links” correspondientes a versiones variadas en Internet, obra gregoriana y autor con la versión polifónica:
Ubi cáritas (M. Duruflé), el lavado de pies del Jueves Santo, “Donde hay caridad y amor, allí está Dios… será este un gozo inefable por los siglos infinitos”. Qué distinto del de Ola Gjeilo
In monte Oliveti (Padre Prieto), del responsorio de tinieblas, “Padre, si es posible pase de mí este cáliz”. El espíritu está firme pero la carne es débil…”. ¡Cómo me hubiese gustado escuchar la de Javier Bello-Portu!.
O vos Omnes (Victoria), también responsorio de tinieblas, “Oh vosotros, los que pasáis por el camino, prestad atención y ved si existe dolor semejante al mío…”
Sicut ovis (Padre Prieto), más tinieblas, “Fue conducido al matadero, como si fuera una oveja…”.
Ténebrae (Fernando M. Viejo), no vemos la luz del día con tanta tenebrae, aunque estemos en las fechas “se hizo la oscuridad…”.
Velum templi (Nemesio Otaño), “El velo del Templo se rompió…”, seguimos a palpo.
Surrexit Dominus (Fernando M. Viejo), “… el mismo Señor que fue colgado de un madero” y se hizo la Pascua.
Lacrimosa, del “Requiem” (Mozart), con un órgano pobre y “Lleno de lágrimas…”.
Salve Montserratina (P. Casals), “Dios te salve, Reina y Madre…”, la propia conjunción de nuestro catalán único entre gregoriano, órgano y coro a la Virgen Negra, que nos lleva a las piedras del monte sagrado, última premonición, Amén.
Obras todas impresionantes, incluidas las de Fernando M. Viejo que siempre ha tenido un gusto especial para armonizar y recrear muchas partituras interiorizadas en tantos años de experiencia, y con el añadido de escuchar la primigenia en canto llano a cargo de “Melisma“, pero de ningún modo ni estilo pudieron darme la paz necesaria.

Lo dicho, tomelo cual penitencia, lástima porque cualquier intento de disculpa es vano, mi paladar u oído acostumbrado a los dos últimos conciertos avilesinos hizo que este lunes resultase una cruz difícil de llevar, y como si las letras hermosamente musicadas (se nos pasó la traducción al castellano de la que he sacado los fragmentos) fuesen desgranando mi propia penitencia. Sólo fustigarme con una falta de afinación cual ecce homo ensangrentado que llenó de nubarrones todo el concierto. El resto de pecados los dejo en confesión interior y acepto cristianamente esta pena muy grande que expiaré el jueves con mi obligada “Pasión” bachiana, precisamente en el día de su aniversario, un 21 de marzo aunque para otros calendarios sea el 31. “Confiteor” a una voz: Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa.

Clausura con doce siglos de música coral

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Domingo 20 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de San Nicolás de Bari, Avilés: XXXIX Semana de Música Religiosa. Coro ‘CantArte’ de León, Guillermo A. Ares (director): “Crucifixus”, obras de Theodulf Orleans (ca. 750-821), Cristóbal de Morales (1500-1553), Javier Bello-Portu (1920-2004), Joseph Gabriel Rheinberger (1839-1901), Ēriks Ešenvalds (1977), Antonio Lotti (1667-1740), György Deak-Bardos (1905-1991), Pärt Uusberg (1986), Sir John Tavener (1944-2013) y John Taverner (1490-1545).

Clausura ideal de la XXXIX SMRA con este coro leonés de tres años recién cumplidos pero maduro y con mucho recorrido, 21 voces jóvenes (ninguno pasa de los 35 años) con el músico Guillermo Alonso Ares, antiguo escolano de Covadonga, al frente de un proyecto que trajo hasta Avilés un programa con doce siglos de música coral perfectamente organizados, desde la salida con el Himno Gloria, Laus et honor del obispo Orleans, realizando las voces graves el “itinere” o camino hasta el altar del Domingo de Ramos cual monjes medievales, sin olvidar la mejor polifonía renacentista de nuestro Siglo de Oro con Cristóbal de Morales, pasando por compositores barrocos, clásicos, románticos, contemporáneos como el tolosarra Bello-Portuel húngaro Deak-Bardos o el británico Tavener, y los más cercanos como el letón Ešenvalds o el joven y polifacético estonio Uusberg, todo un acierto llegar desde las raíces hasta nuestros días corales, estructurando cada obra cual relato cantado de esta semana de pasión que desemboca en el Domingo de Resurrección, lección no ya religiosa sino musical perfecta para el espíritu de esta semana, ya la trigésimonovena y que volvía al templo de San Nicolás que tantos estrenos y tan inolvidables conciertos ha acogido en estos años.

El coro de nuestro vecina León cuenta con un plantel de voces capaces de afrontar con solvencia esta historia de la música religiosa occidental en un reto para cada cuerda, bien equilibradas en sonoridades y afinación así como un empaste que se redondeará todavía más con el trabajo, unas sopranos algo “excesivas” en los agudos fuertes pero maravillosas de color y expresividad, una mezzo solista que nos dejó impactados con la belleza de su voz, las contraltos dando la base necesaria a las voces blancas y encaje ideal con los bajos potentes de las voces graves, más unos tenores en algún tema reforzados por el propio director, quien también tuvo sus partes solistas, y donde su objetivo de “disfrutar cantando” lo transmitieron a un público que les jaleó y obligó a regalarnos dos propinas, una maravillosa composición de Manuel Guisado Rodrigo (1964) con dos fragmentos de la pasión, el Juicio a Jesús y Barrabás seguido de un Mater Dolorosa con el solo de la citada mezzo, más la salida procesional y Aleluya Regina Celi de Juan García de Salazar, extraído del archivo de la Catedral de Burgos, clausurando concierto y semana. Coro que suena a profesional y afronta obras como tal, todo un reto en la apuesta de las nuevas formaciones para triunfar en un mundo tan competitivo como el vocal, orgullo leonés que lleva su nombre allá donde va.

El orden y atrezzo estuvieron perfectamente estudiados, desde la citada salida en “cantus firmus”, el toque de campana inicial o en el O salutaris hostia de Ešenvalds con las dos solistas en los extremos, la ubicación del director con las voces graves antes de situarse en el centro tras el Introitus de Morales, pasando por el candelabro al que fueron apagando velas según cantaba el texto del Parce mihi, Domine, cerrando “trilogía” dorada, el Miserere del compositor vasco con la atronadora carraca o matraca que ponía punto final, el movimiento corporal del Kyrie del estonio, arrancado por las voces blancas con manos en oración mientras las graves agachadas se elevan al entrar a cantar y el giro hacia el altar de todo el coro, la ubicación rodeando al público en Song for Athene de Tavener, con los hombres en el frontal manteniendo una nota pedal cual roncón tubular, así como todo lo que ayudaba a realzar más si cabe el contenido dramático de unas obras cargadas de sentimientos cristianos elevadas por las propias partituras.

Entrega del joven coro a su director, que además de saber rebuscar obras las consigue armar con esta calidad y frescura, gestos claros y respuesta directa para otro concierto memorable que ha dejado en lo alto la calidad de toda la semana, órgano y coros como señas de identidad del ciclo junto a la apuesta por novedades y (re)estrenos. CantArte con Guillermo Ares no pudieron ser mejor broche antes de conmemorar en 2017 los 40 años…

Espero poder estar de nuevo y contarlo.

Lucernario avilesino

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Sábado 19 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, Avilés: XXXIX Semana de Música Religiosa. Coro Universitario de Salamanca, Delia Manzano (órgano), Bernardo García-Bernalt Alonso (director). Obras de Miguel Manzano (Villamor de Cadozos, Zamora, 13 de febrero de 1934).

De camino hacia Avilés pasaba por Trasona donde a mediados de los años 70 acudía a “la Sacramental” con la Escolanía del Santísimo Cristo de Candás, con quienes canté, entre otras obras, una que va unida a mí desde entonces, Alma mía, recobra tu calma (Salmo 114) compuesto por Miguel Manzano, partitura que cantaron en el XI Congreso de “Pueri Cantores” en El Vaticano, actuando mi querido Pipo Prendes, y la misma que me acompañaría tantas veces en mis misas dominicales tanto en el Coro de la Parroquia de Siana como en San Juan de Mieres. Y cuando una obra se convierte en popular en todas partes es un hecho muy significativo de la grandeza de esa música y su compositor, pese a ser el gran olvidado la mayoría de las veces. El repertorio litúrgico estaba cambiando en aquellos años de esperanza, y era habitual encontrarse obras de este zamorano al que en la onomástica de San José iba a conocer personalmente en Avilés, cuya SMR ya programase obras suyas para órgano y el pasado año la primera parte de su Lucernario.
Antes del concierto, con otro lleno en la iglesia nueva de Sabugo, el eterno organizador de la misma José María “Chema” Martínez presentaba este concierto y recordaba no ya las obras o el compositor, sino la importancia que Avilés tiene y debe mantener en un ciclo que se mantiene con apenas 6.000 € de presupuesto en unos tiempos donde las prioridades de los gobernantes van por caminos distintos al pueblo, y cómo hay que acudir a las amistades para estos “favores” de acudir a conciertos por cachés muy inferiores y así ayudar a mantener esta semana donde la Villa del Adelantado y Asturias entera sigan siendo referentes culturales, musicales especialmente.

Imposible destacar la amplia trayectoria de un Músico, con mayúsculas, como el zamorano Miguel Manzano Alonso, totalmente activo y joven pese a los 82 años de su carnet de identidad, precisamente por una trayectoria tan dilatada que le da ese amplio bagaje y experiencia a la hora de componer desde un lenguaje que aúna y actualiza la historia desde su magisterio.
Su hija, la profesora, clavecinista y organista Delia Manzano comenzó el concierto en “El Tomasín” con Duetto sobre el gradual “Excita Domine” (1994) y el Careo de nazardos contra lengüetas (1995), explorando los registros de un Acitores que siguen asombrando, la inspiración litúrgica exhalada por los tubos con juegos rítmicos y armonías parisinas, pero expecialmente el “careo” donde los registros protagonistas emergen universales como la lengua de Cervantes ya evolucionada e igual de rica. Virtuosismo y hondura en dos obras magnas.

El Lucernario (II) se estrena en Salamanca en 2014 y el propio compositor se refiere a él con la siguientes palabras:

“Esta bella palabra designa en arquitectura la ventana que deja pasar un chorro de luz desde lo alto de un muro hacia el interior de un recinto oscuro. En los templos antiguos nunca faltaban estos huecos iluminadores, que desde las primeras luces matutinas hasta su extinción vespertina dejaban pasar las variadas luces y colores del celaje. Y era precisamente en esas horas primeras y últimas del día cuando sonaban los vetustos himnos de Laudes y Vísperas que, entonados durante más de 15 siglos, hoy han quedado casi totalmente olvidados en las páginas de los himnarios.
De todos los libros que contienen las músicas gregorianas es el Himnario, quizás, el más rico y variado en sonoridades y matices. Desde la sencillez casi esquelética de algunos de ellos hasta el vuelo sin límites de otros, el repertorio hímnico gregoriano ofrece una variedad inagotable. Y a la vez el más variado colorido musical, por estar en él presentes los ocho modos, cada uno con su especial colorido sonoro y su capacidad de generar profusos e indescriptibles sentimientos y emociones.
El Congreso sobre la Catedral Nueva de Salamanca en el cuarto centenario del comienzo de su edificación, al que fui invitado a participar con una ponencia y con una composición, me ofreció la oportunidad de mostrar un mínimo, pero claro ejemplo de la riqueza musical del Himnario con la obra que, con el título Lucernario, contenía dos himnos del repertorio gregoriano: “Lucis creator optime” (siglo VI) y “Iesu, rex admirabilis” (siglo XIII).
En la estructura musical de los dos himnos que elegí integré dos elementos tradicionales en la música del templo. El primero, el canto coral: el canto unisonal gregoriano alternando con el coro a 4 voces, necesario y a la vez suficiente para dotar de belleza austera los textos cantados, en este caso himnos. Y por otra parte el órgano,
ingenio mecánico sonoro nacido, desarrollado y evolucionado para sonar en los templos de gran amplitud como catedrales, grandes abadías, basílicas, colegiatas y santuarios renombrados.
Animado por la aceptación que tuvo la obra, e impulsado, discretamente, por los que entonces fueron intérpretes y por otras personas que la han escuchado en grabación sonora, me animé a componer, con la misma estructura, el ciclo completo de los himnos que hacen referencia a cada uno de los tiempos del año litúrgico y a algunas de sus fiestas principales. Y ha sido así como ha ido tomando forma este nuevo LUCERNARIO que ahora se estrena.
Además de recuperar el órgano como acompañante de la voz, en este caso con unas armonías que resultan de la mezcla de varios sistemas modales, he querido también recuperar para el recuerdo, como tercer elemento de este LUCERNARIO, una forma musical breve ya extinguida, pero presente durante varios siglos en la liturgia, cuando ésta se desarrollaba sin prisas: el verso de órgano, esa forma breve, pero musicalmente exquisita, que en un corto minuto denso permite seguir ‘saboreando’ sonidos recién oídos, a la vez que facilita detenerse a meditar en la palabra que se ha escuchado cantada. Forma musical lamentablemente extinguida en estos tiempos de prisas y agitaciones que están acabando con una medicina necesaria para la supervivencia del espíritu: el silencio meditativo”
.

Nadie mejor que el compositor para prepararnos a su audición e impresionado por la belleza de estos cinco “Himnos al amanecer y al atardecer” escuchados en Avilés, con Delia Manzano en el órgano positivo que complementa esta maravillosa y luminosa obra sacra, y un coro de 20 voces excelentes en todo: empaste, afinación, emisión, dicción… juventud, magistralmente llevado por Bernardo García-Bernalt (Salamanca, 1960), hijo del fundador de esta formación universitaria allá por 1950, asistente suyo desde 1982 y relevo “natural” en 1990 hasta nuestros días, siendo el responsable del estreno de este Lucernario. Es difícil mantener el “tactus” del canto llano a unísono y transmutarlo en polifonía a cuatro voces sin perder el espíritu original, ocho modos cada uno con su espiritualidad definida, todo de la mano de un órgano rompedor desde lo académico pero tradicional en el verso, y tanto las voces blancas como las graves con ese ropaje más que “acompañamiento” de plena actualidad llenando el templo avilesino, hicieron posible esa transición desde la calidad y perfección compositiva del maestro Manzano. Cinco himnos latinos que transmiten y buscan la paz interior (Inmense coeli conditor; A solis ortus cardine; Tristes erant apostoli; Iesu, Rex admirabilis, y Pange lingua-Tantum ergo), que cierran cada uno con su Amén digno de analizar por la diversidad dentro de la unidad, elevar a actual la arquitectura vocal desde el conocimiento de la raíz, la progresión del románico al gótico de forma natural sin perder esencia para transformarlo en un nuevo templo espiritual del siglo XXI, polifonía enriquecida que no oculta el sustento y lo dota de luz, nunca mejor título Lucernario para una obra en la plenitud vital de un extraordinario Miguel Manzano. De destacar alguno, tarea difícil, Tristes erant Apostoli o el último Pange lingua-Tantum ergo precisamente por captar personalmente y en su totalidad todo el proceso y evolución desde los himnos gregorianos a la armonización modal hermanada con acordes disonantes de espíritu francés tamiados por el carácter y sabiduría castellana, en una comunión musical que sigue resonando en mi interior.

Supongo que manteniendo la tradición podamos volver a escucharlos en el Canal de YouTube© de la Semana de Música Religiosa, así como la esperada grabación sonora con los mismos intérpretes, que resultaron ideales para magnificar más, si cabe, este maravilloso Lucernario de Miguel Manzano.

Cuando el órgano es coreografía

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Viernes 18 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, XXXIX Semana de Música Religiosa de Avilés: Ana Belén García Perez y Ana Isabel Aguado Rojo (órgano). Obras de Mozart, Morandi, Saint-Saëns, Tchaikovski y Wagner.

Tomando las palabras de la organista donostiarra en la entrevista para el diario LNE (de la que dejo parte en la foto de la versión papel al final de esta entrada) “Convendría ir perdiéndole el respeto a la música de órgano” y todo desde el desparpajo juvenil que supone esta apuesta por repertorios conocidos en interpretación a cuatro manos con la palentina.

Ana Belén G. Pérez y Ana Aguado en San Hipólito (Córdoba) Foto ©Facebook Asociación “Luys Venegas de Henestrosa” de Amigos del órgano

Interesantes arreglos para dos organistas con todo lo que supone planificar registros, teclados y pedaleros, reparto de papeles sin problemas en cuanto a permutar posición en el asiento dependiendo de las obras, pero sobre todo un sentir la música a dúo como si fuese solo uno, dificultad máxima y pleno entendimiento desde el respeto a unas interpretaciones que más que arreglos o “reducciones” orquestales suponen una relectura de obras que todo melómano tiene en su memoria, con un público entregado que casi llena el templo avilesino este “Viernes de dolor”, el último de los tres conciertos de órgano de esta semana de música religiosa a la que todavía restan dos días de música coral.

La proyección en pantalla gigante nos permitió admirar la coordinación y por momentos coreografía de las cuatro manos en el órgano de Acitores que va camino de los seis años y ya he bautizado, con permiso de las autoridades, como “El Tomasín”, alcanzando momentos impensables en una ejecución al uso que poco a poco va ganando su espacio en los conciertos por la espectacularidad tímbrica que se alcanza con esta fórmula. Encomiable el trabajo de los organizadores de esta semana con solera en Asturias por mantener vivo el instrumento rey que hoy, más que nunca, volvió a coronarse como tal.

El Allegro y andante o  Fantasía para órgano mecánico en fa menor, K. 608 (Mozart) en su versión “habitual” es de por sí de una inmensidad de sonido y ejecución portentosa desde una escritura como sólo el genio de Salzburgo podía concebir, formando parte de una serie de cinco obras para instrumentos fuera de lo común respondiendo a distintos encargos; la versión a cuatro manos que realizase Busoni sube un escalón al cielo, por lo que disfrutarla a cuatro manos y dos pies ya alcanza límites insondables, dinámicas ayudadas por los registros casi celestes del tercer teclado (órgano recitativo expresivo).

 Ana Belén G. Pérez y Ana Aguado en Avilés, Foto ©Mara Villamuza para LNE

La Introducción, tema y variaciones de Giovanni Morandi (1777-1856) mantiene el sello italiano marcial, casi de himno, para el que el órgano a cuatro manos resulta vehículo o traje a medida. Así lo entendieron las dos organistas jugando con los registros de las distintas variaciones, en un amplio despliegue técnico y tímbrico de una partitura agradecida para intérpretes y escuchantes.

Aunque reciente y cercana en la memoria, la Danza macabra, op. 40 de Saint-Saëns (1835-1893) alcanzó en la versión a cuatro manos (de hecho la original fue escrita para dos pianos) una riqueza mayor que la del virtuoso Raúl Prieto (en transcripción del original orquestal hecha por Edwin H. Lemare y revisada por el propio organista), con un tempo más reposado y pasajes “casi imposibles” de ejecutar a dos manos se hacen ahora asequibles y luminosos con registros más ricos, así como un pedal que por momentos sonaba como los contrabajos orquestales, sustento sin oscurecer el ímpetu y clamor de los teclados, enriquecimiento pianístico elevado al órgano a cuatro manos.

Tchaikovsky (1840-1893) pasará a la historia de la música como el creador de las melodías más hermosas y populares, sobre todo las de sus ballets, y El cascanueces es uno de ellos. De él lo más interpretado son las suites orquestales, y en la versión a cuatro manos de “las dos Anas” pudimos disfrutar de tres números: la Marcha, contrapuntos ascendentes y descendentes bien dibujados en los teclados diferenciados en registros con un tempo lento, la casi etérea Danza del Hada de azúcar, con celesta o fagot de órgano en la línea de recrear más que versionear o reducir la orquesta, y el hermosísimo Vals de las flores, coreografía de manos para este ballet orgánico y organístico, cuento de hadas en el instrumento rey que es capaz de sumergirnos en las arpas y trompas de “El Tomasín” que nunca antes trabajó tanto, apostando nuevamente por un aire tranquilo que no entorpeciese la escucha dentro de una reverberación no muy grande del templo avilesino.

Y para finalizar un sentido “Coro de los peregrinos” del Tannhäuser de Wagner (1813-1883), capaz de volver instrumental una de las páginas corales eternas, buscando el lirismo y armonías vocales con el ropaje orquestal único del genio operístico. Amén de un acorde traicionero, el peregrinaje musical a cuatro manos y dos pies nos llevó a buen puerto, el crescendo sonoro y emocional en un barco sonoro avilesino que todavía seguirá asombrando, siendo las nuevas generaciones de intérpretes de órgano quienes mantendrán la singladura con timón seguro.

Hoy sábado volveremos y dejaremos constancia, como siempre, desde estas líneas.

Geroncio, ángeles y demonios

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Jueves 17 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto extraordinario de Semana Santa, OSPA, Allison Cook (mezzo), Zach Borichevsky (tenor), Nathan Berg (bajo), Coro FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Rossen Milanov (director). Sir Edward Elgar: El sueño de Geroncio, op. 38 (1900). Entrada: invitación abonados OSPA.

Hay obras que deben escucharse en vivo al menos una vez en la vida, y si además el propio compositor dice “Si alguna obra mía es digna de no olvidarse, ésta es”, entonces podrán comprender mi deseo hecho realidad de este The Dream of Gerontius de Elgar, puede que sintiéndome ya un “hombre viejo” como el protagonista, sin importar cómo clasificar o analizar esta magna obra (oratorio, cantata dramática…) sobre textos del cardenal John Henry Newman (1801-1890). Está tan bien escrita para cada intervención que es maravilloso escuchar cómo se mueven y aparecen las voces solistas, el coro y la propia orquesta en una sucesión sin apenas respiro, con dos partes bien diferenciadas donde el descanso rompió un poco el dramatismo implícito: una primera parte “terrenal” y la segunda “más allá de la tierra”, tal y como la concibió un inglés que adoraba a Wagner (como recuerda Lorena Jiménez en las notas al programa enlazadas arriba en el autor) pero cuya música tiene sello propio en este diálogo con la muerte lleno de serenidad.

Interesantes los tres solistas de este concierto extraordinario, comenzando por el tenor Borichevsky que tiene el papel más extenso. De timbre hermoso, emisión más que correcta en todos los registros y momentos de belleza casi íntima, especialmente cuando se convierte en el alma de Geroncio con unos pianissimi muy sentidos.
El bajo-barítono Berg al que pude escuchar hace años en el Auditorio, interpreta al predicador de la primera parte y al ángel de la agonía final, dos registros en uno donde el impacto del texto se refleja en su proyección desde un color algo metálico en el agudo pero ideal para inspirar el terror y temblor antes del último vuelo.
Encantado con la mezzo escocesa Allison Cook que “llena” la segunda parte como un ángel, voz carnal de amplio registro, destacando un grave homogéneo precisamente en los momentos dramáticos, una musicalidad etérea como el personaje y un fraseo siempre contenido lleno de gusto, sin exceso alguno e ideal color para esta obra donde su voz lleva los momentos más emocionantes. Cantando ópera es un nombre a tener en cuenta y apuntarlo.

El Coro de la FPA se enfrentó nuevamente a un reto ante la envergadura de esta partitura, superando con creces las exigencias. A lo largo de la obra pasa por todos los estados anímicos hechos música, “Los asistentes” con un Kyrie latino “a capella” bien emitido y afinado, siguiendo el Be merciful, be gracious con orquesta sin perder presencia, el Rescue him con Amén incluido para mantener gusto y musicalidad, aumentando las tensiones durante la segunda parte, ángeles y demonios reflejados en papel y línea de canto, con unas voces blancas angelicales, las graves algo cortas en número pero buen contrapeso, e insistiendo en la escritura tan excelente de Elgar, el empaste y búsqueda de un timbre propio ideal, donde los instrumentos doblan a veces (impresionantes las trompas) o realizan contracantos alcanzando un color único donde no era necesario aumentar volumen para escucharlos nítidamente. La aparente lejanía del canto (estaba en la fila seis lateral) sumó en vez de restar calidades, puede que la inseguridad puntual esta vez ayudase a unos pianísimos increíbles, poniendo los contrastes al ángel o el alma en los coros de “Demonios” o “Coro angelical” (especialmente las mujeres), clamando las “Voces de la tierra” al pedir misericordia y ese final de las Almas del purgatorio como clímax coral antes de despedirse como “almas” y nuevamente el “Coro angelical”, amén incluido.
La OSPA sigue en niveles de excelencia en todas sus secciones, incluso con los refuerzos que esta obra exige aumentando vientos e incluyendo órgano. Su amplísima gama dinámica fue un placer, más allá de buscar ambientes complementarios del texto, protagonismo siempre presente y tesituras que refuerzan cada número coral.

La dirección de Milanov tendió a ralentizar algunos números que perdieron impacto, salvo el inmenso y emotivo Preludio, aunque ganaron lirismo y emoción, pero hubiese preferido más aire que convenciese de los contrastes entre tierra y más allá, quedándonos en unos apuntes que el Jovellanos agradece por sus dimensiones, obligando a tocar muy juntos y escucharse todos. Este reto de Gerontio superado, supongo que en el Auditorio tendrá aún más grandiosidad tras este estreno gijonés.

Bach a pares

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Martes 15 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, XXXIX Semana de Música Religiosa de Avilés: Ángel Montero Herrero (órgano). Obras de Bach.
Segundo concierto y de nuevo el órgano de la factoría de Federico Acitores de protagonista, continuando con la generación de jóvenes intérpretes, bien formados, ambiciosos en sus programas y con medios para seguir trabajando. Este martes el organista de la Catedral de Segovia, Ángel Montero Herrero (Madrid, 1989), alumno de Roberto Fresco con quien prepara el Grado Superior, y ya con una amplia agenda de conciertos que le ha traído hasta la SMR avilesina.

Programa ambicioso el del músico madrileño íntegramente dedicado a Bach, con el Preludio y fuga para órgano plenoBWV 552 de eje, intercalando en medio seis corales del Dritter Theil der Clavierübung (1739, Misa Alemana para Órgano), verdadero catecismo musical, esta vez y curiosamente los pares, en (s)elección buscada para contrastar efectos y afectos, casi todas en tonalidad menor, con las distintas partes de la misa luterana, el texto como inspiración musical de “Mein Gott”, registración recia adaptada a la época y estilo del instrumento, capaz de sonar “alemán” a la orilla de la ría de Avilés en las manos y pies de un español.

El Präludium pro órgano pleno en mi bemol mayor, BWV 552/1 arrancó el poderío del órgano castellano, con flautados redondos en teclado y pedales, buen fraseo respetando la figuración clara y precisa.

Los seis corales que pudimos escuchar fueron desgranándose desde registraciones no siempre claras desde abajo (siempre distintas a como se escuchan en la consola), sobre todo el pedalero que quedó en un segundo plano algo oscurecido especialmente en el acoplamiento teclado I-Pedal, pero con una claridad expositiva y un respeto a la escritura en cada compás digno de reseñar, las notas tenidas precisas, los cantos en la mano izquierda buscando la lengüetería predominante, siempre bien arropada por el resto.
Así fueron surgiendo las distintas partes, “Los Diez Mandamientos”: Dies sind die heil’gen zehn Gebot’ (en sol mayor), BWV 678, delineadas las voces y teclados; “Credo”: Wir glauben all’ an einen Gott (en re menor), BWV 680, casi fuga potente arrancada en flautados poderosos que fueron engordando la expresión desde la contención, pedalero sustento terrenal de las manos al cielo; “La Oración del Señor”: Vater unser im Himmelreich (en si menor), BWV 682, delicia y remanso en la derecha con la izquierda adornando y el coral al pie para no perder nunca referencias; “El Bautismo”: Christ, unser Herr, zum Jordan kam (en sol menor), BWV 684, donde las semicorcheas son gotas de agua del Río Santo, ligaduras variadas cual venera en la mano del Bautista, en un fluir permanente como sonó la interpretación de Ángel Montero; “La Penitencia”: Aus tiefer Not schrei ich zu dir (en mi menor), BWV 686, el tiempo lento que desde la desnudez va tomando cuerpo como inflingiendo dolor y breves aperturas de color, con la disonancia vertebrando un discurso inestable para alcanzar finalmente “La Comunión”: Jesus Christus, unser Heiland, der von uns den Zorn Gottes wandt (en re menor), BWV 688, el ritmo ternario donde bailan incansables las semicorcheas en ambas manos mientras el pedalero marca cada compás, registros trabajados para esta “casi toccata” de virtuosismo de estos “libros de estudio” que en Bach son siempre asombrosos, intrincados, complicados y tremendamente pedagógicos. Una verdadera lección bien aprendida del organista madrileño.

La Fuga pro organo pleno, BWV 552/2 no solo cerró el ciclo sino que vino a ser como la meditación de toda la “misa musical” anterior, catedral sonora que crece paulatinamente desde la seguridad que van dando los continuos ligados, ventanas con vidreras abriendo momentos del leve descanso antes de alcanzar las deseadas agujas pinchando el cielo bachiano, del estrecho y pedal final con corcheas como gárgolas inmensas y escultura intrincada con la propia arquitectura. Trabajo ímprobo (por excesivo y continuado) de Ángel Montero Herrero que se comportó cual maestro de obra en Avilés para defender las trazas y planos musicales del cantor siempre completo y difícil.

Kožená con Cetra, todo un espectáculo

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Lunes 14 de marzo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Magdalena Kožená (mezzo), La Cetra Barockorchester Basel, Andrea Marcon (director). Obras de: M. Ucellini, Monteverdi, Merula, Marko Ivanović, Castello, Berio y Marini.

Las grandes voces femeninas pierden su nombre para añadir el artículo al apellido dando ese toque de inimitable y única con el que todos las conocemos. A Oviedo llegaba “La Kožená”, una mezzo nacida en Brno (1973) que enamora desde la primera vez que la oyes cantar, por su voz cálida, pasional, llena de matices infinitos, dicción perfecta, emisión ideal pero sobre todo una presencia y escena capaces de introducirnos en ella e imaginarnos todo el entorno sólo escuchándola, la magia que siempre alcanza esta mujer hoy de rojo en la primera parte, que siente y nos hace sentir a Claudio Monteverdi (1567-1643) como pocas.
Pero el verdadero ropaje no lo pusieron Daniela Flejšarová ni Kateřina Štefková, que también, sino el maestro italiano Andrea Marcon, verdadero modisto o diseñador de la música tanto instrumental como acompañante vocal, cortada a medida por sus alumnos de La Cetra de Basilea, ocho músicos perfectamente ensamblados y sin tacha, desde una interpretación historicista que hoy consideramos “normal” gracias entre otros a nuestro recién llorado Harnoncourt: un par de violines, una viola que alternó con la flauta dulce piccolo, y un continuo donde además de la viola de gamba y el violón, teníamos un laúd alternando con la guitarra barroca, solo en la primera parte, más una tiorba y un segundo clave complemento del maestro. Obras del barroco temprano alrededor del verdadero eje monteverdiano con algún guiño asombroso como era de esperar en un espectáculo único.

Ellos fueron los encargados de entrar a escena con el Aria Quinta sopra la Bergamasca a tre, de “Sonate,
arie e correnti, op. 3” (1642) de Marco Ucellini (1603-1680) antes de la aparición de una Ottavia de rojo pasión y zapato plateado con altura de vértigo, “L’incoronazaione di Poppea” con el aria Disprezzata Regina que “La Kožená” transmitió desde el desgarro de la abandonada emperatriz, un lujo que iría en aumento en el Addio Roma! Addio Patria! Amici Addio! del tercer acto, con un puente instrumental de Tarquinio Merula (1595-1665) encajado a la perfección, la Sonata XXIV, Ballo detto Pollicio de “Canzoni overo sonate conertante per chiesa e camera, op. 12” (1637), esa despedida trágica, con la voz entrecortada sabedora de la muerte, registro dramático desde la grandeza escénica.

Y es que “La Kožená” es capaz de cantar Monteverdi vestida de rojo puro barroco y (re)vestirlo como si su compatriota Marko Ivanović (1976) diseñase manteniendo el taller y la tela, darle la vuelta sin perder ni un ápice desde otra hechura y parecer otro. Arianna has a problem es un encargo de la propia mezzo precisamentre para este programa, un nuevo personaje femenino de abandonada, la Ariadna partiendo del doloroso Lasciatemi morire (con texto de Ottavio Rinuccini) en el que el director de escena -en la segunda parte- Ondřej Havelka inserta sus propios textos, haciendo interactuar a la protagonista con el público, acusándole de no comprenderla en su tragedia por el traidor Teseo, bajando a las butacas, sacando la escena a la escena como el genial Woody Allen en “La rosa púrpura del Cairo” (1985), fractura de tiempo y espacio, el paso del blanco y negro al color, atravesar la pantalla para convivir, o revivir la vida con los fieles seguidores, actual con la duda de volver, sentir y sufrir en uno u otro lado de la (ir)realidad.
Tras el guiño, vuelta de los jóvenes intérpretes a los barrocos jóvenes, eternamente actuales, en el tercer número instrumental, de Dario Castello (1590-1658) y su Sonata XV a quattro de “Sonate concertate in stil
moderno, libro secondo” (1629), moderno entonces, asimilado ahora y con la misma frescura “cetrina”.

Solo una diva es capaz de organizar un programa donde los músicos se sientan entre el público y en solitario “marcarse” Sequenza III, para voz femenina, con poema de Markus Kutter (1966), como si fuesen igual 50 que 500 años, porque Luciano Berio (1925-2003) sigue sonando vanguardista y rompedor, más dentro de un quasi monográfico Monteverdi que “La Kožená” interpretó de forma magistral, precisamente ubicado como cierre carnal, impactante y manteniendo expectante a todo el auditorio, provocando, asombrando, jugando con todo en una camaleónica versión donde su voz no perdió compostura ni brillo, cómplice el tiorbista Daniele Caminiti, portazo y susto incluido, en un alarde de dramaturgia. Merece la pena leerse las notas al programa de María SanhuesaMujeres fuertes: mujeres solas” relatando los distintos abandonos tan estructurados como el propio programa, como solo una mujer puede entender y explicar.

Dramaturga y taumaturga se volvió Magdalena Kožená en la segunda parte. Se reorganiza la escena con “La Cetra” a la derecha casi en penumbra, atriles con leds, y una tarima donde solo vemos dos galeas o cascos con penachos diferenciados, como los dos personajes. Suena Biagio Marini (1594-1663) cual obertura en su Passacaglio a quattro de “Per ogni sorte di strumento
musicale diversi generi di sonate, da chiesa, e da camera
op. 22” (1629), muy bien traído antes de la aparición de la checa vestida de romano para representar tres personajes en uno, Il combattimento di Tancredi e Clorinda de “Madrigali
guerrieri ed amorosi…” Libro octavo (1638) del genial Monteverdi, no ya madrigales como hasta entonces sino teatralizarlos realmente, dramatizarlos y crear una mezcla de oratorio y ópera, aparecen dos espadas, del cruzado Tancredi a la amazona Clorinda que piensa guerrero, y el propio narrador, el engaño de la travestida para medirse ambos en armas, canto increíble, diferenciado, natural, con una gama de matices desde una técnica asombrosa, de emisión dulce y clara, todo con una arrolladora personalidad de la checa, el ímpetu de Tancredi siguiendo a Clorinda, la noche y la evocación, fama y gloria resplandecientes, el acero destellando y el pie firme, las ofensas empujando la venganza, fiereza, embestidas… y así la narración que nos convence de los dos personajes moviéndose con las luces mínimas de Lukáš Pondělíček, las candelas creando sombras y tensiones, la sangre cinta roja manando de la dorada ócrea sobre la blanca túnica, la luz que emana de una “cetra” convertida en regio cetro, reina despreciada y abandonada del principio transmutada triplemente en sí misma, narrando y sintiendo por dos. Arrolladora “La Kožená”, convenciéndonos de esta locura desde su propio convencimiento, haciéndonos ver lo invisible, el casco en copa cual grial, el arroyo murmurante, la mano temblorosa, juego de roles y voces como solo ella sabe y puede, el aplomo y dominio escénico desde la madurez vocal y vital. Marcon el maestro, el especialista, el músico completo, discreto desde la sabiduría, dejando fluir la música de sus alumnos vistiendo la voz para ese final que abre el Cielo, curiosamente apagándose voz, luz y música. Casi tres cuartos de hora en este triduo mitológico, la magia del tres como eje perfecto.

Adelantar la caja acústica para el espectáculo fue todo un acierto ayudando no ya la propia sonoridad del “consort” con la mezzo sino por la cercanía ideal, más si cabe para esta escenificación que en un espacio más reducido aún nos hubiese conmovido hasta límites insospechados.
Un auténtico placer Magdalena Kožená, una voz de las que escasean hoy en día y una artista integral, con una propina que no podía ser más que de Monteverdi, Sì dolce é ‘l tormento, totalmente dulce y nada tormentoso, porque el “padre de la ópera” experimentó en los madrigales todo el poder expresivo de la palabra con la música a su servicio, “La Cetra” primorosa desde la cuerda pulsada a la frotada y percutida, puente renacentista al barroco que sigue tendido y manteniendo cada vez más actual este periodo de nuestra historia.

Arranque con órgano para la XXXIX SMR de Avilés

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Domingo 13 de marzo, 20:00 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, XXXIX Semana de Música Religiosa de Avilés: Raúl Prieto Ramírez (órgano). Obras de Bach, Buxtehude, Saint-Saëns y Widor.

La semana referente de la música religiosa en Asturias se celebra en Avilés desde hace treinta y nueve años, dos menos tiene el organista que abría esta edición, un cacereño universal de nombre Raúl Prieto (1979), al que su carrera de concertista le lleva a cruzar varias veces el “charco”, residiendo en EE.UU. y realizando dos giras anuales por Rusia. Entre sus compromisos su presencia en el Ciclo “Todo Bach” del CNDM el pasado jueves en la Catedral de León, sábado en el Auditorio Nacional con entradas agotadas, y por suerte este domingo en Avilés, volviendo a nuestra tierra después de unos años gracias al trabajo de Chema Martínez quien nos los descubriese en el fenecido Festival de Órgano CajAstur y que jubilado de la docencia sigue plenamente activo en la organización de esta SMRA así como de distintos conciertos con el órgano como protagonista.

Algunos temas ya escuchados en León de Bach (con ligeros cambios que he realizado en el montaje del programa) aunque nunca iguales como tampoco los órganos, y menos en este Acitores de acento castellano pero plenamente asentado en el cantábrico tras cinco años largos cerca de la ría, el toque que yo llamo de salitre, más el inconmensurable y nunca suficientemente valorado Buxtehude para poder disfrutar del recio planteamiento barroco del órgano antes del último romanticismo brillante de Saint-Saëns o Widor, idiomas distintos, registros variados y música a raudales donde no faltó la proyección en pantalla gigante del concertista, para disfrutar visualmente de su impresionante técnica.

J. S. Bach (1685-1750) con el Preludio y fuga en re mayor, BWV 532 es el arranque ideal para dedos, tubos y público, la potencia ideal para la iglesia nueva de Sabugo de acústica muy agradecida, continuando con la impresionante Sonata V en do mayor, BWV 529 (de las Trio Sonatas) que en Avilés sonó igual de limpia y preciosista que en León pero con un pedalero más “modesto” aunque la lengüetería resultó ideal para la mano derecha.

Grandiosa la Toccata en Fa, BuxW 145 de Dietrich Buxtehude (1637-1707) digna forma virtuosística del barroco temprano que Bach eleva a las alturas y madurez del estilo, pero que su ídolo trabajó como muestrario o currículo técnico para todos aquellos que quisiesen dedicarse al duro oficio de organista, lo que da para una tertulia más allá de la sobremesa, todos los recursos instrumentales para sacar a flote una página atemporal. Escucharla en Helsingborg no tiene precio, pero desde casa también podemos viajar a Dinamarca en esta interpretación del más internacional de nuestros organistas.

Como el instrumento de Torquemada está diseñado para todo repertorio, estaba claro que las dos obras siguientes nos darían la grandeza de expresión y dinámicas que atesora, junto a timbres casi pensados para lo que vendría: la orquestal Danse macabre de Saint-Saëns (1835-1921) en el arreglo de Edwin Henry Lemare es más una reinterpretación que transcripción porque siempre se ha dicho que el órgano es el instrumento rey y así lo entiende Raúl Prieto que tiene esta obra entre las más demandas allá donde va precisamente por toda la riqueza que el órgano saca de una partitura ya de por sí llena de color en su versión orquestal. Cambios de tiempos, matices casi infinitos, planos sonoros, protagonismo del pedal en su momento, hacen de esta danza macabra una fiesta mexicana en cuanto a la concepción de la muerte, con el sonar de los huesos musicales en un guiño vital.

Y probablemente sea Ch. M. Widor (1844-1937) uno de los compositores que mejor ha entendido el órgano y su “Allegro” de la Symphonie VI, Op. 42/2 , sinfonía para órgano que puede sea una mínima muestra de la capacidad de este extremeño universal en su instrumento, siempre distinto allá donde va y sacando de todos ellos los registros ideales para afrontarla en su amplia gama dinámica y tímbrica. Obra magna y magnífica interpretación en el Acitores de Sabugo.

El regalo nuevamente “de León”, con el llamado “ejercicio de pedal” atribuido a Bach para virtuosismo con los dos pies enfundados en zapatos americanos a medida cual guantes con talón para hacer música solamente con las extremidades inferiores, las que no faltan como sustento vital también en el órgano, disfrutándolo en la pantalla cual ballet barroco. Al menos Avilés estuvo en su “escapada a casa” y se lo agradecemos.

Ya es primavera con la Banda

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Sábado 12 de marzo, 20:00 horas. Auditorio “Teodoro Cuesta”. Concierto de Primavera: Banda de Música de Mieres, Antonio Cánovas Moreno (director). Entrada libre.
La próxima llegada de la primavera, al menos en el calendario, cuenta con una cita cultural que se ha convertido en un clásico dentro de la agenda de actividades de Mieres, una original forma de recibir la nueva estación y este año casi la Semana Santa, de la mano de nuestra Banda de Música (que ya tiene al fin escrita toda su historia y actualizada en la Tesis Doctoral defendida por el musicólogo local y percusionista de ella José Ramón Vidal Pereira). La banda nos ofreció a sus incondicionales seguidores un original programa, con estrenos y clásicos que conformaron un concierto del agrado del nutrido público que casi llenaba el auditorio de la Casa de Cultura.

Con la presentación de cada tema y compositor a cargo de​
Ramón Hernández, presidente de la AMAM,​ la banda fue afrontando pasodobles casi obligados con otros arreglos y composiciones originales, una formación con mayoría de jóvenes bien arropados por veteranos que hacen de nuestra banda la perfecta conjunción de empuje y contención, ganas y sabiduría, puede que algo descompensada en las secciones (por ejemplo solo un oboe o bombardino) pero bien contrapesada por la calidad de sus componentes, clarinetes, saxofones y trombones suficientes, flautas con una flautín que es ya virtuosa, dúo de trompas, trompetas o tubas, percusión al completo y hasta un piano electrónico con una intérprete brillante, presente y segura en sus intervenciones, bien llevados por el profesor Cánovas.

Comenzábamos por el pasodoble Los dos Adolfos de José María Martín Domingo (1889-1961), historia no ya de Adolfo padre e hijo timbaleros de la Banda de Música de Madrid a quienes va dedicado, sino del propio compositor y músico militar menorquín, partitura para banda sin complejos, conocedor del material sonoro y de la forma final como Antonio Cánovas que exprimió cada momento, bien trabajado y aún fresco del pasado concierto de Santa Cecilia (incluido en el enlace del título).
Star Wars Saga es un espectacular arreglo para banda del trombonista y compositor holandés Johan de Meij (1953), un “compendio” de los temas más famosos de John Williams para la “triple” trilogía, conocimiento de primera mano del material humano y sonoro de una banda, demostrado en los diferentes motivos del genial compositor americano que pudimos disfrutar en cada sección con unas contraposiciones bien elegidas por el arreglista, casi recreador del original, desde los potentes metales a las delicadas maderas sumando una percusión segura, todo perfectamente conducido por el maestro Cánovas que sabe buscar y encontrar las partituras apropiadas a esta formación. No tenemos banda sinfónica pero por momentos sonó como tal.

Marta Agustín (2009) es un pasodoble de concierto moderno, obra del valenciano Pere Sanz Alcover (1975), acumulando premios con sus obras y labor, música en sus venas por herencia y geografía, esta vez con el nombre de la fallera mayor destinataria de la forma española más típica de banda y plenamente exportable, con una “actualización” que mantiene vivo un ritmo y forma tan nuestra como la próxima Semana Santa (donde estas músicas son inseparables de las procesiones). Así la entendió el director de Totana con la Banda de Música de Mieres, versión muy digna donde no faltó un buen solo de trompeta, la presencia poderosa de las tubas, la percusión completada con el piano, clarinetes manteniendo el aire marcial, saxofones alternando protagonismo lírico, de una partitura que destila mucha música heredada y vivenciada en una tierra de bandas.
De 1999 es Loch Ness (fantasía escocesa) del ya citado Johan de Meij, un poema sinfónico para banda, con la inclusión de dos gaitas escocesas (esta vez asturianas con Jorge Areces y Pablo Álvarez, director y componente respectivamente de la Banda de Gaites “Villa de Mieres”), donde cada sección tiene su importancia, especialmente las trompas y la percusión, corroborando el buen conocimiento del viento, incluso en máquina, con reminiscencias del Moussorgski de Una noche el el Monte Pelado que relatan en cinco movimientos ambientes con distintos tiempos y texturas, bien llevados por un Antonio Cánovas que parece dar en el clavo con el repertorio y poder sacar a flote con estos mimbres unas obras muy exigentes técnicamente, dinámicas amplias, rítmicas cambiantes y un lenguaje plenamente cinematográfico de lo más actual, que no suele faltar en los conciertos de las bandas de música.

El pasodoble Dauder del riojano Santiago Lope Gonzalo (1871-1906) mantiene el espíritu de banda pero sin alcanfor ni caspa, porque las buenas obras permanecen en el tiempo, que les da aún más solera, obra que ya interpretaron el pasado noviembre con motivo del concierto de Santa Cecilia. Sabor y sentido de nuestra música capaz de compartir programa entre los grandes, y obligado mantenerlo presente.
Para acabar nada menos que el inmenso Danzón nº 2 del mexicano Arturo Márquez (1950) en arreglo para banda de Oliver Nickel, un mosaico de combinaciones afrocubanas y mexicanas con intervenciones solistas difíciles y bien resueltas, apostando por calidades tímbricas así como la base rítmica de verdadera solera y sostén para un universo melódico con un final trepidante bien entendido para banda.

Buen nivel el demostrado por nuestra banda de música local dirigida por un murciano afincado en nuestra tierra, convenciendo y trayendo músicos de todas partes cada sábado para reunirse y trabajar en lo que les gusta, sacrificando su tiempo y así poder deleitarnos puntualmente con conciertos como el de este sábado pre-primaveral. Les seguiremos siempre que podamos y apoyando porque la inversión en cultura siempre es a largo plazo… aunque ya recojamos frutos cada poco.

Festival de talento

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Viernes 11 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Abono 8 OSPA, Jaime Martín (director). Obras de Dvorak y Bartók.

Tras “nuestra” escapada bilbaína la OSPA y manteniendo colocación como en el Euskalduna, volvía a su sede ovetense con un director español en constante crecimiento, Jaime Martín (Santander, 1965), actual titular de la Orquesta de Cadaqués, quien en una entrevista al diario La Nueva España (la dejo casi íntegra al final, en su versión papel) decía: “Una orquesta es un festival de talento” y quiero tomar este titular también para mi entrada del blog.

Todas las virtudes que llevo tiempo destacando de la orquesta asturiana, este octavo de abono se han multiplicado porque al fin la batuta cántabra dio la necesaria seguridad, confianza, serenidad, ilusión por el trabajo bien hecho y sobre todo una honestidad con las obras elegidas que los músicos transmiten.

Las Danzas eslavas, op. 46 (1878) de A. Dvorak (1841-1904) suelen interpretarse sueltas y no en su totalidad como pudimos disfrutarlas este viernes, ni en versión original para piano a cuatro manos ni la orquestal, algo que parte del público no pareció enterarse aplaudiendo indebidamente y haciendo romperse el hechizo de la continuidad de ocho danzas en distintas tonalidades, ritmos y tiempos con un empuje contagioso lógico en una música de baile con inspiración folklórica pero a base de melodías propias que no tienen porqué ser herederas de las húngaras de Brahms. Maravillosa cada sección orquestal y cada intervención solista, dinámicas amplias perfectamente marcadas por el director santanderino, intensidades graduadas para deleite de todos, difícil quedarme con alguna aunque por comparar (aunque sea odioso) con la escuchada el pasado 24 de febrero la “Furiant” Danza nº 1 en Do mayor Presto” hoy tuvo todo lo que entonces faltó: agilidad, bailable, empuje rítmico y claridad en las melodías, al igual que la última, tal vez la más conocida de todas. Estado de gracia para toda la orquesta y entendimiento total con el podio, plenitud para una integral que pone a prueba formaciones y batutas.

Aún más complejo de interpretar y dirigir que al checo Dvorak resulta el llamado Concierto para orquesta, Sz. 116, BB 123 (1942-1943) del húngaro Bela Bartók (1881-1945), puede que evitando llamarlo sinfonía no ya por sus cinco movimientos, aunque resulten como tales los impares e intermedios los pares, sino por unos contrastes más en la línea de los barrocos, también comentado por Asier Vallejo Ugarte en las notas al programa (enlazadas en los autores al principio).
La biografía de Bartok daría para una película y en sus última etapa neoyorkina parecía abocado al hundimiento total cuando surge este encargo de unos compatriotas que nos dejará una de las páginas orquestales más fastuosas y difíciles dentro del repertorio sinfónico, básicamente por el tratamiento concertante de las distintas secciones orquestales que la OSPA tiene en calidad superlativa como pudimos disfrutar por unanimidad los afortunados: el arranque de la cuerda y luego flautas de Introduzione – Andante non troppo presentó credenciales claras de lo que vendría después, el metal del Allegro vivace sonó virtuoso y claro en las secciones fugadas del desarrollo, con unas trompas en perfecto entendimiento desde hace muchos conciertos, unos trombones a los que llamo el cuerpo orgánico por no decir organístico, y las trompetas seguras y vibrantes, con una percusión mandando sin ensuciar; de la cuerda que enamora destacar su pasaje movidísimo del último movimiento perfecto por claridad, presencia e intensidad pero también destacable el segundo movimiento con todos los instrumentos alternando por parejas en pasajes brillantes sonando como uno solo, respiraciones, fraseo, matices idénticos como verdadera sana competición en mejorar el anterior y dotando de una continuidad marcada por el tambor con “mando Dalai en plaza” ese movimiento realmente de verdadero encaje de bolillos: fagots, oboes, trompetas, flautas… cada tema respirando aire popular desde el dominio instrumental plenamente académico, por no decir clásico del compositor húngaro. Hasta el Intermezzo interrotto, cita del “tema de la invasión” de la Séptima sinfonía de Shostakovich -popularísima en EE. UU.- como guiño de su fino humor húngaro, sonó aterciopelado en una OSPA a la que deseamos mantenga este nivel, con un Finale: Pesante – Presto para guardar y grabar cuando Radio Clásica lo emita dentro de unos meses. Si el viejo Bartók muestra mucha ironía con esta obra, Jaime Martín a quien la batuta le proporciona libertad, nos dejó un guiño de cómo alcanzar no ya magia sino una interpretación magnífica y de altura, fruto de la honestidad, el trabajo, el entendimiento y un saber mucho además de bien de su trabajo. Ha sido un excelente flautista y como director sigue creciendo, contando sus apariciones por triunfos, y el de este octavo de abono en Oviedo ha sido uno más. Esperamos vuelva pronto. En la entrevista citada cuenta muy claro la forma de entender su oficio: “… requiere colgar el ego de una percha. La gran cualidad de un músico de orquesta es la flexibilidad. Una orquesta es como una cometa y el director es el encargado de mantener el hilo. Cuando se hace así soy feliz, es un trabajo mágico”. Magia y talento.

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