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Contra los imprevistos siempre Verdi

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Sábado 24 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Olga Peretyatko-Mariotti (soprano), Luca Salsi (barítono), Oviedo Filarmonía, Tung-Chieh Chuang (director). Extractos de óperas de Mozart, Mascagni y Verdi.

Con expectación esperábamos en Oviedo, capital operística con solera, a la soprano rusa Olga Peretyatko, añadiendo el apellido Mariotti por matrimonio con Michele Mariotti en otra pareja para la historia de la lírica entre diva y director. En el concierto del sábado compartiría programa con el barítono Thomas Hampson pero a mediados de semana nos encontrábamos el aviso de cancelación aquejado de una insuficiencia respiratoria con el obligado cambio de obras y la búsqueda de otro barítono que pudiese afrontar con solvencia este duelo con la nueva diva rusa que desde ahora habrá que llamar como las estrellas con artículo delante, “La Peretyatko” (pues La Netrebko sigue siendo única), encontrándose los organizadores con el italiano Luca Salsi recién finalizada su participación en el Trovatore del MET ( hace pocos años también le tocó sustituir a última hora a Plácido Domingo) antes de volver en abril con Lucía y tras el recital del pasado domingo 18 en la Opera Naples que tiene a nuestro Ramón Tebar de director artístico (también pianista) en esta ciudad en el suroeste de Florida.

El barítono se sumó rápidamente a los ensayos con la Oviedo Filarmonía bajo la batuta del joven director taiwanés Tung-Chieh Chuang, auténtico responsable musical del concierto, agradeciéndoseles a todos por megafonía esta buena predisposición para luchar contra los imponderables, volviendo a realizar cambios en el añadido para la velada sabatina.

Bautizada por la prensa musical como “La dama rusa del bel canto”, a la soprano rusa no le escuchamos nada de Rossini y prefirió para Oviedo cantar un poco de Mozart que siempre es mucho, y mucho Verdi que no es poco, junto al barítono italiano que sería padre político, biológico e incluso amante a lo largo de esta selección de óperas en el formato habitual de un aria y un dúo, semiescenificados, y dos más uno tras el descanso, sin faltar oberturas e intermedios amén de las esperadas y ensayadas propinas. Pero quien se merece un aplauso enorme de admiración y trabajo es el talentoso director taiwanés Tung-Chieh Chuang, premiado en el concurso para jóvenes directores Malko de la capital danesa en su edición del 2015, lo que le abrió más puertas, demostrando ser un maestro de la concertación con cantantes, mimándoles en las dinámicas y tempi, con gesto claro y preciso para la orquesta, la Oviedo Filarmonía, a la que se le notó cómoda pese a las premuras e inconvenientes surgidos.

Con Mozart tocó abrir (y casi cerrar) velada con Le nozze di Fígaro, primero la obertura ágil, rotunda y precisa antes de la aparición de la Condesa con Dove sono i bei momenti, recién estrenada en el repertorio de la rusa que puede con el aria pero aún le falta rodarla, demasiado sobria y falta de sentimiento.
Debería haber seguido Mascagni y su bellísimo además de delicado Intermezzo de “Cavalleria rusticana” que la orquesta ovetense (con Marina Gurdzhiya nuevamente de concertino) ya ha interpretado en conciertos similares y el maestro Chuang volvió a sacar lo mejor de ella. La Julieta de Gounod se cayó del programa, supongo que por mantener “cuotas de intervención”, así que…

… rompiendo también esa unidad argumental se adelantó la salida de Luca Salsi para comenzar con Verdi y La Traviata, la famosa aria de Giorgio Germont Di Provenza il mar, il suol que pienso le pilló un tanto frío, sobrado de potencia que puede llegar a variar por momentos la perfecta afinación. Y mucho mejor el dúo con su “nuera” Madamigella  Valery? donde empastaron perfectamente, moviéndose a la izquierda del podio casi peligrando la batuta del taiwanés, creíbles vocalmente y mimados en las dinámicas por Tung-Chieh Chuang y una orquesta ideal en estas partituras. Faltó la Violeta perdida (aunque sí el público aplaudiendo el dúo antes del “sacrificio”), nada abandonada sino felizmente encontrada por un Germont padre todo poderoso y generoso con la descarriada que tiene hace ya años en su repertorio.

Tras el descanso más Verdi, auténtico protagonista, impecable obertura de “La forza del destino”, digna página de conciertos sinfónicos (junto a las anteriores de Mozart y Mascagni) para una orquesta muy centrada y eficaz pese a los imprevistos. Cambiando de rol y de vestido (oro en la primera y rojo en la segunda ) inició la soprano rusa su segunda aria en solitario con Mercè, dilette amiche, el bolero de Hèléne (“Les vèpres siciliennes”) que aún necesita maduración y reposo pese a los años que lleva en su repertorio, tal vez el aire sea el de su Carmen pensada pero los graves deberán ganar redondez y volumen igualando colores demasiado contrastados todavía.

El italiano Salsi además de complemento masculino y paternal como Giorgio Germont nos regaló un entregado Macbeth Pietà, rispetto, onore que nos supo a poco, voz pletórica y rotunda, más contenido que de suegro y centrado en esta su segunda aria antes de pasar al padre jorobado con esos roles del genio de Busseto que exprimen todas las cuerdas para perfilar cada cantante su propio personaje.

La Peretyatko tiene igualmente bien estudiada y cantada la Gilda de “Rigoletto” aunque su Gualtier Maldé!… Caro nome con excesiva pirotecnia vocal en su última aria en solitario, tercera de la noche, resultó muy personal pero poco precisa aunque entregada en volúmenes para los agudos, antes del final con su “padre” Salsi, primero el Cortigiani vil razza dannata reválida de todo barítono que el italiano defendió con vehemencia, credibilidad (encorvándose además de cojear) y volumen, más el dúo paternofilial Tutte le feste al templo donde la soprano estuvo algo tapada por el barítono mientras Tung-Chieh Chuang no tuvo contemplaciones dinámicas con una orquesta madura.

Aplauso enorme para el barítono por lo que supuso esta sustitución de última hora que no decepcionó a nadie y se adaptó a las circunstancias, más los bravos para la prometedora diva rusa que aún sigue en ascenso para poder mejorar Verdi tras encandilar con Rossini, ausente en Oviedo. Personalmente su color vocal puede ser mozartiano y hasta creerme que los años la lleven por estos repertorios, es cuestión de esperar y elegir.
Ante el éxito nada menos que tres propinas: la Bess rusa del Summertime (Gershwin) que figuraba en el primer programa aunque ella prefiriese darnos sorpresso, sin poso en el grave, muy plana pese a sus agudos pero de lo más comercial. Como Zerlina llamaría al conquistador italiano para “darse la mano” y marcharse lentamente con Mozart (Là ci darem la mano), un Salsi poliédrico pasando este sábado de suegro a padre y finalmente Don Juan con la Peretyatko menos “Verdi” con Wolfgy en feliz dúo.

Mozart es mucha ópera y hubiese sido el final ideal, pero sin más papeles preparados y para regocijo del respetable quedaría organizarse un poco con unos desconcertados músicos y director para bisar los compases últimos del dúo Todos los días de fiesta con Verdi, y Oviedo volvió a disfrutar de la ópera aunque sea en concierto.

P. D.: reseña en La Nueva España de este domingo.
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Ensoñaciones musicales

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Reseña para La Nueva España del concierto de la OSPA del viernes 23 de febrero con el añadido de mis fotos:

Ensoñaciones musicales de la OSPA con su titular Milanov comenzando con el estreno del ovetense Gabriel Ordás y su “Onírico” escuchado por vez primera el jueves en Avilés, una fantástica fantasía orquestal encargada por la OSPA que hizo realidad un sueño placentero bien compuesto y con lenguaje propio sin etiquetas, esperando lo interpreten muchas orquestas por calidad y cercanía al público. Más tortuoso y desagradecido el Concierto para violín de Sibelius con Alexander Vasiliev dando el paso al frente (estuvo Benjamin Ziervogel de concertino) como solista, valiente calentando con su canto añejo los gélidos pasajes finlandeses que solo nos despertaron por el lirismo de este abuelo al que sus nietos asturianos regalaron flores y él una cálida propina de Paganini.

La suite del ballet “Nobilissima visione” de Hindemith inspirado en San Francisco de Asís resultó pese a la excelencia instrumental cual pesadilla tras una buena y copiosa comilona de la que solo nos despertó el Hermano Sol, lástima porque el mejor sueño fue el inicial y juvenil de Ordás.

Sueños y pesadillas

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Abono 7 “Inspiración II” OSPA, Alexander Vasiliev (violín), Rossen Milanov (director). Obras de G. Ordás, J. Sibelius y P. Hindemith. Jueves 22 de febrero, 20:15 horas, Casa de Cultura, Avilés, entrada 18 €. Viernes 23 de febrero, 20:00 horas, Auditorio de Oviedo.

No podía ni quería perderme otro estreno absoluto de Gabriel Ordás (Oviedo, 1999), esta vez su fantasía orquestal Onírico (2018), un encargo de la OSPA que sigue apostando por compositores jóvenes con los que captar públicos de estas generaciones, algo siempre de aplaudir y además con repercusión mediática en la prensa y televisiones regionales además de “Radio Clásica” que también apoya talentos de casa. Si además comparte programa nada menos que con Sibelius y Hindemith todavía engrandece el trabajo de este artista integral cuya obra encaja perfectamente en un lenguaje atemporal, académico si se me permite por sus referencias compositivas, bien armado desde un conocimiento de la orquestación -alumno de Fernando Agüeria a quien va dedicada- que no requiere solamente de técnica sino de inspiración (como indicaba el título de este séptimo de abono) que debe pillar siempre trabajando y con un bagaje vital adulto por una trayectoria increíble. Recomendable escucharle con Fernando Zorita en el canal de YouTube© de la OSPA.

El análisis de su obra en las notas al programa (enlazadas en los autores) a cargo de la doctora María Sanhuesa, miembro también del Consejo Rector de la OSPA, se amplió aún más en la conferencia previa del viernes con el sugerente título Sueños, visiones y otros delirios sinfónicos: Ordás, Sibelius y Hindemith entre la vigilia y el sueño, unidad temática con visiones varias de nuestro estado de “duermevela”, no ya el fisiológico sino también lo soñado e incluso lo místico junto a paralelismos pictóricos como Dalí, el Simbolismo, relojes blandos, México y toda una paleta de colores tan personales como los propios sueños explicados con los toques de fino humor a los que nos tiene acostumbrados.

Siempre son de agradecer estas conferencias con la inestimable colaboración de la Universidad de Oviedo a cargo de profesores que junto a las notas al programa en los distintos números de la revista trimestral de la OSPA, amplían o subrayan aspectos de las obras que escucharemos después en el concierto, y que por los problemas “detectados” obligan a realizarlas últimamente en la Sala de Cámara, más desangelada que las salas del último piso ahora clausuradas. Del futuro que espera al auditorio y los problemas que generará a tanta música ya programada mejor toquemos madera porque tal parece haber una mano negra que quiere seguir dinamitando poco a poco la dilatada trayectoria de excelencia que atesora la capital del Principado de Asturias.

Mis primeras impresiones del jueves fueron las de otro sueño cumplido por parte del joven ovetense Gabriel Ordás, la orquesta de todos los asturianos estrenando esta fantasía sinfónica en cuatro momentos que no solo parten del hecho físico sino de la transmisión al público de esas sensaciones para hacerlas propias: Preludio, Duermevela, curiosamente la primera en escribirse (en las páginas de los distintos movimientos de la partitura que se nos proyectaron en la conferencia podía leerse “Diciembre 2017) como bien recordó la doctora SanhuesaViaje y Crisol, fusión de elementos antes del despertar tras una verdadera banda sonora de rica instrumentación donde la percusión colorea melodías y armonías remotas, de nuestra memoria colectiva de melómanos, lejana y emparentada con sus compañeros de programa, por momentos previa desde un viaje interior personal. Volver a escucharla el viernes con la acústica tan especial del auditorio y más rodada por parte de todos me reafirma en la impresión de estar ante una obra madura con mucho recorrido para ser interpretada por orquestas en cualquier lugar del mundo dada la vigencia del lenguaje utilizado por el maestro Ordás, atemporal desde un sello propio que no esconde querencias, lógicas en todo creador.


Nuestro concertino Alexander Vasiliev dejaba su puesto a Benjamin Ziervogel (un lujo sus intervenciones en Onírico) y daba de nuevo un paso adelante para ejercer de solista con Sibelius y su Concierto para violín en re menor, op. 47 (1903-1904), no precisamente una obra habitual por demasiado exigente para solista y orquesta que es tan protagonista como el propio violín, donde los años pesan aunque su acercamiento fuese plenamente lírico al mismo, tal y como comentaba a su amigo de cuerda en OSPA TV, de sonido penetrante y fraseo no siempre claro arropado por sus compañeros atentos intentando disfrutarlo juntos, con el Allegro moderato que en Avilés se aplaudió por el ímpetu transmitido aunque falto de claridades, incluso en la cadencia, colocada en medio del movimiento, más cantado el Adagio di molto que me supuso cierto bajón emocional pese a la belleza del mismo, y el empuje desde el podio para el Allegro ma non tanto más pegadizo y llevadero al oído, demostrado que los años dan la pátina necesaria a páginas no del todo agradecidas de interpretar pero sentidas tan cercanas por nuestro maestro ruso. Retomando palabras de la conferencia, el último movimiento fue descrito como “una polonesa para osos polares”, y mi percepción personal tras volver a escuchárselo “en casa”, de una frialdad finlandesa que el cercano concertino hoy solista intentó caldear sin excesos, evitando el deshielo peligroso de caminar por un lago helado por buscar visiones, pero una angustia pensando en el riesgo que siempre se corre.

En el Oviedo que le ha adoptado, al violinista ruso también le regalaron flores pero sus nietos asturianos, verdadero anclaje emocional a nuestra tierra, correspondiéndonos con el Capricho 15 de Paganini, Posato inicial antes de la avalancha de fusas, reposado inicio previo a la acumulación de problemas, como la vida misma donde el paso de los años dan ese carácter añejo al arte, si bien no era necesario arriesgar tanto y exponerse como lo hizo nuestro admirado y querido Sasha, ni con el gélido finlandés ni mucho menos con el endiablado italiano, aunque siempre le aplaudiremos y agradeceremos su total entrega y permanente magisterio.

La Suite de concierto (1938) del ballet Nobilissima visione (Hindemith) supuso la obra de arte total wagneriana como apuntaba María Sanhuesa, conjunción de talentos con los frescos florentinos de Giotto, la música del alemán y la coreografía de Massine para los Ballets Rusos de Monte-Carlo, herederos de los famosos de Diaghilev tras su muerte, inspirados en San Francisco de Asís. Esta suite que utiliza 5 de los 11 números se organizan en tres partes sin seguir el orden del ballet y buscando lo orquestal. Tras el sueño placentero de Ordás, y la pesadilla de Sibelius, este Hindemith me recordó la cabezada tras una copiosa comida donde los sobresaltos coinciden con una mala digestión. Lástima y curiosa paradoja puesto que los ingredientes de la formación asturiana son de primera, sonó compacta, unida, con dinámicas amplias delimitando cada plano desde un rigor plausible pero nunca emocionante, provocándome cierto desasosiego orquestal que no encajaba con la rítmica danzable aunque prescindamos del baile.

Desfile de platos titulados Introducción-Rondó, Marcha-Pastoral y Pasacalle, con poco sabor pese a que el director búlgaro parece dominar de siempre la música de ballet, pero este San Francisco era de Asís y no el estadounidense, despertándonos el Hermano Sol como recordando que se nos terminó el sueño, argumentario de programa a la espera del colorido del próximo noveno abono que nos traerá a la OSPA desde Santiago de Compostela (devolviendo visita) esperando suenen de ensueño y quede el pabellón bien alto. En el octavo lo mejor del concierto resultó la fantasía del fantástico Gabriel Ordás.


El candor de México

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XXV Festival de Teatro Lírico Español, Teatro Campoamor, Oviedo: 15 y 17 de febrero, 20:00 horas. El Cantor de México, opereta en dos actos con música de Francis López y libreto de F. Gandera y R. Vincy en versión libre de Emilio Sagi. Fotos ©Teatro de la Zarzuela y ©PabloSiana. Entrada butaca: 40 € – Abono de principal para los cuatro títulos: 90 €.

Celebrando las bodas de plata de la zarzuela en Oviedo con una opereta, como el Carnaval en plena Cuaresma (también lo hacen) o programar El Rey León en la temporada de ópera (que espero no la toquen), pero todo sea por la música sin etiquetas aunque se queden cortas las dos funciones a la vista de la entrada registrada (lleno la segunda), sin entrar en los pateos a la megafonía en asturiano que siguen confrontando a una sociedad dividida por los políticos (más en la primera como parece ya normal), responsables de recortar incluso en inteligencia.

El éxito “almibarado” del pasado mes de octubre cosechado por El Cantor de México en el Teatro de la Zarzuela madrileño, coproductor junto a la Opéra de Lausanne el pasado tras el bombazo de su reestreno parisino, unido a la excelente campaña mediática y la presencia de Rossy de Palma parece ser el mejor reclamo para traer a Oviedo este título creado para el recordado Luis Mariano que los de mi época y nuestros mayores recordamos más por la película que por la propia opereta, traducida libremente por Enrique de Viana cambiándole la letra incluso a la conocida Ruiseñor que todos recordamos.

Lo mejor de todo el entretenimiento en sí y las músicas pegadizas con buenos arreglos e instrumentación ideal donde no faltó una excelente percusión de jazz junto a la guitarra eléctrica de caja (Juan Carlos Pizarro) o el acordeón (Norberto Magín) para una Oviedo Filarmonía con Óliver Díaz al frente, al igual que en la capital, y Marina Gurdzhiya de concertino, que realmente sonó de cine, mimando a las voces sin amplificar que no fueron, salvo el Bilou de Manel Esteve, los Vicente Etxebar y Cricri del primer reparto madrileño (José Luis Sola y Sonia de Munck) sino los segundos, algo que me temía al leer el avance tardío de los títulos donde se indicaba “entre otros” evitando citar el elenco ovetense (el argentino Emmanuel Faraldo y la catalana Sylvia Parejo, mejor ésta que aquél que mejoraron el sábado), y los actores que incluso cantan, como es de esperar en ellos y sí fueron los mismos de Madrid: Eva Marshal – Coronela Tornada por Rossy de Palma mal porque así se lo exige el guión, un buen Riccardo Cartoni por el barítono Luis Álvarez, y la excelente Ana Goya como la Señorita Cécile sin olvidarme del asturiano César Sánchez como Boucher más el resto del elenco de casa (Cristóbal Blanco de figurante junto al pianista Julio César Picos Sol en escena).

No quiero olvidarme en esta opereta del buenísimo cuerpo de baile con la coreografía de Nuria Castejón, elegantes en todas sus intervenciones, tanto en “Acapulco” como en la colorida y popular “fiesta del tequila“, además de complementar una figuración donde el vestuario de la argentina Renata Schussheim ayudó al colorido y ambientación diseñado por Daniel Bianco.

El coro sigue siendo el de casa, una Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo dirigida por Pablo Moras que no solo cantan y bien (México sin ellos hubiera sido otro como el tequila) sino que completan una puesta en escena abigarrada por momentos buscados pero siempre colorida (bien las chicas y sobresaliente el desparpajo masculino sin reparos por el vestuario para el “coro de las mujeres soldados”), mejorando en el segundo acto por el rodaje de la primera función y el entendimiento entre foso y escena.

Mejor la parte hablada que la cantada, lógico por los actores con una Rossy realmente “diva”, morcillas asturianas naturales (calla fata, cómo ye ho!? Préstame mucho) y los ya citados Luis Álvarez y Ana Goya, aunque sus textos a menudo resultan “forzadas” y algo chabacanos al igual que estereotipados (pero simpáticas y creíbles las Lupita y María de las vascas Maribel Salas y Nagore Navarro).

Del trío protagonista destacó el Bilou del barítono Manel Esteve, tanto en sus solos (Soy el mejor premonitorio, El tequila y sobre todo el Guarrimba, dios inmortal con el coro) como en el famoso dúo con Vicente Dos amigos así, y el trío al que se suma Cricri, dando cuerpo a los mismos unido a una actuación convincente.

La Cricri de la actriz y cantante Sylvia Parejo fue de menos a más en las dos representaciones, en emisión hablada y cantada con el mismo color vocal (siempre de agradecer) mejor sus Vals del segundo que En Montmartre yo nací, siempre con el foso a su servicio, mientras que el Vicente de Faraldo no es el de Solani tampoco el “francés” de Ismael Jordi, recayendo en él las canciones más conocidas de la opereta. Ninguno tiende a imitar a Luis Mariano pero está claro que el argentino, dotado de un excelente fiato y unos agudos ideales, carece de uniformidad dinámica, afinación y proyección adecuada pese al mimo orquestal,  que la cantada. Infame jueves aunque mejoría sabatina del bello y conocido “Acapulco” (El azul del mar en su esplendor), pobre su canción vasca Allá en el sur de Francia, algo mejor el final de Maitetxu, quién supiera cantar y cortos Ruiseñor y el archiconocido “Méxiiiiiico” que además se repite al acabar el primer acto y en un fin de fiesta que hasta el público invitado canta en el bis final, por cierto más entregado el carnavalesco sábado carbayón, aplaudiendo casi todos los números. Puedo asegurar que había varios amigos tunos el jueves capaces de mejorarlo.

Finalmente un verdadero espectáculo de luz (Eduardo Bravo) y tormenta de color incluyendo el vestuario. El fenomenal libro de la producción madrileña decía en su presentación:

La producción (…) muestra un escenario fantástico, al más puro estilo kitsch, donde se recrea un mundo tropical, sofisticado, en tecnicolor como corresponde a ese tipo de cine que persigue el gran espectáculo y que es precisamente el universo en el que se suceden todas las
tramas de la historia (…) repleta de situaciones cómicas entre elementos del folclore mexicano; llena de grandes flores y frutas, de colores necesariamente llamativos y, sobre todo, de buena música (…) también colorista (…) llena de influencias norteamericanas e hispanoamericanas que a partir de los «locos años 20» del siglo pasado habían ido llegando a la capital francesa. Charlestón, swing, mambo, bolero, una inusitada variedad de estilos que a lo largo del espectáculo obligan a la orquesta a transformarse en una banda de jazz, un
grupo de mariachis o una agrupación de bolero (…) con Emilio Sagi como director de escena, el espectáculo regala al espectador una gran fuerza visual. El responsable de la magia es aquel mismo equipo artístico que en 2006 Jean-Luc Choplin llamó para recuperar con clamoroso éxito (dos meses en cartel) la obra de Lopez en el escenario de París que cincuenta y cinco años antes la había visto nacer (…) en una nueva versión en castellano del propio
Emilio Sagi. Otro evidente atractivo de esta producción (…) es el hecho de contar con actores carismáticos como Rossy de Palma, que interpreta a una vedete muy particular, y con un meticuloso reparto de cantantes que sin duda darán vida de la forma más congruente y divertida a los personajes de esta colorida y divertida historia de cine y opereta
“.

Mi amigo eMe quien me regaló la entrada del jueves y con quien comparto muchas cosas, resumió esta opereta como “UN «CANTOR» DESCAFEINADO… brillantemente servido sobre un mantel de vivos colores pero desteñido por un  humor ramplón y cantantes solistas de escuálido grano“. Lástima no estuviese este sábado…

Pues eso, música excelente con el Maestro Díaz dominado partitura de principio a fin con luz y color como las calas gigantescas verdaderas joyas falleras, la logradísima doble luna llena con balustrada y un mar plateado, los platós de rodaje, los espejos rodando o los movimientos escénicos entre París y México bien organizados aunque por momentos excesivos y así buscados, pero donde fallaron las voces, mientras Sagi sigue triunfando en su Oviedo junto al tándem astur-argentino de Díaz-Bianco, actuales responsables del Teatro de la Zarzuela de Madrid, del que espero nos traigan en 2019 su Maruxa revisada al XXVI Festival de Teatro Lírico Español, e incluso La Tempestad ¡qué elenco han contratado! pero supongo dependamos del ¿criterio? del tripartito y de sus “intereses”.

Aunque de esta temporada que celebra las “Bodas de Plata” todavía nos quedan tres títulos con dos representaciones cada uno que iremos contando desde aquí, si el tiempo y los políticos no nos lo impiden.
P. D.: Reseña previa de Ramón Avello para El Comercio y críticas de la primera función más la de Elena Fdez. Pello en La Nueva España; Nuria Blanco en Codalario,

Poca espiritualidad y ninguna inspiración

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Viernes 16 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “Espiritualidad II”, abono 6 OSPA, Marta Mathéu (soprano), Marina Rodríguez Cusí (mezzo), Evan Johnson (tenor), Joan Martín-Royo (barítono), Coro de la FPA (José Esteban G. Miranda, maestro de coro), Rossen Milanov (director). Obras de Haendel y Schubert.

Repertorio poco transitado con el título de “Inspiración II” en la revista, que realmente era “Espiritualidad II” según la propia web de la OSPA (ya renovada) con la vuelta del director titular al frente, volviendo a tener un día poco inspirado. Sobre la Música Acuática o Water Music de Haendel escribe ampliamente Joaquín Valdeón en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio de la página en Facebook© de la OSPA) optando según estaba previsto por la Suite nº 1 en fa mayor con la mejor formación para el Barroco que no debe  olvidarse, a base de la mejor plantilla para la ocasión, con la cuerda, clave, dúo de trompas y oboes más fagot. Desconozco la edición de bolsillo manejada por Milanov aunque los diez movimientos o aires de su elección no corresponden con lo anunciado en la programación de la revista ni se indican en la web, solo “selección de suites” (y cuyo orden siempre es orientativo) no coinciden con los habitualmente manejados y grabados, ni tampoco el espíritu del alemán nacionalizado británico. No se acertó tampoco con la combinación de tiempos, ritmos o compases contrastantes de este periodo y con poco rigor histórico los músicos se limitaron a las partituras sin brillar como era de esperar, sin la pulsión mecánica necesaria, aunque tuvieron momentos de lucimiento, destacando el trío de madera (que no necesita dirección) por la calidad que atesoran, dejándonos lo mejor de esta música real para disfrutar por el Támesis aunque el Gafo no sea navegable ni a nosotros se nos trate como reyes. Igualmente el excelente dúo entre Vasiliev y Corpus cuyos años de convivencia en esta orquesta les hacen entenderse mejor que muchos matrimonios. No puedo decir lo mismo de los dos bronces que decía Max Valdés porque no son los berlineses aunque lo intentaron pero sus errores “dan el cante” mucho más que algunas entradas irregulares de sus compañeros de escenario, por otra parte lógico ante las carencias en este repertorio que el titular sigue teniendo aún más acentuadas con el paso del tiempo. Así que este Handel al que Valdeón incluye en la “Categoría de honor” resultó pasado por agua e incluso soporífero para un público tan despistado que no aplaudió hasta bien finalizada la selección con el X (sin indicación de tempo) al igual que el III (¿?) según el programa (¡tampoco hubo diez movimientos!), algo por otra parte de agradecer en otros días donde las prisas impiden degustar los últimos sonidos de las obras aún vivas flotando en el aire.

Supongo que espiritualidad será religiosa porque no encuentro conexión entre el programa y su título, y de las nueve misas de Schubert se optó por la Misa nº 5 en la bemol mayor, D. 678, no precisamente la más agradecida para nadie y enormemente dura. De agradecer la colaboración abierta entre el CONSMUPA y la OSPA que permite la incorporación de 14 estudiantes (merece la pena escuchar la entrevista en OSPA TV) a estas grandes obras sinfónico corales y dejo la información colocada a la entrada del auditorio.

Por resumir la “versión” escuchada de la quinta misa de Schubert pienso que se optó por el trazo grueso, con un coro de 78 voces (46 blancas y 32 graves) nuevamente desequilibrado, más inseguro de lo habitual, abusando de los fuertes en intervenciones muy exigentes por la amplia tesitura y con pocos momentos para disfrutarlo “a capella” en una misa más como “puesta en escena” que realmente espiritual. El director búlgaro prescindió de batuta buscando la mejor comunicación aunque de nuevo el gesto no ayuda mucho al entendimiento con un coro al que han dirigido grandes y variadas manos, pero no les noto seguros con Milanov. La orquesta con el refuerzo estudiantil citado y cambiando clave por órgano, con timbales, trompetas y trombones a la derecha más trompas a la izquierda, tampoco tuvieron un buen día, faltó empaque entre las distintas secciones y el coro, navegando por este otro río a pasos y dinámicas distintas. Al menos los excesos fueron compartidos por ese afán en confundir lo monumental con lo fortísimo, olvidando que los recursos están para dosificarlos y no abusar de ellos pues hacen perder el efecto deseado.

Lo mejor de todo fue el cuarteto solista por calidad y empaste de voces tanto entre ellas como con el coro y la orquesta, dos ya conocidos en Oviedo como el barítono Joan Martín Royo o la mezzo Marina Rodríguez-Cusí (incluso coincidieron en Ariodante) junto a la soprano tarraconense Marta Mathéu espléndida de emisión, color y matices más el tenor norteamericano Evan Leroy Johnson que no desentonó en el cuarteto viniéndole muy bien la estancia europea donde el listón interpretativo es más alto que en su país (Milanov lo conoce de allá) como deberá ir comprobando, aunque no siempre triunfen los mejores.
El próximo viernes sí habrá “Inspiración II” porque tenemos estreno de Gabriel Ordás (1999) y su Onírico entre otras obras de las que María Sanhuesa hablará en la conferencia previa una hora antes “… entre la vigilia y el sueño”.

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Miércoles 14 de febrero, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Sociedad Filarmónica, concierto 1.598: “La vida breve“. Rafael Aguirre (guitarra) y Nadège Rochat (violonchelo). Obras de Albéniz, Falla, Granados, Cassadó, Ravel, Lara, Assad, Piazzolla y Tárrega.

Andrea García Alcantarilla titula las notas al programa “De lo popular a la sala de conciertos” haciendo ver la gran deuda de los compositores con la música popular y de lo que habló unos días antes en “Las charlas de la Filarmónica” organizadas por la JAM de Asturias. La mejor forma de saldar cuentas la pusieron un dúo atípico de amplio recorrido desde 2011 formado por el guitarrista malagueño Rafael Aguirre (1984) y la chelista suiza Nadège Rochat (1991) con un programa titulado “La vida breve” no solo por Falla sino también por el CD que grabaron, y que se presentaba por fin en España tras haberlo llevado entre otras salas famosas al Carnegie Hall neoyorquino o la Konzerthaus vienesa, un tributo a los grandes compositores inspirados en la música del pueblo más allá de lo que se ha llamado “nacionalismo”, y tanto a un lado como otro del charco.

Ambos fueron presentando las obras trufadas de anécdotas que completaron un San Valentín de dobles parejas por instrumentos e instrumentistas, masculino en manos femeninas y viceversa, el chelo de Nadège y la guitarra de Rafael, enamorados de unas joyas, la Alhambra de Aguirre y el Stradivarius “Ex Vatican” de 1703 de Rochat, que pude disfrutarlo, además de contemplarlo de cerca,  hace ahora un año en Bilbao a dúo con la donostiarra Judith Jáuregui, que también actuó para la Filarmónica gijonesa el pasado mayo, volviendo a reunirse en apenas quince días para Musika Música, sumándoseles la violinista ibicenca Lina Tur Bonet.
Y esta pareja acabó enamorando a un público que conocía la mayor parte de las partituras elegidas aunque las versiones a duo fueron originales por sonoridades (levemente amplificada la guitarra) y empastes, con guiños a la canción de concierto porque el violonchelo es lo más cercano a la voz y la suiza hizo cantar “su Vaticano”.

La primera parte con la guitarra sola y el “pianístico” Asturias – Leyenda (Albéniz) con “arte” además de virtuosismo pues el solista malagueño supo darle un sello propio antes de afrontar con el cello las Siete canciones populares españolas (Falla), aire gitano, toque flamenco, hondura asturiana, ritmo de jota, nana mecida, cante hondo del sur universal con Nadège cantando en todos los registros que la voz humana no puede, ornamentos imposibles hasta para los grandes que el cello posibilita asombrando lo bien que esta intérprete nacida en Ginebra ha captado la atmósfera de nuestra piel de toro, y la guitarra distinta al piano más cercana al pueblo del que el gaditano toma estas melodías.
Y lograda transcripción de la pianística danza Oriental (Granados) por el intercambio de registros entre punteado y frotado como si se multiplicasen las manos sobre unas teclas de cuerda.

No podía faltar el homenaje al gran virtuoso del chelo y compositor Gaspar Cassadó del que Nadège nos deleitó con la Danza finale antes de los Requiebros con guitarra en “atrevido” arreglo de Rafael que mantuvo esa línea argumental y sonora antes de rematar la faena con la conocida Danza de “La vida breve” (Falla).

Populares por inspiración, cercanía a su pueblo o directamente enamorados de esas músicas, la segunda parte comenzó con la Pièce en forme de Habanera (Ravel), una particular versión de Granada del mexicano Agustín Lara que por el mundo le hacen español aunque imposible cantarla con el cello, una joya del brasileño Sérgio Assad (1952) como es Menino, volviendo a disfrutar del Tárrega puro admirado desde niño por Rafael Aguirre que su guitarra elevó a virtuoso magisterio con la Gran Jota y Recuerdos de la Alhambra, más Piazzolla eterno que soporta cualquier combinación instrumental dada la belleza de sus temas, tangos nuevos incluso sin baile como Nightclub 1960 o Libertango acortado y algo alocado al que faltó el poso porteño difícil por la sangre joven de estos enamorados dos por dos.

Mas para tango puro la propina del gardeliano Volver más el deleite final con la milonga – tango del eterno Oblivion siempre agradecido de escuchar e interpretar para un miércoles de ceniza para enamorados de la música siendo el mejor regalo en esta original combinación de dos intérpretes que expulsan el arte a borbotones, juntos y separados.

Un ensamblado Enol

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Crítica para La Nueva España del jueves 15 de febrero, añadiendo mis links y fotos.

Martes 13 de febrero, 19:45 horasSociedad Filarmónica de Oviedo, concierto 3 del año, 1.967 de la sociedad: “Enol Ensemble: Elena Rey (violín), Cristina Gestido (viola), Teresa Valente (cello) y Mario Bernardo  (piano). Obras de Schumann y Brahms.

El cuarteto con piano es una formación inusual, tres instrumentos de cuerda (violín, viola y violoncello) con los cuales el piano nunca acaba de empastar porque el sonido se produce de distinto modo (cuerdas frotadas unos, cuerdas percutidas el otro), lo que puede explicar que no exista literatura muy abundante para esta clase de cuarteto (Mozart, Dvorak o Fauré entre los pocos), ni tampoco agrupaciones estables dedicadas a estas obras, siendo costumbre que conjuntos de cuerdas ya consolidados inviten a un buen pianista (y prescindan del segundo violín) o bien cuatro instrumentistas independientes que se reúnan para abordar este subgénero. Ni uno ni otro, lo bueno del “Enol Ensemble” es su apertura a cualquier estilo, formación o época para hacernos llegar estos repertorios tan poco programados y tocados, un martes sin supersticiones y carnavalesco con esta formación que se estrenaba en la Sociedad Filarmónica de Oviedo, el mejor escenario para esta música.

Unir dos cuartetos de Schumann y Brahms, maestro y discípulo, no necesita justificación alguna. La amplia amistad que el joven de Hamburgo mantuvo a lo largo de toda su vida con Clara Wieck, esposa de Robert y muy pronto su viuda, junto a la fidelidad y defensa de la obra del amado maestro, siempre con la losa del “dios Beethoven” en todos sus seguidores, hechos que resaltan la compenetración de músicas tan íntimamente unidas y sin embargo tan diferentes en ambos, con esta peculiar e inusual reunión de trío de cuerda con piano, esta vez estrenando “Enol Ensemble” con veneración por los dos alemanes, pudiendo y haciendo entender que la cuna del romanticismo es germana desde una interpretación rigurosa y potente de mayoría femenina, como la vida misma.

Dos visiones de un solo mundo con este “ensemble” abierto al universo camerístico comenzando con el “Cuarteto en mi bemol” op. 47 de Schumann, el “Sostenuto assai” seguido del “Allegro ma non troppo” del arranque, el juego del “Scherzo: Molto vivace” combinando tímbricas y números, el tercer movimiento “Andante Cantabile” puede que el más nostálgico y triste del romanticismo, así transmitido sin ñoñerías, mientras el último “Finale: Vivace” supone el salto adelante preparado en los movimientos anteriores, de planos equilibrados con los protagonismos escritos desde una visión global, un buen desarrollo del discurso entre unos solistas que saben y disfrutan haciendo música juntos, con el corazón mandando sobre el nervio evitando exhibicionismos.

Seriedad y mucho ensayo necesarios para afrontar Schumann, no digamos ya del “Cuarteto en sol menor” op. 25 de Brahms que profundiza en sonoridades e individualidades alternadas, de sonido uniforme bien entendido por estos intérpretes veteranos y jóvenes, de tiempos más diferenciados que en la primera obra, pasando del enérgico “Allegro” inicial al nocturno y sombrío “Intermezzo”, el “Andante con moto” cantado por los cuatro por esa inspiración o aire casi de “lied” a tres voces con el piano, y el último “Rondo alla zingarese” recordándonos el jolgorio del martes carnavalesco contrapuesto con leves momentos íntimos del caballero piano contestado con igual intención por las tres damas de los arcos, para saborear violines populares casi evocadores del címbalo húngaro, tamizados por las sutilezas del hamburgués -que estuvo al piano en su estreno- y elevaría a las grandes salas estos aires gitanos, de ritmo casi salvaje recordando sus danzas por métrica y melodías populares de este bien ensamblado Enol astur por capital (pues hay una catalana, una portuguesa y dos asturianos) con proyección internacional, triunfando en su puesta de largo.

Valientes por las obras elegidas, sobradamente preparados para afrontar cualquier repertorio con éxito y sobre todo enamorados de la música.

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