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Batallas musicales a lo grande

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Jueves 7 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de piano “Luis G. Iberni”. Daniil Trifonov (piano), Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky, Valery Gergiev (director). Obras de Debussy, Rachmaninov y R. Strauss.

Llegaba la División Acorazada del Mariinsky con el general Gergiev al mando para una guerra sinfónica de tres batallas donde cada sección orquestal fueron como las armas del ejército: infantería de una cuerda con un sargento concertino mandando y luciendo galones, caballería de la madera siempre atinada, ingenieros de percusiones variadas y la artillería pesada del metal que fueron tomando posiciones desde el inicio.

Aún con las últimas notas del Debussy de acento ruso en las manos de San Sokolov flotando en el ambiente, el Preludio a la siesta de un fauno desplegaría el primer batallón ruso con muestras de dar mucha batalla y nada de dormirse. Casi podíamos imaginar a los legendarios Nijinski o Nureyev danzando con esta compañía mientras disfrutábamos de la flautista solista Maria Fedotova o del arpa cristalina de Gulnara Galbova en un ambiente de clara nebulosa donde el general Gergiev de gesto inimitable y mínimo palillo de bastón de mando sacaba de sus huestes todo lo mejor, esa especie de “parkinson” en ambas manos donde podíamos contemplar el certero vibrato de una infantería sedosa y la caballería atinada sin errar ningún disparo, llevando esta primera batalla al triunfo sin resistencia.

El coronel Trifonov, bien conocido en Oviedo, es en cierto modo ahijado del general, con él nos ha dejado conciertos y grabaciones estelares, y el Concierto para piano nº 1 en fa sostenido menor, op. 1 (Rachmaninov) requiere de tensión, pasión y precisión. La artillería no se contuvo en ningún momento exigiendo del piano fuerza hercúlea para alcanzar los volúmenes necesarios sin perderse ni un disparo. Trifonov se volcó literalmente desde el Vivace inicial, sin tregua apenas en el Andante cantabile para tomar aire bien arropado por el batallón Mariinsky, soltando todo el fuego que le quedaba en el Allegro vivace, piano sinfónico, orquesta pianística bajo el mando Gergiev, concertación y concentración de todo el ejército en cada arma, ayudándose al escucharse para unos momentos explosivos dejando el campo despejado para esta victoria de la música con el tándem Trifonov-Gergiev al fin juntos en las Jornadas de Piano ovetenses.

En solitario y disfrutándole todos un arreglo del propio pianista sobre Las campanas plateadas de Ravel y Rachmaninov del que Trifonov aún tuvo resuello para asombrar en toda la gama dinámica de un piano malherido tras esta escaramuza virtuosa con vítores.

Con toda la división acorazada el heróico general al frente para Una vida de Héroe, op. 40 (R. Strauss), seis episodios de este poema sinfónico casi épico para disfrutar de los mejores tiradores, caballería de combate mecanizada, infantería con el concertino certeramente brillante al que el general dejaba jugar, la artillería orgánica mientras pasábamos de los adversarios a la compañera y el fragor de la batalla, desplegando cada flanco poderoso de ataque, vibrante y brillante, fortísimos globales sin perdernos detalle de todo el arsenal. La paz llegaría como la retirada del mundo y una auténtica consumación de estos héroes rusos que siguen ganando batallas en una guerra de nueve días por España.

Las salvas de honor tenían que ser como en 2013 con Wagner y su preludio del tercer acto de Lohengrin, artillería de largo alcance blindada por una infantería de lujo a buen paso, ligero y efectista cual desfile de honor para los vencedores. Tardes de historia sinfónica rusa con intérpretes de fama mundial arrancando en Oviedo esta gira de nueve días intensos.

Con voz propia

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Sábado 9 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del AuditorioOviedo Filarmonía, Julia Lezhneva (soprano), Mikhail Antonenko (director). Obras de Mozart, Haendel, Rameau, Vivaldi y Rossini.

Crítica para La Nueva España del lunes 11, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva

La Oviedo Filarmonía (OFil) cumple veinte años felices con voz sinfónica propia en esta “Viena del norte” más allá del foso del Campoamor, conciertos del Auditorio junto a las Jornadas de Piano. El tiempo transcurrido entre tantas óperas y zarzuelas sin perder nunca de vista galas líricas como aquella con el recordado Haider y La Gruberova, ha conseguido que la formación ovetense se haya ganado a pulso desde el duro y continuado trabajo la fama de orquesta ideal para el canto.
En esta línea discurrió el concierto de La Lezhenva el sábado, corroborando la afición por la música vocal en nuestra tierra con un público entregado a obras cercanas y conocidas desde la “Primavera Barroca” que año tras año también llena la sala de cámara.

El joven director ruso Mikhail Antonenko (1989) junto a su compatriota coetánea (y esposa) la soprano Julia Lezhneva armaron una velada con el inigualable Mozart en calidad interpretativa global, el barroco como virtuosismo siempre admirable, y el Rossini casi obligado en la capital asturiana, para una OFil con la versatilidad estilística intrínseca desde su nacimiento, que por momentos resultó excesiva en dinámicas pero no en empaste tímbrico aunque faltase un clave que redondease el buen sabor de boca.

Fígaro el operístico se casaría al principio y volvería al tajo casi al final (más calmado que el parisino del último de enero) para jugar con un mismo personaje desde dos lenguajes, clásico mozartiano y belcantista romántico que no se diferenciaron mucho con Antonenko al frente, elegante y claro aunque algo aséptico. Me resultó chocante que la mejor visión orquestal fuese Rameau y el ballet bufón Platée, más cercano a Mozart que a sus compañeros barrocos de travesía, auténticamente “salvaje” en aire y virtuosismo orquestal (con Marina Gurdzhiya de concertino), como pivotando entre dos mundos para saborear la calidad de OFil.
Bien seleccionadas las partes vocales de Lezhneva, incluso las cuatro propinas que indirectamente alargaron a la duración habitual de un concierto de estas características con un esfuerzo físico plausible manteniendo la unidad.
La voz de la joven rusa es carnosa, nunca hiriente, poderosa de emisión y color muy homogéneo para unos graves bien trabajados siempre audibles merced a una emisión nítida, de agilidades asombrosas que hacían preguntarse cuándo respiraba, y un repertorio que domina sin problemas con Antonenko buen concertador y la orquesta perfecta para estas partituras. Personalmente me quedo con la visión global de Mozart que vocalmente tuvieron más enjundia y musicalidad como el aria Voi avete un cor fedele o el empaquetado triple formado por la obertura de “Don Giovanni” bien leída en intensidades por los instrumentistas, junto a sendas arias de Bodas más Cossì: íntima y sentida L’ho perduta y completa Temerari… Come scoglio recitativo incluido, equilibrado, maleabilidad vocal e instrumental para el genio de Salzburgo en una voz portentosa que seguirá brillando en los próximo años, completado con Voi che sapete de la tercera propina.

Para el barroco siempre agradecido y comercial la orquesta sonó algo excesiva no ya por número sino porque Antonenko debería haber mimado más las dinámicas e incluso exigir un continuo con clave (cello de Ureña y contrabajo de Baruffaldi uniendo fuerzas para rellenar el colorido deseado) en una formación filarmónica que sin necesitar historicismos sonó muy bien en todas sus secciones.
Destacar por bien cantados el superventas Lascia de Haendel, esta vez Spina no Pianga, un aclamado Vivaldi Agitata da due venti de “La Griselda“, instrumentalización total sin falta de etiquetar a Lezhneva, de voz vistosa además de virtuosa, primando colorido sobre sentimiento capaz de llegar a todos los registros, pulcritud técnica manteniendo color vocal, para recuperar emociones con Rossini Tanti affetti de “La Donna del Lago“, afectos que cerraron con belcanto el tortuoso camino barroco tras el obligado peaje mozartiano de este esperado concierto sabatino.

Primacía barroca en los regalos: Haendel con “Alessandro”, Mozart, R. Broschi y “Artaserse”, o Aleluya de Porpora; las velas de cumpleaños entregadas a todos los asistentes sin necesitar encenderse fueron ideales para un concierto que supo dulce, ligero, optimista y cercano como toda fiesta donde la ópera suena celestial, más para melómanos llambiones, carbayones aparte.

El flautista de Berlín

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Martes 30 de enero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orquesta de Cámara de París, Emmanuel Pahud (flauta), Douglas Boyd (director). Obras de Mozart, Ibert y Ravel.

Crítica para La Nueva España del jueves 31, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva

En la historia de quienes peinamos canas recordamos flautistas famosos, desde el literario de Hamlin o Hamelín pasando por el francés Jean-Pierre Rampal (1922-2000) o el televisivo Sir James Galway (1939). El solista desde los tiempos de Abbado en la mediática Filarmónica de Berlín, Emmanuel Pahud (1970), atrajo al auditorio un público variado con abundancia de estudiantes, que como el del cuento de los Hermanos Grimm, sacó de sus guaridas una juventud ávida de figuras, y el flautista francosuizo es una de ellas (entrevistado en LNE), ejemplo de virtuoso que sienta cátedra en todo el mundo con los mejores directores y agrupaciones.

Solo para virtuosos es la Fantasía sobre “La Flauta Mágica” de Mozart, en arreglo de Robert Fobbes, seudónimo del compositor y director belga Robert Janssens (1939). En la línea de los medleys o popurrís que popularizasen en los 80 Louis Clark con sus “Hooked on” o nuestro inefable Luis Cobos pero sin el “chumpachún”, estas fantasías fueron la forma de dar a conocer fragmentos de óperas famosas, aunque no tan agradecidas ni vistosas como la de Carmen (que cierra la temporada de ópera ovetense) de nuestro Sarasate. La flauta de Pahud sonó mágica en parte por la orquesta parisina, calificada de cámara por no sobrepasar los 45 miembros, con presencia femenina casi paritaria y Deborah Nentanu de concertino, vientos a dos, ideal en volúmenes para este cuento musical con el titular Boyd igualmente acertado. Reconocibles las arias elegidas de Papageno o Sarastro, luciendo más las rápidas por el despliegue técnico del “berlinés” con su refulgente flauta dorada más reina de la noche que la de Mozart. Los alumnos tomarían nota de todos los recursos de este aerófono de bisel en manos de una figura mundial.

El Concierto para flauta y orquesta de Jacques Ibert (1890-1962) está en el repertorio obligado, forma académica tripartita y aires llenos de “charme” muy francés, respirando aromas de Debussy, Ravel o Fauré con toques de jazz (como Rampal en la Suite de Claude Bolling). Gran lucimiento técnico y musical de Pahud en los tiempos rápidos extremos más un jugoso intermedio lento donde la flauta verdaderamente canta con ese ropaje orquestal que deja en el río los roedores de Hamelín y desanda el camino para la segunda parte.

Ya sola la orquesta de “chambre”, en colocación vienesa cuidando sonidos, texturas y limpieza expositiva, Le Tombeau de Couperin (Ravel) sumaría el arpa para un homenaje a la música francesa perfectamente traducida por los parisinos con Boyd al frente, adaptación de los seis números originales para piano a cuatro para esta suite orquestal, apacible en instrumentación que resultó ideal para el compositor vascofrancés destilando perfumes del país vecino en los felices años 20, y dejaría clara la calidad de una formación camerística segura en este programa dentro de una gira española con parada obligada en Oviedo, “La Viena del Norte”, solistas solventes y sonido limpio. Brillante el Rigaudon final antes de la última escala en este viaje musical con el flautista mágico al inicio.

En vez de la segunda sinfonía de Beethoven (poco escuchada) quedó más apropiada con el resto del concierto Mozart y su Sinfonía nº 35 en re mayor, “Hafner” K. 385 para cerrar el círculo verdaderamente mágico. Serenata elevada a gran forma orquestal para unos parisinos que nuevamente derrocharon calidad en la búsqueda de sonoridades casi historicistas, optando por trompas y trompetas naturales junto a timbales de latón con baquetas de madera, que llevados con mano firme por Douglas Boyd interpretaron los cuatro movimientos de forma aseada. El Presto final quedó algo oscurecido en los contrabajos pero no restó enteros a una visión global casi lírica por la limpieza de líneas melódicas, el gusto por el sonido claro y unos tiempos ajustados.

Y el regalo tras la apertura operística se mantendría nada menos que con Rossini y su “Barbero de Sevilla” que parecía tener prisa y más que los buenos tiempos de Calzón frente al Campoamor sonaría cual Fígaro del omnipresente Mozart en la Orquesta de Cámara de París, con la timbalera cambiando a bombo y platillo al Boyd “maestro repetidor” en este nuevo concierto del auditorio, casi lleno y muy entusiasta. Hacen falta figuras como el flautista de Berlín para seguir apostando por el público del futuro.

Con admiradores y estudiantes al finalizar el concierto

Confesiones femeninas y eternas

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Viernes 25 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Canciones eternas“, abono 5 OSPA, Marta Mathéu (soprano), Marzena Diakun (directora). Obras de Granados, Turina, Guinovart, L. Boulanger y M. Karlowicz. Entrada último minuto: 16’15 €.

Comentaba en la conferencia previa María Sanhuesa, autora igualmente de las notas al programa (enlazadas en los autores) lo que de confesión íntima tiene toda obra de arte, y además con mucho de femenino en todo el concierto por cuanto teníamos el regreso a la OSPA de la directora polaca y la soprano tarraconense, juntas esta vez para unas obras variadas que no llegaron a atraer el público esperado, si bien la climatología tampoco ayudase a un ambiente cálido en el auditorio.

Protagonismo del pianista y compositor Albert Guinovart (1962) en el arreglo orquestal de las conocidas Doce tonadillas en estilo antiguo de Granados de las que el catalán seleccionó cuatro, número en cierto modo mágico a lo largo de la velada, en orden distinto para lucimiento de Marta Mathéu (entrevistada por Fernando Zorita en el canal de Youtube que tiene OSPATV) con una orquestación muy lograda del original pianístico pero no muy agradecida para la voz que por momentos quedó algo tapada. Con todo el registro y color de la soprano “musa de Guinovart”, con quien colabora habitualmente con el maestro y sería la destinataria de los Amoremes posteriores, es ideal para este ambiente goyesco que la polaca Diakun llevó con mimo y tino. El majo discreto, adaptando con “pizzicati” el ambiente original del piano o guitarra, El majo tímido, difícil rubato bien entendido por soprano y directora, El tralará y el punteado (puede que la mejor de las cuatro) y La maja de Goya íntima, sentida, emocionada de los enamorados que resultan canciones eternas y confesiones del más que probable idilio entre el genio de Fuendetodos y la Duquesa de Alba. Marta Mathéu con su línea de canto, su dicción y entrega pasa a engrosar la lista de grandes voces españolas para estas tonadillas hoy vestidas de sinfonismo más que del camerístico original, pero igualmente catalanes universales todos ellos (compositor de Lérida, arreglista barcelonés e intérprete tarraconense).

Muchísimo más acertada la original de Guinovart en cuatro números sobre textos de la periodista musical Mònica Pagès, “De Cataluña al mundo” como el ilerdense Granados y sus trágicas Goyescas, un cuidado trabajo instrumental para orquesta de cuerda con piano casi cinematográfico, confesiones vitales de un proceso natural como la propia Marta Mathéu dominadora, emocionante, la calidad de la cuerda asturiana con Eva Melkiskova de concertino y María Ovín de ayudante más un trabajo cuidado de dinámicas y tímbrica a cargo de la polaca Marzena Diakun que volvió a triunfar con la OSPA también de concertadora para la voz. Primavera als llavis, Cavaller de l’amor, Se sent un sospir y Home infinit son los sugerentes textos a los que Guinovart viste de detallismo, intimismo, decliadeza y cierto “mediterraneísmo” pensado incluso en los grabados de Cuixart buscando aunar las bellas artes como bien nos recordara la doctora Sanhuesa, neorromanticismo cercano a nuestra memoria musical con la voz ideal de Marta Mathéu. Buena elección la de Albert Guinovart para estas “canciones eternas”, las suyas con la visión goyesca de Granados.

En medio una excelente Sinfonía Sevillana, op. 23 (Joaquín Turina, 1882-1949) para seguir disfrutando de confesiones de amor de un sevillano por una madrileña, geografía personal y musical del compositor formado en el mejor París posible con una orquestación primorosa de sabor español universal en perfecto puente con las canciones. Un verdadero placer comprobar la conexión de la maestra Diakun con una partitura complicada más allá de un folklorismo bien entendido (caso del ritmo de pasodoble en el último movimiento), y la calidad de la formación asturiana que responde cuando se sabe con claridad qué se quiere desde el podio. Tres movimientos de esta sinfonía nuestra, Panorama diáfano, nítido, protagonismos de concertino o glockenspiel bien arropados por el grueso orquestal, Por el río Guadalquivir pictórico de sonoridades francesas y sevillanas, virtuosismo violinístico con maderas aterciopeladas, la música que respira y hasta huele, el corno inglés heredero de Falla, antes del apoteósico Festival de San Juan de Aznalfarache debussiano, fuegos artificiales por colorido (metales impresionantes) y espectáculo musical en este tándem Diakun-OSPA disfrutando de toda la plantilla y la calidad en cada solista (sin dejarme arpa, celesta, timbales o percusión) porque todos brillaron con luz propia gracias al buen trabajo de la directora polaca.

De nuevo con la plantilla perfecta para la segunda parte afrontando dos obras poquísimo conocidas pero que sonaron modernas, actuales, potentes y delicadas ante una gestualidad clara, precisa, plenamente implicada de esta directora menuda (¡menuda directora) con engañosa apariencia frágil. D’un soir triste (Lili Boulanger, 1893-1918), mujer muy preparada que bebió la música en su casa y nos dejó este díptico testamental, tras el nacimiento (D’un matin du primtemps) el ocaso triste de quien tiene la muerte cerca con total convencimiento y asunción, versiones orquestales de gran instrumentación sin perder dinámicas contenidas evitando la grandilocuencia o el exceso gratuito, y así lo entendió e interpretó Diakun al frente de nuestra orquesta, joven como la compositora francesa pero con mucho futuro. Maravilloso ver cómo conduce a la orquesta por esta obra de diez minutos largos, atenta a cada sección, pendiente de las dinámicas ideales y dejando fluir una música llena de dolor para una gran orquesta nuevamente plena y entregada.

Para cerrar concierto una obra del compatriota de la directora, Mieczyslaw Karlowicz (1876-1909) que daba título al programa, Eternal Songs, poema sinfónico op. 10, poesía sin letra, canciones eternas densas, avanzadas para su época en cuanto a instrumentación, poderosa y amplia (hubiera venido bien algo más de cuerda, especialmente grave), un puente entre dos siglos para mantener una forma orquestal de lenguaje moderno. Marzena Diakun con aplomo en la tarima, batuta firme y mano izquierda enérgica fue leyendo los tres movimientos con recuerdos brucknerianos: Canción del anhelo eterno, cuerda exigente, tersa, frente a trombones y tuba orgánicos en textura; Canción de amor y muerte de catolicismo subyacente, plegaria interiorizada por una madera bendecida junto a la cuerda marca de la casa y las trompas inspiradas en una ascensión de emociones contenidas desde unas dinámicas amplísimas; Canción del eterno ser, nuevamente vida y muerte sobrevolando unas confesiones sinfónicas, letras musicadas, música sin palabras, femenino plural de principio a final para un quinto de abono lleno de numerología (también femenina), una marcha de contrastes en volúmenes extremos sin perder claridad en cada seccción, derroche de calidad en trombones y tuba para un final apoteósico, pletórico, lleno de fe y optimismo en todos y cada uno de los músicos con la polaca al frente.

Antes de que pase más tiempo personalmente pido que fichen a “La Diakun” como titular a partir de este 2019.

Temple germano

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Miércoles 23 de enero, 20:00 horasOviedo, Conciertos del Auditorio: Philharmonisches Staatsorchester Hamburg, Veronika Eberle (violín), Kent Nagano (director). Obras de J. Rueda (1961) y J. Brahms (1833-1897).

Crítica para La Nueva España del viernes 25, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva

Miércoles de carreteras cortadas por tormentas y lluvias torrenciales donde el chaparrón musical vino desde Hamburgo, su orquesta filarmónica con sede en la nueva Elbphilarmonie y el titular desde 2015, un angloestadounidense de origen japonés, Kent Nagano, sumándose la también alemana Veronika Eberle más un Jesús Rueda cuya Stairscape, estrenada el día antes en Madrid, se inspira en Brahms siendo encargo de Ibermúsica a propuesta del propio Nagano, redondeando una velada para el recuerdo con sabor germano.

La breve “introducción” del español bebe de la cuarta sinfonía y no desmereció en nada contando con la misma plantilla utilizada en la obra que ocuparía la segunda parte sin perder el sello personal del que ya hemos disfrutado en Asturias con la OSPA, corroborando la excelencia sinfónica de los hamburgueses y la mano izquierda del californiano manejando dinámicas y planos sonoros con la maestría de las leyendas de mi época.

El Concierto para violín en re mayor, op. 77 de Brahms sonó en el Stradivarius Dragonetti (1700) de Veronika Eberle presente, nítido, virtuoso, concertado en comunión con Nagano siempre atento a la solista, manteniendo el temple en volúmenes pese a ser como una sinfonía con(tra) violín, tiempos contenidos en cada uno de los tres movimientos para apreciar cada detalle, saboreando las cadencias que llenaron el auditorio de color instrumental para delinear cada melodía en una interpretación madura, fresca, bien entendida por director y violinista. Sonido aterciopelado, “pianissimi” que acallaron toses y paraguas caídos, alegría de vivir especialmente en el conocido Allegro giocoso ma non troppo vivace verdaderamente delicioso. El regalo todavía más sabroso por original, Andante dolce de la Sonata para violín solo, op. 115 compuesta por el francés Frédèric Pélassy (1972), nueva apuesta por la música de nuestro tiempo con calidez y calidad (como Rueda).

Segunda parte plena con una inmensa Cuarta sinfonía en mi menor, op. 98 del indeciso Brahms al que nadie niega hoy en día su grandeza. Digno sucesor de Beethoven, admirador de Mozart, enamorado de Clara Schumann, su última sinfonía es como un testamento orquestal sin poder componer una quinta que igualase al dios de Bonn; usará una gran plantilla para una “estructura académica” de cuatro movimientos llenos de sorpresas formales y tributo a sus grandes predecesores, dotándola de un sello propio que le ha dado la popularidad actual. La Filarmónica de Hamburgo resultó humana con calidad casi estratosférica, no importó algún golpe de timbal adelantado (¡tocando de memoria toda la sinfonía!), una trompeta titubeante ante la exigencia de volúmenes mínimos o el movimiento final donde el maestro Nagano en un “izquierdazo” tirase las partituras del concertino, que mantuvo el temple sin dejar de tocar mientras la ayudante recogía rápidamente el desaguisado. Germanos magníficos bien llevados por un titular que ejerce como tal, sacando lo mejor de esta formación histórica sin desmerecer otras de su país. Un placer comprobar el vigor de cada movimiento, los “calificativos” aplicados con rigor en la batuta de gestualidad clara pero donde manda la mano prodigiosa, natural: rápido pero no demasiado, tranquilo moderado, gracioso, o enérgico y apasionado tal como rezan las indicaciones de los cuatro movimientos brahmsianos, degustando cada sección de exquisitez sonora, escuchando todo lo escrito limpio y en su sitio.

Emociones equilibradas para una Cuarta repleta de sensaciones. La colocación de trompas a la derecha, timbales a la izquierda, maderas y metales centrados en tres filas, violas y chelos permutados, violines envidiables más una plantilla donde los nueve contrabajos dan idea de la masa sonora dotada de la redondez que dan los graves, otorgando una amplia paleta dinámica controlada por Nagano, ofreciéndonos una interpretación para recordar.
De propina, tras las palabras en español de agradecimiento, música “pop” con unos cantos de los marineros de Hamburgo en arreglo del contrabajo solista Gerhard Kleinert, dando de nuevo un toque actual y ligero tras el peso de Brahms.

Grandes orquestas, directores legendarios y solistas de fama mundial siguen colocando Oviedo en el mapa musical, “La Viena del Norte” español que es envidia nacional.

Reiniciando conciertos

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Viernes 18 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Mensajes ocultos”, abono 4 OSPA, Adolfo Gutiérrez Arenas (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Ravel, López Estelche y Elgar. Entrada último minuto: 16,15 €.

Nada mejor que poner el contador a cero y reiniciar mi año 2019 de conciertos saldando una deuda pendiente desde junio pasado como el estreno del Concierto para violonchelo (2017) de Israel López Estelche, aún mejor pudiendo escuchar al propio compositor en la conferencia previa contarnos en primera persona sus fuentes de inspiración, su formación, su honestidad, su búsqueda de un lenguaje propio, su proceso compositivo teniendo siempre en mente el destinatario del mismo, Adolfo G. Arenas, y añadiendo unas notas al programa del propio cántabro, enlazadas arriba en los compositores (con humor confesaría dejar de ser un joven compositor al pasar la barrera de los 35 años) completando un crucero cantábrico que bien podía partir de San Juan de Luz, recalar en Santoña y finalizar en Plymouth.

Tras un minuto de silencio en memoria del recientemente fallecido Vicente Álvarez “Tini” Areces, quien fuese alcalde de Gijón, presidente del Principado y senador por Asturias, a quien se le dedicó el concierto (también el día anterior en Gijón) tuvo desigual respuesta entre el público (sentados o en pie y aplausos finales), comenzando esta singladura del “crucero OSPA” capitaneado por Milanov en su última temporada que se organizaba a la forma tradicional, situando el concierto con solista en medio de las obras sinfónicas, música para disfrutar de una plantilla ideal (Elena Rey concertino invitada en este de abono, tras la jubilación de mi querido Vasiliev) con un repertorio donde el búlgaro se mueve cómodo aunque su estilo siga siendo peculiar, mejor cerrar los ojos y dejar que todo fluya.
Así comenzaba la velada con esos “cuentos sinfónicos” de Perrault que Ravel originalmente compuso para dos pianosMa mère l’Oye, una suite de 1911 con una instrumentación brillante del vascofrancés que permitió lucirse a una orquesta siempre poderosa y sedosa a la que le faltó precisión en el podio para encajar sobre todo los cuentos rápidos con una percusión que no pudo mandar como hubiese deseado, pero con momentos mágicos como Laideronnette, impératrice des pagodes. El cuento está perfectamente ilustrado, colorido pero donde el narrador no pareció convencer a este niño por la falta de la inflexión de voz necesaria, un verdadero actor que haga creíble el relato. Salvando las distancias me hubiese encantado escucharlo por Fernando Rey.

El Concierto para violonchelo de Israel López Estelche es un encargo de la SGAE y AEOS a través de la OSPA financiado con la Beca Leonardo de la Fundación BBVA y supone palabras mayores en el amplio catálogo del compositor cántabro, tanto por su duración (más de treinta y tres minutos) como por el despliegue instrumental siempre mimando a un instrumento tan lírico como el violonchelo que en las manos de Adolfo Gutiérrez Arenas realmente cantó con un lenguaje ya plenamente propio de López Estelche. Su estilo sigue joven pero alcanzando una madurez fruto de un trabajo incansable, conocimiento orquestal en todas las secciones y una técnica compositiva que permitía escuchar los elementos brindados por el solista a las distintas familias para armar un concierto de tres movimientos sin pausa plenamente identificables tras las “pautas” dadas en la conferencia. En palabras de un amigo comúndominio del trabajo motívico, de la orquestación, del lenguaje del violoncello… qué capacidad para conectar con el público sin renunciar a un estilo propio“.
La riqueza tímbrica es tal que de la percusión saca colores únicos al utilizar el arco en las láminas además de los platillos, varios gongs, celesta, las dinámicas siempre en su punto para mantener el protagonismo del cello, el lirismo que ya disfrutase en Victoria’s Secret con la OFil aún se vuelve mayor en una música sin palabras que utilizando todos los recursos del violonchelo es capaz de hacernos vibrar con la cuarta cuerda o hilvanar unos agudos unidos a los primeros violines en perfecta e inapreciable melodía que va creciendo según van sirviéndose los elementos para conformar toda la trama. La cadenza antes del último “movimiento” nos regaló el mejor Gutiérrez Arenas, el camerístico que mima el sonido del Francesco Ruggieri (1673) que lo deja flotar en el ambiente saboreando armónicos para coronar una primera parte volcado en esta obra exigente hecha a medida, y a la que solo faltó una propina, porque el público obligó a saludar a solista y compositor varias veces tras un estreno (el absoluto fue el día anterior en el Jovellanos gijonés) que tiene por delante muchas más alegrías y la AEOS supongo programará en sus orquestas. Al menos quedó registrado para Radio Clásica y podremos repetir la escucha.

Las Variaciones “Enigma”, op. 36 (Elgar) sería la última escala británica de este crucero del viernes, los catorce números donde emerge siempre impresionante el noveno, ese Adagio “Nimrod” que nuestra OSPA elevó al paraíso sonoro con la cuerda aterciopelada que mantiene las calidades de siempre. Unas variaciones con distintas emociones que han demostrado que para el titular el compositor inglés es uno de sus compositores preferidos, desvelándome el “enigma” que tuve estos años siguiéndole: la batuta nunca firme ni clara resultó cual cucharón de madera removiendo el guiso, aunque haya tenido platos pasados de cocción y otros crudos. Por lo menos el menú de “mi despedida búlgara” lo sirvió en su punto, equilibrado, disfrutando de unas dinámicas delicadas y mimando la obra en su totalidad, aunque no sea de “estrella Michelín“.

La próxima semana será femenino singular con la soprano tarraconense Marta Mathéu y el regreso de la polaca Marzena Diakun en la dirección con “Canciones eternas” y conferencia previa de María Sanhuesa (Confesiones a cinco). Intentaré escaparme y contarlo desde aquí.

Carta a SS. MM.

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Muy señores nuestros, si ustedes me permiten este correcto trato epistolario:
Como todavía me queda algo de inocencia (serán los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes sigo sin llevarlo bien por esta tendencia mía a La República) tras los pasados “Años Mahler” sin lograrlo, es poder escuchar en Asturias la Octava Sinfonía “De los Mil” con todas nuestras orquestas (OSPAOvFil, la Filarmónica de Asturias, la Universitaria ya renacida, la OCAS, nuestros coros (“El León de Oro”, grandes, chicas doradas y peques, igual que el de la Fundación Príncipe y también la Escolanía San Salvador…) con nuestros solistas, que tenemos un montón y de primera en mi querida Asturias donde elegir: Beatriz DíazElena Pérez HerreroAna Nebot, Mª José SuárezLola Casariego, Alejandro RoyDavid MenéndezMiguel Ángel ZapaterJuan Noval-Moro… (algunos “adoptados” o directamente de nuestra familia cordobesa).
Mantengo mi ilusión de tener a Pablo González como director de un acontecimiento que me copió Dudamel, al que le perdono casi todo… incluso que mi tocayu lo llevase a Barcelona en sus años como titular y seguro repetirá ahora desde la OCRTVE.
Pablo González y Mahler .
Es la ilusión infantil en este día aunque tampoco quiero olvidarme de Forma Antiqva, para quienes vuelvo a pedir un Grammy clásico (se lo merecen, sobre todo los hermanos Zapico, que en 2018 siguieron “a tope” y haciendo historia siempre volando desde casa,, celebrando 20 años y  nuevo disco Concerto Zapico 2 a pesar de su obligada mudanza de la capital).
También sigo recordando a mis queridos pianistas con la mierense nacida en la capital Carmen Yepes a la cabeza (trabajado duramente desde Madrid), sin olvidarme de Judith JáureguiDiego Fernández Magdaleno.
Mantengo ilusión y pido más composiciones de Rubén Díez, no sé si por fin la zarzuela marinera, ya que de Jorge Muñiz ya llegó su Fuenteovejuna al Campoamor, y del siempre “redescubierto” Guillermo Martínez o de Gabriel Ordás me consta que este 2019 seguirán inspirados y en su línea de estrenos.
Por no perder la esperanza pido para los llamados “gestores culturales” que se olviden de su otra crisis, la intelectual que parece contagiosa como la gripe, y den mucho más trabajo a los de casa, no por patriotismos sino por calidad contrastada, incluso cambiar alguna vez de agencia de contratación… y sobre todo ¡no más recortes ni cierres!.
No sé si ya les han escrito pidiendo para mis jóvenes violinistas favoritos (Ignacio Rodríguez, y María Ovín aún en la OSPA) que van creciendo, para traerles mucho éxito en sus trabajos fuera o en casa, aunque yo me sumo a esos mismos deseos, y de lo pedido en años pasados faltaron muchas cosas (supongo que por pedigüeño) pero a mi edad no tengo freno, parece que me hizo la boca un diputado…
Para mi adorada Beatriz Díaz ya les escribiré otra carta porque se merece todo lo que traigan en 2019 y más. Además de darles las gracias de nuevo por Luca y por su vuelta con triunfo a la ópera ovetense, espero le llegue pronto esa Mimí, a ser posible en el Teatro Real de Madrid aunque en Italia saben que es muy querida y Londres, Nueva York o Viena aún no se hayan enterado… pero Vds. lo saben por ser Magos.
Para la Ópera necesitaría otra carta de adulto, pero mi mamá dicen que ya está bien de pedir… al menos mantener ópera y zarzuela porque suprimir la gala de los Premios Líricos Campoamor sin encontrar relevo sigue enfadándome. A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre “MUCHO CUCHO®” antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir una carta más detallada para tantos que tengo repartidos por el planeta (para que luego digan de la “maldición” ENTRE MÚSICOS TE VEAS).
Mientras tanto espero que la palabra corrupción desaparezca de nuestra cotidianidad y que las crisis, ya en plural, pasen hoja definitivamente y se olvide de la MÚSICA y de toda la CULTURA en general, donde “recortes” o “supresión” se escuche menos que “Cataluña” ¡lo qué ya es decir!, para este año 2019 que acaba de nacer, aunque nuevamente parezcan estar “duros de oreja” (supongo que con el 155, tripartitos de tonada y demás “ocurrencies de oficalidá” no tendrán ni para un sonotone y la edad no perdone ni siquiera la vox).
A propósito, si pudieran dejarnos la música en la educación un poco más que ínfima y optativa, entonces tiraría fuegos artificiales… pero ya ven que no está entre las peticiones musicales, ni siquiera que algún día en “esta España nuestra” que cantaba la recordada Cecilia (no la Santa sino la Evangelina) se alcance un pacto de estado donde la educación sea inversión en vez de gasto y prime el menos común de los sentidos en vez de la partitocracia e independentismos que intentan reescribir la historia a base de tantos eufemismos que hasta a la mentira la llaman posverdad.
Gracias señores majos y Magos (de donde vengan y utilizando el transporte que tengan sin entrar en cabalgatas municipales de las que mejor no opinar) por seguir llenándonos de esperanza e ilusiones.
Pablito, 12 años.

 

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