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Felices veinte años

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Sábado 18 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Oviedo Filarmonía, Nicolas Altstaedt (violonchelo y director). Obras de Sánchez Verdú, Shostakóvich y Sibelius.

Crítica para La Nueva España del lunes 20 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Veinte años para una orquesta son toda una vida, más para una ciudad como Oviedo que clausuraba esta temporada con el reconocimiento de la Fundación Municipal y la Concejalía de Cultura a la Oviedo Filarmonía (OFil) de manos de “Rivi” Sánchez Ramos así como de todo el público presente, muchos fieles seguidores que han sabido esperar por una madurez lejana en aquellos primeros años de la inicial OSCO, pero que con trabajo duro, tenaz, versátil, en todos los repertorios, aprendiendo siempre, han redondeado una campaña completa, pendiente aún de que “Luisa Fernanda” eche el telón al festival lírico.

Otras plumas más preparadas que la mía escribirán esta reciente historia musical de la capital asturiana, pero el último programa de los Conciertos del Auditorio seguro que merecerá capítulo aparte, por un violonchelista y director como el franco-alemán Nicolas Altstaedt (1982) que sacó lo mejor de la OFil, felizmente reforzada en la segunda parte con alumnos del Conservatorio Superior en un programa arriesgado.

Comenzaría con el estreno asturiano (segundo en España tras el Festival de Granada de 2018) de Memoria del rojo compuesta por José Mª Sanchez Verdú (Algeciras, 1968), obra difícil de encajar en el amplio sentido de la palabra, que Altstaedt llevó como si la hubiese dirigido toda su vida, estudiada a fondo, muy trabajadas las texturas y dinámicas orquestales con una tímbrica sinfónica digna de grandes formaciones, y la OFil ya lo es, inspirada en una Alhambra universal de color, dibujo y ornamentos sinestésicos.

Si el concierto para violonchelo nº 1 de Shostakóvich, estrenado por su destinatario y amigo Rostropovich, es endiablado para el solista, simultanearlo con la dirección suponía un reto aún mayor que la OFil y Altstaedt superaron de forma sobresaliente. Escuchar al maestro se hizo más que necesario obligado, con la complicidad del concertino Mijlin o el solista de chelo Ureña cual “alter egodel alemán, total entendimiento en todas las secciones y sonoridades rotundas, dinámicas extremas sin exageraciones, con la trompa de Pablo J. Hernández compartiendo protagonismo y virtuosismo con el chelo en esa melodía obsesiva del ruso, llevando los cuatro movimientos del infierno al cielo por agitación, potencia, lirismo (la celesta de Bezrodny una delicia) y entrega, un Moderato de cuerda y trompa atercioleadas previo a la “Cadenza” que acallaría el odiado e inoportuno teléfono, sonidos profundos llenos de emociones de principio a fin sin dejarse nada ninguno de los intérpretes. La propina en pizzicatos a dúo con Mijlin resultó un aperitivo de la tarta final.

Gran orquesta para la Sinfonía nº 1 en mi menor, op. 39 de Sibelius, madurez y trabajo de veinte años que el maestro Altstaedt entendió e hizo entender desde el podio, tiempos y matices extremos rondando el paroxismo, las manos, el gesto amplio, su implicación total para con la obra y sus músicos que nos dejaron el verdadero regalo de aniversario, inspiración finlandesa con sabor ruso. Allegro “enérgico” inicial con los timbales siempre mandando en una gama de matices magistrales, Andante ma non troppo – Lento para paladear las calidades de toda la OFil, el Scherzo brillante y la rotundidad del Finale (Quasi una fantasia), contagiosa explosión sonora para una piñata repleta de música.

Los aplausos merecidos por parte de músicos y auditorio celebrando esta gran temporada de conciertos (el avance de la venidera no se queda atrás) que dará el do de pecho con Juan Diego Flórez en un domingo de elecciones donde ganará la cultura de esta envidiada Viena del Norte que es Oviedo.

Fantástica Hahn

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Domingo 5 de mayo, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Hilary Hann (violín), Orquesta Filarmónica de Radio Francia, Mikko Franck (director). Obras de Sibelius y Berlioz.

Crítica para La Nueva España del martes 7 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Finlandia y Francia unidas en un programa donde el gélido norte se volvió pasión como el vestido rojo de Hilary Hahn con el Concierto para violín en re menor, op. 47 de Sibelius más Berlioz entre cañonazos y pólvora mojada, aunque el maestro Mikko Franck presumió de nacionalidad y, pese a problemas físicos que le obligaron a dirigir sentado la mayor parte del concierto, el control total de la orquesta de la que es titular le levantaba para dibujar emociones patrióticas y musicales.

Sibelius en el violín de Hahn resultó pletórico de musicalidad y sentimiento, cálidamente virtuoso no ya por un sonido siempre presente sino por el mimo con que lo trató el director finlandés, excelente concertador y conocedor de la obra, amplísima gama de matices en los “radiofónicos franceses” para escuchar siempre a esta solista que habla y canta con su violín, tanto en las cadencias como con la orquesta. No importan móviles maleducados que comienzan a ser odiados, aplausos tras el Allegro moderato o toses inoportunas pues no perdió tensión ni entrega. La fantástica Hilary enamoró con todo un catálogo de lirismo, melancolía (Adagio di molto) y explosión pasional en el último Allegro ma non tanto donde los franceses siempre respondieron al maestro Franck en dinámicas, limpieza y equilibrio. Violín cálido en el registro grave y apasionantes agudos con un arco de otro mundo para lograr una interpretación asombrosa de solista, director y orquesta. La Sarabande de la Partita 2 de Bach un auténtico regalo, fascinación para la intérprete norteamericana y el público al que firmaría muchos discos tras el concierto.

La Sinfonía Fantástica de Berlioz sirvió para mostrar músculo y poderío de gran formación filarmónica, secciones impecables y seguras con una cuerda limpia donde destacaron violas y contrabajos por sonido aterciopelado entre todo un ejército sinfónico, sobrepasando el centenar con cinco percusionistas. La apuesta del finlandés para el compositor francés fue la misma: mantener un sonido pulcro e impecable en toda la orquesta, con “Un baile” juguetón entre dos sosos “Ensueños” sin pasiones y la impoluta “Escena en el campo”, aunque la “Marcha al cadalso” (destacando el corno inglés contestado por el oboe fuera del escenario), nos dirigió al verdadero aquelarre final en la instrumentación pletórica de Berlioz.

Sibelius vencía a Berlioz en su casa, Franck necesita emociones propias y nada mejor que “Finlandia”, más que propina espectacular fuera de programa donde la Orquesta Filarmónica de Radio Francia sacó músculo y Hilary Hahn fantástica como la tierra de Mikko Franck.

Grandiosa sobriedad

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Jueves 2 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Orquesta Barroca de Friburgo, RIAS Kammerchor, René Jacobs (director), Polina Pastirchak (soprano), Sophie Harmsen (mezzo), Steve Davislim (tenor), Johannes Weisser (bajo). Beethoven: Missa Solemnis en re mayor, op. 123.

Crítica para La Nueva España del sábado 4 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Escuchar una de las últimas obras de Beethoven con la Orquesta Barroca de Friburgo, el coro de cámara berlinés y René Jacobs dirigiendo es un lujo al alcance de pocas ciudades en una gira donde Oviedo sigue estando en el mapa junto a Colonia, Amsterdam, París o Berlín, por eso la llamo “La Viena del Norte” español.
Todo muy cuidado, en su sitio: coro de sopranos y bajos enfrentados a contraltos y bajos, el órgano positivo frente al director, un cuarteto solista homogéneo, empastado, cantando “a media voz” bien proyectada, manteniendo la tensión desde un bloque sonoro junto a esta orquesta “historicista” ubicada en diferentes niveles, con tímbricas únicas, sobrias, sin estridencias desde la contención, con cierta aureola grisácea que nunca explota al blanco impoluto.

Esta última misa de Beethoven sonó a gran sinfonía vocal con trama litúrgica en latín, música casi siempre al servicio del texto de maravillosa escritura inimitable, única a la par que confesión de fe y revelación espiritual del sordo genial. Sin sobresaltos, desde la contención en todos y un equilibrio de dinámicas asombroso (“puesta en escena” de auténtica ceremonia musical inexplicablemente rota por el descanso tras el Credo), Jacobs ofició un continuo crescendo emocional en los cinco números, paladeando la excelencia del coro, de los jóvenes solistas, de unos metales aterciopelados y madera cantante, más una cuerda siempre en su sitio, afinada y presente incluso con el solo de la concertino flotando sobre unas texturas impecables llenas de claroscuros textuales, cambios de aire resolutivos y primeros planos nítidos.

Kyrie interiorizado, Gloria luminoso, Credo primer hito del ideario de Jacobs, Sanctus abriendo el cielo y Agnus Dei sublimando una sobriedad grandiosa sin fisuras, luz puesta por el coro y sobremanera el cuarteto solista, perfectos en contención antes de la explosión total y global. Los aplausos generosos rubricaron el éxito de esta misa redentora.

Talento y elegancia

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Viernes 26 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Perspectivas”, abono 11 OSPA, Juan Pedro Romero (corno inglés), Nuno Coelho (director). Obras de Bartók, Ferlendis y Schubert.

Crítica para La Nueva España del domingo 28 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), algún dato más que en el papel no cabía, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.
Talento y elegancia no siempre van de la mano, pero el undécimo de abono unió ambos a lo largo de la velada en un auditorio con muchos huecos, móviles interrumpiendo y toses siempre maleducadas. Talento del debutante Nuno Coelho, portugués ganador del último concurso bianual de dirección de Cadaqués, que siempre acierta con sus premiados (Lorenzo Viotti en 2013, Michal Nestorowicz en 2008 o nuestro Pablo González en 2006 entre otros), en un programa variado organizado a la vieja usanza, con el que se desenvolvió desde la elegancia, el rigor estilístico y su buen hacer, comenzando con una obra “moderna” de Bartók (1881-1945) siempre actual en pleno siglo XXI, un concierto solista (Ferlendis, 1755-1810) y una sinfonía clásica (Schubert, 1797-1828), músicas livianas que exigen una visión personal para aportar algo distinto, y así lo entendió Coelho con la OSPA que debe ir tomando nota en la búsqueda del nuevo director a partir del verano, no se “escapen” posibles candidatos en plena época de fichajes y tomando el título del concierto: perspectivas.Talento por doquier lo derrocha esta OSPA y especialmente la sección de cuerda, sello inconfundible desde hace años que se renueva paulatinamente sin perder un ápice de calidad. El Divertimento para orquesta de cuerdas de Bartók volvió a demostrar la homogeneidad en el sonido, colocación vienesa con violines enfrentados, cellos frente a la tarima y contrabajos a la izquierda, presencia y limpieza en todo el bloque con especial mención al cuarteto solista: Héctor Corpus (concertino), Ordieres (violín segundo), Alamá (viola) y Von Pfeil (chelo), compenetrados y entregados en solitario, volcados y unidos con toda la sección desde las manos de un Coelho que mantuvo la tensión en los tres movimientos, con los finales “respirando” la última nota, y un inspiradísimo Allegro assai final que rubricó un auténtico “divertimento” de la cuerda asturiana.Talento el corno inglés de Juan Pedro Romero, principal de la orquesta asturiana que volvía como solista para interpretar el Concierto en fa mayor de Ferlendis, un virtuoso del oboe y el corno además de compositor al que sus contemporáneos Salieri o el propio Mozart trabajando para el arzobispo Colloredo no le permitieron brillar como debiera. Y es que este concierto respira aires elegantes, estructura “clásica” en sus tres movimientos, cada uno con su cadencia para que Romero cantase como solista sacando unos timbres cálidos y hermosos, volase desde el virtuosismo cortesano de un instrumento peculiar, siempre arropado por la cuerda inicial a la que se sumaron cinco compañeros de viento (trompas y oboes a dos más el fagot), con una concertación de Coelho atento al solista y cuidando las dinámicas para brillar todavía más. El arreglo de Bach para dos violas y chelo que nos regaló Juan Pedro corroboró calidad, talento y elegancia en todos ellos, y no son flores (que no le faltaron de la mano de sus hijas) sino la constatación del buen hacer de cada uno, pose, peso y poso por doquier.Siempre comento en broma que “no hay quinta mala”, y Schubert no es la excepción. Su Sinfonía nº 5 en si bemol mayor, D. 485 bebe de su admirado Beethoven pero especialmente de Mozart, como el Ferlendis anterior al que añadir flauta y fagot completando una orquestación que fue creciendo en número y calidad a lo largo del concierto, sobre todo en “elegancia sonora”, atención e implicación de todos los músicos en tres obras delicadas donde un mal gesto podía convertirlas en chabacanas, algo que Nuno Coelho evitó con juvenil maestría. La sonoridad de la OSPA cuidada al detalle desde una dirección elegante, precisa, de tiempos ajustados nos hizo disfrutar hasta de los silencios (lástima del poco civismo tristemente contagioso), dejando flotar los finales de cada movimiento, apostando por un Allegro inicial vibrante, el Andante con moto sin acelerarlo y contrastado con el primero, además de unas dinámicas muy trabajadas, seguido por el Menuetto bien llevado con un “rubato” puntual nada afectado, vienés a más no poder, y el Allegro vivace final que fue balanceando para disfrutar del talento de cuerda y viento en una plantilla ideal para las obras del undécimo de abono.Si a Oviedo la he rebautizado como “La Viena del Norte”, las hechuras del viernes destilaron aire austríaco en la orquesta asturiana en manos del portugués que sacó lo mejor de cada atril. Lo dicho, no se puede perder talento y elegancia, valores difíciles de aunar que cuando se encuentran nos dejan conciertos ideales como estas “Perspectivas”.

Batallas musicales a lo grande

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Jueves 7 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de piano “Luis G. Iberni”. Daniil Trifonov (piano), Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky, Valery Gergiev (director). Obras de Debussy, Rachmaninov y R. Strauss.

Llegaba la División Acorazada del Mariinsky con el general Gergiev al mando para una guerra sinfónica de tres batallas donde cada sección orquestal fueron como las armas del ejército: infantería de una cuerda con un sargento concertino mandando y luciendo galones, caballería de la madera siempre atinada, ingenieros de percusiones variadas y la artillería pesada del metal que fueron tomando posiciones desde el inicio.

Aún con las últimas notas del Debussy de acento ruso en las manos de San Sokolov flotando en el ambiente, el Preludio a la siesta de un fauno desplegaría el primer batallón ruso con muestras de dar mucha batalla y nada de dormirse. Casi podíamos imaginar a los legendarios Nijinski o Nureyev danzando con esta compañía mientras disfrutábamos de la flautista solista Maria Fedotova o del arpa cristalina de Gulnara Galbova en un ambiente de clara nebulosa donde el general Gergiev de gesto inimitable y mínimo palillo de bastón de mando sacaba de sus huestes todo lo mejor, esa especie de “parkinson” en ambas manos donde podíamos contemplar el certero vibrato de una infantería sedosa y la caballería atinada sin errar ningún disparo, llevando esta primera batalla al triunfo sin resistencia.

El coronel Trifonov, bien conocido en Oviedo, es en cierto modo ahijado del general, con él nos ha dejado conciertos y grabaciones estelares, y el Concierto para piano nº 1 en fa sostenido menor, op. 1 (Rachmaninov) requiere de tensión, pasión y precisión. La artillería no se contuvo en ningún momento exigiendo del piano fuerza hercúlea para alcanzar los volúmenes necesarios sin perderse ni un disparo. Trifonov se volcó literalmente desde el Vivace inicial, sin tregua apenas en el Andante cantabile para tomar aire bien arropado por el batallón Mariinsky, soltando todo el fuego que le quedaba en el Allegro vivace, piano sinfónico, orquesta pianística bajo el mando Gergiev, concertación y concentración de todo el ejército en cada arma, ayudándose al escucharse para unos momentos explosivos dejando el campo despejado para esta victoria de la música con el tándem Trifonov-Gergiev al fin juntos en las Jornadas de Piano ovetenses.

En solitario y disfrutándole todos un arreglo del propio pianista sobre Las campanas plateadas de Ravel y Rachmaninov del que Trifonov aún tuvo resuello para asombrar en toda la gama dinámica de un piano malherido tras esta escaramuza virtuosa con vítores.

Con toda la división acorazada el heróico general al frente para Una vida de Héroe, op. 40 (R. Strauss), seis episodios de este poema sinfónico casi épico para disfrutar de los mejores tiradores, caballería de combate mecanizada, infantería con el concertino certeramente brillante al que el general dejaba jugar, la artillería orgánica mientras pasábamos de los adversarios a la compañera y el fragor de la batalla, desplegando cada flanco poderoso de ataque, vibrante y brillante, fortísimos globales sin perdernos detalle de todo el arsenal. La paz llegaría como la retirada del mundo y una auténtica consumación de estos héroes rusos que siguen ganando batallas en una guerra de nueve días por España.

Las salvas de honor tenían que ser como en 2013 con Wagner y su preludio del tercer acto de Lohengrin, artillería de largo alcance blindada por una infantería de lujo a buen paso, ligero y efectista cual desfile de honor para los vencedores. Tardes de historia sinfónica rusa con intérpretes de fama mundial arrancando en Oviedo esta gira de nueve días intensos.

Con voz propia

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Sábado 9 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del AuditorioOviedo Filarmonía, Julia Lezhneva (soprano), Mikhail Antonenko (director). Obras de Mozart, Haendel, Rameau, Vivaldi y Rossini.

Crítica para La Nueva España del lunes 11, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva

La Oviedo Filarmonía (OFil) cumple veinte años felices con voz sinfónica propia en esta “Viena del norte” más allá del foso del Campoamor, conciertos del Auditorio junto a las Jornadas de Piano. El tiempo transcurrido entre tantas óperas y zarzuelas sin perder nunca de vista galas líricas como aquella con el recordado Haider y La Gruberova, ha conseguido que la formación ovetense se haya ganado a pulso desde el duro y continuado trabajo la fama de orquesta ideal para el canto.
En esta línea discurrió el concierto de La Lezhenva el sábado, corroborando la afición por la música vocal en nuestra tierra con un público entregado a obras cercanas y conocidas desde la “Primavera Barroca” que año tras año también llena la sala de cámara.

El joven director ruso Mikhail Antonenko (1989) junto a su compatriota coetánea (y esposa) la soprano Julia Lezhneva armaron una velada con el inigualable Mozart en calidad interpretativa global, el barroco como virtuosismo siempre admirable, y el Rossini casi obligado en la capital asturiana, para una OFil con la versatilidad estilística intrínseca desde su nacimiento, que por momentos resultó excesiva en dinámicas pero no en empaste tímbrico aunque faltase un clave que redondease el buen sabor de boca.

Fígaro el operístico se casaría al principio y volvería al tajo casi al final (más calmado que el parisino del último de enero) para jugar con un mismo personaje desde dos lenguajes, clásico mozartiano y belcantista romántico que no se diferenciaron mucho con Antonenko al frente, elegante y claro aunque algo aséptico. Me resultó chocante que la mejor visión orquestal fuese Rameau y el ballet bufón Platée, más cercano a Mozart que a sus compañeros barrocos de travesía, auténticamente “salvaje” en aire y virtuosismo orquestal (con Marina Gurdzhiya de concertino), como pivotando entre dos mundos para saborear la calidad de OFil.
Bien seleccionadas las partes vocales de Lezhneva, incluso las cuatro propinas que indirectamente alargaron a la duración habitual de un concierto de estas características con un esfuerzo físico plausible manteniendo la unidad.
La voz de la joven rusa es carnosa, nunca hiriente, poderosa de emisión y color muy homogéneo para unos graves bien trabajados siempre audibles merced a una emisión nítida, de agilidades asombrosas que hacían preguntarse cuándo respiraba, y un repertorio que domina sin problemas con Antonenko buen concertador y la orquesta perfecta para estas partituras. Personalmente me quedo con la visión global de Mozart que vocalmente tuvieron más enjundia y musicalidad como el aria Voi avete un cor fedele o el empaquetado triple formado por la obertura de “Don Giovanni” bien leída en intensidades por los instrumentistas, junto a sendas arias de Bodas más Cossì: íntima y sentida L’ho perduta y completa Temerari… Come scoglio recitativo incluido, equilibrado, maleabilidad vocal e instrumental para el genio de Salzburgo en una voz portentosa que seguirá brillando en los próximo años, completado con Voi che sapete de la tercera propina.

Para el barroco siempre agradecido y comercial la orquesta sonó algo excesiva no ya por número sino porque Antonenko debería haber mimado más las dinámicas e incluso exigir un continuo con clave (cello de Ureña y contrabajo de Baruffaldi uniendo fuerzas para rellenar el colorido deseado) en una formación filarmónica que sin necesitar historicismos sonó muy bien en todas sus secciones.
Destacar por bien cantados el superventas Lascia de Haendel, esta vez Spina no Pianga, un aclamado Vivaldi Agitata da due venti de “La Griselda“, instrumentalización total sin falta de etiquetar a Lezhneva, de voz vistosa además de virtuosa, primando colorido sobre sentimiento capaz de llegar a todos los registros, pulcritud técnica manteniendo color vocal, para recuperar emociones con Rossini Tanti affetti de “La Donna del Lago“, afectos que cerraron con belcanto el tortuoso camino barroco tras el obligado peaje mozartiano de este esperado concierto sabatino.

Primacía barroca en los regalos: Haendel con “Alessandro”, Mozart, R. Broschi y “Artaserse”, o Aleluya de Porpora; las velas de cumpleaños entregadas a todos los asistentes sin necesitar encenderse fueron ideales para un concierto que supo dulce, ligero, optimista y cercano como toda fiesta donde la ópera suena celestial, más para melómanos llambiones, carbayones aparte.

El flautista de Berlín

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Martes 30 de enero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orquesta de Cámara de París, Emmanuel Pahud (flauta), Douglas Boyd (director). Obras de Mozart, Ibert y Ravel.

Crítica para La Nueva España del jueves 31, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva

En la historia de quienes peinamos canas recordamos flautistas famosos, desde el literario de Hamlin o Hamelín pasando por el francés Jean-Pierre Rampal (1922-2000) o el televisivo Sir James Galway (1939). El solista desde los tiempos de Abbado en la mediática Filarmónica de Berlín, Emmanuel Pahud (1970), atrajo al auditorio un público variado con abundancia de estudiantes, que como el del cuento de los Hermanos Grimm, sacó de sus guaridas una juventud ávida de figuras, y el flautista francosuizo es una de ellas (entrevistado en LNE), ejemplo de virtuoso que sienta cátedra en todo el mundo con los mejores directores y agrupaciones.

Solo para virtuosos es la Fantasía sobre “La Flauta Mágica” de Mozart, en arreglo de Robert Fobbes, seudónimo del compositor y director belga Robert Janssens (1939). En la línea de los medleys o popurrís que popularizasen en los 80 Louis Clark con sus “Hooked on” o nuestro inefable Luis Cobos pero sin el “chumpachún”, estas fantasías fueron la forma de dar a conocer fragmentos de óperas famosas, aunque no tan agradecidas ni vistosas como la de Carmen (que cierra la temporada de ópera ovetense) de nuestro Sarasate. La flauta de Pahud sonó mágica en parte por la orquesta parisina, calificada de cámara por no sobrepasar los 45 miembros, con presencia femenina casi paritaria y Deborah Nentanu de concertino, vientos a dos, ideal en volúmenes para este cuento musical con el titular Boyd igualmente acertado. Reconocibles las arias elegidas de Papageno o Sarastro, luciendo más las rápidas por el despliegue técnico del “berlinés” con su refulgente flauta dorada más reina de la noche que la de Mozart. Los alumnos tomarían nota de todos los recursos de este aerófono de bisel en manos de una figura mundial.

El Concierto para flauta y orquesta de Jacques Ibert (1890-1962) está en el repertorio obligado, forma académica tripartita y aires llenos de “charme” muy francés, respirando aromas de Debussy, Ravel o Fauré con toques de jazz (como Rampal en la Suite de Claude Bolling). Gran lucimiento técnico y musical de Pahud en los tiempos rápidos extremos más un jugoso intermedio lento donde la flauta verdaderamente canta con ese ropaje orquestal que deja en el río los roedores de Hamelín y desanda el camino para la segunda parte.

Ya sola la orquesta de “chambre”, en colocación vienesa cuidando sonidos, texturas y limpieza expositiva, Le Tombeau de Couperin (Ravel) sumaría el arpa para un homenaje a la música francesa perfectamente traducida por los parisinos con Boyd al frente, adaptación de los seis números originales para piano a cuatro para esta suite orquestal, apacible en instrumentación que resultó ideal para el compositor vascofrancés destilando perfumes del país vecino en los felices años 20, y dejaría clara la calidad de una formación camerística segura en este programa dentro de una gira española con parada obligada en Oviedo, “La Viena del Norte”, solistas solventes y sonido limpio. Brillante el Rigaudon final antes de la última escala en este viaje musical con el flautista mágico al inicio.

En vez de la segunda sinfonía de Beethoven (poco escuchada) quedó más apropiada con el resto del concierto Mozart y su Sinfonía nº 35 en re mayor, “Hafner” K. 385 para cerrar el círculo verdaderamente mágico. Serenata elevada a gran forma orquestal para unos parisinos que nuevamente derrocharon calidad en la búsqueda de sonoridades casi historicistas, optando por trompas y trompetas naturales junto a timbales de latón con baquetas de madera, que llevados con mano firme por Douglas Boyd interpretaron los cuatro movimientos de forma aseada. El Presto final quedó algo oscurecido en los contrabajos pero no restó enteros a una visión global casi lírica por la limpieza de líneas melódicas, el gusto por el sonido claro y unos tiempos ajustados.

Y el regalo tras la apertura operística se mantendría nada menos que con Rossini y su “Barbero de Sevilla” que parecía tener prisa y más que los buenos tiempos de Calzón frente al Campoamor sonaría cual Fígaro del omnipresente Mozart en la Orquesta de Cámara de París, con la timbalera cambiando a bombo y platillo al Boyd “maestro repetidor” en este nuevo concierto del auditorio, casi lleno y muy entusiasta. Hacen falta figuras como el flautista de Berlín para seguir apostando por el público del futuro.

Con admiradores y estudiantes al finalizar el concierto

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