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La música une los mundos

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Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, inauguración de la temporada Los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Ingela Brimberg (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Jorge Muñiz, Richard Strauss y Antonín Dvořák. Entrada butaca: 18€.

Con la capital del Principado “cerrada por alerta” ante el Covid me temía que este sábado perdería el concierto inaugural de una temporada anormal donde cada día nos depara una sorpresa, pero finalmente pude escaparme desde mi aldea hasta Oviedo para seguir disfrutando de la música en vivo con un programa que conjugaba dos mundos en uno, cronológicamente inversos y misteriosamente unidos.

El llamado Proyecto Beethoven es un homenaje al genio universal de Ludwig van Beethoven a través del estreno absoluto de cinco obras de nueva creación, encargadas por la Oviedo Filarmonía e inspiradas en la vida y obra del compositor alemán que hoy comenzaba con Heiligenstadt del asturiano Jorge Muñiz (1974), más que el testamento del genio de Bonn como referencia, me quedo con esa “ciudad de los santos” de la Viena imperial, como mezclando ambientes, uno atonal y misterioso frente al melódico en ritmo ternario, la vida urbana vivida desde el otro lado del océano sin ninguna referencia musical beethoveniana pero con mucho oficio orquestal, el anonimato de las grandes ciudades americanas y el bullicio de las pequeñas europeas.

Escrita para una plantilla no muy grande y sin excesos de percusión (solo los timbales y pequeña percusión indeterminada), Lucas Macías llevó este estreno manejando una nave sinfónica con firmeza, acierto y poniendo a la formación ovetense en un punto ideal para continuar creciendo al afrontar repertorios tan variados desde la versatilidad que supone ser la orquesta local. Partitura agradable de escuchar a la que se puede sacar mucho juego por su escritura, inspiración y lenguaje netamente americano de un músico sin fronteras como nuestro Jorge Muñiz.

Las Cuatro últimas canciones, TrV 296 (Vier letzte Lieder, en alemán) para soprano y orquesta, fue la última obra de Richard Strauss, quien las compuso en 1948 con 84 años de edad y sin poder escucharlas representadas. Estrenadas en Londres el 22 de mayo de 1950, unos meses después de su fallecimiento, y consideradas como el último capítulo en la literatura lírica postromántica, Strauss no pensó escribirlas como ciclo, utilizando el texto de tres poemas de Herman Hesse y un cuarto poema de Joseph von Eichendorff, el primero al que puso música. Un acierto proyectar el texto y la traducción en el luminoso sobre la tarima que no obliga a perder la visión del escenario. Poemas sobre la muerte cercana y serena aceptación del destino, un tema recurrente pero unido a la propia vida, las dos caras de una misma moneda pues siempre van de la mano. El título creado por el editor Ernst Roth, determinó también el orden en que debían ser interpretadas.

La soprano sueca Ingela Brimberg en su CV destaca “sus atractivas representaciones de las heroínas dramáticas de la ópera. Brimberg cantó su primera Brünnhilde en la Tetralogía del anillo, de Richard Wagner, del Theatre an der Wien en la temporada 2017/18, después de haber impresionado como Senta en Der fliegende Hollander, Elsa en Lohengrin y con las heroínas de Strauss, Elektra y Salome, en varias de las principales casas de ópera europeas“. Y puedo asegurar que no defraudó en ninguna de las cuatro canciones del Richard Strauss pleno en todo, con una orquesta sin contención ni invasión, bien concertada por el maestro onubense, el alemán nada áspero de Hesse cantado por la sueca de dicción nórdica. “Primavera” (Frühling) de seda con trompas aterciopeladas y contención vocal sin recato. “Septiembre” sentido, brillantemente otoñal para un color de voz ideal y proyección suficiente sin restar nada la orquesta, compartiendo belleza con Mijlin. “Al irme a dormir” (Beim Schlafengehen) acunados nuevamente por el violín solo del concertino ruso hasta la muerte final, “En el ocaso” (Im Abendrot) que en la lengua de Goethe suena sensual, cada consonante musical, sílabas con los adornos imprescindibles de una soprano entregada y cómoda en cada lied, la cuerda compacta y el dúo de flautas etéreo, con una orquesta convincente hasta el silencio final, sin prisas, escuchando caer esa hoja simbólica sujeta hasta el último aliento de un auditorio donde las toses han desaparecido. Impecable “la Brimberg” y a su altura la Oviedo Filarmonía que con su titular transita hacia la excelencia.

Para cerrar nada menos que la Sinfonía nº 8 en Sol Mayor, op. 88 de Anton Dvořák, que pierdo la cuenta de veces escuchada en directo y no digamos en vinilo, casetes y cedés de toda la vida a la que siempre vuelvo porque mantiene en mí un estado de esperanza. Escrita en el verano de 1889, y destacada por su tierna inspiración nacida de la música tradicional bohemia que el compositor tanto amó. Estrenada en Praga el 2 de febrero de 1890 bajo la dirección del propio autor, los cuatro movimientos son un ascenso emocional además de la prueba de fuego para toda gran orquesta.

El Dvořák de Macías me aportó frescura a esta Octava que ha dejado interpretaciones históricas. Dirigiendo de memoria inspira confianza en sus músicos, no pierde la vista ni el detalle, impetuoso y tierno en el Allegro con brio inicial marcado con la compostura habitual del director andaluz, gestualidad precisa y perfecto entendimiento mutuo desde el primer ataque y la intervención motívica de la flauta solista antes del desgarro siguiente en todas las secciones, con un metal orgánico, afinado, nunca estridente y bien sujeto desde la batuta, al igual que una madera bien templada. El Adagio sonó limpio y claro además de elegante, sincero, con la agógica elástica que permite frasear y matizar, ese tema bohemio de clarinetes y flautas revestido de una cuerda presente, esas escalas descendentes que contestan la segunda melodía de la que emergen nuevamente el concertino y la flauta, más el metal brillando sin deslumbrar en los ataques permitiendo que los silencios resonasen en esta acústica de la “nueva anormalidad” que llevo varios conciertos destacando. Allegretto grazioso – Molto vivace cautivador, dejando fluir la música sin complejos, aire vienés marcado desde el podio lo necesario, dejando escucharse a todos, bien balanceado de contrastes y tempo antes del último ataque del Allegro, ma non troppo, majestuoso en su entrada de metales y la pausa conmovedora antes de la aparición en violas y cellos de esa melodía que me recuerda siempre la romanza “Junto al puente de la peña” de La Canción del Olvido del maestro Serrano, moldeada en diversos tiempos e instrumentos, con una cuerda sedosa y presente junto a un viento espectacular y acertado, la evolución acelerada antes del estallido de color en las trompas y una sonoridad orquestal totalmente cuidada, especialmente en la “marcha oriental” contenida para contrastarla con el motivo principal de este último movimiento que concluye espectacular, con un Lucas Macías dominador que cada vez confirma el acierto en su fichaje. Si nada lo impide disfrutaremos de un crecimiento a lo largo de una temporada que vuelve a prometer pese a las incertidumbres.

No nos olvidemos de Beethoven

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Viernes 23 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: SERONDA III, OSPA, Jesús Reina (violín), Josep Caballé Domenech (director). Obras de Beethoven y Brahms. Butaca de anfiteatro: 10€.

Cada día es un triunfo y para los conciertos una batalla ganada cumpliendo estrictamente con todas las normas. El tercero de este “no abono otoñal” con entradas sueltas porque no se sabe qué pasará mañana, ya comenzó con bajas obligadas por el Covid, primero el maestro Ion Marin y después la violinista Esther Yoo, pero raudos gestores y agencias encontrarían nueva batuta y solista para un programa que se mantuvo con dos de las llamadas tres Bs (Bach, Beethoven y Brahms) porque no debemos olvidarnos que este aciago 2020 celebramos los 250 años del maestro de Bonn, “el sordo genial”, y el repertorio clásico no puede ni debe faltar en estos reencuentros sinfónicos que son verdaderos oasis de placer en tiempos convulsos, soportando todas las restricciones que nos pongan pero manteniendo esta terapia que para muchos no es solo necesaria sino obligada.

Como recuerda la propia orquesta,”Caballé Domenech tenía previsto dirigir a la OSPA en el último concierto de abono de la temporada 19/20, pero la pandemia global causada por la COVID-19 hizo que la orquesta tuviera que cancelar toda la temporada y conciertos extraordinarios desde marzo a junio”. Y como violín solista Jesús Reina (al que deberíamos nombrar “asturiano del mes” por muchas razones, y aprovechando su presencia en nuestra tierra desde el homenaje a Williams pasando por las sociedades filarmónicas ovetense y gijonesa, aunque no pude escucharle en ninguno, con este Beethoven me resarcía y volvería a deleitarnos con su magisterio. Si Esther Yoo “es una joven violinista estadounidense-coreana aclamada por su “tono oscuro y aristocrático” (Gramophone Magazine) y por “su elegancia equilibrada” (The Herald) como también reza en su agencia, Jesús Reina es un joven español descrito como un violinista con un “bello sonido caracterizado por una verdadera musicalidad, temperamento y carisma” (El País) en la propia. Ya va siendo hora que reconozcamos el talento de casa, no hace falta buscar fuera y en estos tiempos más que nunca debemos apoyar a nuestros músicos.

Al menos la OSPA suma y sigue y “el sordo genial” (con permiso de Goya y su otra Quinta) escribió este Concierto para violín en re mayor, op. 61 que colmó las expectativas de todos. El sonido de Reina es claro, nítido, penetrante, lleno de matices y haciéndose escuchar por todos, respeto y admiración repartidas, con buena comunicación y entendimiento con el maestro Caballé. Esta página de Beethoven ya marca un idioma propio, personal y único en su construcción donde el violín podría ser sustituido por el piano o el cello manteniendo esa sonoridad sinfónica, pero sólo nos legó esta joya. Los tres movimientos mantienen una unidad melódica que apreciamos en las cadencias, y personalmente la del primer movimiento me pareció interesantísima (desconozco la autoría) por virtuosa, ceñida a los temas y con un magisterio del violinista malagueño que nos dejó saborear cada nota con él. Si Allegro non troppo sonó en conjunto potente y equilibrado, el Larghetto (como casi todos los movimientos lentos) resultó cautivador, saboreando esta redescubierta acústica distinta del auditorio donde cada detalle es irrepetible, y no digamos el brillante Rondo: Allegro donde el juego dialogante entre la excelencia del fagot valenciano y el violín “regente” además de bellísimo demostró un encaje perfecto y unas dinámicas grandes, el empuje vital y alegre, pastoral y casi de “romería clásica” con el idioma inigualable de Beethoven, la calidez de Reina y una batuta atenta que nos brindaron este concierto para violín único en el amplio sentido de la palabra.

Merecidos aplausos y sorpresa saliendo de nuevo Jesús Reina con unas variaciones sobre la popular canción gitana rusa Dos guitarras que sorprendió por todo, especialmente por un uso mágico del pizzicato evocando balalaikas o mandolinas virtuosísticas, juegos de arco y dedos vertiginosos que impresionaron a un auditorio hambriento de la música viva, en directo, irrepetible.Y como si leyese mi mente, en este concierto sólo faltaba la B del “Dios Bach” del que Reina nos regaló la “Chacona” de la Partita nº2 en re menor, BWV 1004, perfecta de principio a fin, sonido, ejecución y entrega. Aquí podría haber terminado el concierto en todo lo alto aunque quedase la tercera B.

La Sinfonía nº 4 en mi menor, op. 98 de Brahms es perfecta compañera de viaje en un concierto con “el ídolo de Bonn” y es frecuente programarlas emparejadas (aún recuerdo las dos primeras de mi tocayo en Barcelona), pero la plantilla aumenta, las exigencias también y esta cuarta pide mucho para redondear y alcanzar el nivel esperado. Caballé hizo un trabajo esdrújulo de dinámicas y agógicas, con el rubato bien entendido como extra de expresividad junto a silencios para degustar en una OSPA (hoy con el bilbaino Xabier de Felipe de concertino invitado) que enseña músculo en este repertorio para lucimiento de cada sección. Pero aparecieron “agujetas” y faltó serenidad, mano izquierda y contención en las secciones que se lucieron por cuenta propia. Si el Allegro non troppo olvidó el calificativo aunque puso toda la carne en el asador, al menos en el Andante moderato sí se mantuvo cierta moderación. Pero llegado el Allegro giocoso el sonido resultó “atropellado” en vez de jocoso, desequilibrado por un balance demasiado homogéneo en los ff  y más brillante (que no delicado de presencia) en los pp, como volvió a suceder en el Allegro energico e passionato pese al esfuerzo de unos contrabajos descompensados en número y volumen. Puede ser que las versiones de bolsillo en el atril sean demasiado pequeñas a la vista aunque útiles como recordatorio, pero esta “cuarta” quedó desmerecida, el hamburgués no llenó y ¨C50C volvió a triunfar.

Mientras tanto, a esperar que esta Seronda astur no se pare porque las noticias son poco halagüeñas y seguramente la música en vivo vuelva a ser la gran perjudicada. Seguiremos apoyando nuestra OSPA y defender a Oviedo como la Viena del norte español, recordando que la cultura es segura.

Viajes bálsamicos con la música

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Viernes 9 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Seronda II, OSPA, Cristina Montes Mateo (arpa), Miguel Romea (director). Obras de Montsalvatge y Bizet. Entrada anfiteatro: 10 €.

Poco a poco recuperamos la vida musical aún sin saber qué sucederá mañana, acostumbrándonos a protocolos de seguridad, higiene, entradas y salidas a los recintos cual evacuaciones entrenadas tantos años con mi alumnado, programas y entradas por internet (no siempre individuales aunque finalmente la conseguí), la incertidumbre sin abonos, programaciones casi en el aire pero el bálsamo musical que supone siempre un concierto en vivo.

Desde esta anormalidad, la sala polivalente está a la vista, sin paneles y ganando espacio de fondo en el escenario, con lo que la nueva acústica sumada a la distancia entre los músicos, es aún mejor que antes al menos para mí, percibiéndose cada detalle a la perfección, incluso los leves desajustes que el rodaje continuado de nuestra OSPA, hoy con David Lefèvre de concertino invitado, volverá a engrasar, deseando más graves en la cuerda (especialmente cellos y contrabajos). Todo tiene su lado positivo en la convivencia con “el bicho”: no se escucha ni una tos, ni un móvil, el público respetuoso, disfrutando cada compás, cada silencio, y esta vez con un programa original y clásico, para viajar tanto en el tiempo como en la memoria sin movernos de la butaca.

Obras interesantes, novedosas, comenzando con el aire antillano y guaraní de Montsalvatge con su Concierto-capriccio (1975), aires de habanera en la Costa Brava mediterránea, el mar evocado por la siempre etérea arpa, obra dedicada y estrenada por Nicanor Zabaleta con la Orquesta Nacional de España dirigida por Frübeck de Burgos. A todos los pude escuchar en vivo, el arpista un habitual de la Sociedad Filarmónica de Oviedo en mi adolescencia, y la orquesta con el gran maestro en el Teatro de la Laboral de Gijón cuando celebrábamos a Beethoven con sus sinfonías. Ventajas de cumplir años, peinar canas y seguir festejando al “sordo de Bonn” casi 50 años después en este inolvidable 2020, un bisiesto que pasará a engrosar nuestra memoria sonora y sentimental.

El compañero de este viaje sería el Bizet sinfónico y juvenil, gran orquestador desde sus inicios, clásico en plantilla y estilo, aunque más deudor de Mendelssohn que de Mozart, apuntando a un lenguaje lírico en el que verdaderamente triunfaría, ese legado operístico de la capital asturiana en el segundo viaje vespertino.

El concierto de Montsalvatge nos permitió disfrutar de la arpista Cristina Montes Mateo, amplificada como es costumbre en este instrumento (como también sucede con la guitarra) pero muy bien ajustado el sonido para poder equilibrar una sonoridad orquestal potente, bien concertada por el Maestro Romea que mantuvo el balance idóneo en cada movimiento. La escritura sinfónica del catalán es interesantísima en toda la obra, ecléctica pero cercana, manejando las tímbricas que hoy consideramos actuales y que en su momento eran rompedoras. El Leggero inicial presenta un arpa virtuosa arropada por percusiones variadas en cada sección, evolucionando a todos los estilos de los que bebe unidos en un todo, recursos variados en un arpa descubriendo sonoridades variadas y un conocimiento del instrumento que pudimos apreciar en los tres movimientos (especialmente los pedales pero también el uso de percusión, cuerdas pulsadas con púas, frotadas y el catálogo tímbrico que le da un colorido especial). Bellísimo el Andante da camera que lució con ese diálogo con la flauta de carácter bucólico al que se suma una trompeta con sordina y el tutti en un delicado tejido que viste de color el sonido del arpa. Y la explosión rítmica, dinámica y jugosa del último Rondó Guaraní.Allegro,  el recuerdo del arpa paraguaya, unas variaciones sinfónicas del conocido “Pájaro campana” con la percusión mandando y luciéndose todos, unos graves escasos como apunté al inicio, y los difíciles encajes para un ritmo frenético donde Romea pareció más preocupado por las dinámicas que la necesaria agógica folclórica de la que Montsalvatge fue un maestro consumado. Maravillosa la interpretación de Cristina Montes, un encaje de bolillos impecable, luciéndose en sus cadenzas, jugando con todos los recursos de un instrumento siempre evocador en sus manos.

La propina igualmente impecable: recuerdos de guitarra y cimbalón, sueños zíngaros y andaluces, arpegios de arpa cristalinos del salmantino Gerado Gombau y su Apunte bético, la visión universal de la Sevilla natal de la arpista desde la inspiración viajera, aunque podría haber optado por el otro catalán internacional, Bacarisse, maestro no siempre reivindicado. Sonoridades propias de arpa “élfica” incluídas en su disco titulado precisamente “Voyage“, toda una délicatesse para el melómano en la interpretación de esta artista afincada en la ciudad del Turia que fue entrevistada por mi querida Aitana Vargas en un vídeo desde Los Ángeles, donde ha desarrollado parte de su carrera. El viaje musical que no cesa.

No es habitual escuchar la Sinfonía nº1 en Do Mayor (1855) de un joven Bizet, que con 17 años era alumno de Gounod. Bien explicada en las notas al programa de Natalie Sálem Uría, es una obra fácil de escuchar y llena de guiños que todos llevamos en nuestras mochilas. Miguel Romea supo transmitir a la orquesta el ímpetu del Allegro vivo con una cuerda compacta y el oboe de Juan Ferriol cantando como en él es habitual, derrochando musicalidad en su línea melódica con la orquesta bien de dinámicas y balances clásicos de transición romántica, el lugar común donde la orquesta se mueve como pez en el agua, el lenguaje sinfónico por excelencia, aires de caza en las trompas, maderas empastadas y timbales ajustados, los motivos casi de quinta beethoveniana. Y de nuevo la voz del oboe en un Adagio casi operístico y pastoral, el Bizet que deslumbraría desde su inspiración hispana llevado a las tablas, un “segundo acto” de tenor donizzetiano secundado por una cuerda sedosa.

Una pena no haber continuado su escritura sinfónica porque podría haber engrandecido el género desde la forma por excelencia y la inspiración melódica del francés. Brillante el scherzo Allegro vivace que mostró músculo en una cuerda bien engranada y limpia, la giga con aire de gaita impulsado por cellos y contrabajos de inspiración rústica pero más escocesa que francesa, de ahí mi comentado paralelismo con Mendelssohn, incluso con la sexta de Beethoven, empaste global apreciándose influencias estudiantiles bien asimiladas y escritas para lucimiento de todos. El final fresco, exhuberante y exigente del Vivace para una orquesta respetuosa con el podio, violines arriesgando desde un movimiento difícil, contrastes bien matizados mostrando buen entendimiento global y la necesidad de mantener un trabajo continuado que se hace difícil en estos tiempos convulsos. Obra para disfrutar escuchando y tocando, transmitiendo una alegría necesaria en todo momento por la juventud que emana y resuelta con la brillantez esperada.

No haremos planes a largo plazo, pero estos viajes musicales son balsámicos y ayudan a desconectarnos de un día a día indeciso, confuso, lleno de incertidumbres y donde la única seguridad es vivir intensamente. Nuestra OSPA en el otoño asturiano (Seronda), la estación más hermosa de esta tierra llena de color, nos ayuda a ello.

La Asturias sinfónica desde el corazón

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Lunes 28 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, sala principal: Conciertu de les lletres asturianes: OSPA, Óliver Díaz (director). Obras de Facundo de la Viña, Julián Orbón, Jorge Muñiz y Benito Lauret. Entrada gratuita (previa adquisición on line).

La Selmana de les lletres asturianes de marzo hubo de ser suspendida por las causas que todos conocemos, pero con esa vuelta prudente en la búsqueda de la recuperación de tanto que hemos perdido, al menos la música de nuestra orquesta asturiana vuelve a sonar paulatinamente en el auditorio con la pena de ver el aforo reducido (esta vez con menos butacas vacías) pero con las mismas ganas, puede que más, de disfrutar del directo.

Y el programa de clara inspiración asturiana no podía faltar, con la vuelta al podio del ovetense Óliver Díaz que presentó las obras antes de comenzar, acabando con un slogan válido en tiempos de covid: “La cultura ye necesaria, la cultura ye segura”. El maestro sigue creciendo en su carrera como director, hoy al frente de una OSPA que mantiene su calidad y sonoridad sin notarse el paréntesis del confinamiento, salvo ligeros desajustes al inicio que fueron encontrando el punto perfecto a lo largo del concierto, y las buenas sensaciones que transmiten todos.

Las notas al programa de Ramón Avello (que dejo enlazadas) aunque en asturiano pienso que son fáciles de entender, explicando detalladamente la esencia de las obras de estos cuatro autores ligados a nuestra tierra por distintas razones. “Resonancias sinfónicas del cancionero asturiano” por la clara inspiración de nuestra rica música popular y especialmente nuestra canción tradicional que aún sigue siendo estudiada desde tiempos de Pedrell, el padre del nacionalismo español citase al tratadista jesuita Eximeno la frase de que “Sobre la base del cantar popular cada nación tiene que construir su sistema musical“, y las distintas formas de usar el cantar popular las pudimos apreciar en este concierto.

Arrancamos con el gijonés afincado en Valladolid Facundo de la Viña (1876-1952), triunfador en su época, con una carrera que finalizaría en Madrid tras estudiar en París con el mismísimo Paul Dukas, y caído en el olvido como tantos otros, aunque poco a poco se esté revitalizando con distintas publicaciones y la tesis doctoral de Sheila Martínez Díaz. El Poema Sinfónico Covadonga (1918) consta de tres secciones que comienzan con la melodía a nuestra Patrona “Santa María, en el cielo hay una Estrella que a los asturianos guía“, a la que sigue un rítmico Allegro a partir de dos temas populares, ampliamente desarrollados, “Fuisti a cortexar a Faro” y “Aquel pobre marino” además de alusiones a otras dos canciones marianas asturianas como “Virgen de Guía” y la propia “Virgen de Covadonga“, antes de una última sección evocadora de cualquier fiesta asturiana que se precie, el “Fandango de Pendueles” más la tonada que canta “La virgen de Covadonga ye pequeñina y galana” (hasta mi madre la tocaba con un dedo en el piano de casa), típica advocación de “fe, fervor y heroísmo” (como escribe Avello) que no podía faltar en esta composición ex profeso para la conmemoración de la “Cuna de España” de un asturiano lejos de “la tierrina” inspirándose en nuestro folklore. Un arranque algo dubitativo en entradas puntuales pero engrasando rápidamente para poder disfrutar de una Covadonga llena de sonoridades románticas y donde la hoy concertino Eva Meliskova pudo lucirse “ad libitum”, siempre bien arropada por sus compañeros y un podio que permite esos “rubati” para solaz de solistas sin perder la unidad agógica.

Otro compositor asturiano y universal fue el avilesino Julián Orbón (1925-1991), al menos más presente en la memoria de todos (parte por su Guantanamera aunque muchos aún crean que es anónima), cuya música sigue sonando más fuera de nuestra tierra que en la suya. Reconocido no solo en México sino en Cuba y posteriormente en Miami, el director Eduardo Mata le definió como el “músico de las dos orillas”, la síntesis entre lo español y lo latinoamericano “al tratar de expresar la absoluta integración estilística de su música con los elementos más puros de ambas orillas del Atlántico” que escribió Mata y recoge Avello. También recuerda el crítico y docente gijonés que el 12 de mayo de 1991, una semana antes de su muerte en Miami el día 20, la recién formada OSPA se estrenaría con sus Tres versiones sinfónicas (1954) que este lunes volvieron a los atriles. La formación académica del músico nacido en la Villa del Adelantado (paradojas de la vida) empezó con su padre Benjamín y el ovetense Saturnino del Fresno en el Conservatorio de Oviedo para dar el salto a los EEUU donde Copland marcará su estilo sinfónico perfectamente reflejado en estos tres cuadros musicales con la forma de la variación cuyos títulos indican las líneas a seguir: Pavana, Organum y Xylphone, tres movimientos bien armados, especialmente el último donde Rafa Casanova brilló con ese tema casi a su medida, comandando una sección de percusión que mantuvo un altísimo nivel en todo el programa. Destacar la sonoridad de la cuerda, sedosa como si del maestro Copland se tratase, y una batuta siempre atenta a mimar el balance entre las familias orquestales desde la acústica “cambiada” por la ausencia del panel trasero (que deja ver la sala polivalente) y el gran espacio entre los músicos, lo que como espectador se agradece por la sensación de envolvente sonora aunque supongo que en el escenario esa distancia impida escucharse mejor entre ellos.

A Jorge Muñiz (1974) “le nacieron en Suiza” pero al mes ya estaba en su Asturias del alma, estudiando en Oviedo con la gran Purita de la Riva (heredera, alumna e intérprete de Saturnino del Fresno), Ruiz de la Peña o Leoncio Diéguez (a quien Covadonga también marcaría su trayectoria) antes del “obligado” salto madrileño para proseguir con Zulema de la CruzGarcía Asensio o Antón García Abril (otro compositor que también ha llevado Asturias en sus obras). Seguimos exportando talento, musical sobremanera, y en 1998, como casi 60 años antes Orbón, “cruzará el charco” para completar el sueño americano, becado por la Fundación Fulbrigh, primero el Master en Composición (en Pittburg) donde estudiará con Leonardo Balada, y ya como docente desde 2004 en la Universidad de Indiana. He seguido su trayectoria como compositor en varios conciertos que han estrenado sus obras, importantísima su ópera Fuenteovejuna (2018) también con la OSPA, incluso recuerdo el estreno por encargo de esta Asturias desde la distancia el 29 de abril de 1999 para inaugurar este auditorio, con Max Valdés al frente de la OSPA (aún no había comenzado a escribir mi blog), inspirado en nuestra tradición, la recogida por el “Cancionero de Torner” pero sin caer en el mal entendido folklorismo. Se reconocen los motivos de canciones como “No le daba el sol” o “A la mar fui por naranjas“, evocaciones del roncón de la gaita y hasta los giros de la tonada tan emparentados con el “cante jondo” o los muecines árabes, pero la evolución tanto en los aires como el ritmo dotan a esta obra de un lenguaje actual, fresco, con gran protagonismo tímbrico donde la percusión nuevamente así como el piano explorando sonoridades, tejen un tapiz musical que borda en oro las notas del “Asturias patria querida”  desde esa lejanía con cierta “morriña” (sintiendo el Ay! de mí que me escurez). Nuevamente excelencias de cada sección, madera y metales abrazando la cuerda, y el siempre atento Díaz en destacar lo necesario sin perder la globalidad.

Y no podía haber mejor conclusión tratándose de música asturiana que nuestro siempre recordado Benito Lauret (1929-2005) a quien tanto le debe nuestra tierra como director de la Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo”, de la Orquesta de Cámara de Asturias, predecesora de la Sinfónica de Asturias y la actual OSPA, pero mucho más como compositor de música vocal y sinfónica que sigue siendo de obligada interpretación.

Este murciano que supo entender nuestro folklore, nos regaló las Escenas Asturianas (1976) dedicadas al recordado Manuel Álvarez-Buylla, entonces presidente de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, que hasta las bandas de música han tomado como propias por la cercanía de sus temas, la calidad orquestal y magisterio del cartagenero al que aún se le debe un reconocimiento mayor que esta página sinfónica donde Óliver Díaz y la OSPA han puesto su aportación más directa.

Obra que más que un pupurri es el mejor muestrario o carta de presentación de nuestro patrimonio musical, con el maestro de ceremonias Díaz quien apostó por una interpretación sutil, muy contrastada, aires lentos para degustar y ritmos vivos como la vaqueira que permite lucir el virtuosismo de las flautas entre toda la madera. Me gustó cómo afrontó el director las distintas escenas cual acuarelista del instante más que del óleo reposado. La alegría contagiosa de nuestras melodías más populares, la orquestación impecable del gran Lauret y esa fusión final del Pericote llanisco con el “Asturias patria querida” mimada en todos los matices desde el podio y resueltas a la perfección por cada atril, sonando magistrales, emocionantes, empastadas, sentidas, para redescubrir detalles casi olvidados para una interpretación de primera.

Repetidas salidas de Óliver Díaz ante el entusiasmo de un público que supo compensarle el excelente trabajo de toda la orquesta y el mando en plaza de casa,  colofón perfecto no solo a un día de las letras sino de verdadera “folixa musical”.

P.D.: Bien de nuevo por el luminoso indicando autor y obras, así como el código QR para descargar el programa. Y aunque hoy primaba el “asturianu” y “les lletres”, sigue sin  sonarme nada bien llamar “concertín” a la concertino. Habrá que revisar que no todo es traducible a nuestra “llingua” pues no me imagino “falar de fugues y sonates” pese a mandar siempre #MUCHOCUCHO® (podría ser también #MUNCHUCUCHU®) a mis amistades musicales, más asturiano y nutritivo que la consabida mierda, el desear romperse una pierna o la boca del lobo sumada al “ToiToiToi” más en boga dentro de la lírica. Normalizar está bien pero “prau q’atrapa” no sirve como “campos magneticos”.

Explorando sabores musicales

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Viernes 18 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala principal. OSPA, Marzena Diakun (directora). Concertino invitada: Mirabai Weismehl“Seronda”, obras de Martinu y Weinberg. Entrada butaca: 15€.

Desde febrero que no escuchábamos a la OSPA en el Auditorio y con muchas ganas del reencuentro, ocupando “mi butaca” tras un estricto protocolo de seguridad e higiene y el aforo reducido. Primer sabor agridulce pues si normalmente el público estaba bajando (ya lo comenté en su momento), las circunstancias especiales como miedo, no excesiva publicidad, un programa “poco conocido”, entradas “on line”, taquillas a última hora para los “no iniciados en las tecnologías” (que son muchos y fieles) nos dejaban un aspecto desolador con demasiadas ausencias. Además la sala polivalente estaba abierta, el escenario preparado para los “otros conciertos de San Mateo” y parecía un ensayo matutino de los grandes conciertos, pero nada es igual. Programa en QR  evitando el papel como en la vida cotidiana. Pero como me está sucediendo en este regreso “escalonado” a mis conciertos, en cuanto comienza la música se  me olvidan las penas.

Hay que seguir reivindicando que la CULTURA es SEGURA además de ejemplar, y el público, como la orquesta, necesita el directo, el contacto visual y auditivo siempre único, distinto, irrepetible. Primer concierto sinfónico en el auditorio de esta “nueva era” donde nada es igual con el consuelo de los pobres: mejor así que nada.

Personalmente no quería faltar porque volvía la directora Marzena Diakun (Koszalin, Polonia, 1981) que tan buen sabor de boca me deja en sus visitas a Oviedo, desde la primera en mayo de 2017 y la anterior, un 25 de enero del año pasado que parece una eternidad, mi “temporada del divorcio” donde quise repetir con la polaca, así que “no hay dos sin tres” y me encandiló de nuevo.

Tras las palabras de agradecimiento por megafonía de la gerente Ana Mateo por esta “recuperación”, el recuerdo a los que ya no están en este lapsus de tiempo, concierto homenaje a los fallecidos pero también a los luchadores durante un confinamiento que se ha llevado demasiado en este breve espacio, de nuevo la música sinfónica resultó la mejor terapia. Y paradoja que los músicos, tan separados físicamente, hayan estado más cerca que nunca, un verdadero equipo entregado e ilusionado con volver, Diakun al frente con mano firme, gesto claro y dominadora de las dos obras elegidas.

Martinu y Weinberg son compositores del siglo XX que beben aún de toda la gran tradición europea para crear lenguajes nuevos en un perfecto dominio de la técnica para poder y saber innovar. Nuestros gustos musicales son un paladar que necesita probar y catar nuevas expresiones, la cerveza clásica está bien pero toca disfrutar de las artesanas, distintas, con sus semejanzas y diferencias, apostando por un mercado educado en lo de siempre que necesita seguir probando, creciendo y conociendo nuevas sensaciones. Manteniendo el paralelismo cervecero, Diakun hizo de maestra artesana elaborando un programa cual cata para paladear, una respuesta de ingredientes en las proporciones exactas y sin excesos, una hora que resultó como una caña, menos cantidad que la pinta para no empachar y quedarse con ganas de otra ronda probando más sabores.

Eliminada del programa previsto (al no ser este un “concierto al uso”) Le festin de l’araignée de A. Roussel, que hubiera alargado el espectáculo pero también ampliado sabores, la Sinfonía Nº 3, H299 de Bohuslav Martinů (1890-1959) recrearía sin palabras como banda sonora del momento actual, si comparamos cúando y como fue escrita (tras la Segunda Guerra Mundial). Perfectamente descrita en las notas al programa de Daniel Moro Vallina, la orquestación es plena incluyendo arpa, piano y abundante percusión. Su escritura (En mi música he recibido múltiples influencias pero sobre todo de la música nacional de Checoslovaquia. De Debussy y de los madrigalistas ingleses decía el propio compositor) está pensada como pequeños grupos de cámara que van contestándose y la colocación de los músicos tan separados ahora, unido a una acústica distinta, hizo percibir unas calidades nuevas en la OSPA, matices cuidados por Diakun con un sonido envolvente, claro y perfectamente balanceado en cada momento a lo largo de los tres movimientos “clásicos” de que consta esta tercera sinfonía, de las seis compuestas por Martinu. El panel luminoso que tapaba la tarima iba informando puntualmente (un acierto) mientras disfrutábamos de nuevas emociones necesarias.

El Allegro poco moderato nos devolvió al oído la mejor cuerda de los asturianos: tersa, doliente, con los “latigazos” del piano, dinámicas extremas y una pulsación bien mantenida. Sutil lenguaje sinfónico, pinceladas percusivas, ímpetu desde el podio, tímbricas para explorar, metales contundentes y final preciso. El Largo triste, sentido, evolucionando del modo menor al mayor como la alegría que podríamos pensar surgió durante la escritura de este movimiento tras conocer Martinu el desembarco de Normandía desde su retiro de verano en Ridgefield (Connecticut). Transcribir a música los sentimientos es muy subjetivo pero me dejo llevar por este discurso como “nota de cata”: bien escrito y equilibrado de matices, aroma de ALE, flautas delicadas con esa espuma de pizzicati enriquecido con los toques del piano, la cuerda infinita cual hilo dorado iluminado por el viento refrescante antes del último Allegro – Andante, explosivo, triunfante, contagiando esperanzas, riqueza de tutti con reguladores amplios y extremos, sordinas lejanas y flashes electrizantes, una marea de sensaciones para paladares curtidos. Bien servido, a la temperatura ideal, disfrutando del color, el aroma, la historia y el sabor de esta artesana checa con poso.
La segunda “botella” nos llevaría a otra tierra y receta, no por conocida igualmente sabrosa y descubierta no hace mucho. Cuando se cumplió el centenario del nacimiento en Varsovia de Mieczysław Weinberg, un coloso de la música soviética y origen judeo-polaco, era prácticamente desconocido para el melómano occidental hasta bien entrado este siglo, pero va ocupando rápidamente el lugar que le corresponde en la historia de la música. Su ostracismo podría atribuirse a las terribles circunstancias históricas que le tocaron vivir y padecer (nazismo y holocausto primero, el régimen stalinista más tarde) pero no al incuestionable interés de una obra que siempre gozó en su país adoptivo de defensores de altura (como Shostakovich o Rostropovich), produciéndose como escribían en el Scherzo de diciembre pasado, un ‘Weinberg boom’ en cuanto a grabaciones equiparable a las nuevas marcas cerveceras. Su ‘Rapsodia sobre temas moldavos’ op. 47-1 (1949) tiene todos los ingredientes para gustar, como tantas del este. Se comienza a servir lenta, cuerda susurrante de la que surge el oboe melancólico, los aires de música judía que mi generación asocia al musical y posterior película “El violinista en el tejado“, esta vez femenina y desde el otro lado del charco, la concertino invitada que se lució en buena lid con otros primeros atriles mientras la Maestra Marzena iba dejando posar y pasar, esperando surja y “aposiente” la espuma para ir mimando intensidades y colores, refrescante y contagiosa música de Weinberg (que hasta tiene nombre de cerveza), un vivo final con la cuerda compenetrada y compacta, percusión empujando, madera rebosante y metales poderosos.
Una velada completa, desde el homenaje sentido a las ganas de vivir, apostando por lo menos conocido mientras educamos el paladar sonoro, una carta amplia que todos queremos seguir probando.

Baset con valentía y coraje

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En tiempos de pandemia llega el nuevo trabajo de Forma Antiqva con su sello alemán Winter&Winter dedicado a las sinfonías del valenciano Vicente Basset, violinista y compositor de la orquesta del Coliseo del Buen Retiro de Madrid, durante los festejos organizados por Farinelli, además de violinista en la compañía teatral de la actriz y empresaria María Hidalgo. Las oberturas y sinfonías están editadas por Ars Hispana, a quien siempre debemos felicitar por su rigor y trabajo, edición crítica a cargo de Raúl Angulo Díaz publicada por la Fundación Gustavo Bueno (Santo Domingo de la Calzada, 2013) a partir de los originales copiados para Carl Herman Leuhusen, secretario del Embajador de Suecia en Madrid de 1752 a 1755, 12 sinfonías u oberturas para cuerda conservadas en la Biblioteca Nacional de España y en la Biblioteca Pública Estatal de música en Estocolomo (Stockholm Statens Musikbibliotek) aunque aún falte por encontrar una de ellas.

La formación asturiana dirigida por Aarón Zapico continúa con la recuperación de nuestro patrimonio musical enriqueciendo repertorios y grabaciones, esta vez gracias a una Beca Leonardo de la Fundación BBVA del pasado año. Obras de Basset ya rodadas en distintos formatos y conciertos equiparándolas tanto a nuestros Nebra o Laserna como al gran Haydn, era hora de grabar estas once joyas sinfónicas con una orquesta barroca llena de músicos de primera, cuyos nombres dejo al final de esta entrada, habituales muchos de ellos en distintos programas afrontados por los langreanos y que tienen momentos de lucimiento con solos de altura y virtuosismo.

Grabado antes de la pandemia en el Estudio UNO de Colmenar Viejo (Madrid), la toma de sonido es impecable, pudiendo disfrutar de su escucha en Spotify©, en un ordenador pero sobre todo en una cadena musical, mi caso a todo volumen porque no hay vecinos que protesten, con esa sensación de tenerlos en casa a todos tocando para mí solo.

El éxito internacional parece haber llegado antes que a esta piel de toro nuestra donde nadie es profeta en su  tierra, pero el legado queda y el tiempo pondrá en su sitio esta aportación impagable del tandem Forma Antiqva y Ars Hispana a nuestro patrimonio musical español desde Asturias, esperando que la industria cultural no se quede en mera intención política.

Una edición discográfica en la línea alemana de calidad en todos los detalles, con notas del propio Aarón Zapico que nos acercan al trabajo previo de diez años en la búsqueda de estas sinfonías de Baset (o Basset), con valentía o incluso “con coraje” tomando la traducción inglesa, pues así hay que tomar el trabajo previo que hay en cada página.

Dejando que cada músico se implique, se haga copartícipe de la partitura, dominadores todos ellos de este lenguaje tan internacional y exigente sin olvidar la seña de identidad autóctona en algunos movimientos, manteniendo la alternancia de movimientos, la estructura formal pero volviendo a apostar por esos contrastes “marca de la casa” (como en el inicio de la tercera sinfonía, donde los pizzicati de los violines y su dúo son venecianos en esencia, casi diría que veraniegos) no solo dan vigor interpretativo sino colorido tímbrico, apuestas con la valentía que siempre tiene el mayor de los Zapico en sus trabajos y que nos asombrase hace años con unas “estaciones granadinas” sin perder ni un ápice el coraje y visión rigurosa en tiempos de mediocridad.

Siempre difícil aportar un repertorio nuevo de calidad, este Baset la tiene en todas y cada una de las once sinfonías – oberturas grabadas por los asturianos para el sello alemán. Podrían firmarlas cualquier italiano, inglés, francés o austríaco pero lo hace este valenciano en aquella corte madrileña del XVIII donde la música tenía personalidad e importancia, y Forma Antiqva refleja este periodo histórico fiel a su espíritu original desde la actualidad a la altura de las mejores orquestas europeas (que es decir mundiales).

La aportación del viento (en la segunda “Apertura” el oboe es magnífico y otro tanto toda la madera en la cuarta, dándole incluso espíritu guerrero), con un continuo que nunca defrauda (primoroso el Andante de la Bas11 con los gemelos Zapico) dándole la textura idónea (Minuete de la tercera), y adornadas con las pinceladas maestras de una percusión siempre en su sitio (Tempo di Minué de la Bas12, duodécima, o en el Minué de la Bas4). La paleta sonora equiparable a los grandes compositores europeos en esa transición estilística, sino puro Clasicismo, más clara de lo que la historia nos ha contado que se hacía en España, tildándonos de ir por detrás de las modas porque el barroco seguía imperando en suelo patrio ajeno a la Viena imperial.

Cuánta música por descubrir que “desfaga entuertos”. Hay que quitarse de una vez los complejos y escuchar esta grabación abriendo bien los oídos, y la mente, disfrutar con valentía y coraje del Baset internacional.

Músicos:

Aarón Zapico, director musical. Oboes: Pedro Castro, Jacobo DíazFagot: Joaquim GuerraViolines: Jorge Jiménez, Víctor Martínez, José Vélez, Cecilia Clares, Belén Sancho, Daniel Pinteño, Vadym Makarenko, Marta Mayoral, Irene Benito. Violas: Daniel Lorenzo, Lola FernándezCellos: Ruth Verona, Elisa JoglarContrabajo: Jorge Muñoz. Guitarra barroca: Pablo Zapico. Tiorba: Daniel Zapico. Clave: Adrià GràciaPercusión: David Mayoral.

Regresos inciertos

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Toda una vida desde el último concierto en vivo aquel 12 de marzo, nada haría pensar lo que se nos vendría encima. La música siempre en mi vida aunque el directo sea siempre irrepetible. Confinamiento con conciertos y óperas en “streaming”, compras de discos nuevos “on line”, revisiones de mi amplio fondo musicográfico, lecturas que hicieron más llevadero un curso escolar no solo atípico y “a salto de matas” sino insufrible, sin horarios ni organización, supliendo todo con las buenas intenciones.

La desescalada, los encuentros en todas las fases, el abrir la economía a sabiendas de que todo volvería como una pesadilla, el “monotema” del bicho que se llama Covid-19, las medidas incomprensibles de entender en tiempos de incertidumbres donde todo cambia de un día para otro.

La cultura siempre olvidada, mejor el fútbol sin espectadores o las plazas de toros a rebosar, y que no falten las terrazas que entre todos nos mataremos y la vida que no volverá a ser igual nos ha tapado la boca en todos los sentidos.

Hemos vuelto al Instituto, todo en el aire, sin Aula de Música y cual viaje al pasado después de 33 años de ejercicio docente, volver a itinerar de aula en aula aunque no pienso cargar con el piano, que para eso tengo mis materiales (como siempre), pero reinventando una materia donde no podremos usar instrumentos (desinfección también en la cotidianidad), no movernos, cantar con la mascarilla (si se puede), evitar el papel y múltiples interrogantes. A fin de cuentas es la vida del docente y casi la del melómano. Ya sabíamos que NADA VA A SER IGUAL por mucho que se quiera maquillar o engañar, la tontería de la “NUEVA NORMALIDAD” que realmente será ANORMALIDAD COVID, y sin fecha de finalización, a mí que programar es la base laboral y de ocio ahora convertida en una sesión de jazz donde improvisar con sus reglas también será difícil.

No he vuelto a ningún concierto en vivo, el miedo lo invade todo aunque la música sea mi terapia vital y la radio siempre compañera fiel de desvelos. No concibo aunque entienda el distanciamiento obligado, las butacas vacías, la empatía con el escenario de ver al público enmascarado y socialmente alejado. El contagio será la nueva lotería, la gripe volverá a ser protagonista este otoño pero necesito la música.

Septiembre de vuelta al cole esperando sea segura, de vuelta a la música en vivo más segura dentro de la incertidumbre. Necesidades y dudas que no pueden pesarme como una losa, así que este viernes 4 ¡me voy a la ópera! e iré retomando mi ritmo si me dejan.

Contaré la excelencia de apostar por nuevas obras en la Vetusta de rancio abolengo con la temporada “mateína” de mi adolescencia, la palabra cantada y la escena desde un “subrealismo” centenario que cual moda retorna en este 2020 bisiesto, olímpico cancelado y horrible para todo/s.

Saldremos de mi Campoamor querido, saludaremos si nos reconocen a mis amistades musicales, cenaremos con la moderación total del menú, la charla y la distancia, y de madrugada llegaré a la aldea.

Pero no me sentaré directamente en el ordenador sino que dejaré reposar emociones, mantendré otra distancia perdiendo la frescura y espontaneidad del momento. Haré una digestión razonada y lenta porque la vida no sigue igual, la música sonará siempre distinta aunque parezca inmutable en el papel (que todo lo aguanta). La interpretación personal e intransferible, aunque el placer melómano sí podré compartirlo. Es luz de esperanza.

Gracias por seguir ahí.

Alma del maestro y amigo

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Mi querido maestro y amigo Manuel Hernández Silva (Caracas, 1962) sigue llevando en las venas su sangre venezolana, alma universal agrandada con los años entre nosotros.
Nos  conocimos en Covadonga allá por los inicios de los 80 durante unos cursos que organizaba FECORA, entonces estaba estudiando viola en Viena, su segunda casa, y en un puente largo del otoño asturiano trabajamos un Requiem de Mozart que nos dirigió en Cangas de Onís para recordar toda mi vida (Rex tremenda) aunque fuese solo con acompañamiento de piano, sin olvidarme de las largas sesiones de música en la Casa de Ejercicios o de tertulia en el Don Pelayo o El Peregrino, con su magisterio, simpatía, talento, enciclopedia folklórica des tierra y virtuoso del cuatro, nuestro Manuel al que le cantábamos lo de “¡Ay! Manolín va cojete la xelada… nun te vas quedar en nada” con el que desde entonces arrancaría una amistad imperecedera de casi 40 años compartida con muchos más.

Por ello supuso una alegría enorme saber de su vuelta a la “madre patria” en 1992 como director titular primero en Murcia (siempre en su corazón), después en Córdoba (2005), Málaga (otro Requiem para recordar) y Pamplona, siempre dejando su huella imperecedera, haciendo crecer aficiones y aumentando su lista de amistades. No he perdido la mínima ocasión de poder acercarme a algunos de sus conciertos y óperas siempre que he podido, incluso recuerdo una gala de reyes en 2013 con Beatriz Díaz en Santiago de Compostela al frente de la Real Filharmonía de Galicia, una de las muchas orquestas españolas donde le invitan con frecuencia, aunque tristemente todavía no haya dirigido a nuestra OSPA, algo extraño e inexplicable porque su batuta ha estado al frente de casi todas las formaciones nacionales, su vertiente pedagógica con las orquestas jóvenes, amén de una amplia agenda de compromisos internacionales que esta pandemia ha truncado, pero no su inquietud ni trabajo, aprovechando para sacar a la luz esta autobiografía en un momento vital y profesional óptimo, unas memorias tituladas Deshabitando el alma, de la que se han hecho eco muchas publicaciones nacionales digitales como Málaga hoy, RitmoBeckmesser, Mundo Clásico, Navarra digital, o Melómano Digital e incluso internacionales como El Universal. La Editorial Kalathos (que ha asumido la responsabilidad de dar a conocer las voces venezolanas en Europa) es la que le ha brindado esta oportunidad de poner en papel su alma fuera de los “cinco barrotes” como se refiere poéticamente al pentagrama en muchas ocasiones.

El pedido llegó puntual, antes de lo previsto, y el libro lo devoré en cuanto lo abrí (está disponible en varias plataformas que tanto nos han ayudado en acercarnos hasta casa lecturas y escuchas necesarias). En este obligado confinamiento no he dejado de consumir música enlatada como su reciente grabación para YouTube© con la OFM de la Titán de Mahler, una despedida que no ha podido ser como se merecía, o el CD para el sello amarillo con la orquesta gallega junto a su compatriota el gran Pacho Flores que me hizo revivir nuestro último encuentro en Málaga cual regalo navideño antes de volver de mis últimas vacaciones en la Costa del Sol sin poder quedarme a un concierto increíble.

Siempre me encantó su verbo fácil con un acento que no ha perdido con el paso de los años, sus modismos venezolanos sobre el papel, sus anécdotas desde la cuna hasta su llegada a España donde Viena ocupa mucho espacio (al igual que en su corazón). Honrando a la familia y a sus amistades, capaz de sintetizar tanto en tan poco, 99 páginas organizadas en ocho capítulos de distinta extensión que daría cada uno para una obra independiente. Todo un viaje interior prologado por su amigo José Francisco Burgos que no escatima adjetivos además de desear al “amigo leyente” que disfrute “(…) de la música de este cuerpo cierto, que se llama texto“. La contraportada de Octavio J, Peidró tampoco tiene desperdicio, “abre la puerta de par en par y nos invita a descubrir, sin ambages, su universo más personal e íntimo“.
Cómplice con el lector va desgranando sus años de colegio, adolescencia y juventud, locuras compartidas, aprendizaje de la propia vida, la familia como hilo conductor, aromas musicales, cuatrista de calle y teatro con mandolina frustrada en Don Giovanni, anécdota curiosamente también vivida en carne propia con paralelismos increíbles que aún unen más nuestros caminos. Poesía desde la prosa, poesía pura en cada cita, formando un todo único cual sinfonía mahleriana, y cómo no, ese vals vienés de ida y vuelta, el 3/4 y el 6/8, el ritmo como motor con el que “mi Manolín” impregna su vida diaria, latido caribeño de frío europeo, calidez humana y calidad musical, el empaparse siempre de Mozart y Haydn pero también el Beethoven vienés como el café o la tarta Sacher trufado con su folklore natal obviando el pop de entonces (aunque tenga una anécdota no escrita de los Rolling Stones en Viena).
Agradecido siempre de tenerle cerca del corazón, esperando otra escapada en torno a unas cañas fresquitas y una buena mesa en compañía de los nuestros, con la música como perfecta disculpa aunque innecesaria. Biografía no toda conocida y siempre enriquecedora, detalles ampliados desde la desnudez sincera del maestro.

Manolín, esta tierra asturiana que tanto quieres sigue esperando un viaje necesario para seguir ampliando tu vida apasionada y apasionante que has compartido con todos. Gracias maestro amigo.

Incertidumbres

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Mis abonos están congelados, muertos, esperando lo que no llega. Nos cogió a todos de improviso y comenzamos a ver desaparecer del calendario nuestros conciertos ya pagados, nuestros abonos fieles que son más que un sueldo toda una ilusión. Pensábamos que todo volvería a la normalidad, pero pasaban las semanas y caían las hojas del calendario como en un otoño fuera de temporada, recordando mi triste final de 2018 encerrado por obligación.
El viernes 13 de marzo saltaba la alarma, se cerraban espacios públicos y acudíamos al instituto sin alumnos, para una reunión atípica separados entre nosotros como apestados. Al menos esa semana pude disfrutar en familia, y ya con la gente asustada, de Noelia Rodiles, pero desaparecía el primer concierto esperado, nada menos que el violinista Michael Barenboim y la Orquesta de la RAI dirigidos por James Conlon el sábado 14 dentro de los Conciertos del Auditorio de Oviedo, con Mozart (obertura de La Clemenza di Tito y el Concierto nº 1 de violín) más la primera de Mahler. Ya no habrá más tema de conversación que el dichoso Coronavirus, después Covid-19 que parece más científico que llamarlo directamente “virus de mierda” o cinematográficamente “El virus del miedo”.

La siguiente semana no depararía tampoco cambios y se quedaban, aún no sabemos si aplazados o cancelados, otros dos: el miércoles 18 con el cellista Pieter Wispelwey y la Orquesta del Siglo XVIII dirigidos por Gustavo Gimeno en un programa monográfico de Schumann, mientras el viernes 20 nos despedíamos del noveno de abono de la OSPA, “Lenguajes propios II”, otro concierto esperado con dos invitados, el pianista macedonio Simon Trpčeski y el prometedor director Pablo Rus Broseta, con Shostakovich y el segundo Concierto para piano y orquesta más la segunda de Sibelius. Oportunidad perdida de seguir con la historia “Conociendo batutas con la OSPA”.

Sumábamos otra semana en blanco y comenzábamos a escuchar música grabada (que al menos tengo para varias vidas) con cierto mono de escribir aunque comentando discos en vez de conciertos, y a conectarnos con muchas plataformas de conciertos en streaming que abrían sus plataformas a todo el público. La Primavera Barroca se marchitó nada más llegar y así el miércoles 25 nos quedamos sin The King´s Consort mientras el viernes 27 de marzo otro aplazado “sine die” de la OSPA, el décimo de abono “Orígenes”, conferencia previa a las siete, y esta vez con protagonismo femenino, la ayudante de concertino Eva Meliskova que actuaba de solista y en el podio la colombiana Lina González Granados, con obras de BachStravinsky y Mendelssohn. El cansancio pesaba y ni escribir quería…

El arranque de abril volvía a ser tremendo a nivel general en España, todo parado, confinados con mucho miedo, devorando noticieros y “fake news“, mientras en lo musical se llevaba por delante en “La Viena española” de Oviedo tres actividades: primero la zarzuela Katiuska muy esperada esta temporada el jueves día 2, con Ainhoa Arteta de figura estelar (con una gala fuera de abono el día 24 de abril también cancelada) junto a Martín Nusspaumer y otras voces ya conocidas en el Campoamor; después el concierto extraordinario de Semana Santa con la OSPA el viernes 3, con la vuelta de Kynan Johns al podio junto al Coro de la FPA y un Beethoven de 250 aniversario con su Misa en Do mayor op. 86 sumando un buen plantel de solistas tras la Sinfonía Londres de Haydn.
De mis gustos omnívoros también nos quedamos sin Zenet en el Teatro Filarmónica programado para el sábado 28 de marzo repitiendo “la Guapería de Gijón“.
El domingo 5 ya comenzamos a leer “cancelado” en vez de “aplazado” por todo lo que supone rehacer agendas, y en esas deberíamos haber disfrutado dentro de “Los Conciertos del Auditorio” con los alemanes de Stuttgart, su coro de cámara y la capilla instrumental, Kammerchor Stuttgart / Hofkapelle Stuttgart dirigidos por Frieder Bernius que nos hubiesen deleitado con Mozart, primero el Requiem y después las Letanías, programa ideal para una Semana Santa que vendría con pasión y muerte sin resurrección.

Mientras tanto a seguir en casa trabajando “on line”, adaptándonos a crear materiales en “la nube” para un alumnado al que llaman “nativos digitales” pero que no todos tienen ordenador en casa o menos aún conexión (y ya no hablemos de la Asturias rural), como mucho un móvil al que su saldo queda temblando, con familias donde hermanos y padres comparten lo que tienen. Atención individualizada nada parecida a la presencial (necesaria porque educar también es convivir y socializar), y no quiero ni contar cómo es la “Música” en ESO, por lo que las llamadas “vacaciones” solo las salvó mi buena costumbre de seguir con las dos pasiones de Bach (bendito YouTube©) y mi particular resurrección de Mahler desde Lucerna, sin olvidarme de Victoria.

Se detuvo abril, al menos Radio Clásica sigue como siempre, “Entre dos luces” omnívoros musicales y echando mucho de menos la música en vivo, nada comparable con las óperas y los conciertos en plataformas de pago que ahora se abren para posiblemente buscar ganancias cuando acabe este enclaustramiento, el directo irrepetible y sin ayudas tecnológicas ni micrófonos que equilibran lo que la sala o las voces no logran.

Otra semana horrible y cuatro conciertos menos: el Ensemble 1700 del miércoles 15 dentro de la Primavera Barroca, al día siguiente el esperado contratenor de moda Jakub Orlinsky con Il Pomo d’Oro (jueves 16), el undécimo de abono “Legados” de la OSPA el viernes 17 que nos hubiese devuelto a la gran directora Marzena Diakun en un programa verdaderamente jugoso, y el domingo 19 cuando nos traería a la violinista Isabel Faust con Les Siècles.y François-Xavier Roth a la batuta para un monográfico dedicado a Stravinsky.

Avanza abril y otra ausencia irreemplazable aunque esperando se “reprograme” como era la vuelta de Martha Argerich con la Sinfónica de Lucerna el jueves 23, más otro extraordinario fuera de abono de la OSPA con Mayte Martín y Joan Albert Amargós el viernes 24, uno de esos conciertos distintos, Tempo rubato para una versión personal y “quasi flamenca” de El Amor Brujo (Falla).

Despedíamos abril como comenzase, incluso sonó como nunca “Quién me ha robado el mes de abril” (mejor que un “Resistiré” que no resisto), más cancelaciones como la del violinista Ilya Gringolts con la Orquesta de la Radio Noruega dirigida por el peruano Miguel Harth-Bedoya el martes 28 dentro de los Conciertos del Auditorio o el duodécimo de abono, “Contrastes II” de la OSPA para abrir mayo en un extraño día del trabajo donde deberíamos haber escuchado a Juan Barahona en el piano con Jordi Bernácer en el podio (que sigue esperando un titular como agua de un mayo estrenado). Al menos el Ateneo Musical de Mieres estuvo currando desde el inicio de esta cuarentena siempre “Repartidos por casa” con varios grupos de cámara que prepararon un concierto virtual emitido el sábado 2 patrocinado por el Ayuntamiento de Mieres, siempre mimando la cultura y apostando por estos “tiempos modernos” donde un virus nos abofeteó y seguimos  grogui.

Mayo era un mes de lo más prometedor en mi agenda, florido y hermoso aunque marzea tras abril, con todo bien programado desde septiembre del año pasado pues así funcionamos los docentes y melómanos, apuntando cada evento para no perderse nada aunque la dura y cruda realidad nos lo quitó todo.

Sin las conferencias de La Castalia que había preparado su III Ciclo verdaderamente apetecible que arrancaría el martes 5 con mi querida amiga y compañera de facultad Mª Luz González Peña, una avilesina en el archivo de la SGAE para contarnos desde su trabajo las más de 10.000 zarzuelas que atesoran. Sin el Handel de L’Apotheose en la Primavera Barroca carbayona. Sin la ansiada María Moliner de Antoni Parera Fons a estrenar en la temporada de zarzuela del Campoamor con Victor Pablo Pérez en el foso al frente de la OFilMaría José Montiel en el rol protagonista de la famosa bibliotecaria y filóloga, junto a Amparo Navarro o Simón Orfila entre un elenco de voces excepcionales que Oviedo siempre espera con ilusión.
También sin el esperado decimotercero de abono con la OSPA dedicado a Telemann desconocido bajo la dirección de Carlos Mena con el poco conocido oratorio Der Tag des Gerichts, y unos solistas españoles encabezado por María Espada, Juan Antonio Sanabria, José Antonio López más nuevamente el Coro de la FPA, junto a una conferencia previa para el reciente viernes 8 de mayo. Huérfanos también del Homenaje a Lorca con el espectáculo “El Poeta y La Luna” que el Ateneo Musical de Mieres iba a repetir tras el éxito de diciembre 2018.

Llegamos a esta semana del 11 al 17 que completa dos meses enclaustrados y perdidos en casi todo. El martes 12 sería la segunda conferencia de La Castalia con ganas de escuchar al joven compositor Gabriel Ordás, hablándonos de su obra lírica, mientras este jueves 14 hubiera llegado otro de los soñados en Oviedo que se cancelará aunque figure como aplazado porque cuadrar fechas para estos artistas se hará imposible: nada menos que un monográfico Bartok con Sir Simon Rattle y la LSO dentro de los Conciertos del Auditorio que habían programado para esta temporada de mucha altura.
El proyecto LinkUp de la OSPA (este año de nuevo La Orquesta Canta) que con tanta ilusión preparamos desde casi todos los centros educativos asturianos a lo largo de este curso escolar (que no olvidaremos jamás) para hacer música todos juntos también se ha cancelado esta semana a pesar del esfuerzo de alumnado y profesorado así como de la propia OSPA y muchos de sus músicos que han intentado hacerla sonar desde casa, pero la experiencia que vivimos todos en la sala sinfónica tampoco podrán compensarla Internet ni las redes sociales. Parón emocional y también económico para la cantidad de autobuses que hubieran llenado los alrededores de la Plaza de La Gesta (o del Fresno, según toque al gobierno local de turno).
Es grande el refranero español, “Mal de muchos consuelo de tontos” al ver que seguimos huérfanos de música en todo el mundo y no ya en la desunida unión europea, de la que Ibermúsica está padeciendo y mucho, con Alfonso Aijón deleitándonos desde Instagram en una genial conversación con Pablo L. Rodríguez para “La Música Confinada” de Scherzo (mi revista habitual que por primera vez no mandó a casa las revistas de abril y mayo aunque las regaló a todos en PDF, siempre de agradecer), otro de los canales que me han ocupado “cuando la tarde languidece y renacen las sombras”, vamos que no estaba teletrabajando aunque siempre esté pegado a una pantalla.

La semana próxima aparecían en mi agenda la chelista Alisa Weilerstein en la Primavera Barroca el martes 19, más el abono 14 de la OSPA, de nuevo celebrando a Beethoven el viernes 22, con Christoph König dirigiendo la séptima del genio de Boon así como a Schumann o el concierto de cello de Haydn con Kian Soltani de solista, manteniendo una estructura de concierto decimonónica para un siglo que busca no ya un director sino nuevos públicos. Menos mal que mi inversión en abonos no incluye el Festival de Danza porque entonces “mi ruina” ya hubiese sido total.

Y la Oviedo Filarmonía bajo la dirección de su titular Lucas Macías, nos debería traer el Requiem de Verdi (muchos difuntos para recordar) con el Coro de la FPA junto a un cuarteto solista de lo más operístico el domingo 24, pero tampoco me imagino yo el auditorio ovetense con un tercio de aforo (creo que los abonados ya ocuparíamos mucho más) o la orquesta y el coro separados cada uno de sus músicos dos metros además de rodearse de metacrilato (a precio de oro para la Fase 1) o actuando con mascarillas. Despropósitos de los expertos que crecen como setas en todos los terrenos al igual que los “periolistos” capaces de hablar sin saber… muchos interrogantes, dudas, mariposas en el estómago, insomnios muchas noches, confinamiento respetuoso, acatar las normas y así “ad infinitum“.

No hay nada claro en el horizonte, cada día aparecen decretos ministeriales, órdenes autonómicas, instrucciones incompletas, fases de desescalada (aumenta la jerga sin sentido) cual concurso televisivo sin pasarela, bulos permanentes, odios y enfrentamientos en redes o platós televisivos y estudios radiofónicos, insatisfacción y cabreo en toda la sociedad de a pie con unos políticos cada vez más alejados de la realidad. Se apela a la responsabilidad de todos y al sentido común (el menos común de los sentidos).

Mi agenda sigue llena de anulaciones, aplazamientos y cancelaciones… ya estoy cansado tras dos meses encerrado en casa escuchando discos, Spotify©, entrevistas de todo tipo o conciertos en los miles de canales que hay en Internet. Estoy cansado de leer libros nuevos o releídos (con más poesía que novela). Cansado de ver películas de todo tipo (aunque confieso debilidad por las musicales de todo tipo) y series en canales como Netflix, Movistar o Amazon en un caos visual de tanto trabajo delante del ordenador.
No me apetece ni quiero tanta pantalla, echo de menos “mi música” en vivo, los conciertos en Oviedo, Gijón, León, las escapadas a Bilbao, Málaga o Pamplona. La mal llamada “nueva normalidad”, otro eufemismo horripilante en una sociedad cada vez más pobre y quebrada, no tendrá nada de normal y tendrá todo de nueva. Incertidumbre en todas partes, las necesidades vitales con la salud primero y el trabajo después, le pese a quien le pese (es decir a los de siempre), ayudar a quienes se han quedado sin nada, con demasiados muertos por el camino y hambre en pleno 2020.

Prioridades ideológicas antes que las diarias, las de gente corriente como nosotros, el fútbol sucedáneo del “pan y toros” porque mejor entretener a la masa aborregada mientras hacen caja en partidos planteados sin público (como los conciertos), los necesarios test para los que puedan pagarlos, la puerta cerrada a la cultura con todo lo que mueve y significa para miles de autónomos que ven derrumbarse su vida sin ingresos ni ayudas ni siquiera perspectiva de futuro en un presente muy negro y un futuro impensable por no decir terrible. La generación actual no quiero pensar qué le espera pero tampoco a la mía, con 61 años y casi 33 cotizados.

Palabrerío y apariciones televisivas que no aclaran nada a nadie, sembrando más odio, envidias, cabreos, cacerolas y aplausos en claro “diminuendo”. Al menos la música me acompañará siempre, pero hay algo que tengo claro y escribí ya en Twitter cuando nos confinaban:

NADA VOLVERÁ A SER IGUAL

Roberto Álvarez y la integral para flauta de Brotons

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Uno que peina canas hace tiempo, puede presumir de muchas amistades musicales a lo largo del mundo, y una especial por haberle dado clase en el IES “Carreño Miranda” de Avilés, allá por los años 80, el flautista Roberto Álvarez que lleva desde 2007 en la Orquesta Sinfónica de Singapur como piccolo solista, porque también exportamos talento musical, de lo que escribí una entrada “Músicos asturianos por el mundo“, parodiando los muchos programas televisivos que recuerdan nuestros emigrantes no siempre culturales, y de hecho a Rober creo que deberían hacerle uno pero a escala nacional y no solo regional. Con un curriculum apabullante y de trayectoria impecable, desde el Lejano Oriente no ha dejado de triunfar como solista y docente, siempre activo en las redes y sin parar de estrenar obras, además de rendir tributo a su profesor, el maestro Gonzalo Casielles.

Algo bueno tiene cumplir años y más en tiempos de confinamiento obligado donde repaso discos que no siempre están en la bandeja del reproductor. Recordando a tantos alumnos y concertistas que llevo en mi mochila salió de las estanterías el primer CD que grabase Roberto en 2010 del que hice la reseña en mi blog “antiguo“.

El siguiente resultó otra maravilla que llegó a ser portada de la revista RITMO y del que no hice mención exclusiva, solo de pasada en la citada primera entrada a pesar de tenerlo entre mis “imprescindibles” no ya por el cariño sino por la calidad y la apuesta por compositores actuales, algo que Roberto Álvarez ha tenido claro desde siempre.
Así en el disco “La noche” se unió a la arpista malaya Katryna Tan, “un recorrido por los misterios nocturnos y sus secretos, pero también una apuesta por la creación contemporánea para dos instrumentos, el arpa y la flauta”, música del siglo XXI que como ellos contaban en una entrevista combinaban a la perfección “el fluido sonido acuoso del arpa y el melódico sonido aéreo de la flauta”. Obras de Fernando Agüeria, Ignacio Rodríguez Guerra, María Dolores Malumbres (recientemente fallecida), Miguel Prida y Jorge Muñiz a los que han unido con otros creadores como Robert Casteels o los asiáticos Chen Zhangyi y Ho Chee Kong en un disco que no solo promueve la música actual para esta combinación instrumental que “necesita” más repertorio, sino que ha servido para crear un puente cultural entre dos maneras de entender la música y la cultura, dos mundos donde el único lenguaje internacional sigue siendo el musical.

Y hoy también me encontré con los CDs que Roberto Álvarez lleva publicados en el sello Centaur para plasmar por vez primera la integral para flauta del catalán Salvador Brotons (Barcelona, 1959), instrumentista, compositor y director al que también sigo hace años, más desde la batuta por haber dirigido a Carmen Yepes. Menos en la faceta compositiva aunque he podido escuchar hace siete años su Concierto para trombón op. 70 (1995) con Brandhofer y Perry So al frente de la OSPA, previa conferencia del musicólogo Israel López Estelche, que también escribió las notas al programa, recordando que Brotons fue alumno de Montsalvatge.
Puede hacer una de mis “escapadas” a Barcelona en mayo de 2014 para asistir a la premier en versión de banda con el propio Salvador Brotons Catalunya 1714, Rapsòdia catalana nº 5, op. 127 compuesta para el tricentenario de este episodio histórico, obra rompedora e impactante con coros y la banda sinfónica barcelonesa sin perder nunca el espíritu catalanista del barcelonés.

La faceta del catalán como flautista me es desconocida (figura en su biografía pero no pude escucharle nunca pese a ser solista de la Orquesta del Liceu hasta 1985) hasta que me llegaron a casa los primeros dos volúmenes (parte del tercero ya publicado lo he escuchado en YouTube© ) que grabase Roberto Álvarez siempre con la brillante pianista Beatrice Lin, entre otros instrumentistas, muchos compañeros del asturiano, haciéndome entender estas maravillosas composiciones a lo largo del tiempo, escritura virtuosa llena de riqueza en los dos instrumentos que el asturiano defiende a la perfección, volviendo a embarcarse en otro ambicioso proyecto que además cuenta con el total apoyo de Brotons, como comentamos en alguna ocasión posterior en sus visitas a la “tierrina” (donde tampoco falta el contacto sus profesores y compañeros Myra y Peter Pearse), incluso es habitual encontrar alguna en los conciertos del avilesino. Legado fonográfico e histórico reuniendo estas obras de Brotons del que podemos escuchar su evolución en la escritura desde el conocimiento real del instrumento y su estilo personal que nunca pierde de vista conceptos básicos como melodía, ritmo y armonía, sin necesidad de buscar lenguajes más comprometidos, aunque también sea capaz.

En el Volumen 1 (CRC 3554) publicado en 2016, y grabado en el Yong Siew Toh Conservatory of Music de Singapore en octubre de 2015, participan además de la citada pianista Lin, Eugene Toh en la percusión, la también “conocida” Katryna Tan al arpa y Kevin Loh a la guitarra, y figuran las siguientes obras cuya distribución no atiende a una cronología sino más bien a esa idea de contraponer acompañantes para hacer más “independiente” cada disco, lo que se agradece aunque cuando se complete la integral dispondremos de la visión global en la evolución del Brotons compositor para su instrumento con combinaciones muy variadas e interesantes buscando unas sonoridades actuales me atrevería a decir que atemporales. No hay protagonismo de Roberto sino generosidad y talento compartido.
Sonatina para Flauta y piano, op. 21:
I. Lento cantabile – Cadenza; II. Presto – Lento sensible – Presto, obra de juventud que apunta interesantes solos de flauta con un piano más allá del simple acompañamiento, complejo pero permitiendo disfrutar de ambos.
Fantasía concertante para flauta y marimba-vibráfono, op. 51: Agitato – Lento – Allegro – Largo – Presto. El color que aporta la percusión es un punto a favor del compositor, siempre atento a la flauta pero buscando esa “vestimenta” especial, donde el virtuosismo de las placas está igualmente a un nivel increíble, lógico en un director orquestal que conoce cada instrumento a la perfección.

“Coloured Skies” para flauta y arpa, op. 134:
I. Cloudy; II. Starry; III. Blue; IV. Stormy. Más cercana en el tiempo pero fácil de escuchar aunque dificilísima de interpretar en ambos instrumentos con la combinación que Roberto ya buscase en su disco “La Noche” con el arpa por momentos casi guitarrística sin renunciar a los efectos habituales tan ensoñadores como los propios nombres de sus cuatro movimientos, aires célticos de reminiscencias foklóricas mezclados con toques impresionistas y hasta cinematográficos como la “Tormenta” que cierra esos cielos coloreados por Brotons y perfectamente llevadas al lienzo por Roberto y Katryna.
Sonata nº 2 / Concierto para flauta y piano y orquesta, op. 72:
I. Calmo e sognante; II. Vivo; III. Adagio funebre – Cadenza; IV. Allegro deciso, obra que debe ser realmente rompedora con orquesta y que desde el piano se la dota de la grandeza de esta forma clásica en estructura y moderna en escritura. La riqueza del piano nos hace imaginarnos la escritura sinfónica (hasta los timbales se recrean) llena de matices, de protagonismos propios dentro del diálogo con la flauta solista (la Cadenza del tercer movimiento es de una belleza asoladora y brillante), ese aire “mediterraneísta” que no se pierde nunca con el maestro Brotons en sus movimientos lentos y ese espíritu emocional del flautista en los rápidos además de la citada cadencia para recreo del solista.
Tres divertimentos para flauta y guitarra, op. 68:
I. Molto allegro; II. Adagio lamentoso; III. Con fuoco. Ambiente español por sonoridades, internacional por planteamiento, “divertimentos” en el amplio sentido de la palabra, forma libre con un dominio de la escritura para ambos instrumentos, muy “fogoso” y actual el último movimiento, virtuosismo que nunca oculta una escritura respetuosa y arriesgada más allá de etiquetas.
Cierra este primer volumen “El Porte de la Selva”, para flauta y piano, op. 6: Tempo de Sardana, danza catalana universal de un compositor que igual escribe para la tenora que para su instrumento natural, ambos presentes en la vida del compositor, alumno de su padre también flautista como el abuelo dentro de una familia de músicos que continuaría en su Barcelona natal con los mejores (Ros-Marbá, Manuel Oltra o el citado Montsalvatge), y “una pica en Flandes” del asturiano, entendimiento y naturalidad con la pianista interpretando este aire catalán inspirado en este pueblo marinero de la Costa Brava como si de nuestro Cantábrico se tratase por la total entrega y sentimiento en esta obra de un joven Brotons que ya apuntaba maneras.

El Volumen 2 (CRC 3555) se grabó a continuación del primero en el mes de noviembre pero con muchos más intérpretes además del piano de Beatrice Lin y el arpa de Katryna Tan: Audi Goh (oboe), Ralph Emmanuel Lim (clarinete), Alan Kartik (trompa), Zhao Yingone (fagot), Samuel Phua (saxo), Siew Yi Li (violín), Janice Tsai (viola), Chan Yoong Han (viola) y Juan Lin (cello), algunos compañeros de Roberto en la orquesta de Singapur y otros profesores jóvenes que atesoran calidad humana y musical, lógico en la búsqueda del asturiano para ensamblar estos conjuntos, perfecto complemento del volumen anterior aunque aparezcan obras “primerizas” de un Brotons que asombran por su madurez sin perder la unidad, combinaciones instrumentales más allá de un ejercicio compositivo y una exploración de tímbricas.
“Esentiae Vitae” para quinteto de viento madera, op. 80:
I. Earth; II. Air; III. Water; IV. Fire; V. Life, movimientos tan sugestivo como sus títulos, los cuatro elementos y la propia vida, instrumentos de la familia de la madera más una trompa con unos músicos bien compenetrados que dan la esencia a esta obra de un compositor siempre explorando el material sonoro apropiado para un descriptivismo subjetivo pero siempre muy musical, técnicamente de lenguaje contemporáneo, especialmente el quinto movimiento que me evoca al Stravinski de cámara, vida con el aire necesario para hacer sonar este quinteto de esencias.
“Virtus” para flauta, trío y piano, op. 53:
I. Prudence; II. Fortitude; III. Temperance; IV. Justice, las cuatro virtudes cardinales, principio y fundamento como los puntos que nos orientan en el camino que parece seguir este trío de cuerda más la flauta y el  piano: prudencia en el arranque meditativo y de dinámicas controladas, casi cual oración; fortaleza en unos fuertes alternando tímbricas de la cuerda con el dúo flauta-piano, sabor francés por la cercanía geográfica del norte catalán con final rotundo; templanza cual equilibrio y contención, comienzo con dúo y después trío de cuerda centroeuropeo en esencia, preparando un vuelo planeador de flauta sustentado por el piano y un violín que dibuja melodías de vuelta a casa con recovecos internos antes de clamar finalmente justicia, poética además de musical, inicio pianístico beethoveniano antes de un juego “schoenbergiano”, clusters y tensiones rotas por un cello evocador del Casals paisano, cinco instrumentos, cinco virtudes y una sola sonoridad, justicia en agradecer las fuentes, música pura con intérpretes virtuosos.
“Tema, variaciones y coda” para quinteto, op. 29: Tema: Maestoso; Variación I: Allegro commodo; Variación II: Andante cantabile; Variación III: Vivacissimo; Variación IV: Adagio assai; Variación V: Allegretto; Coda: Prestissimo. Un tema majestuoso que me recuerda al Falla del Retablo, el lenguaje de transición en el inicio del siglo pasado con el salto a París, un quinteto en estado “puro” tras el “mixto” de la obra anterior, y cinco variaciones con protagonismos compartidos, relevos dentro de la unidad sonora, indefiniciones en diálogos siempre respetuosos, carreras a velocidad máxima llenas de fuerza contenida, persecuciones sin ánimo de victoria pese a la trompa guerrera más que cazadora de descanso sin respiro, cantando y contando arropada por sus compañeros, paso adelante cual cuento ruso en el fagot, inspiraciones cual referencias camerísticas bien entendidas por un compositor, instrumentista y director capaz de aunar todo en esta quintaesencia que remata en un final vertiginoso cual final de dibujos animados.

“Suite for three” para trío de viento madera, op. 16 bis:
I. Introducció; II. Divertiment; III. Berceuse; IV. Scherzo; V. Recitatiu fugat; VI. Final. El catalán indicativo en los movimientos, la forma francesa, el título en inglés, políglota unión de música pura, sin más pretensión que el disfrute sonoro desde la construcción arquitectónica en tres puntos, estabilidad máxima que los intérpretes alcanzan sin vacilación, una “nana” intermedia casi etérea sin apenas graves, antes de la broma saltarina, casi danzante, previa a la fuga preparatoria tranquila antes del último y apasionado movimiento.
Sax-Wind Quintet, op. 15:
23. Largo – Allegretto – Presto – Largo – Prestissimo, nuevo color aportado por el saxofón, el juego de lengüetas entre oboe y fagot, la redondez de la trompa y la agilidad de la flauta, texturas y aires contrapuestos primando una rítmica intrínseca que será casi el sello Brotóns en estas obras camerísticas.
“Ad Infinitum” para flauta, viola y arpa, op. 13: Andante – Larghetto amabile, original combinación al añadir la viola al dúo flauta-arpa que tan buenos resultados le ha dado al flautista asturiano. Campanas iniciales del arpa, la sonoridad sedosa de la viola sumando la flauta clara y limpia en esta obra de juventud nuevamente madura explorando sonidos nada habituales en su momento, registros rebuscados para conseguir gamas amplísimas, intervenciones a solo y casi un cuento de elfos irlandeses, fusiones que tanto el compositor como el asturiano han transitado en sus carreras.
“Emphasis” para quinteto de viento madera, op. 9: Lento – Scherzando – Moderato – Scherzando, explorando formaciones camerísticas ya desde los comienzos, contrastes de aires, ritmos, música a borbotones e interpretación de altura.

En el amplio catálogo de Brotons figuran muchas obras para su primer instrumento, la flauta, y es una alegría saber que el asturiano Roberto Álvarez va a grabarlas todas, un hito que hará historia, uniendo Asturias y Cataluña desde Singapur con el único lenguaje universal.
El repertorio del flautista sigue creciendo, y dejo aquí un vídeo de hace un año donde conjuga sus pasiones e influencias con una obra de Anthony Lanman acompañado por guitarra. Seguiremos a nuestro “flautista de Singapur” en sus andanzas por todo lo largo y ancho del mundo, aunque también le toque quedarse en casa.

P.D.: La fotos que aparecen son propias, de distintas Webs así como del propio Roberto Álvarez.

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