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Cruzando mares y océanos

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Viernes 21 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Primavera IV: OSPA, Noelia Fernández Rodiles (piano), Pablo Rus Broseta (director). Obras de J. Orbón y J. Sibelius. Entrada butaca: 15 €.

Si Pedro Menéndez fue “El Adelantado de la Florida” y así se conoce Avilés como La Villa del Adelantado, no cabe duda que a Julián Orbón (Avilés, 1925 – Miami, 1991), de quien hoy se cumplían 30 años de su fallecimiento, le podemos considerar el sucesor del marino, surcando mares y océanos con su música, calificado como “el músico de las dos orillas“, siendo tristemente más conocido fuera de su propia tierra aunque el Conservatorio de su villa natal, gracias a Jose Mª Martínez, lleve su nombre y donde probablemente la entonces joven estudiante Noelia escuchó su nombre por primera vez, siendo ahora en plena madurez una de sus valedoras.

Hace dos años Noelia Rodiles escribía sobre Julián Orbón en Platea Magazine como “El gran desconocido de la música española”, por lo que debemos estar eternamente agradecidos que nos trajese de vuelta la Partita nº 4: Movimiento sinfónico para piano y orquesta, todo un hallazgo que nos muestra tanto la calidad musical del compositor asturiano como el de esta pianista que junto al valenciano Pablo Rus y nuestra OSPA (nacida el mismo año de la muerte del compositor avilesino) nos interpretaron este tesoro estrenado al fin en su casa.

Del compositor y su obra escribe Jonathan Mallada las notas al programa (enlazadas al principio en los compositores), por lo que sin ninguna escucha previa me limitaré a reflejar mis primeras impresiones. Orbón surcaría el Atlántico y los mares caribeños en una singladura que le permitió no ya observar nuestro patrimonio musical con la óptica siempre necesaria de la distancia, sino enriquecerse con las músicas “de ida y vuelta” para terminar de formarse en la tierra de las oportunidades sin olvidarse nunca de un país, que no era el soñado, con a tanta historia atesorada.
Saber que elige el nombre de partita como sinónimo de las maravillosas obras de nuestro siglo de oro musical, que además fuese un estudioso del Gregoriano, que se le considerase un compositor “neo-renacentista” y que esta cuarta partita resultase su única obra sinfónica con piano a partir del O Magnum Mysterium de Victoria, creo que marca todo el trasfondo de esta partitura de 1985 revisada hasta su estreno (por el inconformismo necesario de los grandes compositores) donde encontramos toda su herencia, sus fuentes de inspiración, su oficio y también sus modelos. Además del uso modal más rico que el tonal, con una orquestación impresionante donde “los bronces” (que decía Max Valdés) juegan un papel casi organístico, y la utilización del piano casi como un instrumento más, al escucharlo muy embebido con la orquesta, y con unos pedales graves perfectamente ensamblados con la tímbrica sinfónica, Noelia Rodiles brindó igualmente pasajes cercanos al Falla más hispano, a fin de cuentas las mismas fuentes, pasando por momentos del virtuosismo pianístico americano donde Rachmaninov y Gershwin triunfaban en la gran manzana y el maestro Copland buscaba un idioma instrumental propio. Orbón y Rodiles con el mismo rumbo en esta travesía que atracaba de vuelta a su tierra tras un viaje demasiado largo para esta música de alma avilesina, bien capitaneada por Rus en este transatlántico OSPA.

Los Hermanos Orbón son recordados en su villa y qué mejor propina que la Rapsodia asturiana (1933) del patriarca Benjamín Orbón para completar la dinastía, dos mundos musicales, el universal y sinfónico del hijo y el folklore pianístico del padre elevado a la música de cámara desde la soñada Cuba con ansia de grandes salas, además por su paisana Noelia Fernández Rodiles sintiendo e interpretando los temas de “la tierrina” desde esa forma virtuosística por excelencia, las enseñanzas en casa, los genes viajeros de la rapsodia que en sus manos sonó con más fuerza que nunca, brillante, cercana y emotiva para una pianista en un momento de plenitud.

Tras el crucero atlántico y caribeño volveríamos a embarcarnos musicalmente por el Báltico de Jean Sibelius (1865-1957), rememorando mi último viaje veraniego por el golfo de Finlandia, el compositor al que la OSPA le tiene tomado el pulso hace años. Su Sinfonía nº 2 en re mayor, op. 43 de la que he perdido la cuenta de sus interpretaciones en el auditorio ovetense, sigue siendo una banda sonora en mi vida y curiosamente la iba escuchando tanto en el trayecto de Estocolmo a Helsinki como en posterior el paseo hasta el parque que lleva su nombre, donde se agolpaban los turistas que no me encontraría en la Academia.

Del Sibelius con la OSPA, a la que volvía de concertino invitado el austriaco Benjamin Ziervogel, tengo luces y sombras en las distintas interpretaciones que llevan en su treintena de años, pero está claro que “la segunda” siempre ha brillado como el mar al anochecer, con una plantilla ideal para esta sinfonía que Rus supo entender y conducir a buen puerto.

Buena velocidad de crucero para el I. Allegretto, los metales inspirados con viento de popa, cuerda a toda máquina y bien engrasada, con la brisa de la madera; un II. Andante, ma rubato que bajó los nudos para recrearse en las pequeñas islas antes de la primera escala, tal vez con un poco más de cuerda que redondease la sonoridad buscada pero bien entendido ese “rubato” bien escorado por unos violines claros como la espuma del mar, el viraje orgánico de los metales en sintonía y hasta los timbales redoblando como los motores; la siguiente escala del III. Vivacissimo nos acercaría con viento a favor al siempre luminoso Tallín aún soviético de sabor en la cuaderno de bitácora de un Pablo Rus almirante desde el puente de mando conocedor de lo traicionero del trayecto pero sabiendo alcanzar la velocidad exacta para no perder nunca el rumbo ni el equilibrio, balances instrumentales con el canto de un oboe único, plateado anochecer contestado por un chelo de amanecer estonio y sonoridades perfectas antes de desembarcar en San Petersburgo con el IV. Finale: Allegro moderato, Tchaikovsky inspirador al que Sibelius rinde culto y la OSPA tiene en su hoja de ruta.

Un crucero sinfónico con lo mejor de esta singladura musical y universal, de Avilés a Cuba y la Florida saltando hasta el Báltico, contrastes climáticos y lumínicos pero siempre con la belleza de un mar (masculino o femenino) siempre evocador cuando el barco tiene además de un capitán valenciano con mando en el puente, un buen contramaestre austríaco, mejores oficiales de máquinas internacionales, y una tripulación curtida que ha surcado casi todos los mares sinfónicos.

Covadonga inspiración eterna

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Jueves 6 de mayo, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Conciertu de les lletres asturianes: OSPA, Rubén Díez Fernández (director). Obras de Leoncio Diéguez y Guillermo Martínez. Entrada por invitación.

Concierto de emociones el de “Las Letras Asturianas” que rinden homenaje este año a mi siempre añorado e irrepetible Nel Amaro (24 de diciembre de 1946, Quentuserrón – Mieres /  4 de abril de 2011, Oviedo),  los 30 años de “mi matrimonio” con la OSPA y música de dos asturianos de corazón con Covadonga siempre como inspiración y parte importante de sus propias vidas:

Don Leoncio y Guillermo, profesor y alumno desde sus años en la Escolanía, una verdadera conjunción musical que reunió no solo autoridades civiles y eclesiásticas sino a muchos amigos y compañeros de ambos venidos desde todos los rincones, dos personas muy apreciadas y admiradas por todos, regalándonos tres de sus obras desde el buen oficio orquestal de ambos, bajo la dirección del avilesino Rubén Díez (1977) que disfrutó y contagió el mismo amor por la música a una OSPA de cumpleaños, hoy con Eva Meliskova como concertino.

Las dos obras del maestro Leoncio Diéguez Marcos (1941) enmarcando el estreno de Guillermo Martínez (1983), encargo para los actos conmemorativos de este 30 aniversario de la orquesta asturiana, dos generaciones, dos lenguajes y una misma inspiración, el oficio del maestro, la ilusión desbordante del alumno aventajado.

La Rapsodia asturiana del maestro podríamos llamarla en asturiano, aprovechando la efeméride, de “caxigalina” pero elevada a la alta cocina, motivos melódicos conocidos por todos, folklores propios y cercanos que Don Leoncio trata con cariño y sabiduría, orquestación de amplia plantilla, efectista, agradecida de escuchar y todo un catálogo de herramientas utilizadas por este leonés al que sentimos asturiano.

Y el esperado estreno de Guillermo Martínez, “Bricial“, el tercer lago de Covadonga, Poema Sinfónico que explica perfectamente en las notas al programa Alejandro G. Villalibre, personalmente un derroche de música orquestal bien construida, con momentos verdaderamente cinematográficos para unas imágenes de Los Lagos plenamente exportables a esos documentales de naturaleza imponente como la propia Covadonga y su montaña, remanso espiritual, paz y sobrecogimiento ante la grandiosidad que impera por doquier. Así la sentí desde el primer movimiento (I. Obertura) que mostró todo el color del otoño asturiano; la historia de España y Pelayo traerá aires marciales con la óptica propia de un Guillermo que mantiene la tonalidad y el gusto por la melodía con ritmos imponentes (II. Marcha) y una instrumentación clara y potente, con plantilla similar a la del maestro y curiosamente conservador pese a la juventud del discípulo; incorporar el piano, el arpa o la celesta además de una percusión abundante y variada (incluyendo máquina de viento o pájaros), dota a este poema de una sonoridad sobrecogedora pero donde el  III. Tempo di valse resulta un remanso con los “pizzicati” iniciales de la cuerda y ese aire universal del que han bebido todos los grandes, ecos de los mejores compositores rusos o del Richard Strauss “alpino”, siempre buenos espejos en los que mirarse, y la desbordante inspiración de un Guillermo Martínez que en el IV. Concertante es capaz de conjugar la masa orquestal con un cuarteto de cuerda y piano digno de tener obra propia e independiente, buen gusto y aciertos en la elección de los protagonismos que Rubén Díez entendió a la perfección. Si Bach siempre será el “padre de las músicas”, la fuga es la forma más exigente para todo compositor, asignatura obligada y dura, con sobresaliente en ella, V. Fuga para desarrollar no ya un motivo bien construido con el ritmo siempre presente, sino explorando todas las secciones orquestales donde disfrutar de los primeros atriles con papeles bien defendidos por cada uno, destinatarios de este estreno, y el impresionante VI. Finale cual “títulos de crédito” de este monumental documental sonoro, un poema sinfónico donde la inspiración corre libre sin perder las formas, añadiendo un escalón en la ya exitosa carrera de un compositor al que admiro desde hace años y que nunca defrauda. Cada obra suya es un catálogo de intenciones, una excursión sensorial  y un verdadero torrente musical donde el “eclecticismo académico” es el propio lenguaje de Guillermo Martínez.

Y de nuevo el maestro Leoncio Diéguez Marcos con su poema sinfónico Don Quijote y la batalla de los rebaños, poema sinfónico más avanzado que el alumno, no ya la experiencia que dan los años sino la admiración por un lenguaje musical cada vez más moderno a pesar del tiempo, obra genial del leonés, que fue un encargo de Max Valdés, entonces director de la OSPA en su estreno el 30 de abril de 1998, que ha tenido largo recorrido más allá de Asturias. Don Ángel Medina, catedrático de Musicología, escribió las notas al programa entonces que siguen igual de vigentes en este 2021 sobre el autor y su obra: “ha sabido encontrar en el programa el ensanchamiento y los límites, la ventana abierta al horizonte infinito e impredecible y la disciplinada cerca que acota el terreno roturado. De esta manera, lo que esta composición del maestro Diéguez tiene de autónomo, y específicamente musical (en tanto que coherente movimiento sinfónico) se enriquece -y nos enriquece- con el impulso siempre eficacísimo del inagotable imaginario cervantino“.
Si en Bricial veía música cinematográfica, este Quijote es perfecto para cerrar el concierto donde no faltó lo literario, lo pictórico y hasta la confirmación del buen oficio de componer, las llamadas vanguardias de pasado siglo que ya no lo son, pues vivimos y crecimos con ellas, entendemos su lenguaje y nos educan en estas escuchas que hermanan dos generaciones desde la música sinfónica.

Para cerrar no podía faltar nuestro Asturias, patria querida en la armonización y orquestación que el propio Don Leoncio hizo cuando convertimos la canción más conocida en nuestro Himno Oficial desde 1984, el sinfonismo y magisterio en el que seguir mirándonos.

Dejo finalmente el recorte de prensa con la noticia hoy en LNE, testimonio de esta Selmana de Les Lletres Asturianes con la música de estos hijos adoptivos hermanados por la OSPA y Rubén Díez.

Disfrutar la madurez

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Sábado 10 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Dmytro Choni (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de López Estelche, Rachmaninov y Brahms. Entrada butaca: 12 €.

Alcanzar la madurez supone disfrutar del tiempo vivido con todo lo que ello conlleva de aprendizaje, errores y aciertos, frustraciones y alegrías. Oviedo Filarmonía es ya una formación con el gran acierto en la elección como titular de Lucas Macías, pues no solo ha crecido desde la diversidad y versatilidad a lo largo de estos años sino que ha encontrado ese momento dulce capaz de afrontar sin complejos, con solvencia y entrega, desde una sonoridad propia, los grandes repertorios sinfónicos que no por muchas veces escuchados se hacen menos necesarios.

Si algo ha caracterizado a la formación ovetense sin duda es la amplitud de estilos que le confieren una ductilidad sonora difícil en otras orquestas. Y apostando por la nueva creación el “Proyecto Beethoven” ha reunido estrenos de cinco compositores que tienen una especial vinculación asturiana con la orquesta, siendo este sábado el turno de Israel López Estelche (Santoña, 1983) y sus Tres danzas donde la original “excusa” del supuesto origen español de la abuela del sordo genial, le sirve para construir un tríptico verdaderamente novedoso de ritmos con aires hispanos de inspiración universal, orquestación rica e impecable además de buena prueba de fuego para la Oviedo Filarmonía con Rolanda Ginkute de concertino y Lucas Macías de nuevo al frente, tres danzas evocadoras de lenguajes propios y heredados de sus maestros, armonías francesas del cambio de siglo mezcladas con aires de Falla en la última, música cercana y exportable, actual y eterna por lo bien “armada” y escrita que está la estrenada obra de un compositor cántabro ya maduro en su formación, trayectoria y lenguaje, tres piezas bien defendidas por los intérpretes, recibiendo todos ellos sobre el escenario los merecidos aplausos de un público que sigue llenando el reducido aforo del auditorio en estos tiempos convulsos, ávido de música con tanta calidad como esta inicial en un sábado lluvioso donde la luz la pone siempre la cultura segura y estos conciertos.

Tenía ganas de escuchar en vivo al ucraniano Dmytro Choni (1993), ganador del Primer Premio y la Medalla de Oro en el XIX Concurso Internacional de Piano de Santander “Paloma O’Shea” del año 2018 que me impactó en aquel momento con su Prokofiev retransmitido por RTVE, esta vez nada menos que con el segundo de Rachmaninov. Obra exigente para todo solista, pero aún más de concertar por los rubati intrínsecos de sus tres movimientos, los cambios de agógica constantes y la cantidad de detalles escondidos que Macías supo sacar a flote, incluso salir airoso en el siempre delicado momento donde se pierda el solista. Choni tiene ya suficiente madurez, a pesar de su apariencia adolescente, para mandar en este concierto, pero el ropaje de la orquesta fue sobresaliente, dinámicas amplias siempre ajustadas al volumen del piano solista, encajes perfectos, sonoridad rotunda muy trabajada e intervenciones de los primeros atriles dignas de mención todas ellas, alternando violas y cellos en su posición para una trabajadísima sonoridad.  Pulsación rica la del ucraniano, detalles en una obra muy estudiada a pesar de la “laguna” que no empañó un resultado global más que digno. Sonido contundente y delicadeza cuando fueron precisas en esta página siempre emocionante además de popular gracias a su utilización en tantas películas y muy presente en las programaciones de nuestras orquestas, desde ahora también en la ovetense.

Para demostrar su reconocido virtuosismo al piano, una propina de cara a la galería como es la Soirée de Vienne op. 56 del checo Alfred Grünfeld (1852-1924),  la (re)interpretación con variaciones sobre el conocido “murciélago” straussiano que todos los grandes del piano suelen incorporar a su repertorio y Choni se suma a estos fuegos artificiales bien interpretados además de sentidos.

Y no defraudó Choni con la segunda propina de Rachmaninov, Daisies, op. 38 nº3, de la Seis Romanzas del ruso, con hondura sin artificios para despedirse de unos aficionados que conocemos bien este repertorio.

Lucas Macías Navarro volvió a demostrar su excelente trabajo, la interiorización de cada obra y su exigencia para con la orquesta en la Sinfonía n.º 4 en mi menor, op. 98 de Brahms, rica de principio a fin, detallista, preciso y claro, arranque del Allegro non troppo vivo manteniendo la tersura y textura orquestal, dibujando las líneas con delicadeza, realzando los graves hoy contundentes, sujetando los metales sin oscurecer el conjunto, disfrutando de una madera empastada, con unos fraseos bellísimos. El Andante moderato reafirmó la búsqueda de un sonido limpio, precisión de ataques, ritmo decidido. Contundente Allegro giocoso – Poco meno presto sujetando el tempo para una formación tersa y entregada que remataría en un Allegro energico e pasionato, Più allegro convincente, maduro, carnoso, reposado, matizado y entregado, con una madera destacable tanto en la flauta como en el clarinete, brillando a gran altura todos.

Un lujo comprobar la buena línea que afronta el onubense al frente de la orquesta ovetense que siguen creciendo juntos, disfrutando de esta madurez deseada.

Recuperando al Literes sacro

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Es de agradecer que en tiempos de pandemia no se acalle la música ni el trabajo de grabación de nuestras formaciones históricas, pero fundamentalmente la recuperación de nuestro patrimonio que ha encontrado su lugar necesario desde el patrocinio de becas como las Leonardo de la Fundación BBVA, la ardua investigación de asociaciones como Ars Hispana con los musicólogos Antoni Pons y Raúl Angulo al frente, más la de músicos como el malagueño Daniel Pinteño que con su formación Concerto 1700 han sacado un nuevo trabajo dedicado al mallorquín Antonio Literes (1673-1747) titulado Sacred Cantatas for alto, con la participación del contratenor vitoriano Carlos Mena, tras el aquí comentado hace un año de Italy in Spain.

Grabación realizada en San Lorenzo de El Escorial en julio del pasado año para su propio sello 1700 Classics, gracias a la Beca Leonardo de 2019, supone tras su recuperación el estreno en tiempos modernos, así como la primera grabación en disco de estas cuatro “Cantadas al Santísimo” del compositor de Artá, uno de nuestros grandes del barroco que poco a poco va ganando presencia en nuestro panorama musical, con partituras que habían permanecido olvidadas en los archivos de la catedral de Guatemala durante dos siglos pero donde la rigurosa investigación musicológica toma su necesario papel por salvar del olvido obras que corroboran la importancia de nuestros compositores barrocos también en Hispanoamérica, y la obligada presencia en la historia universal de músicos como Literes.

Tres de las cuatro cantadas sacras ya han podido escucharse en vivo hace apenas un mes dentro del FIAS madrileño que ha dirigido hasta ahora Pepe Mompeán, y del que merece la pena leer la crítica de Mario Guada para Codalario. El disco es una joya en sí, no solo como documento sonoro sino literario, que abre Antoni Pons citando al Padre Feijóo, tan vinculado a Oviedo, referido al mallorquín: «Don Antonio Literes, compositor de primer orden, y acaso el único que ha sabido juntar toda la majestad y dulzura de la música antigua con el bullicio de la moderna» (Teatro crítico universal, 1726), poniendo en contexto no ya la biografía sino la recuperación de estas cuatro cantadas sacras al Santísimo, menos conocidas que su producción escénica, obras tardías que reflejan la evolución compositiva de Literes asimilando estilos de otros países como Francia o Italia que comienzan a ponerse de moda en el mundo hispano sin renunciar a nuestra propia tradición musical. Magisterio en traducir al pentagrama las imágenes y “afectos” que los textos transmiten y que en la voz de Carlos Mena podemos disfrutar además de seguirlos con el libreto en mano.

El orgánico instrumental de este Concerto 1700 lo forman músicos reputados y experimentados en nuestra música antigua, encabezados por el malagueño Daniel Pinteño en la dirección y violín junto a Pablo Prieto, más Ricard Casañ (trompeta), Jacobo Díaz (oboe),
Ester Domingo (violoncello), Ismael Campanero (violone), Pablo Zapico (tiorba) e Ignacio Prego (clave y órgano), plantilla perfecta para las cuatro cantadas con intervenciones siempre acertadas, protagonismos puntuales y un equilibrio con la voz que las grabaciones permiten mucho más que el directo.

Abre el disco Ya por el horizonte para violines, oboe y clarín (1728) con un Mena pletórico, virtuoso como la trompeta de Casañ, canto bucólico a la vez que marcial, el vivo “suene el alboreada” contratado con el grave “Ay, que si yo pudiera”, las coplas vibrantes y el recitado “Repite, ave canora” donde la tiorba de Zapico arropa la belleza vocal del contratenor antes del vivo final “De su aplauso en el empleo”, seguridad en ambos protagonistas, con exposiciones claras y sonoridades brillantes en esta “italianización” de un género típicamente hispano como la Cantada al Santísimo que no pierde su esencia, recordando el cinematográfico duelo entre Farinelli el castrado y la trompeta.

Continúa con Si el viento con violines y oboe (ca. 1725) que arranca con el recitado “Si el viento busca ave placentera” con protagonismo de tiorba más órgano delicado y expresivo, la voz de Mena en su registro medio-grave ideal y homogéneo igualmente en el aria “Es el divino centro del hombre”, buenos balances con la orquesta en un bello y acertado juego entre violines y oboe. Impecable dicción del vitoriano para unas melodías bellas bien armadas en la instrumentación desde un tempo medio ideal antes del aria con el violonchelo y el continuo elegante para destacar esa voz pletórica y medida en expresión antes del aria “Como alegres placenteros”, disfrutando de nuevo con los  violines y el oboe en un aria perfectamente trabajada con un ritmo vibrante que nunca enturbió el fraseo y articulación del contratenor vasco.

La tercera cantada, Cuando a pique señor con violines (1733) metáfora de tormenta que son las tentaciones y el creyente guiado por la gracia de Dios, un cuadro musical de virtuosismo vocal y violinístico iniciado el recitativo por el flautado del órgano antes del aria “Va zozobrando la navecilla” vitalista y bien equilibrada de contrastes donde la riqueza de las cuerdas mantiene esa inestabilidad buscada que la voz lleva con mano firme al timón, el recitado “¿Qué tiene que temer?” con la tiorba  asturiana sustentante agrandada por el cello maño y las perlas del clave antes del aria final “Llegue ansioso tu cuidado” de brillo italiano y esmaltes hispanos. Interesante juego de estilos en Literes que mantiene una línea argumental en los instrumentos siempre remando a favor de los textos en un barroco religioso plenamente nuestro.

Finaliza el disco con De aquel fatal bocado para violines y oboe (1730), cuatro movimientos que alternan dos recitados y sus respectivas arias, inmensidad melódica y belleza apabullante en la voz de Carlos Mena, musicalidad pasmosa por la que no pasan los años y con ese timbre único que parece ideal para este Literes recuperado. Órgano aterciopelado y rasgueo de tiorba vistiendo el inicio antes de un aria versallesca, “Pan de llanto y de dolor” con un oboe casi clarín, un violín elegante y un “ensemble” sobrio en todo momento pero colorista por contrastes manteniendo la pulsación y el balance exacto con el solista, nuevamente preciso y claro en la dicción para una música del Literes universalmente hispano al que Guatemala ha conservado para al fin disfrutarlo de nuevo.

Destacar una toma de sonido impoluta con el conocido Jesús Trujillo a los mandos, que pude disfrutar a todo volumen apreciando cada detalle cual concierto íntimo en este Viernes Santo.

© Fotos webs Toda la música y Loff.it The Music Clasical.

En manos femeninas

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Miércoles 17 de marzo, 19:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: “Mujeres en Música“, Oviedo Filarmonía, Isabel Rubio (directora). Obras de Fanny Mendelssohn, Raquel Rodríguez y Florence Price. Entrada butaca: 10 €.

El mundo es femenino y la música también, de compositoras e intérpretes, también de directoras de orquesta. Todos los días son suyos y deberíamos reconocer que sin ellas no habría vida. Se abriría la velada rindiendo homenaje a la recientemente desaparecida y muy querida Concha Quirós, todo un símbolo de la cultura, también en femenino, en esta Vetusta literaria y melómana, nombrada hija adoptiva en compañía de tres predilectos unidos a la música. Pero este miércoles era femenino y plural, así pues bonito recuerdo de Conchita con palabras suyas escritas por los trabajadores de su centenaria Librería Cervantes en boca de varias mujeres de la orquesta carbayona y proyección de unas fotos que reflejan la pasión por los libros, por la vida, de esta ilustre ovetense universal.

Y la música sonó en un teatro lírico por excelencia aunque su acústica no sea la ideal para el mundo sinfónico tras tantos años disfrutando del auditorio, pero que vistió de gala para una tarde en buenas manos, en las de ellas, compositoras de ayer y hoy, atemporales como sus partituras, comandadas por una joven directora murciana sobradamente preparada, fogueada, trabajadora, implicada, que sacaría de la Oviedo Filarmonía lo mejor de esta formación versátil, madura y lista para ofrecer un concierto de altura sin más género que el musical.

Fanny Mendelssohn (1805-1947) con su Obertura en do mayor caldeó el ambiente y calentó motores con aires de clasicismo romántico, Isabel Rubio (Murcia, 1989) atenta a cada detalle y la orquesta respondiendo, arranque sobrio abriendo paso a unas agilidades que pusieron a prueba cada sección, mostrando un sonido compacto bien delineado por una batuta precisa y una mano izquierda sutil en esta página exigente, chispeante y juvenil.

A continuación un estreno de la ovetense Raquel Rodríguez (1980), Mensaje interestelar, parte del “Proyecto Beethoven” encargo de la propia Oviedo Filarmonía con motivo del 250º aniversario del nacimiento del compositor (que quedó pospuesto en agosto pasado por la pandemia pero que finalmente nació este miércoles). Más allá de etiquetas, perfectamente imbricada en un programa con las otras dos compositoras, la partitura de la compositora asturiana demuestra el buen oficio y conocimiento en todos los aspectos: elección de una plantilla sinfónica donde suena todo “sin experimentos”, dando forma a melodías claras, orquestación poderosa, armonizaciones académicas, dominio de la instrumentación, experimentación con el sonido de forma natural y una carga expresiva que la directora murciana llevó con precisión, sacando cada detalle a la luz, manteniendo el balance adecuado al que una plantilla un poco más numerosa en la cuerda, más la acústica ideal, hubiese dado mayor brillo a esta partitura cuajada de guiños históricos pero actuales, sin abstracciones ni búsquedas de texturas, clímax orquestales con dinámicas variadas, presencia de un arpa algo “apagada” pero imprescindible, gran percusión tratada con mimo realzando ese universo sonoro con la vuelta de la historia enviada al espacio, vientos bien empastados y enlazados, y una verdadera explosión sinfónica que tendrá que programarse más veces. Se notó que Isabel Rubio ha trabajado codo a codo con la compositora, interiorizando su obra y exigiendo a la orquesta todo lo que esta obra refleja y esconde, ese “¡Aquí estamos!“, que gracias al Ayuntamiento de Mieres y el Ateneo Musical mierense pudimos constatar en el encuentro que ambas tuvieron el pasado domingo en la villa de Teodoro Cuesta. Merecidos aplausos para ellas, compositora, directora y orquesta tras esta gran obra de repertorio en una carrera de larga trayectoria pese a la juventud de las dos, con mucho futuro y toda una vida por delante a las que deseo muchos éxitos.

Para cerrar, una página poco escuchada, agradecida, llena de guiños y recuerdos americanos, la Sinfonía nº1 en mi menor de la compositora Florence Price (1887-1953), otra luchadora, afroamericana, en tiempos difíciles que parecen no terminar, con una biografía de novela a la que su pasión musical ayudó a ganarse un nombre musical en los Estados Unidos de los albores del siglo pasado.

Cuatro movimientos de sonido “genuinamente yanqui”, donde podemos recordar en los dos extremos al Dvorak del “Nuevo Mundo”, misma tonalidad, melodías conocidas y reconocibles, e incluso solos de oboe con esa inspiración en los nativos de las praderas, comenzando con el Allegro (ma) non troppo, rítmico de aires “indios” o el Finale: Presto verdaderamente impetuoso, pasando por el segundo Largo, Maestoso con una fanfarria realmente bien interpretada por los metales y maderas verdaderos protagonistas, unido a unas delicadas campanas y una cuerda sutil de la Oviedo Filarmonía, y un tercer movimiento, Juba Dance: Allegro  exultantemente alegre, con reminiscencias de esclavos africanos en el algodón o la fiesta en las cantinas del Far West, solo de viola incluido, que firmaría el mismísimo Copland aunque sin tanto músculo ni brillo, más bien en la línea de Grofé. Pasajes bien construidos y mejor llevados por Isabel Rubio con verdadero mimo, cuidando el sonido (como en un pasaje donde la madera discurre del agudo al grave con total homogeneidad tímbrica), el empuje de una cuerda clara y esas danzas que las películas “de indios y vaqueros” han hecho plenamente nuestras, una banda sonora que Florence Price engarzó y enraizó en su tierra dándonos esta sinfonía “Made in USA” con una dirección impecable, precisa, clara y entregada que tuvo la respuesta esperada de la Oviedo Filarmonía nuevamente con Marina Gurdzhiya de concertino.

Si la murciana agradeció la presencia de todos y el placer que supone seguir haciendo música en la capital asturiana, “Cultura Segura” una vez más, como propina bisó esa Danza Juba homenaje a los esclavos negros desde la libertad femenina que hizo las delicias de todos, dejándonos un excelente sabor de boca.

La música une los mundos

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Sábado 24 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, inauguración de la temporada Los Conciertos del Auditorio y Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Ingela Brimberg (soprano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías Navarro (director). Obras de Jorge Muñiz, Richard Strauss y Antonín Dvořák. Entrada butaca: 18€.

Con la capital del Principado “cerrada por alerta” ante el Covid me temía que este sábado perdería el concierto inaugural de una temporada anormal donde cada día nos depara una sorpresa, pero finalmente pude escaparme desde mi aldea hasta Oviedo para seguir disfrutando de la música en vivo con un programa que conjugaba dos mundos en uno, cronológicamente inversos y misteriosamente unidos.

El llamado Proyecto Beethoven es un homenaje al genio universal de Ludwig van Beethoven a través del estreno absoluto de cinco obras de nueva creación, encargadas por la Oviedo Filarmonía e inspiradas en la vida y obra del compositor alemán que hoy comenzaba con Heiligenstadt del asturiano Jorge Muñiz (1974), más que el testamento del genio de Bonn como referencia, me quedo con esa “ciudad de los santos” de la Viena imperial, como mezclando ambientes, uno atonal y misterioso frente al melódico en ritmo ternario, la vida urbana vivida desde el otro lado del océano sin ninguna referencia musical beethoveniana pero con mucho oficio orquestal, el anonimato de las grandes ciudades americanas y el bullicio de las pequeñas europeas.

Escrita para una plantilla no muy grande y sin excesos de percusión (solo los timbales y pequeña percusión indeterminada), Lucas Macías llevó este estreno manejando una nave sinfónica con firmeza, acierto y poniendo a la formación ovetense en un punto ideal para continuar creciendo al afrontar repertorios tan variados desde la versatilidad que supone ser la orquesta local. Partitura agradable de escuchar a la que se puede sacar mucho juego por su escritura, inspiración y lenguaje netamente americano de un músico sin fronteras como nuestro Jorge Muñiz.

Las Cuatro últimas canciones, TrV 296 (Vier letzte Lieder, en alemán) para soprano y orquesta, fue la última obra de Richard Strauss, quien las compuso en 1948 con 84 años de edad y sin poder escucharlas representadas. Estrenadas en Londres el 22 de mayo de 1950, unos meses después de su fallecimiento, y consideradas como el último capítulo en la literatura lírica postromántica, Strauss no pensó escribirlas como ciclo, utilizando el texto de tres poemas de Herman Hesse y un cuarto poema de Joseph von Eichendorff, el primero al que puso música. Un acierto proyectar el texto y la traducción en el luminoso sobre la tarima que no obliga a perder la visión del escenario. Poemas sobre la muerte cercana y serena aceptación del destino, un tema recurrente pero unido a la propia vida, las dos caras de una misma moneda pues siempre van de la mano. El título creado por el editor Ernst Roth, determinó también el orden en que debían ser interpretadas.

La soprano sueca Ingela Brimberg en su CV destaca “sus atractivas representaciones de las heroínas dramáticas de la ópera. Brimberg cantó su primera Brünnhilde en la Tetralogía del anillo, de Richard Wagner, del Theatre an der Wien en la temporada 2017/18, después de haber impresionado como Senta en Der fliegende Hollander, Elsa en Lohengrin y con las heroínas de Strauss, Elektra y Salome, en varias de las principales casas de ópera europeas“. Y puedo asegurar que no defraudó en ninguna de las cuatro canciones del Richard Strauss pleno en todo, con una orquesta sin contención ni invasión, bien concertada por el maestro onubense, el alemán nada áspero de Hesse cantado por la sueca de dicción nórdica. “Primavera” (Frühling) de seda con trompas aterciopeladas y contención vocal sin recato. “Septiembre” sentido, brillantemente otoñal para un color de voz ideal y proyección suficiente sin restar nada la orquesta, compartiendo belleza con Mijlin. “Al irme a dormir” (Beim Schlafengehen) acunados nuevamente por el violín solo del concertino ruso hasta la muerte final, “En el ocaso” (Im Abendrot) que en la lengua de Goethe suena sensual, cada consonante musical, sílabas con los adornos imprescindibles de una soprano entregada y cómoda en cada lied, la cuerda compacta y el dúo de flautas etéreo, con una orquesta convincente hasta el silencio final, sin prisas, escuchando caer esa hoja simbólica sujeta hasta el último aliento de un auditorio donde las toses han desaparecido. Impecable “la Brimberg” y a su altura la Oviedo Filarmonía que con su titular transita hacia la excelencia.

Para cerrar nada menos que la Sinfonía nº 8 en Sol Mayor, op. 88 de Anton Dvořák, que pierdo la cuenta de veces escuchada en directo y no digamos en vinilo, casetes y cedés de toda la vida a la que siempre vuelvo porque mantiene en mí un estado de esperanza. Escrita en el verano de 1889, y destacada por su tierna inspiración nacida de la música tradicional bohemia que el compositor tanto amó. Estrenada en Praga el 2 de febrero de 1890 bajo la dirección del propio autor, los cuatro movimientos son un ascenso emocional además de la prueba de fuego para toda gran orquesta.

El Dvořák de Macías me aportó frescura a esta Octava que ha dejado interpretaciones históricas. Dirigiendo de memoria inspira confianza en sus músicos, no pierde la vista ni el detalle, impetuoso y tierno en el Allegro con brio inicial marcado con la compostura habitual del director andaluz, gestualidad precisa y perfecto entendimiento mutuo desde el primer ataque y la intervención motívica de la flauta solista antes del desgarro siguiente en todas las secciones, con un metal orgánico, afinado, nunca estridente y bien sujeto desde la batuta, al igual que una madera bien templada. El Adagio sonó limpio y claro además de elegante, sincero, con la agógica elástica que permite frasear y matizar, ese tema bohemio de clarinetes y flautas revestido de una cuerda presente, esas escalas descendentes que contestan la segunda melodía de la que emergen nuevamente el concertino y la flauta, más el metal brillando sin deslumbrar en los ataques permitiendo que los silencios resonasen en esta acústica de la “nueva anormalidad” que llevo varios conciertos destacando. Allegretto grazioso – Molto vivace cautivador, dejando fluir la música sin complejos, aire vienés marcado desde el podio lo necesario, dejando escucharse a todos, bien balanceado de contrastes y tempo antes del último ataque del Allegro, ma non troppo, majestuoso en su entrada de metales y la pausa conmovedora antes de la aparición en violas y cellos de esa melodía que me recuerda siempre la romanza “Junto al puente de la peña” de La Canción del Olvido del maestro Serrano, moldeada en diversos tiempos e instrumentos, con una cuerda sedosa y presente junto a un viento espectacular y acertado, la evolución acelerada antes del estallido de color en las trompas y una sonoridad orquestal totalmente cuidada, especialmente en la “marcha oriental” contenida para contrastarla con el motivo principal de este último movimiento que concluye espectacular, con un Lucas Macías dominador que cada vez confirma el acierto en su fichaje. Si nada lo impide disfrutaremos de un crecimiento a lo largo de una temporada que vuelve a prometer pese a las incertidumbres.