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Quien canta su mal espanta

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Miércoles 9 de septiembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, sala de cámara, “Clásicos en San Mateo”. Canta y no lloresBeatriz Díaz (soprano), Mª José Suárez (mezzo), Marcos Suárez (piano). Entradas gratuitas (previa reserva on line) y agotadas.

No hay fiesta sin música, y en este atípico San Mateo ovetense la lírica ocupa su hueco en la programación de festejos. Otro lleno esperado siguiendo las limitaciones de aforo y pese a lo difícil que lo tiene buena parte de un público fiel que no puede (o no sabe) acceder a las compras por internet, agotándose las entradas ya el primer día.

Está claro el “hambre de directo” a pesar de las incomodidades que todas las medidas contra el Covid19 supone (la mascarilla sigue empañando las gafas), y por supuesto la necesidad de retomar tantos conciertos aplazados o o suspendidos que para la mayoría de los artistas son su única fuente de ingresos. Seguiremos reivindicando un status especial para ellos dentro de una legislación que como la propia sociedad solo parece querer la música como “acompañamiento” olvidando, que son una fuente de riqueza y sustento de miles de familias, amén de un turismo de calidad que supone aumentar la rica oferta asturiana, y no digamos la llamada música clásica que parece seguir con el sambenito de clasista para unos políticos totalmente alejados de la realidad.

Dos voces femeninas, conocidas, queridas, aclamadas y además de casa, para este segundo lírico mateíno: la soprano allerana Beatriz Díaz, calidad en cada página, y la mezzo ovetense María José Suárez, puro gracejo y escena a raudales, más el piano del langreano Marcos Suárez, no todo lo bien que me hubiera gustado, nos trajeron un programa cuyo título era mucho más que una declaración de intenciones: como dice la letra de “Cielito lindo”, Canta y no llores, aunque sería otra en un repertorio apto para todos los públicos, donde una cuidada y difícil selección dejaría pasiones y emociones entre los asistentes, que disfrutaron de principio a fin.

Siguiendo el orden del programa, un primer bloque operístico, que Oviedo entiende y exige, así como una celebración de aniversarios, como el del checo que se celebraba el mismo día de Asturias (8 de septiembre), Asturias como parte imprescindible por festividades y “tierrina” apostando por la lírica asturiana de concierto, y nuestra Zarzuela, que este año nos cortaron de cuajo y en cierto modo había que intentar devolvernos un poco.

Tras la salida a escena y las oportunas presentaciones además de agradecimientos, abría la velada “La Díaz” con Puccini porque es el compositor de su voz, la Musseta con alma de Mimí  Quando m’ en vo de “La Boheme” que sigue poniendo la carne de gallina por gusto, voz, entrega y talento.

Primera gran ovación de la noche antes de dar paso a “La Suárez” en el citado aniversario de Dvorak y una de las canciones gitanas (Gypsy songs op. 55 nº 4 ) que le van bien al registro de la ovetense. Seguiríamos con el checo pero otro cuento, el del danés Hans Christian Andersen llevado a la “Rusalka” y su canción de la luna (Song of the moon de “Rusalka” que el confinamiento hizo el milagro de añadirla al repertorio de la soprano de Bóo, cantando en checo una página de emoción llena de color sacando a flote un color de grave homogéneo y grande, ampliando un registro no siempre fácil.

El famoso dúo de la Barcarolle de “Les Contes d’Hoffmann” (Offenbach) demostró lo bien que empastan estas voces, la complicidad sobre escena que descubrimos hace años y demostraron mantienen en esta preciosidad de la opereta francesa. Y un guiño a la ópera americana, también opereta o si se prefiere Musical, Beatriz Díaz con una visión del versionado infinitamente Summertime de “Porgy and Bess” (Gershwin) capaz de adaptarse a la carnosidad de las voces negras con el necesario “swing” sin olvidarse de su calidad lírica envidiable que encaja como un guante. La réplica cómica del Voltaire llevado a la escena por el gran Bernstein, ese número que bien explicó y cantó Mª José Suárez I was easily assimilated  de “Candide” a quien le hicieron los coros Marcos y Beatriz contagiando el colorido de Broadway.

Todo concierto vocal necesita su “descanso” pianístico, y Marcos Suárez eligió como inicio del recuerdo a los que faltan, el homenaje sentido de un Agnus Dei que es el Intermezzo de “L’arlesiana” (Bizet) al piano, difícil siempre reducir el colorido de la orquesta al blanco y negro de las teclas, pero la emoción suplió con creces las deficiencias.

Beatriz Díaz siguió ampliando repertorio, el alemán íntimo y bello de ese canto de difuntos que es el Allerseelen de R. Strauss, en la línea de las grandes sopranos a quien el coprotagonismo no siempre bien entendido del piano en el intrincado terreno del lied no la desvió de imprimir el dramatismo contenido y la expresividad que esta partitura atesora. Y recuerdo a Pepa Ojanguren de su amiga Mª José con esa “vidalita” rioplatense de Ginastera, la Canción al árbol del olvido que el piano necesitaría “guitarrear” y jugar con el rubato necesario del folklore argentino llevado a la sala de conciertos.

La parte asturiana estuvo más inspirada al piano con una versión sola del tema popular) que casi cantamos interiormente Ayer vite en la fonte, perfecto telón que abriría este tercer bloque, el regreso del “Lied asturiano” que ya escuchásemos en Avilés en febrero con el propio Vázquez del Fresno al piano y la misma Beatriz Díaz, un Xuguete el caballito de cartón de los “Cantarinos pa que suañes“, la creación sobre poesía asturiana tan grande como los alemanes y con un piano que requiere el mismo plano que la voz. Una delicia volver a escucharla como el tema elegido por Mª José Suárez que acompañó el público “sotto voce”, el bellísimo Chalaneru del zumayano afincado en “La Pola” (de Siero) Ángel Émbil Ecenarro, tan versioneado en nuestra tierra que hace feliz escucharlo. Velada donde primó el cantar sobre el llorar.

Durante el confinamiento las redes sociales ayudaron a seguir en contacto con nuestras cantantes, y la allerana llegó a compartir y casi enseñarnos su “Luna de Miel en El Cairo” de la que nos examinó a los presentes con las dos solistas antes de afrontar ya en serio el bellísimo dúo Niñas que a vender flores de “Los diamantes de la corona” (Barbieri) en nueva muestra de perfecto empaste vocal encajado con un piano algo despistado.

La conocida “tarántula”, ese bisho mu malo es el Zapateado de “La tempranica” (Giménez) que Mª José Suárez escenificó con esa gracia innata y contagiosa capaz de arrancar sonrisas al más serio. Y seriedad total con una de las romanzas menos escuchadas y más exigentes del gran Moreno Torroba que Beatriz Díaz borda, la Petenera de “La Marchenera” poderosa, segura y al fin con el piano de ropaje a medida.

Todos conocemos la Habanera de “Don Gil de Alcalá” (Penella), popularmente “Todas las mañanitas” con ese “Canta y no llores” a dúo con tímida pero afinada participación de los presentes, perfecto broche de programa, de entendimiento y variedad, de calidad y calidez que obligó a las protagonistas a regalarnos las esperadas propinas.

Aunque la inimitable “Saritísima” lleve años criando malvas, el cabaret de seducción sigue siendo necesario en tiempos de crisis y ese descaro recatado del Tápame fue perfecto aunque sin espiritoso sobre el piano pero con el guiño de pajarita y mascarilla a juego a la Mariajo carbayona, fiel a su papel a lo largo de la velada.

Y para cerrar nada mejor que volver a Puccini que parece haber escrito para Beatriz (qué ganas de su próxima Butterfly) otra de sus arias preferidas que cada vez siguen sonando únicas, O mio babbino caro de plenitud sin más calificativos.

El público ganado desde el principio se negaba a marchar, olvidando mascarillas e incomodidades pese a llevar más de hora y media, agradecimientos a los políticos locales por su presencia y apoyo, ausencia del primer regidor que como bien diría Mª José “él se lo pierde”, y otra famosa habanera, La Paloma de Sebastián Iradier (que en el Ravel operístico se dibujaba al final) a dúo de acompañamiento algo descafeinado, antes de despedirse con un fragmento último y coreado: “Canta y no llores”. Como dice Cervantes, “La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu“.

P.D. 1: dejo aquí los recortes de prensa aparecidos en la prensa asturiana, LNE (que en la edición “Cuencas” no aparece y la digital es solo para suscriptores) y El Comercio:

P.D. 2: dejo aquí los “Links” a las críticas o reseñas de prensa del jueves 10 en La Nueva España y El Comercio.

Fresco surrealismo

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Viernes 4 de septiembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXXIII Temporada Ópera de Oviedo. L’Heure Espagnole (Ravel), Les Mamelles de Tirésias (Poulenc). Primera función, entrada anfiteatro: 63 €.
Emociones encontradas para el arranque de curso escolar y temporada en “La Viena española”, Oviedo capitalidad musical que con todo el esfuerzo humano levantaba el telón con un programa doble francés, original, fresco, surrealista, luminoso, feminista, colorido, nuevo en esta plaza, rodeado de todas las medidas de higiene y prevención en la Era Covid-19.

Perfecta organización, responsabilidad compartida, “hambre de pan y horizonte”, de música, necesidad vital y real para todos, encuentros con distancia, abrazos robados pero con ganas de recuperarnos en esta anormal normalidad. Información en el móvil, desde las entradas hasta la hoja con el reparto en QR (al fin le encuentran la máxima utilidad obligados por las circunstancias), a la venta un buen libreto para coleccionar y donde el tándem musicológico Sanhuesa – Cortizo plasma negro sobre blanco lo que pudimos disfrutar en su conferencia del miércoles pasado sin movernos de casa gracias a las nuevas tecnologías que son ya la herramienta imprescindible en estos tiempos, transmitida por la cuenta en Facebook© de la propia ópera ovetense.

También un imprescindible como Francesc Cortés y por supuesto la presentación Dos divertidas joyas líricas de Emilio Sagi40 años desde su debut en esta su casa, a quien se le entregó una placa en recuerdo de la efeméride en el descanso, además de pasar a denominar la sala de ensayos con su nombre, merecido homenaje a un ilustre que sigue maravillando con sus puestas en escena siempre arrolladoras capaces de aunar opiniones, todo un logro en tiempos crispados.

Obertura de conferencia previa siempre con el gran comunicador Pachi Poncela que no pude escuchar en vivo por respeto a las indicaciones de un personal algo perdido, como todos, pero que pude disfrutar igualmente en casa como “postludio” desde el canal YouTube© de la Ópera de Oviedo.

Distancias obligadas entre butacas, la pena de observar el aforo a medias, puntualidad de “hora española” para la bienvenida en castellano, inglés y asturiano (poco pateo), mascarillas, ausencia de toses que se agradece siempre, y todo un discurso inicial por megafonía recordando a quienes no están, la ilusión y ganas de levantar el telón en esta temporada septuagésima tercera (¡73 años ininterrumpidos! con los que el “bicho” tampoco ha podido). Se apagan las luces, olvidamos las penas y late el corazón porque el espectáculo tiene que continuar. La OSPA casi camerística en el foso (con la percusión en las bolsas de los palcos laterales) y al frente Maximiano Valdés, tan “asturiano” y nuestro como esa orquesta que tanto le debe, regreso celebrado que supuso el primer acierto del programa doble, dominador de los planos sonoros, atento a la escena y recordando la calidad que atesoran maestro y sinfónica.

La hora española del Ravel con raíz española inimitable, dominador de la orquestación, deudor de nuestro folklore (habanera de ida y vuelta) e inspirado libreto “toledano” del relojero Torquemada (Francisco Vas), la insatisfecha Concepción (Maite Beaumont), sus “pretendientes” Gonzalve (Joel Prieto) y Don Íñigo Gómez (Felipe Bou) más la fuerza bruta del mozo de mulas Ramiro (Régis Mengus), triunfador y aplicable al esfuerzo del barítono debutante en Oviedo con un doblete que requiere preparación física y mental. Escena para el enredo, simbolismos de relojes como ataúdes donde esconderse, cercanía cronológica que no pierde actualidad, vocalidad plena de la segunda debutante, la pamplonica Maite Beaumont, mezzo ideal a quien espero volver a escuchar en repertorios más agradecidos que este raveliano, exigente en todos los planos donde brilló con personalidad y buen gusto.

El tercer debut en el coliseo carbayón del tenor Joel Prieto plenamente adaptado a las exigencias de la partitura (nasalidad obligada pero nada artificial) redondeó un buen elenco junto a los conocidos Paco Vas y Felipe Bou en esta primera página francesa de los nuevos tiempos para “viejas obras”, comedia musical estrenada en la ópera cómica así reconocible para nuestros vecinos del norte que han sabido marcar distancias con tradiciones centenarias de rivales artísticos y geográficos.

Pausa de 40 minutos con agua de cortesía para recuperar aliento y descansar de la mascarilla, saludos desde la distancia, estirar un poco las piernas y Les Mamelles de TirésiasPoulenc en estado puro con su Apollinaire inspirador, surrealismo siempre vigente, argumento casi histriónico tratado con una puesta en escena colorista “marca Sagi”, inconfundible, junto al vestuario de Gabriela Salaverri acorde con toda la producción, el Coro de la Ópera de Oviedo que nunca defrauda (con puntuales y acertadas aportaciones al reparto de solistas) y un elenco vocal de primera que sumo unir el cariño por los habituales con la solvencia de todos ellos.

Ópera bufa con el prólogo a cargo de David Menéndez capaz de entusiasmar por poderío vocal y presencia, arranque impresionante de verdadero cabaret antes de los dos actos con Sabina Puértolas y Régis Mengus entregados, bordando los personajes siempre arropados por el maestro Valdés y la OSPA en sus precisos balances.

La soprano navarra elige bien su repertorio y Sagi saca de ella todo su potencial, cómico, escénico y vocal, sin amaneramientos pese a la escritura de Poulenc. Seductora y entregada, el público ovetense la siente como propia porque nunca defrauda. Su “Teresa destetada” nunca pierde gracejo, la sorpresa cartomancia lo es mayor por ese travestismo sin perder color ni frescura, sumándole su capacidad camaleónica en todos los papeles que afronta, y esta Thérèse está entre las joyas de la pamplonica. Las mujeres siguen mandando…

Del barítono francés Mengus destacar su personaje rotundo que da la réplica en esa “vuelta de calcetín” feminista por la que no parece haber pasado el tiempo. Si con Ravel demostró fuerza total, nunca bruta, de amante mozo de mulas a marido surrealista redondeó un debut carbayón de altura, incluyendo su visible trasero en la ducha del primer acto que ha sido foto de hoy en la prensa* (lástima quedarse en lo anecdótico). Actoralmente impecable, color vocal perfecto, bien diferenciado del gendarme astur, y sobre unas tablas con las que le podría llamar con todo el respeto “animal escénico”. Todo un descubrimiento para el que suscribe.

Inteligencia y acierto en la mezzo debutante en Oviedo Anna Pennisi, desconozco el reparto de mezzos para la doble función. Simpático el hijo de mi “adoptado” Pablo García-López, breve y agradecido, acertada elección para un personaje ideal por edad, presencia y color vocal, aunque debe engordar un poco tras esta función (en Oviedo un par de kilos seguro que coge).

Epatante e impactante siempre nuestro David Menéndez de gendarme en una obra que ya interiorizase a la perfección en el hermano teatro Arriaga bilbaíno y en el Liceu catalán, de la misma producción. Y por supuesto un conjunto compacto el resto de cantantes (he dejado la ficha más arriba) incluyendo los del coro, para esta luminosa producción, equilibrada en cada detalle con un Sagi que contagia energía, alegría de vivir y pasión por la escena.

No hay mejor terapia que la música, subir el telón y olvidarse de todo, desconectar aunque todo sea distinto desde el pasado viernes 13 de marzo e imprevisible. El surrealismo habita entre nosotros.

Reencontrarse con la fuerza que emana de un público ávido del directo, de los reencuentros, la necesidad de recuperar un tiempo perdido que no nos devolverán por mucho que rebusquemos no tiene precio. Sin planes a medio ni largo plazo solo queda nos vivir cada día y disfrutar.

Gracias por el esfuerzo, por el trabajo, por la ilusión, gracias a la ópera de Oviedo donde cumpliré mis “bodas de oro” en 2.021 esperando poder celebrarlas. Al menos puedo presumir que un 1971 sentado en  “gallinero” con mi abuelo Pachín, el tenor cordobés Pedro Lavirgen cantaba un Andrea Chenier que marcaría de por vida mi afición lírica, completando una melomanía que sigue acompañándome.

P.D.: * La foto de hoy en la prensa regional de hoy y galería de imágenes:

Regresos inciertos

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Toda una vida desde el último concierto en vivo aquel 12 de marzo, nada haría pensar lo que se nos vendría encima. La música siempre en mi vida aunque el directo sea siempre irrepetible. Confinamiento con conciertos y óperas en “streaming”, compras de discos nuevos “on line”, revisiones de mi amplio fondo musicográfico, lecturas que hicieron más llevadero un curso escolar no solo atípico y “a salto de matas” sino insufrible, sin horarios ni organización, supliendo todo con las buenas intenciones.

La desescalada, los encuentros en todas las fases, el abrir la economía a sabiendas de que todo volvería como una pesadilla, el “monotema” del bicho que se llama Covid-19, las medidas incomprensibles de entender en tiempos de incertidumbres donde todo cambia de un día para otro.

La cultura siempre olvidada, mejor el fútbol sin espectadores o las plazas de toros a rebosar, y que no falten las terrazas que entre todos nos mataremos y la vida que no volverá a ser igual nos ha tapado la boca en todos los sentidos.

Hemos vuelto al Instituto, todo en el aire, sin Aula de Música y cual viaje al pasado después de 33 años de ejercicio docente, volver a itinerar de aula en aula aunque no pienso cargar con el piano, que para eso tengo mis materiales (como siempre), pero reinventando una materia donde no podremos usar instrumentos (desinfección también en la cotidianidad), no movernos, cantar con la mascarilla (si se puede), evitar el papel y múltiples interrogantes. A fin de cuentas es la vida del docente y casi la del melómano. Ya sabíamos que NADA VA A SER IGUAL por mucho que se quiera maquillar o engañar, la tontería de la “NUEVA NORMALIDAD” que realmente será ANORMALIDAD COVID, y sin fecha de finalización, a mí que programar es la base laboral y de ocio ahora convertida en una sesión de jazz donde improvisar con sus reglas también será difícil.

No he vuelto a ningún concierto en vivo, el miedo lo invade todo aunque la música sea mi terapia vital y la radio siempre compañera fiel de desvelos. No concibo aunque entienda el distanciamiento obligado, las butacas vacías, la empatía con el escenario de ver al público enmascarado y socialmente alejado. El contagio será la nueva lotería, la gripe volverá a ser protagonista este otoño pero necesito la música.

Septiembre de vuelta al cole esperando sea segura, de vuelta a la música en vivo más segura dentro de la incertidumbre. Necesidades y dudas que no pueden pesarme como una losa, así que este viernes 4 ¡me voy a la ópera! e iré retomando mi ritmo si me dejan.

Contaré la excelencia de apostar por nuevas obras en la Vetusta de rancio abolengo con la temporada “mateína” de mi adolescencia, la palabra cantada y la escena desde un “subrealismo” centenario que cual moda retorna en este 2020 bisiesto, olímpico cancelado y horrible para todo/s.

Saldremos de mi Campoamor querido, saludaremos si nos reconocen a mis amistades musicales, cenaremos con la moderación total del menú, la charla y la distancia, y de madrugada llegaré a la aldea.

Pero no me sentaré directamente en el ordenador sino que dejaré reposar emociones, mantendré otra distancia perdiendo la frescura y espontaneidad del momento. Haré una digestión razonada y lenta porque la vida no sigue igual, la música sonará siempre distinta aunque parezca inmutable en el papel (que todo lo aguanta). La interpretación personal e intransferible, aunque el placer melómano sí podré compartirlo. Es luz de esperanza.

Gracias por seguir ahí.

El Rey Camarena

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Martes 28 de enero, 20:00 horas. Oviedo, Los Conciertos del Auditorio: Javier Camarena (tenor), Ángel Rodríguez (piano). Obras de Gounod, Lalo, Donizetti, Rossini, Flotow y Cilea.

Crítica para La Nueva España del jueves 30 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Javier Camarena sigue siendo “El Rey” como bien cantaba en la cuarta y última propina jaleado por un auditorio hasta la bandera que le sigue coronando como el mejor tenor actual. Con su habitual pianista cubano Ángel Rodríguez compartió un triunfo sonado ante el derroche artístico mostrado por ambos, la voz que gana cuerpo y asombra con sus “filados” (parece tener tres pulmones bromeaba un aficionado) y las diabólicas reducciones orquestales para el piano donde no faltaba ninguna nota ni matiz. Si en el recordado concierto de noviembre 2017 asombró, en este enero 2020 maravilló y cautivó antes de cantar, haciendo su presentación con ese semblante siempre risueño, afable y cercano que solo los grandes poseen, totalmente alejados del divismo.

El recital se organizó con una primera parte en la lengua de Víctor Hugo y la segunda en italiano, arias conocidas y otras menos transitadas de óperas puede que menores pero bien elegidas sus arias para lucimiento del xalapeño que en esta gira española de parada obligada en “La Viena del Norte”, tiene todas las entradas vendidas con antelación.

El “Fausto” de Gounod fue el primer “brindis” con Salut! Demeure chaste et pure antes de la poco escuchada Vainament, ma bien áimée de la ópera de LaloLe roi d’Ys” de alegre estribillo y estrofas delicadas, un aperitivo que de por sí resulta agradecido además de difícil.

El Donizetti de Camarena sigue siendo único, tanto en el aria de “Don Sebastián Rey de Portugal”, que como ópera puede no ser destacable pero en esta página recuerda todos los protagonistas que el tenor mexicano atesora en su repertorio, y donde el francés natural lo emite sin nasalizar en absoluto, con un total dominio técnico, proyección exquisita y limpieza total, matizado con tal riqueza que da gusto escucharle. Evidentemente no podía faltar su aria fetiche y casi “record Guinness” por las veces que lo ha bisado, “La hija del Regimiento” con la famosa aria A mis amigos, reales entre el público con el elenco de la Lucía del Campoamor entre ellos y “los nueve do” que resultaron once ante el derroche vocal del final a cargo del Rey Javier I de México y el príncipe “consorte” del piano dando el ropaje y entendimiento total en cada nota.

En italiano otra rareza de Donizetti y su ópera “Betly” (1836), el aria E fia ver, tu mia sarai…, sello inconfundible en su escritura, dominio absoluto en el canto y acompañamiento increíble, Camarena en estado puro cuyo Rossini inicial de “Ricciardo e Zoraide” resultó una lección de “canto bello” en una de las primeras óperas del Cisne de Pésaro, llena de los giros siguientes en sus arias de tenor como esta S’ella mè ognor fidele…, agilidades vertiginosas bien resueltas con la aparente facilidad del canto y piano venidos desde México.

El sentimiento en estado puro, la emoción de los “pianissimi” capaces de alcanzar el silencio respetuoso de un público entregado llegaría con dos arias donde el espíritu de Alfredo Kraus “El Tenor” pareció imbuir al xalapeño de timbre único, poderosamente delicado y entregado en las últimas del recital, M’appari…  (Von Flotow) de la poco representada “Martha” y El Lamento de Federico de “La arlesiana de Cilea“, joyas para tenor que Camarena bordó además de emocionar, rindiendo a un público que ha creado hasta un Club de Fans en “Facebook”.

Las propinas fueron casi una tercera parte para delirio de todos. Nuestra zarzuela a nivel estratosférico con Camarena y Rodríguez: “Los Gavilanes” de Guerrero con la romanza Flor roja, de poner la piel de gallina y cortar el aire, más No puede ser de “La Tabernera del Puerto” (Sorozábal), poderosamente íntima antes del fin de fiesta mexicano con aires de mariachi: el famoso huapango de la “Malagueña salerosa” nacionalizada asturiana (qué pena los arranques de aplausos) con un piano primoroso, derroche de agudos para pone en pie a todo el auditorio antes de acabar con la ranchera más conocida de José Alfredo Jiménez y coreada por el auditorio, porque Camarena sigue siendo “El Rey”.

Lucía de locura

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Jueves 23 de enero, 20:00 horas. Oviedo, Teatro Campoamor, LXXII Temporada de Ópera: primera función del último título: Lucia di Lammermoor (Donizetti). Fotos ÓperaOviedo y propias.

Feliz de cerrar mis 61 recién cumplidos con mi adorada “Lucía” que volvía al Campoamor tras la de 2012 y con un reparto encabezado por Jessica Pratt (quien adelantase sus facultades en la gala solidaria de 2015) y Celso Albelo, pareja en el Rigoletto de hace tres años, aunque el tiempo también hace mella en todos, incluido el que suscribe.
Y una lástima porque esta Lucia arrancó desigual pese a la excelente sonoridad de la Oviedo Filarmonía con el maestro Giacomo Sagripanti en la dirección, pues el coro ya entró algo tarde aunque según avanzaba la representación la locura apareció antes de lo esperado.
La ópera va más allá de dar las notas escritas (alguna no lo estaba) sino de cómo darlas, y el ansia por el volumen hace abrir y descolocar la voz, demasiado vibrato que termina calando la voz y la leve desafinación que se hace insufrible. La sensación de no llegar flotaba en el ambiente aunque me llamen repugnante.
En esa “locura” comenzó el ucraniano Kymach con un Enrico de emisión rotunda e incluso color bello pero que desigual durante toda la función, especialmente en sus agudos, una de cal y otra de arena, aunque mantuvo el tipo y su registro central tenga cuerpo y proyección.

De otro conocido y querido en Oviedo como Simón Orfila sus agudos se contagiaron de una vorágine casi vírica, y además el color no es el de un bajo como suele ser Raimondo (comentaba que es como hacer tocar el papel de tuba a un trombón), aunque el menorquín pueda sobradamente con las notas, mantuvo el tipo pese a ese vibrar del agudo que no es agradable al oído. El tiempo irá dando cuerpo y empaque a una voz de barítono.

Y del tenor canario, casi asturiano por el cariño (que perdona todo) creo que este jueves no estaba bien de salud este Edgardo Albelo. Por momentos se notaba esa tela que obliga al carraspeo transmitiendo esa sensación de miedo, nos regaló un agudo sin empastare con su paternaire, los agudos no brillaban e incluso calaban, y la esperada penúltima aria (sin tumbas de antepasados y la amada cerca en la habitación colindante y no el castillo) la recreó en tiempo algo lento, muy “ad libitum” respetado por el maestro Sagripanti, excelente concertador, con ornamentos alejados de la línea krausiana de su maestro (que para mí sigue siendo el referente aunque también recuerde a Rosetta Pizzo y Jaime Aragall en mi juventud, más la flauta de César San Narciso). Lo mejor estuvo en el final, ya moribundo en el suelo, con la bellísima “alma enamorada” que en media voz sonó sentida, afinada y llegando a las alturas.
Repetía como Alisa nuestra carbayona Mª José Suárez, algo apagada y contenida ante tanta locura, más el breve Arturo de Moisés Marín, más “La Pratt“, con lo que el conocido sexteto quedó cojo en equilibrios y colores, verdadera pena porque es una de las páginas más brillantes de la ópera y necesita voces que empasten, emitan y logren un balance muy difícil de conseguir.

Triunfadora la Lucía de Jessica Pratt en una nueva (re)creación de esta carrera de fondo casi sobrehumana que supone este personaje belcantista, con el que está ganando enteros por todo el mundo. Apenas hay un momento de respiro, jugando con los tiempos bien secundada en el foso (bravo la flauta de Mercedes Schmidt y el cello de Gabriel Ureña, los solistas más cantabiles que subieron a saludar al final). De amplia gama de matices la australiana aunque los sobreagudos sean lo que se espera me gusten más sus crescendi desde una media voz cautivadora, así como una dramatización personal que acabará siendo un referente ante los años que tiene por delante.

En sus dúos “engulló” toda pareja (hermano, confesor, amante…), su timbre sobresale diría que excesivamente y no solo por frecuencia sino también por decibelios. Con una técnica excelente unida a su voz contundente y convincente no logró ponerme la piel de gallina (tras muchas “Lucias” a lo largo de mis casi 50 años de ópera), el viento y la locura sí emocionaron pero comenzó en escena antes de su aparición. Del sexteto Lucía y Edgardo rivalizaron en volumen y el cuarteto restante aguantó dos a dos el empuje sin rechistar ni empatizar.

Del coro titular, que comenzó algo destemplado, se mantuvo empastado y ganando enteros especialmente las voces graves más la escena de la boda.

De la escena no hubo mucho “revuelo” ni gran movimiento actoral sobre las tablas aunque resultase original el “descubrimiento” del giro (que acentúa visualmente la locura), tras una cocina inicial muy “british”, el hotel que recuerda al de Kubrick en El resplandor, y el salón con chimenea que en la rotación nos conduce a la escena del crimen con la presencia en la cama ensangrentada del asesinado (creo que nunca lo había visto) donde acuden todos, la ausencia de armas en la irrupción y disputa entre Enrico y de Edgardo (sí hubo daga para el suicidio) más una acción a caballo entre los años 40 y el último romanticismo con un vestuario elegante de opereta vienesa especialmente en las voces blancas del coro, con las protagonistas vestidas y peinadas como años después, algo que no aporta nada y que si las voces fallan termina siendo más protagonista de lo que debería.
Me gustan y suelo acudir a las terceras funciones porque está todo más rodado, e incluso el segundo reparto joven de esta Lucía del 20 promete, así que acudir al “estreno” tiene estas cosas: los abonados de muchos años, el vestuario variopinto, la presencia del regidor local en el palco municipal, la división de opiniones con la megafonía en asturiano (en Galicia, País Vasco, Navarra o Cataluña no sucede), los comentarios susurrando como si estuviesen en su casa, el descanso para el cigarrillo o el cava, también los teléfonos, y la prisa por marchar que el viernes es laborable para muchos.

Reparto
Lord Enrico Ashton: Andrei Kymach
Miss Lucia: Jessica Pratt
Sir Edgardo di Ravenswood: Celso Albelo
Lord Arturo Buklaw: Albert Casals
Raimondo Bidebent: fallan
Alisa: María José Suárez
Normanno: Moisés Marín
Dirección musical: Giacomo Sagripanti
Dirección de escena: Nicola Berloffa
Diseño de escenografía y vestuario: Justin Arienti
Diseño de iluminacion: Valerio Tiberi
Dirección del coro: Elena Mitrevska
Orquesta Oviedo Filarmonía
Coro de la Ópera de Oviedo

Un Fidelio para recordar

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Viernes 1 de noviembre, 19:00 horas. Teatro Cervantes, Málaga: 31 Temporada Lírica, Fidelio (Beethoven). Entrada: Palco 117 € (con 2,93 € comisión Internet recinto y 0,95 € comisión general Internet). Berna Perles (soprano), César Gutiérrez (tenor), Tijl Faveyts (bajo), Beatriz Díaz (soprano), Pablo García López (tenor), José Antonio López (barítono), Luis López (bajo), Jesús Gómez (tenor), Coro de Ópera de Málaga (Salvador Vázquez, director), Orquesta Filarmónica de Málaga, Manuel Hernández Silva (director musical), José Carlos Plaza (director de escena). Producción escénica del Teatro de la Maestranza de Sevilla.  Fotos de webs y RRSS.

Málaga se asienta firmemente en el circuito operístico nacional con una apuesta plausible gracias al crecimiento que la Orquesta Filarmónica de Málaga ha experimentado desde la llegada del maestro Manuel Hernández-Silva que esta temporada se despide de la titularidad dejando el listón muy alto tanto en conciertos como desde el foso.

Y este Fidelio (en la versión de 1814) ha sido un proyecto muy personal del director venezolano afrontando el Beethoven todavía clásico pero con su propia sonoridad y estilo vienés, que conocen de primera mano tanto el compositor en la ciudad imperial como el director en sus estudios “a pie de obra”. Si su Mozart del pasado año resultó conmovedor en este mismo coliseo malagueño, en el Beethoven que conmemoraremos largamente en el 250 aniversario del próximo año, encontró todos los mimbres para armar una ópera exigente en todos los aspectos.

Aunar calidad en escena y música en estos tiempos es tarea harto difícil que en este Fidelio malagueño logró casi la excelencia, con un reparto vocal equilibrado, tanto en el coro que brilló en escena, especialmente en el primer acto de los prisioneros, como en las voces solistas, comenzando con una Berna Perles creciendo desde Fidelio hasta la Leonora final, una soprano malagueña que personificó este rol complicado con solvencia, presencia y convicción, voz ideal de dicción perfecta e interpretación rotunda a lo largo de la representación.

El carcelero Rocco del bajo belga Tijl Faveyts, el más aplaudido, resultó otro acierto por aplomo, escena, dominio total en lo vocal y por fin una tesitura clara que siempre relució en cada intervención, como solista, dúos o en los muchos concertantes, de empaste perfecto y escucha clara por un color totalmente adecuado para su personaje.

También volvían al Cervantes la pareja asturcordobesa, la soprano Beatriz Díaz como Marzelline, hija de Rocco, y el tenor Pablo García López en un Jaquino muy personal. Ellos abren la ópera con un dúo que apuntaba una función redonda, la asturiana en su línea de excelencia debutando un papel en alemán que le va como anillo al dedo en todo: voz llena de matices, amplios y de proyección suficiente, incluso en las partes habladas, ganando cada vez más en los graves manteniendo unos agudos impecables, sumando una escena que llena en cada aparición suya (impagable la escena segunda con Rocco), y el cordobés que madura a pasos agigantados recreando un conserje enamorado cojo pero sin problemas físicos para una interpretación donde tanto el canto como las partes habladas fluyen de manera natural para este personaje ideal, generoso en el amplio sentido de la palabra y en todas sus intervenciones.

Cuarteto protagonista que nos dejaron los mejores momentos vocales de la noche junto al coro, debiendo citar al resto del elenco: el Don Pizarro del barítono murciano José Antonio López no desentonó con el resto, algo más “apagado” y menos convincente en esos papeles de “malo” para disfrutar un poco más, estuvo contenido pero notable; el Don Fernando del bajo malagueño Luis López me sorprendió gratamente por color y volumen, una voz prometedora que ayudó a equilibrar el reparto solista, junto al tenor Jesús Gómez solventando con suficiencia su solo en el coro de prisioneros. No tuvo su mejor noche el tenor colombiano César Gutiérrez como Florestán, formado en Viena y conocedor de este repertorio pero que tal vez por su intento de dotarlo con el dolor intrínseco del personaje, presentó unos cambios de color en los agudos algo “apretados” aunque redondease un elenco ideal para este Fidelio malagueño, voces todas empastadas, distinguibles y audibles perfectamente, siempre equilibradas y presentes gracias a un foso atento.

Toda la puesta en escena de José Carlos Plaza, luces y vestuario, ayudaron a un verdadero espectáculo ambientado en Sevilla, descubierta en la noche final, las losas opresoras, especialmente la superior que juega con las inclinaciones para completar la fuerza dramática, los destellos casi en sombra de las torturas en la cárcel, los tonos oscuros y oxidados hasta en los maquillajes, incluso en el vestuario de cada personaje y coro que nos llevarán a la luz con la aparición de las mujeres de blanco en la liberación final. Es loable encontrar una escenografía que no distrae nunca la acción musical y además la completa sin entorpecer, más bien agrandar y ayudar a comprender esa idea de opresión que sustenta esta ópera única del genio de Bonn.

Y en el foso una Filarmónica de Málaga realmente clásica en sonoridades, sin historicismos instrumentales pero con sonido vienés, al servicio de las voces, calidades en las maderas, virtuosismo en la trompeta solista, dinámicas amplias siempre en el plano correcto, más una cuerda sedosa y clara, todo bajo la batuta de un Hernández Silva que sabe cómo sacar de todos lo mejor. Incorporar la obertura tercera de Leonora para enlazar los dos cuadros del segundo acto fue un acierto tanto musical como escénico al recrear la liberación con unos prisioneros levantando la losa para vislumbrar una Sevilla nocturna llena de contrastes, brillo total desde las penumbras luminosas musicalmente hasta el final premonitorio de la Oda a la libertad de su novena sinfonía, todo tejido con mimo y magisterio en este Fidelio para recordar.

Enhorabuena a todos y gracias por otra escapada malagueña que nunca nos defrauda: reencontrarme con amigos, disfrutar de su luz y la música siempre como buena disculpa para cruzar España comenzando a celebrar #Beethoven2020.

Un escalón más

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Lunes 29 de julio, 19:00 horas. Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA), La Castalia: Concierto de Clausura del V Curso Internacional de Canto y Repertorio Vocal.
Aún convaleciente de mi reciente operación de hombro y escribiendo con una sola mano, siempre digo que el verano también es trabajo y me complace volver a los conciertos que La Castalia ofrece al público con sus alumnos y profesores, otro regalo tanto para Oviedo como para melómanos llegados de todas partes que dejaron pequeño el patio del RIDEA, así como la posibilidad de continuar una formación vocal que nunca termina a un plantel de voces variado y con distintas trayectorias.
Otro mes de julio donde la incansable Begoña García-Tamargo se pone al frente de un claustro de profesores para dar lo mejor de su profesionalidad y poder seguir educando nuevas voces para un ascenso en esa carrera que no tiene fin pero que podemos congratularnos a la vista de los resultados.

Manuel Burgueras (repertorio vocal), Curro Carreres (escena lírica), Yelyzaveta Tomchuk (pianista acompañante), Ana Cristina Tolívar (fonética), Mª José Collazos (análisis musical) y Mario Bueno (fisioterapia) junto a la propia Begoña García-Tamargo (dirección artística y canto) han estado trabajando sin pausa con un alumnado internacional de todas las cuerdas, colores vocales y tesituras para sacar de ellos más de lo que podamos imaginar, adaptando a cada uno repertorio, estilos así como la puesta en escena que esta vez supuso un avance de calidad a lo largo de las dos horas de concierto donde hubo canción de concierto, ópera y zarzuela organizado en dos partes sin apenas descanso, en combinaciones variadas y bien estructuradas para disfrutar no solo de la música vocal sino también de un elenco de jóvenes abarcando promesas y realidades, desde la soprano debutante Eugenia Ugarte hasta la querida y consolidada mezzo María Heres con nuevos registros caso de su Habanera de “Carmen” (Bizet) verdaderamente lograda.

Me encanta comprobar el progreso imparable de la jovencísima soprano Janeth Zúñiga, los avances de Almudena Sanz, también soprano, el trabajo incansable de Canela García, pasando por el contratenor Mikel Malda que habrá que seguir de cerca (muy aplaudido con el conocido Lascià del Rinaldo handeliano), continuando por el barítono Javier Agudo o el bajo Román García así como más “descubrimientos”: el tenor Adrián Ribeiro, una voz con cuerpo que dará muchas alegrías, la soprano Carla Sampedro, con un timbre peculiar al que le encontraron sus roles, el barítono Darío Gallego y el tenor Thomas Minaux. Mención especial para la actriz Marina Cañada que volvió a demostrar la interacción necesaria con la música en el “dúo de gatos” de Rossini con Canela García, la actuación creíble y entendible del lenguaje minino en el simpático número del cisne de Pésaro.

El avance en calidad lo puso el maestro Curro Carreres que logró de todos ellos una implicación total en cada interpretación con los pianistas, creyéndose las partituras, interpretando en todos los sentidos, desde Tosti a las romanzas y dúos de zarzuela hasta la ópera, interesantísimos casos como el aria Si la rigueur (“La Juive” de Halévy) con el bajo Román García, el dúo Heure exquise de “La viuda alegre” (Léhar) con Janet Zúñiga y Thomas Minaux más el piano de Tomchuk, e incluso Quel vecchio maledivami de Verdi con Agudo-Rigoletto y García-Sparafucile en buen empaste y actuación de ambos.

Con ligeros cambios de vestuario, salidas a escena aprovechando el espacio del Palacio del Conde de Toreno y la siempre acertada selección del repertorio, fueron saliendo las voces para disfrutar cada página, combinaciones jugando con el color y alternando con páginas en solitario. Imposible detallar cada número (el programa lo he dejado más arriba), pero quiero destacar sobremanera la escena y terceto Zu Hilfe… Stirb, Ungeheur, durch unsre Macht del primer acto de “La Flauta Mágica” (Mozart) como el exponente máximo de hacer posible recrear este parte del cuento cantado, con las tres damas de Janeth, Canela, María más las actuaciones de Adrián-Tamino al que casi desnudan y la “serpiente” Marina, con el piano orquestal de Yelyzaveta, empastes y escena exprimidos al máximo.

De nuestra zarzuela siempre hay numerosas páginas donde aprovechar las posibilidades vocales de cada cuerda, con romanzas primorosas y bellísimas, caso de “Gigantes y Cabezudos” (Fernández Caballero) con Canela García como Pilar en esa sentida Está en su carta… No sé leer con Manuel Burgueras al piano, Madrileña bonita del enorme Pablo Sorozábal (“La del manojo de rosas“) con Darío Gallego, las poco escuchadas Nocturno y romanza A verla voy de “Curro Gallardo” (Penella) con el barítono Javier AgudoBurgueras, junto a “La canción de La Lola” (Chueca y Valverde) y la romanza En la calle del Ave María interpretada por Almudena Sanz acompañada por Burgueras. Dúos emocionantes como el No llores más de “La Malquerida” (Penella) a cargo de María Heres y Javier Agudo, entregados como Cállate corazón de “Luisa Fernanda” (Moreno Torroba) con Heres-Ribeiro o el conocidísimo de Felipe y Mari Pepa (“La Revoltosa” de Chapí), perfecto broche final nuevamente con María Heres, Darío Gallego y Elyzabeta Tomchuk al piano que cosecharon las mayores ovaciones.

La despedida coral cantando Asturias patria querida puso el punto y seguido a este nuevo curso que no se detiene. Un escalón más para La Castalia y su equipo, para las voces que continúan formándose en todos los ámbitos y para Oviedo y todo el Principado de Asturias que sigue apostando por la música en todas sus facetas como verdadera seña de identidad. Mi enhorabuena para todos, profesorado y alumnado, porque la educación está desde siempre en nuestras vidas.

Despedida por todo lo alto

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Domingo 16 de junio, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, concierto extraordinario cierre de Temporada. Juan Diego Flórez (tenor), Cécile Restier (piano). Obras de Bellini, Glinka, Donizetti, Lehár, Bizet, Gounod, Bizet y Verdi. Entrada: 58,50€ (descuento para abonados del ciclo).

Despedida por todo lo alto con Juan Diego Flórez (Lima, 1973) para un ciclo donde el tenor peruano llenó el auditorio poniéndolo en pie sin defraudar nunca, esperado concierto programado inicialmente para el 26 de mayo pasado cancelado por motivos de salud, pero que mantuvo el aforo y programa pese al apretado calendario de esta figura mundial, acompañado de una excelente pianista como  Cécile Restier (Paris, 1981) que tampoco defraudó, haciendo “olvidarnos” del habitual acompañante Vicenzo Scalera.

Obras bien elegidas con los “intermedios” de la pianista francesa en la línea habitual de estos recitales, comenzando con Bellini y tres de sus canciones de concierto aptas igual para cualquier tesitura, casi como arias, perfectas para ir calentando voz y dedos, siempre optando por tiempos adecuados a la buena dicción, Vaga luna, che inargenti, bien lenta, Vanne, o rosa fortunata, algo más ligera, y Ma rendi pur contento gustándose los dos intérpretes, especialmente el limeño.

Sin romper este inicio belcantista la pianista eligió a Mikhail Glinka y su Rondino brillante sobre un tema de Bellini de lucimiento personal claramente ejecutado para dar el descanso vocal antes del aria O di Capellio, generosi amici… È serbato a questo acciaro…L’amo tanto e m’è sì cara de “I Capuleti e i Montecchi” donde Flórez comenzó a dar lo mejor de la velada en el repertorio que domina como pocos.

No podía faltar Gaetano Donizetti, primero el poco escuchado Vals en La mayor (para piano solo) y después dos arias bien distintas: Una furtiva lagrima del Nemorino de “L’elisir d’amore”, recogido casi íntimo con un piano discreto (aunque siempre tengo que destacar lo complicadas que son las reducciones orquestales), y tras él volviendo a escena arrancando con el poderoso Edgardo de Tombe degli avi miei… Fra poco a me ricovero de “Lucia di Lamermoor” que cerró la primera parte en calidades “in crescendo” mostrando las cualidades que Arturo Reverter destaca en las notas al programa (enlazadas al inicio en obras): “exquisito, de voz clara y argéntea, de
probada técnica de emisión
” o las que destaca otro crítico como Javier Pérez Senz: “En el arte del buen cantar, Flórez es un maestro; difícil parece encontrar en la actualidad un tenor capaz de un canto más dulce y efusivo, más elegante y sabiamente fraseado“.

Con algo de escepticismo esperaba las arias de Franz Lehár porque idioma y estilo no me cuadran mucho con el color vocal de Flórez (mis referencias son 2K: KrausKaufmann) aunque no sea igual con piano que orquesta de cámara o sinfónica pero cantándolo desde hace años. Comenzaría con Dein ist mein ganzes Herz de “Das Land des Lächelns” algo plano, mejor el Gern hab’ ich die Frau’n geküsst de “Paganini” y culminando con más calidad y poderío el Freunde, das Leben ist Lebenswert de “Giuditta“, antes del Scherzo “vivace” de la Sonata en Re menor (para piano solo) y la parisina Restier luciéndose con el príncipe de la opereta.

No podía faltar ópera francesa, comenzando con una mejorable en estilo pero bien sentida y cantada La fleur que tu m’avais jetée, de “Carmen” (Georges Bizet) para proseguir con Charles Gounod pero no el Salut, demeure chaste et pure de “Faust” sino Ah lève toi, soleil de “Romeo et Juliette” que álguien del público contestó “mejor”, bien el enamorado Romeo tras el celoso Don José.
Siguiente número de piano solo retomando a Bizet con su Nocturno en Re mayor en las manos de Cécile Restier verdaderamente impecable antes del esperado Verdi con dos arias para rematar la faena demostrando que su repertorio se engrandece como el cuerpo de su voz: Oh dolore de “Attila” y La mia letizia infondere… Come poteva un angelo de “I lombardi” apasionado e incluso brillante, que volvieron a dejarme buen sabor de boca con el esperado, aclamado y mediático Juan Diego Flórez que regresaría al escenario cantando algunas de sus habituales propinas.

Guitarra en mano, público pidiendo a gritos canciones cual comanda de “trattoria”, su Perú del alma, comenzando con Chabuca Granda y el canto al gallo Camarón, seguido de un mix que dicen ahora De domingo a domingo en el día del padre en Hispanoamérica enlazado con el Cielito lindo, bromeando con todos, cercano, afable y simpático (su nombre en México es un santo al que se le apareció la Virgen de Guadalupe).
Todavía quedarían dos propinas más con Cécile Restier quien hubo de lidiar con una Granada (Agustín Lara) algo complicada de acompañar pero que Flórez paró con humor y guiños, incluyendo el giros “aflamencado” antes del agudo final, y un inesperado Calaf del “Turandot” pucciniano, el archiconocido Nessun dorma que me hizo saltar las lágrimas recordando a mi tío Paco al que enterrábamos por la mañana y hubiese disfrutado más que yo este concierto como buen melómano que me inició en este mundo único de la música.

Mejor despedida imposible.

Siempre aprendiendo con la lírica

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Oviedo, La Castalia – RIDEA: II Ciclo de Conferencias “Teatro lírico español: escenarios y géneros”.

“Muriendo y aprendiendo” es un dicho que va más allá, un auténtico alegato a favor de la educación, pues cada día aprendemos y aprehendemos. La Castalia en colaboración con el RIDEA continúa apostando por la educación en todos los ámbitos, no solo desde el canto sino profundizando y haciéndonos partícipes de novedades, estudios y enfoques de la lírica desde Asturias, y vuelve a organizar este ciclo de conferencias con tres autoridades en la materia y pilares de la universidad asturiana en el campo de la Musicología como María Sanhuesa, Ramón Sobrino y Mª Encina Cortizo.

El miércoles 22 a las 19:30 horas abría fuego mi admirado Ramón Sobrino con “La recuperación de la zarzuela de los siglos XIX y XX“, catedrático de Musicología de la Universidad de Oviedo, músico, investigador, pionero en la utilización de medios informáticos en la edición musical y un verdadero lujo tenerlo entre nosotros. Su verbo fácil, irónico, ameno, docto, plagado de anécdotas desde la sabiduría siempre humilde, nos acercó el trabajo diario de su labor investigadora, la búsqueda de las fuentes originales, los problemas que se encuentran, las trabas burocráticas, las dificultades e imprevistos, pero sobre todo la pasión por la música desde el rigor y el trabajo de un doctor que lleva muchos años en la brecha, en primera persona, en la sombra, asesorando, impartiendo docencia, dirigiendo trabajos y tesis, publicando nuestro patrimonio musical más allá de la zarzuela, aunque esta vez nos hablase de ella.

En una excelente conferencia el doctor Sobrino nos ilustró con los devenires cual Indiana Jones musical buscando el arca perdida con partituras perdidas encontradas en donde menos se esperaba, otras custodiadas en organismos públicos sin acceso, el sumergirse con la amplia prensa de los últimos dos siglos, buceando en los orígenes de nuestra Zarzuela que parece ser más apreciada por los alemanes que por nosotros mismos haciendo impensable no poder interpretar en Berlín ante la falta de partituras… las anécdotas de El barberillo de Lavapiés del genial Barbieri, las instrumentaciones según la plantilla disponible, las correcciones, los guiones y manuscritos, las versiones solo con piano… El dedo en la llaga de la miopía cultural en épocas de nacionalismos como no promocionar ni siquiera en Cataluña la Marina de Arrieta ambientada en Lloret de Mar, la sardana y muchas más músicas de “ida y vuelta” cuando el tango no era argentino, Cuba todavía era española y el chotís ni era escocés sino alemán aunque lo reconozcamos como lo más castizo de Madrí. Tampoco faltaron Chueca o Bretón, Gaztambide y El Juramento, las aventuras de aquellas representaciones, algunas llegando al millar, los cambios climatológicos y teatrales, las adaptaciones al medio, las modas imperantes. Con cada partitura, cada título, cada escenario, Ramón Sobrino nos abría puertas, ojos y oídos con admiración a partes iguales. La recuperación de La Canción del Olvido completa y tantos otros títulos. Tributo lógico y merecido a “los Emilios” Sagi y Casares, junto al recordado Miguel Roa como defensores de nuestra zarzuela en tiempos difíciles.

La Gran Vía del conocimiento, el trabajo incansable en la revisión y a menudo primeras ediciones orquestales de nuestra zarzuela, sin olvidarse el peso y poso histórico del que parece todavía se olvida por parte de muchos críticos a raíz de algunas representaciones cercanas en el tiempo. Defensa de nuestro género desde el magisterio y el conocimiento, el Teatro de la Zarzuela madrileño o el Festival Lírico de Oviedo como únicas temporadas estables, la defensa del quehacer en la investigación con el razonamiento esperado de nuestro doctor o de organismos como la SGAE, el ICCMU como uno de los grandes editores de los últimos títulos que se programan, graban y difunden más allá de nuestra querida España, pues el potencial de nuestro idioma y género musical por excelencia está todavía por descubrir. Por lo menos la base científica es sólida y La Castalia lucha por divulgarla con voces tan preparadas como la de mi admirado Ramón Sobrino.

El martes 28 a las 19:30 horas continuaría este ciclo de tres conferencias, de nuevo con gran asistencia de público, a cargo de Mª Encina Cortizo, tándem perfecto con Sobrino, quien nos hablaría de “La ópera española: un patrimonio por descubrir”, realmente para todo un libro, recordando que España es el país que más lírica ha producido y recordando cómo la “Leyenda Negra” de los británicos tan negativamente nos ha afectado e incluso resignándonos a lo largo de siglos tras nuestro poderío en el Renacimiento.
Sin ahondar sobre qué entendemos por ópera española, si autores españoles o libretos en nuestro castellano universal, lo que está claro es la presencia de grandes nombres a quienes incluso se les reconoció mucho más fuera de nuestras fronteras, casos de Falla y La vida breve, Albéniz con su Pepita Jiménez, Henry Clifford, o la trilogía sobre el Rey Arturo comenzando por Merlín (más unos bocetos de Lancelot y Guinevere ni empezada), todas en inglés. El trío de ases lo completaría Granados con María del Carmen Goyescas, de quien Miriam Perandones también nos dio una conferencia en el anterior ciclo de La Castalia.

Cita obligada, siempre docta, los grandes antecedentes de nuestra escena musical donde Lope de Vega escribe La selva sin amor (1629), égloga pastoril conocida pero sin partituras,
Celos aún del aire matan (denominada fiesta grande cantada) de Juan Hidalgo y libreto de Calderón (1660), recordándonos que en 2000 Francesc Bonastre edita y lleva al Teatro Real ese mismo año. La púrpura de la rosa también de Hidalgo desconocemos la partitura pero sabemos que en Perú otra música (de Tomás Torrejón de Velasco), editada por Louise K. Stein utiliza el mismo libreto. Tampoco hay que olvidar otros grandes nombres como Sebastián Durón, Antonio Literes, José de Nebra y hasta el mismísimo Farinelli con todo lo que supone para España.

Se fueron de España otras figuras comenzando por el valenciano Martin y Soler, admirado por Mozart, siguiendo como todos ellos la “ópera italiana” y el periplo por las cortes europeas (descubierta recientemente su tumba en Moscú), también en el siglo XIX el famosísimo tenor y compositor sevillano Manuel García que daría para una conferencia propia por él y toda su familia, el gaditano José Melchor Gomis (1791-1836) en Paris y usando el francés como idioma, y sí se quedaron entre nosotros el catalán Ramón Carnicer (1789-1855) con siete óperas “italianas” estrenadas en Barcelona, la otra capital operística española hasta ficharlo el rey para Madrid, donde llevará otras cuatro.
De Carnicer tienen mucho para enseñarnos Cortizo-Sobrino con años de investigación y ediciones, recordándonos Il dissoluto punito sobre nuestro Don Juan (partitura conservada en el archivo municipal de Madrid) y reestrenado por Alberto Zedda en el Festival Mozart 2006 de La Coruña (con grabación en CD y DVD), después Elena e Malvina (1829) que en 2016 se recupera con problemas de fechas, huelgas, etc. que parece dormir el “sueño de los justos” y sin retransmitir por Radio Clásica pese a haberla grabado con Guillermo García Calvo al frente de un elenco ideal… una lástima porque el esfuerzo para reestrenarla, aunque fuese en versión concierto, no tuvo el premio de la continuidad, escrita al estilo Rossini o Bellini muy difícil de cantar.
Santiago de Masarnau y el romanticismo en voga pedía ya en 1836 el español como idioma y una ópera nacional como otros países (Italia, Francia ¡y hasta Rusia!), con nuevos nombres a recordar dentro del “canon italiano” que casi todos los compositores seguían por ser la moda: Hilarión Eslava, que estrenaba en Cádiz porque la Catedral de Sevilla lo impedía, pero también Tomás Genovés, Baltasar Saldoni, Joaquín Espín y Guillén o Vicente Cuyás, nombres que el ICCMU sigue defendiendo con ediciones críticas.

Otro de las figuras que repasaría la catedrática Cortizo en los años 40 del siglo XIX sería Emilio Arrieta (1821-1894) mas conocido por la zarzuela, estudiando en Milán, componiendo para final de curso la premiada Ildegonda (1845) con libreto de Temístocles Solera, cual Lucia de argumento y mostrando admiración por un Verdi que escucharía en sus años estudiantiles, del que Solera también escribiese varios libretos. RTVE con López Cobos la grabó y es admirable e increíble cómo una opus 1 puede tener tal calidad. Corría 2004 y lo registrarían voces como José Bros, Ana Mª Sánchez, Mariola Cantarero y Carlos Álvarez… Otro tanto sucedería con La conquista di Granata (1850) con libreto también de Solera que se recuperaría en 2006, grabación casi con los mismos intérpretes.
Se llevaría a representar en Giessen (Alemania), un pequeño pueblo donde como anécdota preguntaban si era muy conocida en España. Al menos pudimos escuchar algunos fragmentos gracias a Mª Encina corroborando la calidad de estas dos óperas del maestro Arrieta.
Muchas más anécdotasMarina la ópera en 1871, el papel que desempeñó el gran tenor Tamberlick, el empuje dado por Isabel II, el tiempo pasado hasta los homenajes a Kraus o cómo en 2015 apareció en un silo de cereales de Almagro nuevos números, luego archivo INAEM, con sardana incluida.
Imposible en una conferencia abarcar un título para ella donde había que recordar a muchos más como Felipe Pedrell, un catalán aún sin “recuperar” pese a las corrientes políticas, con la ópera Els Pirineus (buscando completar una trilogía con La Celestina y El Compte Arnau) de armonías wagnerianas pero aires franceses,
Bretón que también compondría óperas al igual que Serrano y Chapí cuya Margarita la tornera (1909) con libreto de Zorrilla pondría un punto y seguido recordando siempre a Luis G. Iberni.

Cerraría el ciclo el martes 4 de junio a la hora habitual de las 19:30 la doctora María Sanhuesa con “El Teatro del Fontán de Oviedo: una caja de sorpresas”, organizadora de estas tres conferencias en su segunda edición para “La Castalia”, de nuevo aportando aspectos de la tradición lírica de nuestra capital centrada en los recintos y especialmente en un teatro sobre el que lleva años investigando como es el que destronaría el Campoamor, el Fontán, pero también repertorio y figuras.

Oviedo es más que el Campoamor inaugurado en 1892 y los títulos del momento amén de Los Hugonotes de Meyerbeer que con que abriría historia propia pero que ya se había representado en el Fontán. La profesora recordaría al músico Antonio Llanos con obras líricas como Tierra, El Duque de Gandía o El despacho parroquial que bien podían haberse escuchado en aquello tiempos. En esta historia carbayona no se podía olvidar de Luis Arrones o las misceláneas de Luis G. Iberni incluyendo el recopilatorio Delantera de paraíso en su memoria, y es que hubo mucha vida lírica antes del Campoamor con espectáculos y público propio, variopinto del que escribió Clarín con su pluma ácida en su cuento La reina Margarita, pagaban y exigían sin entrar en más aunque Oviedo siempre tuvo afición secular y Leopoldo Alas la vivió en primera persona.

En 1671 se inaugura el corral de comedias del Fontán cruzando datos de distintas fuentes locales pero también encontradas en Almagro, y es que desaparecieron de forma interesada los archivos (para favorecer a unos inquilinos) pero al ser municipal hay actas de los plenos relativos al teatro, que hasta tenía una comisión propia. Mucha prensa del momento (incluyendo el periodo 1871-1936 de El Carbayón), Fermín Canella y sus Memorias asturianas, entre otras muchas citas constatan que a finales del siglo XV ya tenemos información de espectáculos en distintos espacios ovetenses. De 1666 a 1671 se construye un corral de comedias al estilo castellano a cargo del arquitecto Ignacio de Cajigal, con detalles curiosos caso de ser a cielo abierto como era costumbre entonces, pero tuvo otros usos como hospital de campaña y constaba de una estructura complicada sin fachada ni exento, debiendo atravesarse el palacio que hoy ocupa la Biblioteca. Casa de Comedias, Casa Teatro e incluso Casa Mesón fueron las denominaciones y para llegar al teatro se llenaba uno de barro cruzando la plaza que adecentaría el Marqués de San Feliz con su palacio al lado.

María Sanhuesa nos contó que el Patio de Comedias del Fontán siempre tuvo problemas en su estructura, una planta ampliada por la calle Quintana que ni existía por entonces, o su cubierta en 1796 con la reforma al estilo italiano del arquitecto Francisco Pruneda, entrando en un siglo XIX donde seguiría ampliándose, reparando y arreglando, incluso añadiendo un café siguiendo las costumbres. El deterioro iría en aumento hasta 1847 en que se cierra dos años para reformarlo a fondo, incluso apareciendo nuevos problemas como la financiación a base de impuestos municipales sobre el vino y préstamos de la Sociedad Económica Amigos del País para escuela de dibujo (nuestro antiguo “Conservatorio del Rosal”), escuela de Artes y Oficios muchos años.
Modernizar el teatro suponía nueva utillería y decorados así como un telón de boca (del que se conserva un dibujo en Almagro) de José Mª Avrial Flores, con gran éxito por los mismos, ampliándose el aforo hasta las 600 localidades (hasta 1851-52 ni siquiera tenía almacenes propios y luego estas telas se estropearían por la lluvia que en Asturias es habitual).
La reinauguración sería con Ernani en 1849, después Macbeth (1852) -que exigía un nuevo decorado de gruta- aunque se representaba también zarzuela, danza y hasta espectáculos circenses, de títeres, así como compañías aficionadas de distintas sociedades locales.

Sobre el repertorio preferido hay inventario de los decorados antes de la reforma que nos da idea de los títulos: Romeo y Julieta, Medea, el Otello de Rossini, junto a La Gazza Ladra o Barbero, pero también Norma y todo el belcanto. El barítono Giorgio Ronconi (1810-1890) cantante de éxito en 1864 cantó en el Fontán como recoge la prensa, y también el famoso Tamberlick en 1882, algo mermado pero con su fama intacta con un Trovatore donde no dio el agudo de La Pira (sustituído por un clarinete permitido por el propio Verdi) y mi paisano Teodoro Cuesta, flauta de aquellas orquestas, le dedicó un verso como a Lorenzo Abruñedo (1836-1904) espectador primero de estas funciones y después un tenor de fama.
Se repetían títulos pero nada románticos, así era el gusto ovetense, y de las orquestas y coros (hablando cuando no cantaban) siempre de inferior calidad que los cantantes, verdaderas figuras. María Sanhuesa nos contó múltiples anécdotas como quitar los caballos a los carruajes y tirar los “fans” por ellos hasta el hotel, o en el caso de las bailarinas comerse sus zapatillas en señal de admiración, raros gustos culinarios.
Interesante saber que en 1890 el famoso violinista santanderino Jesús de Monasterio interpretaría una obra suya perdida inspirada en su valle de Liébana, como recoge la prensa, o que el aforo alcanzaría las 99 butacas (la número 100 se supone estaba reservada a la autoridad local), con un foso pequeño, mucho frío, goteras…
“Nuestro coliseo de la plaza del pan” como lo describe Clarín en La Regenta, los palcos utilizados igualmente de almacenes, butacas sucias que se rompían y salían los muelles destrozando levitas y vestidos, el polvo abundante y las pulgas incluidas que dan una idea del estado de este espacio escénico en la Vetusta decimonónica.

En 1858 visita la reina Isabel II el teatro además de las minas de Arnao, un teatro donde se fumaba, había malos modales, los caballos esperaban la entrada en escena en otros espectáculos (incluso peleas de gallos) y muchas otras curiosidades hasta su derribo en 1901 (pues en 1892 ya estaba el Campoamor que comparado con el de El Fontán sería “el no va más” para los carbayones).
Clarín retrata perfectamente la historia local incluyendo las obras representadas, conocedor de todo, incluso del ambiente en Su único hijo (donde critica que en Oviedo gusta todo lo italiano aunque sea traduciendo nombres totalmente macarrónicos), La regenta con un paralelismo entre Fermín de Pas y el Barbero de Rossini y hasta los motes utilizados para La tiplina Merlatti y la tiplona Valpucci, cómo se abofetearon en una cómica descripción… En La reina Margarita también aparece una cita del tenor catedralicio Feliciano Candonga al que querían “italianizar” como Fausto Candonguini o incluso anunciarlo como Fausto Scherzo en un argumento digno de El dúo de la Africana.
Al público ovetense también se le critica y es digno de ver en la prensa los títulos de entonces, antes de la inauguración del Campoamor, volviendo a recordar que Los Hugonotes se representaron primero en el Fontán, una auténtica sorpresa para muchos.
En Vetusta no han cambiado mucho las cosas, al menos en lo que a la afición operística se refiere, y “La Castalia” nos sigue descubriendo y defendiendo este apasionante mundo. Gracias a los conferenciantes por sus amenas conferencias, todas con excelente entrada, y Begoña García-Tamargo por su abnegada lucha.

Bacanal lírica

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Sábado 27 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Ermonela Jaho (soprano), Benjamin Bernheim (tenor), Oviedo Filarmonía (OFil), Alain Guingal (director). Música de ópera francesa e italiana.

Crítica para La Nueva España del lunes 29 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Saint-Saëns y la Bacanal de Sansón y Dalila fue premonitoria de una gala lírica que llenó el auditorio con abonados, habituales del Campoamor y seguidores venidos de toda España buscando la excelencia de dos figuras mundiales de actualidad: la soprano albanesa Ermonela Jaho y el tenor francés Benjamin Bernheim, arias y dúos conocidos de la ópera francesa e italiana donde ésta triunfó sobre la primera con una Oviedo Filarmonía pletórica bajo la batuta del director Alain Guingal.

Mucha expectación por escuchar a “La Jaho” que me defraudó aunque reconozca la entrega en cada papel, su presencia, la técnica e incluso el color vocal, así como la implicación en las obras elegidas, escenificando las heroínas operísticas que todos esperábamos. Pero cuando se abusa de recursos como el vibrato desmedido, los filatos y los portamentos hacia el agudo en todos los roles, dificilísimos por otra parte, rozando una afinación no del todo limpia, perdemos intensidad dramática y credibilidad, con ese amaneramiento que termina por pasar factura global en cuanto a calidad. No pareció estar cómoda ni en la Louise de Charpentier ni en la poco interpretada aria de Thais (Massenet) donde la bellísima y popular Meditación del concertino Mijlin eclipsó a la soprano en lirismo. La Manon francesa al menos dejó detalles a los que ayudó Bernheim (al que quiero dedicarle más espacio). Y la Adriana Lecouveur de Cilea volvió a dejarme con la miel en los labios, siendo más creíble su Mimí de La Bohème que cerraría el recital. Una voz la de Ermonela Jaho de colores desiguales que gana enteros en el medio y agudo, sobre todo en los fortísimos pero perdida en cuanto reitera los giros que dejan de sorprendernos a medida que avanzaba la gala. Al público le enamoran y aplaudió a rabiar, aunque reconocerle solo la técnica es poco para una estrella que triunfa en todo el mundo con su presencia escénica.

Asombroso Benjamin Bernheim desde la primera nota de su Fausto (Gounod), potencia, gusto en su línea de canto, robustez en la emisión y amplia gama dinámica que ayudaron a convertirlo en mi triunfador de la noche. Su Werther (Massenet) del “Pourquoi me réveiller” está a la altura de los mejores tenores actuales, el francés no lo nasaliza, es su lengua materna, el sonido es redondo, claro, y con Puccini Rodolfo brilló más que Mimí, si bien el empaste de ambas voces resultó ideal, debiendo “plegarse” a la soprano en los finales donde Bernheim siempre estuvo sobrado. Me puso la piel de gallina con “Che gelida manina” y los dúos con Jaho los ganó no ya por presencia o heroísmo sino por musicalidad.

La entrega de los dos cantantes fue completa, semiescenificando las entradas, puerta lateral incluida, usando la barandilla y la escalera; Guingal no bajó volúmenes en ningún momento por esa tentación sonora siempre inevitable ante la respuesta efectiva de la OFil que se lució desde la Bacanal y aún más con la obertura verdiana de La fuerza del destino, como si quisiera presagiar que el sino de la noche sería del tenor más que de la soprano. Puccini rey de la gala desde el Intermezzo de la otra Manon, Lescaut, hasta el final del primer acto de La Bohème que cerraría programa. El público quiere escuchar lo que conoce y Oviedo sabe mucho de la ópera italiana que ama sobre todas las demás.

Las propinas mantuvieron la línea de todos: orquesta madura y segura, Guingal pisando el acelerador dinámico aprovechando la potencia de las partituras, una impecable “furtiva lagrima” del elisir donizzetiano con un Nemorino Berheim rozando la emoción máxima; “O mio babbino caro” algo descafeinado para Lauretta Jaho, acelerado y poco convincente canto a “papaíto” como creo sintió la propia albanesa, que a continuación siguió con Puccini para transformarse en la Tosca de “Vissi d’arte”, más apropiado a su voz dramática quitando algo del mal sabor de boca, para brindar finalmente como Violetta con Alfredo Berheim en La Traviata verdiana que tantos éxitos le ha dado, alzando la copa por el tenor francés que triunfó en Oviedo.

Concierto para aficionados a la ópera y seguidores de figuras con renombre, congratulándome de la gran orquesta que es ya la OFil, sobremanera en el “repertorio de foso” que se ilumina sobre el escenario.

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