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Siempre aprendiendo con la lírica

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Oviedo, La Castalia – RIDEA: II Ciclo de Conferencias “Teatro lírico español: escenarios y géneros”.

“Muriendo y aprendiendo” es un dicho que va más allá, un auténtico alegato a favor de la educación, pues cada día aprendemos y aprehendemos. La Castalia en colaboración con el RIDEA continúa apostando por la educación en todos los ámbitos, no solo desde el canto sino profundizando y haciéndonos partícipes de novedades, estudios y enfoques de la lírica desde Asturias, y vuelve a organizar este ciclo de conferencias con tres autoridades en la materia y pilares de la universidad asturiana en el campo de la Musicología como María Sanhuesa, Ramón Sobrino y Mª Encina Cortizo.

El miércoles 22 a las 19:30 horas abría fuego mi admirado Ramón Sobrino con “La recuperación de la zarzuela de los siglos XIX y XX“, catedrático de Musicología de la Universidad de Oviedo, músico, investigador, pionero en la utilización de medios informáticos en la edición musical y un verdadero lujo tenerlo entre nosotros. Su verbo fácil, irónico, ameno, docto, plagado de anécdotas desde la sabiduría siempre humilde, nos acercó el trabajo diario de su labor investigadora, la búsqueda de las fuentes originales, los problemas que se encuentran, las trabas burocráticas, las dificultades e imprevistos, pero sobre todo la pasión por la música desde el rigor y el trabajo de un doctor que lleva muchos años en la brecha, en primera persona, en la sombra, asesorando, impartiendo docencia, dirigiendo trabajos y tesis, publicando nuestro patrimonio musical más allá de la zarzuela, aunque esta vez nos hablase de ella.

En una excelente conferencia el doctor Sobrino nos ilustró con los devenires cual Indiana Jones musical buscando el arca perdida con partituras perdidas encontradas en donde menos se esperaba, otras custodiadas en organismos públicos sin acceso, el sumergirse con la amplia prensa de los últimos dos siglos, buceando en los orígenes de nuestra Zarzuela que parece ser más apreciada por los alemanes que por nosotros mismos haciendo impensable no poder interpretar en Berlín ante la falta de partituras… las anécdotas de El barberillo de Lavapiés del genial Barbieri, las instrumentaciones según la plantilla disponible, las correcciones, los guiones y manuscritos, las versiones solo con piano… El dedo en la llaga de la miopía cultural en épocas de nacionalismos como no promocionar ni siquiera en Cataluña la Marina de Arrieta ambientada en Lloret de Mar, la sardana y muchas más músicas de “ida y vuelta” cuando el tango no era argentino, Cuba todavía era española y el chotís ni era escocés sino alemán aunque lo reconozcamos como lo más castizo de Madrí. Tampoco faltaron Chueca o Bretón, Gaztambide y El Juramento, las aventuras de aquellas representaciones, algunas llegando al millar, los cambios climatológicos y teatrales, las adaptaciones al medio, las modas imperantes. Con cada partitura, cada título, cada escenario, Ramón Sobrino nos abría puertas, ojos y oídos con admiración a partes iguales. La recuperación de La Canción del Olvido completa y tantos otros títulos. Tributo lógico y merecido a “los Emilios” Sagi y Casares, junto al recordado Miguel Roa como defensores de nuestra zarzuela en tiempos difíciles.

La Gran Vía del conocimiento, el trabajo incansable en la revisión y a menudo primeras ediciones orquestales de nuestra zarzuela, sin olvidarse el peso y poso histórico del que parece todavía se olvida por parte de muchos críticos a raíz de algunas representaciones cercanas en el tiempo. Defensa de nuestro género desde el magisterio y el conocimiento, el Teatro de la Zarzuela madrileño o el Festival Lírico de Oviedo como únicas temporadas estables, la defensa del quehacer en la investigación con el razonamiento esperado de nuestro doctor o de organismos como la SGAE, el ICCMU como uno de los grandes editores de los últimos títulos que se programan, graban y difunden más allá de nuestra querida España, pues el potencial de nuestro idioma y género musical por excelencia está todavía por descubrir. Por lo menos la base científica es sólida y La Castalia lucha por divulgarla con voces tan preparadas como la de mi admirado Ramón Sobrino.

El martes 28 a las 19:30 horas continuaría este ciclo de tres conferencias, de nuevo con gran asistencia de público, a cargo de Mª Encina Cortizo, tándem perfecto con Sobrino, quien nos hablaría de “La ópera española: un patrimonio por descubrir”, realmente para todo un libro, recordando que España es el país que más lírica ha producido y recordando cómo la “Leyenda Negra” de los británicos tan negativamente nos ha afectado e incluso resignándonos a lo largo de siglos tras nuestro poderío en el Renacimiento.
Sin ahondar sobre qué entendemos por ópera española, si autores españoles o libretos en nuestro castellano universal, lo que está claro es la presencia de grandes nombres a quienes incluso se les reconoció mucho más fuera de nuestras fronteras, casos de Falla y La vida breve, Albéniz con su Pepita Jiménez, Henry Clifford, o la trilogía sobre el Rey Arturo comenzando por Merlín (más unos bocetos de Lancelot y Guinevere ni empezada), todas en inglés. El trío de ases lo completaría Granados con María del Carmen Goyescas, de quien Miriam Perandones también nos dio una conferencia en el anterior ciclo de La Castalia.

Cita obligada, siempre docta, los grandes antecedentes de nuestra escena musical donde Lope de Vega escribe La selva sin amor (1629), égloga pastoril conocida pero sin partituras,
Celos aún del aire matan (denominada fiesta grande cantada) de Juan Hidalgo y libreto de Calderón (1660), recordándonos que en 2000 Francesc Bonastre edita y lleva al Teatro Real ese mismo año. La púrpura de la rosa también de Hidalgo desconocemos la partitura pero sabemos que en Perú otra música (de Tomás Torrejón de Velasco), editada por Louise K. Stein utiliza el mismo libreto. Tampoco hay que olvidar otros grandes nombres como Sebastián Durón, Antonio Literes, José de Nebra y hasta el mismísimo Farinelli con todo lo que supone para España.

Se fueron de España otras figuras comenzando por el valenciano Martin y Soler, admirado por Mozart, siguiendo como todos ellos la “ópera italiana” y el periplo por las cortes europeas (descubierta recientemente su tumba en Moscú), también en el siglo XIX el famosísimo tenor y compositor sevillano Manuel García que daría para una conferencia propia por él y toda su familia, el gaditano José Melchor Gomis (1791-1836) en Paris y usando el francés como idioma, y sí se quedaron entre nosotros el catalán Ramón Carnicer (1789-1855) con siete óperas “italianas” estrenadas en Barcelona, la otra capital operística española hasta ficharlo el rey para Madrid, donde llevará otras cuatro.
De Carnicer tienen mucho para enseñarnos Cortizo-Sobrino con años de investigación y ediciones, recordándonos Il dissoluto punito sobre nuestro Don Juan (partitura conservada en el archivo municipal de Madrid) y reestrenado por Alberto Zedda en el Festival Mozart 2006 de La Coruña (con grabación en CD y DVD), después Elena e Malvina (1829) que en 2016 se recupera con problemas de fechas, huelgas, etc. que parece dormir el “sueño de los justos” y sin retransmitir por Radio Clásica pese a haberla grabado con Guillermo García Calvo al frente de un elenco ideal… una lástima porque el esfuerzo para reestrenarla, aunque fuese en versión concierto, no tuvo el premio de la continuidad, escrita al estilo Rossini o Bellini muy difícil de cantar.
Santiago de Masarnau y el romanticismo en voga pedía ya en 1836 el español como idioma y una ópera nacional como otros países (Italia, Francia ¡y hasta Rusia!), con nuevos nombres a recordar dentro del “canon italiano” que casi todos los compositores seguían por ser la moda: Hilarión Eslava, que estrenaba en Cádiz porque la Catedral de Sevilla lo impedía, pero también Tomás Genovés, Baltasar Saldoni, Joaquín Espín y Guillén o Vicente Cuyás, nombres que el ICCMU sigue defendiendo con ediciones críticas.

Otro de las figuras que repasaría la catedrática Cortizo en los años 40 del siglo XIX sería Emilio Arrieta (1821-1894) mas conocido por la zarzuela, estudiando en Milán, componiendo para final de curso la premiada Ildegonda (1845) con libreto de Temístocles Solera, cual Lucia de argumento y mostrando admiración por un Verdi que escucharía en sus años estudiantiles, del que Solera también escribiese varios libretos. RTVE con López Cobos la grabó y es admirable e increíble cómo una opus 1 puede tener tal calidad. Corría 2004 y lo registrarían voces como José Bros, Ana Mª Sánchez, Mariola Cantarero y Carlos Álvarez… Otro tanto sucedería con La conquista di Granata (1850) con libreto también de Solera que se recuperaría en 2006, grabación casi con los mismos intérpretes.
Se llevaría a representar en Giessen (Alemania), un pequeño pueblo donde como anécdota preguntaban si era muy conocida en España. Al menos pudimos escuchar algunos fragmentos gracias a Mª Encina corroborando la calidad de estas dos óperas del maestro Arrieta.
Muchas más anécdotasMarina la ópera en 1871, el papel que desempeñó el gran tenor Tamberlick, el empuje dado por Isabel II, el tiempo pasado hasta los homenajes a Kraus o cómo en 2015 apareció en un silo de cereales de Almagro nuevos números, luego archivo INAEM, con sardana incluida.
Imposible en una conferencia abarcar un título para ella donde había que recordar a muchos más como Felipe Pedrell, un catalán aún sin “recuperar” pese a las corrientes políticas, con la ópera Els Pirineus (buscando completar una trilogía con La Celestina y El Compte Arnau) de armonías wagnerianas pero aires franceses,
Bretón que también compondría óperas al igual que Serrano y Chapí cuya Margarita la tornera (1909) con libreto de Zorrilla pondría un punto y seguido recordando siempre a Luis G. Iberni.

Cerraría el ciclo el martes 4 de junio a la hora habitual de las 19:30 la doctora María Sanhuesa con “El Teatro del Fontán de Oviedo: una caja de sorpresas”, organizadora de estas tres conferencias en su segunda edición para “La Castalia”, de nuevo aportando aspectos de la tradición lírica de nuestra capital centrada en los recintos y especialmente en un teatro sobre el que lleva años investigando como es el que destronaría el Campoamor, el Fontán, pero también repertorio y figuras.

Oviedo es más que el Campoamor inaugurado en 1892 y los títulos del momento amén de Los Hugonotes de Meyerbeer que con que abriría historia propia pero que ya se había representado en el Fontán. La profesora recordaría al músico Antonio Llanos con obras líricas como Tierra, El Duque de Gandía o El despacho parroquial que bien podían haberse escuchado en aquello tiempos. En esta historia carbayona no se podía olvidar de Luis Arrones o las misceláneas de Luis G. Iberni incluyendo el recopilatorio Delantera de paraíso en su memoria, y es que hubo mucha vida lírica antes del Campoamor con espectáculos y público propio, variopinto del que escribió Clarín con su pluma ácida en su cuento La reina Margarita, pagaban y exigían sin entrar en más aunque Oviedo siempre tuvo afición secular y Leopoldo Alas la vivió en primera persona.

En 1671 se inaugura el corral de comedias del Fontán cruzando datos de distintas fuentes locales pero también encontradas en Almagro, y es que desaparecieron de forma interesada los archivos (para favorecer a unos inquilinos) pero al ser municipal hay actas de los plenos relativos al teatro, que hasta tenía una comisión propia. Mucha prensa del momento (incluyendo el periodo 1871-1936 de El Carbayón), Fermín Canella y sus Memorias asturianas, entre otras muchas citas constatan que a finales del siglo XV ya tenemos información de espectáculos en distintos espacios ovetenses. De 1666 a 1671 se construye un corral de comedias al estilo castellano a cargo del arquitecto Ignacio de Cajigal, con detalles curiosos caso de ser a cielo abierto como era costumbre entonces, pero tuvo otros usos como hospital de campaña y constaba de una estructura complicada sin fachada ni exento, debiendo atravesarse el palacio que hoy ocupa la Biblioteca. Casa de Comedias, Casa Teatro e incluso Casa Mesón fueron las denominaciones y para llegar al teatro se llenaba uno de barro cruzando la plaza que adecentaría el Marqués de San Feliz con su palacio al lado.

María Sanhuesa nos contó que el Patio de Comedias del Fontán siempre tuvo problemas en su estructura, una planta ampliada por la calle Quintana que ni existía por entonces, o su cubierta en 1796 con la reforma al estilo italiano del arquitecto Francisco Pruneda, entrando en un siglo XIX donde seguiría ampliándose, reparando y arreglando, incluso añadiendo un café siguiendo las costumbres. El deterioro iría en aumento hasta 1847 en que se cierra dos años para reformarlo a fondo, incluso apareciendo nuevos problemas como la financiación a base de impuestos municipales sobre el vino y préstamos de la Sociedad Económica Amigos del País para escuela de dibujo (nuestro antiguo “Conservatorio del Rosal”), escuela de Artes y Oficios muchos años.
Modernizar el teatro suponía nueva utillería y decorados así como un telón de boca (del que se conserva un dibujo en Almagro) de José Mª Avrial Flores, con gran éxito por los mismos, ampliándose el aforo hasta las 600 localidades (hasta 1851-52 ni siquiera tenía almacenes propios y luego estas telas se estropearían por la lluvia que en Asturias es habitual).
La reinauguración sería con Ernani en 1849, después Macbeth (1852) -que exigía un nuevo decorado de gruta- aunque se representaba también zarzuela, danza y hasta espectáculos circenses, de títeres, así como compañías aficionadas de distintas sociedades locales.

Sobre el repertorio preferido hay inventario de los decorados antes de la reforma que nos da idea de los títulos: Romeo y Julieta, Medea, el Otello de Rossini, junto a La Gazza Ladra o Barbero, pero también Norma y todo el belcanto. El barítono Giorgio Ronconi (1810-1890) cantante de éxito en 1864 cantó en el Fontán como recoge la prensa, y también el famoso Tamberlick en 1882, algo mermado pero con su fama intacta con un Trovatore donde no dio el agudo de La Pira (sustituído por un clarinete permitido por el propio Verdi) y mi paisano Teodoro Cuesta, flauta de aquellas orquestas, le dedicó un verso como a Lorenzo Abruñedo (1836-1904) espectador primero de estas funciones y después un tenor de fama.
Se repetían títulos pero nada románticos, así era el gusto ovetense, y de las orquestas y coros (hablando cuando no cantaban) siempre de inferior calidad que los cantantes, verdaderas figuras. María Sanhuesa nos contó múltiples anécdotas como quitar los caballos a los carruajes y tirar los “fans” por ellos hasta el hotel, o en el caso de las bailarinas comerse sus zapatillas en señal de admiración, raros gustos culinarios.
Interesante saber que en 1890 el famoso violinista santanderino Jesús de Monasterio interpretaría una obra suya perdida inspirada en su valle de Liébana, como recoge la prensa, o que el aforo alcanzaría las 99 butacas (la número 100 se supone estaba reservada a la autoridad local), con un foso pequeño, mucho frío, goteras…
“Nuestro coliseo de la plaza del pan” como lo describe Clarín en La Regenta, los palcos utilizados igualmente de almacenes, butacas sucias que se rompían y salían los muelles destrozando levitas y vestidos, el polvo abundante y las pulgas incluidas que dan una idea del estado de este espacio escénico en la Vetusta decimonónica.

En 1858 visita la reina Isabel II el teatro además de las minas de Arnao, un teatro donde se fumaba, había malos modales, los caballos esperaban la entrada en escena en otros espectáculos (incluso peleas de gallos) y muchas otras curiosidades hasta su derribo en 1901 (pues en 1892 ya estaba el Campoamor que comparado con el de El Fontán sería “el no va más” para los carbayones).
Clarín retrata perfectamente la historia local incluyendo las obras representadas, conocedor de todo, incluso del ambiente en Su único hijo (donde critica que en Oviedo gusta todo lo italiano aunque sea traduciendo nombres totalmente macarrónicos), La regenta con un paralelismo entre Fermín de Pas y el Barbero de Rossini y hasta los motes utilizados para La tiplina Merlatti y la tiplona Valpucci, cómo se abofetearon en una cómica descripción… En La reina Margarita también aparece una cita del tenor catedralicio Feliciano Candonga al que querían “italianizar” como Fausto Candonguini o incluso anunciarlo como Fausto Scherzo en un argumento digno de El dúo de la Africana.
Al público ovetense también se le critica y es digno de ver en la prensa los títulos de entonces, antes de la inauguración del Campoamor, volviendo a recordar que Los Hugonotes se representaron primero en el Fontán, una auténtica sorpresa para muchos.
En Vetusta no han cambiado mucho las cosas, al menos en lo que a la afición operística se refiere, y “La Castalia” nos sigue descubriendo y defendiendo este apasionante mundo. Gracias a los conferenciantes por sus amenas conferencias, todas con excelente entrada, y Begoña García-Tamargo por su abnegada lucha.

Bacanal lírica

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Sábado 27 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Ermonela Jaho (soprano), Benjamin Bernheim (tenor), Oviedo Filarmonía (OFil), Alain Guingal (director). Música de ópera francesa e italiana.

Crítica para La Nueva España del lunes 29 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Saint-Saëns y la Bacanal de Sansón y Dalila fue premonitoria de una gala lírica que llenó el auditorio con abonados, habituales del Campoamor y seguidores venidos de toda España buscando la excelencia de dos figuras mundiales de actualidad: la soprano albanesa Ermonela Jaho y el tenor francés Benjamin Bernheim, arias y dúos conocidos de la ópera francesa e italiana donde ésta triunfó sobre la primera con una Oviedo Filarmonía pletórica bajo la batuta del director Alain Guingal.

Mucha expectación por escuchar a “La Jaho” que me defraudó aunque reconozca la entrega en cada papel, su presencia, la técnica e incluso el color vocal, así como la implicación en las obras elegidas, escenificando las heroínas operísticas que todos esperábamos. Pero cuando se abusa de recursos como el vibrato desmedido, los filatos y los portamentos hacia el agudo en todos los roles, dificilísimos por otra parte, rozando una afinación no del todo limpia, perdemos intensidad dramática y credibilidad, con ese amaneramiento que termina por pasar factura global en cuanto a calidad. No pareció estar cómoda ni en la Louise de Charpentier ni en la poco interpretada aria de Thais (Massenet) donde la bellísima y popular Meditación del concertino Mijlin eclipsó a la soprano en lirismo. La Manon francesa al menos dejó detalles a los que ayudó Bernheim (al que quiero dedicarle más espacio). Y la Adriana Lecouveur de Cilea volvió a dejarme con la miel en los labios, siendo más creíble su Mimí de La Bohème que cerraría el recital. Una voz la de Ermonela Jaho de colores desiguales que gana enteros en el medio y agudo, sobre todo en los fortísimos pero perdida en cuanto reitera los giros que dejan de sorprendernos a medida que avanzaba la gala. Al público le enamoran y aplaudió a rabiar, aunque reconocerle solo la técnica es poco para una estrella que triunfa en todo el mundo con su presencia escénica.

Asombroso Benjamin Bernheim desde la primera nota de su Fausto (Gounod), potencia, gusto en su línea de canto, robustez en la emisión y amplia gama dinámica que ayudaron a convertirlo en mi triunfador de la noche. Su Werther (Massenet) del “Pourquoi me réveiller” está a la altura de los mejores tenores actuales, el francés no lo nasaliza, es su lengua materna, el sonido es redondo, claro, y con Puccini Rodolfo brilló más que Mimí, si bien el empaste de ambas voces resultó ideal, debiendo “plegarse” a la soprano en los finales donde Bernheim siempre estuvo sobrado. Me puso la piel de gallina con “Che gelida manina” y los dúos con Jaho los ganó no ya por presencia o heroísmo sino por musicalidad.

La entrega de los dos cantantes fue completa, semiescenificando las entradas, puerta lateral incluida, usando la barandilla y la escalera; Guingal no bajó volúmenes en ningún momento por esa tentación sonora siempre inevitable ante la respuesta efectiva de la OFil que se lució desde la Bacanal y aún más con la obertura verdiana de La fuerza del destino, como si quisiera presagiar que el sino de la noche sería del tenor más que de la soprano. Puccini rey de la gala desde el Intermezzo de la otra Manon, Lescaut, hasta el final del primer acto de La Bohème que cerraría programa. El público quiere escuchar lo que conoce y Oviedo sabe mucho de la ópera italiana que ama sobre todas las demás.

Las propinas mantuvieron la línea de todos: orquesta madura y segura, Guingal pisando el acelerador dinámico aprovechando la potencia de las partituras, una impecable “furtiva lagrima” del elisir donizzetiano con un Nemorino Berheim rozando la emoción máxima; “O mio babbino caro” algo descafeinado para Lauretta Jaho, acelerado y poco convincente canto a “papaíto” como creo sintió la propia albanesa, que a continuación siguió con Puccini para transformarse en la Tosca de “Vissi d’arte”, más apropiado a su voz dramática quitando algo del mal sabor de boca, para brindar finalmente como Violetta con Alfredo Berheim en La Traviata verdiana que tantos éxitos le ha dado, alzando la copa por el tenor francés que triunfó en Oviedo.

Concierto para aficionados a la ópera y seguidores de figuras con renombre, congratulándome de la gran orquesta que es ya la OFil, sobremanera en el “repertorio de foso” que se ilumina sobre el escenario.

Jaroussky de disco

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Domingo 7 de abril, 19:00 horas. Los Conciertos del Auditorio, Oviedo: Philippe Jaroussky (contratenor), Ensemble Artaserse.

La voz del contratenor es lo más parecido a los castrati, y volviendo del concierto dominical venía escuchando en el coche a Arturo Reverter hablando de ellos y sonando Philippe Jaroussky como el más popular o mediático y uno de los más aclamados por la crítica a pesar de los años, volviendo a llenar el auditorio con uno de los compositores barrocos a los que rinde culto, esta vez el veneciano Francesco Cavalli (1602-1676), discípulo aventajado del divino Claudio Monteverdi, al que ha dedicado su última grabación que se vendió como churros en el hall y tuvo el detalle de firmarlos uno a uno tras el espectáculo con el Ensemble Artaserse plagado de españoles, a igual altura en calidades que el contratenor y no una formación para la gira, más de una hora de cola que atendió cordial, amable y simpático como la figura cercana que es.


Programa organizado en la forma habitual de estos recitales alternando “sinfonías”, arias de las óperas conocidas de Cavalli como L’Ercole amante, Xerse, Il Ciro, Erismena, Eliogabalo, La Calisto, Doriclea, L’Ormindo, Orione, Pompeo Magno, más dos propinas donde maestro y discípulo brillaron por igual gracias sobre todo a “los Artaserse” fundados en 2002 por el propio Jaroussky, que vistieron cada página de buen gusto con acompañamientos delicados, bien elegidos y combinados en un continuo maravilloso y con el dúo de instrumentistas de viento que alternaron corneti y flautas verdaderamente “barrocos”, sin olvidarse de las percusiones que tanto iluminan de detalles arias y lamentos. Por ellos quiero comenzar citándolos a todos: Raúl Orellana y José Manuel Navarro (violines), Marco Massera (viola), Christine Plubeau (viola da gamba), Roberto Fdez. De Larrinoa (violonchelo), Marco Horvat (guitarra y lirone), Marc Wolff (tiorba), Berengère Sardin (arpa), Michèle Claude (percusión), Yoko Najamura (clave), Adrien Mabire y Benoit Tainturier (cornetos / flautas), especialmente delicados aterciopelando un sonido siempre delicado en todos y cada uno de ellos.

Primer bloque enlazando tres Sinfonías, dos de L’Ercole amante Eliogabalo “escoltando” las arias de Xerxe Ombra mai fu que da título al CD, Ciro Corone ed honori y el Lamento plenamente monteverdiano, elegante como la Venecia del XVII, con sobretítulos que nos ayudaban a comprender cada rol de Jaroussky, el timbre algo más oscuro que hace años pero igual de pletórico en las agilidades y toda la amplia gama de dinámicas donde los piani siguen siendo únicos mimados por la instrumentación perfecta, un concierto que resultó “de disco” por la perfección mostrada.

Segundo bloque de “continuidad” comenzando con el recitativo y aria de Endimione de la ópera más representada de Cavalli, La Calisto, el Nerillo de L’Ormindo y el recitativo y lamento de Idraspe de Erismena, efectos de viento en la percusión, con la Sinfonía lenta de Doriclea o la más movida Prólogo de Orione, disfrute instrumental, finales perdendosi con mínimos silencios o directamente enganchados al aria siguiente evitando toses para un público entregado casi como ritual integrador porque Jaroussky manda sin gestos, solamente con esa voz que deja boquiabierto a los “no iniciados” y emociona la legión de seguidores.

Cambiando un aria de Giasone por la de Pompeo Magno “Cieche tenebre”, la segunda parte repitió esquema y aumentó calidades, con bloques más separados en parte por el aplauso tras cortar la respiración el aria de Vafrino de Ipermestra sonando un continuo grave que prescindió de violines, viola, arpa y percusión para revestir la voz del atuendo básico y elegante. El Lamento de Apollo tornó el continuo con el arpa y la tiorba protagonistas subyugantes de ese amor entre Apollo y Dafne precediendo la sinfonía correspondiente, el recitativo y aria de Erino o la siguiente de Eumene La belleza è un don fugace, viva, rítmica, de aire hispano que volvería a marcar otra cesura en el discurrir del concierto. El ensemble abriría el último “sprint” calmando ánimos, preparando el recitativo y lamento de Alessandro, lamento como forma monteverdiana donde Jaroussky despliega lo mejor de su voz, para finalizar con Brimonte y un aria guerrera, All’armi, mio core de la ópera Statira, perfecto entendimiento con sus músicos y ardor interpretativo recompensado por salva de aplausos más las dos propinas comentadas: Monteverdi arrancado con el arpa divina a la que se van sumando con delicadeza el violín ornamentando entre versos, viola de gamba, corneto aterciopelado y esa reconocible aria Si dolce è’l tormento, dulce tormento a fuego lento apagándose para cortar el aire, y de nuevo Cavalli Alcun più di me felice non è (Clarindo de La virtù de’ strali d’Amore), probablemente el aria más breve escrita que Jaroussky usó para despedirse con alegría antes de la firma de discos.

El contratenor con nuevo disco no defraudó, Artaserse tampoco, barroco para todos los públicos que sigue estando de moda en Oviedo…

Con voz propia

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Sábado 9 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Conciertos del AuditorioOviedo Filarmonía, Julia Lezhneva (soprano), Mikhail Antonenko (director). Obras de Mozart, Haendel, Rameau, Vivaldi y Rossini.

Crítica para La Nueva España del lunes 11, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva

La Oviedo Filarmonía (OFil) cumple veinte años felices con voz sinfónica propia en esta “Viena del norte” más allá del foso del Campoamor, conciertos del Auditorio junto a las Jornadas de Piano. El tiempo transcurrido entre tantas óperas y zarzuelas sin perder nunca de vista galas líricas como aquella con el recordado Haider y La Gruberova, ha conseguido que la formación ovetense se haya ganado a pulso desde el duro y continuado trabajo la fama de orquesta ideal para el canto.
En esta línea discurrió el concierto de La Lezhenva el sábado, corroborando la afición por la música vocal en nuestra tierra con un público entregado a obras cercanas y conocidas desde la “Primavera Barroca” que año tras año también llena la sala de cámara.

El joven director ruso Mikhail Antonenko (1989) junto a su compatriota coetánea (y esposa) la soprano Julia Lezhneva armaron una velada con el inigualable Mozart en calidad interpretativa global, el barroco como virtuosismo siempre admirable, y el Rossini casi obligado en la capital asturiana, para una OFil con la versatilidad estilística intrínseca desde su nacimiento, que por momentos resultó excesiva en dinámicas pero no en empaste tímbrico aunque faltase un clave que redondease el buen sabor de boca.

Fígaro el operístico se casaría al principio y volvería al tajo casi al final (más calmado que el parisino del último de enero) para jugar con un mismo personaje desde dos lenguajes, clásico mozartiano y belcantista romántico que no se diferenciaron mucho con Antonenko al frente, elegante y claro aunque algo aséptico. Me resultó chocante que la mejor visión orquestal fuese Rameau y el ballet bufón Platée, más cercano a Mozart que a sus compañeros barrocos de travesía, auténticamente “salvaje” en aire y virtuosismo orquestal (con Marina Gurdzhiya de concertino), como pivotando entre dos mundos para saborear la calidad de OFil.
Bien seleccionadas las partes vocales de Lezhneva, incluso las cuatro propinas que indirectamente alargaron a la duración habitual de un concierto de estas características con un esfuerzo físico plausible manteniendo la unidad.
La voz de la joven rusa es carnosa, nunca hiriente, poderosa de emisión y color muy homogéneo para unos graves bien trabajados siempre audibles merced a una emisión nítida, de agilidades asombrosas que hacían preguntarse cuándo respiraba, y un repertorio que domina sin problemas con Antonenko buen concertador y la orquesta perfecta para estas partituras. Personalmente me quedo con la visión global de Mozart que vocalmente tuvieron más enjundia y musicalidad como el aria Voi avete un cor fedele o el empaquetado triple formado por la obertura de “Don Giovanni” bien leída en intensidades por los instrumentistas, junto a sendas arias de Bodas más Cossì: íntima y sentida L’ho perduta y completa Temerari… Come scoglio recitativo incluido, equilibrado, maleabilidad vocal e instrumental para el genio de Salzburgo en una voz portentosa que seguirá brillando en los próximo años, completado con Voi che sapete de la tercera propina.

Para el barroco siempre agradecido y comercial la orquesta sonó algo excesiva no ya por número sino porque Antonenko debería haber mimado más las dinámicas e incluso exigir un continuo con clave (cello de Ureña y contrabajo de Baruffaldi uniendo fuerzas para rellenar el colorido deseado) en una formación filarmónica que sin necesitar historicismos sonó muy bien en todas sus secciones.
Destacar por bien cantados el superventas Lascia de Haendel, esta vez Spina no Pianga, un aclamado Vivaldi Agitata da due venti de “La Griselda“, instrumentalización total sin falta de etiquetar a Lezhneva, de voz vistosa además de virtuosa, primando colorido sobre sentimiento capaz de llegar a todos los registros, pulcritud técnica manteniendo color vocal, para recuperar emociones con Rossini Tanti affetti de “La Donna del Lago“, afectos que cerraron con belcanto el tortuoso camino barroco tras el obligado peaje mozartiano de este esperado concierto sabatino.

Primacía barroca en los regalos: Haendel con “Alessandro”, Mozart, R. Broschi y “Artaserse”, o Aleluya de Porpora; las velas de cumpleaños entregadas a todos los asistentes sin necesitar encenderse fueron ideales para un concierto que supo dulce, ligero, optimista y cercano como toda fiesta donde la ópera suena celestial, más para melómanos llambiones, carbayones aparte.

Carta a SS. MM.

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Muy señores nuestros, si ustedes me permiten este correcto trato epistolario:
Como todavía me queda algo de inocencia (serán los años), lo único que les pido a Los Magos (lo de reyes sigo sin llevarlo bien por esta tendencia mía a La República) tras los pasados “Años Mahler” sin lograrlo, es poder escuchar en Asturias la Octava Sinfonía “De los Mil” con todas nuestras orquestas (OSPAOvFil, la Filarmónica de Asturias, la Universitaria ya renacida, la OCAS, nuestros coros (“El León de Oro”, grandes, chicas doradas y peques, igual que el de la Fundación Príncipe y también la Escolanía San Salvador…) con nuestros solistas, que tenemos un montón y de primera en mi querida Asturias donde elegir: Beatriz DíazElena Pérez HerreroAna Nebot, Mª José SuárezLola Casariego, Alejandro RoyDavid MenéndezMiguel Ángel ZapaterJuan Noval-Moro… (algunos “adoptados” o directamente de nuestra familia cordobesa).
Mantengo mi ilusión de tener a Pablo González como director de un acontecimiento que me copió Dudamel, al que le perdono casi todo… incluso que mi tocayu lo llevase a Barcelona en sus años como titular y seguro repetirá ahora desde la OCRTVE.
Pablo González y Mahler .
Es la ilusión infantil en este día aunque tampoco quiero olvidarme de Forma Antiqva, para quienes vuelvo a pedir un Grammy clásico (se lo merecen, sobre todo los hermanos Zapico, que en 2018 siguieron “a tope” y haciendo historia siempre volando desde casa,, celebrando 20 años y  nuevo disco Concerto Zapico 2 a pesar de su obligada mudanza de la capital).
También sigo recordando a mis queridos pianistas con la mierense nacida en la capital Carmen Yepes a la cabeza (trabajado duramente desde Madrid), sin olvidarme de Judith JáureguiDiego Fernández Magdaleno.
Mantengo ilusión y pido más composiciones de Rubén Díez, no sé si por fin la zarzuela marinera, ya que de Jorge Muñiz ya llegó su Fuenteovejuna al Campoamor, y del siempre “redescubierto” Guillermo Martínez o de Gabriel Ordás me consta que este 2019 seguirán inspirados y en su línea de estrenos.
Por no perder la esperanza pido para los llamados “gestores culturales” que se olviden de su otra crisis, la intelectual que parece contagiosa como la gripe, y den mucho más trabajo a los de casa, no por patriotismos sino por calidad contrastada, incluso cambiar alguna vez de agencia de contratación… y sobre todo ¡no más recortes ni cierres!.
No sé si ya les han escrito pidiendo para mis jóvenes violinistas favoritos (Ignacio Rodríguez, y María Ovín aún en la OSPA) que van creciendo, para traerles mucho éxito en sus trabajos fuera o en casa, aunque yo me sumo a esos mismos deseos, y de lo pedido en años pasados faltaron muchas cosas (supongo que por pedigüeño) pero a mi edad no tengo freno, parece que me hizo la boca un diputado…
Para mi adorada Beatriz Díaz ya les escribiré otra carta porque se merece todo lo que traigan en 2019 y más. Además de darles las gracias de nuevo por Luca y por su vuelta con triunfo a la ópera ovetense, espero le llegue pronto esa Mimí, a ser posible en el Teatro Real de Madrid aunque en Italia saben que es muy querida y Londres, Nueva York o Viena aún no se hayan enterado… pero Vds. lo saben por ser Magos.
Para la Ópera necesitaría otra carta de adulto, pero mi mamá dicen que ya está bien de pedir… al menos mantener ópera y zarzuela porque suprimir la gala de los Premios Líricos Campoamor sin encontrar relevo sigue enfadándome. A todos mis amigos músicos repartidos por el mundo les mando siempre “MUCHO CUCHO®” antes de cada actuación, normalmente de vaca asturiana, y podría escribir una carta más detallada para tantos que tengo repartidos por el planeta (para que luego digan de la “maldición” ENTRE MÚSICOS TE VEAS).
Mientras tanto espero que la palabra corrupción desaparezca de nuestra cotidianidad y que las crisis, ya en plural, pasen hoja definitivamente y se olvide de la MÚSICA y de toda la CULTURA en general, donde “recortes” o “supresión” se escuche menos que “Cataluña” ¡lo qué ya es decir!, para este año 2019 que acaba de nacer, aunque nuevamente parezcan estar “duros de oreja” (supongo que con el 155, tripartitos de tonada y demás “ocurrencies de oficalidá” no tendrán ni para un sonotone y la edad no perdone ni siquiera la vox).
A propósito, si pudieran dejarnos la música en la educación un poco más que ínfima y optativa, entonces tiraría fuegos artificiales… pero ya ven que no está entre las peticiones musicales, ni siquiera que algún día en “esta España nuestra” que cantaba la recordada Cecilia (no la Santa sino la Evangelina) se alcance un pacto de estado donde la educación sea inversión en vez de gasto y prime el menos común de los sentidos en vez de la partitocracia e independentismos que intentan reescribir la historia a base de tantos eufemismos que hasta a la mentira la llaman posverdad.
Gracias señores majos y Magos (de donde vengan y utilizando el transporte que tengan sin entrar en cabalgatas municipales de las que mejor no opinar) por seguir llenándonos de esperanza e ilusiones.
Pablito, 12 años.

 

Viva Puccini con Beatriz Díaz

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Miércoles 12 de diciembre, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Gala Lírica Asturiana, Sociedad Filarmónica de Gijón. Beatriz Díaz (soprano), Alejandro Roy (tenor), Juan Antonio Álvarez Parejo (piano). Arias y dúos de Verdi, Cilea, Ponchielli, Catalani y Puccini. Entrada 26 €.

Llevo años diciendo y escribiendo que la soprano para la que Puccini escribió es la asturiana Beatriz Díaz, y este miércoles junto al tenor Alejandro Roy quedó más que corroborado, ampliando además roles que los años colocan en su sitio exacto, sabia elección de repertorio que nos dará muchas alegrías.

No hubo lleno en el Jovellanos gijonés aunque la gala operística se lo merecía, con un Juan Antonio Álvarez Parejo en el siempre difícil papel de “pianista-orquesta”, partituras imposibles de tocar por sus reducciones complejas que solo los años de experiencia logran hacer creíbles desde su magisterio repertorista, como ya demostrase en la última Suor Angelica gallega, una segunda juventud desde la madurez.

Y aunque Puccini sigue siendo tan protagonista como nuestra pareja lírica asturiana, eligieron Verdi y su Otello para abrir boca, exigente, de claroscuros instrumentales para ir descubriendo una Desdémona allerana inédita que empastó a la perfección con “el moro de Gijón” en Già nella notte. Continuarían cada uno con arias habituales de sus repertorio, Io son l’umile ancella (Cilea, Adriana Lecouvreur) para disfrutar de “La Díaz” en estado puro, y Cielo e mar (Ponchielli, La Gioconda) con un Roy en su línea habitual de tenor “dramático” por fuerza en la emisión y color vocal, cariñosamente un “auténtico animal”.

El maestro Parejo tuvo su protagonismo con un arreglo de John Gribben del famoso “Intermezzo” de Manon Lescaut (Puccini), la belleza de una partitura orquestal igualmente válida al piano cuando se logra el color preciso y bebiendo en las fuentes originales del italiano.

Hasta el merecido descanso el Jovellanos de Gijón sería la Nagasaki de Madama Butterfly (Puccini) con la bomba de Boo y el Pinkerton embaucador, Un bel di vedremo que nos pondría la piel de gallina con Butterfly Díaz de salón, por cercanía capaz de susurrarnos y explotar emociones desde una voz única con la orquesta en blanco y negro del piano, contestado con Addio fiorito occhi de Pinkerton Roy, muy sentido y condensando la fuerza del personaje en este aria de apenas minuto y medio antes del amoroso dúo Bimba dagli occhi que realmente enamoró al respetable, caracteres vocales bien definidos, la inocente Cio-Cio San y el marino conquistador con amores en cada puerto, en un momento irrepetible de estos asturianos universales.

Si la primera parte rebosó emoción por Puccini, la segunda rompería moldes con pinceladas increíbles en sedas líricas como Ebben, ne andrò lontana (Catalani, La Wally) a cargo de “la sopranísima” que emociona de principio a fin en este aria de aire “pucciniano”, o el Vesti la giubba (Leoncavallo, Pagliacci) de Canio Roy cual anillo al dedo de nuestro tenor que está igualmente en un momento perfecto para el verismo desde su Curro Vargas que sólo él puede cantar en estos momentos.

Puccini nos devolvió al paraíso melódico que sólo el de Lucca entendió como nadie, primero la “debutante” Tosca nos cantó a dúo con Mario (quien regaló fuera de programa el “Adiós a la vida“) actuando en igualdad de condiciones escénicas y vocales, muchas ganas de poder recrearlo encima de las tablas con orquesta, transformando después a Cavaradossi en el Dick Johnson de La fanciulla del West que la “orquesta Parejo” vistió realmente de vaqueros el aria Ch’ella mi creda. Su intermedio de esta segunda sería la Fantasía brillante sobre Carmen en arreglo de Wilhelm Kuhe, ópera que los dos asturianos tienen en repertorio pero donde Bizet permitió que Puccini le eclipsase por tierra, mar y aire.

Para el final la Liù allerana con Tu che di gel del Turandot, lágrimas musicales que espesan con los años pero vuelan igual de alto en esta cantante que adora a Giacomo, antes de La Bohème y el famoso dúo de Mimì y Rodolfo, O soave fanciulla, el papel que espero ver en vida completo de esta “Musseta con alma de Mimì” que Beatriz Díaz bordó con Alejandro Roy, dos voces asturianas por el mundo y que la “sopranísima” personifica como nadie.

Puccini también regalo de lujo como no podía ser menos, el citado E lucevan le stelle (Mario Cavaradossi de Tosca), y O mio babbino caro (Lauretta de Gianni Schichi) que pusiese el Colón bonaerense a los pies de esta grande y el Jovellanos nos la trajo de vuelta a casa junto al tenor gijonés, dúo de artistas astures profetas también en su tierra.

Noche histórica para la lírica asturiana | El Comercio

1 comentario

El estreno absoluto de ‘Fuenteovejuna’ fue un inicio de lujo para la temporada de la Ópera de Oviedo | El público del Campoamor recibe con expectación y aplausos la obra
— Leer en www.elcomercio.es/culturas/noche-historica-lirica-20180910004715-ntvo.html

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