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Todo con cuerda

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Jueves 29 de abril, 19:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo, Primavera BarrocaCNDM «Circuitos«: Enrike Solinís (laúdes y guitarras): «Ars Lachrimae«. Obras del Renacimiento y el Barroco. Entrada: 15 €. Fotos ©PabloSiana.

Continúa la cultura segura, las ganas de directo y el florecimiento de la Primavera Barroca de Oviedo en esta su octava edición que mantiene la colaboración con el CNDM y sus «Circuitos», trayéndonos en solitario al guitarrista vasco Enrike Solinís (Bilbao, 1974) que hizo un recorrido por la cuerda pulsada a través de la historia antigua desde la óptica actual, con cumbres y cordilleras, ascensos y descensos en un denso programa titulado Ars lachrimae, una panorámica de este personal viaje con mucha cuerda pulsada y todo un legado de la música para dichos instrumentos señeros desde una perspectiva y visión con identidad propia y distintas calidades.

Bien el primer bloque con el laúd renacentista y los aires melancólicos de Dowland que nos trajeron el intimismo de salón sin apenas descanso en esa senda hasta los grandes vihuelistas españoles pero desde el mismo laúd, algo que no entiendo pues MudarraMilánNarváez con sus pavanas y diferencias podrían haberse escuchado en nuestro instrumento identitario, «la abuela vihuela» de la que los hispanos fueron su verdadero «tridente». Explorar estas nuevas vías de ascensiones para este repertorio están bien, pero la cuerda elegida no me convenció del todo, si bien las notas al programa de Pablo J. Vayón son como el libro de ruta para explicar este itinerario opcional del instrumentista bilbaíno: «dicotomía entre dos mundos, el renacentista y el barroco, que son visitados siguiendo las líneas de las formas y los géneros esenciales de la música publicada (o simplemente interpretada) para los instrumentos de cuerda pulsada, muy en especial las danzas (…)  En un primer momento, las cuerdas pulsadas se vieron sustancialmente beneficiadas (…) aunque la realidad interpretativa estaba aún indiscutiblemente unida a la improvisación… los géneros trascienden las fronteras … fantasías (es decir, piezas más o menos libres que podían traducir justo una improvisación), glosas y variaciones sobre conocidas obras del tiempo (en España se llamaron «diferencias») y danzas, muchas danzas«.

Al Solinís en «estado puro» lo encontramos precisamente con ese «rabel pulsado» que nos recordó el medievo y la música del arco atlántico, el ritmo con aires reconocibles de los dos manuscritos del siglo XVI: el Barbarino con Quaranta de Francia y el de Osborn con dos danzas renacentistas, el Enrike rompedor desde hace años apostando por estos enfoques arriesgados y convincentes.

Pero el sosiego llegó en la bajada de estos cerros, montañas que son colinas para afrontar con el laúd barroco el ascenso a la verdadera cumbre que fue Robert de Visée (1655-1733) y una selección de la Suite nº 3 en re menor (I. Prélude II. Allemande III. Courante IV. Sarabande), donde la sonoridad es ideal pero faltó una pisada más segura del terreno. Se incrustó a Buxtehude antes que a Bach explicando las afinaciones de los distintos modelos utilizados y cómo la suite será la forma ideal de contrastar aires y transcripciones de la tecla a la cuerda pulsada. Prácticas habituales que personalmente me gustan porque «mein Gott» siempre es único y soporta todos los instrumentos, aunque no tanto Herr Dietrich. Cierto que el kantor se interesó por el archilaúd y la tiorba omnipresente caída en el olvido pero que parece rejuvenecer con esta generación de intérpretes como el propio Solinís o el asturiano Daniel Zapico. La Suite en do menor, BWV 997 de «nuestro señor» es una cumbre que exige un esfuerzo sobrehumano, más en la cuerda pulsada; matizados los cinco números (I. Preludio II. Fuga III. Sarabande IV. Gigue V. Double) la fuga fue lo más destacable por la claridad en las líneas y la sonoridad lograda en este repaso de la danza como columna central de los compositores elegidos.

Enrike Solinís retomó el pulso, cogió aire y nos despertó con la vihuela «salvaje», descarada, rítmica y punzante de nuestro Gaspar Sanz, las danzas que siguen siendo seña de identidad del músico vasco y verdadera alegría su interpretación, manteniendo este final en las dos propinas que fueron gratificantes y muy aplaudidas.

Los montañeros utilizan distintas cuerdas según los ascensos, unos pocos privilegiados han coronado los «ocho miles», todo concuerda en este paralelismo con cuerdas. Un esfuerzo de hora y media sin pausa de Dowland a Sanz sin olvidarse del mítico Bach para otro hito en «La Viena del Norte» español donde el Barroco mueve un público fiel al que la reducción de aforo (de por sí pequeño) en la sala de cámara del auditorio ovetense no le frena para comprobar la acústica ideal de madera y piedra, mucha cuerda que concuerda. La penúltima cita barroca y primaveral será en once días con la mezzo Vivica Genaux y Vespres d’Arnadí (con Dani Espasa), pero aún queda mucha música por el medio arrancando mayo, y aquí lo contaremos si nada lo impide.

Il senso delle parole

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Miércoles 28 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio de Oviedo: Piotr Beczała (tenor), Sarah Tysman (piano). Obras de Donaudy, Respighi, Wolf-Ferrari, Tosti, Verdi y Puccini. Entrada butaca de patio: 20 €.

Hace cuatro años pudimos disfrutar de Piotr Beczała (Czechowice-Dziedzice, Polonia, 1966) en una gala que titulé «Se detuvo abril«, y de nuevo hizo que se parase el tiempo en un recital con piano para paladear su voz, su buen decir, su presencia, su técnica impecable y con un programa donde más que nunca pudimos entender «Il senso delle parole», el sentido de la palabra en la lengua de Dante que el tenor polaco pronuncia perfecto y las letras en subtítulos fueron tomando vida una a una. Programar la llamada «canción de concierto» con la calidad de los autores elegidos es un desafío que exige entrega total en cada bloque, pues son verdaderos microrrelatos que deben sentirse y compartirse con el piano, el de su habitual acompañante la francesa Sarah Tysman, más allá de las reducciones orquestales habituales para las arias de ópera.

Comentaba en broma que comenzar con el siciliano Stefano Donaudy (1879-1925) era un increíble calentamiento vocal. Así fue porque el público que no llenó el auditorio, pero se entregó al tenor, no respetó el «ciclo» haciendo perder la unidad dramática y una continuidad que impidió hacer brillar un poco más una voz aún fría pero siempre hermosa, desgranando esos tres frescos con un piano adecuado y escrito para realzar los textos: Vaghissima sembianza, Freschi luoghi, prati aulenti y O del mio amato ben.

Otro tanto sucedió con esas seis joyas del boloñés Ottorino Respighi (1879-1936), el lenguaje musical siempre clásico del segundo italiano de la noche, romanticismo en estado puro, poesía de contrastes, juegos de palabras donde el piano subraya cada palabra y el canto las sublima: Lagrime, Scherzo, Stornellatrice, Nevicata, Pioggia y Nebbie, una clase magistral de Beczała con la técnica perfecta puesta al servicio de los textos de Zangarini, Ada Negri o Vittoria Aganoor Pompilj, con unos registros extremos donde el polaco no pierde nunca ese color único, una gama de matices ideales para esta maravillosa música de salón, las agilidades increíbles enfrentadas a los sentimentales tiempos lentos, y el asombro de una proyección que llenaba toda la sala de ese timbre redondo y elegante como su presencia escénica.

El «descanso» vocal lo puso la pianista que eligió al español Isaac Albéniz (1860- 1909) y su conocida Granada (de la «Suite española, op. 47»), resultando más literaria que nazarí en parte por lo comentado de lo difícil que es para un pianista adaptarse al lied o la ópera que son mundos totalmente distintos al solístico, y la francesa optó por una interpretación desde la distancia emocional.

Aún quedaban otros dos italianos para redondear el placer del dúo cercano, tenor y piano bien hermanados, el tantas veces escuchado en Oviedo Ermanno Wolf-Ferrari (1876-1948) el veneciano del siempre recordado Haider, pero el íntimo que pone música a cuatro textos populares con toda la riqueza melódica del italiano: Quando ti vidi a quel canto apparire, Jo dei saluti ve ne mando mille, E tanto c’è pericol ch’io ti lasci y O sì che non sapevo sospirare, un placer escuchar y leer la letra original y su traducción (también el digitalizado programa de mano) que en la voz de Beczała nos transportaba a la península hermana que tanto arte nos ha dejado. Y mejor remate para este bloque literario que Francesco Paolo Tosti (1846-1916) el músico de Ortona, con tres canciones bien acompañadas al piano y mejor interpretadas por el polaco, L’ultima canzone, la menos escuchada Chi sei tu che mi parli y el Ideale literal, un juego donde el «rubato» toma sentido y los agudos imperceptibles una delicia, demostrando que lo que parece fácil siempre es lo más exigente.

Beczała se vuelca en cada partitura, el semblante agradable, su máscara facial toda una lección de canto y los aficionados operísticos venidos de varios puntos de la geografía, conocidos del Campoamor y rendidos ante el polaco, esperando el «tour de force» final, siempre en el repertorio italiano que domina como pocos hoy en día, perfecta «la orquesta desde el piano» más cómoda que en el lied,  sin necesitar el pedal izquierdo que cambia color y tapa abierta para mostrar que el polaco está en un momento álgido de su carrera.

Dos arias del genio de Busseto Giuseppe Verdi (1813- 1901) para quitar el hipo, Di tu se fedele il flutto m’aspetta Un ballo in maschera«) sobrado de recursos y exquisito de principio a fin, más  Quando le sere al placido Luisa Miller«) con ese final a solo que llenó todo el auditorio del color puro y la magia de este tenor completo, verdadera figura mundial.

Y de la Italia protagonista en este lluvioso miércoles lírico asturiano, desde Lucca el gran Giacomo Puccini (1858- 1924) y una de sus arias fetiche para todos los tenores, la maravillosa Recondita armoniaTosca») con un piano perfecto y la salida entre «bastidores» de un Cavaradossi impecable que enamoró al auditorio. Creo que no se puede interpretar mejor y así lo reconoció el público entregado a Beczała.

La hora pasó volando y podríamos estar escuchando al polaco todo el tiempo del mundo porque volvió a transmitir, como hace cuatro años, que «se detuvo abril«, regalándonos todavía dos napolitanas, el Core ‘ngrato de Cardillo, con dedicatoria a «su Caterina» en la sala, el otro título en su dialecto «Catarì, Catarí», y el mismo calor del sur con la famosísima Mattinata de Leoncavallo, un broche de oro con estas canciones escritas para el gran Caruso y recreadas por el enorme Beczała con un recital que dio sentido a la palabra en la voz de este Tenor con mayúsculas que sigue triunfando en Oviedo, parada obligada en las giras de los mejores intérpretes. Esperemos algún día tenerlo sobre las tablas del Campoamor porque el triunfo es tan seguro como la cultura en tiempos de pandemia, y la música más necesaria que nunca.

Buen viaje amigo Fer

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En una fecha tan señalada como este 23 de abril, nos dejabas Fernando Menéndez Viejo (1940-2020), carbayón de pura cepa aunque afincado en Gijón, donde solíamos vernos en torno a unas cervezas, también en muchos conciertos tanto de espectadores, especialmente de nuestro dios Bach, como en tus intervenciones al órgano o dirigiendo desde tu amplio magisterio, pidiéndome siempre mi opinión, que como amigo tenías en alta consideración. Compartimos críticas clericales desde el respeto, la defensa de tantas obras tuyas donde se ninguneaba tu autoría, y tuve el honor de conocer muchas de tus composiciones antes que nadie, todo un orgullo del que ahora presumiré con tu permiso.

La vida se vive pero la muerte también, y fue nuestro común amigo Ramón Sobrino quien transmitió tu despedida, tu alumno de órgano y orgulloso como profesor suyo.

Habrá semblanzas variadas de tu larga trayectoria, para mí siempre compañero docente y modelo donde mirarme en mis primeros años de profesor en BUP, después preparando la LOGSE, apostando con nuestro otro Ramón común, Avello, por las nuevas tecnologías en un todavía todopoderoso MEC cuando nadie manejaba los ordenadores salvo el médico genial que decidió ser «solo músico» (y siempre se lo agradeceremos).

Conservo como un tesoro tu libro de texto en Ediciones Júcar para el primer ciclo de ESO y el posterior «Cuaderno de actividades complementarias» a partir de doce canciones populares asturianas para instrumental Orff, siempre con Torner en la memoria.

Pedagogo además de músico, pasiones corales más allá de tu paso por la querida Escolanía de Covadonga, el Grupo Melisma o el primer Coro de la Ópera del tu Oviedín del alma, amigo de tus amigos, a los que siempre defendías, espléndido nunca grandón, donando el órgano que tantos años te acompañó en el Instituto Calderón a nuestro común y querido Candás y su iglesia de San Félix que al fin pudo abandonar el Hammond© que no pegaba ni con cola aunque lo disfrutásemos igualmente… mejor aquello que nada, pero así fuiste toda tu vida, echau p’alante, charlando en nuestru asturianu de casa, mestáu, siempre con tu coña marinera y el amor por la tierrina expresado en tantas partituras.

No aparecerá en muchas biografías tuyas los desvelos pasados (Jo, les vueltes que hay que dar cuando unu ye un simple compositeru… ) para estrenar tus «12 villancicos asturianos» donde musicaste los textos de tu querido amigo y compañero de fatigas José Antonio Olivar con el que seguro estás ahora. Aunque sin el elenco deseado pese a los contactos y «teclas» que tocaste, finamente y tras muchas puertas cerradas lograste abrirlas aquel 18 de diciembre de 2014 con la Orquesta de Cámara de Siero dirigida por Román Álvarez y la Coral Polifónica Gijonesa «Anselmo Solar» con el escolano Santi Novoa al frente, y nada menos que en el Jovellanos gijonudo, con el cuarteto vocal no soñado pero que trabajaron bien para poder escucharlo «de verdad» y no con esos programas endiablados de ordenador a los que te adaptaste como un rapacín hasta el último momento. Tengo el DVD que me mandaste a buen recaudo y te prometo revivirlo estas próximas Navidades.

Tu último regalo de septiembre pasado quedó en el cajón, en el disco duro de casa: Cantarinos de mi Asturias, conjugando como nadie las melodías populares, trabajando modulaciones, texturas sinfónicas, tesituras cantables y buscando la obra global con cuatro solistas, coro y orquesta sinfónica con los intérpretes «in mente». Aprovechaste siempre el tiempo a pesar de los achaques y sustos, e incluso el puñetero bicho te sirvió de inspiración para esta magna obra que tendré que seguir escuchando en MIDI o seguirla en unas partituras impresas que comentamos largo y tendido hace un par de meses, compartiendo anotaciones (tengo cierto resquemor de conciencia por haberte hecho trabajar en días de descanso. Mil gracias. Creo que he sacado, al menos, un bene probatur, no?) y de nuevo buscando quién pudiese armarlas con la calidad que atesoran. Cuatro pupurris bien agrupados y seleccionados, titulados «Añadas», «Cumbres», «Vaqueirada» y «Fiesta», tetralogía astur póstuma que prometiste prepararla para mi Banda Sinfónica del Ateneo Musical de Mieres que te enseñé por las redes sociales donde también y tan bien te manejaste. ¡Eso sí ye una banda! y tendré que dai unes vueltes

Queda entre las cosas pendientes de las que el Covid nos privó, como otra ronda de cervezas en la aldeona mientras Mari Paz y Asun nos dejaban todo el tiempo del mundo para explayanos abondo. Me las debes y yo estas letras sentidas porque no me avisaste de tu partida ni podrá sonar tu música en esta despedida que no lo es sino otra caminata sin prisas hacia ese más allá donde nos encontraremos todos y ya tendremos todo la eternidad por delante.

Que tengas un bien viaje querido amigo.

Qué grande el género chico

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Jueves 22 de abril, 19:00 horas. Teatro Campoamor, XVIII Festival de Teatro Lírico Español: Agua, azucarillos y aguardiente (Chueca) – La Revoltosa’69 (Chapí). Entrada butaca: 46 €.

Segunda función de zarzuela con programa doble en «La Viena del Norte» español y dos joyas del género chico, obras en un acto pero muy grandes, que ocuparon tres horas y media abundantes, incluyendo el descanso, con unos cantantes excelentes actores y actrices, y no a la inversa como antaño, aunque los actores cantantes brillaron igualmente, más texto que música como se entendieron estas zarzuelas en su momento y dos visiones en el tiempo: el Chueca del cambio de siglo donde brilló el vestuario elegante de Gabriela Salaverri con decorados mostrando gigantes postales madrileñas de finales del XIX en blanco y negro, más un Chapí trasladado a una corrala en 1969, cercana adaptación  literaria y ambientación colorista en un lenguaje de mi adolescencia, castizo modernizado y referencias a nuestra memoria cinematográfica, donde la música sigue siendo una delicia a pesar de todas las limitaciones de la pandemia, con el coro reducido y con mascarillas, al igual que el cuerpo de baile, pero todos con las mismas ganas de disfrutar. Oviedo quiere zarzuela y el público es fiel, recuperando parte de un 2020 para olvidar pero tan necesario en tiempos de pandemia, demostrando de nuevo que la cultura es segura además de necesaria, y no solo la hostelería ha sufrido, el sector musical también y sobreponiéndose a un momento histórico que nos ha tocado vivir.

Quiero insistir en las grandes voces para los dos títulos, donde las dificultades técnicas de los números no son nada comparadas con el muchísimo texto a memorizar que no solo debe aprenderse sino creerse, proyectar la voz hablada y recrear unos personajes que nos hicieron pasarlo bien. Función en homenaje a tantas víctimas del puñetero Covid y presentadas en el programa (digitalizado) como «De Atanasia a Mari Pepa, una nueva femineidad liberada y liberadora, Madrid 1897… 1969» por parte de Curro Carreres con un lema final esperanzador y sin dejar dudas: Zarzuela sin complejos y con mucho amor.

Agua, azucarillos y aguardiente titulada como zarzuela «pasillo veraniego» de Federico Chueca y libreto de Miguel Ramos Carrión (estrenada en el Teatro Apolo de Madrid, el 23 de junio de 1897) es una nueva producción del Teatro Campoamor (Fundación Municipal de Cultura), respetuosa con el original donde el elenco tanto musical como vocal brilló a gran altura en todos los terrenos. Miquel Ortega volvía al frente de la Oviedo Filarmonía y volvió a demostrar su maestría en el foso, mimando a las voces, llevando a la orquesta titular del Festival a una calidad acorde con la escena, la Capilla Polifónica pese a la reducción en número brillando con calidad en su coro de mujeres, y sobre todo unos cantantes de primera, muchos de casa, como Jorge Rodríguez Norton (Serafín) que sigue ganando enteros en su timbre, Beatriz Díaz (Pepa) capaz de actuar y cantar igualmente bien, musicalidad innata y ganando en un registro grave que tiene cuerpo, o Mª José Suárez (Doña Simona), una fija e insustituible de nuestra zarzuela que hace suyo cada personaje, actuando de ella misma. Sumar a Roca Suárez (Don Aquilino) que es uno de nuestros actores de primera al fin valorado. Agradable sorpresa escuchar al asturiano Enrique Dueñas (Lorenzo) y a Darío Gallego (Vicente), dos barítonos con suficiente presencia, gusto y poderío vocal además de desparpajo en escena, los novios de Pepa y Manuela (Mayca Teba, otra voz perfecta del género) en esos registros donde la zarzuela ha sido fuente niños de Divertimento que son otra apuesta segura en la escena ovetense, esta vez Gabriel López, Rodrigo Menéndez y Daniel Puente que ya tienen inoculado el bicho zarzuelero, afinados y con unas tablas de verdaderos profesionales, chicos como el género y grandes como la música. Felicitar igualmente la coreografía de Antonio Perea y un cuadro de bailarines jóvenes completando esta obra de arte total, reducida pero inmensa: texto, música, escena, danza… así es nuestra zarzuela.

Por su parte Pedro Víllora y Curro Carreres realizan una adaptación libre del libreto de José López Silva y Carlos Fernández Shaw para La Revoltosa, el sainete lírico en un acto de Ruperto Chapí (estrenado en el Teatro Apolo de Madrid, el 25 de noviembre de 1897, otra nueva producción local que mantiene el ambiente del género chico contrastando con el Chueca «puro», el paso de los años de esa verbena tan española, la actualización desde el respeto y el buen gusto. Hay que leer con detenimiento las notas de Carreres porque aclaran cualquier intento de menospreciar el esfuerzo por mantener vivo nuestro género lírico, y al igual que en Chueca, seguir con todo el respeto la estructuras y números originales de las obras, que en esta revoltosa sesentera solo se han modificado los textos, escritos por Víllora, con unos personajes originales más cercanos sin olvidarse la sensibilidad actual por las lecturas de género, manteniendo el rigor histórico pero con este argumento nuevo al que la música de Don Ruperto sigue haciendo nuestra y única.

Voces y actores de primera con el dúo Nancy Fabiola Herrera (Mari Pepa) recreando como nadie este personaje ideal para su color que gana enteros con los años, y Gabriel Bermúdez (Felipe) de timbre tanto hablado como cantado potente, presencia impresionante, además de los dobletes a la misma altura escénica de Mª José Suárez (Gorgonia), Mayca Teba (Soledad) y una simpática Begoña Álvarez (Encarna) a quienes dieron la réplica masculina otro trío perfecto: Enrique R. del Portal (Cándido), Darío Gallego (Atenedoro) y el asturiano Sandro Cordero (Tiberio) más la «veterana autoridad de la corrala» Carlos Mesa (Señor Candelas) junto un completo elenco de figurantes.

De nuevo los niños de Divertimento, la Capilla Polifónica dirigida por Pablo Moras y el cuerpo de baile redondearon esta revoltosa cercana donde Oviedo Filarmonía elevó sus intervenciones a gran altura desde el Preludio inicial poderoso, equilibrado y templado por el Maestro Ortega.

El fin de fiesta con los dos elencos en escena lo puso también Chapí y su «Vamos del brazo a la verbena» de El Puñao de Rosas, la fiesta eterna del Madrid universal con la fusión de dos épocas en un Campoamor que sigue siendo capital lírica española y donde las mascarillas nos devuelven al presente sin quitarnos historia ni ganas de verbenas tan nuestras, desde la responsabilidad y la calidad musical de este festival que se mantiene inamovible en la primavera asturiana.
P. D. Como siempre escribo nada más llegar a casa, los enlaces (links) los puse tras publicarla al día siguiente, no pueden faltar porque marcan diferencia sobre el texto, siempre sincero, espontáneo y agradecido a quienes siguen leyendo el blog.

Melodías de la vida con unos cachorros ¡espectaculares!

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Domingo 18 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Past LifeLos Peques del León de Oro, Elena Rosso (directora). Entrada: 6 €.

Es verdaderamente maravilloso comprobar que todavía queden emociones desde la música capaces de hacernos brotar las lágrimas. En tiempos duros, difíciles, sacrificados, montar un espectáculo como el de estos «grandes Peques» merece todos los elogios, pues además de cantar con mascarilla, trabajaron la excelencia del canto coral con un montaje que nos dejó sin palabras. Una puesta en escena sobria, con las luces adecuadas, entradas y salidas perfectamente coreografiadas por la maestra Elena, medias alternando gris y rojo, expresión corporal en todas las componentes (abrumadoramente femeninas como nuestro presente y futuro), cambios de posiciones para cantar en todas las permutas y combinaciones posibles, el piano puntual siempre en su sitio de Maite García, la utilización de la percusión tanto corporal como con «boomwhackers» rítmicos armonizados con estas voces celestiales de afinación pluscuamperfecta donde las campanas no solo daban el tono sino que creaban el ambiente para cada número de un programa que las notas al programa de Violeta Rubio describen punto por punto contando esta historia que quiero dejar aquí:

«Hoy os queremos acompañar en una historia que comenzó hace mucho, mucho tiempo, cuando aún no había nada. Oímos cantos celestiales que nos suenan antiquísimos, Past Life Melodies, como si pertenecieran a una vida pasada, todo estaba oscuro y de repente… se hizo la luz. El Sol con su fuego lo iluminó todo, O nata lux, luz nacida de luz que ilumina todo lo que nos rodea y nos permite ver, por primera vez. El fuego no solo nos dio luz, también trajo el calor y nos llenó de energía y así es como sentimos el Fervor, un abrazo que nos rodea el alma. Luego tuvimos el agua y en ella nacieron las primeras formas de vida. En este elemento, muchos animales como nuestra pequeña foca de The Seal Lullaby tienen su hogar y refugio donde dormirse acunados por las olas del mar. Pero el agua también se evapora, y entre las brumas de la tarde, la lluvia cae con Murasame y algo que no habíamos visto nunca, comienza a florecer. La tierra también se llena de vida: bosques, praderas, desiertos, montañas y un habitante que va a ser capaz de adquirir el Gnothi Safton, el conocimiento necesario, para habitar en cada uno de ellos: el ser humano. El tiempo va pasando y el humano envejece también, experimenta sensaciones nuevas, pero no sabe qué son ni como describirlas… ¡sentimientos! y cuando ya es anciano en On suuri sun rantas recuerda la primera vez que las lágrimas rodaron por sus mejillas. ¡Algo tiene que cambiar, uno no puede llorar solo! Y entonces conquistamos el aire. Aprendimos a hablar, a comunicarnos, a describir nuestro alrededor. Ahora puedo contarte que, bajo el sauce, Under the Willow, no se oye apenas ruido y mi amor descansa con sus cabellos mecidos por el viento. O que, aunque tenga miedo, siempre me quedará la esperanza, Zai Itxoiten, como una mariposa blanca que volando ilumina mi camino. Todo está oscuro otra vez, pero… ¿qué es eso que suena? Parece que son de nuevo esas antiquísimas melodías celestiales, Past Life Melodies, que en su viaje han unido los cuatro elementos, aunque ahora que ya nos sabemos la historia, estamos listos para unirnos a cantar con ellas«.

Palabras que expresan la música, los sentimientos, desde la penumbra inicial y un silencio sobrecogedor con la entrada por los laterales cantando de Past Life Melodies (Sarah Hopkins), mientras Elena Rosso marcial en el centro controla las voces en distintas disposiciones, murmullos, notas tenidas,  círculos y líneas de geometría coral, los «cachorros» entrenados, la disciplina desde el juego y las emociones que saltan como la luz, O nata lux (Richard Ewer), maravillosas armonías, empastes increíbles, la pureza a capella y el Fervor na brétema (Javier Fajardo), campanadas de vida, vibraciones maduras para toda una vida por delante, la patada rítmica que reafirma delicadezas únicas, partituras memorizadas, interiorizadas, sentidas e interpretadas primorosamente.

No podía faltar Eric Whitacre, siempre inspirado para las voces blancas como en la nana The Seal Lullaby con un piano tan coral como las propias voces, lecciones de idiomas, compañerismo, solidaridad, entrega sobreponiéndose a las dificultades, esperanza coral de esta cantera dorada que es modelo a seguir.

En la misma línea de canto total con piano y mensajes claros el Murasame (The Mists of the Evening) (Victor C. Johnson) de espiritualidad oriental y lluvia musical que cala el alma. Los Peques muy grandes, impresionantes tubos sonoros mucho más que juguetes, y palmas tan celestiales como sus voces, Gnothi Safton (Jim Papoulis), de ritmo contagioso y matices increíbles, agudos perfectos con sonidos para un mundo mejor que realmente transmiten estas voces educadas, un «conócete a ti mismo» cantando y compartido, la mejor «autoayuda» porque no se puede pedir más.

Un viaje alrededor del mundo cantando y también con los escandinavos más cálidos, On suuri sun rantas autis (canción tradicional finlandesa en arreglo de Matti Hyökki, voces solistas de Claudia González Aitana Carnicero Peinado a quienes no importan las mascarillas para transmitir buen gusto, el coro escuela de vida arropado por las manos maestras de Elena Rosso.

Under the Willow de Stephen C. Foster, en arreglo de Susan LaBarr, canción de cuna bajo un sauce para un sueño hecho realidad, una siesta reparadora que despierta emociones, armonías de ángeles terrenales transportándonos al paraíso coral, seguida de otra obra que está en los genes de estos peques dorados, pasando de mayores a pequeños, herencia de esta familia dorada y unida,  Zai Itxoiten (Javier Busto), el euskera más musical del «padre espiritual» de los leones, esperando el nuevo día con la inocencia cantada desde la adolescencia que no puede expresarse mejor que con esta unión de letra y música del doctor Busto Vega recetando la mejor vacuna en tiempos de pandemia: su obra coral.

Cerrando el círculo de nuevo Past Life Melodies, melodías de vidas pasadas cantadas hoy, sabedores que hay mucho futuro por delante, esperanza vocal y humana de una juventud admirable con unas familias que transmiten y apoyan su afición. Si las palabras de Violeta Rubio son un cuento en sí, la historia cantada por Los Peques del León de Oro fue todo un espectáculo.

La más audaz

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Viernes 16 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Primavera II: OSPA, Akiko Suwanai (violín), Nuno Coelho (director). Obras de Ligeti y Bruckner. Entrada butaca: 15 €.

Tiempos de audacias, apostando por una cultura segura que sigue demostrando la responsabilidad y la necesidad de seguir con la música en vivo, pues las penas se vuelven alegrías con esta terapia, verdadero regocijo reencontrarse con conocidos, gozar del regreso seis años después de la japonesa Akiko Suwanai (a quien muchos descubrimos en 2009 ya con la OSPA) y del siempre gran director portugués Nuno Coelho al frente de la OSPA, sinónimo de entrega y energía, calidad y máxima audacia al programar nada menos que el concierto de Ligeti y «La sexta» de Bruckner, la más audaz como escribe Pablo Gallego en las notas al programa (enlazadas al inicio en los autores), exigencia total para los intérpretes y un púbico que sigue fiel.

Titulaba mi anterior concierto de esta «Primavera OSPA» arriesgar para disfrutar, y la apuesta ha subido un peldaño al programar el siempre poco agradecido Ligeti y su Concierto para violín (Rev. 1992), obra exigente para una orquestación muy especial y una escritura que lleva demasiado tiempo armarla para alcanzar las cotas deseadas. Se arriesgó el director luso antes de comenzar, tomando el micrófono para explicarlo en un castellano perfecto, no solo sus cinco movimientos sino las claves para poder seguirlo al detalle y hasta poniendo los ejemplos sonoros de las ocarinas en manos de las maderas, o las flautas de émbolo de los percusionistas, que hoy tuvieron mucho trabajo además de buenos resultados, antes de escucharlo en su integridad.

Arriesgado es también seguir sin titular tanto tiempo, así como sin concertino, aunque hoy la invitada Messun Hong rindió especialmente en esta obra junto a la solista japonesa que bordó en entrega, sentimiento y sonoridades redondas, una Suwanai que no optó por el repertorio conocido sino por una página complicada, llena en cierto modo de una religiosidad especial en los orientales, y así la entendió junto a la concertino norteamericana. Trabajo detallista y meticuloso de Coelho con el que la orquesta parece feliz, entendimiento y concertación con Suwanai, técnica exquisita, virtuosismo de altos vuelos y como decía, poco agradecido para gran parte del público, pero mi aplauso por seguir prestando atención a la música de mi generación, llena de referencias visuales más allá del sonido, y nada cómoda de escuchar por el esfuerzo intelectual que conlleva.

Especialmente bello el segundo movimiento, Aria, Hoquetis, Choral: Andante con moto, donde Akiko Suwanai nos regaló la mejor visión y expresividad de esta maravillosa página, bien arropada por su colega y una orquesta donde hasta las cuatro ocarinas tejieron un coral de color con referencia medieval junto a los aires zíngaros que también se presienten. Y aún más conmovedora la japonesa en la Passacaglia: Lento intenso, un silencio casi sepulcral en la sala roto por su violín susurrante que va creciendo en un diálogo exquisito con la orquesta, diría que lleno de meditación conjunta, violencia sonora sin agresividad, controlando pasiones en una introspección única. El último movimiento, Appassionato: Agitato molto dejó en todo lo alto este concierto de Ligeti, pleno de texturas con aires de danza en una obra de la misma edad que la OSPA cuyo esfuerzo interpretativo podría decir que nos dejó a todos exhaustos.

Y con las fuerzas casi al límite, mostrando todo el músculo de la plantilla, llegaba el momento esperado y álgido de la Sinfonía nº6 en la mayor (1879-1881) de Bruckner, en cierto modo otra incomprendida, y como el maestro Coelho confesaba a La Nueva España, «Las sinfonías de Bruckner son como el Everest«. También Pablo Gallego hace referencia en sus notas al símil montañero y a «… un camino de redención en el que no puede obviarse el ferviente catolicismo que le acompañó toda su vida«.

Pienso que el esfuerzo de Ligeti pasó factura en esta ascensión de cuatro «etapas» a La Sexta con Nuno cual sherpa guiando esta expedición, y al que no todos pudieron seguir tan infatigables como el luso, aunque se intentó. Arrancó todo Majestoso y majestuoso, con una cuerda tersa y los metales protagonistas, orgánicos como suelo calificarlos por el paralelismo con el instrumento rey del que Bruckner fue maestro.

Pero el primer tramo de la escalada resulta extenuante y ni siquiera el «campamento base» del Adagio-Sehr feierlich sirvió para tomar aire. Bien las intervenciones de violines y oboe, pero la marcha fúnebre era mal presagio, perdiéndose el empuje inicial a pesar del paso seguro del joven portugués. Hay que pisar bien y caminar a la par, evitando así caídas y desprendimientos del terreno, pero en el Scherzo-Nicht schnell – Trio. Langsam, los traspiés no fueron a mayores aunque deslucieron unas vistas de la ascensión con cierta neblina. Faltó la limpieza y precisión de esa danza vienesa bien marcada por Coelho, pero supongo que guardaban fuerzas para alcanzar la cumbre del Finale – Bewegt, doch nicht zu schnell, difícil ajustar el ritmo para que sea «movido, pero no demasiado rápido», el transitar por tonalidades que pongan la bandera en todo lo alto y poder entonar el himno, pero faltó ese remate pese al esfuerzo que sí mereció la pena, pues las vistas desde esas alturas son un regalo del «organista supremo» al que Bruckner siempre tuvo presente. Gratitud, belleza, espiritualidad y emotividad en el gran sinfonista del XIX que sólo su discípulo Mahler pudo recoger el testigo.

Concierto arriesgado y sobre todo audaz, con esfuerzo poco recompensado del que recordaré el aire de religiosidad y gratitud vital de dos compositores emparejados en esta primavera aún fría, donde los reencuentros son cálidos. No se coronó la cumbre pero el recorrido mereció la pena y la semilla plantada ya está creciendo, falta poco para el esplendor florido y poder retomar otras vías para alcanzar más altas cotas musicales. La expedición cambiará de guía pero el equipo está ya bien entrenado.

Moreno sigue recuperando al Spagnuolo

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Miércoles 14 de abril, 19:00 horas. Sala de cámara del Auditorio de Oviedo, Primavera Barroca, CNDM «Circuitos»: La Real Cámara, Emilio Moreno (violín y dirección): «Bolonia 1708». Obras de Francisco José de Castro ‘Spagnuolo’ y G. Torelli. Entrada: 15 €.

Tras un año pude volver al ciclo «Primavera Barroca» dentro de los circuitos del CNDM, habiéndome perdido los dos primeros por agotarse rápidamente las pocas localidades a la venta (no hay abonos) y el aforo está aún más reducido en esta sala de cámara del auditorio ovetense, pero siempre de agradecer recuperar la música en vivo, el siempre cautivador barroco, y nada menos que un día después de Les Arts Florissants con el histórico William Christie, esta vez con otra leyenda viva de la música barroca en España como es Emilio Moreno al frente de La Real Cámara.

Si el norteamericano casi francés está sacando a la luz muchas joyas desconocidas, el madrileño afincado en Cataluña no es menos, defendiendo y descubriendo autores nuestros como el sevillano Francisco José de Castro (ca. 1670-1723?) muerto en Italia, apodado El Corelli español pero más conocido allí como ‘Spagnuolo’ que en este programa Emilio Moreno lo emparenta acertadamente con el veronés Torelli, quien evidentemente tiene más cercanía e influencia, casi un modelo a seguir, y con la peculiaridad de tener al oboe y la trompeta como solistas.

La formación de La Real Cámara estuvo integrada por el propio Emilio Moreno en la dirección y el violín junto a Enrico Gatti, más los solistas de oboe Rodrigo Gutiérrez y trompeta Ricard Casañ, además del continuo con Mercedes Ruiz al chelo y los hermanos asturianos Pablo Zapico (guitarra y tiorba) y Aarón Zapico (clave).

Tras unas palabras del profesor (quien dio una conferencia previa) y auténtica leyenda en el barroco español, explicando porqué figura la autoría de estos ocho conciertos opus 4 de Castro publicadas en 1708 durante su estancia en Brescia (antes de partir a Florencia y Roma) como Accademico Formato, estando perdidos los primeros (esperando algún día se recuperen) y emparejadas con las de Torelli, más una breve semblanza del músico español bien formado en la Italia aristocrática y culta de los Médici, pudimos escuchar estos conciertos breves donde comprobar la evolución artística del sevillano, movimientos lentos casi como recitativos preparando los rápidos para lucimiento del oboe o la trompeta, incluso el último, bisado, con ambos instrumentos de viento. Compositivamente no se puede negar una evolución hacia el estilo italiano en estos yo diría que bocetos o apuntes, donde los solistas suelen ser contestados por el violín que hace de hilo conductor en todos ellos, y la alternancia típica de aires y matices, con indicaciones precisas en los propios títulos de los conciertos.

La interpretación estuvo bien equilibrada en las sonoridades a pesar del poderío de la trompeta que se mantuvo en un plano apropiado, con los «gallos» traicioneros pero manteniendo el tipo en unos movimientos virtuosos que probablemente con un cornetto hubiesen sido casi imposibles pero hubiesen ayudado a un mejor empaste y en especial en el Concerto ottavo à cinque: tromba, oboè, due violini e basso en re mayorRicard Casañ, salió airoso igualmente en  Torelli (Concerto per la tromba «Estienne Roger 188» en re mayor, ITG 21) aunque estamos más acostumbrados a la sonoridad de la trompeta piccolo menos «arriesgada» y traicionera que la natural. Bien al oboe Rodrigo Gutiérrez, que hubo de lidiar con pasajes virtuosos exigentes en contraste con los lentos bien «cantados».

El «ensemble» también se lució sin los vientos, calentando como los instrumentos a lo largo de la hora de concierto, siendo clara la mayor enjundia de Torelli (Sinfonia à tre: due violini, violonchelo e basso en do mayor, op. 5 nº5) frente a un Castro al que debe seguir reconociéndosele en esta faceta de humanista bien formado, donde la música estuvo presente en su vida como compositor, violinista, pero también teólogo y traductor al latín e italiano de los textos de los autores místicos españoles del Siglo de Oro, tal y como el maestro Moreno comentó al inicio y escribe en las notas al programa, quien sigue recuperando patrimonio español como pudimos comprobar en el verano de 2018 además de seguir enamorado de Boccherini y por supuesto de su Bach, que le mantiene joven y activo.

Placeres mundanos

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Martes 13 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio: Les Arts Florissants, William Christie (dirección y clave). «AIRS SÉRIEUX ET À BOIRE 3″. Entrada butaca: 34 €.

Oviedo sigue siendo «La Viena del Norte» español por su oferta de primera calidad con figuras de reconocido prestigio internacional y demostrando en cada concierto que la cultura es segura. Pese a las restricciones de aforo, los cierres perimetrales, las medidas de prevención e higiene, el público asturiano es fiel y necesita de la música en directo tanto como los propios intérpretes, algo que William Christie comentaba en una entrevista para El País alabando nuestra apuesta por abrir los teatros y donde se anunciaba este nuevo concierto primaveral del ciclo carbayón.

Todo un espectáculo el presentado por el maestro norteamericano afincado en una Francia que sigue defendiendo su cultura, potenciando compositores de los que apenas hemos escuchado ni su nombre, y con unos músicos que el propio Christie ha ido descubriendo, siempre acertado como pudimos comprobar en esta velada semiescenificada, con traducción simultánea (además de tener los textos en las notas al programa) de ese idioma tan rico para cantar como es el de nuestros ilustrados vecinos.

Cinco voces que con sus características individuales realmente destacables, empastando en los conjuntos, emocionando en solitario, a capella, divirtiéndonos y siempre bien arropados por un conjunto instrumental de primera donde el maestro Christie al clave casi pasó desapercibido, disfrutando como uno más de esta representación que como bien explican las extensas notas al programa, «Air de cour hace referencia a las canciones que se cantaban en la corte francesa y que en su origen eran melodías sencillas que hablaban de amor, de escenas pastorales, y que interpretaban trabajadores y doncellas. Sin embargo, en el s. XVII, este popular género se traslada desde las calles a los salones en los que se puso de moda entre la realeza y los aristócratas, quienes los adoptaron con extraordinario fervor. Estas canciones podían ser serias, alegres e incluso licenciosas en según qué momentos«, programa perfectamente armado que explora todas las posibilidades de este género permitiendo todas las combinaciones de los intérpretes en escena.

Destacables tanto las voces de Emmanuelle de Negri (soprano), Anna Reinhold (mezzo), Cyril Auvity (tenor alto), Marc Mauillon (tenor bajo / barítono) y Lisandro Abadie (bajo), especialmente soprano y tenor que prefiere el calificativo de alto y no «contratenor» con mucha razón por su voz natural de graves muy claros manteniendo un color homogéneo, así como el «tenor barítono», en cierto modo buscando más el color que la tesitura, pues todos demostraron amplio registro y un gusto exquisito en sus solos, yen esta formación habitual de quinteto para este espectáculo que va por su tercera edición.

Del conjunto instrumental que trae para estos «aires de corazón» Les Arts Florissants además del dúo de violines Tami Troman y Emmanuel Resche, destacar el impresionante continuo de Thomas Dunford a la tiorba, con intervenciones primorosas de sonido y buen gusto, más la viola de gamba de Myriam Rignol, perfectas combinaciones tanto instrumentales (insertadas entre las arias y provenientes de las tres principales fuentes de música para violines en la época de Guédron, Boësset y Moulinié), incluyendo el no muy abundante pero siempre imprescindible clave de Christie, como en las intervenciones solistas de tiorba y viola -incluso cambiando de posición para reforzar también las voces cantadas- además de participar de la acción en los momentos precisos, destacando la simpatía de Lorsque j’étais petite garce («Cuando era una pequeña zorra») de Pierre Guédron, donde una joven guardiana de vacas pierde su virginidad para comprarse un queso, contrastando voces e instrumentos por reflejar esas pasiones y placeres mundanos.

Las obras seleccionadas fueron cautivando de menos a más, dependiendo también del propio aire, lentas sentidas, declamadas, y rápidas llenas de esa comicidad intrínseca como el Rossignol de Claude Le Jeune, o el Que dit-on au village? del citado Guédron, combinación sabia de lo íntimo con lo burlesco, con un resultado de conjunto que hizo las delicias de todos los amantes de la música de los siglos XVI y XVII, la corte versallesca en ese cambio de siglo tan refinado y agradecido, finalizando casi en una oración o confesión de Suzanne un jour nuevamente de  Le Jeune pero evocador de nuestro Siglo de Oro, que nos hizo pasar el concierto en un suspiro, regalándonos dos bises que por las horas no pudieron ser más y disfrutando tanto Christie como su formación, lo que se apreció de principio a fin, pues como él mismo decía, «Tocar sin púbico es cruel«, y nosotros lo corroboramos.

Disfrutar la madurez

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Sábado 10 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano «Luis G. Iberni»: Dmytro Choni (piano), Oviedo Filarmonía, Lucas Macías (director). Obras de López Estelche, Rachmaninov y Brahms. Entrada butaca: 12 €.

Alcanzar la madurez supone disfrutar del tiempo vivido con todo lo que ello conlleva de aprendizaje, errores y aciertos, frustraciones y alegrías. Oviedo Filarmonía es ya una formación con el gran acierto en la elección como titular de Lucas Macías, pues no solo ha crecido desde la diversidad y versatilidad a lo largo de estos años sino que ha encontrado ese momento dulce capaz de afrontar sin complejos, con solvencia y entrega, desde una sonoridad propia, los grandes repertorios sinfónicos que no por muchas veces escuchados se hacen menos necesarios.

Si algo ha caracterizado a la formación ovetense sin duda es la amplitud de estilos que le confieren una ductilidad sonora difícil en otras orquestas. Y apostando por la nueva creación el «Proyecto Beethoven» ha reunido estrenos de cinco compositores que tienen una especial vinculación asturiana con la orquesta, siendo este sábado el turno de Israel López Estelche (Santoña, 1983) y sus Tres danzas donde la original «excusa» del supuesto origen español de la abuela del sordo genial, le sirve para construir un tríptico verdaderamente novedoso de ritmos con aires hispanos de inspiración universal, orquestación rica e impecable además de buena prueba de fuego para la Oviedo Filarmonía con Rolanda Ginkute de concertino y Lucas Macías de nuevo al frente, tres danzas evocadoras de lenguajes propios y heredados de sus maestros, armonías francesas del cambio de siglo mezcladas con aires de Falla en la última, música cercana y exportable, actual y eterna por lo bien «armada» y escrita que está la estrenada obra de un compositor cántabro ya maduro en su formación, trayectoria y lenguaje, tres piezas bien defendidas por los intérpretes, recibiendo todos ellos sobre el escenario los merecidos aplausos de un público que sigue llenando el reducido aforo del auditorio en estos tiempos convulsos, ávido de música con tanta calidad como esta inicial en un sábado lluvioso donde la luz la pone siempre la cultura segura y estos conciertos.

Tenía ganas de escuchar en vivo al ucraniano Dmytro Choni (1993), ganador del Primer Premio y la Medalla de Oro en el XIX Concurso Internacional de Piano de Santander «Paloma O’Shea» del año 2018 que me impactó en aquel momento con su Prokofiev retransmitido por RTVE, esta vez nada menos que con el segundo de Rachmaninov. Obra exigente para todo solista, pero aún más de concertar por los rubati intrínsecos de sus tres movimientos, los cambios de agógica constantes y la cantidad de detalles escondidos que Macías supo sacar a flote, incluso salir airoso en el siempre delicado momento donde se pierda el solista. Choni tiene ya suficiente madurez, a pesar de su apariencia adolescente, para mandar en este concierto, pero el ropaje de la orquesta fue sobresaliente, dinámicas amplias siempre ajustadas al volumen del piano solista, encajes perfectos, sonoridad rotunda muy trabajada e intervenciones de los primeros atriles dignas de mención todas ellas, alternando violas y cellos en su posición para una trabajadísima sonoridad.  Pulsación rica la del ucraniano, detalles en una obra muy estudiada a pesar de la «laguna» que no empañó un resultado global más que digno. Sonido contundente y delicadeza cuando fueron precisas en esta página siempre emocionante además de popular gracias a su utilización en tantas películas y muy presente en las programaciones de nuestras orquestas, desde ahora también en la ovetense.

Para demostrar su reconocido virtuosismo al piano, una propina de cara a la galería como es la Soirée de Vienne op. 56 del checo Alfred Grünfeld (1852-1924),  la (re)interpretación con variaciones sobre el conocido «murciélago» straussiano que todos los grandes del piano suelen incorporar a su repertorio y Choni se suma a estos fuegos artificiales bien interpretados además de sentidos.

Y no defraudó Choni con la segunda propina de Rachmaninov, Daisies, op. 38 nº3, de la Seis Romanzas del ruso, con hondura sin artificios para despedirse de unos aficionados que conocemos bien este repertorio.

Lucas Macías Navarro volvió a demostrar su excelente trabajo, la interiorización de cada obra y su exigencia para con la orquesta en la Sinfonía n.º 4 en mi menor, op. 98 de Brahms, rica de principio a fin, detallista, preciso y claro, arranque del Allegro non troppo vivo manteniendo la tersura y textura orquestal, dibujando las líneas con delicadeza, realzando los graves hoy contundentes, sujetando los metales sin oscurecer el conjunto, disfrutando de una madera empastada, con unos fraseos bellísimos. El Andante moderato reafirmó la búsqueda de un sonido limpio, precisión de ataques, ritmo decidido. Contundente Allegro giocoso – Poco meno presto sujetando el tempo para una formación tersa y entregada que remataría en un Allegro energico e pasionato, Più allegro convincente, maduro, carnoso, reposado, matizado y entregado, con una madera destacable tanto en la flauta como en el clarinete, brillando a gran altura todos.

Un lujo comprobar la buena línea que afronta el onubense al frente de la orquesta ovetense que siguen creciendo juntos, disfrutando de esta madurez deseada.

Arriesgar y disfrutar

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Viernes 9 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo: Primavera I. OSPARoman Simovic (violinista y director). Obras de Mendelssohn y Prokofiev. Entrada butaca: 15 €.

La primavera asturiana es puro contraste, mañanas frescas y mediodías calurosos, atardeceres luminosos no exentos de fina lluvia, praderas coloridas donde todavía hay que segar para que la paleta de colores resulte limpia.

La OSPA arrancaba esta nueva estación con un programa viajero desde nuestras butacas y con el violinista ucraniano afincado en Londres como concertino de su sinfónica, Roman Simovic ejerciendo de auténtico guía, protagonismo compartido por un músico de atril que deja a los compañeros disfrutar pero exigiendo el máximo riesgo, como nuestra recién estrenada primavera asturiana.

La conocidísima Sinfonía Italiana de Mendelssohn es una habitual en las temporadas de la OSPA y hasta en las notas al programa (que no están firmadas) se nos apunta es la décima en sus treinta años, por lo que nunca está de más desempolvarla y transmitir en estos tiempos pandémicos la alegría desbordante que el músico alemán derrocha en esta joya. Simovic compartió y compaginó dirección y concertino con la invitada Elena Rey dejando fluir la música pero «apretando el acelerador», exigiendo para el primer Allegro vivace una velocidad endiablada, como obviando allegro, que evidenció desajustes y cierta precipitación, arriesgada pero brillante, sumado a la acústica distinta que supone situarlos a todos en pie (salvo los cellos, evidentemente) y el añadido habitual en «Protoclo Covid» de una caja acústica abierta, más fondo de escenario y la separación entre los músicos que supongo para el público es perfecta al acceder a detalles precisos pero que para director e intérpretes es totalmente distinta. Los balances entre secciones no fueron los deseados, pero con todo la interpretación de este inicio de «la italiana» fue arriesgar para disfrutar, la pradera aún sin segar que comentaba al principio con esa temperatura de contrastes casi extremos en esta estación, la luz de la madera y las sombras metálicas. En cambio el Andante con moto supuso el remanso casi religioso tras la cercana Semana Santa, el recuerdo napolitano del alemán y el malagueño de este asturiano, una sonoridad delicada y deseada con una orquesta que disfrutaba con la línea marcada por su compañero al mando, Con Moto moderato que continuó la sinfonía viajera, gozando nuevamente de la madera y el ropaje de una cuerda sedosa, casi británica,  unas trompas empastadas en feliz conjunción con la madera, toques de timbal precisos y fraseos de arcos amplios antes de volver al desenfreno del Saltarello: Presto, verdadera evocación de la tarantella napolitana pues la picadura fue espolear para saltar a un vacío de vértigo sin contención alguna, potente, enérgico, en tensión siempre necesaria para la orquesta con un valiente Simovic que apostó de nuevo por conjugar el binomio arriesgar con disfrutar, virtuosismo en flautas, violines en carrera, graves empujando y el arco de batuta mandando atacar: primavera asturlondinense.

Volverían las sillas y el virtuoso Simovic al mando para retomar viaje, esta vez Prokofiev y su Concierto para violín nº 2 en sol menor, op. 63, más implicado como solista con la joya de Stradivarius pero igualmente atento a la orquesta, protagonismos compartidos en una interpretación magistral de este segundo del ruso que conjuga una orquestación reconocible así como las etapas que sus tres movimientos suponen en este «tour» que arranca con el I. Allegro moderato francés, donde la melodía parece tomar las primeras notas de La vie en rose, violín cantando cual acordeón en el Sena contestado por una orquesta densa y clara, primavera parisina elevándose con vertiginosas escalas al cielo de la ciudad de la luz pero con acento ruso y mando solista controlando todos los recovecos orquestales; siguiente parada en el sur de Moscú, Vorónezh, con el II. Andante assai de tiempo ideal para la sonoridad carnosa del violín solista, el acompañamiento orquestal que me evoca al Elgar sin enigmas, universalidad de la ciudad universitaria rusa en este bellísimo movimiento central donde todo fluye sin prisa pero sin pausa, más el salto hasta Azerbayán del III. Allegro, ben marcato, la Unión Soviética tan variada y rica donde la música nunca falta, última etapa de este segundo de Prokofiev que mostró la primavera viajera, madura y luminosa de una OSPA bien fusionada con un pletórico Roman Simovic, disfrutando todos con todo y transmitiendo buenas sensaciones en un bien marcado allegro puramente Sergei que cerraba velada.

Excelencia rusa tras un concierto que se estrenó en el Madrid republicano y casi tercera parte con un postre de lujo: la impresionante Ballade (Sonata nº 3) de Eugène Ysaÿe, compositor que como Simovic también alternaba violín y dirección, auténtica lección de musicalidad con un virtuosismo impactante y el sonido del Stradivarius de 1709 cedido generosamente por Jonathan Molds, presidente del Banco de América. Esperanzas primaverales pese a las incertidumbres, nuevamente demostrando que la cultura es segura y Oviedo sigue siendo «la Viena del norte» español. Y mañana más.

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