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El Cairo está en Bilbao

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Sábado 6 de abril, 19:30 horas. Teatro Arriaga, Bilbao: Luna de Miel en El Cairo (José Muñoz / Francisco Alonso, versión libre de Emilio Sagi). Fotos de la web salvo las indicadas y el programa de mano escaneado.

La revista (opereta arrevistada si lo prefieren) asociada a la zarzuela y a muchos de sus autores está volviendo a la escena actual, y la escapada bilbaína distaría de la reciente ovetense por muchas razones: una puesta en escena luminosa (de Daniel Bianco), sencilla  con detalles como el muro de globos azules, pero sacándole mucho rendimiento, un vestuario colorido de buen acabado y corte (Jesús Ruiz), la iluminación (Eduardo Bravo) subrayando la dramaturgia, un magnífico cuerpo de baile (coreografiado por Nuria Castejón), unas voces equilibradas tanto en los solistas como el coro (las ocho mujeres del Coro Rossini que dirige Carlos Imaz) bien empastadas, unos actores de largo recorrido, una orquesta de calidad en el foso (la BOS con saxos y piano de primera), y todo ello bajo la mano maestra de Miquel Ortega que conoce y mima la música del maestro Alonso, atento a los cantantes aunque se encuentren al fondo del escenario, disfrutando de la partitura llena de ritmos de la postguerra, contagiando alegría, ayudando y haciéndonos copartícipes a todos, con un público que llenó y disfrutó la tarde de sábado que personalmente finalizaríamos tomando el tranvía (en el estreno sería el Metro que muchos asistentes perdieron por las repeticiones tras el éxito alcanzado) hasta Indautxu como buenos “aldeanos” y sentarnos alrededor de una buena mesa entre amigos como corresponde a mis visitas vizcaínas.

Evidentemente no quería perderme esta producción del Teatro de La Zarzuela y el INAEM que el Arriaga programó en cuatro funciones con voces conocidas y queridas por el que suscribe como los asturianos David Menéndez y Beatriz Díaz, el “adoptado” José Manuel Díaz, la granaína Mariola Cantarero, todas ellas bien encajadas en sus roles, sin olvidarme de Enrique Viana haciendo de él mismo como no podía ser de otra forma, Itxaro Mentxaca acertadísima de principio a fin, más una cuadrilla de cómicos como Mitxel Santamarina ágil y “engordado”, Iñaki Maruri y Alberto Núñez que dieron réplicas de guiño local que el ovetense Sagi conoce como nadie para redondear esta “Luna de Miel en Limburgo”.

Dos actos sin pausa ambientados en su época (1943), argumento bien hilvanado de los ensayos preparando la opereta que da título (en vez del transatlántico original) y el ensayo general (en el mismo teatro, no en Alejandría ni el Nilo), ágil acción con todo lo que se espera de ella: diálogos chispeantes y enredos amorosos, música en escena con piano real y delicada transición al foso, juegos de escaleras y unas melodías pegadizas que muchos asociamos al cine y la televisión porque crecimos con ellas: Tomar la vida en serio es una tontería y esta broma musical rebosa alegría (hubiera sido genial bisarla), el buen gusto impera sobre el escenario del coliseo de la ría y la calidad del elenco ayuda a redondear esta obra del prolífico maestro granaíno.

De los cantantes protagonistas David Menéndez (Eduardo) mantiene un nivel de excelencia y elegancia de principio a fin, poderío vocal y escénico en el papel de compositor, junto a Beatriz Díaz (Martha) capaz de amplios matices y derrochando simpatía, luchando con un registro grave casi imposible en estas partituras pero solventado sobrada su princesa en los agudos y medios desde su línea de canto limpia llena de matices. Itxaro Mentxaca dio el toque de veteranía real e imaginaria (Doña Basilisa, costurera y antigua tiple) especialmente con el tapate tapatío en compañía de “las Rossini”. Cantarero (Mirna) y Viana (Rufi) pusieron el histrionismo necesario de sus papeles, jugando con el santoral, la geografía y hasta las debilidades carnales. Sumemos lo comentado del conjunto con el Maestro Ortega al frente, y tendremos una revista de siempre por la que no pasa el tiempo dándole la mínima actualización a textos y situación con todo el respeto a la música por parte de todos los intérpretes.

Como sugerencia estaría bien representarla en Oviedo en el próximo Festival Lírico con este mismo reparto y director musical, el público carbayón seguro respondería feliz a esta revista, opereta, zarzuela… espectáculo musical a fin de cuentas.

Sobra el sobre

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Jueves 4 de abril, 20:00 horas. Teatro Campoamor, XXVI Festival de Teatro Lírico Español Oviedo: El sobre verde (libreto de Enrique Paradas y Joaquín Jiménez / música de Jacinto Guerrero).

Crítica para La Nueva España del sábado 6, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Recuperar una obra de 1927 es de aplaudir como labor musicológica gracias a la Fundación Guerrero y al Centro de Documentación y Archivo (CEDOA) de la SGAE con la avilesina Mª Luz González Peña al frente. Pero esta “Opereta cómica con gotas de revista” no aguanta el paso del tiempo a pesar del esfuerzo del escenógrafo Alberto Castrillo-Ferrer ni el arreglo para jazz-band del asturiano Nacho de Paz que sonó muy bien con once músicos de altura (varios de la Oviedo Filarmonía) dirigidos por Arturo Díez Boscovich.

Esta revista, más que opereta española o zarzuela pareció llevarnos al “Cine de barrio” en color aunque el argumento sea más del blanco y negro, con gran peso de los actores, lo mejor sobre la escena, con unos textos que en 2019 provocan solamente leves sonrisas aunque la picaresca siga vigente, la Lotería siga recaudando y haciendo soñar a quien juega, pero no la escenificación de una trama caduca de esterotipos y juegos de palabras añejos, bien de vestuario y luces, pobre en decorado, más unos cantantes que intentan dar lo mejor para una partitura que no está entre lo mejor del maestro Jacinto Guerrero (Los gavilanes, El huésped del sevillano, La rosa del azafrán) que también hubo de ganarse el pan con sainetes, humoradas (La blanca doble), marchas de Semana Santa y hasta música incidental para el teatro de los Arniches, Muñoz Seca o Jardiel Poncela.

Los llamados “felices años 20” quedan bien reflejados uniendo ritmos del momento, muy americanos como el fox o el charlestón sin olvidarse del “tangolio” o el chotís retrechero recreando un ambiente de lentejuelas, boys y “chicas de Coslada”, más con Lina Morgan y Tony Leblanc que en este reparto donde los personajes se desdoblan en tres y hasta cuatro, con unos cantantes que no lucen tanto como los actores aunque les vistan de frac.

Los cómicos, en el amplio sentido, sobresalen sobre el canto: Rafa Blanca (Nicanor) y J. J. Sánchez (Simeón) dan más la talla que el barítono madrileño Alfredo García, de buena proyección hablada pero menor la cantada (salvo la Marcha del premio gordo) o la mezzo ovetense Lola Casariego (fox-gavota de Madame Sévigne mejor que Bombón internacional), con números poco agradecidos para sus voces, solventándolo con la escena. Bien tanto Rafa Maza en sus roles de José María (políticamente incorrecto hoy en día) y el maitre de hotel con acento mexicano muy “a lo Cantinflas”, como Laura Pinteño, quien como botones de cara teñida nos evocó hablando a Mami de Lo que el viento se llevó; las sopranos Soledad Vidal (Fifí) especialmente, y Carolina Moncada (Mimí) lucieron sus papeles hablados de acentos (re)buscados. Las también sopranos Sagrario Salamanca y Cristina Teijeiro completaron el resto del elenco.
A todos ellos se les exigió bailar las coreografías de Cristina Guadaño, no del todo encajadas en el estreno, desparpajo y profesionalidad sobre las tablas, números conjuntos no muy empastados ni equilibrados, cambios rápidos de vestuario y defendiendo unos papeles para un sobre que no ha soportado el paso del tiempo, verde descolorido por la trama de esta revista multicolor que ni siquiera el talento del maestro Guerrero salva del bostezo ni las ganas de zarzuela auténtica. Una lástima tener que escuchar voces de gran trayectoria sobre las tablas como el barítono Alfredo García (que cantase Iván el terrible en octubre de 2017) o nuestra querida mezzo Lola Casariego en papeles que no les favorecen vocalmente a pesar de un foso reducido (de piano virtuoso con Sergei Bezrodni), con más texto hablado que cantado. El género de la revista siempre se caracterizó por actores que cantaban y no a la inversa, aunque aplauda el esfuerzo por recuperar nuestra música (de la que aún queda mucho por descubrir), pero actualizar (?) se hace difícil a pesar del loable empeño con obras como este segundo título.

Tras el último número de Rampersten (perteneciente a La orgía dorada de Muñoz Seca, Pérez Fernández, Borrás más el propio Guerrero y Julián Belloch) colocaron una pancarta con el estribillo de la Marcha del Premio Gordo intentando hacer partícipe al público de una fiesta que hace casi cien años inventaba el karaoke pero hoy no cuaja con un público asturiano entendido en zarzuela. Experimento fallido que esperamos superar con los dos títulos que restan del segundo festival lírico español que goza de buena salud en cuanto a respuesta popular pero se distancia con títulos como este de la vigesimosexta temporada.

Maruxa de Urquiola

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Jueves 21 de febrero, 20:00 horas. Oviedo, Teatro Campoamor, XXVI Festival de Teatro Lírico Español: Maruxa (Amadeo Vives).
Oviedo quiere zarzuela y el público respondió con un lleno donde los pateos iniciales ya repugnan un poco, aunque pierden intensidad en esta “Maruja” de chapapote, gris, incómoda y floja, pero en absoluto pastoril.

Expectación para este inicio de temporada con la producción de Paco Azorín ya estrenada en Madrid y ahora en la segunda capital lírica española, con revisión musical de Miquel Ortega, y un elenco desigual donde lo más destacable fue la Oviedo Filarmonía bajo la batuta de José Miguel Pérez-Sierra y el Pablo de Rodrigo Esteves, inconmensurable, potente, dominador de la escena y un placer escuchar a este barítono ya asentado en el panorama lírico español.

Evolución imparable la del tenor asturiano Jorge Rodríguez-Norton como Antonio, pues supone sacarlo de los roles cómicos para poder escucharlo en un papel con más enjundia, perfecto de emisión cuya voz va tomando cuerpo, puesto que su musicalidad es innata y siempre triunfa en casa.

Reconociendo las dificultades de una partitura endiablada para los personajes femeninos, con registros extremos, especialmente los graves, y si además la orquesta mantiene unas dinámicas concertísticas algo excesivas, tanto la Maruxa de Carmen Romeu, debutante en el rol, como Svetla Krasteva en el papel de Rosa, cantado también en Madrid, tuvieron que emplearse con más técnica que dulzura, mayor peso dramático el de la búlgara que puso el gusto en su línea de canto aunque faltase una diferenciación de colores en las sopranos que hubiese facilitado mayor empaste. Ambas demostraron volúmenes amplios y agudos seguros siempre con un esfuerzo vocal encomiable. Pese a todo el cuarteto solista luchó por sacar adelante sus intervenciones a pesar de las incomodidades como el plano inclinado de la mesa, los humos que se meten por la garganta o trozos de pizarra en el suelo que supongo dificultan la posición necesaria para cantar.

Inaudible, desafortunado en afinación, bajo sin cuerpo y carente de gracia el Rufo de Miguel Zabala, lástima porque es un personaje querido e importante en esta “gallegada” del maestro Vives que los de mi edad asociamos a José María Prada con el Golondrón (¡Ganapanes! ¡atrevidos!) en aquellas zarzuelas de película emitidas por televisión en blanco y negro (después supimos que había color) con voces legendarias como la dirigida por Juan de Orduña.

Simplemente cumplieron los “comprimarios” del coro Yolanda Secades (Eulalia) con Jorge Rodríguez en vez de Cristóbal Blanco (zagal fuera de escena) junto a una Capilla Polifónica (dirigida por Pablo Moras) que en el inicio entre bastidores se quedó ahí para centrarse algo más en el segundo acto y nuevamente escenificando lo imposible para dar credibilidad a una ambientación por lo menos extraña donde la romería se convierte en marea humana de voluntarios ecológicos.

Quiero destacar la plasticidad y belleza de María Cabeza de Vaca como Galicia sobre todo en el preludio inicial y la breve pero segura gaita de Vicente Prado “El Pravianu” con una muñeira en la bolsa al lado del escenario, redondeando una buena instrumentación de la veinteañera OFil que rindió al máximo, disfutándola en el preludio del segundo acto. Por su parte Pérez-Sierra nunca mimó las voces y las dinámicas fueron en contra de ellas, con un gesto amplio que instintivamente tiende al “forte” para dejar unas romanzas oscuras (como toda la función).

Mención aparte la escenografía que obvia el alegre verde para traer el chapapote del Urquiola, peor que el Prestige y todo más español, con apariciones desde el patio de butacas o en la escalera de acceso al escenario que visualmente ayuda pero cantar es otra cosa. Y no digamos de la mesa de juntas inclinada, diría que peligrosa incluso cuando se iza en un efecto de hundimiento logrado o cual rueda de prensa tras la catástrofe. El efecto del humo ya lo he comentado, y no suelo poner muchos reparos excepto cuando se entorpece el trabajo vocal. Quedan bien los poemas de Rosalía de Castro en la voz de María Pujalte, aunque suponga un calderón improcedente para la orquesta en el preludio del segundo acto; hay momentos visualmente impactantes pero oscurecer literalmente esta página gallega no actualiza un libreto ligero, exigente vocalmente y donde debe primar la música. Perdono la piel de oveja, la “iluminación” de Pedro Yagüe y el vídeo de Pedro Chamizo que ayuda a comprender el ambiente de astillero, incluso el vestuario sobrio de Anna Güell, monos blancos aparte. Lástima que el resultado final resultase gris plomizo para la música de Amadeo Vives.

El Sueño de Gaztambide en invierno

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Jueves 31 de enero, 20:00 horas. Teatro de la Zarzuela, Madrid. J. Gaztambide (1822-1870): El sueño de una noche de verano, ópera cómica en tres actos con libreto de Patricio de la Escosura, estrenada en el Teatro del Ciro de Madrid el 21 de febrero de 1852. Nueva producción del Teatro de la Zarzuela, edición de Tomás Garrido (Archivo SGAE, Madrid 2018). Dedicado a la memoria de Gustavo Tambascio. Entrada butaca: 42 €.

Defendiendo y difundiendo nuestro patrimonio, rescatando una zarzuela de 1852 en su teatro de la calle Jovellanos, sin reparar en gastos y homenajeando al desaparecido Gustavo Tambascio, acudía a la quinta representación (finalizarán el 10 de febrero retransmitiéndola por Facebook©) de El sueño de una noche de verano conociendo el libreto original y algunas críticas en los distintos medios, también digitales pero dejándome llevar por una música de calidad con sus altibajos lógicos, reparto vocal conocido en un momento idóneo, último día de enero frío con el llamado primer reparto, vestuario bellísimo (Jesús Ruiz), variado y colorido, más decorados verdaderamente logrados (Nicolás Boni), destacando sobre todo el bosque mágico o el parque de Richmond.

Lo que se mi hizo difícil fue comprender la acción del siglo XVI en Londres pasada a la Roma de la “Dolce Vita” de los años 50, abocetada por Tambascio y adaptada por Raúl Asenjo junto a la escena de Marco Carniti, debiendo introducir unas partes habladas que alargan innecesariamente la partitura de Gaztambide casi hasta las tres horas, pues sin ellas aún resultaría más loco este argumento rehecho. Hay guiños que chocan para esa década cuando se juega con personajes actuales, el teatro dentro del teatro y dentro del teatro pienso que es rizar el rizo ya rizado, perdiendo la propia crítica del tudelano hacia la monarquía borbónica a partir de los personajes de Shakespeare, con citas a los años franquistas de rancio gusto en estos tiempos.

De los rebautizados personajes podría comentar otro tanto. Primero los añadidos Orson Wells (el doble que termina siendo él), un Director General de Cinematografía y Teatro, o Don Liborio Barón de Brisa, incluso Maruxa con su hermano Mighello / Mr. Random, bien representados por el cuadro de actores (Sandro Cordero, Jorge Merino, Pablo Vázquez, Ana Goya y Miguel Ángel “Mighello” Blanco, respectivamente), después la Reina Isabel que pasa a ser la Princesa Isabella Tortellini, Shakespeare Guillermo del Moro (sí, no es una errata) y Sir John Falstaff Juan Sabadete que además tarareará un Tintarella di luna de Mina transmutada a José Guardiola, todo para que “ambiente el ambiente” cinematográfico o distintas inicios de arias verdianas para el personaje de un tenor que “perdió hasta la voz” esperando debutar como barítono en el Teatro Reggio de Palma cantando Falstaff. El acento italiano de Olivia de Plantagenet será otra ocurrencia para la acción romana aunque la trattoría no sea una taberna inglesa y Tobías un jefe de comedor ¿de Porriño? en vez de “chigrero” que diríamos en Asturias. Ya puestos a “recrear” personal de restauración hasta Mighlello resultó ser emigrado desde Argentina a la capital italiana.

Pero al final lo que importa es la música y sus intérpretes, pese a “obligarles” con añadidos o movimientos escénicos que por momentos pueden perturbar la atención del público (muchos extranjeros aunque se les sobretitula en inglés todo, incluyendo los diálogos). Dos partes de una hora abundante, agrupando los actos segundo y tercero conformaron este sueño casi pesadilla. Comenzar destacando al Maestro Miguel Ángel Gómez-Martínez que se entrega siempre en estos proyectos (El Juramento o La Marchenera aún los recuerdo en Oviedo con agrado), mimando las voces y sacando lo mejor de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, con un clarinete solista inspirado. Sonido claro y equilibrado, disfrutamos con la formación tanto en el prólogo como en el preludio de la segunda parte o la marcha entre el terceto y cuarteto final, habiendo ligeros cambios en el orden de los quince números que conforman este Sueño. No puedo decir lo mismo del Coro Titular que dirige Antonio Fauró, algo corto en efectivos y emisión, por momentos detrás de la orquesta (sobre todo cuando está colocado atrás) y en el “coro de guardabosques” (vestidos de Beefeater con tenores y bajos descompensados.

Las voces solistas estuvieron todas a buen nivel, destacando sobre todas Luis Cansino como Falstaff todopoderoso, voz rotunda e intérprete completo, convincente, simpático, metiéndose al público en el bolsillo pese a un personaje poco agradecido que el barítono madrileño de sangre viguesa engrandece, incluso “llevando al coro” en el nº 8 para no retrasarse como estábamos notando.

La soprano tinerfeña Raquel Lojendio reinó como Isabel, incluso bailando clásico mientras cantaba con una voz timbrada de técnica sobresaliente, manteniendo mientras bailaba sobre las puntas su color hermoso, y haciendo gala del belcantismo puro en su dúo con el tenor (¡Oh, bosque umbrío! / No soy Julieta). Perfecto complemento en empaste y actuación de Beatriz Díaz como Olivia desde la primera intervención, un papel de registros extremos para una mezzo cantado por la soprano asturiana que solventó sin dificultad, descubriéndonos unos graves bien emitidos aunque ella brille en toda su extensión como es habitual, tanto en los tercetos con la Reina y Falstaff (Alto, lindas fugitivas, nº 3, A Guillermo tú esta noche… nº 13) como en el cuarteto final (Ven amiga, y dí a Guillermo, nº 14), sin olvidarme el desparpajo que tiene como actriz, siendo ideal en estos personajes que los agranda por pequeños que sean.

El tenor argentino Santiago Ballerini está en el grupo de voces agudas pero algo metálicas cuyo color aún se puede pulir, su Guillermo no desentonó dentro de los protagonistas, con una sentida romanza antes del dúo con Isabel. El barítono coruñés Javier Franco como Arturo Látimer completaría este plantel con poderío en las dinámicas fuertes que desequilibró a su favor en el dúo nº11 (Cuando a la lid te provoco…) con el tenor.

Citar también con nota alta al barítono mallorquín Pablo López, el Tobías con acento gallego o la Margarita de la soprano Milagros Poblador (componente del coro) redondeando este elenco vocal del sueño, con un movimiento en escena por momentos complejo (la bicicleta debería haber sido una Vespa), sobre todo en el desfile de cocineros recitando los platos múltiples, pero donde la música sale bien parada a pesar del tiempo transcurrido, con un argumento algo flojo en el original cuya “actualización” no ayudó en absoluto.

Buenos estudiantes en verano

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Lunes 30 de julio, 20:00 horas. Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA), La Castalia: Concierto de clausura del IV Curso de Canto y Repertorio Vocal. Entrada libre y aforo completo.

Parece que estudiar en verano seguimos asociándolo a los malos resultados pero muchos son los que aprovechan el periodo estival para seguir haciendo cursos de perfeccionamiento, acudir a talleres y seguir creciendo porque así es la vida, muriendo y aprendiendo. En el campo musical nunca se deja de estudiar ni siquiera siendo profesional, incluso más aún para mantenerse siempre en forma, así que vacaciones como muchos las entendemos no existen.
En mi caso verano es sinónimo de desconexión laboral pero nunca de mis aficiones, entre las que nunca faltan lecturas y conciertos de todo tipo como se puede comprobar en el blog. Poder comprobar la evolución del alumnado es probablemente una de las satisfacciones mayores que se tienen tanto en la docencia como en mi melomanía, a menudo unidas ambas tras mis años de pianista repertorista, por lo que siempre que tengo a mano la posibilidad de escaparme a conciertos de clausura ahí estoy, y de nuevo Oviedo con “La Castalia” me ha dado la oportunidad de comprobar el buen estado vocal de nuestros jóvenes que ocupan el mes julio formándose con los mejores profesionales, todos luchando contra indolentes políticos, sin subvenciones, con zancadillas y rivalidades mal entendidas, poniendo dinero propio y apostando por un futuro más cercano de lo que se piensan los dirigentes, porque el tiempo vuela y no se puede dejar escapar el talento.

En nombre de esta incombustible Castalia del siglo XXI, su directora artística y profesora de canto Begoña García-Tamargo presentó este colofón de curso tras diez días duros de esfuerzo ímprobo para 14 alumnos, 100 horas de trabajo con profesorado de fonética (Ana Cristina Tolívar), análisis (Mª José Collazos) o repertorio vocal (Manuel Burgueras) para “desmenuzar” 76 obras y seleccionar las que finalmente pudimos disfrutar en el patio del RIDEA con un lleno impensable en un lunes al fin veraniego, con largas colas y una afición única en La Viena del Norte como llamo a este Oviedo musical, dejando aquí el programa. Además de recordar los sinsabores también repasó los conciertos en el Arqueológico, la centenaria Sociedad Filarmónica Ovetense, las distintas temporadas operísticas y sinfónicas con dos orquestas en la capital, junto a las Jornadas de Piano y Conciertos del Auditorio con su presupuesto pendiente de aprobar a estas alturas del año, aunque sabemos cómo funcionan nuestros dirigentes.

El maestro Manuel Burgueras al piano, del que dejo arriba la entrevista en La Nueva España, no solo ayudó durante todo el recital (al estar indispuesto Ángel Álvarez que también tenía sus obras) sino que continúa buscando lo mejor para cada voz, esta vez con mayoría de sopranos y distintos niveles pero todas ellas superando la dura prueba con público. Repertorio variado con canción de concierto para mayor disfrute pianístico y pureza total, arias de ópera, oratorio y también zarzuela para terminar. Acompaño fotos y obras junto a breves comentarios de todos los participantes.

Abría fuego el barítono coruñés David González Piñeiro con dos de las cinco canciones de “Let us garlands bring” opus 18 (G. Finzi) con textos de Shakespeare, Come away, come away death y Fear more the heat o’ the sun bien pronunciadas y sentidas para un timbre hermoso y delicado al que no debemos perderle la pista.

La jovencísima soprano Paula Montejo interpretó Amor, ch’atendi (G. Caccini) de voz natural a la que auguro largo recorrido, sin complejos y color prometedor totalmente adecuado a esta bellísima página, segura con el apoyo del maestro Burgueras.

El siempre difícil “Giulio Cesare” (Händel) del aria Si, spietata, il tuo rigore lo interpretó el bajo Román García, también joven pero que apunta maneras en su registro, agilidades bien resueltas con el aire adecuado para una voz que crecerá mucho con los sabios consejos de sus maestros.

Almudena Sanz es otra soprano que nos dejó muestras de dos estilos diferentes pero bien hilvanados y elegidos para su color, el complicado barroco de “Juditha Triumphans” (Vivaldi) con O servi volate más el clasicismo de Haydn y Quando la rosa non ha più spine (aria de Susana) de “La Metilde ritrovata” aún mejor.

Ya conocía al tenor Adrián Begega quien nos dejó el aria Sol può dir come si trova de “Il Re Pastore” (Mozart) que le va muy bien por tesitura y estilo, mejorando poco a poco su escena aunque el genio de Salzburgo siempre esconda dificultades en cada partitura.

Misma tesitura para otro tenor muy distinto, Vladimir López, voz con cuerpo en toda el registro y gusto en su línea de canto que optó por la conocida Parlami d’amore, Mariù (C. A. Bixio), disfrutando del piano y la melodía bien sentida, quedándome con ganas de escucharle algo más porque gustó en esta intervención.

También repetía la soprano Canela García que avanza en cada curso, cantando en su primera intervención la bellísima Nuit d’étoiles (Debussy), bien musicalmente y que deberá “romper” poco a poco en escena porque cualidades vocales las tiene.

Siguiendo en la misma tesitura de sopranos conocidas en estos cursos Cristina Suárez interpretó Ruhe meine Seele (R. Strauss) en perfecto alemán y protagonismo compartido con Manuel Burgueras, el siempre agradecido lied para ambos con un registro grave amplio e ideal en este repertorio al alcance de pocas voces jóvenes que la soprano gallega resolvió con solvencia.

Un placer escuchar a la mezzo asturiana María Heres en cada curso, siempre cómoda y segura en el repertorio barroco que adora, y más con el Messiah (Händel) con el que comenzó su primera intervención en la reposada aria He was despised and rejected of men con un piano mimando cada pasaje haciendo olvidar la orquesta original,

para continuar con el dúo O death, where is thy sting bien empastado con Adrián Begega en color e intención.

Las voces gallegas son habituales de “La Castalia” por cercanía y confianza en estos maestros, y una de ellas es la soprano ferrolana Carla Romalde, una veterana pese a su juventud, siempre con soltura en las obras trabajadas, dejándonos en primer lugar la complicada aria Ah, non credea mirarti de “La Sonnambula” (Bellini), belcantismo puro para una voz que se maneja bien con las agilidades.

Volvía el bajo Román García que se atrevió y cumplió con el aria Vieni, o levita de “Nabucco” (Verdi) asombrando de nuevo por un registro que el tiempo engordará para una cuerda en la que escasean estas voces.

Bellini volvería a sonar con Canela García quien interpretó Dopo l’oscuro nembo de “Adelson e Salvini” aprovechando esa voz con cuerpo y música de reminiscencias hermanas del Oh! quante volte (“I Capuleti e i Montecchi”) de mayor dramatismo vocal que corporal y el piano orquestal.

Más clasicismo de Haydn, la “canzonetta” con texto de Shakespeare She never told her love para la mezzo María Heres en su última intervención, inglés perfecto de dicción y confianza en un repertorio que avanza para su registro poderoso siempre cantando con emoción y buen gusto.

Del hermoso oratorio “Elías” (Mendelssohn), el tenor Adrián Begega eligió Zerreiset eure Herzen… So ihr mich resuelto con seguridad y matices algo exagerados pero solvente de principio a fin.

En la recta final y con segundas intervenciones llegaría la conocida aria Oh, ma lyre immortelle de la poco escuchada “Sapho” (Gounod) a cargo de Cristina Suárez, una joya que las grandes sopranos guardan para sus recitales y de agradecer poder escucharla en este concierto, bien trabajada por la cantante gallega que redondeó una buena intervención con la excelencia pianística del maestro Burgueras.

El apasionante mundo del lied volvía al recital con David González y Verborgenheit (H. Wolf) que requiere dicción y emoción, microrrelatos dialogados con el piano, perfectamente ensamblados ambos para este “descubrimiento mío” en el cuarto curso de “La Castalia”, barítono al que espero poder seguir su trayectoria.

Oviedo ama la zarzuela, nuestro género por excelencia que tiene tanta tradición como la ópera en la capital asturiana (la segunda temporada tras Madrid) por lo que el cierre no podía ser otro, la romanza En un país de fábula de “La Tabernera del Puerto” (Sorozábal) que escuchamos hace poco en el Campoamor, aquí por la soprano Carla Romalde de timbre algo metálico pero seguro y suficiente con los ornamentos en su sitio  pausados junto a la “orquesta” de Burgueras, el acompañamiento ideal en esta clausura de curso y concierto que hizo las delicias de todos los presentes. Nombres de voces que cuando triunfen diremos “los escuché en Oviedo, La Viena del Norte gracias a La Castalia“.

Mieres, fiesta coral por San Juan

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Coincidiendo con las fiestas patronales de San Juan, Mieres lleva celebrando desde hace diecisiete años el “Encuentro coral de los pueblos mineros La mina canta unida“, con visitas de coros amigos invitados por el anfitrión, a menudo devolviendo viaje con nuestro centenario Orfeón de Mieres, el decano de los asturianos, que volvieron a llenar el Auditorio Teodoro Cuesta los días 15 y 16 de junio, siendo el sábado a las 8 de la tarde cuando acudí a escuchar los dos coros en la última jornada.

Antes de comenzar volver a mostrar mi preocupación por la elevada media de edad de unas formaciones con mucha historia pero donde cantar casi es terapia e inclusión social más que buscar la belleza del canto. El envejecimiento de los coros, salvo honrosas excepciones, sigue siendo preocupante, lo que deja voces cansadas, con emisiones no correctas y problemas de afinación, olvidando unos mínimos de calidad que compensan con ilusión y ganas de gustar. No denigro esta faceta pero un coro amateur también debe buscar calidad dentro de sus posibilidades. Y si profundizamos en los repertorios elegidos también nos encontramos con muchas obras conocidas que el público demanda, así como arreglos o adaptaciones que darían para mucha crítica, acompañados por instrumentos que más que ayudar entorpecen, olvidándose de la existencia de obras asequibles, agradecidas y menos populares que como embajadores musicales también deberían dar a conocer.

Es el caso de la veterana Coral Polifónica Follas Novas de A Coruña que dirige el maestro Fernando Vázquez Arias, con acompañamiento de piano (electrónico) a cargo de la armenia Anna Mirzoyan en todas las obras que trajeron a Mieres, distintas calidades con resultados dispares y muy mejorables, donde sí encontramos tradición, popularidad y cierta renovación.

De ejemplo la Insalata italiana (Richard Genee) donde el repaso por la terminología musical debería ir pareja letra y música, aunque no siempre resultó. En general el coro coruñés abusó de brusquedades en emisión y matices, a menudo alejadas de lo escrito, con desajustes para elegir entre cuerdas y piano, por otra parte con desequilibrio entre hombres y mujeres que parece endémico en muchos coros y hasta se opta por coros de voces blancas. Los intentos del maestro Vázquez por encajar piano y coro fueron constantes pero la afinación no se logró más los matices demasiado exagerados.

De las tres obras de zarzuela mejor no ensañarme y de la llamada Suite latina del propio director Vázquez Arias resultó un pupurri excesivamente largo de boleros y canciones del otro lado del charco más propicio para una sobremesa que elegirlo para un concierto. Su obra A Coruña e unha serea desconocida para mí ofrece buenas ideas musicales que me gustaría escuchar por otra formación para poder emitir un mejor juicio de valor.

Tras entregas e intercambios de regalos entre los dos coros así como la entrega de distinciones al Área de Cultura de nuestro ayuntamiento por el apoyo a eventos como el que nos ocupa, o la insignia de plata del Orfeón a Rosa Mª Llaneza que lleva toda la vida cantando y es historia viva del coro decano de Asturias,

el Orfeón de Mieres con Carlos Ruiz de Arcaute Rivero seleccionó para casa siete partituras variadas donde se escuchó por primera vez la obra Mieres del camino originalmente para voz y piano del pintor gijonés Juan Martínez Abades (1862-1920) que también escribía música para cabarets y salones de su época. De aplaudir la incorporación de temática local buceando o trabajando en adaptaciones como esta estrenada hoy por el propio orfeón.

Del folklore asturiano no podían faltar el Axuntábense (Sergio Domingo) o la hermosísima Tengo de ponete un ramu de Benito Lauret que tanto hizo por la música en Asturias durante su estancia allá por los años 70 con la entonces Orquesta de Cámara “Muñiz Toca” que sería la Sinfónica de Asturias, y la Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo”. Del repertorio habitual con el que disfrutamos del orfeón La golondrina (J. Pagán), Mi viejo San Juan pero del portorriqueño musicado por Antonio Barés, o Ilusión de amor (Santos Montiel, armonizada por Ginés Abellán), sumándose la conocida Chiquitita del grupo ABBA que dio un toque de “modernidad” aunque también habría mucho que escribir de los repertorios e incorporada recientemente en La Calzada por nuestro decano coro. Con todo felicitar a este Orfeón que con Ruiz de Arcaute está llevando la música coral con el nombre de Mieres por la geografía española.

Tratándose de poner voz, esta vez alzándola con el silencio de la razón, todos los componentes del orfeón a los que se sumó algún conocido más sobre el escenario en una campaña que se extiende por todas partes, hicieron visible con carteles la petición del Grado de Deportes para nuestro Campus de Mieres, pues ya va siendo hora de dotar de más contenidos a unas instalaciones modélicas e infrautilizadas por parte de la Universidad de Oviedo, el pasado minero e industrial que tanto dio a Asturias y España, teniendo todavía por saldar una deuda con Mieres, justo cuando se vuelve a plantear el cese de la actividad minera y la defensa de energías limpias y renovables. Al menos que nos dejen ser una verdadera ciudad universitaria al completo.

El colofón tras la reivindicación, Asturias, patria querida cantado por todos los presentes que volvió a sonar luchador y esperanzador porque “quien canta, su mal espanta”.

Todavía llegaría a casa para el “Liceu a la fresca” con un Manon Lescaut de Puccini donde brilló el español Carlos Chausson y el estadounidense Gregory Kunde que cunde pese a los años, aunque no haya sido para archivar. Al menos el “horario cultural” no resultó ser las dos de la madrugada sino el llamado “prime time” y todo lo que sea popularizar la ópera siempre será bien recibido.

A disfrutar de la fiesta siempre con música…

Enamorados de la tabernera

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Sábado 9 de junio, 20:00 horas. Teatro Campoamor, XXV Festival de Teatro Lírico Español, Oviedo, última función. “La tabernera del puerto”, romance marinero en tres actos (música de Pablo Sorozábal, libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw).

Los del norte somos muy de tabernas, chigres y sidrerías, de reunirnos en torno a una mesa para festejar cualquier evento y nada mejor para cerrar las bodas de plata de la temporada de zarzuela asturiana que volver a llenar el teatro (pasando a dos funciones cuando había cuatro por título y “Los del tres” no se enteran que #OviedoQuiereZarzuela) con uno de los títulos más conocidos y representativos de nuestro género, La tabernera del puerto situando Cantabreda en la costa cantábrica como no podía ser menos para mi tocayo donostiarra Sorozábal y utilizando melodías más ritmos tan nuestros desde una escritura sinfónica por momentos wagneriana, dejándonos las romanzas más populares de zarzuela que casi todos tenemos en nuestra memoria.

El éxito del cuarto título del único festival fuera de Madrid se redondearía gracias a la nueva producción del Teatro de la Zarzuela (que vio mermadas sus funciones ante las huelgas justificadas contra la fusión por decreto con el Teatro Real), con su director musical al frente, nuestro Óliver Díaz, congregando público llegado de fuera de Asturias que disfrutó con todo. Porque es difícil conjugar a la perfección todos los elementos que se necesitan para que un título lírico funcione: partitura y libreto de calidad, cantantes que sean actores y actores que canten, orquesta y coro veteranos y dominadores del repertorio, escenografía e iluminación junto a vestuario, mezclado en su justa proporción por un responsable musical que lleve con seguridad el timón para alcanzar buen puerto, y nunca mejor el símil marinero para esta zarzuela con sabor a salitre, catálogo de amor, humor fino y final feliz con sorpresas.

Toda la escena dirigida por Mario Gas es elegante, fiel al texto íntegro bien rimado por todos movidos a la perfección sin caer nunca en el abigarramiento, presencias variadas subrayadas por la iluminación adecuada y hasta la utilización real de agua y piedras cual orilla marina que también se usa dramáticamente sin molestar a los cantantes, dirección de un enamorado del teatro e hijo del bajo Manuel Gas, totalmente relacionado con esta zarzuela que él cantó ya en el estreno barcelonés llevándola por escenarios de medio mundo. Sumemos un decorado realista, el vestuario que todos asociamos a un puerto sardinero y añadamos la impresionante escena del naufragio de Marola y Leandro en una proa dentro de la proyección videográfica para completar el marco ideal donde desarrollar toda la acción.

El elenco debe contar con unos cantantes donde la partitura es difícil aunque agradecida, pero el texto hablado todavía más, proyectando la voz en ambos casos desde una correcta dicción en castellano que hace innecesario mirar los sobretítulos (siempre de agradecer), pero donde los actores también deben cantar con la misma exigencia. Por eso quiero destacar especialmente la Antigua de la inconmensurable Vicky Peña y el espléndido Chinchorro de Pep Molina, con su dúo cómico para recordar, colocando a caballo de actores y cantantes el Abel de la soprano Ruth González, timbre de adolescente en unas intervenciones que la encumbraron casi de protagonista de principio a fin y interpretando con solvencia todo su papel, sin dejarme atrás al cómico “televisivoÁngel Ruiz como Ripalda el del cafetín, no el Padre, algo sobreactuado buscando la risa, pero fiel a su papel, con un terceto cómico junto a Marola y Abel de calidades equilibradas.

Hablando del reparto no se puede omitir el papel de la Oviedo Filarmonía con el maestro Óliver Díaz mimando cada página, dando el protagonismo puntual a todos, interludios y acompañamientos, cuidando al detalle las dinámicas para percibir siempre las voces (incluso los coros fuera de escena).

Y un excelente elenco de cantantes donde la tabernera María José Moreno volvió a enamorar en argumento y teatro por presencia, color, gusto interpretativo en cada aparición (de “fábula” su conocida romanza e ideal Yo soy de un puerto lejano) y emociones compartidas dibujando una convincente y creíble Marola.
Otro tanto del Juan de Eguía a cargo del barítono gallego Javier Franco, dejándonos un rossiniano Chíbiri, capaz de llenar la escena en todo momento, timbre poderoso en todos los registros pero lleno de matices, empaste en los números conjuntos y torrente dramático en su romanza final.

Debutaba el tenor uruguayo Martín Nusspaumer como Leandro y no decepcionó aunque fue de menos a más (Todos lo saben), cumpliendo con la esperada No puede ser… del segundo acto que Kraus puso en un punto inalcanzable en nuestros tiempos. Habrá que seguir su carrera porque tiene buena materia prima, amplia tesitura de color bastante homogéneo con un grave claro y agudos suficientes aunque algo inseguro, puede que por los nervios de un papel que seguro repetirá. Otro tanto el Simpson del venezolano Ernesto Morillo, creciendo vocalmente aunque en la romanza echase de menos mayor proyección en el grave y timbre con color de barítono, pese al mimo desde el foso.

La Capilla Polifónica de Oviedo que dirige Pablo Moras es insustituible en este festival lírico y su experiencia sobre las tablas un seguro para toda producción. El primer coro de mujeres es difícil encajarlo y moverse, otro tanto del coro de hombres más “liviano” que el de marineros, añadiendo intervenciones conjuntas fuera de escena pero siempre presentes, solventes, empastados y matizados, sumando una escena profesional que nos lleva como la propia zarzuela a un final feliz.
La orquesta titular Oviedo Filarmonía ha demostrado con creces su madurez en todas las secciones y dúctil afrontando estilos dispares pero con la misma calidad en todos ellos a lo largo del festival. Tener al frente a Óliver Díaz ha sido el premio no ya de la temporada sino el merecido a una labor ingrata en el foso donde los errores se notan pero los aciertos son infravalorados, y puedo decir que el salto de calidad de esta orquesta ha sido grande.

Finalmente queda hablar del Maestro Díaz, así con mayúsculas, pues su colega Víctor Pablo Pérez (también recordado en nuestra tierra) diferencia entre “conductores, directores y maestros“. Oliver Díaz, asturiano universal que triunfa en silencio, director musical del Teatro de la Zarzuela con merecimiento y conocimiento de causa, trabajador, implicado en todo proyecto con él al frente y siempre con “la tierrina y su gente” presentes para sumar calidades, estudia en profundidad cada partitura para sacar de ella lo mejor adaptándose al material humano de cada momento, y no siempre el mejor. Con esta tabernera nos ha hecho disfrutar al conjugarse los elementos necesarios para alcanzar el éxito, haciendo y haciéndose entender, cuidando las voces como pocos desde el foso, por eso es Maestro, dejando el protagonismo a los intérpretes dando un paso atrás pese a ser el responsable final. El buque Sorozábal llegó a puerto asturiano gracias a la pericia, madurez y veteranía que dan la sabiduría en el manejo del timón de un almirante nacido en Oviedo y criado en Gijón con el Mar Cantábrico siempre en el horizonte aunque surque todos los mares del mundo, invitándonos a compartir en la taberna otra fiesta musical.

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