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Cantando historias

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Jueves 8 de agosto, 20:00 horas. Verano en Oviedo 2019, Claustro del Museo Arqueológico de Asturias: María Zapata (soprano), Aurelio Viribay (piano). Obras de F. Schubert, R. Strauss, R. Hahn, F. Poulenc, X. Montsalvatge y F. Obradors.
La canción de concierto es todo un género camerístico donde voz y piano conviven, se cuentan historias con inspiradas melodías y el protagonismo se comparte con un piano exigente, mucho más que el acompañamiento, algo que los intérpretes deben trabajar conjuntamente para convencer de sus narraciones musicales.

La soprano asturiana María Zapata y el pianista vitoriano Aurelio Viribay nos contaron historias en alemán, francés y español para disfrutar de un programa bien armado y variado encandilando al público que llenó, como siempre, el claustro del antiguo Convento de San Vicente, en perfecto entendimiento y complicidad. Naturalidad en el canto y soporte vital pianístico, tres bloques de canciones bellas, emocionantes, con los textos explicados por el maestro Viribay, gran conocedor del género, y la interpretación completa de Zapata, gestualidad total, implicación en cada página, amplia gama de registros donde los agudos seguros y poderosos subrayan el dramatismo de la acción y los graves mantienen el cuerpo y el color. El piano de Aurelio digno como siempre de mención por dibujar y completar la acción con páginas bellísimas per se que añadiendo la voz de María redondearon un recital para recordar.

El bloque alemán arrancaría con el gran liederista Franz Schubert (1797-1828) y cuatro joyas con textos de Relistab, Goethe, Schubart y M. von Collin: la conocida Serenata D. 957 Ständchen cual página de salón, “Margarita en la rueca” D. 118 Gretchen am Spinnrade de belleza total, “La trucha” D. 550 Die Forelle y esa melodía tan conocida que Schubert volvería a utilizar despojada del texto siempre lleno de consejos en su quinteto, y finalmente “El enano” D. 771 Der Zwerg con el dramatismo que la soprano y el pianista nos hicieron llegar.
El perfecto complemento Richard Strauss (1864-1949), amores recordados en la tumba el día de los santos Allerseelen (texto de H. von Gilm) de emociones compartidas por unos intérpretes en perfecta conjunción, y el repaso vital antes de la muerte, Befreit (R. Dehmel), otra historia llena de guiños mutuos y expresividad máxima.

La canción francesa estaría representada por el venezolano de nacimiento pero plenamente francés Reynaldo Hahn (1875-1947) con dos perlas en estilos distintos fiel reflejo del gusto compositivo para la voz y el piano en la llamada Belle Époque parisina: À Chloris (T. de Viau) y Tyndaris (L. de Lisle), completado con el gran Francis Poulenc (1899-1963), la triste C. (L. Aragon) contando la huída rápida dejando todos los enseres al lado del puente sobre el río ante la invasión alemana, y la “cabaretera” Fêtes galantes (L. Aragon), un trabalenguas maldito de cantar, demoniaco en las teclas que el tándem Zapata-Viribay bordaron con la magia de hacer fácil lo difícil.

Nuestros españoles pueden competir en igualdad de condiciones con los anteriores, inspiraciones populares en melodías con un pianismo moderno y actual que merece estar siempre de actualidad, algo que el Maestro Viribay lleva trabajando años y en parte recogido en su publicación “La Canción de Concierto en el grupo de Los Ocho de Madrid“. Dos exponentes del genio compositivo hispano los disfrutamos con Xavier Montsalvatge (1912-2002) y sus melodías de ultramar, Punto de habanera (Nestor Luján), Canción de cuna para dormira un negrito (Ildefonso Pereda Valdés) y Canto negro (Nicolás Guillén), letras que son poemas y música para enamorar, la voz convincente de María Zapata con el piano portentoso de Aurelio Viribay.
Al catalán afincando en las Islas Canarias Fernando Obradors (1897-1945) le tengo entre mis preferidos desde mis años de pianista acompañante por la facilidad con que trata lo popular y la complejidad de un piano que realza aún más la voz. Tres ejemplos que cantados con la naturalidad de la soprano asturiana y el magisterio del vitoriano siguen siendo maravillosas partituras atemporales, Consejo (con textos de Cervantes sacados de El Quijote), la popular montañesa El molondrón con esa caja de música inicial que levanta la tapa de las esencias, más la tradicional casi diría clásica El vito donde lo popular pasa a la sala de conciertos.

Y si el recital llegaba a su fin, la propina nos llevaría a la zarzuela cubana de Gonzalo Roig, la Cecilia Valdés que sonó fresca y actual, la interpretación convincente de María Zapata con el piano orquestal de Aurelio Viribay en una tarde calurosa que las piedras del Arqueológico atemperaron resonando aires de nuestro género por excelencia al que Oviedo le sigue dedicando capitalidad con una temporada asentada tras Madrid, y formando parte casi de nuestra propia historia, esta Viena española que no descansa en verano.

Nada es casual

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Sábado 3 de agosto, 20:00 horas. Salón de Actos del Monasterio de Valdediós: Atardeceres musicales 2019Cómo se puede vivir con la mitad ausente“. Diego Fernández Magdaleno (piano): Diálogos.

Nada es casual en los programas del vallisoletano Diego Fernández Magdaleno al que sigo hace muchos años, me asombra cómo combina las obras para darles unidad, diálogos entre ellas, uniones impensables que con él resultan plenamente convincentes, adaptadas en cada sala y cada programa siempre distinto y muy trabajado, sorprendiéndonos continuamente con unos conciertos intensos, sin apenas pausa entre las distintas partes o bloques, esta vez seis con cuatro obras cada una, veinticuatro obras mayormente de autores vivos, de nuestro tiempo, los que ha estrenado y dado a conocer a lo largo de una trayectoria impecable en defensa de la música actual que no atiende a modas ni tiene etiquetas, solamente la música desde el interior.

El Círculo Cultural de Valdediós vuelve otro año, y van dos décadas, a sus ciclos, esta vez con el lema “Cómo se puede vivir con la mitad ausente” haciendo referencia a la mujer, también protagonista en este concierto por la presencia de tantas compositoras sin las que nuestra mitad musical se quedaría incompleta. Diego Fernández Magdaleno volvió a interpretar obras de Carme Fernández Vidal (1970), Zulema de la Cruz (1958), Anna Bofill (1944), Encarnación López de Arenosa (1935), Dolores Serrano (1967) o Teresa Catalán (1951) perfectamente emparejadas con sus colegas donde tampoco faltó un estreno, esta vez Tristán e Isolda de Josep Soler (1935) en la parte III.

María Bosch en las notas que también dejo aquí, hace referencia a los “programas minuciosamente construídos, que ahondan en la psicología de la escucha“, y cada página forma un bloque que aúna música tonal y atonal con una naturalidad pasmosa. Los Crisantemos de Jesús Legido (1943) ponen luz al Estudio de cluster de Zulema de la Cruz, el cántabro Francisco García Álvarez (1959) hace una hermosísima transcripción de Letania Laurentana compuesta por Nicolás Fernández Arias (1863-1938) que prepara la Terra perduda de Bofill, la Anástasis del propio García Álvarez reencontrando sonoridades y el explosivo Preludio IV de Carlos Cruz de Castro (1941), poesía musical como cuatro versos recitados al piano por ese humanista universal que es Fernández Magdaleno.

Impresionante la Parte III donde el estreno de Soler evoca leyendas wagnerianas transitando al Preludio de Fernández-Vidal para recordarnos nuestro folclore castellano del Durme, durme (Joaquín Díaz, 1947) y explosionar con la Toccata de Josef Dichler (1912-1993), todo historia viva y atemporal en la visión e interpretación de Diego Fernández Magdaleno que sigue esculpiendo cada nota dotándolas de un color que conjuga en el oyente recuerdos variados de nuestra vida.

Nuevas sensaciones en la Parte IV con el Vals de otoño de López de Arenosa cercano en la memoria, el transgresor Caibanera blues de Dolores Serrano con aires de habanera gaditana emigrada a la tierra prometida, el propio Recuerdo de Sardá y la Carta de Falla a Rubinstein (Tomás Marco, 1942) para otro capítulo pianístico y dialogado, música donde las palabras e imágenes son nuestras.
No podía faltar György Kurtág (1926) y sus Campanas para Margit Mándy, pintando la Luna de medianoche de Stephen Montague (1943), brillando con las Espigas de Luz (Legido) y despertando con Teresa Catalán y su Elegía V, el pianista de Medina de Rioseco todo un bate de esta lírica pura que nos hace llegar.
Último lienzo musical cual cuarteta sonora, el Preludio XI (Cruz de Castro), el maestro Pedro Aizpurúa (1924-2018) de la Clusteriana Didakus al que el amigo Fernández Magdaleno mantiene siempre vivo y actual, una impagable Mazurka I de Enrique Villalba Muñoz (1878-1950) con regustos polacos y siempre nuestra Teresa Catalán para rebosar alegría con su Danza del gozo vermell, un gozo pianístico, musical, poético, caleidoscópico de dinámicas, vigor, luz y color en una velada donde seguir disfrutando entre amigos y donde nada fue casual.

Presencia entre el público del compositor Francisco García Álvarez, de amigos y familiares del propio Diego venidos de todas partes hasta este rincón a la vera de “El Conventín“, de melómanos como mi querido asturiano Florentino convertido desde Burgos al “dieguismo pianístico”, también colegas como Luis Vázquez del Fresno, otro gran defensor de la música de nuestro tiempo tanto en la interpretación como desde su faceta de compositor, y un salón de actos que se llenó incluso con público de pie al completarse el aforo. El entorno lo merecía, el intérprete y la música lo engalanaron.

Un escalón más

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Lunes 29 de julio, 19:00 horas. Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA), La Castalia: Concierto de Clausura del V Curso Internacional de Canto y Repertorio Vocal.
Aún convaleciente de mi reciente operación de hombro y escribiendo con una sola mano, siempre digo que el verano también es trabajo y me complace volver a los conciertos que La Castalia ofrece al público con sus alumnos y profesores, otro regalo tanto para Oviedo como para melómanos llegados de todas partes que dejaron pequeño el patio del RIDEA, así como la posibilidad de continuar una formación vocal que nunca termina a un plantel de voces variado y con distintas trayectorias.
Otro mes de julio donde la incansable Begoña García-Tamargo se pone al frente de un claustro de profesores para dar lo mejor de su profesionalidad y poder seguir educando nuevas voces para un ascenso en esa carrera que no tiene fin pero que podemos congratularnos a la vista de los resultados.

Manuel Burgueras (repertorio vocal), Curro Carreres (escena lírica), Yelyzaveta Tomchuk (pianista acompañante), Ana Cristina Tolívar (fonética), Mª José Collazos (análisis musical) y Mario Bueno (fisioterapia) junto a la propia Begoña García-Tamargo (dirección artística y canto) han estado trabajando sin pausa con un alumnado internacional de todas las cuerdas, colores vocales y tesituras para sacar de ellos más de lo que podamos imaginar, adaptando a cada uno repertorio, estilos así como la puesta en escena que esta vez supuso un avance de calidad a lo largo de las dos horas de concierto donde hubo canción de concierto, ópera y zarzuela organizado en dos partes sin apenas descanso, en combinaciones variadas y bien estructuradas para disfrutar no solo de la música vocal sino también de un elenco de jóvenes abarcando promesas y realidades, desde la soprano debutante Eugenia Ugarte hasta la querida y consolidada mezzo María Heres con nuevos registros caso de su Habanera de “Carmen” (Bizet) verdaderamente lograda.

Me encanta comprobar el progreso imparable de la jovencísima soprano Janeth Zúñiga, los avances de Almudena Sanz, también soprano, el trabajo incansable de Canela García, pasando por el contratenor Mikel Malda que habrá que seguir de cerca (muy aplaudido con el conocido Lascià del Rinaldo handeliano), continuando por el barítono Javier Agudo o el bajo Román García así como más “descubrimientos”: el tenor Adrián Ribeiro, una voz con cuerpo que dará muchas alegrías, la soprano Carla Sampedro, con un timbre peculiar al que le encontraron sus roles, el barítono Darío Gallego y el tenor Thomas Minaux. Mención especial para la actriz Marina Cañada que volvió a demostrar la interacción necesaria con la música en el “dúo de gatos” de Rossini con Canela García, la actuación creíble y entendible del lenguaje minino en el simpático número del cisne de Pésaro.

El avance en calidad lo puso el maestro Curro Carreres que logró de todos ellos una implicación total en cada interpretación con los pianistas, creyéndose las partituras, interpretando en todos los sentidos, desde Tosti a las romanzas y dúos de zarzuela hasta la ópera, interesantísimos casos como el aria Si la rigueur (“La Juive” de Halévy) con el bajo Román García, el dúo Heure exquise de “La viuda alegre” (Léhar) con Janet Zúñiga y Thomas Minaux más el piano de Tomchuk, e incluso Quel vecchio maledivami de Verdi con Agudo-Rigoletto y García-Sparafucile en buen empaste y actuación de ambos.

Con ligeros cambios de vestuario, salidas a escena aprovechando el espacio del Palacio del Conde de Toreno y la siempre acertada selección del repertorio, fueron saliendo las voces para disfrutar cada página, combinaciones jugando con el color y alternando con páginas en solitario. Imposible detallar cada número (el programa lo he dejado más arriba), pero quiero destacar sobremanera la escena y terceto Zu Hilfe… Stirb, Ungeheur, durch unsre Macht del primer acto de “La Flauta Mágica” (Mozart) como el exponente máximo de hacer posible recrear este parte del cuento cantado, con las tres damas de Janeth, Canela, María más las actuaciones de Adrián-Tamino al que casi desnudan y la “serpiente” Marina, con el piano orquestal de Yelyzaveta, empastes y escena exprimidos al máximo.

De nuestra zarzuela siempre hay numerosas páginas donde aprovechar las posibilidades vocales de cada cuerda, con romanzas primorosas y bellísimas, caso de “Gigantes y Cabezudos” (Fernández Caballero) con Canela García como Pilar en esa sentida Está en su carta… No sé leer con Manuel Burgueras al piano, Madrileña bonita del enorme Pablo Sorozábal (“La del manojo de rosas“) con Darío Gallego, las poco escuchadas Nocturno y romanza A verla voy de “Curro Gallardo” (Penella) con el barítono Javier AgudoBurgueras, junto a “La canción de La Lola” (Chueca y Valverde) y la romanza En la calle del Ave María interpretada por Almudena Sanz acompañada por Burgueras. Dúos emocionantes como el No llores más de “La Malquerida” (Penella) a cargo de María Heres y Javier Agudo, entregados como Cállate corazón de “Luisa Fernanda” (Moreno Torroba) con Heres-Ribeiro o el conocidísimo de Felipe y Mari Pepa (“La Revoltosa” de Chapí), perfecto broche final nuevamente con María Heres, Darío Gallego y Elyzabeta Tomchuk al piano que cosecharon las mayores ovaciones.

La despedida coral cantando Asturias patria querida puso el punto y seguido a este nuevo curso que no se detiene. Un escalón más para La Castalia y su equipo, para las voces que continúan formándose en todos los ámbitos y para Oviedo y todo el Principado de Asturias que sigue apostando por la música en todas sus facetas como verdadera seña de identidad. Mi enhorabuena para todos, profesorado y alumnado, porque la educación está desde siempre en nuestras vidas.

Despedida por todo lo alto

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Domingo 16 de junio, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, concierto extraordinario cierre de Temporada. Juan Diego Flórez (tenor), Cécile Restier (piano). Obras de Bellini, Glinka, Donizetti, Lehár, Bizet, Gounod, Bizet y Verdi. Entrada: 58,50€ (descuento para abonados del ciclo).

Despedida por todo lo alto con Juan Diego Flórez (Lima, 1973) para un ciclo donde el tenor peruano llenó el auditorio poniéndolo en pie sin defraudar nunca, esperado concierto programado inicialmente para el 26 de mayo pasado cancelado por motivos de salud, pero que mantuvo el aforo y programa pese al apretado calendario de esta figura mundial, acompañado de una excelente pianista como  Cécile Restier (Paris, 1981) que tampoco defraudó, haciendo “olvidarnos” del habitual acompañante Vicenzo Scalera.

Obras bien elegidas con los “intermedios” de la pianista francesa en la línea habitual de estos recitales, comenzando con Bellini y tres de sus canciones de concierto aptas igual para cualquier tesitura, casi como arias, perfectas para ir calentando voz y dedos, siempre optando por tiempos adecuados a la buena dicción, Vaga luna, che inargenti, bien lenta, Vanne, o rosa fortunata, algo más ligera, y Ma rendi pur contento gustándose los dos intérpretes, especialmente el limeño.

Sin romper este inicio belcantista la pianista eligió a Mikhail Glinka y su Rondino brillante sobre un tema de Bellini de lucimiento personal claramente ejecutado para dar el descanso vocal antes del aria O di Capellio, generosi amici… È serbato a questo acciaro…L’amo tanto e m’è sì cara de “I Capuleti e i Montecchi” donde Flórez comenzó a dar lo mejor de la velada en el repertorio que domina como pocos.

No podía faltar Gaetano Donizetti, primero el poco escuchado Vals en La mayor (para piano solo) y después dos arias bien distintas: Una furtiva lagrima del Nemorino de “L’elisir d’amore”, recogido casi íntimo con un piano discreto (aunque siempre tengo que destacar lo complicadas que son las reducciones orquestales), y tras él volviendo a escena arrancando con el poderoso Edgardo de Tombe degli avi miei… Fra poco a me ricovero de “Lucia di Lamermoor” que cerró la primera parte en calidades “in crescendo” mostrando las cualidades que Arturo Reverter destaca en las notas al programa (enlazadas al inicio en obras): “exquisito, de voz clara y argéntea, de
probada técnica de emisión
” o las que destaca otro crítico como Javier Pérez Senz: “En el arte del buen cantar, Flórez es un maestro; difícil parece encontrar en la actualidad un tenor capaz de un canto más dulce y efusivo, más elegante y sabiamente fraseado“.

Con algo de escepticismo esperaba las arias de Franz Lehár porque idioma y estilo no me cuadran mucho con el color vocal de Flórez (mis referencias son 2K: KrausKaufmann) aunque no sea igual con piano que orquesta de cámara o sinfónica pero cantándolo desde hace años. Comenzaría con Dein ist mein ganzes Herz de “Das Land des Lächelns” algo plano, mejor el Gern hab’ ich die Frau’n geküsst de “Paganini” y culminando con más calidad y poderío el Freunde, das Leben ist Lebenswert de “Giuditta“, antes del Scherzo “vivace” de la Sonata en Re menor (para piano solo) y la parisina Restier luciéndose con el príncipe de la opereta.

No podía faltar ópera francesa, comenzando con una mejorable en estilo pero bien sentida y cantada La fleur que tu m’avais jetée, de “Carmen” (Georges Bizet) para proseguir con Charles Gounod pero no el Salut, demeure chaste et pure de “Faust” sino Ah lève toi, soleil de “Romeo et Juliette” que álguien del público contestó “mejor”, bien el enamorado Romeo tras el celoso Don José.
Siguiente número de piano solo retomando a Bizet con su Nocturno en Re mayor en las manos de Cécile Restier verdaderamente impecable antes del esperado Verdi con dos arias para rematar la faena demostrando que su repertorio se engrandece como el cuerpo de su voz: Oh dolore de “Attila” y La mia letizia infondere… Come poteva un angelo de “I lombardi” apasionado e incluso brillante, que volvieron a dejarme buen sabor de boca con el esperado, aclamado y mediático Juan Diego Flórez que regresaría al escenario cantando algunas de sus habituales propinas.

Guitarra en mano, público pidiendo a gritos canciones cual comanda de “trattoria”, su Perú del alma, comenzando con Chabuca Granda y el canto al gallo Camarón, seguido de un mix que dicen ahora De domingo a domingo en el día del padre en Hispanoamérica enlazado con el Cielito lindo, bromeando con todos, cercano, afable y simpático (su nombre en México es un santo al que se le apareció la Virgen de Guadalupe).
Todavía quedarían dos propinas más con Cécile Restier quien hubo de lidiar con una Granada (Agustín Lara) algo complicada de acompañar pero que Flórez paró con humor y guiños, incluyendo el giros “aflamencado” antes del agudo final, y un inesperado Calaf del “Turandot” pucciniano, el archiconocido Nessun dorma que me hizo saltar las lágrimas recordando a mi tío Paco al que enterrábamos por la mañana y hubiese disfrutado más que yo este concierto como buen melómano que me inició en este mundo único de la música.

Mejor despedida imposible.

Lamentaciones y bálsamo espiritual

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Jueves 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: clausura VI Primavera Barroca – Circuitos CNDMCapella de Ministrers, Carles Magraner (violón y dirección). Cristóbal de Morales (ca. 1500-1553): Super Lamentationes Hieremie Prophete (ca. 1543-1550).

Manuel del Sol ha recuperado por encargo del CNDM en 2016, transcrito y editadas estas seis “Lamentaciones de Jeremías” pasión y muerte compuestas por Cristóbal de Morales, dos de ellas complemento perfecto de las otras cuatro, que en las notas al programa explica el doctor Del Sol tanto el origen del género como las múltiples interpretaciones habidas en el Renacimiento “dependiendo, por norma general, del contexto institucional y los recursos musicales disponibles“. En el caso de la agrupación que dirige Carles Magraner según la práctica musical de la Capilla Real del emperador Carlos V, donde las lamentaciones se cantaban polifónicamente con acompañamiento instrumental de violones o vihuelas de arco… práctica singular en la historia de este género“.

Con el paso de los siglos esta música sigue siendo una reflexión sobre la barbarie, las guerras, el llanto, la desolación, la muerte, pero también la esperanza. Impresionante el silencio y la emoción que el público presente mantuvo a lo largo de la hora abundante de estas “Super lamentationes” con la Capella de Ministrers en seis “lecciones para el Oficio de tinieblas“, manteniendo todo el espíritu original en combinaciones verdaderamente conmovedoras.

Esta formación se presentaba con las voces de Élia Casanova (superius), Hugo Bolívar (altus), Fran Braojos, Albert Riera y Víctor Sordo (tenores) más Pablo Acosta (bassus) en las voces, así citadas conservando la nomenclatura original de las cuatro voces mixtas (soprano, alto, tenor y bajo), más los violones (violas de gamba) de Lixsania Fernández, Leonardo Luckert
y Jordi Comellas, la tiorba de Robert Cases y el propio Carles Magraner con el violón (viola de arco, violón agudo, evolución de las fídulas y antecedentes del violín), además de la dirección del conjunto, planos sonoros bien claros, matices equilibrados y amplios, empaste vocal e instrumental con protagonismos compartidos junto a la riqueza tímbrica que esta magna obra atesora.

La primera de las recuperaciones históricas que abría las “Lamentaciones de Sión cautiva” (Aleph. Quomodo sedet sola) a cuatro voces iguales fueron presentando sentimientos musicales fiel reflejo de unos textos latinos tan bien encajados por un Morales dominador de la polifonía y avanzado para su tiempo dentro del llamado triunvirato de la Edad de Oro renacentista con Guerrero y Victoria.

Se ampliaba la plantilla vocal a cinco voces mixtas con la segunda de las Lamentaciones (Num. Vigilavit iugum iniquitatum), orfebrería en las violas de gamba con auténticas perlas de la tiorba o el violón de Magraner, más un quinteto vocal equilibrado (se nota el bloque del cuarteto Qvinta Esencia) como sucedería con la segunda recuperación del doctor Manuel del Sol, la tercera lamentación (Heth. Cogitavit Dominus) a cuatro voces mixtas comenzando con cinco cantantes (se sumaría el contratenor en la voz de alto) antes del final con la soprano para todo el “ensemble vocal”, la destrucción musicada con dolor y pasión, los claroscuros etéreos y la concentración interior frente a la contrición, una espiritualidad que inundaría la sala de meditaciones individuales a partir de un colectivo de calidad.

Momentos impresionantes en la puesta en escena cuando las primeras cuatro voces se vuelven cantando frente a una de las puertas abovedadas de la sala de cámara, o las cuerdas comienzan con un pizzicato esta lamentación mientras prosiguen las voces a capella, verdadera riqueza tímbrica para mediados del siglo XVI, casi avanzando un Morales barroco que en España siempre tuvo la deuda renacentista, una apuesta segura esta recuperación histórica.

Tras unas palabras del maestro Magraner afrontarían las otras tres lamentaciones, nuevamente combinando voces, todas, cuatro y nuevamente el conjunto completo: Zain. Candidiores nazarei (a 5 voces), el canto “El Señor destruyó a Israel” del Sábado Santo, correspondiente a la Lección II Oficio de Tinieblas, más colorido y pasión, Coph. Vocavi amicos meos (a 4 voces), “Lamentaciones de Sión cautiva” siempre con las dinámicas perfectas bien balanceadas entre todos, y finalmente Phe. Expandit Syon (a 6 voces), el Viernes Santo con su Lección III del Oficio de Tinieblas que ponía el final con las palabras “Jerusalén , conviértete a tu Dios y Señor”, la Hierusalem eterna casi metafórica que emerge de sus ruinas, la historia que se repite con un llanto musical lleno de belleza y dolor.

Un primor al oído, auténtico bálsamo musical del gran Cristóbal de Morales en una visión e interpretación que se llevará en breve al disco con esta Capella de Ministrers quienes desde el lunes hasta el jueves estuvieron trabajando al detalle en nuestro auditorio para regalarnos esa paz interior tan necesaria en tiempos convulsos, pues el dolor nos ha dejado en el arte auténticas obras maestras.

Felices veinte años

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Sábado 18 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Oviedo Filarmonía, Nicolas Altstaedt (violonchelo y director). Obras de Sánchez Verdú, Shostakóvich y Sibelius.

Crítica para La Nueva España del lunes 20 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Veinte años para una orquesta son toda una vida, más para una ciudad como Oviedo que clausuraba esta temporada con el reconocimiento de la Fundación Municipal y la Concejalía de Cultura a la Oviedo Filarmonía (OFil) de manos de “Rivi” Sánchez Ramos así como de todo el público presente, muchos fieles seguidores que han sabido esperar por una madurez lejana en aquellos primeros años de la inicial OSCO, pero que con trabajo duro, tenaz, versátil, en todos los repertorios, aprendiendo siempre, han redondeado una campaña completa, pendiente aún de que “Luisa Fernanda” eche el telón al festival lírico.

Otras plumas más preparadas que la mía escribirán esta reciente historia musical de la capital asturiana, pero el último programa de los Conciertos del Auditorio seguro que merecerá capítulo aparte, por un violonchelista y director como el franco-alemán Nicolas Altstaedt (1982) que sacó lo mejor de la OFil, felizmente reforzada en la segunda parte con alumnos del Conservatorio Superior en un programa arriesgado.

Comenzaría con el estreno asturiano (segundo en España tras el Festival de Granada de 2018) de Memoria del rojo compuesta por José Mª Sanchez Verdú (Algeciras, 1968), obra difícil de encajar en el amplio sentido de la palabra, que Altstaedt llevó como si la hubiese dirigido toda su vida, estudiada a fondo, muy trabajadas las texturas y dinámicas orquestales con una tímbrica sinfónica digna de grandes formaciones, y la OFil ya lo es, inspirada en una Alhambra universal de color, dibujo y ornamentos sinestésicos.

Si el concierto para violonchelo nº 1 de Shostakóvich, estrenado por su destinatario y amigo Rostropovich, es endiablado para el solista, simultanearlo con la dirección suponía un reto aún mayor que la OFil y Altstaedt superaron de forma sobresaliente. Escuchar al maestro se hizo más que necesario obligado, con la complicidad del concertino Mijlin o el solista de chelo Ureña cual “alter egodel alemán, total entendimiento en todas las secciones y sonoridades rotundas, dinámicas extremas sin exageraciones, con la trompa de Alberto Ayala. compartiendo protagonismo y virtuosismo con el chelo en esa melodía obsesiva del ruso, llevando los cuatro movimientos del infierno al cielo por agitación, potencia, lirismo (la celesta de Bezrodny una delicia) y entrega, un Moderato de cuerda y trompa atercioleadas previo a la “Cadenza” que acallaría el odiado e inoportuno teléfono, sonidos profundos llenos de emociones de principio a fin sin dejarse nada ninguno de los intérpretes. La propina en pizzicatos a dúo con Mijlin resultó un aperitivo de la tarta final.

Gran orquesta para la Sinfonía nº 1 en mi menor, op. 39 de Sibelius, madurez y trabajo de veinte años que el maestro Altstaedt entendió e hizo entender desde el podio, tiempos y matices extremos rondando el paroxismo, las manos, el gesto amplio, su implicación total para con la obra y sus músicos que nos dejaron el verdadero regalo de aniversario, inspiración finlandesa con sabor ruso. Allegro “enérgico” inicial con los timbales siempre mandando en una gama de matices magistrales, Andante ma non troppo – Lento para paladear las calidades de toda la OFil, el Scherzo brillante y la rotundidad del Finale (Quasi una fantasia), contagiosa explosión sonora para una piñata repleta de música.

Los aplausos merecidos por parte de músicos y auditorio celebrando esta gran temporada de conciertos (el avance de la venidera no se queda atrás) que dará el do de pecho con Juan Diego Flórez en un domingo de elecciones donde ganará la cultura de esta envidiada Viena del Norte que es Oviedo.

Dos almas y un solo latido

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Lunes 13 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Clausura de las Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Gautier Capuçon (chelo), Gabriela Montero (piano). Obras de Schumann, Mendelssohn y Rachmaninov.

Los conciertos de mi querida Gabriela Montero son siempre únicos, irrepetibles, con la emoción a flor de piel, sea sola, con orquesta o esta vez de nuevo en Oviedo compartiendo escena nada menos que con el gran cellista francés Gautier Capuçon, siempre acertado en la elección de sus pianistas (Argerich o Yuja Wang entre las algunas), la reunión de dos talentos, dos almas, dos músicos enormes haciendo música juntos y latiendo como un solo corazón. Giras muy largas con distintos programas y con “jet lag” pero suficientemente preparados para comenzar un viaje a dúo desde Oviedo a Las Palmas pasando por Bilbao en un programa romántico que fue de menos a más en intención, emoción, entendimiento y buen hacer entre dos viejos conocidos.

Primera parte con Leipzig como punto de unión, la Fantasiestücke para violonchelo y piano, op. 73 de Robert Schumann (1810-1856) originalmente para clarinete pero que el cello de Capuçon transporta al lirismo puro, algo corto en sonido, echando de menos una tarima que hiciese de caja de resonancia, y el piano con la tapa abierta para comprobar todos los matices que Montero es capaz de sacar. Tres movimientos cuyos títulos expresan lo que pudimos escuchar: I. Zart und mit Ausdruck (Dulce y con expresión), arranque tenebroso y camerístico, dinámicas ajustadas, melodías y contracantos claros; II. Lebhaft, leicht (Animado, ligero), cristalino en ambos, de la melancolía inicial al optismo, energías bien encauzadas; y el III. Rasch und mit Feuer (Rápidamente y con fuego), apasionado, frenético en ambos, “virtuosismo mutuo… que finaliza de modo épico” como bien escribe Mirta Marcela González en las notas al programa (enlazadas arriba en los autores). Así lo entendía Schumann, su enamorada Clara y los grandes románticos para quienes los términos italianos les quedaban cortos para intentar explicar no ya la intención sino la entrega exigida. Maravilloso entendimiento de dos músicos tan distintos tocando como un solo ente, con muchos años compartiendo escenarios por todo el mundo.

A Félix Mendelsshon-Bartoldy (1809-1847) le debemos el rescate de “Mein Gott Bach”, y hay mucho del “kantor” en la Sonata nº 2 para violonchelo y piano en re mayor, op. 58, cuatro escenas más que tiempos, donde los intérpretes dialogan, participan, comparten protagonismo, sin olvidar que todos los compositores elegidos para esta clausura de las jornadas de piano fueron grandes pianistas. Se nota en la escritura predominante aunque el violonchelo canta en todos ellos convirtiendo esta sonata casi en lieder similares a las “Romanzas sin palabras” o incluso corales luteranos donde el teclado quiere evocar al órgano, cuatro movimientos cual relatos llenos de claroscuros sobre los que triunfa siempre la luz. De nuevo admirable el entendimiento en los aires elegidos, en la intención: el I. Allegro assai vivace pletórico, atacado con valentía y con matices increíbles, de los que hacen cortar el silencio, seguido de un técnico y contenido II. Allegretto scherzando, bachiano con juegos de pizzicatos “orgánicos” contestados por el piano; el III. Adagio emocionante por la profundidad en ambos virtuosos, los graves del chelo que vibran como pocos instrumentos mientras el piano suelta destellos y perlas; para terminar el brillante IV. Molto allegro e vivace, perfectamente encajado entre dos solistas que se unen para engrandecer la llamada música de cámara, un dúo como unidad. Impresionante el respeto por el sonido, los finales ajustados en duraciones que quedan flotando en el ambiente derrochando pasión por la música.

Sergei Rachmaninov (1873-1943) no debe faltar en ninguno de los dos músicos porque hay simbiosis interpretativa y amor por unas páginas que tienen mucho de bocetos orquestales. La Sonata para violonchelo y piano en sol menor, op. 19 (1901) es contemporánea del archiconocido segundo concierto para piano y tiene la firma inconfundible del ruso con motivos reconocibles tanto en el piano como en el chelo, lo que se tradujo en una entrega emocional en los cuatro movimientos, un sonido muy cuidado por parte de los dos solistas, la continuidad romántica de la primera parte elevada al altar romántico que nunca debe faltar. El chelo comenzando solo, susurrando el piano en el I. Lento. Allegro moderato, atacando esas melodías sinfónicas dialogadas, individualidades bien entendidas; profundo el II. Allegro scherzando, acoplado al detalle con un “tempo” vertiginoso y limpio, el virtuosismo del ruso para unas melodías únicas desde el chelo de Capuçon y el piano de Montero; momento álgido de emociones el III. Andante, protagonismos alternados con el violonchelo sinfónico y el piano solístico en conjunción envidiable, la grandiosidad de una partitura que toma vida en cada nota con dos músicos entregados antes del IV. Allegro mosso, en la línea del tercer concierto de piano por la potencia sonora en ambos, Gabriela apoteósica, Gautier inconmensurable, despliegue de matices, rubatos encajados, tímbricas redondeadas, vuelos de paloma cantados al cello, cielo azul del piano, poesía musical de dos almas latiendo con un solo corazón. No se puede pedir más en una interpretación cálida, entregada y cercana del mejor Rachmaninov.

Público en pie jaleando una interpretación magistral del ruso de quien nos regalaron su Vocalise en arreglo propio de ambos en otra muestra de Música con mayúsculas, el Sergei que enamora, que no pasa de moda, entendido por los dos intérpretes de altura con una obra intensa y corta. Aún nos dejarían otra personalísima visión del tema más conocido (nº18)  de las Variaciones sobre un tema de Paganini, la reducción orquestal a dúo capaz de convertir lo pequeño en grande, bocetos tan artísticos como el original cuando se interpretan como Capuçon y Montero en un encuentro para el recuerdo.

Todavía hubo tiempo para firmar discos, programas, fotos con compatriotas, invitaciones a queso venezolano y alguna que otra confidencia entre amigos, a pesar del madrugón que les esperaba. Siempre quedamos con ganas de más

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