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Pecados operísticos

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Jueves 29 de julio, 20:00 horasIglesia de Santa María La Real de La Corte: Oviedo, Origen del CaminoEsplendores SonorosAna Nebot (soprano), Arkaitz Mendoza (órgano). Compositores operísticos y música sacra. Entrada gratuita (previa reserva).

Último de los tres conciertos en La Corte dentro de la programación ovetense veraniega con el dúo Ana Nebot y su “habitual” Arkaitz Mendoza que cambió el piano por el órgano barroco (aunque no todas las partituras), con un repertorio que podríamos titular de “pecados operísticos” al seleccionar a compositores que se acercaron a la música sacra en distintas épocas desde el barroco al pasado siglo.

Pero el rey de los instrumentos barroco, salvo dos intervenciones en solitario del repertorista vasco, el Tiento en fa de Correa de Arauxo (casi irreconocible y falto de mejor ornamentación) y la Fantasía cromática de Sweelinck (algo borrosa en sonoridades y ejecución), no es romántico y carece del pedal de expresión, si bien podría haber hecho del acompañamiento una “orquesta de tubos” o al menos haber trabajado con más variedad los registros, pues las reducciones orquestales para piano no suenan igual al órgano, obligando a esforzarse en demasía la soprano carbayona, que hubo de obviar a menudo los matices originales ante las limitaciones del instrumento. La afinación del instrumento restaurado por Grenzing a 415 Hz. tampoco es la habitual para los cantantes no especializados en repertorios históricos, que no brillan tanto como con orquesta, y menos la reverberación del templo de la plaza de Feijóo, demasiados hándicaps con los que hubo que bregar “La Nebot”, así como poco ideales las obras elegidas con ese acompañamiento, aunque todo ayude a una mayor proyección de la personal voz de la soprano que pareció mostrarse más cómoda hacia el final del concierto.

De los grandes operistas abría este concierto sacro el aria de “El Mesías” (Haendel) How beautiful, donde mis temores al comprobar previamente el repertorio comenzaron a salir a flote. Al menos Vivaldi parecía más adecuado con sus motetes Nulla in mundo pax, RV 630 y Ostro picta, armata spina, RV 642, tal vez algo precipitados de tempo para los virtuosísticos pasajes de agilidades forzadas y volúmenes en el órgano poco adecuados.

Mejor el Vidit sumus del “Stabat mater” (Pergolesi) precisamente por su escritura de acompañamiento más apropiada al aerófono, el aire contenido y el color de la soprano ovetense. En cambio Tu virginum del motete “Exsultate jubilate”, KV 165 (Mozart) no aguantó tan bien el paso de la orquesta al piano que el órgano precisamente por la escasa riqueza en los registros enturbiaría la belleza de este número previo al Aleluya final (que no escuchamos). Al menos la religiosidad luminosa de Haydn nos transportó con el aria de Gabriel Und Gott sprach… Nun beute… del oratorio “La Creación” que tiene ese color carnoso ideal para la voz de Ana Nebot.

Uno de los grandes compositores de ópera como Rossini no dudaría en acercarse a la música sacra como “un pecado de vejez” y su “Petite Messe Solennelle” es una de esas joyas de las que el O salutaris (que no suele formar parte de la Misa) resulta ideal para el lucimiento de las sopranos incluso solo con piano. Hubiese sido una solución mantener todo el programa en ese formato de recital pero la apuesta por el órgano no creo haya sido la opción correcta pese a la belleza de las obras.

Así lo sentí con los tres Ave María elegidos para concluir el concierto alterando el orden programado como hizo saber de viva voz la propia Ana Nebot, quien añadió que se podía aplaudir cuando quisiéramos dado el silencio sepulcral hasta entonces. Comenzó con el de Gounod sobre el primer preludio de Bach, después el verdiano de “Otello” y  finalmente Mascagni del conocido intermedio de su ópera “Cavalleria Rusticana” con letra de Piero Mazzoni. Tres conceptos operísticos distintos que si bien el primero estamos acostumbrados a escuchar en las iglesias con órgano o piano en muchas ceremonias sin ser parte del ordinario de la misa, aunque muy agradecido por todo el público que al fin rompió su contención; mejor el operístico con órgano y casi imposible de reconocer el último por un instrumento desfigurado en su acompañamiento.

Lástima no haber escuchado a la soprano de casa al piano con el mismo Arkaitz, puesto que la calidad quedó empañada por esta apuesta fallida, al menos eso creo, pero aplaudir como siempre el trabajo y entrega de Ana Nebot ante su público fiel.

Aprendiendo sobre las tablas

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Lunes 26 de julio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala Principal, La Castalia: Concierto de Clausura del VI Taller Internacional de ópera y zarzuela. Entrada gratuita.

Dice el refrán “muriendo y aprendiendo” sin entender de estaciones, vacaciones ni edades. La asociación cultural La Castalia lleva casi 20 años formando voces desde Oviedo como aquella de 1871 con Víctor Sáenz dirigiéndola, antecedente del actual Conservatorio de Música, y que en 2002 con la profesora de canto Begoña García-Tamargo renacería cual ave fénix para continuar una tarea docente de perfeccionamiento y promoción de los cantantes líricos formados en Asturias sin olvidarse de impulsar la creación musical de nuestra tierra, verdadera cantera de talento recogido tras una larga historia de todo tipo de actividades vocales e instrumentales sembradas en los teatros y sociedades filarmónicas de la región.

Es un placer ver el crecimiento de la propia asociación y del nivel que se alcanza en cada curso y taller a lo largo del año, voces jóvenes que comienzan junto a veteranas siempre en formación, comprobar cada concierto final cómo progresan las promesas, el avance de las maduras que no tiene fin, el retorno de profesionales que quieren actualizar y perfeccionar nuevos repertorios o pulir los ya estudiados.

El claustro va ampliando áreas siempre en pos de la mejor formación lírica que va más allá del canto o la fonética, con el tándem Begoña García-Tamargo y Ana Cristina Tolívar desde los inicios. Dos pianistas de repertorio con larga trayectoria en el acompañamiento como Mario Álvarez y Yelyzaveta Tomchuk, sumando para este nuevo taller la escena lírica con Arantxa Atutxa, el análisis musical con Mª José Collazos, la fisioterapia con Mario Bueno y el último fichaje de Priscilla Ortiz en expresión corporal. Experiencia profesional que da el conocimiento real y verdadero para volcarlo con un alumnado mayoritariamente femenino donde conjugar juventud y veteranía, madurez precoz junto a la evolución por el camino correcto, con un repertorio de altura llevado a la escena, con vestuario y el mínimo atrezzo suficiente, al que se sumó la actriz Marina Cañada, para pisar las tablas de un auditorio que siempre impone en su gran sala tras el ensayo del día anterior.

Citar las voces por tesituras: las sopranos María FernándezCarmen G. CalviñoLucía G. CasanuevaAndrea MosteiroVanessa del Riego y Beatriz Vázquez, las mezzos María HeresAndrea Rey y Eugenia Ugarte, el joven contratenor Mikel Malda y el tenor Juan Carlos Santos, que nos deleitaron durante dos horas dando lo mejor de ellos, con mejores o peores resultados pero con el esfuerzo del trabajo bien hecho, nervios contenidos o desatados que el directo examina y ayuda a corregir, bien arropados desde el piano por Mario y Yelyzaveta con esas reducciones orquestales que parecen imposibles de tocar, atentos a las voces eligiendo el repertorio adecuado para cada una de ellas, no solo arias o romanzas, también dúos y hasta haciendo coros, sin desfallecer para tantas partituras, tan distintas y tan exigentes como la parte vocal.

Imposible desmenuzar el programa que como se puede comprobar arriba, abarcó épocas, idiomas y estilos siempre buscando lo mejor de cada voz. Importantes los dúos para empastar, cantar y escuchar, como los conocidísimos Pur ti miro de “L’incoronazione di Poppea” (Monteverdi) y la Barcarola de “Los cuentos de Hoffmann” (Offenbach), disfrutando de la danza de Priscilla Ortiz sumada a la escena, que creció como Mikel Malda a pasos agigantados.

Arias completas como Parto, parto de “La Clemenza di Tito” (Mozart) donde Andrea Rey se mostró segura y convincente al igual que en su empastada Malika del Dúo de las flores de “Lakmé” (Delibes) con María Fernández, o una Carmen Calviño volcada con la muy comprometida O rendetemi la speme… Qui la voce de “I Puritani” (Bellini) que ya siente como suya pese a su juventud.

Interesantes los números de “La flauta mágica” (Mozart) para una Lucía Casanueva de Reina de la Noche aún con mucho recorrido pero valiente en su aria, junto a tres genios curtidas y adaptadas en sus roles “secundarios”  y el breve Tamino de Juan Carlos Santos con la reina reconvertida y más contenida como Pamina.

Destacar de la ópera la escena y aria de “Suor Angelica” (Puccini) con dos realidades maduras en perfecto entendimiento y entrega, Vanessa del Riego que nos puso el corazón en un puño y María Heres, una Zía Principessa a la altura dramática esperada que ojalá podamos disfrutarla en la Temporada de Ópera por estar aún inédita en el Campoamor.

No se olvidó la zarzuela, igual o más exigente que la ópera, con otro título inédito en Oviedo como “El gorro frigio” (M. Nieto) donde pudimos disfrutar tanto las partes habladas, siempre endiabladas de memorizar, proyectar y convencer, como de cantar, las escenas V y VIII con el García de Juan Carlos Santos simpático y completo en sus intervenciones, Lucía Casanueva (la bailarina) y Andrea Mosteiro (el Trompeta). Rescatada en Madrid “Cecilia Valdés” (G. Roig) escuchamos de esta zarzuela cubana la salida de la protagonista con el coro (de alumnos) y Beatriz Vázquez mejor Cecilia que mi querida y ensangrentada Lucía (bravo por Mario Álvarez haciendo toda la orquesta y donde la flauta encajó magistral con la soprano).

Un número siempre agradecido es el dúo de “Don Gil de Alcalá” (M. Penella), unas mañanitas bien empastadas de Andrea Mosteiro y Andrea Rey con coro de lujo, que bisarían todos, público incluido, y el cierre de concierto de “La Malquerida” del mismo compositor, donde la romanza Él va a venir de María Heres, bebiendo de la Bernarda vivida en Oviedo, y con el excelente acompañamiento de Yelyzaveta Tomchuk puso el broche por todo lo alto de esta mezzo completa que va haciéndose su sitio en el Campoamor con papeles menores que esta vez resultaron palabras mayores, profesionalidad, entrega, trabajo y pasión, la receta para triunfar y todo un ejemplo a seguir.

Desde mi fila 15 pude escuchar todas las voces bien proyectadas, técnica diaria que nunca toma vacaciones, distintos estados anímicos, partituras bien elegidas y defendidas con toda la ilusión para disfrute de un público que con todas las medidas de prevención sigue demostrando que “La Cultura es Segura”, y amando la lírica en la capital del Principado, apoyando las voces de hoy mañana porque Oviedo merece la “Capitalidad Musical” de esta Viena del norte español.

Por la puerta grande

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Jueves 24 de junio, 20 horas. Teatro Campoamor, XXVIII Festival Lírico, Oviedo: El Gato Montés. Ópera popular española en tres actos y cinco cuadros, música y libreto Manuel Penella (Estrenada en el Teatro Principal de Valencia, el 22 de febrero de 1917). Entrada butaca: 46 €.

Concluyendo curso escolar y temporada lírica carbayona, este jueves festividad de San Juan en Mieres, salía por la puerta grande esta ópera nuestra, un “gato” verdaderamente atigrado donde los registros graves triunfaron en esta representación llena de amor, pasión, violencia y muerte, con una dirección de escena a cargo de Raúl Vázquez verdaderamente bella, sin tópicos, conocedor de todos los recursos en sus muchos años de oficio, bien rodeado por una “cuadrilla” de altura, desde la escenografía (Carlos Santos) a la iluminación (Eduardo Bravo) pasando por el vestuario (Massimo Carlotto) y la coreografía (Alberto Ferrero), un círculo perfecto con todos los simbolismos, casi como darle la vuelta de género al bolero de “querer a dos hombres a la vez y no estar loca”.

El maestro de espadas Lucas Macías presidió un espectáculo donde con la Oviedo Filarmonía dejó el festejo en lo más alto, la música del maestro Penella engrandecida por la adaptación orquestal del  “apoderado” Israel López Estelche, jugando con una tímbrica ideal para este verismo atemporal capaz de convertir el arpa en guitarra española y los metales en banda sinfónica para ese pasodoble universal con el título de la propia ópera, el peso de los registros graves con unos violonchelos o unas trompas dignos de dar la vuelta al ruedo.

Los miembros de la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo que dirige Pablo Moras no fueron meros subalternos sino coprotagonistas de esta velada, dentro y fuera de la arena, figurantes cantantes junto al cuerpo de baile, y donde pudimos disfrutar de la Loliya de María Heres que ya pide paso en estos papeles o Víctor Urdialez entre los peones, una cantera vocal ovetense que de nuevo trajo al ruedo al Coro infantil de la Escuela de Música Divertimento (Rosa Argüello Iglesias, Nerea Fernández Amor, Guillermo Fernández Rubio, Rodrigo Méndez de la Fuente y Carlota de Miguel Busta), unos gitanillos que ya han tomado la alternativa escénica y coral en esta Fiesta tan nuestra.

Y todo un cartel de primeros espadas con Juanillo, el Gato Montés de Àngel Òdena verdadero triunfador de la tarde por poderío vocal y escénico, dominio total y barítono ideal convertido en bandolero héroe más que villano, vencedor en mano a mano con el torero Rafael Ruiz, el Macareno encarnado por un Gillen Munguía (de faena aseada y de aliño) “por el amor de una mujer”, Soleá Nicola Beller Carbone convincente, creciendo en cada “tercio”, entregada y querida como otra hija de esa inmensa madre, la Frasquita de Marina Pardo siempre atinada, con el destino bien leído y cantado de la Gitana Sandra Ferrández, embrujándonos para redondear ese círculo mágico de mezzos donde no quiero olvidarme de la “cuadrilla” perfectamente asentada y al quite desde “los medios” como el Hormigón de Fernando Campero y con todas las bendiciones del Padre Antón, Francisco Crespo, ensamblados para afrontar cada “mihura” de este Penella inspirado.

Por finalizar estas rápidas líneas o crónica de última hora, pues este viernes es aún lectivo, con el coso del Campoamor aplaudiendo la fiesta, pidiendo la vuelta al ruedo para todos y salida por la puerta grande (escalonada y con distancia de seguridad), ya con ganas de la próxima “feria lírica asturiana” que es este festival ovetense plenamente consolidado y cercano a los treinta años, creciendo como su orquesta y titular desde un foso  con mucha historia musical.

El propio Raúl Vázquez en el programa “digital” nos orientaba sobre su visión de esta partitura auténticamente verista y española, inspiraciones pictóricas y literarias para algo tan nuestro como la historia musicada de Penella totalmente exportable en la producción de un festival lírico que apuesta por renovar nuestro patrimonio y manteniendo en estos tiempos difíciles la actividad en un teatro que ha sabido aguantar como pocos la Pandemia, salvando puestos de trabajo, afición y demostrando, por si aún quedaban dudas, que la cultura es segura… y necesaria.

Un puñado de rosas

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Jueves, 20 de mayo, 19:00 horas. Teatro Campoamor: XXVIII FESTIVAL DE TEATRO LÍRICO ESPAÑOL. La del manojo de rosas, Sainete lírico en dos actos y seis cuadros. Música de Pablo Sorozábal, libreto de Francisco Ramos de Castro y Anselmo Cuadrado Carreño; estrenada en el Teatro Fuencarral de Madrid (13 de noviembre de 1934). Producción del Teatro Campoamor (Fundación Municipal de Cultura). Entrada butaca: 46 €.

Si hay una zarzuela popular, por la que no pasa el tiempo, y con números musicales populares es El manojo de Sorozábal, y si se me apura, “El manojo de Sagi”, porque sigue vigente, hermoso, divertido y elegante (el vestuario de Pepa Ojanguren impoluto y eterno), producciones para guardar y reponer ya que nunca defraudan.

Un buen elenco de voces aunque no bien amortizadas en este jueves donde triunfaron más los mal llamados secundarios y sobre todo el Espasa de Ángel Ruiz, digno sucesor de un Luis Varela que ha marcado historia en este manojo, completo de principio a fin; la Mariana de excelencia a cargo de Milagros Martín a la que da gusto ver y escuchar porque tampoco cumple años; finalmente la pareja Clarita-Capó, Beatriz Díaz y David Pérez Bayona que pusieron no ya la nota divertida del verbo y el canto, ese baile y el desparpajo en un “caló” castizo que hizo las delicias del público. Hasta nuestro “Charly Teibol” se marcó un inglés de casa suficiente para un reparto que tardó en calentar, con algunos desajustes entre foso y escenario que no empañaron una zarzuela querida y esperada siempre allá donde se representa, aunque el resultado final no pasó de lo aseado.

No hubo química en el inicio con la pareja protagonista Joaquín y Ascensión, ambos de color bello pero afinación fluctuante ya en su primer dúo (Hace tiempo que vengo al taller) ni tampoco en el segundo cuadro con la romanza No corté más que una rosa. Y el “duelo” Joaquín-Ricardo (¿Quién es usté?) rígido, falto de claridad en la difícil dicción aunque la puesta en escena, como todo este manojo, sea maravillosa. Al menos el “fox-trot” de Clarita y Capó hizo subir la temperatura musical con una Oviedo Filarmonía  que también fue subiendo enteros en el transcurso de la representación con el siempre seguro Óliver Díaz al mando.

El final del acto primero me dejaba dudas con un coro indeciso y algo retrasado antes de bajarse el telón.  Por lo menos el descanso sentó bien y el preludio del acto segundo ya nos devolvió una orquesta bien templada (con un arpa siempre precisa y una trompeta que incluso con sordina sonó clara y melódica), aunque algo falta de “músculo” habitual al que nos tiene acostumbrado (supongo que por la plantilla reducida), antes de volver con humor en esa Farruca salerosa y arriesgada sobre la furgoneta, que preparaba la esperada romanza de Joaquín Madrileña bonita tirante, sentida pero sin enamorar pese al timbre potente y bello de Alfredo Daza que no rindió como sería de esperar (seguramente el sábado ya estará más templado todo) y algo mejor la habanera ¡Qué tiempos aquellos! donde matizó con gusto esa melodía imborrable y pegadiza (como todas las del maestro vasco).

No quiero olvidarme del Don Daniel de Enrique Baquerizo en su línea de aplomo y seguridad tanto cantada como hablada y del resto, cuerpo de baile además de figurantes que aportaron belleza y color a un reparto que sobre el papel prometía, aunque el manojo quedó en puñado pero el genio de Sorozábal siempre compensa y deja impregnado el ambiente aunque tenga “carita de pena“.

REPARTO

Dirección musical: Óliver Díaz. Dirección de escena: Emilio Sagi. Oviedo Filarmonía, Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo”Carmen Romeu (Ascensión), Alfredo Daza (Joaquín), Juan Noval-Moro (Ricardo), David Pérez Bayona (Capó), Beatriz Díaz (Clarita), Ángel Ruiz (Espasa), Milagros Martín  (Doña Mariana), Enrique Baquerizo (Don Daniel), Fernando Marrot (Don Pedro), Carlos Mesa (Un inglés).

La Castalia 2.020 bis

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Si el año bisiesto 2020 ya es parte de nuestra historia con todo lo que nos ha quitado y cambiado la vida, La Castalia ha reorganizado este Mayo 2020 bis para poder disfrutar de su III Ciclo de Conferencias “Patrimonio lírico hispano, ayer y hoy” tan vigente y necesario en este tiempo, tres conferencias a cargo de tres generaciones con las que tengo los vínculos que dan mis años, y en el RIDEA que apuesta por la música con la doctora María Sanhuesa como miembro correspondiente del propio Real Instituto, musicóloga y autoridad en la materia, más Begoña García-Tamargo, directora artística de La Castalia que la ha recuperado con su fuerza, tesón y lucha titánica, con cursos, conciertos y estas conferencias enriquecedoras que espero se mantengan en el tiempo si nada lo impide.

Tres martes de mayo, climatológicamente poco primaverales pero con la luz y el calor de la lírica desde tres ópticas distintas: nuestra zarzuela y su necesario archivo, la ópera española del XIX nunca suficientemente conocida ni reconocida, y la composición actual desde la juventud, divino tesoro, que mantiene viva la escena, tres conferencias con gran respuesta de público pese a las restricciones y medidas de seguridad obligadas por el Covid, charlas amenas, cercanas, gratificantes y un regalo para tantos melómanos, músicos y profesionales que siguen apoyando La Castalia del siglo XXI.

MARTES 4 DE MAYO: “10.000 zarzuelas… y algunas cosas más: El Archivo de la SGAE”. Impartida por María Luz González Peña, directora del CEDOA (Centro de Documentación y Archivo de la SGAE), licenciada en Hª del Arte y Musicología por la Universidad de Oviedo, verdadero corazón y defensora de nuestro género lírico, infatigable trabajadora, amiga y compañera de fatigas universitarias que ha dedicado media vida al archivo de la SGAE, organizando y poniendo a disposición de todos su amabilidad y buen hacer desde el Palacio de Longoria madrileño.

Mi compañera avilesina pasó revista no ya a los números apabullantes del archivo, también a los orígenes de la sociedad con fotos y anécdotas de sus fundadores, Sinesio Delgado y Ruperto Chapí, a los que saluda cada mañana como parte de su familia, el papel que la SGAE ha venido desarrollando no ya como custodia de las obras sino también de difusión de tantas obras que parecen haber recuperado el tiempo perdido y aún siguen acogiendo creaciones nuevas como el Maharajá (2017) de Guillermo Martínez que disfrutamos en el Campoamor.

Anécdotas y curiosidades como el alquiler de las partituras que estarán en los atriles de las próximas zarzuelas en los dos únicos festivales que mantienen temporada estable, Madrid y Oviedo a donde suele escaparse si su trabajo se lo permite, momentos de reencuentros familiares y amistosos donde “contarnos batallitas” o rememorar tantos momentos musicales vividos, el recorrido de la SGAE por distintos edificios y palacios hasta el actual del Longoria banquero melómano y ligado también a nuestra tierra.

Y por supuesto no podían faltar las referencias a la patria querida, a compositores asturianos pero a también los temas reflejados en muchísimas zarzuelas, libretistas y compositores, la investigación en ese magno archivo y el conocimiento de un repertorio por lo menos curioso, muchas obras conocidas, otras inéditas que han pasado por sus manos y no pierde detalle ni momento para darlas a conocer a intérpretes y estudiosos que tiene siempre la puerta abierta de mi querida Mari Luz. Fotos y recuerdos de Vital Aza, partituras que son verdaderas joyas, y por supuesto la reivindicación de personajes tan nuestros como el dramaturgo Miguel de Palacios del que no se pudo celebrar su centenario el pasado “annus horribilis“, asturiano de pura cepa nacido en Gijón y fallecido en Covadonga, autor del libreto de La Corte de Faraón entre otras muchas zarzuelas. Historia bien conservada que comienza desde 1993 a ser conocida y reconocida gracias al CEDOA bajo la entrega y dirección de Mª Luz González Peña.

MARTES 11 DE MAYOLa búsqueda de una ópera hispana: 200 años de lucha, impartida por nuestro maestro Emilio Casares Rodicio, alma mater de la Musicología española desde Asturias, docente entregado formando la mejor generación de investigadores que han tomado su relevo, fundador del Festival Internacional  de Música de Asturias con el siempre recordado Luis G. Iberni, que trajeron las mayores y mejores figuras del momento en aquellos felices 80, escritor, divulgador e investigador incansable por el que no pasan los años porque mantiene el mismo espíritu y fuerza arrolladora que en mis tiempos de estudiante, rejuveneciendo ese día 40 años por las sensaciones transmitidas. Mudado a la capital de España, aunque sin perder nunca contacto con nuestro Oviedo, catedrático emérito de Musicología de su Universidad Complutense, fundaría nada más llegar el ICCMU que sigue publicando, recuperando y resucitando nuestra música española con el trabajo impagable de muchos alumnos suyos como los doctores Ramón Sobrino o Mª Encina Cortizo, fieles y dignos sucesores del “jefe“, e imposible reflejar aquí una trayectoria tan impresionante como la de nuestro profesor Casares.

La conferencia quedaría reducida por cuestiones de tiempo a 100 años de lucha, imposible contar tres volúmenes (dos ya publicados) de su “Historia de la Ópera en España” en 90 minutos, ciñéndose al siglo XIX sin olvidarse de Martín y Soler que triunfó más que Mozart, una clase magistral trufada como en él es habitual de “chismes”, datos, curiosidades, vivencias en primera persona y breves audiciones para sorprendernos con este patrimonio de nuestra historia que nunca hemos sabido defender, en parte por la incultura de una clase política que nunca se interesó por la música (ni la cultura, y de la educación mejor ni hablamos) a excepción de las dos repúblicas que comentaría en su contexto de impulso para la creación de una ópera española.

El Emilio Casares de siempre, vital y crítico con el estado operístico español, hablándonos de Manuel García, embajador de la ópera, cantante y compositor con una vida apasionante y una obra siguiendo el camino italiano de su querido Rossini, también de Ramón Carnicer tomando el francés, o del valenciano José Melchor Gomis que triunfará exiliado en París. Un verdadero análisis de la evolución operística y sus modas, con Mercadante con quien estudio el catalán Marià Obiols, que en el Romanticismo cambiará el papel con estos españoles que triunfan fuera o son desconocidos hoy en día por una desidia o comodidad en no  por programarlas. Números apabullantes como 55 óperas a mediados del XIX,   la eclosión en España de la ópera en más ciudades que las habituales, sin olvidarse de Mahón, compositores desconocidos y borrados de nuestra historia, recordando cómo están perdidas tres óperas de Hilarión Eslava. Males endémicos de nuestra querida patria donde el Marqués de Salamanca fue el primer y único mecenas de la ópera (por entonces en el Teatro Circo), repaso a los nuevos teatros nuevos dieron paso a una cantera vocal propia, al canto en nuestro idioma y de nuestra historia, la aparición en los años 40 del gran Emilio Arrieta (del que Mª Encina Cortizo es la máxima autoridad en la obra del navarro), su paso por Milán, conocedor de Verdi y cuya ópera La conquista de Granada se representó en Alemania (gracias al tándem Sobrino-Cortizo) ante el asombro germano de su nulo eco en la piel de toro. Y anécdota como el malagueño Capa, hijo de vinateros que se irá a Nápoles a estudiar, de SerranoJuana la loca, primera ópera española estrenada en el Liceo catalán. No faltaría tampoco la crítica al Teatro Real madrileño donde hubo que esperar 25 años sin nada español hasta la llegada de Arrieta, más por amoríos reales que defensa de lo nuestro (todo lo contrario del Garnier francés pensado solo para su ópera) y que en 2021 parece continuar como en el XIX.

Fechas, datos e historia: 1851, Barbieri y Jugar con fuego, la aparición de la zarzuela que superó a la ópera: 1096 funciones de ésta frente a las 3839. La revolución del 1868 con el nuevo cambio a favor de la ópera, las citas sobre las dos reformas musicales de calado y únicos momentos de defensa de la música en las repúblicas. Casares defendiendo la recuperación de Don Fernando el emplazado (V. Zubiaurre), fruto de un concurso por entonces y hoy nada publicitado ante la autopompa del premio al Real, la perdida ópera Moctezuma y la siempre recordada Marina de Arrieta,  la amalgama o fusión ítalo española. La Restauración 1874-75 y la nueva clase social que fomenta la ópera con Sagasta gran aficionado, los compositores que van a Roma becados y viajan por Europa conociendo la actualidad del momento, calidad y cantidad de obras bien fundamentadas en el Verismo o Wagner, la escuela europea y no española, el valenciano Salvador Giner, otro desconocido al que no programa ni el Palau de Les Arts (con un coste real por butaca de 900€), nuestros Bretón y Chapí tampoco faltan en este recorrido por la ópera con historias españolas, grandes coros y arias verdianas, conocedores por supuesto de Wagner1885 y la gran crisis, pidiendo el primero una ópera española o magnificar la zarzuela el segundo, abriéndose las dos líneas y escuchando un fragmento de Los amantes de Teruel totalmente wagneriana y en español del Bretón maravilloso, estrenada en 1889 y recuperada en versión concierto sin ensayo previo pese a la enorme calidad que atesora.

Y la vía de Granados, Albéniz o Pedrell, el Nacionalismo español, los 90 que trajeron sus óperas,
La Dolores de Bretón contrapuesta al Henry Clifford de Albéniz o el Pedrell olvidado de Els Pirineus, donde está presente Francia, el barroco, Wagner y el folclore, recuperada por Don Emilio para  el Liceu con edición prologada por Jordi Pujol con un argumento tan actual para los catalanes que ni supieron dar la importancia debida. Imposible hablar de todo o resumirlo como mal alumno tomando apuntes, pero pidiendo que se programe más ópera nuestra y menos traviatas, el Casares que no pierde momento de la certera crítica actual, de sus “chismes” con ironía o una clase política española de todo color, que nunca se interesó por la ópera pero tampoco de la literatura y poco de pintura salvo El Prado. La música es cara y recordaba la  Marianela de Galdós con música de Pahísa, tras 90 años de olvido, con ganas de escucharla en el Campoamor. Triste que el dilema esté entre “toros y fútbol” aunque al menos Oviedo siga siendo una isla musical en este triste panorama patrio.

MARTES 18 DE MAYO: Un recorrido por mi obra lírica, impartida por Gabriel Ordás (Oviedo, 1999), compositor, violinista y pianista, la última generación que bebe de las anteriores, como se dice coloquialmente “mamó la música en casa”, sus estrenos me siguen asombrando y su primera ópera fue subida a escena precisamente por La Castalia.

Qué interesante escuchar de primera mano a mi querido y admirado Gabriel explicar sus vivencias, su experiencia sincera desde una juventud madura, con las cosas claras y sin miedo a confesar los temores ante su acercamiento como compositor a la música vocal, con mas de 50 obras registradas pero también en el cajón, como todos los autores, caso de una ópera sobre Bodas de sangre, su admiración y gratitud al maestro Fernando Agüeria, al mundo del lied que tardó en afrontar allá por el mes de noviembre de 2016 (así fue de prematuro) en el homenaje que La Castalia hizo al siempre recordado Antón García Abril.

No faltó el repaso a sus obras sinfónicas, los estrenos de la Oviedo Filarmonía con Yaron Traub o  la OSPA con Milanov. Un compositor de talento que tiene claro que hay dos mundos en su interior: el técnico y el que gusta al público, si se quiere la lucha entre lo raro y lo sencillo que el mismo resume así, intentar congeniar ambos que aún continúa. Pudimos escuchar fragmentos de esas composiciones sinfónicas cual choques de estilos incluso en la misma obra, encontrando como solución unir los dos mundos que le comentase en Covadonga Jorge Muñiz, otro gran compositor asturiano.

Afrontar la música vocal sería un reto para él, Cervantes un escalón de inspiración y responsabilidad, un reto que le hizo retomar obras “frustradas” prefiriendo partir de cero, escribir en blanco, a capella y después añadirle el piano, que domina casi tanto como el violín, su instrumento. La inspiración siempre desde la melodía añadiéndole giros armónicos, el término medio de ambos universos. Encontrar un texto de Rubén Darío dedicado a Cervantes y tras la “resaca emocional” escribir un cuarteto vocal por encargo de La Castalia. Nos contaría su intuición, el paso del Stabat Mater y Onírico que ya estaba cocinando a fuego lento para ahondar directamente en las emociones (que personalmente también me vuelven al escuchar un fragmento del primero), y así surgiría Dafne en esa misma línea melódica pero sin la carga religiosa, buscando un texto para ello (el soneto 13 de Garcilaso), los equilibrios vocales con el piano como un extra dramático sin olvidar el apoyo a los estudiantes de canto que la estrenarían, pero también como motor rítmico. Cuánto talento en Gabriel y qué gusto escucharle hablar con naturalidad de sus obras y el proceso compositivo.

Desde su humildad innata reconocería que el mundo vocal es otro, hay que interiorizar el drama, trabajar con las voces desde el piano cual repertorista, y finalmente sentir que llegó con fuerza al público porque también lo nota. Confesiones agradecidas por todos antes de continuar compartiendo su forma de trabajar, que en mi caso complementa la primera escucha de ellas, también lo enriquecedor que puede ser trabajar codo con codo junto a los intérpretes, aunque como comentaría al final María Sanhuesa, es más fácil con los muertos, pero siempre sencillo con Ordás.

Sobre su acercamiento a las óperas de cámara el proceso será distinto a todo lo anterior pero ya conocedor de la voz, mostrando sus dudas sobre el argumento y cómo encajarlo con la música. Partir de un entremés y llegar a Doña Esquina que le encantó nada más leerla; después “armarlo” e instrumentarlo a trío con piano dando no ya color instrumental sino el necesario ropaje a las voces. Nos hablaría de sus problemas con el discurso musical, pues le va más lo trágico que lo cómico, pero investigando también en el cine y sus bandas sonoras, en parte lo son, buscando cómo transmitir las emociones, el recurso al “Micky Mousing” utilizado desde su tono desenfadado sumando ritmos de danzas de toda la historia musical, su exuberante y total libertad para los recursos que él mismo describiría como “ironía discreta”, supongo que heredada por vía paterna, los inesperados giros del drama a la comedia en unos compases, el humor que nunca le falta y las prisas lógicas del encargo para estrenarla, la “ópera exprés” que yo diría “sin estrés”. La formación humanística de Gabriel es increíble para su edad y admirable el intento por adaptar el lenguaje del siglo XVIII a nuestros días, saber eliminar algún personaje para agilizar los treinta minutos de duración de esa joya de cámara. Fiel al verso del que toma la rítmica que siempre ayuda y hasta el uso de unos Leit motiv que no son tales sino motivos repetitivos en situaciones concretas, a fin de cuentas “pasarlo bien” contando la anécdota del chelista que en un momento deja el instrumento para tomar un “shaker” y sumarse a ese ambiente de baile. Así de fácil convierte lo difícil y lo transmite en cada composición.

Todavía nos desgranaría el proceso de su Terceto del desamor que supuso dar un paso atrás para avanzar dos, menos voces e instrumentos, dos con piano, profundizar y complementar lo anterior a partir del libreto encargado a María Abella buscando un entremés del siglo XXI, elementos usados casi de forma naif, “insignificantes pero con hipocresía”, contrastes sentimentales… Toda una lección compartida de su proceso creativo centrándose en la lírica que mantiene ya un sello propio y siempre con el apoyo de La Castalia.

Una conferencia con fragmentos comentados de sus obras, sin abordar tecnicismos y con ganas de entrar a componer tragedia que es lo que realmente le va. Las dos caras del drama, la puesta en escena con una música propia que tras escucharle aún es más reconocible y hasta entendible.

Perfecto trío de conferencias estos martes de mayo con pandemia, tres generaciones y tres enfoques de la voz en la música, más la despedida a cargo del alma materBegoña García-Tamargo siempre luchando por La Castalia del siglo XXI, apostando por el talento de nuestra tierra y denunciando la ceguera de los políticos, la falta total de apoyo y el agradecimiento al RIDEA que es ya “la casa” de esta asociación cultural a punto de cumplir 20 años, con fuerzas para seguir programando no ya cursos con los mejores especialistas sino ofreciendo la posibilidad a muchos músicos de poder pensar en un futuro profesional, anunciando para el día 19 de junio la actuación de la pianista avilesina Henar F. Clavel en la Sala de Cámara del Auditorio de Oviedo. El apoyo de La Castalia no faltará a esta generación de jóvenes talentos ni tampoco de todos los seguidores de esta familia en la que nos ha convertido a todos.

Aquí dejo el link con el VÍDEO (gentileza del RIDEA) de la conferencia del 4 de mayo:

https://www.youtube.com/watch?v=FSNyOr8xwZI

 

 

 

Il senso delle parole

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Miércoles 28 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio de Oviedo: Piotr Beczała (tenor), Sarah Tysman (piano). Obras de Donaudy, Respighi, Wolf-Ferrari, Tosti, Verdi y Puccini. Entrada butaca de patio: 20 €.

Hace cuatro años pudimos disfrutar de Piotr Beczała (Czechowice-Dziedzice, Polonia, 1966) en una gala que titulé “Se detuvo abril“, y de nuevo hizo que se parase el tiempo en un recital con piano para paladear su voz, su buen decir, su presencia, su técnica impecable y con un programa donde más que nunca pudimos entender “Il senso delle parole”, el sentido de la palabra en la lengua de Dante que el tenor polaco pronuncia perfecto y las letras en subtítulos fueron tomando vida una a una. Programar la llamada “canción de concierto” con la calidad de los autores elegidos es un desafío que exige entrega total en cada bloque, pues son verdaderos microrrelatos que deben sentirse y compartirse con el piano, el de su habitual acompañante la francesa Sarah Tysman, más allá de las reducciones orquestales habituales para las arias de ópera.

Comentaba en broma que comenzar con el siciliano Stefano Donaudy (1879-1925) era un increíble calentamiento vocal. Así fue porque el público que no llenó el auditorio, pero se entregó al tenor, no respetó el “ciclo” haciendo perder la unidad dramática y una continuidad que impidió hacer brillar un poco más una voz aún fría pero siempre hermosa, desgranando esos tres frescos con un piano adecuado y escrito para realzar los textos: Vaghissima sembianza, Freschi luoghi, prati aulenti y O del mio amato ben.

Otro tanto sucedió con esas seis joyas del boloñés Ottorino Respighi (1879-1936), el lenguaje musical siempre clásico del segundo italiano de la noche, romanticismo en estado puro, poesía de contrastes, juegos de palabras donde el piano subraya cada palabra y el canto las sublima: Lagrime, Scherzo, Stornellatrice, Nevicata, Pioggia y Nebbie, una clase magistral de Beczała con la técnica perfecta puesta al servicio de los textos de Zangarini, Ada Negri o Vittoria Aganoor Pompilj, con unos registros extremos donde el polaco no pierde nunca ese color único, una gama de matices ideales para esta maravillosa música de salón, las agilidades increíbles enfrentadas a los sentimentales tiempos lentos, y el asombro de una proyección que llenaba toda la sala de ese timbre redondo y elegante como su presencia escénica.

El “descanso” vocal lo puso la pianista que eligió al español Isaac Albéniz (1860- 1909) y su conocida Granada (de la “Suite española, op. 47”), resultando más literaria que nazarí en parte por lo comentado de lo difícil que es para un pianista adaptarse al lied o la ópera que son mundos totalmente distintos al solístico, y la francesa optó por una interpretación desde la distancia emocional.

Aún quedaban otros dos italianos para redondear el placer del dúo cercano, tenor y piano bien hermanados, el tantas veces escuchado en Oviedo Ermanno Wolf-Ferrari (1876-1948) el veneciano del siempre recordado Haider, pero el íntimo que pone música a cuatro textos populares con toda la riqueza melódica del italiano: Quando ti vidi a quel canto apparire, Jo dei saluti ve ne mando mille, E tanto c’è pericol ch’io ti lasci y O sì che non sapevo sospirare, un placer escuchar y leer la letra original y su traducción (también el digitalizado programa de mano) que en la voz de Beczała nos transportaba a la península hermana que tanto arte nos ha dejado. Y mejor remate para este bloque literario que Francesco Paolo Tosti (1846-1916) el músico de Ortona, con tres canciones bien acompañadas al piano y mejor interpretadas por el polaco, L’ultima canzone, la menos escuchada Chi sei tu che mi parli y el Ideale literal, un juego donde el “rubato” toma sentido y los agudos imperceptibles una delicia, demostrando que lo que parece fácil siempre es lo más exigente.

Beczała se vuelca en cada partitura, el semblante agradable, su máscara facial toda una lección de canto y los aficionados operísticos venidos de varios puntos de la geografía, conocidos del Campoamor y rendidos ante el polaco, esperando el “tour de force” final, siempre en el repertorio italiano que domina como pocos hoy en día, perfecta “la orquesta desde el piano” más cómoda que en el lied,  sin necesitar el pedal izquierdo que cambia color y tapa abierta para mostrar que el polaco está en un momento álgido de su carrera.

Dos arias del genio de Busseto Giuseppe Verdi (1813- 1901) para quitar el hipo, Di tu se fedele il flutto m’aspetta (“Un ballo in maschera“) sobrado de recursos y exquisito de principio a fin, más  Quando le sere al placido (“Luisa Miller“) con ese final a solo que llenó todo el auditorio del color puro y la magia de este tenor completo, verdadera figura mundial.

Y de la Italia protagonista en este lluvioso miércoles lírico asturiano, desde Lucca el gran Giacomo Puccini (1858- 1924) y una de sus arias fetiche para todos los tenores, la maravillosa Recondita armonia (“Tosca”) con un piano perfecto y la salida entre “bastidores” de un Cavaradossi impecable que enamoró al auditorio. Creo que no se puede interpretar mejor y así lo reconoció el público entregado a Beczała.

La hora pasó volando y podríamos estar escuchando al polaco todo el tiempo del mundo porque volvió a transmitir, como hace cuatro años, que “se detuvo abril“, regalándonos todavía dos napolitanas, el Core ‘ngrato de Cardillo, con dedicatoria a “su Caterina” en la sala, el otro título en su dialecto “Catarì, Catarí”, y el mismo calor del sur con la famosísima Mattinata de Leoncavallo, un broche de oro con estas canciones escritas para el gran Caruso y recreadas por el enorme Beczała con un recital que dio sentido a la palabra en la voz de este Tenor con mayúsculas que sigue triunfando en Oviedo, parada obligada en las giras de los mejores intérpretes. Esperemos algún día tenerlo sobre las tablas del Campoamor porque el triunfo es tan seguro como la cultura en tiempos de pandemia, y la música más necesaria que nunca.

Qué grande el género chico

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Jueves 22 de abril, 19:00 horas. Teatro Campoamor, XVIII Festival de Teatro Lírico Español: Agua, azucarillos y aguardiente (Chueca) – La Revoltosa’69 (Chapí). Entrada butaca: 46 €.

Segunda función de zarzuela con programa doble en “La Viena del Norte” español y dos joyas del género chico, obras en un acto pero muy grandes, que ocuparon tres horas y media abundantes, incluyendo el descanso, con unos cantantes excelentes actores y actrices, y no a la inversa como antaño, aunque los actores cantantes brillaron igualmente, más texto que música como se entendieron estas zarzuelas en su momento y dos visiones en el tiempo: el Chueca del cambio de siglo donde brilló el vestuario elegante de Gabriela Salaverri con decorados mostrando gigantes postales madrileñas de finales del XIX en blanco y negro, más un Chapí trasladado a una corrala en 1969, cercana adaptación  literaria y ambientación colorista en un lenguaje de mi adolescencia, castizo modernizado y referencias a nuestra memoria cinematográfica, donde la música sigue siendo una delicia a pesar de todas las limitaciones de la pandemia, con el coro reducido y con mascarillas, al igual que el cuerpo de baile, pero todos con las mismas ganas de disfrutar. Oviedo quiere zarzuela y el público es fiel, recuperando parte de un 2020 para olvidar pero tan necesario en tiempos de pandemia, demostrando de nuevo que la cultura es segura además de necesaria, y no solo la hostelería ha sufrido, el sector musical también y sobreponiéndose a un momento histórico que nos ha tocado vivir.

Quiero insistir en las grandes voces para los dos títulos, donde las dificultades técnicas de los números no son nada comparadas con el muchísimo texto a memorizar que no solo debe aprenderse sino creerse, proyectar la voz hablada y recrear unos personajes que nos hicieron pasarlo bien. Función en homenaje a tantas víctimas del puñetero Covid y presentadas en el programa (digitalizado) como “De Atanasia a Mari Pepa, una nueva femineidad liberada y liberadora, Madrid 1897… 1969” por parte de Curro Carreres con un lema final esperanzador y sin dejar dudas: Zarzuela sin complejos y con mucho amor.

Agua, azucarillos y aguardiente titulada como zarzuela “pasillo veraniego” de Federico Chueca y libreto de Miguel Ramos Carrión (estrenada en el Teatro Apolo de Madrid, el 23 de junio de 1897) es una nueva producción del Teatro Campoamor (Fundación Municipal de Cultura), respetuosa con el original donde el elenco tanto musical como vocal brilló a gran altura en todos los terrenos. Miquel Ortega volvía al frente de la Oviedo Filarmonía y volvió a demostrar su maestría en el foso, mimando a las voces, llevando a la orquesta titular del Festival a una calidad acorde con la escena, la Capilla Polifónica pese a la reducción en número brillando con calidad en su coro de mujeres, y sobre todo unos cantantes de primera, muchos de casa, como Jorge Rodríguez Norton (Serafín) que sigue ganando enteros en su timbre, Beatriz Díaz (Pepa) capaz de actuar y cantar igualmente bien, musicalidad innata y ganando en un registro grave que tiene cuerpo, o Mª José Suárez (Doña Simona), una fija e insustituible de nuestra zarzuela que hace suyo cada personaje, actuando de ella misma. Sumar a Roca Suárez (Don Aquilino) que es uno de nuestros actores de primera al fin valorado. Agradable sorpresa escuchar al asturiano Enrique Dueñas (Lorenzo) y a Darío Gallego (Vicente), dos barítonos con suficiente presencia, gusto y poderío vocal además de desparpajo en escena, los novios de Pepa y Manuela (Mayca Teba, otra voz perfecta del género) en esos registros donde la zarzuela ha sido fuente niños de Divertimento que son otra apuesta segura en la escena ovetense, esta vez Gabriel López, Rodrigo Menéndez y Daniel Puente que ya tienen inoculado el bicho zarzuelero, afinados y con unas tablas de verdaderos profesionales, chicos como el género y grandes como la música. Felicitar igualmente la coreografía de Antonio Perea y un cuadro de bailarines jóvenes completando esta obra de arte total, reducida pero inmensa: texto, música, escena, danza… así es nuestra zarzuela.

Por su parte Pedro Víllora y Curro Carreres realizan una adaptación libre del libreto de José López Silva y Carlos Fernández Shaw para La Revoltosa, el sainete lírico en un acto de Ruperto Chapí (estrenado en el Teatro Apolo de Madrid, el 25 de noviembre de 1897, otra nueva producción local que mantiene el ambiente del género chico contrastando con el Chueca “puro”, el paso de los años de esa verbena tan española, la actualización desde el respeto y el buen gusto. Hay que leer con detenimiento las notas de Carreres porque aclaran cualquier intento de menospreciar el esfuerzo por mantener vivo nuestro género lírico, y al igual que en Chueca, seguir con todo el respeto la estructuras y números originales de las obras, que en esta revoltosa sesentera solo se han modificado los textos, escritos por Víllora, con unos personajes originales más cercanos sin olvidarse la sensibilidad actual por las lecturas de género, manteniendo el rigor histórico pero con este argumento nuevo al que la música de Don Ruperto sigue haciendo nuestra y única.

Voces y actores de primera con el dúo Nancy Fabiola Herrera (Mari Pepa) recreando como nadie este personaje ideal para su color que gana enteros con los años, y Gabriel Bermúdez (Felipe) de timbre tanto hablado como cantado potente, presencia impresionante, además de los dobletes a la misma altura escénica de Mª José Suárez (Gorgonia), Mayca Teba (Soledad) y una simpática Begoña Álvarez (Encarna) a quienes dieron la réplica masculina otro trío perfecto: Enrique R. del Portal (Cándido), Darío Gallego (Atenedoro) y el asturiano Sandro Cordero (Tiberio) más la “veterana autoridad de la corrala” Carlos Mesa (Señor Candelas) junto un completo elenco de figurantes.

De nuevo los niños de Divertimento, la Capilla Polifónica dirigida por Pablo Moras y el cuerpo de baile redondearon esta revoltosa cercana donde Oviedo Filarmonía elevó sus intervenciones a gran altura desde el Preludio inicial poderoso, equilibrado y templado por el Maestro Ortega.

El fin de fiesta con los dos elencos en escena lo puso también Chapí y su “Vamos del brazo a la verbena” de El Puñao de Rosas, la fiesta eterna del Madrid universal con la fusión de dos épocas en un Campoamor que sigue siendo capital lírica española y donde las mascarillas nos devuelven al presente sin quitarnos historia ni ganas de verbenas tan nuestras, desde la responsabilidad y la calidad musical de este festival que se mantiene inamovible en la primavera asturiana.
P. D. Como siempre escribo nada más llegar a casa, los enlaces (links) los puse tras publicarla al día siguiente, no pueden faltar porque marcan diferencia sobre el texto, siempre sincero, espontáneo y agradecido a quienes siguen leyendo el blog.

Extraordinario triplete de La Díaz

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Corren tiempos difíciles, y para el sector musical aún más, con cancelaciones de última hora que rompen la programación y el ritmo de trabajo necesario, pero esta semana antes de mis vacaciones, la soprano Beatriz Díaz afrontó un triplete extraordinario digno de figurar en los anales de esta “Era Covid”.

El miércoles 24 a las 19:30 horas  en el Teatro Jovellanos de Gijón, dentro de la temporada de la Sociedad Filarmónica estaba programado de nuevo, dentro del ciclo “Los Históricos de la Filarmónica”, el programa Cantarinos pa que suañes con el pianista y compositor Luis Vázquez del Fresno al que su corazón le dio un susto el lunes, y al que le deseo desde aquí una pronta recuperación.

Noticia triste pero ante la adversidad se mantuvo el concierto, siempre de agradecer por parte de los gestores de la centenaria sociedad gijonesa, armando urgentemente un nuevo programa (el 1.632)  a cargo de la propia Beatriz Díaz con el pianista Marcos Suárez, y organizado en cuatro bloques de tres obras, el tres mágico, donde la soprano allerana  nos dejaría una muestra de su musicalidad, versatilidad y amplio repertorio. Primero tres arias de ópera cantada en italiano, donde estuvieron Händel y el Lascia del “Rinaldo”, Porgi amor de las bodas mozartianas, y una de las preferidas de la cantante, Catalani y “La Wally” con Ebben? ne andrò lontana, una lección de bien cantar con toda la amplia gama de color que caracteriza a la asturiana, siempre bien acompañada de un Marcos Suárez que se afianza como maestro repertorista como bien destacó el músico local David Roldán Calvo, quien ejerció de maestro de ceremonias presentando y poniendo cada obra en su contexto histórico.

Tratándose de un recital de “La Díaz“, no puede faltar su adorado Puccini, auténtico amuleto y para el que su voz parece hecha a medida, esta vez la Musetta con alma de Mimì, bien dominada vocal y escénicamente desde hace tiempo, el siempre agradecido (y comprometido) Dvorak de “Rusalka” y su Canción de la luna, otro escalón en un repertorio que va creciendo como su voz, y el Summertime de Gerswhin, el musical hecho ópera, o viceversa, con un arreglo pianístico más rico de lo habitual y esa versatilidad de la soprano asturiana capaz de meterse en cada personaje con el estilo adecuado y la entrega conocida.

No se podía olvidar la inspiración asturiana prevista aunque adaptada al momento, por lo que escuchamos la Asturiana de Falla como un delicioso arrullo, y dos canciones de “Madre Asturias” del recientemente fallecido Antón García Abril, homenaje necesario que desde la calidad de los dos intérpretes fue emotivo y entregado, Duérmete neñu y y Ayer vite na fonte, nuestro folklore hecho universal en estas páginas para tenor pero que en la voz de soprano adquieren nuevos aires y con un pianista demostrando igualmente su papel coprotagonista.

Y el cierre de nuestra zarzuela defendida con la categoría que se merece, “El dúo de la africana” de Fernández Caballero que Beatriz Díaz lleva en la sangre a La Antonelli, Yo he nacido muy chiquita aunque solo de estatura pues resulta siempre grande en escena, No corté más que una rosa del “manojo” vasco Pablo Sorozábal que resultó nuevamente redondo, y la petenera de “La Marchenera” (Moreno Torroba) cerrando este trío lírico hispano con la misma entrega y calidad con la que se iniciaba un comprometido recital donde los obstáculos no lo son cuando hay tanto trabajo detrás y responsabilidad por mantener una calidad en todo lo que canta nuestra asturiana universal. Propinas a pares de zarzuela y ópera, imprescindible el Puccini de O mio babbino caro que en la voz de la allerana sigue siendo música celestial.

Y llegaría el jueves 25 a las 19:30 en el Teatro Jovellanos Concierto Extraordinario de Semana Santa con la OSPA dirigida por el australiano Kynan Johns donde la soprano debutaba como solista con ese motete mozartiano que pone a prueba la voz pero sobre todo la musicalidad, Exultate Jubilate, K. 158a/165 de estilo operístico que hace años parecería impensable para Beatriz Díaz, aunque las enseñanzas del maestro Hernández Silva y la amplitud que ha alcanzado su voz, el día que cumplía 40 años, han demostrado cómo el genio de Salzburgo, al igual que papá Haydn, son perfectos compañeros de viaje.

El director encontró la pulsación ideal para disfrutar los tres movimientos de esta joya juvenil de Mozart, con una Beatriz Díaz cómoda, de amplias dinámicas y lirismo en estado puro (el recitativo plenamente operístico por parte de todos, aunque el órgano quedase en segundo plano) y la OSPA clásica de sonido homogéneo, gustándose y escuchando cada detalle, con los oboes contestando ese texto tan apropiado para este día: “¡Alégrate! ¡Un gran día brilla! ¡Las nubes y la tormenta se han ido!“, final de Aleluya pletórico por repetir escenario y agrandar una historia vocal que todavía nos deparará muchas más alegrías.

La OSPA completaría este extraordinario con el siempre necesario Beethoven al que 2020 le quitó parte de su protagonismo, con Coriolano: obertura op. 62 para comprobar el buen estado sinfónico y la complicidad con un Kynan Johns que en cada visita exprime lo mejor de la formación asturiana, dominador de memoria de todo el concierto donde la recién estrenada “Primavera” sonó con Schumann en una versión clara, precisa, matizada, colorida a pesar de la acústica del Jovellanos que no está pensada para una orquesta romántica a la que Perry So en el anterior concierto, dejó perfectamente engrasada.

Y no hay dos sin tres, pues el viernes 26 a las 19:00 horas se repetía el programa extraordinario en el Auditorio de Oviedo con una entrada que la pandemia y su protocolo dejó mermada pero igual de entregada para un público que recibe a la soprano de Bóo con cariño y siempre expectante. La cultura es segura y la música en vivo única e irrepetible, Beethoven con Johns preparó sonoridades sinfónicas, Mozart un poco más vivo que en Gijón pero con la acústica ideal y presencia de cada sección (esta vez sí sonó el órgano) para una plantilla casi camerística y unas manos australianas delicadas, mimando a la solista que desplegó de nuevo esa magia vocal para el motete que iluminó este triplete de Beatriz Díaz.

La Primavera de Schumann, esa sinfonía primeriza para nada juvenil y llena de vida en sus cuatro movimientos, retomó la calidad sinfónica de la OSPA bajo la batuta de un Johns de gestos claros, sin ampulosidades pero preciso al detalle, conteniendo sonoridades en los momentos delicados, dejando fluir a la cuerda, empastando a todos con el estilete o florete de su batuta con el que fue tocando los resortes necesarios para brindarnos una versión impecable de la Sinfonía nº1 en si bemol mayor, op 38 esperando repetir su escucha en la retransmisión de Radio Clásica que sigue grabando los conciertos de nuestra sinfónica, de nuevo con el bilbaíno Xabier de Felipe de concertino, esperando se cubran pronto las vacantes, pues no me canso de repetir que hace falta un capitán para esta nave y el contramaestre obligado.

Ya han sido suficientes los candidatos y no veo necesario alargar más los plazos, aunque sigan siendo tiempos convulsos, pero la música es un bálsamo necesario, más si podemos disfrutar de Beatriz Díaz, extraordinario triplete que abre mi descanso docente por esta semana. Como dice un querido amigo común,

BraBoo Beatriz

Granada roja y femenina

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Jueves 25 de febrero, 19:00 horas. Teatro Campoamor, XXVIII Festival de Teatro Lírico  Español, Oviedo 2021: Granada (“La Tempranica” de G. Giménez y “La Vida Breve” de M. de Falla). Entrada butaca: 46€.

La lírica tiene por capital a Oviedo, y tras la ópera llega esta vigésimo octava edición de un festival que arrancó este último jueves de febrero con dos joyas en una, usando de hilo argumental la Granada granada, roja, pasional, trágica, de atractiva puesta en escena (Giancarlo del Mónaco) y música para degustar, con un elenco muy digno en los dos títulos, una orquesta en estado de gracia pese a lo reducida por las limitaciones actuales, al igual que el aforo, más un Iván López Reynoso que supo sacar lo mejor de la Oviedo Filarmonía con la que se entiende a las mil maravillas, encabezando estos repertorios donde se muestra seguro, cómodo y dominador de dinámicas y tempi adaptados siempre a las voces.

En La Tempranica el hilo argumental lo llevan dos grandes de la escena como Jesús Castejón y Carlos Hipólito encarnando a Giménez y Falla respectivamente, con unos diálogos (de Alberto Conejero) un tanto “a calzador” pero que cumplieron su cometido, siendo un placer ver y escuchar a estos actores queridos por todos los públicos, mientras las letras “andaluzas” no siempre fueron entendibles, aunque para eso se inventaron los sobretítulos.

En lo musical la mezzo Ana Ibarra encarnó a una gitana de garra, como su voz, de timbre metálico que en estos papeles hasta se agradece, sensual y arrebatadora, con el contrapeso de Rubén Amoretti (que repetiría en Falla), bajo de verdad de los que escasean, aunque el color y emisión no sean los de antaño pero que formaron una pareja convincente en lo vocal y escénico, con una iluminación que subraya el dramatismo, siendo “la tempranica” la auténtica protagonista.

No faltaron en el reparto voces de casa como Ana Nebot (en la conocida “tarántula” de Gabrié), Juan Noval Moro como Zalea o la pastora María Heres que tienen su minuto de gloria en el teatro de todos, completando el elenco conocidos como Gustavo Peña, Miguel Sola, Gerardo Bullón o Cristina Faus, que harían doblete al igual que el excelente “cantaor” Jesús Méndez.

Mención especial para la Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo que dirige Pablo Moras porque con apenas 16 voces y mascarilla obligada, sonaron siempre presentes, especialmente los hombres, y afinadas incluso fuera de escena, todo un éxito que redondearían en la segunda obra, al igual que una orquesta en el foso redonda, equilibrada pese a los pocos efectivos, entregada, empastada en todas las secciones y mimada por el director mejicano invitado de la formación titular del festival que se asienta como la orquesta perfecta para la lírica asturiana.

Para La Vida Breve sería Virginia Tola la Salú protagonista junto a la abuela Cristina Faus, voces ideales para ambos roles, el contraste tímbrico y de color necesario, junto al gusto en el canto, la presencia escénica y una dramatización que en Falla es intrínseca en ambas. La soprano argentina tiene un color agradecido aunque pierda volumen en el registro grave, pero dominando de principio a fin su personaje, mientras la mezzo valenciana está en un estado óptimo vocalmente, un lujo su empaste, dicción y proyección, como pudimos comprobar en “la otra Salú”.

Igualmente importante el cuerpo de baile con coreografía de Nuria Castejón que lucieron en esta Granada totalmente granada, bien entendida y mejor llevada por todos, nuevamente el coro completando una velada exigente de alto nivel global. Pese a la sobriedad de la puesta en escena, con unos paneles móviles y momentos muy cinematográficos (más en “La Tempranica” con guiños al Stoker de Coppola), la iluminación ayuda a ese ambiente de rojo pasión, de rojo granada que envuelve la acción, junto a una boda donde el cantaor Jesús Méndez crucificado y la guitarra del lenense Jesús Prieto Sánchez-Hermosilla completaron un cuadro “jondo”, amplificados con primor y arropados por una orquesta delicada. También el herrero Gustavo Peña, la voz de la fragua, lució en esta breve pero intensa obra de final trágico.

El coro volvió a dejarnos su calidad habitual, con las intervenciones solistas de Vanessa del Riego entre otras, que ayudan a completar un elenco donde los llamados comprimarios juegan un papel importantísimo para redondear la representación.

Personalmente Falla sigue superando a Giménez, puede que realmente la gitana haya calado en dibujar su Salú, y colocar las dos obras en una misma función dan la visión global del ambiente internacional que la capital andaluza ha tenido en tantas músicas. Tanto el vestuario como la puesta en escena de Del Mónaco ayudan a disfrutar de la dramaturgia total, tal vez incomprensible en su momento pero que en estos tiempos donde todo parece ser revisable, no entorpecen el concepto primigenio.

Bien este arranque de temporada donde el público fiel soporta todas las restricciones, aunque seguro que esperan los siguientes títulos, la Zarzuela con mayúsculas tan lírica como esta función doble en horario anormal, pero demostrando continuamente que la cultura es segura y que Oviedo mantiene una tradición y capitalidad musical de la que esta semana es otro ejemplo, y desde aquí lo seguiré contando si nada lo impide desde La Viena del Norte español.

Necesario Jesús García-Leoz

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El compositor navarro Jesús García-Leoz (Olite, 1904 – Madrid, 1953) tenía que ser reconocido más allá de sus bandas sonoras (desde Balarrasa a su póstuma “Bienvenido Mr. Marshall“) o alguna página habitual en los recitales de nuestras grandes voces líricas, y al fin se ha llevado al disco su integral de canciones. Para ello nadie mejor que el pianista vitoriano, criado en Bilbao y madrileño universal Aurelio Viribay Salazar quien desde su cátedra en la Escuela Superior de Canto lleva toda la vida defendiendo nuestro “lied español“, rescatando del  olvido a tantos grandes compositores y descubriendo las voces ideales para defender este repertorio en público, pues mi admirado Don Aurelio es toda una autoridad demostrada a lo largo de tantos años dedicado al mal llamado oficio de “pianista acompañante”.

Si hace poco podía disfrutarle con el tenor cordobés Pablo García López en el CD Raíces, ahora pudo encontrar en la soprano pacense Mar Morán la voz para reencontrarse con García-Leoz en toda la plenitud interpretativa de ambos tras haberlas trabajado juntos en distintos recitales. Viajando hasta el estudio italiano The Spheres de Montesilvano (Pescara) en la primera salida posible tras el confinamiento (entre los días 6 y 10 de julio del pasado año) y masterizado en el Sequenza Studio de París para el sello Odradek Records (siendo el segundo CD dedicado a García Leoz de este sello norteamericano que en su catálogo cuenta con una grabación del pianista Rinaldo Zohk y la violinista Lilia Donkova con la Sonata para violín y piano, la Sonatina para piano y diversas obras pianísticas del compositor navarro), nos dejan veintiuna canciones para guardar, con un lanzamiento inicialmente previsto para el 20 de noviembre que se ha tenido que aplazar por las razones de todos conocidas hasta este 12 de febrero y al fin llega a casa para poder escucharlo una y otra vez en mi cadena con la sensación de tenerlos actuando solo para mí. Calidad de grabación, balances perfectos y unas partituras dignas de programarse en todas las salas.

En un cuidadísimo trabajo se presenta Luna clara, la primera de las “Cinco canciones” con poemas de J. Paredes que da título a este CD, con unas fotografías de calidad (que ilustran esta entrada), unas autobiografías sentidas por ambos protagonistas y hasta un estudio del propio Aurelio Viribay titulado “El Tríptico de García Leoz y otras dieciocho canciones” donde el magisterio y conocimiento de esta integral es ya de por sí otra aportación a la canción de concierto española.

Por supuesto no pueden faltar las letras y además traducidas al francés e inglés para ayudar a la difusión internacional que coloque a García Leoz en el sitio que le corresponde, y escuchando esta grabación entenderemos que va mucho más allá de su más conocido tríptico, que tampoco podía faltar al abordar esta primera integral para voz y piano, encontrando en Mar Morán la voz ideal para esta comunión letra – música del lied.

Las Cinco canciones sobre poesías de Juan Paredes (1934) demuestran el primor con el que el compositor navarro buscaba realzar con la música unas letras sentidas, excelente dicción de la soprano y la vestimenta a medida del pianista, cinco perlas donde el Romance es para engarzar en oro y el Pregón un envoltorio de lujo en este primer bloque.

Del Tríptico sobre poemas de García Lorca (1937) indicar la vigencia de esta populares canciones a las que no se han resistido las grandes voces femeninas, donde García Leoz vuelve a demostrar su dominio en la adaptación musical a los textos desde un acompañamiento de piano que no solo complementa sino que protagoniza de igual a igual estas tres páginas. Morán y Viribay amplían el catálogo de artistas que aportan frescura y dominio.

Las Seis canciones de Antonio Machado (1952) suponen otro descubrimiento en la escritura vocal desde el color vocal de la soprano extremeña que engrandece la poesía en dicción exquisita y un piano presente, avanzado en armonías con las dinámicas justas remarcando dramatismos y delineando versos, La noria poética que la música consagra como al Duero soriano del profesor sevillano.

Curioso comprobar la elección de poetas que hace García-Leoz, amor por la lírica que le hace entender y poner en el pentagrama unos poemas plegados a estilos tan diferenciados en función del texto, “adaptándose de forma camaleónica” como los define el propio Viribay. Así las Dos canciones sobre poesías de Juan Ramón Jiménez (1939) son el sur inspirador por luz y calidez que resulta atemporal sin geografías implícitas, el mismo océano universal de la Canción de cuna de Rafael Alberti (1941) o ese corazón de Rosalía de Castro (1951), la piel de toro bien entendida, mejor cantada y óptimamente tocada al piano.

Gerardo Diego también tiene su Villancico (1949) musicado, recogido, sentido, casi una oración, y dos obras que sin ser específicamente “de concierto”, cierran este tributo poético: la Serranilla sobre un poema de los hermanos Fernández Shaw (1948), casi goyesca y tributo a Granados, una romanza de la zarzuela “La duquesa del candil”, que ha trascendido como canción, más la cinematográfica Canción de la Malibrán (1951) como broche de un compositor al que la gran pantalla le sirvió de sustento (incluso como pianista en la época del cine mudo) aunque su inspiración poética nos ha dejado estas partituras que deben ser escuchadas más a menudo en los recitales y enfrentarse a ellas con el mismo tesón que hacen con las franceses o alemanas. No olvidemos que la aportación española está al mismo nivel, sin complejos, en nuestro idioma universal, exigente para la voz y con un pianismo muy cuidado del que Jesús García-Leoz es uno de nuestras señas de identidad como podemos comprobar gracias a esta Luna clara.

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