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Despedida por todo lo alto

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Domingo 16 de junio, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, concierto extraordinario cierre de Temporada. Juan Diego Flórez (tenor), Cécile Restier (piano). Obras de Bellini, Glinka, Donizetti, Lehár, Bizet, Gounod, Bizet y Verdi. Entrada: 58,50€ (descuento para abonados del ciclo).

Despedida por todo lo alto con Juan Diego Flórez (Lima, 1973) para un ciclo donde el tenor peruano llenó el auditorio poniéndolo en pie sin defraudar nunca, esperado concierto programado inicialmente para el 26 de mayo pasado cancelado por motivos de salud, pero que mantuvo el aforo y programa pese al apretado calendario de esta figura mundial, acompañado de una excelente pianista como  Cécile Restier (Paris, 1981) que tampoco defraudó, haciendo “olvidarnos” del habitual acompañante Vicenzo Scalera.

Obras bien elegidas con los “intermedios” de la pianista francesa en la línea habitual de estos recitales, comenzando con Bellini y tres de sus canciones de concierto aptas igual para cualquier tesitura, casi como arias, perfectas para ir calentando voz y dedos, siempre optando por tiempos adecuados a la buena dicción, Vaga luna, che inargenti, bien lenta, Vanne, o rosa fortunata, algo más ligera, y Ma rendi pur contento gustándose los dos intérpretes, especialmente el limeño.

Sin romper este inicio belcantista la pianista eligió a Mikhail Glinka y su Rondino brillante sobre un tema de Bellini de lucimiento personal claramente ejecutado para dar el descanso vocal antes del aria O di Capellio, generosi amici… È serbato a questo acciaro…L’amo tanto e m’è sì cara de “I Capuleti e i Montecchi” donde Flórez comenzó a dar lo mejor de la velada en el repertorio que domina como pocos.

No podía faltar Gaetano Donizetti, primero el poco escuchado Vals en La mayor (para piano solo) y después dos arias bien distintas: Una furtiva lagrima del Nemorino de “L’elisir d’amore”, recogido casi íntimo con un piano discreto (aunque siempre tengo que destacar lo complicadas que son las reducciones orquestales), y tras él volviendo a escena arrancando con el poderoso Edgardo de Tombe degli avi miei… Fra poco a me ricovero de “Lucia di Lamermoor” que cerró la primera parte en calidades “in crescendo” mostrando las cualidades que Arturo Reverter destaca en las notas al programa (enlazadas al inicio en obras): “exquisito, de voz clara y argéntea, de
probada técnica de emisión
” o las que destaca otro crítico como Javier Pérez Senz: “En el arte del buen cantar, Flórez es un maestro; difícil parece encontrar en la actualidad un tenor capaz de un canto más dulce y efusivo, más elegante y sabiamente fraseado“.

Con algo de escepticismo esperaba las arias de Franz Lehár porque idioma y estilo no me cuadran mucho con el color vocal de Flórez (mis referencias son 2K: KrausKaufmann) aunque no sea igual con piano que orquesta de cámara o sinfónica pero cantándolo desde hace años. Comenzaría con Dein ist mein ganzes Herz de “Das Land des Lächelns” algo plano, mejor el Gern hab’ ich die Frau’n geküsst de “Paganini” y culminando con más calidad y poderío el Freunde, das Leben ist Lebenswert de “Giuditta“, antes del Scherzo “vivace” de la Sonata en Re menor (para piano solo) y la parisina Restier luciéndose con el príncipe de la opereta.

No podía faltar ópera francesa, comenzando con una mejorable en estilo pero bien sentida y cantada La fleur que tu m’avais jetée, de “Carmen” (Georges Bizet) para proseguir con Charles Gounod pero no el Salut, demeure chaste et pure de “Faust” sino Ah lève toi, soleil de “Romeo et Juliette” que álguien del público contestó “mejor”, bien el enamorado Romeo tras el celoso Don José.
Siguiente número de piano solo retomando a Bizet con su Nocturno en Re mayor en las manos de Cécile Restier verdaderamente impecable antes del esperado Verdi con dos arias para rematar la faena demostrando que su repertorio se engrandece como el cuerpo de su voz: Oh dolore de “Attila” y La mia letizia infondere… Come poteva un angelo de “I lombardi” apasionado e incluso brillante, que volvieron a dejarme buen sabor de boca con el esperado, aclamado y mediático Juan Diego Flórez que regresaría al escenario cantando algunas de sus habituales propinas.

Guitarra en mano, público pidiendo a gritos canciones cual comanda de “trattoria”, su Perú del alma, comenzando con Chabuca Granda y el canto al gallo Camarón, seguido de un mix que dicen ahora De domingo a domingo en el día del padre en Hispanoamérica enlazado con el Cielito lindo, bromeando con todos, cercano, afable y simpático (su nombre en México es un santo al que se le apareció la Virgen de Guadalupe).
Todavía quedarían dos propinas más con Cécile Restier quien hubo de lidiar con una Granada (Agustín Lara) algo complicada de acompañar pero que Flórez paró con humor y guiños, incluyendo el giros “aflamencado” antes del agudo final, y un inesperado Calaf del “Turandot” pucciniano, el archiconocido Nessun dorma que me hizo saltar las lágrimas recordando a mi tío Paco al que enterrábamos por la mañana y hubiese disfrutado más que yo este concierto como buen melómano que me inició en este mundo único de la música.

Mejor despedida imposible.

Bacanal lírica

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Sábado 27 de abril, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Ermonela Jaho (soprano), Benjamin Bernheim (tenor), Oviedo Filarmonía (OFil), Alain Guingal (director). Música de ópera francesa e italiana.

Crítica para La Nueva España del lunes 29 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Saint-Saëns y la Bacanal de Sansón y Dalila fue premonitoria de una gala lírica que llenó el auditorio con abonados, habituales del Campoamor y seguidores venidos de toda España buscando la excelencia de dos figuras mundiales de actualidad: la soprano albanesa Ermonela Jaho y el tenor francés Benjamin Bernheim, arias y dúos conocidos de la ópera francesa e italiana donde ésta triunfó sobre la primera con una Oviedo Filarmonía pletórica bajo la batuta del director Alain Guingal.

Mucha expectación por escuchar a “La Jaho” que me defraudó aunque reconozca la entrega en cada papel, su presencia, la técnica e incluso el color vocal, así como la implicación en las obras elegidas, escenificando las heroínas operísticas que todos esperábamos. Pero cuando se abusa de recursos como el vibrato desmedido, los filatos y los portamentos hacia el agudo en todos los roles, dificilísimos por otra parte, rozando una afinación no del todo limpia, perdemos intensidad dramática y credibilidad, con ese amaneramiento que termina por pasar factura global en cuanto a calidad. No pareció estar cómoda ni en la Louise de Charpentier ni en la poco interpretada aria de Thais (Massenet) donde la bellísima y popular Meditación del concertino Mijlin eclipsó a la soprano en lirismo. La Manon francesa al menos dejó detalles a los que ayudó Bernheim (al que quiero dedicarle más espacio). Y la Adriana Lecouveur de Cilea volvió a dejarme con la miel en los labios, siendo más creíble su Mimí de La Bohème que cerraría el recital. Una voz la de Ermonela Jaho de colores desiguales que gana enteros en el medio y agudo, sobre todo en los fortísimos pero perdida en cuanto reitera los giros que dejan de sorprendernos a medida que avanzaba la gala. Al público le enamoran y aplaudió a rabiar, aunque reconocerle solo la técnica es poco para una estrella que triunfa en todo el mundo con su presencia escénica.

Asombroso Benjamin Bernheim desde la primera nota de su Fausto (Gounod), potencia, gusto en su línea de canto, robustez en la emisión y amplia gama dinámica que ayudaron a convertirlo en mi triunfador de la noche. Su Werther (Massenet) del “Pourquoi me réveiller” está a la altura de los mejores tenores actuales, el francés no lo nasaliza, es su lengua materna, el sonido es redondo, claro, y con Puccini Rodolfo brilló más que Mimí, si bien el empaste de ambas voces resultó ideal, debiendo “plegarse” a la soprano en los finales donde Bernheim siempre estuvo sobrado. Me puso la piel de gallina con “Che gelida manina” y los dúos con Jaho los ganó no ya por presencia o heroísmo sino por musicalidad.

La entrega de los dos cantantes fue completa, semiescenificando las entradas, puerta lateral incluida, usando la barandilla y la escalera; Guingal no bajó volúmenes en ningún momento por esa tentación sonora siempre inevitable ante la respuesta efectiva de la OFil que se lució desde la Bacanal y aún más con la obertura verdiana de La fuerza del destino, como si quisiera presagiar que el sino de la noche sería del tenor más que de la soprano. Puccini rey de la gala desde el Intermezzo de la otra Manon, Lescaut, hasta el final del primer acto de La Bohème que cerraría programa. El público quiere escuchar lo que conoce y Oviedo sabe mucho de la ópera italiana que ama sobre todas las demás.

Las propinas mantuvieron la línea de todos: orquesta madura y segura, Guingal pisando el acelerador dinámico aprovechando la potencia de las partituras, una impecable “furtiva lagrima” del elisir donizzetiano con un Nemorino Berheim rozando la emoción máxima; “O mio babbino caro” algo descafeinado para Lauretta Jaho, acelerado y poco convincente canto a “papaíto” como creo sintió la propia albanesa, que a continuación siguió con Puccini para transformarse en la Tosca de “Vissi d’arte”, más apropiado a su voz dramática quitando algo del mal sabor de boca, para brindar finalmente como Violetta con Alfredo Berheim en La Traviata verdiana que tantos éxitos le ha dado, alzando la copa por el tenor francés que triunfó en Oviedo.

Concierto para aficionados a la ópera y seguidores de figuras con renombre, congratulándome de la gran orquesta que es ya la OFil, sobremanera en el “repertorio de foso” que se ilumina sobre el escenario.

No hay dos sin tres

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Viernes 17 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXX Temporada de Ópera: “Viernes de ópera” L’elisir d’amore (Donizetti). Producción de la Deutsche Oper am Rhein. Reparto: Sara Blanch (Adina), Pablo García-López (Nemorino), Michael Borth (Belcore), Pablo López (El doctor Dulcamara), Marta Ubieta (Giannetta). Coro de la Ópera de Oviedo (Elena Mitrevska, dirección del coro), Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), Óliver Díaz (dirección musical).

Viernes de fiesta con un reparto joven para otro elixir que resultó mágico de nuevo pese a ser el tercero que llevo, grandeza de la ópera, de la música y de todo arte en vivo, con sorpresa en el cambio a última hora del otro catalán Nemorino Marc Sala por el cordobés Pablo García-López, mi admirado tenor que volvía a darlo todo en Oviedo.

Salvo Giannetta Ubieta que tendría “su cuarto parto”, el cuarteto protagonista era nuevo y sin nada que envidiar al primer reparto, muchísimo más equilibrado en conjunto con un coro nuevamente excelente, seguro, llenando literalmente la escena y plenamente rodado, sumándole una OSPA aterciopelada tocada por la varita mágica del asturiano Óliver Díaz que nuevamente meció la escena, ayudando a los cantantes, respetando las dinámicas pero sobre todo imprimiendo ese carácter propio ideal para este juguete de Donizetti donde los momentos jocosos se alternan con recogimiento en la dualidad razón y corazón reflejada en el discurrir musical de este elisir maduramente juvenil.

La escenografía, luces, vestuario, creo que están suficientemente comentadas en las dos entradas anteriores, más esta vez desde una posición en plantea envidiable a la que sumar las fotos que intentan acercar esta producción a quienes no hayan asistido pues ya me encargué personalmente de “tripetir” como en 5º de carrera, aunque en la Web de la Ópera de Oviedo las hay mucho mejores.

Este “viernes de ópera” registró una excelente entrada, siendo el público más agradecido con los cantantes y aplaudiendo en números obviados en otras funciones, también con algunos melómanos y críticos bisando función para escuchar nuevas voces en la temporada ovetense, un elenco del que quiero comenzar por mis dos tocayos.

El Nemorino cordobés Pablo García-López resultó para muchos una sorpresa en esta vuelta al Campoamor tres años después, más si supiesen que tan solo pudo hacer la segunda parte del ensayo general, que defendió su rol haciéndolo propio de cabo a rabo, con ese color de voz ideal para el joven idiota por enamorado aunque noble de sentimiento, alocado por la edad, lleno de matices y ánimos de tenor bien enfocado en sus papeles, haciéndose querer por todos dentro y fuera de la escena, empaste ideal con el resto del reparto, amoldándose en cada intervención a los paternaires, pero también gozando de sus arias como la siempre esperada furtiva lágrima que cantó con aplomo, gusto, naturalidad y sello personal muy aplaudido.

Y excelente el mallorquín Pablo López, un doctor Dulcamara más joven que Corbelli, de baleares colores dorados en vez de violetas italianos pero sobre todo con voz rotunda, profundidad y agilidades limpias (ahora lo llaman bajo barítono) necesarias para hacer más creíble aún al charlatán vendedor de remedios para todo, coctelero de moda en esta boda que como sus compañeros mostrará las dos caras del personaje, embaucador y pícaro aunque de corazón noble, compartiendo con Adina momentos de excelencia escénica vocal y actoralmente, sobre todo en la barcaruola a due voci  genialmente cantada por ambos con verdadera ventriloquía causando risas sinceras.

Llego a la debutante Adina de Sara Blanch, una soprano tarraconense que metió al público en el bolsillo por presencia física y vocal más que suficiente, registros homogéneos difíciles de encontrar en voces jóvenes, dinámicas generosas unidas a un color brillante perfilaron a la caprichosa Adina jugando con todos, dúos, concertantes y arias pugnando en entrega con sus compañeros. Si de Nemorino destacaba empaste, sus dúos con él fueron bellos y cantados con musicalidad bajo el ropaje  y magia de la “varita” de Óliver Díaz con la OSPA, llevando al final feliz en todos los sentidos.

Completó el Sargento alemán Michael Borth un cuarteto protagonista con solvencia, presencia, limpieza vocal y seguridad, vestido de suboficial marinero impoluto como sus intervenciones, escalafón militar superior vocalmente al “titular” americano Parks, resolutivo por su papel con oficio y musicalidad, dando al elenco joven un equilibrio y homogeneidad digna de primera función.

Tengo que volver a citar al coro que dirige Elena Mitrevska por su profesionalidad, exigencias presenciales no ya vocales sino escénicas, llenando de colorido y acción una boda con tantos invitados, aún más reflejados en los espejos de la caja, movimientos complicados que en esta cuarta representación encajaron perfectamente con la figuración cantando con volumen y dicción perfectos. Y mención especial a las chicas que junto a la soprano bilbaína Marta Ubieta nos dejaron esos momentos hilarantes de contracciones en espera del parto, el “acoso” al Nemorino heredero de su tío o el secreto compartido rápidamente desde los “celulares” con guiño actual que este elixir soporta como pocos. Bravo por el coro.

Una verdadera fiesta de color y luz que pude disfrutar desde tres butacas distintas con dos repartos de un título que nunca defrauda, por el que seguirán apostando todos los grandes teatros, contando en Oviedo con el mago Díaz al frente de esta fiesta lírica y ayudando a elevar los niveles de calidad.

La ópera de Oviedo ha sabido a lo largo de estos años dar oportunidades a nuevas voces que terminarán apareciendo en los primeros repartos además de asegurar posibles bajas (lo que se llama “cover”), y ofrecer cada temporada obras de siempre junto a títulos menos transitados, abriendo la capital a nuevos públicos de dentro y fuera de Asturias para apostar por la cultura como seña de identidad en esta “Viena del norte” además de un destino turístico como pocos.

P. D.: Dejo a continuación el reportaje de La Nueva España sobre el segundo reparto:

Elixir mágico

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Jueves 16 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXX Temporada de Ópera: L’elisir d’amore (Donizetti), tercera función. Entrada último minuto: 15 €, anfiteatro lateral.

Quienes me conocen e incluso me leen, también saben de mi afición por las terceras funciones en Oviedo, pasadas las tensiones del estreno y ya rodada la función sin la “relajación” que pueda suponer la última, por lo que repetía título en mi preferida volviendo a confirmarse que la ópera es verdadero elisir, magia capaz de enamorar cada vez porque no hay dos iguales, porque hay otra ubicación, porque nuestros estados de ánimo son diferentes como el de los intérpretes y así múltiples razones para no ser tildado de friki, obsesivo o directamente loco por la música.
Si el domingo acudíamos a una boda, este jueves disfruté como una luna de miel porque pude recrearme en otros detalles, olvidarme de los sobretítulos (en mi juventud no existían), perderme parte de la escena como el juego de espejos o el fondo del escenario, pero centrarme en la música siempre al servicio de la palabra por parte de todos en una ópera cómica como pocas y bien entendida en esta producción alemana.

Es cierto, como comentaba con algún aficionado al filo de las once de la noche, que nuevamente todo funcionó mejor tras el descanso, puede que por efecto de este elisir resultando más que vino francés sidra asturiana que hasta se escanció, aunque Borgoña o Bourdeos puedan tener más historia, y siempre chispeante con los momentos típicos, que no fases de la borrachera, de ese punto de “alegría” sin caer en la embriaguez: soltar la emoción, perder los miedos, vuelta a la cruda realidad y un final feliz, tal y como Donizetti entiende esta comedia no exenta de pasajes hondos bien entendidos por parte de todos con cánticos regionales convertidos en morcillas tipo “tócala de nuevo Sam” o tararear el inicio de la marcha nupcial de Wagner.
La OSPA con el maestro Óliver Díaz de responsable musical total, volvió a ser el ropaje perfecto de la acción, calidad y cercanía en todas las secciones, aires ayudando y presencia equilibrada sin perder matices, con el coro titular más centrado en todo, a tiempo, afinados, de dinámicas variadas, feliz complemento sobre las tablas con las chicas verdaderas actrices “secundarias” completando una puesta en escena almodovariana en cuanto a luz, color, vestuario y argumento (las contracciones del parto en plena boda) sin perder calidad en el canto con la novia Giannetta Ubieta más protagonista de lo esperado porque además de su omnipresencia cómica poniendo el toque casi hilarante, unió la excelencia en su línea de canto, fórmula ideal para triunfar con un par de intervenciones vocales en un auténtico regalo escénico.

El Sargento Parks o Edward Belcore si se me permite el juego de palabras, volvió a ser el personaje inmenso por presencia pero esperando mejoría en sus agilidades. Tiene volumen y tablas, color vocal bueno y no hablemos de un registro amplio pero no es un barítono con el perfil deseado o al menos falta redondearlo, esperando más limpieza de emisión aunque todo acabe compensándose por disfrutarlo desde una visión global, luminosa y festiva de este Elisir.
El doctor Corbelli volvió a servir las mejores compuestas de la noche, el barman Dulcamara jocoso, brillante experiencia capaz de cantar esos trabalenguas con esdrújulas, armar unos tríos donde su voz empasta con todas, y hasta enamorar con Adina abriéndonos los ojos a la seducción del corazón sobre la mente con otra barcaruola simpatiquísima. Recordaré al maestro Alessandro como el perfecto equilibrio anímico sin renunciar a la palabra musicada de todo bufo con alma sensible, augusto más que clown.

De Nemorino Bros nuevamente mi total rendición a su entrega total, toda una gama de buen hacer y gusto llenando escena en pleno jolgorio con Quanto è bella… o la plenitud de la soledad de Una furtiva lagrima nuevamente emocionante, recreada, luminosa en la penumbra y arrullado por una orquesta a su servicio, sin bisar pero merecido. Sus dúos con Adina además de complicidad y musicalidad extrema nos dejaron una línea de canto bien entendida y sentida por ambos.

Dejo para el final a mi querida Beatriz Díaz, la Adina por antonomasia y con un Nemorino creíble, la soprano asturiana en plena madurez vocal y física para hacer suyo un rol muy complicado vocalmente pero cantado con esa facilidad aparente al alcance de muy pocas voces, aplomo, seguridad en todos los registros pero siempre volcada en comunicar todos los estados de ánimo de su personaje con una paleta de matices aún mayor que el colorido vestuario de las damas invitadas a esta boda de Giannetta.

El belcanto así se debe entender, comunicar todo con la voz y transmitir tantas y distintas situaciones en poco tiempo: coqueteos, preocupaciones, celos, compasión, maquinaciones, enfados, mentiras y finalmente triunfando el amor sin engaños líquidos con total entrega vocal. Cada escena sola, en dúos, concertantes o tutti, nuestra Adina allerana volvió a demostrar que es muy grande y capaz de acallar todo un teatro con unos pianísimos bien respetados desde el foso y lucirse en un agudo sobre la masa sonora final, omnipresente con todos los matices y una técnica envidiable.
Para los que la disfrutamos en Don Pasquale hace ya cuatro años, era normal que con este elixir volviese a enamorar a sus paisanos y todo el que se acercase estos días al Campoamor. Ahora me toca esperar su debut mozartiano en Málaga, que prometo si nada lo impide, contar desde aquí.

Del resto podría remitirme a lo escrito el domingo de madrugada recién llegado a la aldea. De lo nuevo para este viernes con el llamado reparto joven, habrá que esperar al sabato pomerigio

Boda con elisir

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Domingo 12 de noviembre, 19:00 horas. Teatro Campoamor, LXX Temporada de ÓperaL’elisir d’amore (Donizetti). Producción de la Deutsche Oper am Rhein. Reparto: Beatriz Díaz (Adina), José Bros (Nemorino), Edward Parks (Belcore), Alessandro Corbelli (El doctor Dulcamara), Marta Ubieta (Giannetta).

Dirección de escena: Joan Anton Rechi; diseño de escenografía: Alfons Flores; diseño de vestuario: Sebastian Ellrich; diseño de iluminación: Alfonso Malanda. Coro de la Ópera de Oviedo, Elena Mitrevska (dirección del coro). Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias, Óliver Díaz (dirección musical). Entrada delantera de principal: 110 €.

Tercer título de la temporada con una boda por todo lo alto gracias a la idea de Rechi para una ópera bufa que parece soportar cualquier escena, desde mi primer carbayón en 1973 de bancos y rejas, uno histórico en 1982 año del Mundial, a la llanisca y universitaria de Emilio Sagi y Julio Galán también de los felices 90, o la Commedia dell’Arte en La Fenice de 2010, hoy recordada con varios amigos, pasando por esta sencilla pero resultona boda donde un techo de copas, mesas y sillas con una iluminación excelente que nunca debemos olvidar, sumando el colorido del vestuario en la gama de Calatrava para la T4 de Barajas ayudaron a disfrutar de un elenco vocal de altura, amén de críticos que lo vendiesen antes de escucharlas.

Dos voces de celebración y queridas en Oviedo como José Bros y Beatriz Díaz dieron vida a la pareja protagonista, veinticinco y quince años respectivamente para volver a coincidir este 2017 unidos en esta boda.
El Nemorino del barcelonés ideal en su voz, exigente desde su primera aria y esperando todos la lágrima furtiva, lo más aplaudido, para un rol que como decía Pachi Poncela en la “obertura” recuerda al Jack Lemmon de Wilder buscando paralelismo entre estos dramas cómicos con ese tinte casi trágico. Bella línea de canto, emisión sobrada, gusto en la escena y triunfador como su personaje.
La Adina de la allerana ha ganado en madurez desde la recordada veneciana, capaz de transitar estados de ánimo tan distintos a lo largo de la obra y con unos matices inolvidables en cualquier registro, seguridad en los agudos siempre claros y un grave redondo, jugando con su voz y empastando siempre con los compañeros, uniendo sus excelentes dotes como actriz para recrear este personaje que le va como anillo al dedo en un final feliz de este regreso a casa. Sus parejas fueron un regalo con ella: la altura de Belcore sumando comicidad, la barcarola con el doctor un juego visual de ventriloquía al que se sumó el coro, más el enamorado Bros ideal, una alegría comprobar complicidad y gestos cariñosos que llegan al público.
Dulcamara Corbelli aportó la sabiduría de los años para este charlatán transformado en el barman de moda capaz de vender una compuesta al mismísimo director musical, parlati y canto gastado pero esperado de trabalenguas canoros en un personaje de vuelta en la vida y todavía en activo como el barítono turinés, entregado y cómico con momentos memorables amén de la barcarola más la última y esperada entrada por el patio de butacas con más elisir para el fin de fiesta.
El Sargento Parks fue calentando a medida que avanzaba la trama, aunque su color vocal no sea esmaltado ni homogéneos sus registros, pero acabó como su personaje, bien pero sin triunfar ni enamorar. Y un placer Giannetta Urbieta, simpática novia de parto retrasado y feliz, convincente y sobrada en volúmenes tanto en arias como concertantes, redondeando un elenco muy homogéneo para este Donizetti bufo, donde la figuración estuvo al mismo nivel que los músicos.

Sin ánimo de repertirme, el Coro de la Ópera sigue siendo una garantía de profesionalidad y buen hacer sobre las tablas, yendo un poco a remolque al inicio hasta que fue avanzando la boda, más protagonismo de ellas que de ellos pero todos solventes y sumando positivos a la globalidad.
De la OSPA la seguridad en el foso con solistas de altura como el fagot o la trompa, sonoridad bien llevada por el maestro Óliver Díaz, que debutaba en la ópera ovetense (¡ya era hora!), siempre atento a dinámicas y entendimiento con la escena, algo lenta la primera aria de Belcore ayudando a las agilidades, pero siendo una lástima no tener un clave en vez del piano vertical ¡y desafinado! que hubiese enriquecido la tímbrica de unos recitativos no siempre acertados para preocupación de los solistas.
La producción, como ya comenté, sencilla y adecuada para este melodrama por el que no pasan los años, con buenos movimientos escénicos que ayudaron a la agilidad de la acción y pararla cuando así lo requería el libreto (caso de la famosa lágrima final de Nemorino), y la angustia de unas copas que crearon sensación de fragilidad como la propia relación de la pareja protagonista que termina asentándose y convirtiendo en luces de fiesta un cristal “de pega”, lo único irreal de este elixir que continúa enamorando.

¡Qué padre!

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Viernes 10 de noviembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Javier Camarena (tenor), Guadalupe Paz (mezzosoprano), Oviedo Filarmonía, Iván López-Reynoso (director). Arias y dúos de ópera.

La Academia Mexicana de la Lengua define la expresión, derivada del español, padre ‘muy grande’, adjetivo que significa muy bueno, muy bonito, estupendo, admirable (por ejemplo, esa muchacha está padre). Se usa también en aumentativo: padrísimo, padrísima. Personalmente la escuché a nuestra “hija mexicana” tras una ruta asturiana donde no faltó la gastronomía con ese significado de “qué bueno” y así quería titular esta entrada donde mi “México lindo y querido” hermano tuvo todo el protagonismo lírico de este viernes que recordaremos todos los aficionados a la ópera, que en Asturias somos muchos, rendidos ante un espectáculo de buen hacer.

Trío de artistas mejicanos encabezado por el tenor del momento, un Javier Camarena de canto natural y espontáneo en todo lo que hace, pareciendo fácil lo difícil, además de emocionarnos, empatizar, disfrutar de nuestra tierra y desplegar una línea vocal que todavía le dará muchos más éxitos en una carrera a la que no vislumbramos punto final. Con él una mezzo de las que hay pocas en la actualidad como Guadalupe Paz, de registro amplio y homogéneo, bello, carnoso con una musicalidad notable; y el director Iván López-Reynoso que completó una velada irrepetible, sacando de la Oviedo Filarmonía todas sus cualidades demostradas hace tiempo en el foso del Campoamor elevándolas al auditorio, con entendimiento total, tanto en las oberturas como en los dúos y arias de sus compatriotas (algo tiene México para las voces), sonoridades redondas, dinámicas amplias adecuadas a los cantantes, y una plantilla levemente reforzada que redondeó una velada musical de altura hasta las once de la noche.

La primera parte trajo el belcantismo en estado puro donde el xalapeño Camarena es reconocido mundialmente, comenzando con Donizetti y la obertura de su “Anna Bolena” o el Povero Ernesto… Cercherò lontana terra… de “Don Pasquale“, destacando con el trompeta solista, y antes un Bellini igualmente presente en el entregado Romeo È serbato questo acciato de “I Capuleti e i Montecchi“, y por supuesto el irrepetible Rossini cambiando al conde Ory por el Ramiro de “La Cenerentola” previsto para cerrar de agilidades impecables, limpias, cantando mentalmente un coro que hubiera sido completar espectáculo, pero dejando de final su aclamada “Aria de los 9 do de pecho“, Ah! mes amis de “La hija del regimiento” para éxtasis de los aficionados en un francés perfecto. Intentar expresar con palabras lo escuchado en el auditorio ovetense es difícil porque cada aria en la voz de Camarena es un placer auditivo y una lección de canto, sutileza, musicalidad, seguridad total, estando arropado por una orquesta plegada al tenor donde el director de Guanajuato se mostró dominador del siempre difícil arte de la concertación amén de captar la intención de cada compositor, dejándonos una obertura de Il turco in Italia excelente. De las calidades y cualidades del tenor remito a las notas al programa “Cita con el bel canto” de mi tocayo Meléndez-Haddad buen conocedor de la trayectoria del mejicano al que ha disfrutado muchas veces en distintos escenarios mundiales.

Pero no me olvido de “Lupita tijuanense” porque Guadalupe Paz me sorprendió gratamente desde su primera aria de “La donna del lagoTanti affetti in tal momento… Pra il padre rotunda y bien cantada así como el dúo semiactuado con “Ramiro” Camarena Tutto è deserto… Un soave non so che de la Cenicienta rossiniana arrebatadora desde la inocencia de un rol difícil de cantar como lo hizo la mezzo mejicana.

Tras la generosidad vocal de la primera, la segunda parte aún resultaría más pletórica si cabe abordando distintos páginas grandiosas de la ópera por parte de todos los intérpretes, con la sabrosa pincelada donizettiana del dúo de “Maria Stuardo” Era d’amor l’immagine

El francés Berlioz y su obertura op. 21 Le corsaire ágil, limpia y contrastada por la OFil con López-Reynoso prepararon el ambiente para el “Werther” de Massenet con Guadalupe Paz interpretando la conocida aria de las cartas Qui m’aurait dit la place… y Javier Camarena un Pourquoi me réveiller que me hizo reencontrarme con una línea de canto única casi olvidada, matizada, bien fraseada y la sensación de plenitud sin arrogancias ni esfuerzo aparente. Dos números grandiosos antes del encuentro verdiano.
La obertura de “Nabucco” resultó gratificante en su interpretación bien dibujada por el maestro mejicano y respondida al detalle por los músicos de la filarmónica local, todas las secciones bien ensambladas destacando unos trombones orgánicos y una cuerda tersa, presente y clara antes de llegar al “fin de fiesta” de Camarena y Paz para deleitarse. El “duque de Xalapa” nos dejó un Ella mi fu rapita!… Parmi veder la lagrime emocionante, arropado por una dirección orquestal a su altura, como si el tenor descubriese un registro dramático sin perder lirismo, redondeado y cómodo, un “Rigoletto” esperado en la escena con reparto a la altura del mejicano.

Lupita Paz no quiso quedarse atrás en el festín verdiano, del verde inicial al rojo pasión, colores de su bandera junto al blanco para una Princesa de Éboli tan hispana en el “Don Carlos” francés con su aria Nei giardin del bello exigente y agradecida, giros casi flamencos de espíritu, recreándose en agudos del mismo color que los graves en esta “Chavela operística” para descubrir excelencias que por estos lares también triunfan. Quedaba el remate de Javier Germont o Alfredo Camarena, “La Traviata” querida con la bellísima aria Lunga da lei… cantada de nuevo con colores intensos y fraseos impecables, sentimiento en un personaje que le viene al tenor en un momento dulce de su carrera llevado en volandas por una orquesta también madura bajo la batuta de una realidad como el maestro mejicano.

Habría más regalos en esta fiesta, tricolor también por las obras y compositores elegidos aunque como bien decía el tenor “podría empezar de nuevo” aunque no traía rancheras, tal era su satisfacción tras dos horas largas de exigencias para todos, pues no debemos olvidar que estos recitales resultan más duros que una ópera completa.

El Danzón nº 2 de Arturo Márquez entendido por López-Reynoso desde su propia tierra y compatriota, el ritmo y tempo exacto de un auténtico danzón sin exageraciones, con la orquesta (a la que se sumó percusión y piano) traduciendo el magisterio del folklore llevado a la sala de conciertos. Y mi siempre recordada leonesa (de Guanajuato) María Joaquina de la Portilla Torres, hija de padre español y madre mejicana, conocida artísticamente como María Grever, una embajadora de nuestro idioma en los EE.UU. con un método “Aprenda usted español con el bolero“, emigrada y afincada en Nueva York, excelente compositora de melodías inolvidables, eternas porque la buena música no entiende de etiquetas y menos para omnívoros como un servidor, incluso cuando las interpretan voces como Camarena y Paz en arreglos orquestales que elevan aún más la calidad de su compatriota.

Primero el tenor sin pirotecnicas vocales y sentimiento patrio lleno de musicalidad innata con Alma mía, inmortalizada en su momento por José Mojica y que no hubiera importado amplificar como hacen en este género pero defendido por todos sobre el escenario, acallando estornudos aunque sin evitar la huída de un público cuyo reloj parece lanzarlo fuera de la sala antes de disfrutar los obsequios (me parece una falta total de educación). Y Júrame a dúo con Guadalupe pusieron las once campanadas de un año lírico con estrellas en el firmamento de este Oviedo al que sigo llamando “La Viena del Norte” español por la calidad y oferta que la crisis no ha recortado con el esfuerzo de todos. Camarena eclipsó y no decepcionó pero no se olviden de Lupita e Iván.

P. D.: Imposible sacarse una foto con Javier pese a las peticiones del “Cenáculo musical” de ambos lados del Charco, especialmente de Santo Domingo (besos para Catana y Ana María) o de “nuestras operísticas” Margarita Mitrov y Rosa Ulacia. Sirva esta crónica con fotos para acercarnos aún más.

Se detuvo abril

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Domingo 30 de abril, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Piotr Beczala (tenor), Coro de la Ópera de Oviedo (directora: Elena Mitrevska), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de: Verdi, Massenet, Rossini, Donizetti, Bizet, Gounod y Puccini.

No se puede pedir más para terminar una semana grande de abril en Oviedo, “La Viena del Norte” que el debut en Asturias del mejor tenor del momento, el polaco Piotr Beczala que vino con lo mejor del repertorio operístico francés e italiano acompañado por la habitual orquesta del foso del Teatro Campoamor (qué bien hubiera estado tenerlo para celebrar los 125 años) con Conti en su progresiva despedida musical, y el Coro de la Ópera de Oviedo, un broche de oro para una programación digna de las grandes capitales culturales, y la asturiana es una de ellas aunque los gestores miopes sigan pensando que la cultura es otra cosa.

Verdadero festival operístico de arias y coros de ópera sin escatimar esfuerzos por parte de nadie desde la obertura de I vespri sicialini (Verdi) bien llevada por la OFil y Conti en planos y tiempos antes de la primera aria de Beczala, “Di’tu se fedele il flutto m’aspetta” de Un ballo in maschera, verdadera piedra de toque para casi todos los grandes tenores líricos de la historia, muchos de ellos pasando por el centenario coliseo carbayón, y el polaco pasando a engrosar la larga lista, en estado vocal y físico perfecto para cantar Riccardo, timbre hermosísimo, color homogéneo en todos los registros con un cuerpo de auténtico tenor, bien acompañado por una orquesta esta vez detrás, lo que no siempre tuvo en cuenta el director florentino que apenas se “apiadó” por mantener los matices escritos aunque siempre atento al polaco que sí lo cantó todo, graves poderosos, medios fuertes y agudos seguros con el exigente salto descendente de octava y media que casi nunca escuchamos, pese a estar en la partitura, bien acompañado por el coro ovetense en estado de gracia.

Comentábamos unos cuantos que peinamos canas al descanso que Alfredo Kraus será para muchos de nosotros el verdadero y genuino Werther de Massenet, casi el único, poniendo el listón tan alto que su referencia estará siempre presente “por los siglos de los siglos”, sobre todo en Oviedo donde aún se le recuerda como si fuera ayer. “Pourquoi me réveiller” en la voz de Piotr Beczala alcanzó casi la esencia del canario, poderosamente lírico, línea de canto ideal, emisión perfecta y sobre todo emoción, levantando los primeros bravos de un público que no llenó el Auditorio, tal vez por el llamado “puente de Mayo” aunque no faltaron muchos habituales de la temporada ovetense, que seguramente estuvieron en el Liceu escuchando al polaco en este rol.

Las voces graves del coro de la ópera cantaron el conocido coro de aldeanos “Quel jour serein le ciel présage!” de Guillermo Tell (Rossini) porque en una gala lírica no podía faltar “el Cisne de Pesaro” aunando Italia y Francia, feliz interpretación y notándose ya la mano de Mitrevska en color, empaste y amplia gama de matices en todas las cuerdas.

Una de mis óperas preferidas, y puede que más escuchadas en vivo, es Lucia de Lammermoor (Donizetti) con representaciones históricas y varios Edgardo para el recuerdo (por supuesto Kraus a la cabeza) por lo que poder escuchar “Tombe degli avi miei” cantado por Beczala me emocionó particularmente, más al comprobar que pese a los aplausos y con los hombres del coro en pie todavía quedaba el suicidio, esa bella alma enamorada (“Tu che a Dio spiegasti l’ali, O bell’alma innamorata…“) donde solo faltó Raimondo preguntando con voz de bajo profundo “Che facesti?” al desdichado, porque nuevamente quedó demostrado el escalafón tenoril con un Piotr poderoso e íntimo, cantando lo escrito desde la recreación del personaje a pesar de lo destemplada de una orquesta cuyos metales nunca fueron matizados desde el podio. Un placer este final de “mi Lucia” en la voz del tenor polaco.

Si la primera parte nos dejó boquiabiertos, quedaba la segunda nuevamente con lo mejor del repertorio francés e italiano. El Preludio del acto III de Carmen (Bizet) bien llevado por Conti que olvidó hacer saludar al arpa acompañante del solo de flauta a cargo de Mercedes Schmidt, dio paso a la conocidísima aria de la flor, “La fleur que tu m´avais jetée” que no puede cantarse mejor ni con más gusto, incluyendo el agudo pianísimo tan difícil y nuevamente con la orquesta algo “pasada de matices” que no taparon la emisión perfecta del polaco, con una cuerda aterciopelada en esta verdadera recreación de un Don José de referencia en este siglo.

Aún cercano el Fausto (Gounod) del Campoamor, volvimos a disfrutar con el coro de soldados (“Gloire immortelle de nos ayeux”) a cargo de las voces graves potentes, afinadas, de dicción perfecta y con la OFil sobre el escenario antes del aria “Salut Demeure chaste et pure” con un Beczala bordando el personaje en toda su expresión, poco ayudado por la orquesta, con unos agudos brillantes algo tapados, el registro medio redondeado y sobre todo una musicalidad que devuelve su Fausto al nivel de nuestro Kraus, algo de agradecer en tiempos de penurias tenoriles salvo contadas excepciones (cancelaciones aparte).

Teniendo un coro en escena no podía faltar “Va pensiero, sull’ale dorate” de Nabucco (Verdi) que las voces de nuestra temporada operística cantaron de memoria sentido y bien acompañadas de una OFil con Conti bien matizado como era de esperar en un canto que casi se convierte en el himno de los oprimidos a lo largo de una historia que seguimos escribiendo y coro popular nunca populista.

El fuego lo pondría Il Trovatore (Verdi) con la comprometida aria “Di quella pira” donde Manrico Beczala no pareció estar a gusto, con menos “fiato” del esperado aunque abordando todas las notas de la partitura y con poca mano izquierda de Conti que estuvo más pendiente de las entradas y el “tempo” que de los matices, a punto de quemarse en esta pira verdiana pese a un coro de hombres perfecto cantando “All’armi” como el tenor

Pocas veces se puede escuchar en un recital “Nessun dorma” de Turandot (Puccini) completo, un lujo y verdadero placer en las voces de Piotr Beczala y el Coro de la Ópera de Oviedo ideal, perfecto cierre de un concierto para el recuerdo donde las propinas estuvieron a la altura del Calaf polaco.

Si en la primera parte se nos suicidaba Edgardo, Mario Cavaradossi antes de ser fusilado canta “adiós a la vida” en Tosca (Puccini), la conocida aria “E lucevan l’estelle” que el polaco cantó a gusto y con gusto, la OFil contenida para disfrutar del poderío y buen cantar de un tenor triunfador en Oviedo.

No estamos acostumbrados a la opereta aunque la conocemos y suele programarse en recitales. Beczala también tiene en los suyosLehár que no podía faltar (¡ay, me muero si llega a estar con la Netrebko!) y más teniendo al coro de hombres de la ópera de Oviedo, “Freunde, das Leben ist lebenswert” de Giuditta, más el extraordinario violín solista de Andrei Mijlin, matices impresionantes, juego con el “rubato” bien entendido por Conti, musicalidad a raudales y otro regalazo antes del “Core N’grato – Catari” (Salvatore Cardillo), nuevo recuerdo, legado o tributo a Kraus y la lírica de la canción popular napolitana (faltó la mandolina) bien interpretada por todos para una lección de buen gusto a cargo del mejor tenor actual sin lugar a dudas por lo escuchado en Oviedo deteniendo abril…

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