Inicio

Poca espiritualidad y ninguna inspiración

Deja un comentario

Viernes 16 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “Espiritualidad II”, abono 6 OSPA, Marta Mathéu (soprano), Marina Rodríguez Cusí (mezzo), Evan Johnson (tenor), Joan Martín-Royo (barítono), Coro de la FPA (José Esteban G. Miranda, maestro de coro), Rossen Milanov (director). Obras de Haendel y Schubert.

Repertorio poco transitado con el título de “Inspiración II” en la revista, que realmente era “Espiritualidad II” según la propia web de la OSPA (ya renovada) con la vuelta del director titular al frente, volviendo a tener un día poco inspirado. Sobre la Música Acuática o Water Music de Haendel escribe ampliamente Joaquín Valdeón en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio de la página en Facebook© de la OSPA) optando según estaba previsto por la Suite nº 1 en fa mayor con la mejor formación para el Barroco que no debe  olvidarse, a base de la mejor plantilla para la ocasión, con la cuerda, clave, dúo de trompas y oboes más fagot. Desconozco la edición de bolsillo manejada por Milanov aunque los diez movimientos o aires de su elección no corresponden con lo anunciado en la programación de la revista ni se indican en la web, solo “selección de suites” (y cuyo orden siempre es orientativo) no coinciden con los habitualmente manejados y grabados, ni tampoco el espíritu del alemán nacionalizado británico. No se acertó tampoco con la combinación de tiempos, ritmos o compases contrastantes de este periodo y con poco rigor histórico los músicos se limitaron a las partituras sin brillar como era de esperar, sin la pulsión mecánica necesaria, aunque tuvieron momentos de lucimiento, destacando el trío de madera (que no necesita dirección) por la calidad que atesoran, dejándonos lo mejor de esta música real para disfrutar por el Támesis aunque el Gafo no sea navegable ni a nosotros se nos trate como reyes. Igualmente el excelente dúo entre Vasiliev y Corpus cuyos años de convivencia en esta orquesta les hacen entenderse mejor que muchos matrimonios. No puedo decir lo mismo de los dos bronces que decía Max Valdés porque no son los berlineses aunque lo intentaron pero sus errores “dan el cante” mucho más que algunas entradas irregulares de sus compañeros de escenario, por otra parte lógico ante las carencias en este repertorio que el titular sigue teniendo aún más acentuadas con el paso del tiempo. Así que este Handel al que Valdeón incluye en la “Categoría de honor” resultó pasado por agua e incluso soporífero para un público tan despistado que no aplaudió hasta bien finalizada la selección con el X (sin indicación de tempo) al igual que el III (¿?) según el programa (¡tampoco hubo diez movimientos!), algo por otra parte de agradecer en otros días donde las prisas impiden degustar los últimos sonidos de las obras aún vivas flotando en el aire.

Supongo que espiritualidad será religiosa porque no encuentro conexión entre el programa y su título, y de las nueve misas de Schubert se optó por la Misa nº 5 en la bemol mayor, D. 678, no precisamente la más agradecida para nadie y enormemente dura. De agradecer la colaboración abierta entre el CONSMUPA y la OSPA que permite la incorporación de 14 estudiantes (merece la pena escuchar la entrevista en OSPA TV) a estas grandes obras sinfónico corales y dejo la información colocada a la entrada del auditorio.

Por resumir la “versión” escuchada de la quinta misa de Schubert pienso que se optó por el trazo grueso, con un coro de 78 voces (46 blancas y 32 graves) nuevamente desequilibrado, más inseguro de lo habitual, abusando de los fuertes en intervenciones muy exigentes por la amplia tesitura y con pocos momentos para disfrutarlo “a capella” en una misa más como “puesta en escena” que realmente espiritual. El director búlgaro prescindió de batuta buscando la mejor comunicación aunque de nuevo el gesto no ayuda mucho al entendimiento con un coro al que han dirigido grandes y variadas manos, pero no les noto seguros con Milanov. La orquesta con el refuerzo estudiantil citado y cambiando clave por órgano, con timbales, trompetas y trombones a la derecha más trompas a la izquierda, tampoco tuvieron un buen día, faltó empaque entre las distintas secciones y el coro, navegando por este otro río a pasos y dinámicas distintas. Al menos los excesos fueron compartidos por ese afán en confundir lo monumental con lo fortísimo, olvidando que los recursos están para dosificarlos y no abusar de ellos pues hacen perder el efecto deseado.

Lo mejor de todo fue el cuarteto solista por calidad y empaste de voces tanto entre ellas como con el coro y la orquesta, dos ya conocidos en Oviedo como el barítono Joan Martín Royo o la mezzo Marina Rodríguez-Cusí (incluso coincidieron en Ariodante) junto a la soprano tarraconense Marta Mathéu espléndida de emisión, color y matices más el tenor norteamericano Evan Leroy Johnson que no desentonó en el cuarteto viniéndole muy bien la estancia europea donde el listón interpretativo es más alto que en su país (Milanov lo conoce de allá) como deberá ir comprobando, aunque no siempre triunfen los mejores.
El próximo viernes sí habrá “Inspiración II” porque tenemos estreno de Gabriel Ordás (1999) y su Onírico entre otras obras de las que María Sanhuesa hablará en la conferencia previa una hora antes “… entre la vigilia y el sueño”.

Anuncios

Espiritualidad metafísica para recordar a Rober

Deja un comentario

Viernes 12 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “Inspiración I”, abono 4, OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de Wagner, Vaughan-Williams y Bruckner.

Mi querido Eduardo G. Salueña escribe las notas al programa (enlazadas arriba en los autores) del cuarto de abono de la OSPA con el que abríamos año antes de sumergirse con Debussy en el foso, pero también nos ofreció una conferencia previa al concierto titulada “Metafísica y espiritualidad en el lenguaje orquestal” llena de sabiduría, guiños cinematográficos y verdadera lección para disfrutar de las obras programadas para una OSPA diríamos que Gran Reserva como los vinos por el tiempo de maduración necesario para afrontar un programa que bien podría haber tomado las primeras palabras del conferenciante y tentado de hacerlas mías.

Tras el paréntesis navideño donde el destino volvía a jugarnos una broma macabra llevándose al trompa Roberto Álvarez, no podía faltar en este regreso y fuera de programa el homenaje de la sección de trompas, hoy nueve con las cuatro tubas wagnerianas (interesante como siempre OSPATV) preparadas para la novena bruckneriana eligiendo un arreglo sincero, sentido y cálido del famoso “Coro de Peregrinos” del Tannhäuser, con rosa roja en las solapas, elegancia y recuerdo del amigo Roberto, compañero siempre vivo en la memoria y más cuando la música era su pasión, eterna como sus acompañantes este viernes: Ricardo, Ralph y el propio Anton, Momentos memorables porque al igual que nuestro recordado trompa “el perdón le llega al poeta al morir junto al féretro de Elisabeth, por el triunfo del amor…” y “cómo Richard Wagner supo darle una intensidad, como se diría divina” (de Fernando Cansado Martínez en Operamanía), bien traído como inicio y final unidos por la metafísica espiritual, espiritualidad metafísica o ambas, que todo y más puede resultar un concierto.

La Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis (1910) de Vaughan Williams puso la calidad sin necesidades metafísicas al contar exclusivamente con la sección de cuerda, la que da solera a este vino musical servido casi con arreglo a los cánones: tres bloques intentando emular sonoridades organísticas en iglesias, orquesta de cámara al fondo, más la orquesta de cuerda y el cuarteto solista (integrado con el resto) pero capaces igualmente de hacernos fantasear con la música del inglés, devolvernos las calidades y ambientaciones que esta joya británica guarda, siendo tan utilizada en el cine como bien nos recordó el doctor Eduardo, desde Master and Commander hasta Remando al viento (del asturiano Gonzalo Suárez) por mostrar dos momentos memorables donde los directores ponen sus imágenes a esta música más que la inversa, aunque también podríamos hacer metafísica con el tema. Un placer degustar la cuerda bien servida y a la temperatura adecuada, con mención especial a Vasiliev, Corpus, Moros y von Pfeil, cuarteto aterciopelado cual cristalería ideal.

La espiritualidad no exenta de carga religiosa la suele poner casi siempre Bruckner, más en esta inacabada Sinfonía nº 9 en re menor (WAB 109) que nos deja ese extraño sabor de boca esperando rematar el Adagio final tras un “misterioso” primer movimiento que no alcanzó a contagiar ambiente aunque el enólogo acertase plenamente, y un Scherzo algo más lento de lo esperado como buscando paladear las pulsiones con que el “sommelier” intenta convencer al cliente, olvidando que no todos tienen igual olfato ni memoria gustativa, que la cata también tiene su arte, así como que todo cocinero no tiene necesariamente que entender de vinos, aunque ello suponga un plus. Al menos no se estropeó ese último trago, poderosamente mágico, variado, íntimo y hasta metafísicamente lírico, con regustos del Tristán wagneriano y la novena beethoveniana con aromas de pastoral, dejando que todo brillase olvidando que la contención es una virtud (la instrumentación parece exigirla), y si no que se lo dijesen al bueno de Anton, célibe toda su vida pese a estar prometido pero encontrando disculpa de diferente religión para así anular un compromiso con el que no parecía estar convencido ni preparado a su edad. Todos los elementos de este gran reserva sinfónico se (com)portaron correctamente, especialmente implicada la sección de trompas alcanzando momentos esplendorosos donde ellos encontraron la dinámica perfecta mientras el equilibrio se logró por la profesionalidad y trabajo de unos músicos de cepa inimitable y largo recorrido. Qué gran vino si el sumiller lo hubiera dejado airearse, servirlo en su punto y no apurar la botella porque olvidó que todas son únicas.

Lógico recordar y brindar con Mahler: “Un vaso de vino en el momento oportuno, vale más que todas las riquezas de la tierra”. Así sea.

Destellos del alba

Deja un comentario

Viernes 1 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 3 “Espiritualidad I“, OSPA, Pablo Ferrández (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Vázquez del Fresno, Elgar y Mendelssohn.
Desde niño llevo admirando al gijonés Luis Vázquez del Fresno (1948) primero como pianista y después como compositor, habiendo escuchado por él mismo algunos estrenos como sus Audiogramas en la Filarmónica de Mieres que presidía Luis Fernández Cabeza, enseñándome nuevos recursos del piano, preparado se decía entonces, que me ayudarían al acercamiento de lo que se llamaba música contemporánea o vanguardia, así como sus acercamientos a nuestro folklore con el tenor Joaquín Pixán, guardando como un tesoro el LP dedicado y en la memoria la presentación.

El tiempo nos da otra visión del pasado, derriba muros o quita calificativos pero mi devoción por el maestro Luis no ha cambiado salvo que sigue en aumento, por lo que poder escuchar el estreno (en Avilés el día antes) de una obra suya siempre es un placer, y esta vez Florilegio del alba, op. 53, una suite sinfónica (2001-2017) mientras esperamos el estreno de la ópera La dama del alba prometida por las “autoridades” muchas veces e incumplido como en ellas es tristemente de esperar. Me gustaría escucharla en vida del compositor porque mientras, nos debemos conformar con materiales de ella, caso de esta suite tan asturiana e internacional como Alejandro Casona, nuestra OSPA o el propio Vázquez del Fresno, un aperitivo a modo de “trailer” con seis números dignos de interpretarse por cualquier orquesta de fama mundial o de llevarse al disco porque calidad desborda toda ella. De la ópera supongo que no es solo cuestión económica porque material humano en nuestra Asturias para ponerla en pie hay más que interés por parte de los gestores.

No quiero tanto analizar una partitura que no conozco, dejando el recorte de La Nueva España de Andrea G. Torres sobre el estreno de ayer, y el enlace a las notas al programa (arriba) de Daniel Moro Vallina, sino las sensaciones sentidas desde mi butaca, música para paladear que abarca distintos lenguajes fácilmente entendibles y dominados por el maestro gijonés desde una instrumentación donde además del piano preparado (que me devolvió al Mieres de mi infancia), el arpa o una percusión rica y variada, aparecía en la madera el saxofón junto a metales y cuerda perfectamente equilibradas en número, volumen y dinámicas variadas. Números con “estética” de los años cincuenta conviviendo con rítmicas o melodías de aroma astur o tributo orquestal al amado Debussy del que Luis Vázquez del Fresno ha sido embajador y casi traductor en sus dos facetas de profesor y concertista, junto a Messiaen, pero siempre con la firma original del asturiano, pues todos tienen un bagaje que influye a la hora de componer y de interpretar. Este alba luminosa fue leída con cariño por unos intérpretes que la sienten por cercanía geográfica y musical, con un Milanov atento especialmente a los matices que la orquesta asturiana puso en esta suite, agradeciendo el autor los merecidos aplausos que le obligaron a subir por dos veces al escenario.

El toque británico en cuanto a elegancia, saber estar, educación, musicalidad, porte, sobriedad, emociones interiorizadas huyendo del puro espectáculo, lo pondría el Concierto para violonchelo en mi menor, op 85 (1919) de Sir Edward Elgar en manos de un Pablo Ferrández (Madrid, 1991) cuyas interpretaciones en Oviedo (2013 y 2014 las tengo contabilizadas y reflejadas, antes de su eclosión en 2015 tras ganar el Concurso Tchaikovsky) con la OSPA y Milanov siempre me han resultado impactantes por unir una técnica prodigiosa y unas visiones atrevidas muy trabajadas junto al sonido de “sus” cellos, primero el impresionante Stradivarius “Andrea Castagneri” de 1733 y después el “Lord Aylesford” (de 1696) propiedad de la Nippon Music Foundation que presta sus tesoros a jóvenes intérpretes de primera con impacto internacional, como el español, quien volvió a revolver nuestro interior por su impactante pegada, sus armónicos y la cascada de musicalidad del solista madrileño. Siendo uno de los conciertos más famosos para cello y orquesta, con grabaciones e intérpretes de referencia, personalmente firmo este ovetense como inolvidable hasta el día de hoy, más tras escucharle en OSPATV que no le gustaba en sus años de estudiante. Está claro que los años todo lo curan, sobre todo la juventud pero especialmente el trabajo constante.

Un placer contemplar la escucha atenta de toda la OSPA para ser la mejor cómplice del solista en los cuatro movimientos encajando intenciones, empastes, cambios de tempo (especialmente en el último movimiento), con Milanov disfrutando como uno más, sin molestar, asombrándonos Ferrández con la aparente y engañosa facilidad del arco, los ataques, los armónicos o sus escalas limpias y precisas dejándonos “un Elgar” para el recuerdo (grabado como todos los de la OSPA por Radio Clásica).

Generoso en su interpretación británica, también lo fue en sus regalos, la “Sarabande” de la Suite 3 de Bach con una cuarta cuerda que hace vibrar hasta las entrañas, fraseos maestros e intimismo acallando a todo el auditorio (no con el lleno deseado para estas joyas) y El cant dels ocells pidiendo la necesaria paz en este mundo convulso que el propio tocayo catalán hubiera aplaudido por el sentimiento hecho música de su violonchelo solo, plegaria y llanto. El éxito internacional de Pablo Ferrández es lógico y corroborado por los que estuvimos en esta cita.

El habitual formato de programa (obertura o estreno más concierto solista) tendría en la segunda parte a Mendelssohn pero con una obra poco escuchada, bella y grandiosa aunque exigente ante el enorme esfuerzo para sacar adelante todo lo reflejado en la partitura, la Sinfonía nº 5 en re menor, op. 107 “Reforma” (1830-1832), interpretación con destellos de plenitud, plagada de sutilezas en volúmenes con una cocina que no quemó los ingredientes aunque algo sosa y deslavazada, en parte porque la belleza del compositor alemán apenas necesita más condimento que dejarla fluir en sus movimientos siguiendo las propias indicaciones de agógica. Los músicos sirvieron este plato en su punto, de instrumentación ideal para la orquesta asturiana, maderas a dos (con contrafagot) en dúo de oboe precioso y preciso, metales compactos y orgánicos como me gusta llamarlos en páginas como el coral final de tímbrica cercana a la trompetería del órgano de tubos, timbales más la cuerda deseada, al fin rotunda en contrabajos y la personalidad de siempre en esta OSPA, clara, vibrante, llena de matices y color, capaz de herir desde el terciopelo y mantener el hilo sonoro cual emoción contenida en unos pianísimos con la misma calidad que en los tutti. Buen concierto y mejores sensaciones por las excelentes obras junto a buenas interpretaciones de un esperado amanecer sinfónico asturiano, a la que no volveré a escuchar hasta el próximo año.

Carmina instabilis

1 comentario

Viernes 6 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, abono 1: “Música y literatura I”, OSPA, Ana Nebot (soprano), David Alegret (tenor), Hugh Russel (barítono), Coros de la FPA (José Esteban García Miranda, maestro de coro), Rossen Milanov (director). Carl Orff (1895-1982): Carmina Burana (1935-1936), “in memoriam Juan Carlos y Olga”.

Sabores agridulces en la inauguración de la temporada de abono ovetense con la OSPA y su titular que recordaba, además de guardar todos en pie un minuto de silencio, a los dos componentes fallecidos el pasado agosto: el chelista Juan Carlos Cadenas y la pianista Olga Semouchina, antes de pasar a escuchar el ¿One hit wonder? de Orff como bien nos contaba una hora antes el doctor Alejandro G. Villalibre (autor de las notas al programa enlazadas al principio) en una amena conferencia (¡diez años ya!) sobre un autor no flor de un día ni solo famoso por una obra, aunque esta primera cantata profana junto a su conocido “Método Orff” sean de por sí suficientes para pasar a la posteridad más allá de una biografía algo turbia. Resaltar un lleno nunca visto en la misma así como la excelente entrada para el concierto al sumarse la sala polivalente que se abre esporádicamente y se cerrará cuando era costumbre (sobre la cuestionada seguridad del auditorio mejor no hablar para no seguir agriándome).

Y como la vida del compositor así resultó la interpretación de esta obra que sigue atrayendo al público en general más allá de los fieles abonados, estando todavía viva la interpretación en la Plaza de la Catedral del pasado San Juan carbayón. La belleza e impacto de la partitura se sobrepone a cualquier versión, soportando desde la “furera” a la festiva al aire libre pasando por esta de un primer viernes de octubre donde el calor solo fue climatológico (en un mal llamado veroño) y la calidez con humor vendría del barítono canadiense, todo desde una sensación de inestabilidad a lo largo de la hora y cuarto de duración que transmite una dirección desigual, imprecisa, turbia por momentos, sin criterios claros de agógica y dinámicas que siguen sumándose a errores de bulto como frenar en los piani y acelerar en los forte.

A pesar de todo, la orquesta continúa ganando enteros, sonoridad propia, amplísima gama de matices, solistas de primera que solo necesitan más confianza porque la inseguridad casi se masca en el aire (y sigo cerrando los ojos para no perderme como oyente). La belleza melódica y de texturas instrumentales junto a la riqueza rítmica de Orff es innegable, con dos pianos, celesta, percusión impactante, todos ingredientes que deben cuidarse junto a los balances nunca caprichosos, más en esta cantata donde prima la voz de principio a fin. Para mi gusto volvió el trazo grueso y solo los matices indicados en la partitura, que fueron mejores los pp que los ff.

El Coro de la FPA, junto al infantil que mima y hace crecer Natalia Ruisánchez, continúa en su línea de trabajo sinfónico (en menos de dos semanas afrontará el concierto anual de la Fundación, retomando el cinematográfico Iván El Terrible de Prokofiev pero con Miguel Ortega, que vuelve al frente de la OSPA), amoldándose a cada batuta con el esfuerzo que ello supone, plegándose como profesionales a las indicaciones y vaivenes de tempo, poca precisión que no favoreció mayor enjundia en los tutti con la orquesta. En este Carmina instabilis volvieron a estar a la altura de lo esperado, intervenciones llenas de matices, color uniforme tanto juntos como en las intervenciones separadas de las distintas cuerdas, destacando las voces graves con empaque y homogeneidad así como las contraltos de empaste perfecto, aunque esta vez los “peques” se llevaron la mejor parte por aplomo, seguridad, afinación y color ideal.

Del trío solista el joven barítono canadiense Hugh Russel se tomó muy en serio su participación, no solo cantar con toda la riqueza y cambios de color que su papel exige sino sumándole la escena tan necesaria en esta cantata (Orff así lo entendió), dominador de principio a fin sobrado de facultades y realmente completo. A la soprano ovetense Ana Nebot le faltó la sobrada actuación del canadiense, enamorar In trutina y dominar un papel exigente que requiere interiorización además de proyección (no le ayudó cantar con partitura al bajar la cabeza y perdiéndose emisión), aunque tampoco colaboró la dirección, pero siguen siendo tan hermosas sus intervenciones que al gran público no le importan detalles tan técnicos como poder afrontar recreándose en crescendi, fiatos o agudos pianissimi. Finalmente el barcelonés David Alegret no es un contratenor (al que estamos más acostumbrados) y sus agudos sonaron “apretados” para un tenor lírico-ligero muy mozartiano, haciéndose extraño el color pese a tener dominada su breve intervención.

La OSPA sonará de cine la próxima semana y mozartiana a fin de mes tras el “concierto real” en un octubre de lo más variado que no ha comenzado como (yo) hubiese querido, antes de volver al foso en noviembre. Casi sin respiro volveré mañana al auditorio donde repito inicio de temporada con los conciertos y jornadas de piano… por supuesto también lo contaré desde aquí.

¡Cómo toca Ning!

Deja un comentario

Viernes 9 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Virtuoso” Abono 15 OSPA, Ning Feng (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Rameau, Vieuxtemps, Paganini y Respighi. Notas al programa de Alejandro G. Villalibre. Fotos web, ©OSPA y ©pablosiana.

Decimoquinto y último programa de abono de la temporada (aún queda el que cerrará mes y curso académico) con un virtuoso que sigue deslumbrando cada vez que viene a nuestra tierra como es el violinista Ning Feng (entrevistado en OSPA TV), afrontando no uno sino dos conciertos, el cuarto de Vieuxtemps que lo debuta con nosotros, y el primero de Paganini, directamente en sus genes como comentaba en el vídeo, y que además los grabarán esta semana para dejar un legado del que el maestro chino se sentirá orgulloso. Dos conciertos para violín escoltados por Rameau y Respighi con una OSPA pletórica en esta recta final de nuevo con su titular del que solo queda añadir sus carencias concertando, la sutileza fuera de su alcance, y querencias por la grandilocuencia sinfónica que el compositor italiano ofrece, en una formación que además contó con el apoyo juvenil de los estudiantes y graduados en el CONSMUPA, sumándose a esta fiesta asturiana en la despedida.

Luces y sombras como suele suceder cuando el búlgaro se pone al frente, pero con una orquesta íntegra, de calidad más que demostrada en todos los repertorios y épocas, comenzando por Rameau y la obertura de Zaïs (1748) donde cuerda y madera se mostraron compactas y seguras, adoleciendo de un balance adecuado y un discurso más contrastante y contrastado, pero aún así de sonoridad idónea, con protagonismo en la caja sorda o tambor de Rafael Casanova. más el “dúo Pearse” en las flautas. Como escribe el doctor González Villalibre obra que “representa el choque de los elementos al emerger del caos… evoluciona a través de bruscos cambios de tonalidad y rítmicas irregulares que proveen la idea de orden desde el desconcierto”, y así lo sentí, faltó más precisión en el difícil encaje sonando con “una modernidad atemporal” y nada barroca en este caso.

El auténtico protagonista de esta despedida, Ning Feng, nos ofrecería en la primera parte el poco escuchado Concierto para violín nº 4 en re menor, op. 31 (1850) de Henri Vieuxtemps (1820-1881), menos “diabólico” que Paganini pero igualmente de virtuoso aunque huyendo del mero artificio con mucho lirismo y una orquestación muy cuidada. Este cuarto concierto, el favorito del compositor, es “un trabajo con vocación grandiosa, estructurado en cuatro movimientos (uno más de los habituales), y es especialmente destacable el trabajo de orquestación para la madera tanto en la introducción como en los pasajes de tutti” como bien explican las notas al programa. Los cambios de velocidad del primer movimiento no siempre encajaron entre solista y orquesta, pero el violín del chino emergió no ya desde una técnica apabullante sino desde iniciado a través de un coral que gradualmente alcanza velocidad y espectacularidad en un tratamiento del instrumento solista casi en recitativo. Buen inicio de las trompas en el Adagio religioso, sereno casi inaprehensible y buen empaste global de orquesta y solista, antes del vibrante Scherzo virtuosístico, un despliegue de sonoridades en todos sin mimar mucho los balances orquestales, como sucedió en el Finale marziale: andante – Allegro, festivo y con un Feng espectacular. Supongo que cara a la grabación se corrijan los ligeros desajustes si bien la ingeniería postproducción puede paliar los distintos planos.

Es necesario tomarse un respiro tras Vieuxtemps para escuchar, y sobre todo interpretar el Concierto para violín nº 1 en re mayor, op. 6 (1817-1818) de Niccolo Paganini (1782-1840), tres movimientos donde la “cadenza” del primero sigue dejándonos absortos a todos. El espíritu operístico que parece transmitir todo él alcanza en el violín arias de bravura, momentos de placidez y sobre todo el despliegue de recursos por parte de Feng lleno de musicalidad en todo momento, un referente en este conocido concierto donde la orquesta arropa al protagonista, navegando en ese ambiente festivo del Allegro maestoso, el intimismo del Adagio aún más virtuoso por la equívoca sencillez desde una hondura interpretativa realmente increíble, y la fuerza del Rondo: Allegro spiritoso, esperando más presencia orquestal desde la delicadeza de los pizzicatti algo opacos y una percusión más discreta. Escrito todo él para lucimiento del intérprete pero no exento de calidad en la instrumentación, Ning Feng no defraudó en ningún momento, logrando una química con la formación asturiana a la que realmente llevó en volandas.

Hacía tiempo que el auditorio y los propios músicos no aplaudían con tanto entusiasmo a un solista, pero el chino se lo ganó, dejándonos dos propinas de altura que volvieron a crear esa complicidad de los grandes momentos, cortándose el silencio con unos Recuerdos de la Alhambra de Tárrega transcrito por el violinista enamorado de la guitarra española R. Ricci, y que en el “Stradivarius MacMillan” del chino sonaron increíbles, no digamos ya el Capricho nº 5 de Paganini, auténtico regalo para el oído y la vista al disfrutar de todo lo que un virtuoso como Ning Feng es capaz de tocar desde el sentimiento que solo la música alcanza y la honrada sencillez de un genio.

Las Fiestas romanas (1928) de Ottorino Respighi (1879-1936) ponían en escena una formación grandiosa con el refuerzo juvenil de una orquestación potente como la del italiano formado con los grandes Rimski o Bruch, en un tríptico que sigue sonando sublime, especialmente este último eligido para cerrar temporada, estas cuatro fiestas:
Juegos Circenses, el coliseo instrumental de gladiadores y fanfarrias contrapuesto a cuerda y maderas en relato doloroso por los primeros mártires cristianos, el avance opresivo y violento hasta la muerte, sonoridades exageradas para lo bueno y lo malo.
El Giubileo describe a los peregrinos en su camino a la Roma papal, sus impresiones descubriendo la ciudad eterna entonando himnos de alabanza de recuerdos gregorianos acompañados por las campanas de las iglesias que les reciben, paso firme de la orquesta con la percusión y el piano subrayando esas imágenes sonoras desde una cuerda aterciopelada “marca de la casa”, un regulador eterno hacia la tercera fiesta desembocando en el gozo sinfónico y la deseada calma.
L’Ottobrata es la festividad de la cosecha en octubre celebrada entre ecos de los cuernos de caza, esplendor en las trompas y timbales, cuerdas engullidas por las poderosas trompetas, sonido de campanas y canciones de amor, cascabeles para una percusiva y rítmica cuerda, antes del crepúsculo embriagador y bello de los violines cinematográficos de Cinecittà, el clarinete evocador, el callejeo por las calles romanas más la “obligada” serenata con mandolina sonando bajo la ventana con el concertino mágico de Vasiliev, buscando mantener el rubato idóneo de una escena realmente de película.
El final de este poema sinfónico, La Befana (La Epifanía) tiene lugar en la Plaza Navona hoy transportada a la del Fresno carbayón, con las trompetas que “vuelven a sonar creando un crisol de canciones y bailes, incluyendo el saltarello, el organillo, la aparición del pregonero o incluso un borracho reflejado en el sonido del trombón tenor”, el ímpetu del tutti más global que específico, derroche luminoso y espectáculo sonoro de tímbricas donde Milanov volvió a optar por el trazo grueso en vez de la serenidad, contagiado de la magnificencia descontrolada en balances y dinámicas algo abruptas.
Con todo, las distintas secciones volvieron a disfrutar de sus intervenciones, desde el piano a cuatro manos (Marcos Suárez y Ana Sánchez, también al órgano), una nutrida percusión, metales donde un cuarteto de trompetas sustituyó las buccine originales (me hubiera gustado la opción de los fliscornos por color), mandolina, y una cuerda nuevamente poderosa (un par de contrabajos hubieran redondeado la pegada en los graves), vibrante, entregada por alcanzar el equilibrio sonoro con el resto.
Fiesta de despedida donde el comentario en asturiano ¡Cómo toca, nin! lo traduzco al nombre del virtuoso, verdadero protagonista y mejor título que “A los leones”…
Como dicen las notas al programa, «para la edición de Ricordi el autor acompañó su partitura de indicaciones programáticas que ayudan a su comprensión y que incluyen una reveladora frase en el final de la obra: “Lassàtece passà, semo Romani!” – “¡Dejadnos pasar, somos romanos!”».

Reproduzco finamente las palabras de despedida de la temporada en el Facebook© de la orquesta:

¡Estamos muy agradecidos a nuestra audiencia leal
por apoyarnos e inspirarnos para hacer la mejor música posible!
¡Somos su orquesta y estamos muy honrados y orgullosos
de tener el privilegio de compartir con ustedes el entusiasmo
que sentimos siempre que estamos sobre el escenario!
¡Espero con impaciencia verles de nuevo en la próxima temporada!

Rossen Milanov, en nombre de los músicos y personal administrativo de la OSPA.

Cardiopatías musicales

Deja un comentario

Viernes 2 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Rusia Esencial IV”, abono 14 OSPA, Nicolai Lugansky (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Jesús Torres, Beethoven y Shostakovich.

Han tenido que pasar las horas y alcanzar cierto reposo para escribir estas líneas, tal fue la desazón al finalizar el decimocuarto concierto de abono de nuestra OSPA tras su paso por Gijón el jueves. Esperanzado por un programa que conocía, con unas excelentes notas de Israel López Estelche (enlazadas al inicio en cada compositor) y la presencia de uno de los grandes pianistas del momento (entrevistado en OSPATV) acudí con toda mi buena voluntad a disfrutar, pero la alegría se tornó indignación y malestar total a medida que avanzaba la velada, cual cardiopatía que se vuelve congénita y unas arritmias realmente preocupantes. De haber llegado a casa y ponerme delante del ordenador la sensación aún hubiese sido peor, por lo que la opción de posar y reposar, sin repasar (porque sigo volcando mis opiniones de un tirón) creo que dará por lo menos algo más de contención a mis palabras.

Esta temporada hemos tenido a Jesús Torres (1965) como compositor invitado residente en la OSPA, lo que nos ha permitido conocer parte de su producción de primera mano, desde la música para el Fausto en Gijón el mes de diciembre o el Concierto para violín en enero hasta estas Tres pinturas velazqueñas (2015) de este viernes, obra ganadora del 8º concurso AEOSFundación BBVA que supone programarla en todas las orquestas que conforman dicha asociación a lo largo de estos meses, estrenada el pasado octubre dentro del Ciclo Ibermúsica en el Auditorio Nacional por la Orquesta de Cadaqués con Vasily Petrenko, pudiendo escucharse por la Orquesta de RTVE con José Luis Temes en la web del ente público (a partir del minuto 51), lo que me dio una idea de esta obra llena de color orquestal escrita con la maestría del zaragozano para poder recrearse con la plantilla ideal (2-2-2-2 / 2-2 / percusión / timbales /arpa /12-10-8-6-4) de la OSPA y su titular de nuevo al frente.

Como una banda sonora llena de “elegancia y contención” de un cuarto de hora para tres cuadros maestros del sevillano, Torres traza ambientes difuminados por la cuerda para la “londinense” La Venus del espejo con pinceladas de oboe, gotas luminosas del xilófono, reflejos con sordinas de trompetas y verdadera autocontemplación de la belleza donde no falta pasión y autocrítica desde las dinámicas. El resultado con Milanov a la batuta fue un esbozo, faltó equilibrio y balance, poniendo el foco de atención más en el marco y oropeles del espejo que en la visión de conjunto, ni siquiera el angelote puso la nota pueril. Cristo Crucificado son claroscuros barrocos arrancados en pianísimo por contrabajos y chelos, la dolorosa calma rota por cielos grises que se abren mediante texturas metálicas y protagonismo subyugante de la percusión, pero de nuevo surgió el trazo grueso en vez de la limpieza colorida, como fijarse en una espina de la corona o el clavo del pie en vez de alejarnos para gozar de la luminosidad central contrastando brutalmente blanco y sangre fluida en la cuerda con el arpa, sutil como pocas en nuestro panorama sinfónico. Tras el dolor llegaría esperado El triunfo de Baco, popularmente conocido como “Los borrachos“, la orgía a través del ritmo que va modificando y trastocando un ostinato que me recordó Asturias de Albéniz, con orquestación explosiva buscando registros extremos, bien escuchados e interpretados por los músicos, aunque el carácter irreverente del cuadro entendido por Torres pareció más una melopea sin pulsión, una visión miope y desenfocada e incluso un desconocimiento de la propia inspiración de esta música por parte del responsable de transmitir todo el contenido. Si el búlgaro parecía dominar la música de nuestro tiempo, su versión quedó en vulgar.

Los despropósitos en la concertación por parte de Milanov vienen de atrás, pero el Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor, op. 73 “Emperador” (Beethoven) con un solista como el ruso Nicolai Lugansky (Moscú, 1972) no podía salir mal y se cumplió una de las Leyes de Murphy. Estoy convencido que esta joya suena sola solamente con escucharse unos a otros, latir todos al mismo compás de una música que fluye de forma natural, pero ya el segundo acorde orquestal presagiaba el desastre. Sin entrar en la gestualidad incomprensible pese al tiempo que vengo observando al cocinero búlgaro que nunca coincide con lo escuchado, dar la entrada al solista resultó más en la idea del Baco anterior que en intentar mantener una pulsación uniforme entre piano y orquesta. El Allegro sonó a trompicones, como un piloto novato que no sabe reducir en una cuesta pronunciada, pues el motor está en perfecto estado demostrado y a punto a estas alturas de la temporada. Tampoco comprendo unos fraseos cortados cuando esperamos unas ligaduras que arropen la presencia del piano, ni una mala costumbre de correr en los crescendi y ralentizar en los pianos, confundiendo el “rubato” con la arritmia, por lo que intentar concertar solista y orquesta volvió a ser tarea de locos. El pianista intentó reconducir una obra de referencia que nos sabemos todos de memoria pero sin la obligada comunicación con un podio desconectado de la partitura. El bellísimo Adagio un poco mosso se fue cayendo hasta la parada cardíaca, marcas de compás que se pierden ¿no se suele subdividir? o peor todavía, dejar la cuerda tan opaca en presencia que la madera detallista sonó como un verdadero borrón en una conjunción tímbrica extraña con un piano siempre presente de nuevo en lucha más que concierto, antes de atacar sin la necesaria decisión el Rondó: Allegro ma non troppo, no demasiado como se indica pero con la cardiopatía detectada que gracias al ropaje de los sinfónicos pudo salvarse de una muerte anunciada. Mi indignación interior por tal estropicio a una obra de arte me volvió al “Ecce Homo” de Borja, el emperador reducido a “príncipe” destronado o la coronación de Napoleón sin saber qué le depararía su codicia. Mi sofoco tras la burla impidió disfrutar de una propina de Lugansky que seguramente recordará este concierto como “Los gozos y las sombras”, más éstas que aquéllos. Tendría para un todo artículo sobre conjunciones y preposiciones: piano y orquesta, piano con orquesta, piano entre orquesta e incluso piano contra orquesta.

La Sinfonía nº 1 en fa sostenido menor, op. 10 (Shostakovich) ocuparía la segunda parte, siempre manteniendo esta estructura decimonónica bipartita de obertura (últimamente con obras actuales) y concierto para solista, más una sinfonía, como plato fuerte de cierre, pero a la vista de los resultados el resultado fue el inverso, de más a menos. En una excelente entrevista para Codalario, Victor Pablo Pérez clasificaba las batutas en conductores, directores y maestros, que tras su lectura dejo que cada uno ponga el sustantivo al apellido búlgaro que llevamos un lustro al frente de la orquesta de todos los asturianos. El director burgalés también recuerda a García Asensio y su definición de dirigir que muchos no compartimos: «“Dirigir es un continuo marcar anacrusas”… Para mí eso no es correcto. Eso es marcar el compás ayudando en las diferentes entradas al músico que cuenta compases». La primera de Shostakovich tiene mucha miga para ser un trabajo final de Conservatorio compuesto entre 1924 y 1925: colorida y original en el manejo de los timbres orquestales, un prodigio de hermosura con enorme dinamismo, espectacular unión de ironía, ritmo, sarcasmo y belleza para una obra de un muy joven compositor pero con una madurez extraordinaria, capaz de escribir una obra difícil en sus ritmos y su significado, plagada de sorpresas instrumentales y sonoras desbordando vitalidad, magia, encanto y dinamismo. La versión de Milanov careció de todo ello, no hubo comunicación ni interpretación pese a las buenas intenciones de una orquesta empastada y lucida en los solistas pero sin fluidez ni química con el podio, incomunicación total. Se me hace difícil escuchar y ver al búlgaro qué está marcando, divergencia total que me obliga a cerrar los ojos para no confundirme (no quiero pensar cómo lo llevarán los protagonistas) pero el sarcasmo de la partitura se queda en mi visión. Sí hubo dinamismo porque los matices están escritos aunque corresponde al director (desde las “categorías” apuntadas por Víctor Pablo) diferenciar lo principal y lo accesorio, el protagonismo puntual del sustrato, donde todo suena pero en el plano justo, el balance cual mesa de mezclas donde el ingeniero está al mando. Tomando párrafos de las notas al programa del compositor cántabro abordo mis impresiones ya reposadas, enlazando vídeos en los cuatro movimientos:
El primer movimiento comienza cristalino, como si de música camerística se tratara, un diálogo entre la trompeta y el fagot, apoyado por el resto de vientos y pizzicati de la cuerda, donde los temas se presentan, para desarrollar posteriormente“. Pese al equilibrio de efectivos para la ocasión, el cristal quedó opaco y lo camerístico tan solo por un volumen demasiado contenido.
En el Scherzo, uno de los movimientos más originales, se hacen oír todas las influencias populares de su experiencia como pianista para cine mudo. La agilidad en los cambios de textura y sonoridad y, especialmente en el Trio, en el que la caja y el triángulo permanecen de manera persistente, creando un sensación de misterio casi se transforman en reflejos cinematográficos” sí hubo presencia de la percusión y la atmósfera de misterio, pero faltó esa agilidad y frescura.
El Lento es mucho más lírico e íntimo y es aquí, donde Shostakovich expone su influencia romántica y talento melódico de manera más directa“, aunque querer subrayar la melodía con una amplitud gestual en pasajes delicados sigue resultándome extraña. Desaprovechar los recursos no tiene perdón, y dejar morirse un movimiento tan emotivo puede resultar el acompañamiento musical de un patio de butacas cada vez más despoblado. Dejo para los responsables el análisis y posibles causas de un éxodo previsible con el paso del tiempo.
Y atacando el Finale, el compositor ruso nos muestra una de sus características más peculiares a nivel formal: el lanzamiento de los materiales a trabajar de manera abrupta, que va desarrollando refinadamente con grandes contrastes texturales, armónicos y orquestales, que se dirigen progresivamente hacia un clímax que resuelve todas las tensiones de la obra“, lo abrupto del príncipe mal engrasado, los contrastes desesquilibrados y un clímax más de decibelios que de musicalidad. La grandeza y tristeza de la música cuando pasa de la partitura al momento único e inaprensible de su ejecución.

El próximo viernes se pone punto y final a esta nueva temporada de abono con “Virtuoso”, reencuentro de Ning-Feng al violín y su titular que sigue un año más sin convencerme. Al menos me queda una esperada Resurrección para despedir curso y mes con la unión OSPA y OFil al mando de Pablo González, el Coro de la FPA, María Espada e Iris Vermillon para la que ya tengo mi entrada (5€), porque sé que este Mahler no nos fallará. La Octava asturiana tendrá que esperar un poco…

Consolidación sinfónica

Deja un comentario

Viernes 23 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “El mundo de ayer III”, abono 9 OSPA, Roberto Díaz (viola), Rossen Milanov (director). Obras de Weber, Higdon, Bartok y Hindemith.

El compositor Carl Maria von Weber (1786-1826) y la viola como nexo de unión para este noveno de abono con música de ayer y hoy, variaciones sobre el primero por parte de un violista compositor como Paul Hindemith (1895-1963) y un concierto de nuestro tiempo de Jennifer Hidgon (1962) estrenado por el mismo solista que nos visitaba. Todo en el regreso del titular búlgaro que se encontró a nuestra orquesta en un momento ideal para afrontar un programa realmente exigente (dejando las excelentes notas al programa de Hertha Gallego de Torres enlazadas en los autores), además de potente donde Milanov parece mostrarse cómodo con la respuesta deseada.
Como casi siempre se arma un concierto, nada mejor para empezar que una obertura, esta vez la conocida de Oberón (Weber) que muchos de mi época han escuchado multitud de ocasiones en su versión para banda, aunque la ópera no la hayamos visto. Calentar motores con esta página sinfónica (que además serviría para cerrar el círculo virtuoso tras Hindemith) sirvió para comprobar la consistencia de esta orquesta en una temporada “in crescendo”, inicio de trompa convincente y con calidez augurando sesión redonda en todos los sentidos, maderas únicas, trompetas dando el colorido necesario desde la contención dinámica, percusión en su línea, más la cuerda sinónimo de seguridad, todo bien armado por un Milanov que optó por cierta grandilocuencia sin mucho balance protagonista que en cierto modo pudo tapar unos pasajes violinísticos delineados con brocha.

En la habitual y siempre necesaria apuesta por renovar repertorio con obras actuales llegaba el Concierto para viola (Hidgon) compuesto hace apenas dos años, con tres movimientos solamente “nombrados” con las indicaciones metronómicas de velocidad y con el chileno afincado hace más de 40 años en EE.UU. Roberto Díaz como viola solista (entrevistado en OSPA TV), el mismo que la estrenó hace dos años (y grabó para el sello Naxos) convirtiéndose en el mejor embajador de este concierto de sabor muy americano en cuanto a referencias estilísticas (Barber, Copland, Bernstein o el concierto homónimo de Walton) reconocidas incluso por la propia compositora, obra más allá del lucimiento del solista, que también, con una escritura interesante a nivel orquestal: maderas a dos pero sin oboes, metales a pares salvo el cuarteto de trompas, y una percusión bien elegida a base de vibráfono, caja, cajas chinas, temple-blocks y bundle sticks (como unas escobillas de cañas atadas que utilizadas sobre las placas buscan nuevos timbres), especialmente en el movido movimiento central con evidente carga rítmica, pero siempre jugando con unas melodías de colores vivos. Milanov atento al solista mantuvo los planos dinámicos para disfrutar de una viola siempre presente y marcando claramente los múltiples cambios de compás a lo largo de los tres movimientos. Combinaciones instrumentales que permitieron lucirse a los primeros atriles, sobre todo los metales, pero destacando la orquesta como unidad desde las pinceladas que eché de menos en la obertura.
Propina virtuosística a cargo de Díaz sacando lo mejor de una viola Stradivarius (hay muy pocas) realmente impactante en sonoridades con un arco a la par en prestaciones. Un lujo de regalo.

La gran orquesta deseada aparecería en la segunda parte para afrontar primeramente El mandarín maravilloso, suite op. 19 (Bartok) poco programada precisamente por las exigencias de plantilla, seis números variados de esta pantomima que permite escuchar las amplias sonoridades de cada sección y el lenguaje avanzado para la época del húngaro hoy totalmente asimilado en nuestra memoria auditiva colectiva. El inicio vertiginoso de los violines en la introducción sonó preciso aunque no todo lo claro que quisiéramos, nuevamente quejándonos de la mala acústica para el público que escuchamos “otra cosa” que los propios músicos en el escenario, pero ganando terreno a lo largo de los seis momentos. Y todo ello no fue óbice para saborear la cascada instrumental que Bartok prepara a lo largo de esta suite, especialmente la última danza, con seducciones de todo tipo descritas en los títulos con ese aire oriental en un relato fantástico hecho música. Lucimiento de cada familia orquestal (con amplia presencia de percusión y tecla) desde los trombones a las maderas, incluyendo los solistas, en un derroche sinfónico de trazo grueso donde la partitura parece poner los volúmenes en su sitio, y Milanov marcando lo justo para una interpretación brillante de las que los músicos disfrutan y el público (muchos y preocupantes huecos) también.
Para finalizar la Metamorfosis sinfónica sobre temas de Carl Maria von Weber (Hindemith) como metáfora musical del violista y compositor alemán más “moderado”, escritura académica desde su estilo rompedor aquí neoclásico para disfrutar de la instrumentación ideal que logró redondear protagonismos en solistas (de nuevo una percusión impecable) y sobre todo la contundencia global de la formación asturiana, con el aire todavía impregnado del orientalizante bartokiano. Concierto de consolidación sinfónica para esta OSPA hoy deseada en efectivos (por número y efectividad valga la redundancia), tributo al Weber inicial así como a la danza, enlazando de nuevo con Bartok, todo bien entendido desde su composición hasta la ejecución del noveno de abono con obras que mantienen el alto nivel hasta la fecha ya pasado el ecuador de la temporada.

Older Entries