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Reiniciando conciertos

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Viernes 18 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Mensajes ocultos”, abono 4 OSPA, Adolfo Gutiérrez Arenas (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Ravel, López Estelche y Elgar. Entrada último minuto: 16,15 €.

Nada mejor que poner el contador a cero y reiniciar mi año 2019 de conciertos saldando una deuda pendiente desde junio pasado como el estreno del Concierto para violonchelo (2017) de Israel López Estelche, aún mejor pudiendo escuchar al propio compositor en la conferencia previa contarnos en primera persona sus fuentes de inspiración, su formación, su honestidad, su búsqueda de un lenguaje propio, su proceso compositivo teniendo siempre en mente el destinatario del mismo, Adolfo G. Arenas, y añadiendo unas notas al programa del propio cántabro, enlazadas arriba en los compositores (con humor confesaría dejar de ser un joven compositor al pasar la barrera de los 35 años) completando un crucero cantábrico que bien podía partir de San Juan de Luz, recalar en Santoña y finalizar en Plymouth.

Tras un minuto de silencio en memoria del recientemente fallecido Vicente Álvarez “Tini” Areces, quien fuese alcalde de Gijón, presidente del Principado y senador por Asturias, a quien se le dedicó el concierto (también el día anterior en Gijón) tuvo desigual respuesta entre el público (sentados o en pie y aplausos finales), comenzando esta singladura del “crucero OSPA” capitaneado por Milanov en su última temporada que se organizaba a la forma tradicional, situando el concierto con solista en medio de las obras sinfónicas, música para disfrutar de una plantilla ideal (Elena Rey concertino invitada en este de abono, tras la jubilación de mi querido Vasiliev) con un repertorio donde el búlgaro se mueve cómodo aunque su estilo siga siendo peculiar, mejor cerrar los ojos y dejar que todo fluya.
Así comenzaba la velada con esos “cuentos sinfónicos” de Perrault que Ravel originalmente compuso para dos pianosMa mère l’Oye, una suite de 1911 con una instrumentación brillante del vascofrancés que permitió lucirse a una orquesta siempre poderosa y sedosa a la que le faltó precisión en el podio para encajar sobre todo los cuentos rápidos con una percusión que no pudo mandar como hubiese deseado, pero con momentos mágicos como Laideronnette, impératrice des pagodes. El cuento está perfectamente ilustrado, colorido pero donde el narrador no pareció convencer a este niño por la falta de la inflexión de voz necesaria, un verdadero actor que haga creíble el relato. Salvando las distancias me hubiese encantado escucharlo por Fernando Rey.

El Concierto para violonchelo de Israel López Estelche es un encargo de la SGAE y AEOS a través de la OSPA financiado con la Beca Leonardo de la Fundación BBVA y supone palabras mayores en el amplio catálogo del compositor cántabro, tanto por su duración (más de treinta y tres minutos) como por el despliegue instrumental siempre mimando a un instrumento tan lírico como el violonchelo que en las manos de Adolfo Gutiérrez Arenas realmente cantó con un lenguaje ya plenamente propio de López Estelche. Su estilo sigue joven pero alcanzando una madurez fruto de un trabajo incansable, conocimiento orquestal en todas las secciones y una técnica compositiva que permitía escuchar los elementos brindados por el solista a las distintas familias para armar un concierto de tres movimientos sin pausa plenamente identificables tras las “pautas” dadas en la conferencia. En palabras de un amigo comúndominio del trabajo motívico, de la orquestación, del lenguaje del violoncello… qué capacidad para conectar con el público sin renunciar a un estilo propio“.
La riqueza tímbrica es tal que de la percusión saca colores únicos al utilizar el arco en las láminas además de los platillos, varios gongs, celesta, las dinámicas siempre en su punto para mantener el protagonismo del cello, el lirismo que ya disfrutase en Victoria’s Secret con la OFil aún se vuelve mayor en una música sin palabras que utilizando todos los recursos del violonchelo es capaz de hacernos vibrar con la cuarta cuerda o hilvanar unos agudos unidos a los primeros violines en perfecta e inapreciable melodía que va creciendo según van sirviéndose los elementos para conformar toda la trama. La cadenza antes del último “movimiento” nos regaló el mejor Gutiérrez Arenas, el camerístico que mima el sonido del Francesco Ruggieri (1673) que lo deja flotar en el ambiente saboreando armónicos para coronar una primera parte volcado en esta obra exigente hecha a medida, y a la que solo faltó una propina, porque el público obligó a saludar a solista y compositor varias veces tras un estreno (el absoluto fue el día anterior en el Jovellanos gijonés) que tiene por delante muchas más alegrías y la AEOS supongo programará en sus orquestas. Al menos quedó registrado para Radio Clásica y podremos repetir la escucha.

Las Variaciones “Enigma”, op. 36 (Elgar) sería la última escala británica de este crucero del viernes, los catorce números donde emerge siempre impresionante el noveno, ese Adagio “Nimrod” que nuestra OSPA elevó al paraíso sonoro con la cuerda aterciopelada que mantiene las calidades de siempre. Unas variaciones con distintas emociones que han demostrado que para el titular el compositor inglés es uno de sus compositores preferidos, desvelándome el “enigma” que tuve estos años siguiéndole: la batuta nunca firme ni clara resultó cual cucharón de madera removiendo el guiso, aunque haya tenido platos pasados de cocción y otros crudos. Por lo menos el menú de “mi despedida búlgara” lo sirvió en su punto, equilibrado, disfrutando de unas dinámicas delicadas y mimando la obra en su totalidad, aunque no sea de “estrella Michelín“.

La próxima semana será femenino singular con la soprano tarraconense Marta Mathéu y el regreso de la polaca Marzena Diakun en la dirección con “Canciones eternas” y conferencia previa de María Sanhuesa (Confesiones a cinco). Intentaré escaparme y contarlo desde aquí.

El concierto real, por adelantado | El Comercio

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El Coro de la Fundación Princesa y la OSPA interpretaron el ‘Stabat Mater’ de Rossini bajo la dirección de Milanov
— Leer en www.elcomercio.es/premios-princesa/concierto-real-adelantado-20181018001507-ntvo.html

Amarga despedida tras 27 años

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Viernes 8 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Música y literatura IV” abono 15 OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de Smetana, Tchaikovsky, Kavalevsky y Shostakovich.

Despedía la OSPA su temporada de abono con mal pie y peor sabor de boca, pues conocedores por las redes sociales y la web de la orquesta de los cambios en el último programa, ni siquiera una hoja informativa para un público que merece todo el respeto, aunque se avisase por megafonía. Tampoco lo hacía mejor la prensa escrita “gijonesa” que seguía anunciando el que aparecía en la revista, faltando “cintura” para comunicar el cambio, aunque erraría igualmente citando a Alejandro del Cerro en el Leandro de La Tabernera del puerto jueves y sábado, que lo cantará el uruguayo Martín Nusspaumer.
Sabedores de las programaciones para la temporada 18-19 en casi todas las formaciones, eché de menos un mínimo avance, aunque fuese fotocopiado, de las Perspectivas de la OSPA, pues se presentaban a los medios de comunicación por la mañana y solamente algunas “píldoras” en Twitter más la nota de prensa en el Facebook de la orquesta y su página web avisaban de ello, enterándome de esta forma que al director titular se le ha vuelto a renovar o prorrogado contrato, desconociendo la trastienda en unos tiempos donde la transparencia es obligada.

Quienes me leen conocen mi descontento cada vez mayor con el titular en los repertorios “de siempre” (de los estrenos lógicamente no tengo referencias) y a la vista de los hechos, colmándose el vaso con unos gestores que parecen acomodados en una inercia que no me gusta, solo me queda divorciarme o si se prefiere suspender temporalmente mi relación de veintisiete años como abonado de la OSPA, a la que seguiré como aficionado eligiendo conciertos puntuales hasta que corran nuevos aires en una orquesta que pagamos todos los asturianos aunque la disfrutemos unos pocos, sin olvidar que está en un momento óptimo pero delicado pues puede verse abocada a seguir perdiendo seguidores y debiendo afrontar en breve una renovación mayor. Retirar mi “aportación” de 230 € para 15 conciertos desde la Fila 13, butaca 18 es lo único que me queda para quejarme. El restaurante me gusta, la carta es excelente y los productos de calidad, pero cuando no me agrada cómo se cocina solo queda devolver el plato y esperar que en la siguiente visita mejore, aunque pasados estos años repitiendo errores la confianza está perdida y dejaré de comer aquí, aunque como dice mi admirado Paco “La OSPA siempre merece la pena” y como ves ¡no me pasará!.

De la música que sonó este viernes unas pocas pinceladas, pues el cabreo me impide ahondar en más detalles y no puedo llamar Maestro con mayúsculas al desconcertante titular para quien no tengo más calificativos, no dirige ni conduce (los ingleses lo llaman “conductor”), simplemente gesticula por libre llegando a finalizar cada obra con un nuevo “muestrario” desconocido al que sumar “la Termomix©”, “el barrido” o el “manos arriba” (sin atraco). Si se quiere llamamos a Chicote pero la “experiencia Milanov” ha sido para olvidar. Orquesta ideal en número y calidades para unas obras donde primó lo soviético y que piden siempre más, comenzando con B. Smetana y Mi tierra, El Moldava. Este río no fluyó, las dinámicas caprichosas, cambios de aire forzados y una simpleza que no logró recordarme Praga.
La potencia romántica de Chaikovsky con Romeo y Julieta: obertura: fantasía careció de la entrega amorosa esperada, el ardor resultó incendio asesinando a Julieta con un despliegue sonoro carente de mimo, solo salvado por la profesionalidad de unos músicos que acatan órdenes demasiado chocantes para un mínimo de sensibilidad, pidiendo estar al servicio de las obras y no servirse de ellas como he ido comprobando en demasiados conciertos.

La segunda parte un plato nuevo con D. Kabalevsky y su Colas Breugnon: obertura, op. 24 de claras reminiscencias yanquis, fuegos de artificio y muy aparente, rítmicamente agradecida pero falta de sal. Todo lo contrario de la esperada Sinfonía nº 6 en si menor, op. 54 (D. Shostakovich), el plato fuerte para cerrar temporada donde pasamos de la sosa monotonía inicial de bostezo al esperpento caricaturizado final pese a una cuerda primorosa aunque empapizada, para dejarme el último bocado con tanta sal gorda que me fue imposible saborear un manjar con productos de primera. Lo dicho, este restaurante lo tacho de mi lista y solo entraré en jornadas gastronómicas con invitados que aporten y no me aparten.

El oso bailó

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Viernes 1 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Inspiración IV, abono 14 OSPA, Shai Wosner (piano), Rossen Milanov (director). Obras de Silvestrov, Mozart, Britten y Haydn.

Crítica para La Nueva España del domingo 3, con los añadidos de links, notas al pie, fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva:

La temporada llega a su recta final y junio nos devolvía al titular para los dos últimos conciertos de la OSPA, esta vez junto al pianista Shai Wosner con quien ya ha trabajado en EEUU. Cuarta “inspiración” bien explicada en la conferencia previa de Israel López Estelche (1) explicando y razonando el vínculo de los cuatro compositores del programa que le hubiera venido bien más público para entender aún mejor los emparejamientos del decimocuarto concierto al que se cambió el orden previsto para darle mayor coherencia.

Unir a Valentin Silvestrov (1937) con Mozart sin pausa, como una obra única para la primera parte, quedó bien por ser ambas con el mismo solista aunque obligase a permanecer ya sentados al viento y los timbales durante “El mensajero” para cuerdas y piano (1996) antes del concierto nº 21 del genio de Salzburgo pero dando unidad desde el “sonido Mozart” que se aprecia y cita el ruso como Picasso a Velázquez y Las Meninas. Primero el piano sumaría texturas más que solista, pedales creando una atmósfera lineal y plácida con esbozos temáticos, engrandeciendo a la cuerda, verdadera protagonista que no puede sonar mejor en cualquier repertorio, aquí aunando dos clasicismos, volviendo a brillar con luz propia desde un cuidado estatismo que prepararía al mejor Mozart con una óptica compositiva cercana. Símil pictórico trasladable a la cocina como deconstrucción de un plato tradicional bien digeridos ambos por un auditorio que sigue dando la espalda a estos menús, siendo preocupante comprobar tantas butacas vacías.

Sutil continuidad con el concierto de Mozart popularizado en el cine como “Elvira Madigan” que nunca defrauda y sigue impresionando por su belleza. Wosner (2) marcó estilo limpio y contenido que hace parecer fácil lo difícil, con Milanov en su incomodidad habitual para estos repertorios, que tras Silvestrov solo necesitaba dejar escucharse a la orquesta con el solista realmente encajando una música perfectamente escrita y difícil pasarla de punto. Andante publicitario entre dos “Allegros” brillantes, bien balanceados y con cadencias originales, cita operística incluida, realmente para lucimiento del pianista. La propina continuista en estilo y recogimiento: el Andante de la Sonata 13 de Schubert.

El segundo emparejamiento BrittenHaydn era lógico tras el primero, dando protagonismo nuevamente a la cuerda sola con las Variaciones sobre un tema de Frank Bridge antes de completarse formación para la sinfonía nº 82, repitiendo virtudes y defectos nunca a partes iguales.
Mejor llevada la nueva cocina, de aparente escasez en el plato, que el “oso sinfónico”, resultando más el que se comió a Favila que los de Xuanón de Cabañaquinta abrazados hasta la muerte.

La OSPA siempre condimento perfecto para unas obras no servidas como se merecen. Britten engordado de camerata a orquesta pero en su punto, pese a demandar mayor exigencia a toda la cuerda, un orgullo por homogénea, tensa, disciplinada, sonido puro en el vals vienés (séptima variación) más que intención, al faltar mando en una batuta pasada de vueltas como Thermomix© equivocada. Impecables los pasajes rápidos (Moto perpetuo octava y regalo de primeros violines melódicos como uno solo con pizzicati del resto cual gigantesca mandolina), emocionantes lentos y así cada variación de los Tres idilios para cuarteto de cuerda que el alumno Britten engrandeció hasta la Fuga y Finale de vértigo bien ejecutado.

La parisina Sinfonía nº 82 de Haydn tras las variaciones del británico, no mantuvo la tensión, el carácter humorístico del Finale vendría por falta de compenetración entre música y podio danzante, a pesar de la belleza de sus cuatro movimientos. Oso bailarín con gaita asturiana y no musette francesa aunque mejor olvidar el “estilo Rossen” sustituyendo la “experiencia Milanov” de su primera temporada. Imposible saber por sus gestos si el ritmo es binario o ternario, las dinámicas venideras o pasadas, danzar en vez de marcar, otro año corroborando que su repertorio, como los platos, no es el tradicional y básico en la alimentación de los melómanos asturianos. Lástima nuevamente que una orquesta en madurez total, demostrada con los distintos directores invitados, no se mantenga para este final, esperando que la “Pesadilla en la cocina” traiga un Master Chef.

Notas: (1) Israel López Estelche, autor de las notas al programa en la revista nº 20 y enlazadas en los autores al inicio. Su concierto de cello programado como cierre de la temporada se ha pospuesto para la próxima.
 (2) Entrevista en OSPA TV con el maestro Wosner.
P. D.: Reseña de Andrea G. Torres en La Nueva España del sábado 2.

Lienzo sonoro busca pintor

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Viernes 9 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Los colores de la orquesta“, abono 8 OSPA, Leila Josefowicz (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Bernstein, Zimmermann y Prokofiev.

La OSPA devolviendo la visita de enero a la Real Filharmonia de Galicia (y ausente esta edición 2018 de “Musika Música” en el Euskalduna de Bilbao), llegaba de Santiago donde interpretaría el día anterior este octavo de abono todavía con Milanov al frente (ya lleva cinco años), para rendir homenaje al gran Leonard Bernstein (1918-1990) en su centenario, pero también al menos conocido Bernrd Alois Zimmermann (1918-1970) y completando velada una página del gran sinfonismo, viernes ruso de Prokofiev con su quinta (mantengo mi teoría musical de “no hay quinta mala” parafraseando el refranero). Pero incluso podrían haber celebrado el 8M dado que la solista invitada, Leila Josefowicz(Toronto, 20 octubre 1977) de origen polaco y afincada en Nueva York, encabeza una lista de grandes violinistas engrosando otra aún mayor de mujeres triunfando en el mundo musical.

La música de Lenny sigue sonando actual, nuestra, ágil, luminosa, “made in USA” que siempre presumió de este músico integral. Su Divertimento para orquesta (1980) es puro espectáculo sinfónico, algo que Milanov conoce bien en su trabajo al otro lado del charco y le funciona, aunque en la vieja Europa los gustos sean otros, si se me apura más “conservadores”. Las notas al programa de Miriam Perandones (enlazadas al inicio en cada compositor) explican perfectamente el programa elegido comenzando con la partitura escrita para el centenario de la Orquesta Sinfónica de Boston. Ocho danzas que combinan la historia musical yanqui, herencias y adopciones con el impulso rítmico tan característico de Bernstein plasmando virtuosismo a todas las secciones orquestales de las que la OSPA puede presumir, aunque las dificultades estén en poder ser fieles a la partitura sin claridad gestual en la tarima (la batuta por momentos tan baja parecía reflejar oscuras intenciones). Prefiero cerrar los ojos antes de mirar al podio porque casi nunca coincide con lo escuchado, máxime en compases de amalgama y polirritmias nunca marcadas que dan el sello típico de estas músicas capaces de unir tradición y modernidad.
Lujo nuestros instrumentistas aunque pienso innecesaria la puesta en escena imitando las bandas de jazz donde los solistas se ponen en pie, finalizando todos la octava Marcha “The BSO Forever” que incluso bisaron (algo raro en la OSPA) cual banda sinfónica. Colorido musical de Broadway, de esos cafés en blanquirojo con café recalentado, patatas fritas, batidos de fresa y hamburguesas. La importancia del detalle que hace cambiar el menú según cómo y dónde se sirva…

 

Impresionante el Concierto para violín (1950) de Zimmermann con Leila Josefowicz de solista. Me quedé con las ganas de disfrutarla en “Los Conciertos del Auditorio” allá por febrero de 2009 con la Orquesta Sinfónica de Islandia que la crisis truncó anulando la gira prevista. Ocho después y como si el destino quisiera pagarnos deudas pendientes, por fin venía a la capital asturiana. Escucharla en la entrevista para OSPATV hablar de este concierto para violín de Zimmermann nos hace entender la pasión por la música de nuestro tiempo, “actual” y agradeciendo se programe siempre que sea posible, siendo esta violinista auténtica activista en estrenos en ella pensados. Su sonido, entrega y pasión engrandecen este concierto de forma clásica pero rompedor en el momento de su escritura etiquetada de vanguardia aunque este no lo sea, estética neoclásica como su propia vida en cierto modo paralela a la de Bernstein, con tantas interrogantes y dudas místicas, filosóficas, vitales incluso en ambos, ritmo cual motor humano desde el origen pero con el poso europeo del alemán. Los títulos de cada movimiento parecen dejar sobre la mesa sus intenciones así como la opción elegida: Sonata el primero, más allá de la propia forma o el origen del “sonare”, el segundo Fantasía  por emociones y distintas fuentes inspiradoras tanto en el violín como en la orquesta, exuberancia por doquier que tampoco necesita mayores gestos (la ampulosidad está en los pentagramas) con un virtuosismo impactante hasta el Rondó final, verdadero colorido musical, evocador del jazz con una marimba poniendo pinceladas en el sitio preciso, recuerdos de películas americanas cuyas mejores bandas prepararon los compositores europeos, nuevos paralelismos de dos compositores nacidos hace 100 años bien entendidos por estas generaciones donde la formación marca diferencias, y la OSPA con Leila resultó el mejor lienzo en busca de pintor.
La propina el final de Lachen verlernt (Essa Pekka Salonen) de reminiscencias primaverales en la Polonia natal, de la música judía, aires de Armenia, explosión tímbrica de virtuosismo ya desde sus años como niña prodigio pero asentado desde la madurez de la vida, pura belleza con dolor y color.

Aunque estemos en el 2018 se mantienen las recetas de los conciertos: apertura más o menos contemporánea, un concierto solista y segunda parte con el mundo sinfónico. Prokofiev como gran orquestador augura espectáculo cuando hay calidad, y su Sinfonía nº5 en si bemol mayor, op. 100 (1944) remató un concierto lleno de color y calor por parte de una formación capaz de expresar todo lo que la partitura esconde, ceñirse al estilo y seguir las dinámicas marcadas, más claras que pulsación, entradas o cambios de tempo. Desconozco si el hilo conductor buscado para este programa era el número 100 y Bernstein  aunque se titulase “Los colores de la orquesta”, pues el acierto fue pleno y el americano comentaba de esta quinta, como bien recoge la profesora Perandones en sus notas: “… una de las mejores sátiras de Haydn, incluso afirmó que fue la única obra que, al oírla, le hizo estallar en carcajadas por la incongruencia entre la formalidad del siglo XVIII y la modernidad del lenguaje del siglo XX“. Prueba superada por los músicos aunque resultara en cierto modo monocromática y no sobre el rojo pasión sino más bien en toda la paleta de ocres pese a la riqueza de esta sinfonía rica en efectivos (abundante percusión y piano) que se lucieron sin necesitar ponerse en pie. Destacar el protagonismo del viento, siempre excelente, y especialmente los metales buscando esa épica que supone afrontar conciertos como el de este viernes.
Por lo menos Perry So, al que bauticé “pintor de sonidos”, nos traerá el Stabat Mater de Dvorak que pude disfrutar el año pasado en Bilbao.

Y lo raro de una propina en los conciertos de abono por parte de la OSPA, bisando a Bernstein el In memoriam para mayor gloria de MilanovThe OSPA Forever y “That’s all folks“. El propio Lenny y su sentido del humor que no nos falte…

Ensoñaciones musicales

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Reseña para La Nueva España del concierto de la OSPA del viernes 23 de febrero con el añadido de mis fotos:

Ensoñaciones musicales de la OSPA con su titular Milanov comenzando con el estreno del ovetense Gabriel Ordás y su “Onírico” escuchado por vez primera el jueves en Avilés, una fantástica fantasía orquestal encargada por la OSPA que hizo realidad un sueño placentero bien compuesto y con lenguaje propio sin etiquetas, esperando lo interpreten muchas orquestas por calidad y cercanía al público. Más tortuoso y desagradecido el Concierto para violín de Sibelius con Alexander Vasiliev dando el paso al frente (estuvo Benjamin Ziervogel de concertino) como solista, valiente calentando con su canto añejo los gélidos pasajes finlandeses que solo nos despertaron por el lirismo de este abuelo al que sus nietos asturianos regalaron flores y él una cálida propina de Paganini.

La suite del ballet “Nobilissima visione” de Hindemith inspirado en San Francisco de Asís resultó pese a la excelencia instrumental cual pesadilla tras una buena y copiosa comilona de la que solo nos despertó el Hermano Sol, lástima porque el mejor sueño fue el inicial y juvenil de Ordás.

Sueños y pesadillas

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Abono 7 “Inspiración II” OSPA, Alexander Vasiliev (violín), Rossen Milanov (director). Obras de G. Ordás, J. Sibelius y P. Hindemith. Jueves 22 de febrero, 20:15 horas, Casa de Cultura, Avilés, entrada 18 €. Viernes 23 de febrero, 20:00 horas, Auditorio de Oviedo.

No podía ni quería perderme otro estreno absoluto de Gabriel Ordás (Oviedo, 1999), esta vez su fantasía orquestal Onírico (2018), un encargo de la OSPA que sigue apostando por compositores jóvenes con los que captar públicos de estas generaciones, algo siempre de aplaudir y además con repercusión mediática en la prensa y televisiones regionales además de “Radio Clásica” que también apoya talentos de casa. Si además comparte programa nada menos que con Sibelius y Hindemith todavía engrandece el trabajo de este artista integral cuya obra encaja perfectamente en un lenguaje atemporal, académico si se me permite por sus referencias compositivas, bien armado desde un conocimiento de la orquestación -alumno de Fernando Agüeria a quien va dedicada- que no requiere solamente de técnica sino de inspiración (como indicaba el título de este séptimo de abono) que debe pillar siempre trabajando y con un bagaje vital adulto por una trayectoria increíble. Recomendable escucharle con Fernando Zorita en el canal de YouTube© de la OSPA.

El análisis de su obra en las notas al programa (enlazadas en los autores) a cargo de la doctora María Sanhuesa, miembro también del Consejo Rector de la OSPA, se amplió aún más en la conferencia previa del viernes con el sugerente título Sueños, visiones y otros delirios sinfónicos: Ordás, Sibelius y Hindemith entre la vigilia y el sueño, unidad temática con visiones varias de nuestro estado de “duermevela”, no ya el fisiológico sino también lo soñado e incluso lo místico junto a paralelismos pictóricos como Dalí, el Simbolismo, relojes blandos, México y toda una paleta de colores tan personales como los propios sueños explicados con los toques de fino humor a los que nos tiene acostumbrados.

Siempre son de agradecer estas conferencias con la inestimable colaboración de la Universidad de Oviedo a cargo de profesores que junto a las notas al programa en los distintos números de la revista trimestral de la OSPA, amplían o subrayan aspectos de las obras que escucharemos después en el concierto, y que por los problemas “detectados” obligan a realizarlas últimamente en la Sala de Cámara, más desangelada que las salas del último piso ahora clausuradas. Del futuro que espera al auditorio y los problemas que generará a tanta música ya programada mejor toquemos madera porque tal parece haber una mano negra que quiere seguir dinamitando poco a poco la dilatada trayectoria de excelencia que atesora la capital del Principado de Asturias.

Mis primeras impresiones del jueves fueron las de otro sueño cumplido por parte del joven ovetense Gabriel Ordás, la orquesta de todos los asturianos estrenando esta fantasía sinfónica en cuatro momentos que no solo parten del hecho físico sino de la transmisión al público de esas sensaciones para hacerlas propias: Preludio, Duermevela, curiosamente la primera en escribirse (en las páginas de los distintos movimientos de la partitura que se nos proyectaron en la conferencia podía leerse “Diciembre 2017) como bien recordó la doctora SanhuesaViaje y Crisol, fusión de elementos antes del despertar tras una verdadera banda sonora de rica instrumentación donde la percusión colorea melodías y armonías remotas, de nuestra memoria colectiva de melómanos, lejana y emparentada con sus compañeros de programa, por momentos previa desde un viaje interior personal. Volver a escucharla el viernes con la acústica tan especial del auditorio y más rodada por parte de todos me reafirma en la impresión de estar ante una obra madura con mucho recorrido para ser interpretada por orquestas en cualquier lugar del mundo dada la vigencia del lenguaje utilizado por el maestro Ordás, atemporal desde un sello propio que no esconde querencias, lógicas en todo creador.


Nuestro concertino Alexander Vasiliev dejaba su puesto a Benjamin Ziervogel (un lujo sus intervenciones en Onírico) y daba de nuevo un paso adelante para ejercer de solista con Sibelius y su Concierto para violín en re menor, op. 47 (1903-1904), no precisamente una obra habitual por demasiado exigente para solista y orquesta que es tan protagonista como el propio violín, donde los años pesan aunque su acercamiento fuese plenamente lírico al mismo, tal y como comentaba a su amigo de cuerda en OSPA TV, de sonido penetrante y fraseo no siempre claro arropado por sus compañeros atentos intentando disfrutarlo juntos, con el Allegro moderato que en Avilés se aplaudió por el ímpetu transmitido aunque falto de claridades, incluso en la cadencia, colocada en medio del movimiento, más cantado el Adagio di molto que me supuso cierto bajón emocional pese a la belleza del mismo, y el empuje desde el podio para el Allegro ma non tanto más pegadizo y llevadero al oído, demostrado que los años dan la pátina necesaria a páginas no del todo agradecidas de interpretar pero sentidas tan cercanas por nuestro maestro ruso. Retomando palabras de la conferencia, el último movimiento fue descrito como “una polonesa para osos polares”, y mi percepción personal tras volver a escuchárselo “en casa”, de una frialdad finlandesa que el cercano concertino hoy solista intentó caldear sin excesos, evitando el deshielo peligroso de caminar por un lago helado por buscar visiones, pero una angustia pensando en el riesgo que siempre se corre.

En el Oviedo que le ha adoptado, al violinista ruso también le regalaron flores pero sus nietos asturianos, verdadero anclaje emocional a nuestra tierra, correspondiéndonos con el Capricho 15 de Paganini, Posato inicial antes de la avalancha de fusas, reposado inicio previo a la acumulación de problemas, como la vida misma donde el paso de los años dan ese carácter añejo al arte, si bien no era necesario arriesgar tanto y exponerse como lo hizo nuestro admirado y querido Sasha, ni con el gélido finlandés ni mucho menos con el endiablado italiano, aunque siempre le aplaudiremos y agradeceremos su total entrega y permanente magisterio.

La Suite de concierto (1938) del ballet Nobilissima visione (Hindemith) supuso la obra de arte total wagneriana como apuntaba María Sanhuesa, conjunción de talentos con los frescos florentinos de Giotto, la música del alemán y la coreografía de Massine para los Ballets Rusos de Monte-Carlo, herederos de los famosos de Diaghilev tras su muerte, inspirados en San Francisco de Asís. Esta suite que utiliza 5 de los 11 números se organizan en tres partes sin seguir el orden del ballet y buscando lo orquestal. Tras el sueño placentero de Ordás, y la pesadilla de Sibelius, este Hindemith me recordó la cabezada tras una copiosa comida donde los sobresaltos coinciden con una mala digestión. Lástima y curiosa paradoja puesto que los ingredientes de la formación asturiana son de primera, sonó compacta, unida, con dinámicas amplias delimitando cada plano desde un rigor plausible pero nunca emocionante, provocándome cierto desasosiego orquestal que no encajaba con la rítmica danzable aunque prescindamos del baile.

Desfile de platos titulados Introducción-Rondó, Marcha-Pastoral y Pasacalle, con poco sabor pese a que el director búlgaro parece dominar de siempre la música de ballet, pero este San Francisco era de Asís y no el estadounidense, despertándonos el Hermano Sol como recordando que se nos terminó el sueño, argumentario de programa a la espera del colorido del próximo noveno abono que nos traerá a la OSPA desde Santiago de Compostela (devolviendo visita) esperando suenen de ensueño y quede el pabellón bien alto. En el octavo lo mejor del concierto resultó la fantasía del fantástico Gabriel Ordás.


Poca espiritualidad y ninguna inspiración

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Viernes 16 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “Espiritualidad II”, abono 6 OSPA, Marta Mathéu (soprano), Marina Rodríguez Cusí (mezzo), Evan Johnson (tenor), Joan Martín-Royo (barítono), Coro de la FPA (José Esteban G. Miranda, maestro de coro), Rossen Milanov (director). Obras de Haendel y Schubert.

Repertorio poco transitado con el título de “Inspiración II” en la revista, que realmente era “Espiritualidad II” según la propia web de la OSPA (ya renovada) con la vuelta del director titular al frente, volviendo a tener un día poco inspirado. Sobre la Música Acuática o Water Music de Haendel escribe ampliamente Joaquín Valdeón en las notas al programa (enlazadas en los autores al inicio de la página en Facebook© de la OSPA) optando según estaba previsto por la Suite nº 1 en fa mayor con la mejor formación para el Barroco que no debe  olvidarse, a base de la mejor plantilla para la ocasión, con la cuerda, clave, dúo de trompas y oboes más fagot. Desconozco la edición de bolsillo manejada por Milanov aunque los diez movimientos o aires de su elección no corresponden con lo anunciado en la programación de la revista ni se indican en la web, solo “selección de suites” (y cuyo orden siempre es orientativo) no coinciden con los habitualmente manejados y grabados, ni tampoco el espíritu del alemán nacionalizado británico. No se acertó tampoco con la combinación de tiempos, ritmos o compases contrastantes de este periodo y con poco rigor histórico los músicos se limitaron a las partituras sin brillar como era de esperar, sin la pulsión mecánica necesaria, aunque tuvieron momentos de lucimiento, destacando el trío de madera (que no necesita dirección) por la calidad que atesoran, dejándonos lo mejor de esta música real para disfrutar por el Támesis aunque el Gafo no sea navegable ni a nosotros se nos trate como reyes. Igualmente el excelente dúo entre Vasiliev y Corpus cuyos años de convivencia en esta orquesta les hacen entenderse mejor que muchos matrimonios. No puedo decir lo mismo de los dos bronces que decía Max Valdés porque no son los berlineses aunque lo intentaron pero sus errores “dan el cante” mucho más que algunas entradas irregulares de sus compañeros de escenario, por otra parte lógico ante las carencias en este repertorio que el titular sigue teniendo aún más acentuadas con el paso del tiempo. Así que este Handel al que Valdeón incluye en la “Categoría de honor” resultó pasado por agua e incluso soporífero para un público tan despistado que no aplaudió hasta bien finalizada la selección con el X (sin indicación de tempo) al igual que el III (¿?) según el programa (¡tampoco hubo diez movimientos!), algo por otra parte de agradecer en otros días donde las prisas impiden degustar los últimos sonidos de las obras aún vivas flotando en el aire.

Supongo que espiritualidad será religiosa porque no encuentro conexión entre el programa y su título, y de las nueve misas de Schubert se optó por la Misa nº 5 en la bemol mayor, D. 678, no precisamente la más agradecida para nadie y enormemente dura. De agradecer la colaboración abierta entre el CONSMUPA y la OSPA que permite la incorporación de 14 estudiantes (merece la pena escuchar la entrevista en OSPA TV) a estas grandes obras sinfónico corales y dejo la información colocada a la entrada del auditorio.

Por resumir la “versión” escuchada de la quinta misa de Schubert pienso que se optó por el trazo grueso, con un coro de 78 voces (46 blancas y 32 graves) nuevamente desequilibrado, más inseguro de lo habitual, abusando de los fuertes en intervenciones muy exigentes por la amplia tesitura y con pocos momentos para disfrutarlo “a capella” en una misa más como “puesta en escena” que realmente espiritual. El director búlgaro prescindió de batuta buscando la mejor comunicación aunque de nuevo el gesto no ayuda mucho al entendimiento con un coro al que han dirigido grandes y variadas manos, pero no les noto seguros con Milanov. La orquesta con el refuerzo estudiantil citado y cambiando clave por órgano, con timbales, trompetas y trombones a la derecha más trompas a la izquierda, tampoco tuvieron un buen día, faltó empaque entre las distintas secciones y el coro, navegando por este otro río a pasos y dinámicas distintas. Al menos los excesos fueron compartidos por ese afán en confundir lo monumental con lo fortísimo, olvidando que los recursos están para dosificarlos y no abusar de ellos pues hacen perder el efecto deseado.

Lo mejor de todo fue el cuarteto solista por calidad y empaste de voces tanto entre ellas como con el coro y la orquesta, dos ya conocidos en Oviedo como el barítono Joan Martín Royo o la mezzo Marina Rodríguez-Cusí (incluso coincidieron en Ariodante) junto a la soprano tarraconense Marta Mathéu espléndida de emisión, color y matices más el tenor norteamericano Evan Leroy Johnson que no desentonó en el cuarteto viniéndole muy bien la estancia europea donde el listón interpretativo es más alto que en su país (Milanov lo conoce de allá) como deberá ir comprobando, aunque no siempre triunfen los mejores.
El próximo viernes sí habrá “Inspiración II” porque tenemos estreno de Gabriel Ordás (1999) y su Onírico entre otras obras de las que María Sanhuesa hablará en la conferencia previa una hora antes “… entre la vigilia y el sueño”.

Espiritualidad metafísica para recordar a Rober

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Viernes 12 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: “Inspiración I”, abono 4, OSPA, Rossen Milanov (director). Obras de Wagner, Vaughan-Williams y Bruckner.

Mi querido Eduardo G. Salueña escribe las notas al programa (enlazadas arriba en los autores) del cuarto de abono de la OSPA con el que abríamos año antes de sumergirse con Debussy en el foso, pero también nos ofreció una conferencia previa al concierto titulada “Metafísica y espiritualidad en el lenguaje orquestal” llena de sabiduría, guiños cinematográficos y verdadera lección para disfrutar de las obras programadas para una OSPA diríamos que Gran Reserva como los vinos por el tiempo de maduración necesario para afrontar un programa que bien podría haber tomado las primeras palabras del conferenciante y tentado de hacerlas mías.

Tras el paréntesis navideño donde el destino volvía a jugarnos una broma macabra llevándose al trompa Roberto Álvarez, no podía faltar en este regreso y fuera de programa el homenaje de la sección de trompas, hoy nueve con las cuatro tubas wagnerianas (interesante como siempre OSPATV) preparadas para la novena bruckneriana eligiendo un arreglo sincero, sentido y cálido del famoso “Coro de Peregrinos” del Tannhäuser, con rosa roja en las solapas, elegancia y recuerdo del amigo Roberto, compañero siempre vivo en la memoria y más cuando la música era su pasión, eterna como sus acompañantes este viernes: Ricardo, Ralph y el propio Anton, Momentos memorables porque al igual que nuestro recordado trompa “el perdón le llega al poeta al morir junto al féretro de Elisabeth, por el triunfo del amor…” y “cómo Richard Wagner supo darle una intensidad, como se diría divina” (de Fernando Cansado Martínez en Operamanía), bien traído como inicio y final unidos por la metafísica espiritual, espiritualidad metafísica o ambas, que todo y más puede resultar un concierto.

La Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis (1910) de Vaughan Williams puso la calidad sin necesidades metafísicas al contar exclusivamente con la sección de cuerda, la que da solera a este vino musical servido casi con arreglo a los cánones: tres bloques intentando emular sonoridades organísticas en iglesias, orquesta de cámara al fondo, más la orquesta de cuerda y el cuarteto solista (integrado con el resto) pero capaces igualmente de hacernos fantasear con la música del inglés, devolvernos las calidades y ambientaciones que esta joya británica guarda, siendo tan utilizada en el cine como bien nos recordó el doctor Eduardo, desde Master and Commander hasta Remando al viento (del asturiano Gonzalo Suárez) por mostrar dos momentos memorables donde los directores ponen sus imágenes a esta música más que la inversa, aunque también podríamos hacer metafísica con el tema. Un placer degustar la cuerda bien servida y a la temperatura adecuada, con mención especial a Vasiliev, Corpus, Moros y von Pfeil, cuarteto aterciopelado cual cristalería ideal.

La espiritualidad no exenta de carga religiosa la suele poner casi siempre Bruckner, más en esta inacabada Sinfonía nº 9 en re menor (WAB 109) que nos deja ese extraño sabor de boca esperando rematar el Adagio final tras un “misterioso” primer movimiento que no alcanzó a contagiar ambiente aunque el enólogo acertase plenamente, y un Scherzo algo más lento de lo esperado como buscando paladear las pulsiones con que el “sommelier” intenta convencer al cliente, olvidando que no todos tienen igual olfato ni memoria gustativa, que la cata también tiene su arte, así como que todo cocinero no tiene necesariamente que entender de vinos, aunque ello suponga un plus. Al menos no se estropeó ese último trago, poderosamente mágico, variado, íntimo y hasta metafísicamente lírico, con regustos del Tristán wagneriano y la novena beethoveniana con aromas de pastoral, dejando que todo brillase olvidando que la contención es una virtud (la instrumentación parece exigirla), y si no que se lo dijesen al bueno de Anton, célibe toda su vida pese a estar prometido pero encontrando disculpa de diferente religión para así anular un compromiso con el que no parecía estar convencido ni preparado a su edad. Todos los elementos de este gran reserva sinfónico se (com)portaron correctamente, especialmente implicada la sección de trompas alcanzando momentos esplendorosos donde ellos encontraron la dinámica perfecta mientras el equilibrio se logró por la profesionalidad y trabajo de unos músicos de cepa inimitable y largo recorrido. Qué gran vino si el sumiller lo hubiera dejado airearse, servirlo en su punto y no apurar la botella porque olvidó que todas son únicas.

Lógico recordar y brindar con Mahler: “Un vaso de vino en el momento oportuno, vale más que todas las riquezas de la tierra”. Así sea.

Destellos del alba

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Viernes 1 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 3 “Espiritualidad I“, OSPA, Pablo Ferrández (cello), Rossen Milanov (director). Obras de Vázquez del Fresno, Elgar y Mendelssohn.
Desde niño llevo admirando al gijonés Luis Vázquez del Fresno (1948) primero como pianista y después como compositor, habiendo escuchado por él mismo algunos estrenos como sus Audiogramas en la Filarmónica de Mieres que presidía Luis Fernández Cabeza, enseñándome nuevos recursos del piano, preparado se decía entonces, que me ayudarían al acercamiento de lo que se llamaba música contemporánea o vanguardia, así como sus acercamientos a nuestro folklore con el tenor Joaquín Pixán, guardando como un tesoro el LP dedicado y en la memoria la presentación.

El tiempo nos da otra visión del pasado, derriba muros o quita calificativos pero mi devoción por el maestro Luis no ha cambiado salvo que sigue en aumento, por lo que poder escuchar el estreno (en Avilés el día antes) de una obra suya siempre es un placer, y esta vez Florilegio del alba, op. 53, una suite sinfónica (2001-2017) mientras esperamos el estreno de la ópera La dama del alba prometida por las “autoridades” muchas veces e incumplido como en ellas es tristemente de esperar. Me gustaría escucharla en vida del compositor porque mientras, nos debemos conformar con materiales de ella, caso de esta suite tan asturiana e internacional como Alejandro Casona, nuestra OSPA o el propio Vázquez del Fresno, un aperitivo a modo de “trailer” con seis números dignos de interpretarse por cualquier orquesta de fama mundial o de llevarse al disco porque calidad desborda toda ella. De la ópera supongo que no es solo cuestión económica porque material humano en nuestra Asturias para ponerla en pie hay más que interés por parte de los gestores.

No quiero tanto analizar una partitura que no conozco, dejando el recorte de La Nueva España de Andrea G. Torres sobre el estreno de ayer, y el enlace a las notas al programa (arriba) de Daniel Moro Vallina, sino las sensaciones sentidas desde mi butaca, música para paladear que abarca distintos lenguajes fácilmente entendibles y dominados por el maestro gijonés desde una instrumentación donde además del piano preparado (que me devolvió al Mieres de mi infancia), el arpa o una percusión rica y variada, aparecía en la madera el saxofón junto a metales y cuerda perfectamente equilibradas en número, volumen y dinámicas variadas. Números con “estética” de los años cincuenta conviviendo con rítmicas o melodías de aroma astur o tributo orquestal al amado Debussy del que Luis Vázquez del Fresno ha sido embajador y casi traductor en sus dos facetas de profesor y concertista, junto a Messiaen, pero siempre con la firma original del asturiano, pues todos tienen un bagaje que influye a la hora de componer y de interpretar. Este alba luminosa fue leída con cariño por unos intérpretes que la sienten por cercanía geográfica y musical, con un Milanov atento especialmente a los matices que la orquesta asturiana puso en esta suite, agradeciendo el autor los merecidos aplausos que le obligaron a subir por dos veces al escenario.

El toque británico en cuanto a elegancia, saber estar, educación, musicalidad, porte, sobriedad, emociones interiorizadas huyendo del puro espectáculo, lo pondría el Concierto para violonchelo en mi menor, op 85 (1919) de Sir Edward Elgar en manos de un Pablo Ferrández (Madrid, 1991) cuyas interpretaciones en Oviedo (2013 y 2014 las tengo contabilizadas y reflejadas, antes de su eclosión en 2015 tras ganar el Concurso Tchaikovsky) con la OSPA y Milanov siempre me han resultado impactantes por unir una técnica prodigiosa y unas visiones atrevidas muy trabajadas junto al sonido de “sus” cellos, primero el impresionante Stradivarius “Andrea Castagneri” de 1733 y después el “Lord Aylesford” (de 1696) propiedad de la Nippon Music Foundation que presta sus tesoros a jóvenes intérpretes de primera con impacto internacional, como el español, quien volvió a revolver nuestro interior por su impactante pegada, sus armónicos y la cascada de musicalidad del solista madrileño. Siendo uno de los conciertos más famosos para cello y orquesta, con grabaciones e intérpretes de referencia, personalmente firmo este ovetense como inolvidable hasta el día de hoy, más tras escucharle en OSPATV que no le gustaba en sus años de estudiante. Está claro que los años todo lo curan, sobre todo la juventud pero especialmente el trabajo constante.

Un placer contemplar la escucha atenta de toda la OSPA para ser la mejor cómplice del solista en los cuatro movimientos encajando intenciones, empastes, cambios de tempo (especialmente en el último movimiento), con Milanov disfrutando como uno más, sin molestar, asombrándonos Ferrández con la aparente y engañosa facilidad del arco, los ataques, los armónicos o sus escalas limpias y precisas dejándonos “un Elgar” para el recuerdo (grabado como todos los de la OSPA por Radio Clásica).

Generoso en su interpretación británica, también lo fue en sus regalos, la “Sarabande” de la Suite 3 de Bach con una cuarta cuerda que hace vibrar hasta las entrañas, fraseos maestros e intimismo acallando a todo el auditorio (no con el lleno deseado para estas joyas) y El cant dels ocells pidiendo la necesaria paz en este mundo convulso que el propio tocayo catalán hubiera aplaudido por el sentimiento hecho música de su violonchelo solo, plegaria y llanto. El éxito internacional de Pablo Ferrández es lógico y corroborado por los que estuvimos en esta cita.

El habitual formato de programa (obertura o estreno más concierto solista) tendría en la segunda parte a Mendelssohn pero con una obra poco escuchada, bella y grandiosa aunque exigente ante el enorme esfuerzo para sacar adelante todo lo reflejado en la partitura, la Sinfonía nº 5 en re menor, op. 107 “Reforma” (1830-1832), interpretación con destellos de plenitud, plagada de sutilezas en volúmenes con una cocina que no quemó los ingredientes aunque algo sosa y deslavazada, en parte porque la belleza del compositor alemán apenas necesita más condimento que dejarla fluir en sus movimientos siguiendo las propias indicaciones de agógica. Los músicos sirvieron este plato en su punto, de instrumentación ideal para la orquesta asturiana, maderas a dos (con contrafagot) en dúo de oboe precioso y preciso, metales compactos y orgánicos como me gusta llamarlos en páginas como el coral final de tímbrica cercana a la trompetería del órgano de tubos, timbales más la cuerda deseada, al fin rotunda en contrabajos y la personalidad de siempre en esta OSPA, clara, vibrante, llena de matices y color, capaz de herir desde el terciopelo y mantener el hilo sonoro cual emoción contenida en unos pianísimos con la misma calidad que en los tutti. Buen concierto y mejores sensaciones por las excelentes obras junto a buenas interpretaciones de un esperado amanecer sinfónico asturiano, a la que no volveré a escuchar hasta el próximo año.

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