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Lo han puesto difícil

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Viernes 26 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de Abono nº 10, OSPA, Pablo González (director), Obras de Varèse, Carter y Tchaikovsky. Notas al programa de Eduardo G. Salueña (quien impartió una conferencia previa, a las 19:00 horas: La estética del contraste: abstracción, urbanismo y bucolismo en el lenguaje orquestal).

Visto lo visto sigue pareciéndome increíble que obras de casi 100 años sigan provocando malestar en parte del público y de algunos músicos de la orquesta, evidentemente no entre los intérpretes ni un director que arriesga en cada aparición y volvió a pensar qué figura perdimos pero cuánto ganó personalmente. Las Integrales (1924-25) de Varèse creo que sonaron por vez primera en Oviedo este viernes (y Avilés el día antes), lógico porque se suele programar buscando equilibrio entre “lo seguro y lo arriesgado”, olvidándose que la única forma de educar en estas composiciones es precisamente escuchándolas más a menudo y la apuesta fue total por no decir “rompedora”. El director carbayón llevó a los once músicos por auténticas búsquedas sonoras más allá de los ancenstrales y conservadores conceptos académicos que precisamente Varèse quería romper, pese a titular los tres movimientos como Andantino, Allegro y Lento.

El recientemente fallecido Elliot Carter puede resultar tras Varèse como ver un Kandinsky tras Max Ernst, máxime en esa Suite del ballet “El Minotauro” (1947) que resulta cinematográfica y creíble hasta en el “hilo” argumental. Sin apenas respiro la OSPA fue desgranando lo mejor de esta selección del ballet, Obertura y dos escenas de tres y siete números respectivamente de lo más variados en todos los aspectos musicales, bajo la dirección impecable e implicada del maestro carbayón, volviendo a dar confianza a los músicos que sonaron como una auténtica unidad y donde volvió a destacar el cuarteto de trompas que ya han alcanzado el mismo nivel que sus demás compañeros, con sonoridades envidiables y seguras, siempre con esa tremenda seguridad y color que parece contagia la cuerda. Incluso los timbales parecen haberse “domado” pese a recuperar la posición superior.

Lograr este éxito es labor de todos pero pienso que Pablo González ha transmitido ganas y amor por todo lo que dirige, y esta primera parte volvió a demostrar que la formación asturiana puede con cualquier repertorio sin mermar un ápice la excelencia, siendo cuestión de trabajo y convencimiento.

La Sinfonía nº 1 en Sol m., Op. 13 “Sueños de invierno” (1866) de Tchaikovsky puso tan alto el listón que resulta preocupante pensar en bajar un mínimo esta calidad. Calificativos para estas obras supongo que vienen de análisis concienzudos y comparativos con otras sinfonías (y autores), pero realmente la primera del ruso sonó grande, pletórica, redonda para esta orquesta compacta, de dinámicas apabullantes nunca estridentes, de rubati perfectamente entendidos con la batuta, de claridad lineal dibujada en cada sección y solista con la maestría equiparable de un Courbet. Volver a insistir en el necesario convencimiento más allá de la técnica, en todos exigible y demostrada. Si la recreación de “esta primera” resultó tan increiblemente buena como para intentar convencernos que es lo que gusta a la mayoría, en mi caso corrobora que hay que volcarse con todo lo bueno desde el conocimiento y el esfuerzo.

Si hacía comparaciones entre Ernst (podía haber elegido a Picasso), Kandinsky o Courbet no es cuestión de prioridades sino de ampliar horizontes y gustos. Probablemente cuanta más pintura veamos más nos gustará uno u otro, incluso ¡los tres!, lo malo es que no podamos contemplarla en directo todas las veces que quisiéramos, y menos en Oviedo. No me importa que la primera “tercera obra hoy” sonase pletórica, ahora a esperar todo lo que queda hasta final de temporada.

Zapicos con clase

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Jueves 25 de abril, 18:30 horas. Auditorio del CONSMUPA, Oviedo. Charla concierto: Presentación de instrumentos de cuerda pulsada del Renacimiento y el Barroco (ICPRB): Daniel Zapico (tiorba) y Pablo Zapico (guitarra barroca).

Observar un auditorio donde sea de los más viejos siempre me alegra, aunque es cierto que me rodeaban muchos alumnos de guitarra de un conservatorio muy distinto del mío pero que sigo sintiéndolo como propio. Tener a dos profesores en activo como los “gemelos Zapico“, Dani en Zaragoza y mi tocayo en Madrid, alternando el repertorio que “casi conozco” como ellos con explicaciones de todo tipo (de hecho llegaban de Gijón de la clase anterior) es otro placer.

Alternando música y palabra como debe ser toda charla-concierto, sin demasiados tecnicismos pero contagiando pasión en todo, y sin pasarse del tiempo programado, la verdad que esta clase pasó volando. De lo contado al alimón más allá de las siempre doctas explicaciones sobre la tiorba (Daniel) y la guitarra barroca (Pablo), me quedo con su visión de la llamada “Música Antigua” en el sentido de frescura por saber del virtuosismo de aquellos músicos (mejor que compositores) equivalentes a Caravaggio, Dante… que anotaban en sus partituras de tablatura como el boceto o esqueleto sobre el que ir sumando esas melodías que Forma Antiqva a dúo (Aarón hoy de profesor del Claustro y uno más entre el público aunque seguramente tocando mentalmente con sus hermanos pequeños) desgranan y construyen como nadie.

Breves disertaciones organológicas ilustrativas así como pinceladas de las danzas elegidas, y la música bien ordenada con interpretaciones a la altura habitual, es decir estratosférica, con la complicidad no ya fraternal sino de las muchas horas de ensayo más las que les quedan. Esperamos el día 30 de abril donde recordaremos “Las Cuatro Estaciones” que resultan Tésis Doctoral tras la clase de hoy (y que cosas de la vida, ensayaban después alumnos del propio CONSMUPA donde mi querido Don Ignacio Rodríguez, cada vez más grande en todos los sentidos, tendrá su primera intervención como solista aunque en otra visión llamemos “conservadora”).

En este jueves de verano sonaron el Preludio (Ludovico Roncalli) y la Passacaglia (Kapsperger) para comprobar qué bien empastan tiorba y guitarra barroca. Las Jácaras (Gaspar Sanz) hicieron sonar mentalmente las castañuelas transportándonos a la España del XVII, y otro tanto con las Marionas (Sanz) enlazadas con los Cumbees de Santiago de Murcia, contagiándonos del ritmo al que aludía Pablo como uno de los éxitos de su instrumento en aquellos tiempos que siguen siendo actuales. La Capona & Ciaccona (Kapsperger) recordaron el estilo italiano de este emigrante alemán en unos tiempos tan distintos al actual, para rematar con esa danza perseguida por la Inquisición al bailar más pegados de lo que “la Santa” deseaba para los demás: el primer Fandango de S. Murcia, siempre comentando con la ironía langreana la aparición en tierras mexicanas de libro, músico o vaya usted a saber si ninguno pisó la patria azteca.

Al menos nuestro “Universo Zapico” lleva más kilómetros que los músicos que reinterpretan, siempre con el nombre de Asturias del que son los mejores embajadores para demostrar que la crisis no afecta a sus ganas de trabajar contracorriente.

Introspección aristócrata

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Domingo 21 de abril, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Jornadas de Piano Luis G. Iberni“. Leif Ove Andsnes (piano). Obras de Beethoven, Bartok, Liszt y Chopin.

Volvía la esencia del piano solo en las manos de un grandísimo intérprete como el noruego Andsnes que eligió un programa nada populista y desde una visión totalmente personal de un repertorio que domina desde la limpieza de líneas, ciñéndose a la partitura que es la auténtica protagonista, emanando la emoción interior y el pianista mero transmisor.

El público comentaba que resultó frío y no solamente por nórdico, pero pienso que la respuesta está precisamente en las obras seleccionadas.

Beethoven ocupó la primera parte con un Bartók intercalado. Las sonatas elegidas no resultan las conocidas pero en estas pudimos apreciar la evolución del lenguaje del sordo genial con una visión “apolínea” que decía uno de mis vecinos de localidad. La Sonata para piano nº 22 en FA M, Op. 54 de 1804, con solo dos movimientos y calificada como “misteriosa” pero también como “un valle entre altos picachos” en referencia a las sonatas “Waldstein” y “Appassionata” que la flanquean, recoge emociones bien contrastantes con recursos técnicos variados no ya en el desarrollo motívico sino en un viaje tonal, aún mayor en la Op. 101 posterior, desde la sombra concentrada utilizando todos los registros de un piano (alquilado para la ocasión) que con la caja acústica cercana y la especial del auditorio carbayón, dejaron flotando delicias sonoras. La Sonata nº 28 en LA M, Op. 101 de 1816 es el inicio de sus últimas composiciones para el piano donde conviven las citadas emociones llevadas al pentagrama con todo detalle, incluso con indicaciones claras de tiempo “rápido, pero no mucho y con determinación” (las recogen las notas al programa de José Antonio Cantón) y dedicada a la baronesa Dorothea von Ertmann. En ambas sonatas Andsnes optó por la visión fiel desde el estudio interior y concienzudo de la obra, intérprete como cauce de la música más que versión personal, aunque este camino merece un respeto profundo.

Incrustar la Suite para piano, Op. 14 Sz. 62 BB70 de Bartók entre las dos sonatas beethovenianas puede resultar chocante pero visto en conjunto parece tener la lógica de la propia interpretación, rigor y respeto desde la técnica o virtuosismo hecho normal, curiosamente lo que parece alejarlo del público en general. Como una sonatina compuesta a principios de 1916, esta suite presenta influencias varias donde quién sabe si también estará el propio Beethoven en tanto que parece elevarlo desde el Romanticismo al siglo XX con una técnica potente que remarca los cuatro números, destacando un Scherzo claro y sin prisas pese a la complejidad o el Sostenuto final que devuelve la …tranquilidad vacilante, casi melancólica… (que escribe Cantón) en un discurso siempre romántico del intérprete noruego.

Franz Liszt y sobre todo Frederic Chopin llenarían la segunda parte más las dos propinas. Tampoco eligió obras populares sino las que parecen encajar en el estilo interpretativo de Andsnes tan introspectivo. De las diez Harmonies Poétiques et Religieuses (“Armonías poéticas y religiosas”) S. 173 de Liszt optó el noruego por la nº 4 “Pensamientos de los muertos”, otro tributo húngaro de la velada cargado del romanticismo global, esta vez meditación “De Profundis” como homenaje a los seres queridos desde la resignación. Y otra dedicatoria aristócrata para la Princesa Carolyne Sayn-Wittgenstein (obvio comentar del apellido). La complejidad que encierra esta obra resultó idónea para una interpretación cargada de sombras claramente dibujadas, conocedor de profundidades desde la hondura musical y poética.

Finalmente el polaco Chopin, el piano romántico por excelencia, el adorado y siempre difícil estilo que toda su producción esconde, esta vez el Nocturno Op. 48 nº 1 en Do m., dedicado a su alumna Laure Duperré en tono menor e inicio sereno que irá creciendo en exigencias técnicas que Leif Ove Andsnes supera sin problemas con una perfección impactante llena de gamas dinámicas amplísimas que el piano devuelve una a una. Dedicada a la baronesa Charlotte de Rotschild, La Balada nº 4, Op. 52 en Fa m. encierra todo un ideario musical desde las texturas o contrapuntos hasta un pre-impresionismo que emana de los dedos del noruego delineado, exacto, detallado y cuidadoso al máximo, enlazando sin aplausos (hubo connato y móvil de turno) con el anterior “sentido nocturnal” para buscar esa unidad chopiniana e incluso romántica que en la balada alcanza auténtico clímax emocional y vigor interpretativo.

Si lo escuchado resultó frío o duro para algunos, la elección de dos Valses del polaco pareció acallar comentarios más por lo conocidos que por la propia interpretación, curiosa y lógicamente en la misma línea de todo el concierto: total respeto a la partitura con una técnica apabullantemente sobria que hacen que lo difícil parezca fácil. Es el rasgo de los grandes… Como si los destinatarios de las obras contagiesen esa aristocracia lejana, totalmente distinta de la actual, al propio Andsnes desde hoy le podemos dar el título “Barón del piano”.

Delicada rotundidad

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Viernes 19 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 9: OSPA, Alexander Melnikov (piano), Pablo González (director). Obras de Beethoven y Schumann.

Volvía mi tocayo a casa y su presencia al frente de la OSPA parece inhalar nuevos vientos independientemente de las obras que dirija pues consigue de nuestra formación colores siempre nuevos así como una simbiósis que sólo unos pocos logran de los músicos.

Dos autores que nunca pueden faltar en las programaciones para solaz de melómanos y forjando el necesario “corpus” de futuros públicos que con esfuerzo se van ganando en la capital del Principado, Gijón o Avilés, como sedes de los distintos abonos.

La primera parte Beethoven abriendo con Egmont, obertura, Op. 84 (1809-1810) que no por trabajada nos deja indiferentes. Visión clara en su discurso melódico atendiendo cada detalle de ritmo, dinámicas y colorido orquestal con los silencios subrayando la trama y tiempos bien diferenciados para una formación madura que acepta sin discusión interpretaciones rigurosas como la que ofreció el director ovetense. Si la cuerda debe sonar aterciopelada o los vientos arriesgados, así responden, y todos apostaron por el vigor de esta obertura que como escribe Tania Perón Pérez en las notas al programa del número 2 de la revista trimestral (este viernes se repartí el tercero), “esta obra es un claro ejemplo en el que la historia se convierte en leyenda, la leyenda en drama, el drama en música y la música en historia”. Maravilloso juego de palabras para la versión que Beethoven hace del drama de Goethe.

El Concierto para piano nº 2 en SIb M, Op 19 (1795) no es de los más escuchados en directo, pero tras la vivencia con el pianista ruso Melnikov, la concertación de González y la respuesta perfecta de la OSPA tendré que estar muy atento a su emisión por Radio Clásica para grabarla y guardarla como referente absoluto. Si hace un par de años con R. Gamba (también en el 9 de abono) titulaba “Y qué pianista” con el nº 2 de Prokofiev, el primer calificativo que me vino esta vez a la cabeza fue “rotundo”, porque cada uno de los tres movimientos fue impactante en todo. El sonido del piano empastó como nunca con el de esa formación orquestal un tanto peculiar del alemán, la nitidez expositiva del solista fue prístina tanto en los concertantes como en los solos desde una escritura clásica que consigue una densidad casi inigualable. Los contrabajos sonaron redondos y potentes sin excesos, la madera se convirtió en una extensión, sino ampliación tímbrica, de una piano potente y delicado, más los metales, sobre todo las trompas, completaron unas texturas inverosímiles. Puedo decir que hubo magia sonora y volviendo a Melnikov (merece la pena escucharle en la entrevista previa en YouTube©) su fraseo e implicación desde el Allegro con brio resultaron perfectos por el entendimiento con la orquesta sabiamente llevada por Don Pablo, usando aquí la batuta para mayor claridad visual de todos que supuso una paleta amplísima de dinámicas y tempi prodigiosos. Pero lo que me impactó fue el Adagio, en la tonalidad de MIbM que siempre he mantenido como perfecta para el protagonismo melódico de las 88 teclas, lirismo equiparable a su homónimo del “Emperador” con la frescura juvenil sin complejos del primer concierto que luego resultaría segundo, simbiosis de resonancias en las cuerdas del piano ensambladas con un único color orquestal que crearon ambientes indescriptibles. Si la cadenza del primer movimiento sonó impactante, todo el segundo pareció paradisíaco. Ante este discurso y entendimiento de un diálogo obvio que Pablo González supo moderar como nadie, el Rondó: Molto allegro transmitió desde el virtuosismo intrínseco el futuro genio compositivo que vendría después, nuevo empuje de vigor y limpieza solística arropada por una orquesta unida y sin flecos capaz de lograr una versión de referencia.

El sonido y técnica de Alexander Melnikov lo disfrutamos en su propina, cristalina, sentida y nuevamente rotunda: me pareció entender y recordar desde casa Brahms el “Intermezzo” de su Fantasía Op. 116. El descanso me sirvió para seguir paladeando un pianismo cercano.

La Sinfonía nº 4 en Re m, Op. 120 (Schumann) ya va siendo hora de quitarle el “sambenito”, incluso de Mahler, de lo poco orquestador que era Robert en esta revisión de 1851. El titular de la OBC ya comentaba con Fernando Zorita en YouTube la obra, pero su interpretación resultó todavía más clara y contundente superando los balances o densidades camerísticas que bien apunta el director ovetense. Logrando la continuidad de los cinco movimientos apenas interrumpidos por las “toses obligadas” algo menores de lo habitual, consiguió una interpretación no sólo equilibrada sino brillante y delicada. Todo un muestrario de buen gusto al que respondieron todas y cada una de las secciones de nuestra orquesta, el primer y contrastante Ziemlich langsam – Lebhaft, la reposada y emocionante Romanze: Ziemlich langsam, el movido y contagioso Scherzo: Lebhaft, el nuevo contrate del Etwas zurückhaltend – Langsam, y el brioso Lebhaft final, donde el idioma alemán siempre exigente pero “tranquilo” (lento o aún mejor “Langsam”) consiguió desde esa concepción la pluralidad de ideas musicales convergentes en un todo compacto y nuevamente rotundo, redondo, magistrales metales otrora fustigados, timbales delicados y presentes, maderas vigorosas y la buena cuerda que en perfecta conjunción dirigida sin batuta por Pablo González sonaron con personalidad propia, identificativa y diferenciadora para una “Cuarta” impactante, reposada, paladeada hasta el último fraseo y sin prisas en el aplauso.

La semana que viene darán otro “giro de tuerca”, pero las bases están asentadas en este romántico, delicado y rotundo noveno de abono.

Lección pianística de Teresa Pérez en Mieres

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Jueves 18 de abril, 20:00 horas. Salón de Actos de la Casa de la Música, Mieres: Teresa Pérez Hernández (piano). Obras de D. Scarlatti, Mozart y R. Schumann.

En este año que celebramos los 25 años de nuestro Conservatorio y Escuela Municipal de Música de Mieres, los conciertos no pueden faltar en esta fiesta, y por fin pudimos escuchar a la pianista tinerfeña Teresa Pérez, profesora del CONSMUPA que eligió un programa digno de una clase magistral repasando Barroco, Clasicismo y Romanticismo con tres autores muy diferentes que necesitan afrontar sus obras como sólo una artista de la talla de la canaria es capaz.

En un salón al completo, en parte por una buena campaña promocional en prensa, radio y redes sociales, y donde abundaba gente muy joven, alumnos que con estos conciertos toman ejemplo de los maestros, arrancaba la velada con Cinco Sonatas para clavicémbalo (catálogo Kikpatrick: K11, K1, K208, K209 y K201) de D. Scarlatti para “calentar dedos”, su obra más representativa en una difícil selección de entre las más de 550 sonatas bipartitas, con un orden que sirvió para darnos una visión general como si de una obra única se tratase: lento (aunque en catálogo figura Allegro), rápido (Allegro), lento (Andante mi cantabille), rápido (Allegro) y muy rápido (Vivo). Con el regusto del clave original o incluso del pianoforte, pudimos paladear la riqueza melódica y exigencia técnica de las composiciones del napolitano español afincado y fallecido en Madrid, visión pianística sin historicismos pero respetuosa con el original en cuanto al mínimo uso del pedal y todas las ornamentaciones de un lenguaje de tecla que prepara el (Pre)Clasicismo de su seguidor más ilustre, el Padre Soler.

Y con Mozart llega el genio, la Sonata KV 330 en DO M. que bien puede servir en la clase para comentar lo engañoso de sus obras desde una aparente facilidad pero escondiendo multitud de trampas que la profesora supo evitar. Un Allegro moderato así entendido con fraseos claros y precisos, riqueza tímbrica y expresividad máxima donde los trinos siempre son deliciosos. El Andante cantabile volvió a ser fiel al tempo, un movimiento central lleno de lirismo, reposado y legible de inicio a fin para desembocar en ese Allegretto que Mozart pergeña como nadie, tonalidad sencilla pero con el calado que Mayte supo exprimir.

Tras un breve descanso aparecería el romanticismo pianístico en estado puro: el Carnaval Op. 9 (Scénes mignonnes sur Quatre notes) de Schumann. Otra lección desde el Préambule hasta la Marche des “Davisbündler” contre les Philistins, exigencia y virtuosismo máximo en cada una de las 20 piezas unidas por los títulos carnavalescos pero todo un muestrario técnico e interpretativo, expresivo a más no poder, ligados, picados, octavas, pianísimos y fortissimos, ataques de muñeca o brazo, tratamiento muy específico y diferenciado de los pedales, vamos que el alumnado, las familias y por supuesto los aficionados que disfrutamos con esta obra, particularmente Valse Noble, Papillons, Chopin o la marcha final.

Los aplausos merecidos “obligaron” a regalarnos del propio Schumann su Romanza nº 2, Op. 28 en Fa# M para seguir con la clase magistral tras el delirio de las carnestolendas llegó la madurez e introspección que transmitió desde el piano Teresa Pérez. Nueva y nutrida salva con tres salidas que dieron aún para rematar con Chopin y su Nocturno en Do# m. Op. 27 nº 1, el poso de la experiencia para degustar un reserva romántico.

Enhorabuena a mis compañeros y amigos de la EEM por el esfuerzo organizativo de estas Bodas de Plata, y en especial a la profesora Mª Teresa Pérez por traernos a Mieres su siempre apreciado magisterio pianístico.

Premio de composición OSPA 2013

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Viernes 12 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Concierto Extraordinario “Concurso Composición OSPA 2013”. OSPARossen Milanov (director). Obras de Marcos Fernández Barrero (1984), Hermes Luaces Feito (1975) y Jorge Ortal Grandal (1969).
El jurado estuvo compuesto por el maestro Milanov, director titular de la OSPA, el compositor Jesús Rueda, la musicóloga María Sanhuesa, más dos músicos de la orquesta asturiana: el concertino Alexander Vasiliev y el fagotista Vicente Mascarell.

Tras la presentación a cargo del violinista segundo coprincipal Pedro Ordieres, se celebró el sorteo para el orden de interpretación de las tres obras finalistas, que paso a la difícil tarea de describir la música según las notas tomadas en la primera escucha, algo que no suelo hacer pero dado el carácter de estreno y la posibilidad de votación popular, tuve el humor de ir reflejando mis impresiones según iba escuchando, dándole un poco de forma para hacerlo más legible. Las tres composiciones utilizaron la misma plantilla orquestal con mayor o menor percusión y de duraciones similares (en torno a los 15 minutos y un poco más escuchada en último lugar) siguiendo las bases del concurso.

Diálogos del tiempo y el espacio (2012) del madrileño Hermes Luaces Feito. El arranque me trajo a la mente un estilo de marcha tipo John Williams buscando el arca perdida jugando con metales y percusiones tanto en la rítmica como en los matices, dando paso a una madera sola contrapuesta con los temple-blocks y pizzicati que redondean un ambiente roto por un crescendo retomando el pulso inicial, sincopado, recuerdos Copland, aparición del vibráfono y nuevo giro hacia el reposo añadiendo la cabaça a la percusión con un viento que hace de colchón antes de cierto oleaje creado con flautas y más percusión (bongos, timbales) siempre jugando con amplios y extremos reguladores. El uso de la trompeta con sordina prepara un largo pasaje donde se manejan tímbricas variadas en percusión, apareciendo el triángulo, cuerda fluctuante, disonancias, trémolos, más juegos dinámicos y una técnica de sustracción en el sentido de ir desapareciendo paulatinamente los instrumenots, texturas y dinámicas con notas tenidas. Lo siguiente siempre en pianos un ostinato del vibráfono y las trompas creando acordes fanfarria para recuperar el pulso y dibujos de motivos melódicos “apagados” contrapuestos al rítmico ostinati de la cuerda que tanto le gustaba a Bernstein, tomando protagonismo la caja y el fagot que irán progresando con la figuración en metales y percusión agitados frente a la calma de los oboes capaces de conseguir un “largo color” con el sustento de la cuerda, pianissimi incluso en la percusión y notas tenidas de los metales, vibráfono, cuerda en pizzicato en continuas sumas y restas de efectivos contraponiendo dinámicas bruscas y rítmicas que concluyen en un decrescendo hasta el punto final.

Trabajo de texturas y dinámicas, del tiempo y espacio musicales que preveían en el propio título desde una orquestación actual capaz de ser danzada o utilizada con imágenes. En mi “quiniela” figuraba en segunda posición aunque no obtuvo mención alguna.

Resonancias para orquesta (2012) del catalán Marcos Fernández Barrero. El inicio disonante y con sordina en cuerda, trompetas y trombones sustentando las intervenciones melódicas de oboes salpicados de marimba tejen una línea que engorda con la tuba dentro del clima opaco muy del gusto de Sostakovich, con pinceladas de flauta y oboe más juegos dinámicos que van alcanzando una densidad sonora en crescendo y súbito mf, acentuados ataques unidos a un acelerando progresivo de la cuerda en ritmo ternario marcado, jugando con la tímbrica en metales muy danzante (Bernstein nuevamente flotaba). La cuerda yace cual sustento para una rítmica clara en metales y maderas que mantienen la pulsación hasta un cambio de tempo y aire que alcanzan la zona central de la composición. Sensación de reposo en dinámicas, gotas en el viento y trémolos acelerantes con trompas y reminiscencias del “Dies Irae” con sordina y sforzandos de la cuerda contestados nuevamente por los metales. El puente pseudomelódico se romperá con la irrupción de viento y cuerda, oboes y flautas a los que se suma la marimba para lograr un ambiente cinematográfico de espectación a cargo de una cuerda con textura húngara o rusa para un final inesperado en decrescendo y “pérdida de efectivos instrumentales”.

Se nota una apuesta por llevar a la orquesta la sonoridad del piano añadiendo toda la paleta instrumental en cierto modo “camuflada” y protagonismo de la percusión, con recursos variados en un lenguaje o estilo “cercano” a los años 50 del pasado siglo, especialmente la rítmica típica del lenguaje musical. Personalmente fue mi preferida y coincidí con el jurado.

Elementos vitales (2013) del cubano afincado en Vigo Jorge Ortal Grandal (1969). Un crescendo en la percusión al que se suman metales y madera sustentados por notas tenidas en la cuerda desde un compás de amalgama volvía como recurso recurrente al concierto, esa América de Lenny hasta en la textura lograda por la instrumentación donde aparecen campanas, caja, cuerda en ostinato y una especie de “motivo” que lograrán un sonido redondo sin olvidar las dinámicas a partir de unos cellos y trombón dibujando con el palo de agua que se prolonga en trompeta y trompas desembocando en un crescendo de la cuerda muy rítmica en escalas ascendentes y descendentes que generan la sensación de movimiento. Big Bang y posterior Eclosión metálica que figuran como partes y/o “elementos vitales”, trueno percusivo y referencias orientalizantes de oboe y flautas seguidos por trompas siempre arropados por la cuerda y “gotas de la cortinilla” con metálicas densidades utilizadas en la banda sonora de “Memorias de África”, juego de cuerda y protagonismo de violines segundos y vioas graves tras crescendos y decrescendos en ritmo cuaternario pasando los metales a intercambiar el sustento tímbrico. Una percusión caribeña o africana que firmaría Barry dará al glockenspiel y la tuba su momento de gloria cayendo en un pianisimo que devuelve la densidad sonora. Un mundo de maderas parece llegar con el breve acelerando y crescendo con un aire vivo en melodía bien escrita para la cuerda, con ritmo más marcado y repetido cual malambo por la caja mientras maderas y trompetas en picados y trémolos dan paso a una “cuerda John Williams“, siempre con el cine protagonista y referente. Se nota el oficio del compositor por la cantidad de recursos que pueden parecer facilones pero muy efectivos. Temple-blocks y metales en distintas octavas y registros, apoyados en una cuerda y apariciones rítmicas siempre dobladas por la percusión parecen preparar el Big Crunch, final casi unísono familiar y acelerando rítmico hacia un bloque que bauticé “Lawrence de Arabia” por lo solemne y piano antes de un crescendo donde la percusión romperá esa calma del desierto o incluso la estepa africana, un clarinete sobre los parches al que se suma el oboe y glissandi de trombones, violas, flauta y el efecto sumativo de los metales que parecen tocar las variaciones sobre el “Canon” de Pachelbel cual fuga final, campanas incluidas, en acumulación tímbrica y dinámica tan del gusto de Ravel en su “Bolero” o Williams en “Superman” por la familia de metales. Como si de una caída trágica la marimba y el pizzicato de los cellos retoman el sentido de canon en un Andante solemne y polirrítmico con relámpagos. Más amalgama y combinación de texturas, redobles en platillos, trompetas con sordina y el gong que acabarán en piano inesperado.

Mucho oficio en una obra “pastiche” en el sentido de mezclar de todo un poco, con orquestación académica, redonda y “populista” en el sentido de más melódica, asequible y digerible al oído no muy entrenado que prefiere referencias y puntos de apoyo antes de esforzarse por probar cosas nuevas. No me equivoqué con este comentario al resultar la obra votada por el público.

Destacar la impecable dirección del maestro Milanov y la entrega de todos los profesores de nuestra OSPA que sacaron de las tres obras probablemente más música de la que estaba escrita, aunque la presencia de los compositores en los ensayos supongo que habrá ayudado a perfilar detalles. Parte del público no esperó a conocer el veredicto y tomando las palabras del director búlgaro a la revista Scherzo del mes pasado, “Hay que conseguir que los nuevos públicos se sientan libres”. Al menos su apuesta por dar a conocer obras y compositores nuevos ha tenido su fruto, aunque estemos lejos del ambiente norteamericano en el que tanto ha trabajado nuestro titular.

Una vez conocidos los ganadores del jurado y popular, aplaudimos al premiado Marcos Fernández Barrero sobre el escenario y pudimos volver a escuchar Resonancias para orquesta, que se incluirá en la programación de la próxima temporada. La segunda escucha siempre resulta más enriquecedora para todos y así sonó.

Ashkenazy también joven

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Domingo 14 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Joven Orquesta de la Unión Europea (EUYO), Daniel Hope (violín), Vladimir Ashkenazy (director). Obras de BrittenBerkeley, Mozart y Ravel.

Siempre es una gozada disfrutar de orquestas jóvenes con calidad, y la EUYO, donde ha estado mi querida violinista María Ovín, es fiel exponente de la apuesta por la cultura y educación musical desde esta Unión Europea a la que pertenecemos pero no rema en la misma dirección en unos tiempos donde los recortes no respetan nada y los patrocinios privados parecen ser la única solución, tal y como pudimos apreciar en la cara información facilitada a la entrada del concierto.

Orquesta formada por más de 140 músicos procedentes de los 27 estados miembros, seleccionados entre miles de candidatos entre 14 y 24 años, la Gira de primavera que arrancó el 30 de marzo en Interlaken (Suiza) pasa también por España estos días de abril: Barcelona, Oviedo, San Sebastián, Valencia y Alicante, con el pianista y director Vladimir Ashkenazy al frente (titular desde el año 2000 continuando la lista empezada por Abbado y Haitink, para engrosar la larga lista de grandes batutas que han pasado por la EUYO como invitadas, además de contar siempre con solistas de fama mundial, esta vez el violinista Daniel Hope en algunos de los conciertos de este tour primaveral.

En el centenario de Britten nada mejor que comenzar con “Montjuic”, Suite de danzas catalanas para orquesta, en colaboración con L. Berkeley, tras el paso de ambos por Barcelona los días 18 al 25 de abril de 1936 para intervenir en el XIV Festival de Música Contemporánea, que les marcaría tanto musicalmente como para denunciar la barbarie de nuestra triste Guerra Civil, como bien recuerda Iván J. Román Busto en las notas al programa. Cuatro movimientos donde podemos reconocer melodías y ritmos cercanos: Andante maestoso un minueto, Allegro grazioso estilización de la “gavotte”, Lament-Barcelona July 1936 en ritmo lento de zarabanda intercalado con alusiones a la sardana, y Allegro molto, todos ellos bien diferenciados en una interpretación brillante por efectivos pero emotiva por lo contenida, con una dirección muy peculiar del director islandés (afincado en Suiza y nacido en Rusia) que aúna lo didáctico precisamente por los gestos marcados que no dan lugar a dudas.

El Guarnieri del Gesúex-Lipinski” de 1742 que toca Daniel Hope es terciopelo sonoro que con una técnica prodigiosa tanto en el arco como la mano izquierda del inglés, hicieron del Concierto nº 3 “Estrasburgo” para violín K. 216 de Mozart, muy apropiado para este concierto europeo y una delicia acústica, aunque menos interpretativa. Nuevamente escuchamos una visión intimista, introspectiva en los tres movimientos, donde las cadenzas fueron las esperadas de virtuosismo pero algo carentes de más sentimiento, con una orquesta reducida y bien “domada” para esta obra por el veterano director que se limitó a marcar más que a interpretar. El sonido triunfó sobre la música en el siempre “traicionero Mozart”, aunque para gustos se hicieron colores. Y la propina, promocionando el último CD de Hope, otra lección de virtuosismo con esas “Campanas” de Johann Paul von Westhoff (1656-1705) que volvió a impactar por la técnica desde una gélida interpretación como el título de diseño gastronómico: “Deconstructs Imitazione della campana”.

Al menos Ravel no nos dejó indiferentes, la orquestación magistral del francés con una formación idónea nos interpretó las dos suites del ballet Dafnis y Cloe, lástima de coro para escuchar el ballet completo. La Suite nº 1 (Nocturno – Interludio – Danza guerrera) ya mostró la calidad de todas las secciones de la joven orquesta, cuerda bien ensamblada, madera cálida, metales claros y precisos, arpas puntuales y correctas, más una amplia percusión donde disfrutamos hasta de la “Máquina de viento”, siendo la Suite nº 2 (Amancer – Pantomima – Danza general) aún mejor, con un protagonismo especial de la flautista solista búlgara Adriana Dyakova, quien ya bordase su intervención en la primera parte. Interpretación sin pausa de ambas suites donde Askhenazy llevó de la mano a sus chicos, jugando esta vez sí con todo el colorido de la partitura, mimando los planos sonoros y dejando los tutti algo más liberados, consiguiendo un Ravel más que digno.

La propina del británico Elgar y su Canción de la mañana (Chanson de Matin), Op. 15 nº 2 nuevamente sacó de los jóvenes músicos europeos lo mejor desde la emoción contenida y el empaste en una gran formación que sonó adulta bajo la dirección de un joven Vladimir que pese a los años sigue conjugando batuta y piano. A la salida todavía tuvo tiempo de firmar discos, aunque últimamente me estoy haciendo poco mitómano…

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