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El músico valiente

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Martes 7 de mayo, 19:45 horas. Teatro Filarmónica, concierto 9 del año, 1990 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo: Dúo Gabriel Ordás (violín), Damián Hernández (piano). Obras de Bach, Schubert y Beethoven.

Hace años que sigo la trayectoria de Gabriel Ordás (Oviedo, 1999) quien a pesar de su juventud lleva casi toda la vida dedicándose a la música, escuchándola, tocando el violín, el piano, en solitario y también cámara o hasta orquesta (aún le recuerdo en un LinkUp de hace cinco años con la OSPA que me enamoró) y sobre todo su faceta de compositor con estrenos que puedo presumir de haberlos comentado y disfrutado. Hay que ser muy valiente en estos tiempos para compaginar los estudios obligatorios con la práctica musical y llevarlo todo como Gabriel lo hace, siempre con el apoyo de una familia sin la cual nada sería posible.

Valentía igualmente es enfrentarse al Bach elegido para su presentación en la centenaria sociedad filarmónica carbayona, la desnudez del salto sin red de la impresionante Sonata nº1 en sol menor, BWV 1001, dejando fluir la música a borbotones, con una técnica aún sin depurar que no le impide entregarse en cada nota, en cada compás, en cada frase. Impresionante el Adagio inicial sentido para afrontar la complicada Fuga (Allegro) que multiplica las sonoridades, la Siciliana muy “cantabile” y el vertiginoso Presto final.

Si en la sonata Gabriel Ordás dejaba muestras de un talento innato y madurez interpretativa, la Chacona perteneciente a la Partita nº 2 en re menor, BWV 1004 es un nuevo salto al vacío, el Bach interiorizado, memorizado y muy trabajado, un reto que pocos profesionales afrontan en concierto pero que el ovetense ofreció sin miedo ni complejos. Maravilloso escucharle y observar un arco lleno de plasticidad desde una amplia gama sonora al servicio de las endiabladas partituras del genio de Eisenach.

Francisco Damián Hernández Díez (Oviedo, 1973) compartió excelencia desde el piano, primero con la Sonata nº 1 en re mayor, Op. 137 de Schubert, obra que siempre recordaré de mis años jóvenes en primer año de música de cámara. Hernández y Ordás forman un dúo que entiende la música sin complicaciones pero con mucho trabajo conjunto, todo fluye con naturalidad, los diálogos, los acompañamientos, el saber dónde están los encuentros, los planos de cada uno, los protagonismos sin divismos. Excelente sonata tripartita con el Allegro Vivace final chispeante, exigente para ambos y luminoso en su interpretación.

La juventud como eterna primavera sonó con la homónima Sonata nº 5 en fa mayor para violín y piano, Op. 24 de Beethoven, dos intérpretes con muchas horas de estudio afrontando con frescura los cuatro movimientos, diálogos chispeantes, matices, movimientos desenfadados pero llenos de hondura, una asombrosa madurez para esta sonata exigente tanto para el piano como para el violín, sin apenas respiros y demostrando la grandiosidad de hacer música a dúo.

El regalo una adaptación del aria para tenor “Enamorado” de la ópera de cámara Doña Esquina compuesta por Gabriel Ordás, el sentimiento del intérprete con su composición, el canto desde el violín con el piano orquestal de Damián Hernández, siempre un placer cada concierto y más comprobar la evolución del talento musical y humano de un joven de su generación para quien la literatura, la música y todo el arte es afición, esperando sea pronto también profesión.

Grandiosa sobriedad

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Jueves 2 de mayo, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Orquesta Barroca de Friburgo, RIAS Kammerchor, René Jacobs (director), Polina Pastirchak (soprano), Sophie Harmsen (mezzo), Steve Davislim (tenor), Johannes Weisser (bajo). Beethoven: Missa Solemnis en re mayor, op. 123.

Crítica para La Nueva España del sábado 4 con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Escuchar una de las últimas obras de Beethoven con la Orquesta Barroca de Friburgo, el coro de cámara berlinés y René Jacobs dirigiendo es un lujo al alcance de pocas ciudades en una gira donde Oviedo sigue estando en el mapa junto a Colonia, Amsterdam, París o Berlín, por eso la llamo “La Viena del Norte” español.
Todo muy cuidado, en su sitio: coro de sopranos y bajos enfrentados a contraltos y bajos, el órgano positivo frente al director, un cuarteto solista homogéneo, empastado, cantando “a media voz” bien proyectada, manteniendo la tensión desde un bloque sonoro junto a esta orquesta “historicista” ubicada en diferentes niveles, con tímbricas únicas, sobrias, sin estridencias desde la contención, con cierta aureola grisácea que nunca explota al blanco impoluto.

Esta última misa de Beethoven sonó a gran sinfonía vocal con trama litúrgica en latín, música casi siempre al servicio del texto de maravillosa escritura inimitable, única a la par que confesión de fe y revelación espiritual del sordo genial. Sin sobresaltos, desde la contención en todos y un equilibrio de dinámicas asombroso (“puesta en escena” de auténtica ceremonia musical inexplicablemente rota por el descanso tras el Credo), Jacobs ofició un continuo crescendo emocional en los cinco números, paladeando la excelencia del coro, de los jóvenes solistas, de unos metales aterciopelados y madera cantante, más una cuerda siempre en su sitio, afinada y presente incluso con el solo de la concertino flotando sobre unas texturas impecables llenas de claroscuros textuales, cambios de aire resolutivos y primeros planos nítidos.

Kyrie interiorizado, Gloria luminoso, Credo primer hito del ideario de Jacobs, Sanctus abriendo el cielo y Agnus Dei sublimando una sobriedad grandiosa sin fisuras, luz puesta por el coro y sobremanera el cuarteto solista, perfectos en contención antes de la explosión total y global. Los aplausos generosos rubricaron el éxito de esta misa redentora.

Liturgia Sokolov

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Sábado 2 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Grigory Sokolov. Obras de Beethoven y Brahms.

Crítica para La Nueva España del lunes 4, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Cada visita del pianista Grigory Sokolov (San Petersburgo, 1950) a España es un espectáculo casi místico con una liturgia conocida: temperatura adecuada, luz casi íntima, Steinway© con afinador incluido que al descanso vuelve a escena para retocar un instrumento que en manos del ruso alcanza sonoridades de otro mundo, más un programa donde las propinas son realmente la tercera parte, nunca improvisadas porque no hay nada al azar. Sabido de antemano antes de acudir al templo, merecen mayor penitencia quienes reinciden en el pecado de marchar antes de tiempo pues no hay propósito de enmienda; es verdadero sacrilegio toser inadecuadamente con ánimo de regocijo; y excomunión directa para los móviles demoníacos. El ritual no puede romperse aunque el ruso parezca ajeno a todo desde su púlpito instrumental, y los acólitos no soportamos las ofensas.
Sokolov es cual evangelista que bebe del antiguo testamento pianístico e interpreta literalmente desde el nuevo, con Oviedo parada obligada de sus giras (2011, 2014, 2017), en esta ocasión incluyendo dos de las tres B musicales de von Büllow: Beethoven y Brahms, románticos primero y último, dejando a Bach todopoderoso en el primer paraíso terrenal que entraría en mi particular santoral el 9 de abril de 2011.

Comenzar con la Sonata nº 3 en do mayor, op. 2 supone redescubrir al Beethoven que parte del Clasicismo haydiniano en su Allegro inicial, técnicamente siempre perfecto al servicio de la historia musical interpretativa, con fraseos impolutos, virginales, pureza de pedales, intensidades únicas en cada dedo con matices que en el Adagio presentan ya el primer romántico de claroscuros, profético en las manos de Sokolov, el Scherzo sustituyendo al minueto mozartiano ya plenamente sinfónico, y el último Allegro assai “imperial”, ligero de trinos barrocos, orquestales por momentos, con melodías inspiradoras para Schumann, Mendelssohn o Brahms, un testamento para todos los románticos.
Las Once bagatelas, op. 119 juegan con tonalidades y modos, aires del andante al vivace, estilos y épocas que al reunirse vuelven a tomar sentido de globalidad y premonición, música de un autor del que Sokolov se erige como gran mentor desde el siglo pasado. Emparejadas se complementan cual piedras preciosas en pendientes, sumando elementos se transforman en pulseras o collares, y todas juntas construyen esta corona real, bien engarzadas por este orfebre las once lecturas “futuristas”, más de lo que supondríamos al escucharlas por San Sokolov, miniaturas inmensas dotadas de unidad místicamente interiorizada que van creciendo, impactando e iluminando músicas aún por escribir en 1823 cuando se publicaron: juvenil A l’Allemande que nos recordó nuestro Antón Pirulero, chopiniano Vivace moderato de la nueve y carnavalescamente breve el Allegramente schumaniano por citar solo tres diamantes.

Brahms admiró y bebió de Beethoven, el último pianismo del hamburgués coincide en número opus con el maestro de Bonn. Sokolov unió las 118 y 119 Klavierstücke, diez piezas (seis y cuatro) dotadas de una madurez tanto escrita como interpretativa, donde los silencios brillan con la levedad deseada, cada nota responde fiel al pentagrama llenando el auditorio, las tonalidades adquieren brillos inenarrables y todo fluye mágico con equívoca apariencia de sencillez, monodia cumbre casi susurrada, verbo hecho arte mayúsculo, “rubato” imperceptible del fraseo y la buscada sonoridad casi enfermiza del ruso, sacando infinitas dinámicas independientes en cada gesto sin perder los legatos de ataques variopintos según la necesidad expresiva, ora ingrávida, ora refulgente y vigorosa. Cada pieza es única, reunidas las diez todo un nuevo testamento interpretativo de este evangelista del piano que siempre asombra descubriendo no ya el Intermezzo forma sino firma de un reverenciado Brahms.

Tercera parte de propinas, las seis “previstas” donde lo apuntado en los dos “B” toma forma independiente y profecías cumplidas: el Impromptu op. 90 nº 4 de Schubert más la Melodía húngara D 817, alternando con su esperado Rameau de trinos imposibles, piezas para clavecín de Los Salvajes La llamada de los pájaros antes del vals nº 2 de su compatriota A. Griboyédov para darnos la bendición apostólica con el mejor Debussy íntimo, casi místico del preludio Pasos sobre la nieve, el último legado del que Sokolov volvió a evangelizar caminando sobre la penumbra de un marzo ya primaveral.

Flores de Pascua musicales

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Jueves 13 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Isabel Villanueva (viola), Oviedo Filarmonia, Yaron Traub (director). Obras de I. López Estelche, W. Walton y Beethoven.

En la temporada del 20 aniversario de la OFil, pasamos en dos semanas de los “Buenos modales” anteriores a unas “Flores de Pascua“, ambas con Marina Gurdzhiya de concertino, que anuncian la Navidad, tanto en la decoración del frontal escénico como por un programa que sigue organizándose como hace doscientos años y que podría haberse invertido cronológicamente comenzando con la sinfonía, seguir con el concierto solista y terminar con el estreno, aunque por las fechas debo reconocer que “La séptima” del sordo de Bonn es mejor que un villancico e incluso eleva los ánimos de todos, público e intérpretes.

Dicho lo anterior, el estreno absoluto de Victoria’s secret for orchestra del compositor de Santoña Israel López Estelche (1983) podría haber sido el remate a este concierto casi navideño porque es un regalo seguir componiendo y además inspirado en nuestro gran Tomás Luis de Victoria. El toque humorístico no falta ni en el título, que induce a pensar en lencería y ángeles más que en el genio abulense de nuestro Siglo de Oro musical. En las notas al programa el doctor Julio R. Ogas explica la génesis de esta obra “los motetes policorales de Tomás Luis
de Victoria “
Magnificat Primi Toni” y “Regina Caeli Laeteram” constituyen
la huella de una escritura anterior” sobre la que se plasma la
nueva composición, como si de un palimpsesto se tratara
, dividiendo en dos la orquesta jugando con la ubicación del viento y los metales no solo buscando sonoridades organísticas sino todo un mundo tímbrico inspirado en el mundo renacentista y tridentino de Victoria. Porque las melodías de las que parte Israel son modales y los ritmos puramente medievales y no el tactus para una orquesta actual (muy interesante el colorido de la marimba o el arpa) que plantea al oyente unas texturas verdaderamente originales.

Hubo que aparcar el estreno del concierto de cello con la OSPA y Adolfo G. Arenas que espero se retome en el año que comienza, pero López Estelche sigue trabajando duro y asentándose con unas ideas propias plenamente exportables a más formaciones orquestales siempre que los directores también quieran implicarse. La OFil con el maestro Traub fueron el instrumento perfecto de este “secreto de Victoria” triunfante que obligó al compositor afincado en nuestra tierra a subir dos veces para recoger el aplauso de un público que ocupó tres cuartas partes del Auditorio, más que otras “titulares” del recinto.

Con ganas de volver a escuchar a la violista Isabel Villanueva y el hermoso Concierto para viola y orquesta de Walton no defraudó en ninguno de los tres movimientos, contando con un excelente concertador en el maestro israelí de gesto claro, preciso, aunque por momentos la sonoridad de la viola quedara “tapada” por una orquesta más cómoda que hace diez días. El color de este instrumento en manos de la virtuosa pamplonica es indescriptible, menos hiriente que el violín y cual chelo agudo en un registro diría que de mezzosoprano cual voz natural femenina, y así hace sonar la viola Villanueva desde el Andante comodo solo de indicación, contrastes constantes casi preparando el movimiento central impactante del Vivo, con moto preciso, un verdadero lujo ver y escuchar esa viola sobrevolando la masa orquestal en momentos precisos y fundida con ella en los otros, con un Traub atento a todo antes del último Allegro moderato. Belleza inglesa este concierto casi de banda sonora donde las imágenes podemos añadirlas nosotros o simplemente dejarse embriagar por la belleza que recoge.

Un verdadero regalo la versión de la Nana de Falla intimista, sin toses y cortando el aire de la sala desde esa voz de mezzo que suena con la viola de Isabel Villanueva, sola ante la inmensidad y arrullando una tarde que resultó florida musicalmente.

Al finalizar el concierto discrepaba con un amigo de siempre sobre la Sinfonía nº 7 en la mayor, op. 92 (Beethoven) y mi apreciación quiero ceñirla a la plantilla con la que se cuenta, perfecta para todo este programa de Santa Lucía, buscando Yaron Traub un color homogéneo sin estridencias, jugando con las dinámicas hasta un nivel comedido y contenido pese a ser Beethoven, optando más por Ingres que por Delacroix, dos visiones coetáneas desde el neoclasicismo hasta el romanticismo, tonos apastelados huyendo de fuertes contrastes y eligiendo los tempi perfectos al ser conocedor de los posibilidades de esta orquesta ovetense similar a la bilbaína que tan bien trabaja.

Cada uno de los cuatro movimientos dieron el aire indicado literalmente, las dinámicas escritas sin pasarse al fortissimi los metales, pudiendo escuchar cada línea melódica limpia al retener velocidades y volúmenes. Elegancia desde la contención, como las flores de Pascua, rojo presente sin fuego, ornamento ideal para un maestro veterano que conoce el material humano y musical antes de subirse al podio, dejando fluir la música y lucirse en obras como esta sinfonía a la que Mocedades también se atrevió a ponerles letra y arreglar (?) para llegar a todos los públicos. Esta vez no hizo falta semejante osadía y “la séptima de Beethoven” volvió a triunfar dignamente.


Aprovecho desde aquí para desear a todos mi lectores unas muy
Felices Fiestas

Buenos modales

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Sábado 1 de diciembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de piano “Luis G. Iberni”. Kun-Woo Paik, piano, Oviedo FilarmoníaCarlos Domínguez-Nieto (director). Obras de Beethoven y Tchaikovsky.

Para empezar el último mes nada mejor que dos obras conocidas y también en cierto modo cerrando producciones como el “Emperador” de Beethoven y la “Patética” de Chaikovsky, lo que trajo buena entrada al auditorio carbayón aunque personalmente me dejase ciertos sinsabores por la sensación de falta de entendimiento y mando en la línea de la siempre necesaria “dictadura musical” donde no hay consensos ni buenos modales en pos de una interpretación y no la suma de ellas. Me recordó aquel chiste donde dos gemelos no acababan de salir al mundo porque eran tan educados y “pasa tú primero” les llevaba a continuar en el seno materno.

El coreano Kun-Woo Paik, solista del Concierto para piano nº 5 en mi bemol mayor, op. 73 “Emperador” (L. van Beethoven) se presentó con sonido amplio y delicado aunque sin entendimiento con el director invitado Carlos Domínguez-Nieto, titular de la Orquesta de Córdoba, primero por una clara discrepancia de tempi entre ambos, lo que de entrada sonaba chocante, sumando una fuerte indecisión en cada entrada orquestal, tardando siempre en arrancar cada movimiento o post cadencias hasta que de nuevo alcanzaba la “velocidad crucero”. Tampoco se cuidaron los planos orquestales, demasiado discretos para este emperador que se quedó en principesco por no decir claramente republicano. El Allegro inicial fue irregular de principio a fin, incluso “pisando” orquestalmente el final de una de las cadencias, un poco más agradecido el hermosísimo Adagio un poco mosso que nos dejó disfrutar del aterciopelado sonido del coreano y la transición al Rondó-Allegro non troppo con los mismos modales ya comentados, caminos paralelos sin decisiones ni mando que impidieron una interpretación más acorde para una orquesta madura de veinte años capaz de desenvolverse en todos los repertorios. Recordar una de las definiciones de “concertar” como acordar, lo que debe hacerse en los ensayos y tenerlo claro para darle la forma definitiva con el público.

La obra orquestal “póstuma” de P. I. Chaikovsky, su Sinfonía nº 6 en si menor, op. 74 “Patética”, es un caramelo ¿envenenado? para todo director y orquesta por su magnitud, abanico tímbrico y dinámico, casi el cierre de temporada por efectivos y efectividad donde el público sigue aplaudiendo al final del tercer movimiento Allegro molto vivace por colocar el genio ruso a continuación el último Finale: Adagio lamentoso.

Si en Beethoven los modales fueron buenos pero ineficaces, de nuevo en esta Patética faltó decisión en los arranques, como si la potencia o el gesto no llegase limpio al destinatario, claridad en la agógica, más intensidades y otros balances que diesen luces más allá de las sombras, que de todo tiene esta última sinfonía. Cierto que hubo secciones que brillaron como en ellas es habitual (los cellos especialmente) pero faltó más plantilla, al menos contrabajos que den el necesario sustento grave a esta maravilla orquestal, más presencia a unos metales que se contuvieron en pos de una versión algo descafeinada pese a la belleza, y una dirección memorizada pero sin gancho. Hay obras que gustan tanto que la ilusión pone lo que la realidad niega. Lástima porque el concierto prometía y se quedó demasiado en lo superficial.

Para Santa Lucía volverá Beethoven con su séptima en la OFil con un Yaron Traub de más peso directorial y la violista Isabel Villanueva y el concierto de Walton que tanto éxito le está trayendo, sin olvidarme del estreno de Israel López Estelche, otro más de este cántabro muy ligado a nosotros y que sigue su incansable labor compositiva recompensada con la escucha, a lo que todos aspiran y el público también necesita. Espero contarlo desde aquí, como siempre… ahora con muletas.

Mayúsculas íntimas

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Miércoles 28 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano Luis G. Iberni: Piotr Anderszewski (piano). Obras de J. S. Bach y Beethoven.

En música las tres B mayúsculas las asociamos con Bach, Beethoven, Brahms, y los dos primeros serían los protagonistas del concierto que el pianista polaco-húngaro presentó en Oviedo, ampliando una primera parte que en principio se quedaba “corta” al ofertar tres -después serían seis- preludios y fugas del segundo libro de El clave bien temperado. Las notas a programa de Luis Gago se titulaban “Non Plus Ultra” aunque el recital lo dejaré en personal, pues así entendí la visión de un intérprete que tiene querencia por algunas obras y que afronta esa biblia del músico que es Bach con limpieza exquisita pero algo enfocada por un pedal “sui generis” en un concepto global muy romántico, como si la primera parte fuese preludio de “las Diabelli” sin entender tampoco el criterio en la elección de unas obras concretas así como su orden en el discurso musical, amén de los errores en los números de catálogo o tonalidades dentro del programa inicial y de la hoja añadida que descubrí al finalizar el concierto.

De los seis preludios y fugas no hubo un orden armónico, cronológico ni temático como tampoco en los iniciales tres, y de ellos me quedo con su interpretación contrastada sobre todo en las dinámicas casi extremas donde el éxito se alcanzó con los pianissimi íntimos capaces de acallar toses y respirar con Anderszweski. Personalmente tuvimos hace casi cuatro años nuestro doctorado de melómanos y seguidores de Bach con Pierre-Laurent Aimard que nos dejó casi tan exhaustos com él mismo, un monumento sonoro e interpretativo de que adoleció el polaco. Aportar algo personal a Bach no está al alcance de todos aunque se tenga la técnica necesaria para afrontarlo y creo que es la razón por la que no se escucha habitualmente en concierto. Los preludios resultaron algo desconectados de sus respectivas fugas en cuanto a intención aunque las segundas siempre sonaron limpias y haciéndonos cómplices de su discurso, pero por momentos parecían sonar lejanos, de otros tiempos remotos, por lo que me limité a degustarlos sin más emoción que la ir sorprendiéndome según aparecían. La crítica destaca del pianista polaco la “intensidad y originalidad de sus interpretaciones”, y “su
fuerte personalidad artística”, así que no estaba muy descarriado.

Pequeña conversación al descanso sobre filosofía y música desde mi silla de ruedas, que voy aparcando poco a poco desde este último miércoles de noviembre, me hicieron pensar sobre introversión bachiana y extroversión beethoveniana, implosión y explosión, decantándose siempre por lo segundo según iba escuchando esas 33 variaciones sobre un vals de Anton Diabelli, op. 120. Desde mis tiempos de estudiante reconozco que buscamos obras que nos gustan y luego no podemos, encontramos otras que terminan cautivando y una extraña sensación, mayor como público, de obras que se cruzan en tu vida. Supongo que esta opción debió ser la de Anderszweski pues las ha grabado en audio, documental y es obra habitual en sus recitales, densa pero asumida como propia de nuevo por su forma de afrontarlas sin esconder nada intrínseco al Beethoven del piano. Nadie mejor que el propio Gago para explicar estas “Variaciones Diabelli” de las que escribe: “una gigantesca metamorfosis, una transformación de proporciones colosales (…) unas variaciones que remiten al inicio de otras variaciones, como si Beethoven quisiera entrelazarlas simbólicamente, con ambas remitiéndose una a otra en una suerte de eterno retorno”. Puede que esa media docena de preludios con su fuga correspondiente fuesen como variaciones que nos llevasen a las otras con la visión del genio de Bonn sobre el Kantor de Leipzig y leídas por un intérprete de origen húngaro igualmente universal como ellos, intentando beber como casi todos los polacos de la fuente más cercana en busca de la verdad que en música nunca es total pero siempre será personal y entregada como en el caso de Piotr Anderszweski.

De regalo más Beethoven, la primera de las seis Bagatelas op. 126, misma sonoridad y sentimiento, casi intimidad en toda la velada, personal y solo apto para paladares delicados en un auditorio con excelente entrada para un piano solo, donde la palabra “bagatela” no refleja esta pequeña joya del irrepetible sordo enterrado en Viena.

Este primer sábado de diciembre tendremos más Beethoven en el Auditorio, el Emperador con Kun-Woo Paik de solista Oviedo Filarmonía celebrando 20 años y Carlos Domínguez-Nieto a la batuta, que espero contar desde aquí.

Santander espera

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Jueves 7 de junio, 20:00 horas. Salón de Actos, Casa de la Música, Mieres: Juan Barahona (piano). Obras de Mozart, Beethoven, Ravel, Albéniz y Liszt.
Mi más enorme gratitud hacia Juan Andrés Barahona Yépez (París,1989), musicalmente Juan Barahona por volver a acordarse de Mieres y brindarnos un concierto cercano, duro, entregado, casi familiar y todo un privilegio poder seguir su evolución imparable, preparando el camino que le llevará por segunda vez al Concurso Internacional de Piano de Santander “Paloma O’Shea” en su decimonovena edición, siendo uno de los 20 finalistas mundiales, todo un premio estar de nuevo entre lo mejor de los jóvenes intérpretes sin dejar de trabajar, estudiar, dar conciertos, en una carrera internacional que no tiene más límites que los que quiera ponerse, y de momento no lo parece.

En esta parada mierense del músico “ovetense” sus alforjas venían llenas de un mundo pianístico variado en estilos, todos bellos y exigentes, demostrando la versatilidad y respeto por todos ellos aunque los gustos personales, del intérprete pero también del público, nos hagan sentirnos más identificados. Cada uno representa un microcosmos, un universo que debe explorarse, y cada vez distinto aunque se afronte periódicamente, pues el directo siempre es único e irrepetible. Los recitales previos a los concursos me recuerdan las pretemporadas deportivas con encuentros amistosos en distintos terrenos de juego, por comparar campos y pianos distintos, pues solo unos pocos genios se permiten viajar con su propio piano caso de Zimerman, diseñarlo como Barenboim o exigir un modelo concreto para traerse incluso afinador propio. La mayoría de pianistas se encuentran instrumentos de todo tipo y solamente la profesionalidad les hace sacar de cada uno lo mejor independientemente del estado en el que se encuentre, algo que Juan consigue siempre.

Quería hacer ese comentario previo porque el piano de un conservatorio pequeño como el nuestro, no suele ser el mejor de los instrumentos para un concertista aunque esté bien ajustado y afinado, lo mínimo para sacar todo el partido a las obras elegidas. El de Mieres aguantó el chaparrón hasta la tormenta final, incluso soportó excelentemente la propina, porque Barahona esculpe los sonidos y busca ese lenguaje específico de cada compositor. La Sonata nº 9 en re mayor, KV 311 de Mozart requiere limpieza y velocidad, pedales en su sitio, fraseos, ataques, discursos diferenciados y todo lo exigido para unas obras de engañosa facilidad porque esconden mucha más música de la que aparenta. La firma del genio se percibe en los tres movimientos de “receta clásica”, incluso podemos imaginarnos su música camerística y hasta la ópera, melodías cantabiles con orquesta reducido todo a las 88 teclas sin perder nada de sentido. Así entendió Juan Barahona esta sonata de 1777 donde el llamado estilo clásico tiene la marca mozartiana como ejemplo perfecto.
Avanzando un paso adelante en el tiempo del piano será Beethoven el elegido, la misma forma sonata como un mismo paisaje pero con visiones distintas, la Sonata nº 27 en mi menor, op. 90 en dos movimientos, romanticismo, fuerza interior llena de claroscuros que deben aflorar, indicaciones en alemán que más que aclarar el aire o tempo parecen exigir mayor introspección y dudas para encontrar el punto justo, “con vitalidad y completo sentimiento y expresividad” para el primero liviano contrastado con el “no demasiado rápido y cantable” del segundo perfectamente traducido en la interpretación de Barahona, llena de colorido, sutileza y musicalidad sin tópicos para el de Bonn entendido como la normal evolución tras el genio de Salzburgo conviviendo en la Viena capital mundial de la música.
No podía faltar en este viaje por el universo multicolor desde el blanco y negro pianístico la parada en el impresionismo francés, nada menos que tres obras de Ravel que también rinden tributo a otros músicos sin perder estilo propio y romper sin extremismos. A la manera de Borodin, A la manera de Chabrier vals parisino, y la bellísima Pavana para una infanta difunta, recuerdos rusos, franceses y realeza española pintados por el pianista Ravel y felizmente recreados por Barahona que se desenvuelve en esta música como pez en el agua transmitiendo plenitud, bienestar y felicidad ante unas partituras de las que traduce como pocos ese ambiente y “maneras” compuestas por un gran orquestador del que el piano más que herramienta es maqueta previa.

Una parada necesaria antes de la segunda parte para tomar aire, refrescarse y sin perder la magia sonora francesa, la visión andaluza de un catalán con el Mediterráneo unificando lo etéreo, Almería de Albéniz perteneciente al segundo cuaderno de Iberia, el mayor monumento pianístico al que muchos intérpretes han dedicado toda su vida, otros dejándolo para una madurez que parece no llegar nunca, y los jóvenes acercándose poco a poco en un itinerario que exige más vida que técnica aunque ésta sea imprescindible. Barahona nos deleitó recreando el sonido francés que Albéniz se trajo de los vecinos del norte para traspasarlo a la piel de toro ibérico, siendo Almería una de las perlas que más me siguen gustando por la hondura definida con líneas bien delimitadas y precisas que presagian más etapas de un viaje interior por el que todo solista debe transitar aunque el viaje pueda resultar más duro que la satisfacción de prepararlo.
Y si hablamos de dureza, sacrificio, virtuosismo, nadie mejor que Liszt y Après une lectura de Dante: Fantasia quasi Sonata cuya fama de intérprete viajaba con su música, inalcanzable y enrevesada, tortura para aflorar entre tantas notas las precisas en dinámicas imposibles sin dejarse ninguna, “Años de peregrinaje” para esta fantasía donde la imaginación e inspiración literaria daría para filosofar con la música del húngaro que llenaba teatros y enamoraba. Juan Barahona cerca de la frontera mágica de los 30 años tiene descaro para tocar y madurez para interpretar, por lo que su Liszt brilló con luz propia en toda la gama cromática, enérgica, lírica y estilística tras este viaje pianístico que terminará pronto en Santander para seguir demostrando el excelente momento por el que está pasando.

La impresionante propina tras un recital pleno de “cantabiles” uniría a Liszt con Verdi del que el virtuoso tomaría el cuarteto “Bella figlia…” de Rigoletto para su Paráfrasis sobre Rigoletto S 434, paráfrasis
como “explicación con palabras propias del contenido de un texto para aclarar y facilitar la asimilación de la información contenida”, en este caso propia música a partir de la ópera desde un piano casi imposible que rehace y engrandece al reducir, género que estuvo de moda en muchos virtuosos popularizando músicas de otros, y Barahona generoso tras el esfuerzo de todo el recital, sumando otro trabajo impecable merecedor de lo mejor.

Gracias Maestro y “MUCHO CUCHO©” para Santander
(quienes me conocen no necesitan traducirlo).

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