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Inglaterra tiene sabor español

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Domingo 14 de mayo, 19:00 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orquesta Filarmónica de la BBC, Alberto Menéndez (trompa), Juanjo Mena (director). Obras de: V. Williams, R. Strauss y Elgar. Entrada de butaca: 30 €.

No creo que se necesite explicar que la BBC no se refiere al Real Madrid sino a la emisora pública británica, donde trabajó en el exilio nuestro añorado Eduardo Martínez Torner, y equivalente a nuestra Radio Televisión Española, que entre sus funciones están la de promover la cultura y en ella la música, de su país así como sus intérpretes, con orquestas y coros cuyos conciertos son grabados y emitidos en todo el mundo. El Brexit supongo que afectará a muchos músicos europeos que trabajan en el Reino Unido, pero de momento el vitoriano Juanjo Mena (portada del “Anuario Codalario” de este año y entrevistado ampliamente en el mismo) es el director titular de la orquesta filarmónica de la radio inglesa con base en Salford. Y el español traía en esta gira un programa muy british con dos pesos pesados: Ralph Vaughan-Williams  (1872-1958) y Sir Edward Elgar (1857-1934) escoltando al germano Richard Strauss (1864-1949) que además contaba como solista con el avilesino, aunque criado en Burgos, Alberto Menéndez Escribano, otro motivo más para darle sabor hispano a “los hijos de la Gran Bretaña“, siendo el doctor Ramón Sobrino el autor de las notas a este programa (enlazadas aquí) que llenó el auditorio de la capital haciendo disfrutar hasta la propina netamente andaluza en un guiño del director para con los músicos internacionales de la BBC Philharmonic Orchestra que no solo interpretan bien su música sino la nuestra.

Para comenzar como debe ser un concierto, Vaughan-Williams“The Wasps” (Las Avispas), una obertura para su “Suite aristofánica” basada en la obra teatral homónima, la burla que Aristófanes dedica a Celón de Atenas a través de los “punzantes” textos del coro formado por miembros de los tribunales atenienses, que se identifica las avispas y sus aguijones y recuerda en el inicio al famoso El vuelo del moscardón de Rimski-Korsakov. Como diríamos por aquí, un “orquestón” bien equilibrado (con ocho contrabajos ya se pueden hacer idea) de sonido pulido, claro, presente, bien balanceado, con secciones de calidad y solistas excelentes, bien llevados por un Mena siempre fiel a lo escrito y consolidado entre las grandes batutas dándole el empuje y calor latino necesario para que la música conjugase ironía o humor británico con el color vasco del sur para esta música incidental con diecisiete números más, digna de escucharse al completo, aunque la obertura esté bien elegida para arrancar o calentar motores como suelo decir.

De todos mis habituales creo conocido que Richard Strauss era hijo de Franz, trompa solista de la Orquesta de la Corte de Munich, por lo que parecería normal que le dedicase este primer concierto Waldhomkonzert (para trompa natural, suponemos que una broma paternofilial) que no pudo tocarlo al considerarlo difícil, aunque fuese con la trompa moderna de pistones, originalmente con piano y posteriormente orquestado, estrenándolo nada menos que Von Büllow en Meiningen (1885). El Concierto para trompa Nº 1 en mi bemol mayor, op. 11 (1882-83) del muniqués consta de tres movimientos breves y sin pausa, plenamente románticos por contrates y estructura, para lucimiento del solista que se mostró seguro, rotundo, regio y valiente en los momentos de bravura, delicado y lírico en los pasajes “cantabiles”, siempre bien concertado por un Mena que impuso ritmo y coherencia a esta orquesta aterciopelada con destellos de brillantez arropando a Alberto Menéndez que ha formado parte de la misma y en la actualidad está en la escocesa. De sonido muy redondo en el instrumento jugó con toda la gama de matices, ataques y fraseos demostrando la dificultad de un concierto poco interpretado precisamente por su exigencia, que el asturiano afrontó como un virtuoso convincente.

Tras el descanso volvería el sabor y color británico, Edwar Elgar del que su Pompa y Circunstancia sea probablemente lo más conocido de su amplio catálogo, pero cuya poco escuchada Sinfonía nº 1 en la bemol mayor, op. 55, de casi una hora de duración y compuesta con 50 años, dedicada a Hans Richter (que la estrenaría en Manchester el 3 de diciembre de 1908), presenta todos sus rasgos característicos e inconfundibles: una orquestación muy amplia en efectivos, lograda y plena, llena de colorido para encontrar unas texturas (incluyendo dos arpas) ricas además de esa sonoridad palaciega, pausada en el inicio, marcial más que imperial, “pomposa” y nostálgica, brumosa por momentos como si de una acuarela musical se tratase, sin perder el contorno ni la línea en temas muy trabajados que aparecerán en cada uno de los movimientos, generando esos motivos que la orquesta de la radiotelevisión inglesa fue delineando con la mano maestra de Mena. Hermosa composición de Elgar que el público dudó en aplaudir porque como comentaba después el gasteizarra, podría continuar…

Y de regalo español nada menos que la Orgía de Joaquín Turina (1882-1949) la tercera de sus Danzas fantásticas, op. 22, del piano a una orquestación, desconocida por mí, que Juanjo Mena ha llevado a los atriles ingleses y con su dirección consiguieron desplegar todo su poderío sonoro junto al sabor sevillano del cello solista, corroborando la calidad de una excepcional orquesta inglesa que crece junto a su titular, apostando también por lo nuestro en un concierto de coetáneos que siguen teniendo su hueco sinfónico.

Muy honorables

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IN MEMORIAM

Viernes 8 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 10 “Concierto con variaciones” OSPA, Adolfo Gutiérrez Arenas (violonchelo), David Lockington (director). Obras de Avner Dorman, Samuel Barber y Sir Edward Elgar.

En este concierto dedicado a la memoria de Eloy Palacio Alonso, el bombero fallecido en acto de servicio el pasado jueves en el incendio de la calle Uría de Oviedo, las emociones comenzaron una hora antes con la conferencia de Gloria Araceli Rodríguez Lorenzo, autora de las notas al programa que dejo enlazadas en los autores, un descubrimiento por su buen saber y estar unido a una pasión juvenil contagiosa, que nos preparó para lo que vendría después con una maravillosa exposición titulada “Del tema con variaciones a las variaciones sin tema, o cómo aunar tradición y modernidad en la creación musical” donde los apuntes biográficos además de los musicales y expuestos en orden cronológico, inverso al del concierto, sirvieron para comprender mucho mejor esa unidad entre autor y obra que después con la interpretación que nos traía de nuevo al principal director invitado, redondearían una velada única.
Y si quien cerraría programa tuvo pronto el muy honorable título de Sir, de Caballero, esta vez todos los protagonistas, incluido el heróico bombero, deberían tener ese rango porque además de memorable y emotivo, supuso el reencuentro con el buen hacer desde la elección de las propias obras, poco programadas manteniendo la apuesta por aunar tradición y modernidad desde la variación, en el amplio sentido de la palabra y más allá de la forma musical.

No creo que las Variaciones sin tema (2003) de Avner Dorman (1975), encargo y estreno de Zubin Mehta con la Orquesta Filarmónica de Israel se puedan escuchar en vivo en las salas españolas, y menos dentro de un programa homogéneo y a la vez actual, incluso en la angustia y emoción que supone la 9ª variación inspirada en la Segunda Intifada en Israel y los sucesos del 11S, donde también murieron muchos bomberos, como si se trajese directamente esta obra para recordar a Eloy Palacio. El israelí Dorman plasma en once momentos casi enlazados esas impresiones con un lenguaje universal de múltiples referencias, capaz de sacar de la orquesta toda una gama de expresividad, la que el maestro británico afincado en los EE.UU. ya dirigiese recientemente a la Grand Rapids Symphonic sabe cómo lograrlo de la formación asturiana, recuperando la colocación tradicional (me consta que la semana anterior con Pablo González también) y con un excelente trabajo tímbrico, dinámico, expresivo donde la sección rítmica sumándole piano / celesta tuvieron un papel casi protagonista. Aún quedaban frescas y cercanas las palabras de Gloria Araceli para poder disfrutar aún más de esta partitura.

El violonchelista Adolfo Gutiérrez Arenas lleva música en los genes pero también ambiental, por parte de padre la pasión bachiana (demostrada en la propina de la Sarabanda perteneciente a la quinta Suite, también dedicada a Eloy Palacio), la lírica materna que hace cantar a su Francesco Ruggeri cremonense de 1673 en cada frase, y el duro trabajo casi germano con total fidelidad a cada obra, todo desde una técnica que sigue mejorando día a día sin olvidar el sentimiento necesario para como intérprete ser el puente entre la partitura y el oyente. El Concierto para violonchelo en la menor, op. 22 (1945) de Samuel Barber (1910-1981) tiene todos los ingredientes para alcanzar la perfecta comunicación y todas las dificultades técnicas que le hacen evitarlo a muchos solistas y orquestas, pero Gutiérrez Arenasque en la entrevista concedida a Javier Neira para La Nueva España (que dejo aquí a la izquierda) califica de “salvaje y bárbaro”, no rehuye el peligro ni los retos, añadiendo esta joya a su ya amplio repertorio. Le llevo escuchando hace tiempo y puedo asegurar que la interpretación del concierto de Barber es digna de guardarse en cuanto Radio Clásica la emita (pues Radio Nacional de España en Asturias graba los de la OSPA en el Auditorio aunque no salgan todos por las ondas). Si el compositor fuese británico también sería Sir Samuel, Lockington es lo primero y, también para mí desde hoy, lo segundo, muy honorable Sir David, quien “armó” desde el respeto y conocimiento, así como la humildad de todos los grandes, una interpretación que refleja el espíritu y estilo de una partitura donde cada sección encuentra el balance ideal porque no existe el lenguaje de alternancia entre solista y orquesta, hay una línea tímbrica única casi imperceptible que convierte al cello en un instrumento más, presente siempre y a la vez unido indisolublemente a una masa orquestal liviana, clara, donde todo está en su sitio y donde la técnica que la virtuosa rusa Raya Garbousova (1909-1997), destinataria de la obra, aconseja a Barber, se une al lirismo único del considerado mejor compositor estadounidense (junto con Copland) de la historia, y es que Adolfo G. Arenas usó la genética para volcarse con este concierto, duro donde los haya a pesar de la equívoca sencillez. Tres movimientos aparentemente clásicos, Allegro moderato donde el cello siempre canta, arco y pizzicati, agudos casi violionísticos y ese grave humano, pero además con la orquesta disfrutando y compartiendo ese lirismo en cada sección, intervenciones solistas no ya seguras sino entregadas y contagiadas, sacadas a flote sin esfuerzo con la elegancia habitual de “Sir David”, con la cuerda hiriente y redonda; el Andante sostenuto de una belleza casi dañina, presente y doliente, bien “mecido” por unas pinceladas de madera aterciopelada, el colchón casi etéreo de los metales y una cuerda sedosa, equilibrio dinámico fluctuante con precisión de todos hacia el solista bidireccionalmente, y sobre todo el Molto allegro e appassionato que hizo subir las intensidades emocionales a su cotas más altas, mando compartido de tarimas, rítmico para contagiar, melódico para enamorar, dinámico para contrastar sin dejar nada secundario. Un verdadero placer al que se sumó la citada Sarabanda, sentida, interiorizada, doliente, para un honorable solista como Adolfo Gutiérrez Arenas.

Las Variaciones Enigma, op. 36 (1899) de Sir Edward Elgar (1857-1934) son una verdadera delicia para el “escuchante” y un dulce para toda orquesta, exigente pero agradecida para todos los atriles solistas, atemporales en estilo mas con el toque británico inequívoco que destila el Andante inicial antes de comenzar a transformarse a lo largo de las catorce variaciones siguientes. Qué placer disfrutar de Lockington jugando con el plano protagonista desde la sencillez del gesto, disfrutar de la viola de Alamá, el cello de von Pfeil, la flauta de Pearse, toda la percusión más un Prentice más preciso y preciosista en los timbales, el clarinete de Weisgerber, el corno de Romero, el fagot de Mascarell, las cuatro trompas ideales, y sobre todo la propia unidad orquestal que nunca podemos perder. Pudimos disfrutar de ese Adagio increíble que es el “Nimrod” en su totalidad, siempre bello e interpretado de forma sublime, evolucionando el motivo inicial desde una escritura sin referencias e inequivocamente de Elgar, del “TroytePresto capaz de exigir y alcanzar limpieza a la penúltima “RomanzaModerato, verdadero prueba de toque técnica y melódica de conjunto.

El traje de hechura inglesa le sienta bien a nuestra orquesta, bien cortado por un británico como el honorable Lockington que siempre la viste con su toque a medida, y el resultado es una elegancia y saber estar que desde las butacas siempre se nota.

Geroncio, ángeles y demonios

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Jueves 17 de marzo, 20:00 horas. Teatro Jovellanos, Gijón: Concierto extraordinario de Semana Santa, OSPA, Allison Cook (mezzo), Zach Borichevsky (tenor), Nathan Berg (bajo), Coro FPA (maestro de coro: José Esteban García Miranda), Rossen Milanov (director). Sir Edward Elgar: El sueño de Geroncio, op. 38 (1900). Entrada: invitación abonados OSPA.

Hay obras que deben escucharse en vivo al menos una vez en la vida, y si además el propio compositor dice “Si alguna obra mía es digna de no olvidarse, ésta es”, entonces podrán comprender mi deseo hecho realidad de este The Dream of Gerontius de Elgar, puede que sintiéndome ya un “hombre viejo” como el protagonista, sin importar cómo clasificar o analizar esta magna obra (oratorio, cantata dramática…) sobre textos del cardenal John Henry Newman (1801-1890). Está tan bien escrita para cada intervención que es maravilloso escuchar cómo se mueven y aparecen las voces solistas, el coro y la propia orquesta en una sucesión sin apenas respiro, con dos partes bien diferenciadas donde el descanso rompió un poco el dramatismo implícito: una primera parte “terrenal” y la segunda “más allá de la tierra”, tal y como la concibió un inglés que adoraba a Wagner (como recuerda Lorena Jiménez en las notas al programa enlazadas arriba en el autor) pero cuya música tiene sello propio en este diálogo con la muerte lleno de serenidad.

Interesantes los tres solistas de este concierto extraordinario, comenzando por el tenor Borichevsky que tiene el papel más extenso. De timbre hermoso, emisión más que correcta en todos los registros y momentos de belleza casi íntima, especialmente cuando se convierte en el alma de Geroncio con unos pianissimi muy sentidos.
El bajo-barítono Berg al que pude escuchar hace años en el Auditorio, interpreta al predicador de la primera parte y al ángel de la agonía final, dos registros en uno donde el impacto del texto se refleja en su proyección desde un color algo metálico en el agudo pero ideal para inspirar el terror y temblor antes del último vuelo.
Encantado con la mezzo escocesa Allison Cook que “llena” la segunda parte como un ángel, voz carnal de amplio registro, destacando un grave homogéneo precisamente en los momentos dramáticos, una musicalidad etérea como el personaje y un fraseo siempre contenido lleno de gusto, sin exceso alguno e ideal color para esta obra donde su voz lleva los momentos más emocionantes. Cantando ópera es un nombre a tener en cuenta y apuntarlo.

El Coro de la FPA se enfrentó nuevamente a un reto ante la envergadura de esta partitura, superando con creces las exigencias. A lo largo de la obra pasa por todos los estados anímicos hechos música, “Los asistentes” con un Kyrie latino “a capella” bien emitido y afinado, siguiendo el Be merciful, be gracious con orquesta sin perder presencia, el Rescue him con Amén incluido para mantener gusto y musicalidad, aumentando las tensiones durante la segunda parte, ángeles y demonios reflejados en papel y línea de canto, con unas voces blancas angelicales, las graves algo cortas en número pero buen contrapeso, e insistiendo en la escritura tan excelente de Elgar, el empaste y búsqueda de un timbre propio ideal, donde los instrumentos doblan a veces (impresionantes las trompas) o realizan contracantos alcanzando un color único donde no era necesario aumentar volumen para escucharlos nítidamente. La aparente lejanía del canto (estaba en la fila seis lateral) sumó en vez de restar calidades, puede que la inseguridad puntual esta vez ayudase a unos pianísimos increíbles, poniendo los contrastes al ángel o el alma en los coros de “Demonios” o “Coro angelical” (especialmente las mujeres), clamando las “Voces de la tierra” al pedir misericordia y ese final de las Almas del purgatorio como clímax coral antes de despedirse como “almas” y nuevamente el “Coro angelical”, amén incluido.
La OSPA sigue en niveles de excelencia en todas sus secciones, incluso con los refuerzos que esta obra exige aumentando vientos e incluyendo órgano. Su amplísima gama dinámica fue un placer, más allá de buscar ambientes complementarios del texto, protagonismo siempre presente y tesituras que refuerzan cada número coral.

La dirección de Milanov tendió a ralentizar algunos números que perdieron impacto, salvo el inmenso y emotivo Preludio, aunque ganaron lirismo y emoción, pero hubiese preferido más aire que convenciese de los contrastes entre tierra y más allá, quedándonos en unos apuntes que el Jovellanos agradece por sus dimensiones, obligando a tocar muy juntos y escucharse todos. Este reto de Gerontio superado, supongo que en el Auditorio tendrá aún más grandiosidad tras este estreno gijonés.

Contagiando talento

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Miércoles 17 de diciembre, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio de Oviedo, Alisa Weilerstein (cello), Oviedo Filarmonía, Rafael Payaré (director). Obras de Schumann, Elgar y Brahms.
Llegaba a Oviedo otra solista de cello, instrumento que tiene siempre nutrida presencia en los conciertos carbayones, mediática por querer compararla con la Jacqueline Du Pré y haber recibido consejos de Barenboim precisamente con el famoso concierto de Elgar, grabado en sello discográfico potente y acompañada de su pareja que sale de la cantera del “sistema” venezolano.
Y lo mejor resultó el director Rafael Payaré, 34 años pero toda una vida por delante, preparado, trabajador, dirigiendo de memoria las obras cruciales del programa y con la edición de bolsillo para concertar con su señora a la perfección. Y qué maravilla ver que ese talento es contagioso porque la Oviedo Filarmonía sonó como nunca, parecía otra a pesar de la algo escasa cuerda, especialmente los contrabajos, solamente tres que tuvieron que apretar dedos y dientes para conseguir unas dinámicas muy buscadas desde el podio. Miraba a la espalda del director y me recordaba a Dudamel hasta en el pelo leonino, los gestos pulcros, las entradas clarísimas, la batuta recogida en las partes líricas, una mano izquierda prodigiosa y una carta de presentación muy clara con la Obertura de “Manfred”, op. 115 (Schumann), romanticismo en estado puro que Payaré dibujó al detalle, cuerda no muy incisiva pero definida siempre, maderas perfectamente ensambladas y metales contenidos pero redondos, contundentes sin excesos.
El Concierto para violonchelo y orquesta en mi menor, op. 85 (Elgar) le correspondería a la norteamericana y ciudadana del mundo, como el director, Alisa Weilerstein, otro talento joven con un instrumento que sonaba pletórico, de armónicos chispeantes pero que en la interpretación de este conocido concierto me resultó algo plana, técnica sin pellizco, poco “vibrato” y fraseos algo forzados aunque la orquesta siempre arropándola, dialogando e incluso aupándola gracias a la batuta impecable y precisa de Payaré. Esperaba más en ese inicio del Adagio; Moderato que debe conmover en la tercera cuerda y solamente sonó, transparente pero sin carne en el asador. El Lento; Allegro molto pareció enmendar un poco las emociones pero cayeron de nuevo en el Adagio que por momentos resultó plomizo. El cuarto movimiento fue más el catálogo de cambios de tempi y ánimos que la congoja necesaria para sublimar este concierto. Mis aplausos para la orquesta y la dirección más que para la cellista, calidades que tenemos mejores en nuestra tierra sin necesidad de cruzar el charco aunque con instrumentos menos caros y escaso marketing. Me preocupa pensar que el público joven tome de referencia estas versiones porque el oído debe educarse en la excelencia.
Al menos la propina bachiana nos devolvió el mejor cello de una joven figura que pareció estar más cómoda en solitario que afrontando retos de alto vuelo.
Para la segunda parte todo un Brahms y la Sinfonía nº 2 en re mayor, op 73, auténtica joya romántica continuadora del mejor Beethoven o Schumann que en la interpretación de la OvFi nos descubrió sonoridades increíbles, melodías escondidas y auténticas sutilezas en los planos consiguiendo Payaré una paleta de dinámicas asombrosas desde el dominio de la partitura hasta el mínimo detalle. “El Sistema” es anterior a los regímenes bolivarianos que suenan en cada informativo, con una larga trayectoria y muchísimas personalidades que creyeron en ese proyecto desde sus inicios, y pese a la instrumentalización que del mismo se han encargado todos los dirigentes venezolanos, con el beneplácito de Abreu y los guiños cómplices de Dudamel, sigue dando músicos de categoría mundial, instrumentistas y también directores como Payaré que en Europa pueden desarrollar la base de toda batuta, el repertorio de los grandes en nuestro viejo continente con el ímpetu y talento joven venido del Caribe.
Maravilloso ver a Rafael Payaré llevar cada uno de los cuatro movimientos de “mi segunda” con la maestría del veterano, la humildad del trabajador y el desparpajo del joven capaz de contagiar su ímpetu a cada atril de la orquesta carbayona. Los contrastes fueron surgiendo espontáneos, naturales, escritos en el aire con movimientos ajustados, “non troppo”, grazioso el tercero también contenido, y rebosante ese final del “Allegro con espíritu” brahmsiano del que la OvFi se impregnó perfectamente conducida, término muy americano pero que cuando existe la química entre todos el manejo del vehículo musical corresponde al conductor. Tendremos que seguir de cerca a Rafael más allá de Alisa porque está ya en la lista de los principales del siglo XXI.

Móviles ¡al cadalso!

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Viernes 30 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 13 OSPA, Daniel Müller-Schott (violonchelo), Rossen Milanov (director). Sueños y pasiones: obras de Benet Casablancas, Elgar y Berlioz.

La temporada está llegando a su fin y los teléfonos móviles vuelven al ataque para vergüenza ajena olvidando las mínimas reglas de urbanidad, algo que parece ir en regresión, y lo peor es que suelen estar asociados al público de más edad que sí tuvo esa educación. No hay disculpa ni perdón para la ignorancia, madre del atrevimiento, y si las nuevas tecnologías no las dominan, que al menos se dejen asesorar. Si no saben enmudecerlos ¡que los apaguen!. Las urgencias son malas consejeras y no hace tanto tiempo que vivíamos más felices sin teléfonos “celulares” y menos toses entre el público.

El aviso inicial ya parece como las azafatas en los aviones a las que casi nadie hace caso, y ni siquiera una vez, en medio del concierto de Elgar, sino dos (¡al cadalso con ellos!) enfadando al “Jefe Milanov” y obligándole a girarse para volver a repetir que “no se puede seguir así”… Un auténtico coitus interruptus en medio de un Berlioz que estaba sonando “fantástico” y rompió las concentración más el hilván en el que se sustenta la relación entre orquesta y director, esta vez con la mala educación como cómplice de semejante asesinato. Tendremos que inventar un aviso más convincente dado que es imposible económicamente instalar inhibidores. En clase les mando leer a mis alumnos la famosa noticia del móvil que interrumpió un concierto en Nueva York, pero tristemente ha dado la vuelta y la noticia es que no suene ninguno, ya se sabe, el niño muerde al perro…

Tras el cabreo que nos supone a tantos aficionados semejante dislate, el penúltimo concierto (no soy supersticioso con el 13) de abono nos devolvía a nuestro titular con un programa de los que le gustan, lo que se notó desde el comienzo. La elección de abrir con Benet Casablancas (1956) está en su línea de interpretar obras de autores contemporáneos, en este caso el catalán de Sabadell cuyos Tres epigramas para orquesta (2001) están escuchándose más de lo que muchos puedan pensar, formando parte de una amplia colección con ese título de epigrama, “forma literaria de origen clásico, relativa a la sentencia aguda e ingeniosa, que muy a menudo contiene un propósito moral o ético, así como lúdico y divertido”. Música de mucho contenido dentro de estructuras temporales muy concisas, llena de contrastes en los tempi y ambientes, materiales armónicos variados con una amplia paleta de texturas tímbricas y gran exigencia para todos los instrumentistas de una gran plantilla como la que ofreció nuestra OSPA en el decimotercero de abono.

Las notas al programa del doctor Alejandro G. Villalibre, enlazadas en los autores al inicio de esta entrada, completan las del CD de Naxos, escritas por Javier Pérez Senz“proceso de depuración, refinamiento y síntesis que culmina en el absoluto dominio de los recursos de la plantilla orquestal que otorgan una gran fuerza expresiva a esta obra estrenada con gran éxito de público y crítica por la OBC dirigida por Salvador Mas, y que gozan desde entonces de una gran difusión”. El primero un Allegro – Exultant (Esultante) realmente explosivo, perfecto para “engrasar” una formación a la que le esperaba mucho por delante, seguido del Molto lento – Nocturn (Notturno) con una intervención solista del clarinete bajo al final de este movimiento antes de retomar un potente y contrastante Finale: Allegro assai – Giocoso con maderas frente a metales, una percusión rica y la cuerda sustentando este discurrir de texturas  debutando como concertino la ayudante Eva Meliskova y en su lugar Adolfo Rascón, dos solos brillantes en el primer y tercer epigrama de la hoy sustituta de Vasiliev. Brillantez de todos los intérpretes perfectamente llevados por un Milanov que transmitió su ímpetu y parecía poner las cartas boca arriba de lo que nos depararía esta velada.

La historia del violonchelo está llena de grandes intérpretes y es un instrumento que sigue dando auténticas figuras, llamados por esa cercanía a la voz humana de la que tanto se ha escrito. Volvía por tercera vez Daniel Müller-Schott, ahora debutando con la OSPA y con el hermosísimo Concierto para violonchelo en mi menor, op. 85 de Elgar, casi continuidad de la primera sinfonía del viernes anterior, con ese sonido capaz de conmover hasta lo más profundo del ser y una orquesta que comienza a tener un sonido propio, cantábrico con aires británicos a la vista de los resultados de ambos conciertos, cohesión en todas las secciones, sonoridades muy cuidadas por el maestro Milanov que esta segunda temporada comienza a dominar esta república de las orquestas sinfónicas, y concertando perfectamente con un solista que llegó al alma desde la suya en los cuatro movimientos de una obra popularizada por la malograda Jacqueline Du Pré, que el propio Müller-Schott confesaba en la entrevista a OSPATV. Riqueza expresiva, sonoridades de guitarra, ataques dolidos para el Adagio inicial, interiorización de cada gesto bien contrapuesto por la orquesta, especialmente las violas y el resto de la cuerda, complicidad con el podio y escucha recíproca de todos en un Recitativo Lento-Allegro molto que parece contagiar esa melancolía de la bruma británica tan bien traducida a música por Sir Edward tras la Gran Guerra. Del Adagio el propio Elgar escribía que “es la actitud de un hombre ante la vida”, tristemente sonando un teléfono rápidamente acallado antes del final que transmitió excitación y alegría interior, final con los distintos cambios de tiempo (Allegro Moderato-Allegro-Allegro ma non troppo-Poco più lento-Adagio) como de caracteres con amplios recursos técnicos desde la misma introspección mostrada por el chelista alemán bien entendida por Milanov para un final de descanso eterno premiado con atronadora ovación de un público rendido ante este solista que ya figura entre los grandes, regalándonos la Pieza en forma de habanera de Ravel, digna propina de este discípulo de Rostropovich.

El plato fuerte vendría con la Sinfonía Fantástica, op. 14 de Berlioz, obra muy escuchada y no siempre bien entendida, con la que el maestro búlgaro disfrutó hasta el triste suceso tecnológico ya narrado. Conocemos su obsesión por la limpieza de líneas y la búsqueda de un sonido propio, diáfano, partiendo de una masa sonora a la que va abatanando y sacando los hilos precisos del tejido orquestal que logran diseñar las distintas secciones a partir de la “idea fija” que es la melodía recurrente. Apostando por tiempos tranquilos, el primer Sueños y pasiones: Largo – Allegro agitato e appasionato assai tuvo más de lo primero que de lo segundo antes de sacarnos de la somnolencia sin sobresaltos, domeñando la masa sonora de una orquestación majestuosa como sólo el francés entendió. Un baile: Vals – Allegro non troppo tuvo más de salón parisino que vienés, elección consecuente con la interpretación que Milanov entendió para esta obra que confiesa amarla profundamente. Para la Escena en el campo: Adagio colocó al oboe en el anfiteatro en un diálogo con el corno inglés lleno de “guiños pastorales” en esa eterna búsqueda del sonido como materia a pulir.

La Marcha del cadalso: Allegretto non troppo volvió a amarrar el tiempo como procede, pesadilla del artista como los grabados de Goya, claroscuros a la luz de una vela transformados en tensiones orquestales. Soy incapaz de describir con palabras sabores y lo intento con lo escuchado, pero cuando afirmo que esta orquesta comienza a tener un sonido cantábrico pienso que fue el cuarto movimiento quien mejor lo podría definir. El aquelarre nuevamente goyesco del final no soltó mucha sangre, Larghetto – Allegro para disfrute de auténticas campanas de bronce fuera de escena, y metales celestiales más que infernales contenidos evitando incendios. Aún queda mucho ejercicio de doma por parte de Milanov para un caballo todavía algo salvaje, atención que nunca puede decaer pero con trabajo y recompensa final para una fantástica fantástica.

El sello Milanov está llegando a la OSPA y el próximo viernes llegará la despedida de temporada con Renaud Capuçon y el concierto de violín de Alban Berg, más una Quinta de Mahler que espero nos deje buen sabor de boca.

Orquestar, concertar y disfrutar

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Viernes 23 de mayo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 12: OSPA, Kirill Gerstein (piano), David Lockington (director). “Pianismo y siglo XX”, obras de Offenbach, R. Strauss, Ravel y Elgar.

Hay tanta buena música compuesta y tanta grabada que siempre me gusta (re)descubrir obras, muchísimo más en directo por no haber trampa ni cartón. Y me entristece profundamente ver la desbandada progresiva de público a medida que avanza la temporada, desconozco la causa, porque en el antepenúltimo de abono de nuestra orquesta asturiana, nuevamente con David Lockington a la batuta (aunque la perdiese avanzado el primer movimiento de la sinfonía) nos encontraríamos con ese maridaje necesario de los conciertos entre lo habitual y lo raro, entendiendo como tal obras poco programadas o escuchadas en emisiones radiofónicas. Se mantenía el solista invitado, esta vez el gran pianista norteamericano, nacido en Rusia, Kirill Gerstein, precisamente optando por dos obras en esa misma línea, más una intensa e inmensa sinfonía que no creo hubiésemos escuchado antes en Oviedo, al menos en mi tiempo. Como exigía este concierto, una plantilla deseada, en el sentido de tener que ampliar la habitual hasta la necesaria para poder afrontar estos repertorios, preparando un relevo generacional que deberá ser pensado muy a fondo, dando protagonismo de solistas a segundos atriles, demostrando estar suficientemente preparados para ello.

La conocida “Obertura” por incluir el “can-can” del Orfeo en los infiernos de Offenbach siempre viene bien interpretarse para lo que fue escrita, abrir espectáculo y preparar a músicos y espectadores a lo que vendrá a continuación. La versión del director británico fue la del buen gusto sin excesos, todo bien delineado melódicamente y equilibrado en planos sonoros para evitar que percusión o metales tapasen demasiado la madera  o la cuerda, manteniendo protagonismo incluso exigiéndoles al final mayor presencia, permitiendo “soltarse el pelo” y conseguir el efectismo esperado siempre con buen gusto y estilo para una formación reforzada en todas las secciones así como segundos atriles esta vez primeros.

Hace años que conozco por sus grabaciones al gran pianista Gerstein, especialmente del segundo de Brahms, recordándolo al escucharlo por Achúcarro en Oviedo, así que poder escucharlo en directo era una ocasión única, y no me decepcionó. Primero la poco escuchada “Burleske” en re menor para piano y orquesta de un Richard Strauss veinteañero pero que apuntaba ya una orquestación propia,  con los timbales protagonistas arrancando la melodía, y una forma sonata para un piano clásico aunque de su tiempo, plagado de exigencias solísticas y orquestales. Un placer comprobar el entendimiento entre solista y director, eligiendo unos tiempos no muy rápidos, poco fluctuantes y sin apenas rubatos, con caídas siempre a tiempo, escuchándose unos a otros, empastes más allá de la partitura como el alcanzado entre el flautín y los registros agudos del piano creando tímbricas únicas ante la ejecución impecable por parte de ambos, solos de atmósferas cercanas con respeto a los grandes compositores siempre presentes en formación y poso reconocible en toda una carrera. Concertar es también un arte y placentero disfrutarlo, de arriba a abajo en dirección escenario butacas.

Sale a colación nuevamente Achúcarro porque a él escuché por vez primera el Concierto para piano en re mayor “concierto para la mano izquierda” de Ravel, conociendo la historia de este encargo que esta tarde recuperé para algunos amigos que la habían olvidado, reuniendo también alrededor del piano a un excelente orquestador como el francés y la exigencia de concertar con pasión y precisión. Si el lenguaje utilizado por el compositor francés sigue vigente con el paso del tiempo será por algo, tanto en el protagonismo de las distintas secciones como en el tratamiento pianístico donde el virtuosismo de interpretarse solo con la mano izquierda no es nada comparado con la exigencia tímbrica de todos. Arrollador el pianista rusoamericano con una técnica plegada a la musicalidad y sentimiento de esta partitura, placer contemplar la tensión y atención de todos para alcanzar el necesario equilibrio, orquesta entregada al maestro Lockington que vuelve a sacar de ella un sonido que comienza a ser propio. La buena interpretación de todos se notó en el semblante y de propina casi la continuación de Ravel, otra “obra para un manco”, el Etude for the left hand alone, op. 36 (Estudio para mano izquierda sola) del ucraniano Felix Blumenfeld, auténtica maravilla compositiva e interpretativa más allá de la dificultad propia de un estudio, como todos los grandes del piano dejaron para la posteridad, y que Gerstein bordó técnica y musicalmente, completando una brillante actuación.

La Sinfonía nº1 en la bemol mayor, op. 55 de Elgar es colosal en el amplio sentido de la palabra, compuesta en la madurez del británico que sólo escribiría otra más, pues como bien explica Tania Perón en las notas al programa (enlazadas al inicio con cada compositor), se libraba entonces una “cruenta batalla entre la sinfonía y el poema sinfónico” si bien el oficio de escribir ya estaba reconocido y la inspiración para esta primera más que demostrada. La plantilla deseada se hacía cargo de una exigente y apasionante obra donde hay mucho que tocar por parte de todos y que el principal director invitado de nuestra OSPA se encargó de exprimir nota a nota, compás a compás, movimiento a movimiento, con su elegancia innata cercana a la del propio compositor, economía de gestos pero claridad en el diseño. El Andante, nobilmente e semplice – Allegro arrancando con esa madera cual banda británica de marcha sin pompa antes de ir desarrollándose y enriqueciéndose las dos melodías que forman este primer movimiento, con un crecimiento contenido como el que planteó Lockington y todas las familias rindiendo a gran nivel. En el Allegro molto vuelven los dos temas contrapuestos, diálogo cuerda-viento y ese “scherzo” donde lo militar va más allá de la caja o toda la percusión indeterminada. El tercer movimiento está a la altura de otros Adagio sinfónicos en cuanto a tensiones, lirismo, desarrollo, plegados todos los músicos a la idea del director, sabedor de la grandeza de este tiempo lento que trajo esencias de Tchaikovsky o Brahms enlazando con el último Lento – Allegro, transición sublime para volver a deleitarnos con cada intervención solista para una orquestación donde hay tres clarinetes, uno de ellos bajo, dos fagots y un contrafagot, pero también dos oboes y un corno inglés, dos flautas, flautín, dos arpas, aunque también tres trompetas y cuatro trompas (nuevamente de sonoridad redonda y afinada), tres trombones y una tuba, más una percusión amplia, riqueza tímbrica y texturas bien delimitadas por esta batuta que saca lo mejor de nuestros músicos. Sinfonía dura y exigente para todos que no permitió ni el más mínimo despiste para alcanzar una sobresaliente interpretación.

Ashkenazy también joven

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Domingo 14 de abril, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo. Joven Orquesta de la Unión Europea (EUYO), Daniel Hope (violín), Vladimir Ashkenazy (director). Obras de BrittenBerkeley, Mozart y Ravel.

Siempre es una gozada disfrutar de orquestas jóvenes con calidad, y la EUYO, donde ha estado mi querida violinista María Ovín, es fiel exponente de la apuesta por la cultura y educación musical desde esta Unión Europea a la que pertenecemos pero no rema en la misma dirección en unos tiempos donde los recortes no respetan nada y los patrocinios privados parecen ser la única solución, tal y como pudimos apreciar en la cara información facilitada a la entrada del concierto.

Orquesta formada por más de 140 músicos procedentes de los 27 estados miembros, seleccionados entre miles de candidatos entre 14 y 24 años, la Gira de primavera que arrancó el 30 de marzo en Interlaken (Suiza) pasa también por España estos días de abril: Barcelona, Oviedo, San Sebastián, Valencia y Alicante, con el pianista y director Vladimir Ashkenazy al frente (titular desde el año 2000 continuando la lista empezada por Abbado y Haitink, para engrosar la larga lista de grandes batutas que han pasado por la EUYO como invitadas, además de contar siempre con solistas de fama mundial, esta vez el violinista Daniel Hope en algunos de los conciertos de este tour primaveral.

En el centenario de Britten nada mejor que comenzar con “Montjuic”, Suite de danzas catalanas para orquesta, en colaboración con L. Berkeley, tras el paso de ambos por Barcelona los días 18 al 25 de abril de 1936 para intervenir en el XIV Festival de Música Contemporánea, que les marcaría tanto musicalmente como para denunciar la barbarie de nuestra triste Guerra Civil, como bien recuerda Iván J. Román Busto en las notas al programa. Cuatro movimientos donde podemos reconocer melodías y ritmos cercanos: Andante maestoso un minueto, Allegro grazioso estilización de la “gavotte”, Lament-Barcelona July 1936 en ritmo lento de zarabanda intercalado con alusiones a la sardana, y Allegro molto, todos ellos bien diferenciados en una interpretación brillante por efectivos pero emotiva por lo contenida, con una dirección muy peculiar del director islandés (afincado en Suiza y nacido en Rusia) que aúna lo didáctico precisamente por los gestos marcados que no dan lugar a dudas.

El Guarnieri del Gesúex-Lipinski” de 1742 que toca Daniel Hope es terciopelo sonoro que con una técnica prodigiosa tanto en el arco como la mano izquierda del inglés, hicieron del Concierto nº 3 “Estrasburgo” para violín K. 216 de Mozart, muy apropiado para este concierto europeo y una delicia acústica, aunque menos interpretativa. Nuevamente escuchamos una visión intimista, introspectiva en los tres movimientos, donde las cadenzas fueron las esperadas de virtuosismo pero algo carentes de más sentimiento, con una orquesta reducida y bien “domada” para esta obra por el veterano director que se limitó a marcar más que a interpretar. El sonido triunfó sobre la música en el siempre “traicionero Mozart”, aunque para gustos se hicieron colores. Y la propina, promocionando el último CD de Hope, otra lección de virtuosismo con esas “Campanas” de Johann Paul von Westhoff (1656-1705) que volvió a impactar por la técnica desde una gélida interpretación como el título de diseño gastronómico: “Deconstructs Imitazione della campana”.

Al menos Ravel no nos dejó indiferentes, la orquestación magistral del francés con una formación idónea nos interpretó las dos suites del ballet Dafnis y Cloe, lástima de coro para escuchar el ballet completo. La Suite nº 1 (Nocturno – Interludio – Danza guerrera) ya mostró la calidad de todas las secciones de la joven orquesta, cuerda bien ensamblada, madera cálida, metales claros y precisos, arpas puntuales y correctas, más una amplia percusión donde disfrutamos hasta de la “Máquina de viento”, siendo la Suite nº 2 (Amancer – Pantomima – Danza general) aún mejor, con un protagonismo especial de la flautista solista búlgara Adriana Dyakova, quien ya bordase su intervención en la primera parte. Interpretación sin pausa de ambas suites donde Askhenazy llevó de la mano a sus chicos, jugando esta vez sí con todo el colorido de la partitura, mimando los planos sonoros y dejando los tutti algo más liberados, consiguiendo un Ravel más que digno.

La propina del británico Elgar y su Canción de la mañana (Chanson de Matin), Op. 15 nº 2 nuevamente sacó de los jóvenes músicos europeos lo mejor desde la emoción contenida y el empaste en una gran formación que sonó adulta bajo la dirección de un joven Vladimir que pese a los años sigue conjugando batuta y piano. A la salida todavía tuvo tiempo de firmar discos, aunque últimamente me estoy haciendo poco mitómano…

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