Comenzaba este martes 29 de mayo en el RIDEA el I Ciclo de conferencias “Escenas musicales entre los siglos XIX y XX” que coordina la doctora y miembro correspondiente María Sanhuesa, haciendo de maestra de ceremonias para prologar y presentar a Begoña García-Tamargo, quien nos hablaría de “La sociedad La Castalia y su actividad musical en Oviedo (1875-1889)” precisamente un mes de mayo como efemérides de esta historia local que trasciende la capital asturiana.

Siempre es un placer conocer nuestra historia, más la cercana y mejor aún la musical, pues desconocerla puede llevarnos a repetir errores, si bien parece tozuda y hubo momentos en la conferencia que parecían reflejar una Vetusta clariniana totalmente de actualidad.

Con lenguaje cercano y bien documentada, la profesora García-Tamargo fue desgranando el origen de esta sociedad musical importantísima, un 16 de mayo de 1875 con ese nombre de La Castalia aunque también tendría el de Liceo como el griego, centro de enseñanza de esta asociación, y posteriormente Liceo Jovellanos, siempre con el afán de formar y entretener. Curiosas las distintas sedes de una sociedad formada por lo más granado de una sociedad culta además de rica puesto que el dinero también trajo prosperidad a las artes (el empresario belga de la metalurgia asentado en Oviedo Charles Joseph Bertrand Demanet como personaje y familia a recordar), siendo la música en la capital asturiana una seña de identidad desde aquellos teatros y circos de El Fontán o la calle Quintana como bien recordó la doctora Sanhuesa en la previa y amplió la profesora García-Tamargo con el deseo de otra castalia en pleno XXI conociendo la primigenia, con el mismo amor melómano por mantener una tradición que nos hace conocidos en todo el mundo solo con citar Oviedo.

Me encantó la elección de aquellos ilustrados del nombre de la musa Castalia, tanto en la mitología griega como romana, la hija del dios Aqueloo o mejor aún, la muchacha de Delfos que amaba Apolo, del que huye para zambullirse en esa fuente inspiradora para quienes bebían sus aguas o escuchaban su sonido. Adelantados aquellos jóvenes en esta inspiración que hasta el alemán Hermann Hesse también la retomará en 1943 para El juego de los abalorios donde Castalia es el hogar de una orden austera de intelectuales que pretende recoger y practicar lo mejor de todas las culturas, reuniéndolas en un juego de música y matemáticas que desarrolla las facultades humanas. Juventud preparada que deciden unir fuerzas, crear un coro además de la primera formación instrumental civil y promocionando la zarzuela y la música en general.

A lo largo de la conferencia de Begoña García-Tamargo, pudimos comprobar cómo 14 años de vida dieron para mucho, músicos de nuestra historia con Víctor Sáenz al frente de un sexteto de profesores amén de organista catedralicio y para muchos famoso por su almacén de instrumentos musicales y partituras funcionando hasta hace poco al lado de Camilo de Blas, aunque originalmente estaba en la calle Cimadevilla, negocio que no se entendería sin La Castalia, pero también nombres como Saturnino del Fresno o Baldomero Fernández, el mierense Teodoro Cuesta que además de poeta fue flautista y director de la Banda de Música del Hospicio (en el actual Hotel Reconquista), anécdotas y descubrimientos de trabajadores que serían tenores famosos como Lorenzo Abruñedo gracias a La Castalia, verdadero liceo que apostaba por estrenar zarzuelas antes incluso que las compañías profesionales. Zarzuelas de un acto, de dos y hasta de tres, con un inventario de representaciones que ya quisieran en pleno siglo XXI finalizando el XIX en un Oviedo de tantos cafés musicales, de teatros y circo, de distintas sedes de esta sociedad cultural melómana capaz de montar representaciones como el Stabat Mater de Rossini (causante de la crisis de Ana Ozores) junto a las zarzuelas de las grandes figuras del momento: Jugar con fuego (Barbieri), El Juramento (Gaztambide) o Marina (Arrieta) antes de hacerse ópera. Ya había dificultades económicas, se buscaban fusiones con otras sociedades, curioso el seguimiento de la prensa del momento, incesante actividad y los cimientos del primer Conservatorio y la Sociedad Filarmónica (1907), con un año 1885 dando los primeros avisos, luchando contra viento y marea ante la crisis de recursos así como los cambios laborales de muchos socios (el propio Víctor Sáenz Canel), un 5 diciembre de 1886 casi agonizante hasta la liquidación definitiva un 21 de mayo de 1889 (de nuevo mayo) con la subasta de bienes en buen estado y tantas partituras.

Lo sembrado por aquellos jóvenes intelectuales, las referencias de Clarín, de Melquíades Álvarez, de Fermín Canella, de la capital asturiana floreciente y culta, traería al poco de disolverse la sociedad, nada menos que la ópera Los Hugonotes de Meyerbeer para estrenar en 1892 un Teatro Campoamor que siglo y cuarto después sigue siendo capital lírica con la segunda temporada más antigua de España (solo superada por el Liceo, aunque las comparaciones sean odiosas y las diferencias abismales), y la Zarzuela defendida por La Castalia del XIX y del XXI, también tenga una temporada estable que ha cumplido sus bodas de plata, la única fuera de Madrid.

Sociedades privadas abiertas a su entorno con un terrorífico juego de palabras, sociedades privadas de ayudas que es privarnos de futuro, pues cuando lo público se desentiende, lo privado toma el relevo y hace negocio (Teatro de la Zarzuela VS Teatro Real), corroborando que la cultura no es un lujo sino un derecho, necesidad imperiosa de no dejar la cultura en manos de los privilegiados, inaccesible para el pueblo llano. La Castalia del siglo XXI lleva años luchando como aquella del XIX, apostando por nuestra zarzuela, por jóvenes valores a los que forma y encauza para una vida donde la lírica no puede faltar nunca. Gracias al RIDEA sobrevive La Castalia, lo que es de agradecer en tiempos de pobreza intelectual. El coloquio posterior daría para mucho, quedándome con la esperanza de cambiar este mundo inculto y violento, pidiendo tranquilidad ante la prisas o la impaciencia, malas consejeras. Sembrar para recoger porque no existe nada instantáneo en un campo como el educativo (también musical) que lleva tiempo, trabajo y mucho mimo siempre a pequeñas dosis. Pensemos que será la mejor herencia para las siguientes generaciones, esta Castalia que sigue plantando semillas y regando, haciendo crecer bien derechas unas ramas que no veremos hacerse árboles, ni siquiera bosques… pero el placer de la vida no nos lo quita nadie.

P.D.: Reseña de Elena Fdez. Pello en La Nueva España.