Viernes 7 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono 14, OSPA, Measha Brueggergossman (soprano), Rossen Milanov (director). Obras de R. Strauss y Bruckner.

Nunca me costó tanto hacer un comentario como el de este concierto que cerraba temporada cual examen final de curso en estas fechas.

Escrito de madrugada sin los enlaces que tanto me gusta poner  (por cierto que es lo que más tiempo me lleva, pues el texto va de un tirón del sentimiento al ordenador, tableta o teléfono), no le dí finalmente a “Publicar” hasta completarlo. El fin de semana fue largo y fuera de caso, pero al leer las críticas posteriores en la prensa escrita (del concierto del jueves en Gijón y del viernes en Oviedo) me pasó como con los exámenes: quise repasarlos antes de poner la nota definitiva, y hubo algunos cambios que no voy a desvelar, aunque siempre a favor del alumnado.

Sacando mi vena docente añadir que un mal examen no supone tirar un curso puesto que la evaluación, de momento y hasta que Wert lo imPPida, es continua y también individualizada, sin comparaciones con otros, así que comentarios y nota final puesta al poco del concierto se mantiene pero llegan los pormenores:

Con el final de curso también llegaba la última conferencia previa al concierto, esta vez de Luis Suñén, director de la revista Scherzo, que compro hace años, al que siempre es un placer leer y sobre todo escuchar, más en vivo, con sus conocimientos de “musicógrafo” como bien reconoce, y su pasión de melómano que contagia a la audiencia, familiar en Oviedo como en todas las anteriores (lástima para quienes se las han perdido porque son más que un complemento a los conciertos y a las notas al programa que suelen ser de los conferenciantes como así volvió a suceder) en esta “Lección magistral de clausura”. Gracias a Don Luis por hablarnos de Richard y Anton con la familiaridad y cariño habituales más allá de las anotaciones, y animar a la OSPA que mantenga este ciclo pese a la poca entrada, que parece disminuir como el público de los conciertos, aunque el balance y memoria final ocuparán un comentario aparte.

El último concierto presentaba un programa de lujo, y traía a la canadiense Measha como figura invitada, aunque las grabaciones discográficas poco tengan que ver con el duro directo y las Cuatro últimas canciones (1948) de Richard Strauss sean una reválida fin de carrera más que una prueba de acceso universitaria. Cuatro joyas para solista y orquesta cuya mera escucha es todo un placer pero que la soprano mediática no creo triunfe con ellas, si bien las mezclas de estudio pueden hacer milagros. Los “lieder” con orquesta exigen algo más que sentimiento y dicción, que tuvo, pero su proyección vocal no llegó como debiera hasta mi fila 13, y lo digo por algún crítico algo más cercano al escenario, y si además Milanov se limita a seguir la partitura (que tiene mucho que dirigir) sin mimar a la solista, el resultado global se queda en un mero suficiente para la invitada. No soy quien para dar lecciones de dirección pero supongo que las indicaciones de volumen, los matices, no son iguales para el metal que la madera, por lo que pianissimo resulta trabajo desde el podio que además es quien mejor puede escuchar los planos. Y cantar con una gran orquesta detrás exige de la voz no volumen sino técnica para hacerla “correr”, fluir, no sólo en los agudos. Pienso que el mal de muchas voces actuales, además de la elección del repertorio adecuado a ellas, estriba en la técnica apropiada para intentar igualar el color en todos los registros sin perder nunca cuerpo ni presencia en los graves, y la soprano de color no estuvo al nivel esperado.

Puede que otro programa y acompañamiento ayude a disfrutar más de su voz, pero para estos cuatro lieder straussianos no creo que esté en condiciones óptimas. Parece que los músicos de la OSPA sí se tomaron muy en serio este último examen porque dieron más de lo que se les exigió, y los solos de Vasiliev y Myra Pears fueron realmente de matrícula de honor. Globalmente las cuatro canciones fueron de menos a más, aunque me quedo con la tercera de Hermann Hesse Beim schlafengehen (como a Suñén tampoco me gusta la traducción literal de “Al ir a dormir”) y la de Joseph von Eichendorff Im Abendrot (“En la puesta de sol”), auténtica maestría de maridaje texto y música como en Schubert, Schumann o Mahler. El divorcio estuvo entre solista y director, el dulce en la propia obra.

Y cerrar curso con Bruckner y su Sinfonía nº 7 en mi mayor, WAB 107 (revisión R. Haas) suponía el nivel máximo de exigencia tras una temporada más que notable. Además de merecidos “ascensos en el escalafón” preparando el próximo curso, destacar la madurez alcanzada en éste de los metales y en especial las trompas que esta vez tuvieron que reforzarse para que dos de los titulares cambiasen a las trompas wagnerianas (cuatro se necesitaron) en una obra exigente para toda la orquesta que estuvo sobresaliente. Si Strauss resultó bueno pero “breve”, más parecería un calentamiento ante la magnitud de esta Séptima. Nuevamente los solistas brillaron a la altura esperada.

La cuerda al completo tuvo el extra de dejarse las yemas para alcanzar el volumen exigido (la plantilla no crece pero sí las exigencias de más en obras de esta envergadura) y equilibrar el poderío de unos metales a los que no podemos ponerles ningún reparo, más una madera que sigue estratosférica. La versión Milanov no resultó igual, sí mejor que Strauss pero optanto nuevamente por la “literalidad”, que en el caso de Bruckner exige muchas y profundas lecturas. De nuevo caímos en la tentación de una obra sinfónica total, cumbre en todos los aspectos (puede que menos en el popular) pero que necesitaba más cuerda. Como en el anterior concierto con la Quinta de Shostakovich, el esfuerzo de nuestra cuerda fue titánico y hay que recalcarlo para evitar malentendidos. El público siempre agradece estas “obras de poderío” pero los rectores conocen mejor que nadie las necesidades, y la Séptima de Bruckner quedó corta en efectivos aún a costa de mayores sacrificios (¡dichosa crisis!).

Los tiempos elegidos estuvieron ajustados a las indicaciones, como el Allegro moderato con orquesta plena en un “tutti” sin trompetas ni trombones que daba paso al magistral oboe y clarinetes (los dos) en ese ascenso melódico antes de entrar en el contracanto de violines, que contrapongo a lo poco marcadas que quedaron las modulaciones de la partitura y muy “académica” la reexposición final así como la amplia coda.

El Adagio (indicado Sehr feierlich und langsam, con lentísima solemnidad y calmado), es de lo más emocionante de Bruckner aunque la dirección no logró conmover, puede que esta vez la disposición “vienesa” con contrabajos atrás y tubas wagnerianas a la izquierda no ayudasen (la tuba en el lado opuesto impidió más empaste). Siendo la sinfonía pieza única de la segunda parte no creo que resultase complicado ubicar los contrabajos a la izquierda y dejar todo el metal en la parte trasera, precisamente para esa sensación de tubos de órgano. Cellos y violas sí sonaron homogéneas en su posición para el segundo motivo del adagio y la siempre segura sección de violines en ese inserto del Te Deum del propio compositor antes de desarrollar en contrapunto los temas y el gran crescendo antes de la coda donde los metales realmente truenan.

El Scherzo vivace (marcado Sher schnell, muy rápido) por su rítmica tan marcada resultó lo mejor de la sinfonía a lo que debemos sumar una cuerda al unísono que suena como un todo, nuevo triunfo de la formación asturiana que a lo largo de la temporada ha mantenido este nivel de calidad sin apenas altibajos. Nuevamente la dirección de Milanov buscó más tiempo que color, y el trío central (Etwas langsamer, un poco más lento) fue buen ejemplo, sin poder paladear un poco más los violines tocando esa especie de danza popular respondida por viento y timbales, curiosamente más discretos de lo que deberían.

Y el Finale (Bewegt, doch nich zu schnell, movido pero no demasiado rápido) tan subjetivo como el Martini de James Bond, “ethos y pathos” que escriben los estetas pero donde la energía debe estar controlada antes de ese coral del segundo tema precediendo la luz de las trompas y el siguiente desarrolo y reexposición, corta y tensa antes de la coda. La orquesta pareció entender a la perfección la llamada “vía real” de Bruckner en esta sinfonía, aunque Milanov optase por “referencias” más cercanas a la Primera o Tercera en una visión global y no detallada de esta séptima que tanto tiempo costó componer. Por una vez puedo decir que la orquesta sobrepasó la dirección, lo que puede tener doble sentido.

Comenzaba diciendo que un mal examen no supone suspender, y si la orquesta alcanzó el Sobresaliente, poner tarea para Septiembre no es suspender sino repasar algunas cosas mejorables. Cuando la exigencia es de nota alta, un suficiente debe tener trabajo en las vacaciones.

Con más tiempo haremos la “Memoria final” y avanzaremos la Programación 2013-14, vamos como en el Instituto, aunque todavía nos queden dos semanas de clase y una última de preparación del último curso antes de Wert.

Digo a quienes me conocen que con la OSPA llevo 22 años casado, los mismos que con mi esposa, felices y con las normales diferencias de una convivencia tan larga. Mi filosofía de la vida, si se quiere mis convicciones, hacen que sepa perdonar y olvidar los malos momentos para quedarme siempre con lo positivo, lo que no impide seguir disfrutando de la libertad para opinar aunque no sea compartida. Por pedir, solamente salud para celebrar las bodas de plata…

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