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Verano gijonés con ¿baro qué?

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Lunes 14 de julio, 20:00 horas. XVII Festival de Música Antigua, Gijón: Centro de Cultura Antiguo Instituto. Andreas Prittwitz y Lookingback Baroque Orchestra. Obras de Sammartini, J. S. Bach, Vivaldi, Purcell y Geminiani. Entrada libre.

Decimoséptima edición de un festival que se ha convertido en tradicional cita estival gijonesa, con relevo en la dirección (ahora con Manuel A. Paz) pero manteniendo el espíritu de ofertar calidad desde la llamada «música antigua» que nos explicó antes del concierto el director del festival, músico y pedagogo mierense, con la idea de presentar al público unas líneas generales de lo que vendrá a continuación, conciertos y concurso internacional (tercera edición dedicada al canto) que ponen a Gijón en ese mapa veraniego donde la música forma parte de muchos planes vacacionales, algunos cerca de casa.

Y esta segunda jornada resultó todo un éxito con lleno hasta arriba, literalmente, media hora antes del inicio musical que traía a Andreas Prittwitz de nuevo a esta su «otra casa» precisamente con un ensemble que «mira atrás» como un viaje al pasado desde el tiempo actual, esta vez el barroco de la flauta de pico que trajo a este alemán de Munich a nuestro país, ortodoxo como él mismo apuntó en esta primera parte, también vital, y el imaginario viaje al futuro de aquellos barrocos tan actuales desde los saxofones o clarinete de nuestro querido Andreas, los que le abrieron otras puertas para seguir haciendo Música con mayúsculas allí donde era requerido (también en la acepción de «querido doblemente») sin olvidar la faceta docente que en Gijón conocen muy bien desde hace 15 años por lo menos…

El calor motivó algo de retraso en la primera parte por la necesidad de afinación del clave y resto de este «ensemble» de cuerda con intérpretes capaces de afrontar este repertorio con total profesionalidad sin buscar más allá que disfrutar con esta música atemporal y transmitirlo al respetable. El Concierto en fa para flauta soprano, cuerda y bajo continuo (G. Sammartini) fue de los llamados «de libro» en forma y fondo:  tripartito en movimientos contrastantes, virtuosismo por parte del solista, diálogos con diferentes intensidades más el lirismo del lento Siciliano central.

Otro tanto de la conocida Suite orquestal nº 2 en si menor para flauta, cuerda y bajo continuo, BWV 1067 (J. S. Bach) que Prittwitz ejecutó con la flauta dulce contralto en vez del original «traverso», algo menor en volúmenes pero igualmente difícil para el solista, optando por «tempos» extremos hasta la virtuosa y archiconocida «Badinerie», dejándome personalmente indiferente en cuanto a la visión global, si bien la música del kantor es siempre grande. No puedo decir que lo escuchado tenga rigor historicista o aporte algo más que una hermosa escucha sin emoción mayor que la de una obra inmensa de por sí pero mínima en mi goce.

Curiosamente esperaba menos «ortodoxia» en la línea de la segunda parte, el acercamiento que muchos intérpretes llevan haciendo mucho tiempo atrás desde distintas visiones, comenzando con Jacques Louissier que marcó estilo Jazz Bach, el proyecto Lambarena, que «visitó» también a Mozart, el británico de las cajas de ritmo Louis Clark con aquello «clásicos a ritmo de…» que el ínclito Luis Cobos retomó para cabrear a muchos puristas, sin olvidarme de nuestros Canarios y su Ciclos vivaldiano tan sintetizado como hiciesen Wendy – Walter Carlos o Isao Tomita, Emerson, Like & Palmer, los excelentes arreglos de Gil Evans y hasta el Falla de Paco de Lucía, todos bebiendo de la llamada música clásica aunque el barroco siga siendo el padre de todas las músicas posteriores.

Precisamente sería la segunda parte donde Andreas Prittwitz con su ensemble afrontó tres páginas hermosas con instrumentos cercanos, «modernos» y eternos finalmente, capaces de recrear paisajes reconocibles como los pintores hacen desde sus distintas escuelas:

El Concierto para flauta en sol menor «La Notte» (Vivaldi) en versión de saxo alto nos trajo al «jazzman» formado en la historia, conocedor de la forma y técnica barroca para revitalizarla desde un saxo para el que seguramente hubiese compuesto «el cura pelirrojillo», con un continuo de lujo capaz de tocarlo todo sin olvidar que estamos en el siglo XXI.

Con el clarinete Andreas Prittwitz saca la vena más íntima, el cello de lengüeta como cercano a la voz, y del Dido y Eneas de Purcell arregla cinco números donde realmente «canta» como si de Ella Fitzgerald se tratase, seleccionando la Danza de las Furias, Aria 37, Ritornello 22, Aria 23 y Aria 24 para volver a demostrar que la música no tiene etiquetas, sólo el placer por el buen gusto que el intérprete hispanoalemán (más que germanoespañol) demuestra en todo lo que toca, y más con una orquesta detrás que suena ajustada de principio a fin. Aprovecho aquí para citarlos (varios en la OCNE): Joan Espina, Krzysztof Wisniewski y Javier Gallego en los violines, Cristina Pozas (viola), Miguel Jiménez (cello), Roberto Terrón (contrabajo), Sara Erro (clave) y Ramiro Morales (archilaúd), quien no trajo la guitarra barroca que hubiese dado más calor en los rasgueos que ese «grandón» acompañante del continuo.

Y si hay en la historia musical forma típica para llenar e improvisar, esa es «La Folía», con un Concerto grosso que Geminiani adapta a esa otra forma tan barroca de las variaciones originales de A. Corelli, esta vez con Andreas soplando el saxo soprano curvo (no el recto) y jugando todos con melodía más esplendorosa que el sol asturiano, contagiando alegría antes de retomar la flauta para regalarnos una marchosa Alla turca telemaniana cerrando círculo musical y vital: orígenes de Prittwitz desde una madurez que le permite afrontar proyectos desde cualquier óptica como el renacentista, el barroco, Chopin o lo que se le ponga por delante sin olvidar su faceta compositiva. Sabe que en Gijón u Oviedo tiene carta blanca y un hueco en las distintas programaciones, porque la conexión con el público es éxito seguro.

Tubox asombrando

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Domingo 1 de junio, 19:30 horas. Iglesia de San Pedro, Pola de Siero. Concierto de órgano y saxoDúo Tubox (Antonio Cánovas Moreno, saxos; Rubén Díez García, órgano). Obras de André LamproyeLassoGiorgio ParisCabezónCabanillesGuy de LioncourtGeminianiVillalobos y Denis Bedard.

El pasado 16 de mayo asistía en Avilés a la presentación de esta «extraña pareja» como les titulaban en la primera crónica del diario La Nueva España, augurando larga vida al Dúo Tubox por lo novedoso en España de esta combinación órgano y saxo.

Repetían programa en Pola de Siero, volviendo a dejar aquí los mismos enlaces de entonces y suscribiendo plenamente lo escrito hace quince días, con pequeños matices: no hay dos órganos iguales, en este caso el nuevo de Gerhard Grenzing, con lo que supone de ardo trabajo en la búsqueda de registraciones específicas; no hay dos acústicas iguales, citando siempre la dificultad añadida de la reverberación para las músicas rápidas en ejecución, si bien la ubicación tanto del órgano como del solista en un lateral del crucero, aún más cerca del público, favorecieron la riqueza de mixturas; finalmente que no hay dos días iguales, en este caso este dúo sigue rodando repertorio y cada vez más compenetrados desde un perfecto entendimiento entre ambos intérpretes.

Volver a destacar el ímprobo esfuerzo por parte de Rubén Díez en la búsqueda de los registros del Grenzing, segunda vez que le escuchaba y que como cualquier instrumento, va adquiriendo identidad sonora, comentando hace tiempo que los órganos tienen un acento como el propio lenguaje y hasta una personalidad propia. Si en Avilés el de Acitores puedo hablar de su carácter marino y salitroso pese a fabricarse en Tierra de Campos, este de Pola de Siero, con menos posibilidades sonoras pero rico igualmente, posee un carácter recio como el alemán afincado en Cataluña, llegado a las vegas de este rico concejo asturiano. Posibilidades sonoras, texturas adaptadas a cada partitura, flautados, trompeterías y la lengüetería más allá del acompañamiento o el rigor histórico de la obra interpretada, al igual que la elección por parte de Antonio Cánovas del saxo alto o del soprano volvieron a impresionar al público que acudió en buen número y llegado de varias partes de Asturias a este concierto del primer día de junio.

Los seis números del «Hommage a Saint Hadelin» de André Lamproye (1931-2005) siguen el orden y espíritu litúrgico, música totalmente apta para el culto en combinación de saxo soprano y alto con órgano plenamente integrados en esta especie de poema organístico. Entrée Solennelle: Cantique à St. Hadellin marcial, pleno, toque a llamada antes de la Méditation: A son maitre Remacle de belleza y recogimiento a partir del órgano solo en «registros franceses», exquisitos en el Grenzing, antes del central Choral: L’envoi en mission deudor de los luteranos que todos los compositores organistas tienen en su catálogo, de nuevo combinando colores con el saxo y el Offertoir: Le Miracle de la Source de virtuosismo y placidez en perfecto equilibrio, melodía casi mariana con típica estructura ABA preparatoria de la explosión sonora de la Communion: La Résurrection de Guiza o la salida Sortie: Au Christ Couronnant pletórica, ambos de escritura logradísima en ritmos ternarios, ligeros o procesionales, contrastando dinámicas con registros bien empastados. «Espectáculo sonoro» de una partitura muy actual, agradecida de escuchar y dura de trabajar, resultando obra perfecta para abrir concierto y avanzando la multiplicidad que se avecinaba.

«Susane un jour» (Orlando di Lasso) opta lógicamente por registros renacentistas en órgano y saxo alto emulando sonidos de cornetto, dúos habituales en aquella época todavía vigentes con esta combinación, volúmenes sumatorios en teclados y saxo desde una melopea vocal contenida, fraseos no ya musicales sino expresamente «cantados» donde parece que el instrumento cantase un texto inexistente.

Moderna de composición e inspirada en la ancestral secuencia de Celano «Dies Irae«, el «Alio Modo» del compositor Giorgio Paris (1961) vuelca recursos para lucimiento de ambos intérpretes, comenzando con un solo de saxo soprano virtuoso donde la acústica formando parte de la propia obra, otro descubrimiento del Dúo Tubox y lo apuntado de la «verbalidad» en los fraseos.

La extraordinaria formación musical de Rubén Díez como organista y músico en la amplia acepción, le permite adaptar y preparar obras ad hoc, caso de esta «Suite» muy personal uniendo dos de nuestros grandes, castellano y valenciano, Antonio de Cabezón y Juan Bautista Cabanilles a partir de las obras más populares de ambos, Diferencias sobre el canto llano del caballero y Corrente Italiana, dos épocas españolas enlazadas desde la actual, Renacimiento y Barroco, música modal y tonal, registros de entonces en instrumentos actuales para que el saxo alto volviese a «ejercer» de cornetto, cañas y lengüetas, unión de órgano y saxo que en los pasajes pianísimos se hacía difícil diferenciar ambos en la búsqueda de una sonoridad única e irrepetible, contrastes y variaciones de ambos intérpretes aprovechando la técnica de las diferencias, algo tan del jazz asociado al saxo precisamente en esta musical suma. Guiño al origen renacentista organístico y al norteamericano saxofonista del jazz, aquí la aportación o visión de Antonio Cánovas, donde ambos instrumentos son los reyes para fusionar desde la excelencia ambos mundos en el único posible y eterno: el musical que ponía la potente a la vez que solemne «corrente» de Cabanilles.

Mismo gusto musical y gravitando en cierta cuarta dimensión espacio temporal Guy de Lioncourt (1885-1961) escribe «Trois Melodies Gregoriennes» que Tubox siguen actualizando, combinación saxo alto y órgano que supone la esencia gregoriana, importancia del texto en latín realmente «pronunciado» por Antonio Cánovas en una auténtica lección de fraseo, y el magisterio del órgano que con los años pasó a completar (que no acompañar) el canto llano. Clemens Rector comienzo desde las teclas antes del delicado y dulce canto del alto, timbres ensamblados desde el conocimiento histórico y la técnica instrumentística del dúo; Puer Natus Est brillante y ligero sin perder de vista la expresividad del propio texto; Pascha Nostrum rematando la liviana redondez del propio «canto llano» en otra demostración de buen gusto, definiendo ese estado anímico que siempre supone el canto gregoriano, bien entendido especialmente por Rubén Díez.

La Sonata en mi menor (Francesco Geminiani) de cuatro movimientos bien contrastados es típicamente barroca: Andante, Allegro, Largo y Vivace, muy difícil en este arreglo a órgano y saxo soprano que en los tiempos rápidos la acústica impide degustar plenamente el virtuosistimo de ambos aunque a favor la disposición más cercana que de nuevo permitió paladear esas sonoridades buscadas desde el riguroso trabajo de investigación en los registros del organista praviano y el saxofonista murciano.

De la amplia producción musical de Heitor Villalobos, buscando el mismo espíritu de este programa que bebe de la historia para hacerla suya y compartirla con todos, escuchamos con auténtico placer de las Bachianas brasileiras nº 5 el «Aira Cantilena» para corroborar que la buena música lo es en cualquier versión, con un órgano cual orquesta de violonchelos, otra excelencia en los registros del Grenzing, y el saxo soprano respirando, recitando, cantando y vocalizando cual voz blanca, sensaciones nuevamente únicas, invención desde la recreación, catarata sentimental de esta joya musical en interpretación sentida y contagiada.

El brillante colofón lo puso la Sonata I de Denis Bedard (1950), tres movimientos y original para este dúo con saxo alto del organista y compositor canadiense, despliegue tímbrico, armónico y melódico que hizo parecer el instrumento de Pola de Siero mayor en sus posibilidades, reconstruyendo ingredientes tomados de Avilés para cocinar un postre de nuevas sensaciones. Sonata de nuestro tiempo pero compuesta a la antigua usanza: Invention de estructura binaria arrancando con un «allegro maestoso» en órgano, marcial, un lento más melódico y vuelta al tema principal; Barcarolle de registros románticos muy «paraíso Fauré», y la alegría final de la Humoresque, también forma ABA épica, cinematográfica y como la primera vez con recuerdos organísticos a los inicios del cine mudo, fuegos artificiales y enorme paleta sonoro de la «Factoría Tubox» que volvieron a levantar auténtica pasión y asombro entre los asistentes de una población que lleva la música en sus venas.

Debo siempre dar las gracias a los organizadores (Asociación Pro-Órgano) y patrocinadores (Gerhard Grenzing), así como al organista titular Emilio Huerta Villanueva, que siguen apostando por la música del instrumento rey, y especialmente a Antonio y Rubén por este programa tan trabajado, sabiamente elegido además de magistralmente interpretado, creciendo en cada concierto, esperando puedan exportarlo y escucharlo más allá de nuestras fronteras porque el éxito está asegurado.

Inventando nuevos registros

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Viernes 16 de mayo, 20:15 horas. Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery, Avilés. Concierto de órgano y saxo Dúo Tubox (Antonio Cánovas Moreno, saxos; Rubén Díez García, órgano). Organizado por la Fundación Avilés Conquista Musical. Obras de André Lamproye, Lasso, Giorgio Paris, Cabezón, Cabanilles, Guy de Lioncourt, Geminiani, Villalobos y Denis Bedard.

No podía faltar como melómano a la presentación de un dúo original, probablemente único en España, formado por dos músicos de reconocida trayectoria individual que han decidido unir fuerzas y pasión musical para ofrecer un repertorio atemporal, de calidad en fórmula exportable que dará muchas alegrías allá donde vayan.

Tras lo escuchado en Avilés, sumar el órgano del Taller Acitores al saxo (soprano o alto), supuso inventar nuevas tímbricas y (re)descubrir unas obras que así combinadas resultan emocionantes, impactantes y más desde un trabajo previo muy serio a cargo de Rubén (con el oboe de la OSPA Juan Pedro Romero) y Antonio (como Saxperience junto a la pianista Elena Miguélez).

Esta «extraña pareja» como titulaba la primera crónica en el diario La Nueva España, preparó un viaje histórico desde el Renacimiento hasta nuestros días en hora y cuarto, alternando tiempos cronológicos y musicales, donde la reverberación del templo avilesino no ayudó en los movimientos rápidos por cierta la sensación de barullo melódico aunque lograsen coloridas y originales mezclas. Antes de pormenorizar cada obra, destacar el ímprobo esfuerzo por parte de Rubén Díez en la búsqueda de los registros adecuados del gran órgano de Federico Acitores que sigue asombrando por las posibilidades sonoras, texturas adaptadas a cada partitura, flautados, trompeterías o una lengüetería más allá del acompañamiento o el rigor histórico de la obra interpretada, al igual que la elección por parte de Antonio Cánovas del saxo alto o el soprano. Curiosamente de la fusión de registros podríamos escribir largo y tendido, pues mi paladar «omnívoro musical» (como me bautizó mi querido Mario Guada) recordó las llamadas músicas «New Age» que Ramón Trecet ponía en su programa radiofónico «Diálogos» en los años 80, con los saxos de Javier Paxariño o Paul Winter y unos acompañamientos que el órgano de Santo Tomás parecía recrear no desde la electrónica sino desde la propia historia del instrumento.

El «Hommage a Saint Hadelin» de André Lamproye (1931-2005) consta de seis números que siguen el orden y espíritu litúrgico, música totalmente apta para el culto en combinación de saxo soprano y órgano plenamente integrados en homenaje al santo gascón. Entrée Solennelle: Cantique à St. Hadellin marcial, pleno, toque a llamada antes de la Méditation: A son maitre Remacle de belleza y recogimiento a partir del órgano solo en «registros franceses» antes del central Choral: L’envoi en mission deudor de los luteranos que todos los compositores organistas tienen en su catálogo, de nuevo combinando colores con el saxo y el Offertoir: Le Miracle de la Source de virtuosismo y placidez en perfecto equilibrio, melodía casi mariana que me recordó a Caccini, con típica estructura ABA preparatoria de la explosión sonora de la Communion: La Résurrection de Guiza o la salida Sortie: Au Christ Couronnant pletórica, ambos de escritura logradísima en ritmos ternarios, ligeros o procesionales, contrastando dinámicas con registros bien empastados que podían provenir de ese «Tubox» tan logrado antes de concluir obra en tiempo medio con mayor presencia del saxo soprano y un concepto diría americano en cuanto al «espectáculo sonoro» de una partitura muy actual agradecida de escuchar y dura de trabajar, resultando la obra perfecta para abrir el concierto y avanzar la multiplicidad que se avecinaba.

«Susane un jour» (Orlando di Lasso) optó por registros renacentistas en el órgano y el saxo alto emuló sonidos de cornetto, dúos habituales en su época que siguen vigentes con la combinación actual, volúmenes sumatorios en teclados y saxo desde una melopea vocal contenida.

Moderna de composición e inspirada en la ancestral secuencia de Celano «Dies Irae«, el compositor Giorgio Paris (1961) vuelca en «Alio Modo» recursos para lucimiento de los dos intérpretes, comenzando con un solo de saxo soprano virtuoso y esta vez con la acústica formando parte de la propia obra, recordándome otra escuchada hace pocos años a la extinguida JOSPA en la capilla de la Laboral gijonesa también con un saxofonista como Andreas Prittwitz antes de la entrada de un «órgano con sabor francés», siempre referente en la búsqueda de los registros adecuados, variaciones sobre esa melodía iracunda que evoluciona hacia el barroco italiano cual Albinoni muy bien escrito y actualizado antes de finalizar nuevamente con la melodía primigenia en el soprano llenando el templo de luz musical sobrecogedora para otro descubrimiento del Dúo Tubox.

Rubén Díez tiene una extraordinaria formación musical, y como organista preparó una «Suite» muy personal que une a dos de nuestros grandes, uno de Castrillo Matajudíos y otro de Algemesí, burgalés y valenciano, Antonio de Cabezón y Juan Bautista Cabanilles a partir de las obras más populares de ambos, Diferencias sobre el canto llano del caballero y Corrente Italiana, dos épocas españolas enlazadas desde la actual, Renacimiento y Barroco, música modal y tonal, buscando registros de entonces para que el saxo alto volviese a «ejercer» de cornetto de la época, cañas y lengüetas si se me permite, unión de órgano y saxo, contrastes y variaciones de ambos intérpretes aprovechando la técnica de la variación o diferencias, por otra parte tan del jazz con el que solemos asociar el saxo precisamente en esta musical suma de dos igual a uno. Guiño al origen renacentista organístico y al norteamericano saxofonista del jazz, aquí la aportación o visión de Antonio Cánovas, donde ambos instrumentos son los reyes para fusionar desde la excelencia ambos mundos en el único posible y eterno: el musical que ponía la potente a la vez que solemne «corrente» de Cabanilles.

Con el mismo gusto musical y gravitando en cierta cuarta dimensión espacio temporal Guy de Lioncourt (1885-1961) escribe «Trois Melodies Gregoriennes» que Tubox actualizan aún más. La combinación saxo alto y órgano supone la esencia gregoriana donde la importancia es el texto en latín realmente «pronunciado» por Antonio Cánovas en una auténtica lección de fraseo, y el magisterio del órgano que con los años pasó a completar (que no acompañar) el canto llano. Clemens Rector comienza desde las teclas antes del delicado y dulce canto del tenor, timbres ensamblados desde el conocimiento histórico y la técnica instrumentística del dúo; Puer Natus Est sonó brillante y ligero sin perder de vista  la expresividad del propio texto; Pascha Nostrum remató la redondez liviana del propio «canto llano» en otra demostración de buen gusto partiendo de lo que mi admirado profesor Emilio Casares denominaba a veces «yoga musical» para definir el estado anímico del canto gregoriano.

La Sonata en mi menor (Francesco Geminiani) con sus cuatro movimientos bien contrastados es la típicamente barroca: Andante, Allegro, Largo y Vivace, difícil para este arreglo a órgano y saxo soprano que, como ya apuntaba al inicio, en los tiempos rápidos no pudimos degustar la catarata virtuosística de ambos aunque a nuestro favor tuvimos paladear sonoridades que el riguroso trabajo de investigación en los registros consiguió el organista praviano.

Heitor Villalobos tiene una producción musical en la onda de este concierto: bebe de la historia para hacerla suya y compartirla con todos. De sus Bachianas brasileiras nº 5 el dúo eligió «Aira Cantilena» para constatar que la buena música lo es en cualquier versión, lógicamente en interpretación maestra todavía más, y con un órgano cual orquesta de violonchelos y el saxo soprano respirando, recitando, cantando y vocalizando cual voz blanca, las sensaciones fueron realmente únicas, invención desde la recreación y todo un placer musical.

El brillante colofón lo puso la Sonata I de Denis Bedard (1950), tres movimientos original para este dúo con saxo alto del organista y compositor canadiense, un despliegue tímbrico, armónico y melódico del que espero disfrute más público en una carrera que comenzaba en plena festividad de San Honorato, dulces panaderos nuevamente franceses en cocina pero españoles en ejecución, Pravia (Asturias) y Totana (Murcia), viajes académicos recíprocos del Principado de Asturias al País Valenciano para reconstruir con los mismos ingredientes un auténtico postre de excelencia. Sonata de nuestro tiempo compuesta a la vieja usanza: Invention de estructura binaria que arrancaba con un «allegro maestoso» en órgano, marcial, un lento más melódico y vuelta al tema principal; Barcarolle de registros románticos muy «paraíso Fauré», y la alegría final de la Humoresque, también forma ABA épica, cinematográfica como Tavernier, también recuerdos organísticos a los inicios del cine mudo y al dúo también de cine ShostakovichKubrick para esos fuegos artificiales de la «Factoría Tubox» que levantaron auténticas pasiones entre los asistentes y largas charlas una vez finalizado el concierto.

Gracias a los organizadores y patrocinadores que siguen apostando por la música, y especialmente a Antonio y Rubén, programa muy trabajado, sabiamente elegido y magistralmente interpretado.

Aleluya barroco

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Miércoles 31 de octubre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Conciertos Día Universal del Ahorro 2012. OSPA, Raquel Lojendio (soprano), Aarón Zapico (director). Obras de Geminiani, C. Avison y Vivaldi. Patrocinado por CajAstur; entrada por invitación.

Comienza para algunos el Puente de los Santos y puede ser causa de las muchas butacas vacías aunque tampoco hubo facilidades para encontrar entradas que no estaban a la venta. Personalmente tengo que agradecer a Forma Antiqva que me hiciesen llegar una para un concierto que suponía el debut de Aarón Zapico al frente de una «OSPA de cámara» para un repertorio que el hermano mayor domina y supo transmitir a esa cuerda que siempre es referente de la orquesta asturiana, con el refuerzo en el contínuo del fagot y los otros dos hermanos Zapico, Daniel y Pablo, perfecto acompañamiento de la soprano tinerfeña (estuvo anunciada Sabina Puértolas aunque ni ella misma lo supo y alguien responderá del entuerto) que dio lo mejor de ella, entregada en alma y cuerpo. El programa de mano no era tal a pesar del «ahorro», pues no ayudó nunca a parte del público que estuvo más perdido que un pulpo en un garaje. Lástima que el Barroco no tenga más presencia en las salas de concierto, felicitándonos de los tres conciertos del nuevo ciclo «Oviedo Barroco» para los que ya me hice con el abono (44€) en la Sala de Cámara que espero se llene más que la Principal de este último día de octubre.

El mayor de los Zapico y cabeza visible de Forma Antiqva tiene las ideas muy claras en un repertorio donde se mueve como pez en el agua, lo que supo transmitir a la perfección a una orquesta que pareció disfrutar tanto o más que muchos de los presentes. La elección de cuatro motetes para soprano de Vivaldi (que figuraban sin más en el cartoncillo biográfico) y su organización fueron perfectos pese a la «reiteración» estilística que suponen, una dificultad añadida a la interpretación que nunca fue idéntica ni siquiera en los Da Capo, sin perder rigor y gracias a esa claridad buscada por Aarón Zapico bien entendida por todos los músicos.

Geminiani y su Concerto grosso nº 12 «La Folia», Op. 5/12 abría velada con las cartas boca arriba, sin esconder nada y aprovechando el magisterio de los solistas, impecables todos, Vasiliev, Corpus, Alamá y Atapin, más «el grueso»donde el continuo de guitarra barroca y tiorba equilibraban una plantilla de lujo para la ocasión: 7 primeros, 7 segundos, 3 violas, 2 cellos, 2 contrabajos más fagot y el «dúo Zapico». Y Aarón no permitió ruptura encadenando el primer motete de Vivaldi, «In turbato mare irato» RV 627 que trajo a escena a una Raquel Lojendio segura, poderosa en los agudos, equilibrada en el medio y suficiente en el grave, con una técnica al servicio de esta música que en vez de instrumentalizar la voz resultó más bien «vocalizar los instrumentos» a lo largo de todo el concierto, con unos fraseos y contrastes en todo que dieron la unidad estilística que la dirección buscó, con tiempos bien elegidos para poder degustar todo el caudal sonoro.

Otro tanto podríamos decir del siguiente y complementario motete «In furore iustissimae irae» RV 627,  potente interpretativamente y frescura total en cada uno de los músicos, con los Aleluya finales tan unificados estilísticamente y tan distintos en su vocalización, un triunfo añadido.

También se organizó la segunda parte sin ruptura entre el Concerti grosso nº 5 en Re m. del inglés Charles Avison plenamente italianizante y «Sum in medio tempestatum» RV 632, microcosmos del «Cura Pelirrojillo» donde más allá de las agilidades vertiginosas del primer movimiento trajeron el recitativo con la guitarra de Pablo profunda en la sencillez y cálida al sumarse la tiorba de Daniel, más aún con Mascarell en el fagot del Aleluya final que redondeó este motete como el mejor del concierto para mi gusto.

Todavía faltaba el más cinematográfico de los motetes, «Nulla in mundo pax sincera» RV 630 brillante culminación del concierto donde fluyó la estructura conocida con nuevos contrastes y la voz de Lojendio pletórica en una durísima interpretación que nos devolvió un barroquismo asturiano pero universal, frescura y personalismo para un repertorio nada manido y poco escuchado del que Aarón Zapico logró nuevas perspectivas siempre fiel al estilo.

La propina hispana con Raquel y los gemelos Zapico a trío corroboraron ese aire asturiano para el veneciano Vivaldi al que los hijos de Eloy Zapico (presente siempre en el recuerdo) y Marga Braña han reinventado hace tiempo.