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Bonsais y crisantemos

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Sábado 16 de julio, 20:30 horas. Gijón, Fundación Museo Evaristo Valle, Ciclo de Música de Cámara: Siripong Tiptan (violín), Ignacio Rodríguez (violín), David Abrahamyan (viola), Jaime Calvo-Morillo Rapado (violonchelo), Sergey Bezrodny (piano). Obras de Brahms y Puccini. Entrada: 10€.

El verano no supone descanso para los músicos y si cuentan con espacios como el museo gijonés donde poder ofrecer su trabajo, mucho mejor, inaugurándose este ciclo de lo que llamo la base musical, tanto para intérpretes como público, la música de cámara. El entorno del “Evaristo Valle” sigue siendo único en cualquier estación, y esta vez los bonsais, la paciencia, el tiempo y el verdadero amor por la naturaleza tuvieron de nuevo paralelismo en la compañía musical como intentaré describir en las siguientes líneas.

Alrededor del conocido virtuoso afincado en nuestra tierra Sergey Bezrodny se aglutinan jóvenes que sabedores de la solvencia del pianista ruso en estos repertorios aprovechan para trabajar unos conciertos básicos en sus carreras, y así conocí este sábado al violinista tailandés Siripong Tiptan quien con el ruso interpretó la Sonata para violín y piano nº 2 en la mayor, op. 100 (1886) de Brahms, el siempre exigente hamburgués que dominó el género camerístico como pocos, siendo un romántico que bebió de las fuentes clásicas para elevarlas a su quintaesencia. Tres movimientos donde poder respirar su riqueza melódica compartida por un dúo exigente técnicamente, el violín cantabile y el todopoderoso piano rivalizando en belleza protagonista, con un Allegro amabile de sonoridad carnosa por parte del tailandés más el contrapeso pianístico del ruso compañero ideal en estos viajes. El movimiento central juega con cambios de aire y amplias dinámicas que resultaron equilibradas y serenas (Andante tranquilo. Vivace. Andante. Vivace di più. Andante. Vivace) para quien se mostraba como un valor en alza con ganas de volar alto en los extremos. El Allegretto grazioso (quasi andante) devolvió la calma musical con el piano manteniendo una pulsación que frenase ímpetus desbocados, el contrapeso y equilibrio ideal para lograr con más tiempo una joya de cámara, un bonsai frondoso al que sólo la paciencia y el paso del tiempo dará la forma deseada.

Escrita para cuarteto de cuerda pudimos escuchar I Crisantemi (1890) de Puccini, luctuosa y colorida flor de temporada para tres conocidos músicos a los que se sumó Tiptan cual jardinero jefe, ejerciendo de primero pero compartiendo ideales, en algo más que el mero ejercicio compositivo del gran compositor de Lucca. Su concepción melódica para la escena se puede apreciar en esta composición donde Tiptan, Rodríguez, Abrahamyan y Rapado fueron cantantes de cuerda frotada, como dos sopranos de timbre irreal por uniforme, compartiendo acción con el tenor y el barítono, frases combinadas con temas que reaparecerán en Manon Lescaut desde el dominio armónico exportable a la orquesta dada la riqueza de esta breve obra elegíaca dedicada a Amadeo de Saboya duque de Aosta y rey de España (1870-1873), con el dolor por su muerte en enero de 1890 como bien recoge Clara Luz García en las notas al programa. El salón palaciego resulta ideal para saborear la tímbrica siempre cercana del cuarteto de cuerda, tesituras extremas y complementarias para un verdadero frasco de esencia pucciniana.

Un descanso para saborear una copa de cava rosado nos prepararía para el gran Quinteto con piano en fa menor, op. 34 (1864) de Brahms, obra muy trabajada y revisada cual tilo en bonsai, evoluciones y transformaciones que denotan el incorformismo del compositor alemán para alcanzar esta obra culmen y muestra del estilo joven con sello maduro e inimitable, lo mismo que los cinco músicos que la interpretaron. Como si llevasen tiempo tocando juntos, el quinteto fue desgranando cada uno de los cuatro movimientos resultando impactantes y seguros, todos dominadores de su papel y escuchándose para hacer música además de tocarla. La propia partitura es clara y precisa en emociones pero encontrar el momento de tensión requiere tiempo y trabajo, por lo que disfrutar este quinteto con piano compartido por todos volvió a recordarme los bonsais: apretar, recortar, dirigir, esperar, regar, tiempo, paciencia, toda una filosofía de la vida y de la música, el fruto esperado que todo amante de la naturaleza contempla y reflexiona.

De los cuatro movimientos bien ajustados me quedo con el Scherzo: allegro cual momento ideal antes de la poda que supuso el Finale donde la forma tomaba cuerpo y el tiempo verá crecer. La combinación de talentos ayuda a crear momentos irrepetibles, aunque la música de cámara requiera cual árboles en miniatura, mucho esfuerzo y tiempo dedicado a ello. Como público agradecer el esfuerzo de afrontar obras de estas dimensiones y aplaudir el esfuerzo de los intérpretes por buscar esa excelencia que se encuentra al final de un camino aún arrancando. Por supuesto volver a aplaudir la apuesta de la Fundación y los colaboradores por la música de cámara.

Programa variado y colorido como los árboles junto a las flores en este ciclo habitual del verano gijonés que finalizará el 4 de agosto en los propios jardines (si el tiempo no lo impide) con la guitarra como protagonista. Buena opción escaparse hasta Somió, disfrutar del entorno, de la escultura, la pintura y por supuesto los bonsais de la familia Basagoiti, un ejemplo a seguir donde la música ayuda a un crecimiento vigoroso y continuado.

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Lugares de encuentro

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Viernes 17 de junio, 20:30 horas. Fundación Museo Evaristo Valle, Gijón: Concierto Cuarteto para piano y cuerdas. Obras de J. S. Bach, Piazzolla, Mahler y Brahms. Entrada: 10 €.
El museo de Somió es un buen lugar de encuentro y más en una tarde invernal pese a la cercanía del verano, casi como una de las obras del concierto, con músicos que algunos ya pasaron por esta casa y unían destinos en las afueras de Gijón.

La música siempre es lugar de encuentro, esta vez cuatro jóvenes unidos por la misma pasión del lenguaje más universal, el violinista Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (Oviedo, 1996), el pianista Héctor Sanz Castillo (Torrelavega, 1996), más el violonchelista Jaime Calvo-Morillo Rapado (Zamora, 1986) y el viola hispano armenio David Abrahamyan, veteranos desde la juventud, ya curtidos ambos aportando la madurez al cuarteto liderando en cierto modo este proyecto que se tuvo que trasladar del mes florido a este sábado casi invernal.

Cuatro autores para encontrar sonoridades carnosas en distintas combinaciones:
Dúo violín y viola con seis Invenciones de J.S. Bach, ideales para abrir boca y corroborar que la música de “Mein Gott” es perfecta en cualquier versión, más con las posibilidades que la cuerda frotada ofrece de tímbrica, ataques y fraseos, no ya la primera y conocida sino especialmente la octava.

Piazzolla se encontró en París con Nadia Boulanger y la música académica para así unir dos mundos elevando el tango desde el barroco a la universalidad. De sus conocidas cuatro estaciones de Buenos Aires, el día frío, lluvioso y grisáceo parecía transportarme con su Inverno Porteño al Nuevo Palermo o incluso a “la bombonera” boquense mientras España le daba un baño a Turquía en Niza. Piano, violín y viola unidos en un arreglo que engrandece la inmensidad del llamado inventor del nuevo tango, sonoridades reconocibles recreadas con una viola rotunda, un violín que baila sin aspavientos y el piano ayudando a crear la magia de un trío con empuje, vida y pasión, en una versión que Abrahamyan nos trajo hasta Gijón haciendo de cello con su viola.

El joven Mahler viajó a la Viena que le quiso y odió a partes iguales, escribiendo para finalizar su paso académico un Cuarteto  para piano en la menor con todo el ímpetu creativo que nunca le abandonaría, encontrando la música en el piano donde compondría toda su vida ya desde estudiante, planteando sus dudas, escribiendo para el trío de cuerda más el piano como si de una sinfónica se tratase, y así entendieron estos músicos esta obra, sentida en la cercanía de una carrera incipiente, volcados en sacar a flote una partitura poco escuchada y exigente para todos, sonoridades que la madera transmite como ninguna, no ya la de los instrumentos sino la tarima y este salón del museo donde la música nos hace vibrar literalmente. Maravilloso este lugar de encuentro de cuatro músicos con carreras solistas que como los grandes a los que emularán en breve, se unen para compartir, hacer música de cámara juntos como escuela indispensable e imprescindible en una formación académica pero también humana que nunca finaliza.

Brahms también encontró en Viena sus raíces e inspiraciones desde un Beethoven al que rinde tributo en la obra escuchada, casi vecinos en el cementerio más musical del mundo aunque faltase Mahler, otro romántico como todos los jóvenes, para quien el Cuarteto para piano, op. 60 nº 3 en do menor (subtitulado “Werther”) supone unir, como los compañeros de programa y sus intérpretes, emociones compartidas, protagonismo compartido, unidad desde la diversidad, entendimiento para dejarnos una joya camerística que deslumbra desde las primeras notas tranquilas del Allegro non troppo antes de emprender vuelo. La originalidad del Scherzo. Allegro de segundo movimiento fue más que broma una prueba del buen momento del cuarteto, escuchándose, gustándose, creciendo antes del Andante con moto verdaderamente maravilloso para todos y cada uno, comenzando con chelo y piano camerístico, pasando el primer plano al violín, sumándose la viola para demostrar que el lirismo es este remanso bien tocado por los cuatro. Pero sobre todo el Finale. Allegro comodo que contagió pasión y fuerza a los presentes, vibraciones inequívocas del sentimiento de una partitura leída desde el lugar ideal de la música de cámara, del cuarteto para piano y cuerdas como excelente punto de encuentro de unos jóvenes que transmiten sensaciones de optimismo en unos momentos para olvidarnos del mundanal ruido mediático y refugiarnos en este museo, verdadero remanso para el espíritu donde el arte se respira por todas partes.

Enhorabuena a este cuarteto sin nombre que para mí será el Cuarteto “Evaristo Valle” como lugar de encuentro.

Valores musicales

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Sábado 30 de abril, 20:30 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón, “Jóvenes valores de la música”: Ignacio Rodríguez (violín) y Sergey Bezrodny (piano). Obras de Mozart, Dvorak, Brahms y Shchedrín. Entrada: 10 €.

Desde la primera fila del museo, compartiendo vista y concierto con cuatro cuadros de Evaristo Valle (1873-1951) pintados tras su vuelta a Gijón en 1917, cual testigos de cada una de las obras escuchadas por dos artistas unidos en el lenguaje universal, hoy música más pintura, dos generaciones de intérpretes conjugando juventud y madurez en un camino sin fin, el violín de Don Ignacio (1996) sinónimo de juventud y crecimiento desde sus inicios junto al piano de Don Sergey (1957) el virtuoso maduro de larga carrera apoyando siempre a los nuevos valores con la misma profesionalidad y excelencia que a las figuras consagradas, grandeza humana desde la humildad del magisterio, un segundo plano que nunca lo es, y menos ante cuatro partituras exigentes para ambos intérpretes que se convierten en uno porque los compositores así entendieron unas obras cargadas de emociones compartidas, de continuo diálogo y común deseo expresivo desde dos instrumentos complementarios, poderosos y delicados, capaces de emocionar, conmover, transmitir momentos únicos para un concierto en este museo que respira arte por sus cuatro paredes apostando por la música ofreciendo al público “Arte” con mayúsculas interpretado por unos jóvenes necesitados precisamente del apoyo y reconocimiento al duro trabajo que supone la carrera elegida.

Mozart fue un niño prodigio al que su familia apoyó y promocionó para llegar a ser un genio conocido fallecido todavía en la plenitud de la vida. La Sonata en si bemol mayor, KV. 378 está compuesta en Salzburgo en 1779 con solo 23 años pero publicada precisamente en 1781 cuando se instala en Viena para convertirse en un músico independiente, puede que el primero de la historia sin patronos, componiendo para él y viviendo sus mejores años. Así me imagino a Ignacio Rodríguez, estudiando y dando lo mejor de estos años de formación asentando repertorio donde Mozart siempre está presente por la sencillez de su escucha escondida en una diabólica dificultad de ejecución que Sergey Bezrodny hace fácil. Sonata en tres movimientos todavía de estructura académica, clásica, con equilibrio entre los intérpretes sin olvidar el virtuosismo exigido a ambos, muy del gusto de entonces. Allegro moderato vital, con fuerza y diálogo solo posible desde el entendimiento, equilibrio de planos, unidad expositiva, claridad con una amplia gama de matices. Sonoridad carnosa en el violín, intensidad e impulso en un piano brillante. El Andantino sostenuto e cantabile mozartiano a más no poder, esos tiempos casi concertísticos donde el violín es casi orquestal para el piano y cambiar los roles cual un aria operística cantada por el arco, así entendieron este movimiento central lírico y emotivo, cuerda grave discreta y con notas largas para reforzar un piano cristalino, fraseos precisos, ornamentos ligeros que alternarían posteriormente con el violín protagonista y teclado quasi orquestal. El Rondó: Allegro como cierre virtuoso de una sonata para violín y piano corroborando unidad en el discurso pero también en espiritualidad y punto de vista equilibrado de juventud con madurez, arrojo y valentía frente a contención y seguridad, diálogo en sincronía bien intencionada por los dos intérpretes, jugosas dinámicas de sonoridades potentes y brillantes.

Las Cuatro Piezas Románticas, op. 75 B. 150 (Dvořák) originalmente para trío de viola y dos violines como “Miniaturas” y en versión definitiva reescritas poco tiempo después suelen ser más habituales escucharlas con cello, pero el violín consigue el impacto de unas melodías engarzadas con el piano más cercanas e íntimas, desde el Allegro moderato hasta el imaginativo y rítmico Allegro maestoso potente en ambos solistas, cuerdas dobles, arco amplio con el piano martilleando o sobrevolando juguetón en este diálogo del folklore checo, siempre reconocible en Antonin, que finaliza en un agudo luminoso. El Allegro appasionato juega en dos planos con el violín fraseando y el piano en contrapunto lleno de arpegios fusionando tímbricas y matices, expresividad máxima con crescendi en ambos intérpretes sumando la dificultad de dobles cuerdas en octavas manteniendo pasión hasta el increíble Larghetto languideciendo, íntimo, exigente en los ataques casi imperceptibles y un violín doliente acompañado por un piano que prepara los fuertes cual pinceladas de luz en la oscuridad con un final nada habitual en tiempo lento que el dúo entendió como despedida vital, expresividad emocional llevada al límite, casi agonizante de bello dolor hecho música hasta la última e íntima nota en un arco infinito a la espera de liberar pedal pianístico.

Tras un necesario descanso que reajustase equilibrios anímicos, nada menos que la Sonata nº 1 en sol mayor, op. 78 (Regen-sonata) de Brahms, compuesta con 48 años en plena madurez artística, “Sonata de la lluvia” de hondura y bravura, con un Vivace ma non troppo de perlas pianísticas y lirismo violinista, todos los matices de una paleta amplísima, de nuevo el sonido carnoso de Ignacio con el sustento seguro y redondeado de Sergey, aún más personal en el Adagio de protagonismo impecable subrayado por unos arcos inmensos de Ignacio, la belleza melódica e infinita del hamburgués reducida al dúo, compartiendo momentos delicados de amplios registros. El Allegro molto moderato traería el recuerdo del Regenlied opus 59 nº 3 para completar la melancolía musical “reducida” a la música de cámara que Brahms, ajeno a las modas, entendió como nadie y el dúo Rodríguez-Bezrodny transmitieron fidedignamente, apostando por repertorios de envergadura.

Un placer escuchar de nuevo una obra de Rodión Shhredrín (1932), esta vez In the style of Albeniz, op. 52 (con varios arreglos, siendo el de violín y piano de 1973), un descubrimiento perfectamente complementario de las obras precedentes desde la visión e inspiración de nuestro pianista más grande admirado por un moscovita con pasaporte español, el espíritu humorístico cautivador tamizado por la herencia rusa y llevado a una partitura actual, vital, agradecida para ambos intérpretes volcados en un ímpetu mezclado con el respeto por este lenguaje propio de acentos inconfundibles, obra de un virtuoso pianista, organista y compositor conocedor de todos los recursos técnicos instrumentales que tal pareciese pensado para nuestro dúo, al que siempre recuerdo como “Conexión Moscú-Oviedo“.

Un triunfo que el público corroboró con largos aplausos además de un ramo de flores para cada uno de ellos entregado por una de las nietas del director de arte de la FundaciónGuillermo Basagoiti García-TuñónAlina Brown García-Tuñón, responsable de la administración y programas educativos, continuadores del legado de Evaristo Valle tras la muerte de su sobrina María Rodríguez del Valle en 1981 cumpliendo su voluntad testamentaria de esta Fundación y Museo gijonés en su finca “La Redonda”.

Precisamente en el cumpleaños de Alina, sobrina-nieta del pintor, nada mejor que el regalo tan vienés del “grazioso” Schön Rosmarin (Kreisler) de las “Tres viejas danzas vienesas“, un placer en la interpretación de unos ya relajados Ignacio y Sergey a los que siempre es un placer seguir y escuchar en vivo.

Moscovitas: más que dulces

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Martes 7 de abril, 19:45 horas. Teatro Filarmónica: Concierto 1.922 de la Sociedad Filarmónica de Oviedo. Dúo Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (violín), Sergey Bezrodny (piano). Obras de Bach, Beethoven, Prokofiev y Brahms.

Sigo disfrutando de la música allá donde voy pero comprobar cómo crecen en el amplio sentido de la palabra mis jóvenes amistades es algo que no tiene palabras. Alegría, orgullo, admiración por las familias que siempre están apoyando, sacrificándose, dando a sus hijos la mejor formación posible y compartir momentos como el de este primer martes de abril. Las sociedades filarmónicas siempre son la plataforma ideal para formar públicos e intérpretes, congratulándome que la centenaria ovetense, a la que tantos años estuve abonado, siga apostando por los jóvenes valores ofreciendo la posibilidad de foguearse, enfrentarse a conciertos de auténtica envergadura y sentir el calor del respetable, esta vez no ya el habitual, que va cumpliendo años, sino el contemporáneo del solista, compañeros y amigos de su generación, valores que tenemos que mantener desde una educación musical que complete la formación integral del individuo, algo que el actual gobierno no quiere o no sabe entender, relegando la “Música” a la categoría de materia optativa, perdiendo horas y considerándola como una materia que distrae. Sin comentarios.

Al violinista Ignacio Rodríguez (Oviedo, 1996) le sigo casi desde sus inicios, los mismos que podemos disfrutar en los vídeos de YouTube© apreciando la impresionante evolución en estos pocos años, formándose continuamente, actualmente cursando los estudios superiores en el CONSMUPA, afrontando repertorios cada vez más difíciles con una madurez interpretativa digna de destacar. Sus maestros han ido tallando un músico internacional con acento ruso: Vasiliev, Dourgarian, Lev, también a Teslya, Zhislin, Lomeiko y Krysa, pero especialmente Boris Belkin, un ruso enamorado de Asturias al que nuestro artista cautivó, viajando a Maastricht o Siena muchos años para ampliar estudios y entrar en la nómina del importante alumnado del genial violinista ruso.

No quiero olvidar un detalle que parece recurrente y que me sirvió de inspiración para mis primeras notas al programa nada menos que con “Los Virtuosos de Moscú” y Spivakov, su llegada a esta tierra cuando “Don Ignacio no estaba ni proyectado”, esa apuesta por Asturias y todo lo que supuso, no ya colocarnos en el mapa musical internacional sino también sentar unas bases que de nuevo la miopía política de turno casi destrozan o dejan inacabadas como algunas carreteras, ferrocarriles del siglo XXI con velocidad del XIX y tantos proyectos incompletos o totalmente parados cual monumentos al despilfarro, a la ignorancia y a la incultura. Al menos muchos de aquellos virtuosos vinieron con amistades y familias, optando por quedarse pese a todo, cambiando la mentalidad de muchas familias sobre la educación musical profesional, no junto a otra carrera universitaria sino toda una vida dedicada a la música como profesión, algo que los rusos siguen reclamando, convenciendo y apostando por ello. De aquellos rusos virtuosos Sergey Bezrodny (Moscú, 1957) se quedó entre nosotros para 25 años después demostrar a muchos cómo la constancia, la paciencia, el trabajo y por supuesto el tiempo, acaban dando resultado, optando por acompañar a un joven violinista asturiano que podrá presumir de tener en su historial al pianista de otros grandes instrumentistas, todo un Maestro con el que Don Ignacio sigue aprendiendo y creciendo.

Las obras elegidas para este concierto fueron un pequeño muestrario de dificultades con las tres “b” de Bach, Beethoven y Brahms sumándose la del propio Bezrodny, para un complemento ruso en interpretación y acento perfecto para Prokofiev o la propina de Rachmaninov, dando ese toque moscovita como el dulce ovetense que tiene fama nacional.

Soledad abrumadora del violín con los tres primeros movimientos de la Partita nº 2, BWV 1004 en re menor de Bach que sirvió para apreciar cuánto trabajo (interpretado de memoria) y esfuerzo esconden sus movimientos, el instrumento junto al órgano donde “el kantor” volcaba su inspiración: Allemande más que un calentamiento de dedos, arco amplio y pulsación fuerte, la Courante con auténtico desparpajo juvenil de Ignacio, técnica cuidada y sonoridades suficientes y la Sarabanda íntima, dolorosa, profunda para un músico de pocos años que siempre volverá a “Mein Got” como revisión y recreación.

La Sonata nº 1 op. 12 nº 1 para violín y piano en re mayor de Beethoven la tengo grabada en mi memoria al haberla estudiado en mis últimos años de conservatorio, y la pude volver a degustar por estos mismos intérpretes en Gijón, comentando entonces la importancia del diálogo para una partitura donde el protagonismo está repartido, intención y fraseos, planos sonoros en continua vorágine pese a ser aún “clásica” aunque despuntando el romanticismo que instaurará el sordo genial. Respeto del alumno ante el maestro para un diálogo en tono de voz sosegado, casi susurrado y contenido en los tres movimientos, el Allegro con brio contenido, evitando sobresaltos, el Tema con variaciones: Andante con moto momento álgido tras el tranquilo tema inicial, palabra del Maestro al piano que el Alumno intenta contestar, intervenir tímidamente hasta que desarrollarán tensiones resueltas “románticamente” cual discusión que se enzarzase y elevase un poco de volumen antes de alcanzar el Rondó: Allegro final encauzando la conversación con distintos puntos de vista desde el respeto mutuo, protagonismos alternados, entendimiento musical desde ese idioma universal que tanto Ignacio como Sergey transmitieron al respetable.

Para la segunda parte y una vez superada la primera contenida, el ímpetu joven salió a la luz con el apoyo veterano y dominador del idioma, la Sonata nº 2 Op. 94 bis en re mayor (Prokofiev) que sonó más moscovita que nunca en el violín de un Ignacio Rodríguez volcado en expresión desde el Moderato inicial, arropado con esa base magistral de Sergei Bezrodny, total entendimiento y mismo acento ruso sin fisuras, cercanía del lenguaje, lectura de envergadura en una traducción musical equilibrada y fresca para un diálogo profundo sin edad, al mismo plano con la seguridad del trabajo bien hecho para un examen lleno de trampas en el Presto – Poco piu mosso del Tempo I que el aventajado violinista superó sin dudar. Remanso en el Andante que volvió al equilibrio piano-violín lleno de musicalidad y fraseos limpios desembocando en otro catálogo de turbulencias y juegos agógicos compartidos: Allegro con brio – Poco meno mosso Tempo I – Poco meno mosso – Allegro con brio, idioma entendible para una obra compuesta en los años 30 que mantiene la misma frescura que demostró el dúo. Largos y merecidos aplausos para el esfuerzo y arte demostrado por el dúo.

Y para rematar nada más profundo que el póstumo Scherzo en do menor (Brahms), auténticas palabras mayores para los dos intérpretes, hondura filosófica, escritura honda y exigente, casi cuartetística reducida a dúo, puro romanticismo para ambos intérpretes desgranando sonoridades impresionantes, sin complejos, de nuevo la memoria de Ignacio Martínez y el oficio en Sergey Bezrodny, brevedad de la vida en el último suspiro con dos ópticas: la juvenil que contempla lejano ese momento y la madurez intermedia para una deseada larga existencia, visiones unívocas musicalmente apasionadas dando lo mejor de ellos, obteniendo otra salva de bravos valorando una intepretación rigurosamente hermosa.

El regalo a la vista del halo tenía que ser también ruso, la tantas veces adaptada a distintos instrumentos Vocalise, Op. 34 de Rachmaninov que Rodríguez Martínez de Aguirre sintió y “cantó” con el violín cual homenaje filial a su entorno, tradición coral en su casa aunque no figure en su aún breve biografía, y Bezrodny con música en los genes llenando páginas y ejerciendo de “orquesta en miniatura” desde el virtuosismo al que nos tiene acostumbrados.

Espero seguir disfrutando muchos años de mi querido Don Ignacio y verle en los mejores escenarios del mundo. Tiene madera, afición, ilusión, ganas y toda una vida por delante.
P.D.: Crítica en el diario La Nueva España de Oviedo del jueves 9 de abril:
LNE09ABR2015Critica

El museo como sala de concierto

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Sábado 15 de noviembre, 20:00 horas. Museo Evaristo Valle, Gijón, Concierto de Cámara: Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre (violín), Sergei Bezrodny (piano). Obras de Tartini, Tchaikovsky, Sarasate, Beethoven, Mozart y Brahms. Entrada: 10€.

Los museos también tienen vida musical, se promocionan además de ofrecer unos espacios realmente únicos y apuestan por conciertos cercanos, de cámara, con figuras en ciernes o ya consagradas. El gijonés Museo Evaristo Valle tiene como seña de identidad un salón que alberga un excelentemente restaurado y bien conservado piano Steinway donado a la Fundación, que siempre es un placer escucharlo en esa ubicación de acústica impecable, más en las manos de un virtuoso como Bezrodny, esta vez a dúo con el joven violinista Ignacio Rodríguez que nos ofrecieron un recital íntimo, emocionante, cargado de dificultades para obras que sonaron preciosistas desde un perfecto entendimiento entre ambos músicos, la veteranía y poso del ruso con la juventud e ímpetu del asturiano, una promesa que se va haciendo realidad.

Las obras elegidas no siguieron un orden cronológico aunque sí cercano y de estilos variados. De G. Tartini escuchamos su Sonata “Didona Abandonata” en sol menor en tres movimientos, bien diferenciados, piano en segundo plano cual clave barroco con tiempos cantábiles en diferentes velocidades, Tempo moderato cual presentación sonora, Allegro con fuoco para regocijo del violín al más puro estilo veneciano, y el Largo / Allegro comodo solamente en la indicación, puesto que la dualidad exige crear ambientes contrapuestos desde una técnica virtuosa que no debe ocultar la musicalidad, algo que Ignacio y Sergei entendieron desde el primer momento.

Melancolía y amor adolescente son sinónimos hechos música por Tchaikovsky en su Serenade Melancholique, op. 26 en si menor, repertorio básico para un dúo con dos visiones de la vida y una musical, orquesta reducida a pianista maduro que arropa al violinista enamorado, música desde las entrañas con arranques de pasión bien contenida, románticamente rusas en sonoridades primaverales con madurez interpretativa. Me maravilla comprobar el crecimiento global de mi querido Don Ignacio, capaz de conmover con esta partitura enorme.

Todo virtuoso debe incluir a Sarasate en su currículo,  para el piano (una maravilla ver las partituras del virtuoso ruso) y lógicamente para el violín, repertorio global de diabluras con técnica no siempre al servicio de la música, donde el piano acompaña los dificilísimos pasajes del solista. En el Capricho Vasco, op. 24 el dúo astur-ruso solventó con profesionalidad y musicalidad una página cantábrica más que vasca, a pesar del zortzico inicial, por cercanas melodías. Poso en el violín y solera al piano, cercanía en la amplia gama de grises con el brillo de la madera, impregnada por los albores de la figura moldeada con el cincel del trabajo diario. Nueva confirmación del momento dulce que atraviesa Ignacio Rodríguez, conocedor de la dificultad de una partitura que necesita el fuego artificial sin demasiada interiorización pero que con Sergei Bezrodni alcanza otro sentido.

El breve descanso sirvió para cargar pilas ante un triunvirato de genios exigentes para exprimirlos al máximo. Mi memoria musical está unida a la Sonata nº 1, op. 12 nº 1 en re mayor de Beethoven, por lo que fui acompañando mentalmente cada compás y movimiento, disfrutando con el permanente diálogo de los dos intérpretes, seriedad y cascadas sonoras en el Allegro con brio, permutaciones emotivas en cada variación del Andante con moto, y derroche de sentimientos en el Rondo: Allegro, conversación musical en estado puro, mismo idioma con distintos acentos, los del piano y violín en perfecto entendimiento. Siempre un placer disfrutar del genio de Bonn, más en la música de cámara con sus sonatas para violín y piano, abecé de estudiantes pero también parvulario de melómano que se precie. Comprobar la evolución del violinista asturiano es un orgullo personal, verle ganar en sonido amplio, profundo, redondo, de dinámicas abrumadoras con un arco poderoso y una seguridad pasmosa, con una musicalidad genética, es síntoma de madurez y mucho trabajo.

El segundo movimiento del Concierto nº 5 en la mayor, K. 219 (Mozart) es un mundo anterior al del sordo pero fuente inagotable de musicalidad, con un piano “de orquesta” para un discurso violinístico plenamente salzburgués, ingenuo pero inconscientemente maduro, perfecto para este dúo con una cadenza bien tocada, con gusto y seguridad.

Rematar con el Scherzo en do menor para piano y violín de Brahms son palabras mayores tras todo lo escuchado anteriormente. El dúo debe ser y sonar uno, la inmensidad del hamburgués se respira en cada compás, energía y tormento mezclado con remansos perecederos donde la música sale a borbotones. Increíble interpretación de ambos músicos, entrega, pasión, energía, potencia, lirismo, incontinencia rítmica, contrastes dinámicos, auténtica montaña rusa de emociones para una obra grande y exigente en todos los aspectos, excelente colofón de un nuevo concierto en este museo tan musical como el gijonés.

Alina Brown, sobrina-nieta de Evaristo Valle, y coordinadora del museo, felicitando al dúo

Mi sincera felicitación a la Fundación gijonesa con su director Guillermo Basagoiti a la cabeza, que sigue apostando por la música en su bellísimo Museo, y enhorabuena enorme a Don Ignacio y sus padres Chonchi y Maque, pues tantos sacrificios tienen recompensas como la de este “concierto de museo”. Su carrera ya en ciernes está bien encauzada, tener un pianista como el ruso supone garantía de éxito (merecido siempre), esperando verle en las siguientes etapas, reconfortante para quienes le seguimos y admiramos desde los inicios. No quiero plagiar a nadie pero la conocida frase “Me llena de orgullo y satisfación” en este caso la compartimos muchos.

Cantera musical asegurada (pese a la crisis)

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Lunes 25 de noviembre, 19:30 horas. Auditorio del Conservatorio Profesional de Música, Oviedo. Concierto de Santa Cecilia, Entrega de Premios Fin de Grado y Concurso de Música de Cámara. Pianistas acompañantes: Andrés de la Puente, Consuelo Heres y Marta Losa.

En tiempos de recortes donde la Cultura está atravesando momentos difíciles y la Música todavía más, invitaría a los “gestores” a un concierto como el de este último lunes de noviembre para que comprobasen que esta generación joven son un futuro asegurado, una auténtica inversión que esperemos no disfruten otros. El esfuerzo de un alumnado que compatibiliza estos estudios con los de Secundaria o Bachillerato, unido al apoyo y sacrificio de sus familias, es ímprobo y sin dinero para las enseñanzas artísticas públicas será imposible mantener un nivel que tantos años ha costado alcanzar pero poco en destruirse, volviendo a tiempos que mejor no recordar.

Tras la palabras del catedrático de cello Santiago Ruiz de la Peña, nuevo director del Conservatorio Profesional ovetense anunciando los múltiples proyectos para este curso, las próximas elecciones al Consejo Escolar y con palabras de gratitud para esta generación de artistas y sus profesores, se procedió a la entrega de los premios del VII Concurso de Música de Cámara así como los Premios Fin de Grado del pasado, alguno de los cuales pude escuchar en su momento.

Paso a ir comentando premiados, instrumentos y obras interpretadas con las correspondientes fotografías.

El recién licenciado en Historia y Ciencias de la Música por nuestra Universidad de Oviedo, Llorián García Flórez, completa en este curso recién acabado su curriculum de musicólogo con el Grado Medio de Gaita, del que ha obtenido el Premio Fin de Grado, e interpretando en el concierto el tema popular Lo Suelto, sin tambor ni baile, por lo que pudo jugar con los tiempos dando una lección de virtuosismo del tema en modo mayor y variándolo a menor, cromatismos de difícil ejecución para recordar que nuestro instrumento tradicional ha alcanzado su mayoría de edad y tiene su hueco en las enseñanzas regladas y oficiales, contando con auténticos maestro gaiteros a los que se suma Llorián.

El trombonista Gabriel Alfredo O’Shea Llana tocó el Andante-Vivo de la Sonata de Telemann, acompañado por el piano de Andrés de la Puente, con algunos nervios pero musicalidad a raudales, afrontando el grado superior con una sólida formación en un instrumento de viento metal donde la región valenciana ha llevado la fama pero que en momentos de bonanza ha expandido “escuela” incluso a nuestro Principado.

Conrado del Campo no es un compositor que podamos escuchar a menudo pero su Romanza en la viola de Lucía Mullor Martínez sonó a gloria, dignificando como solista un instrumento a menudo “segundón” en la orquesta pero con un timbre siempre cálido sin perder brillantes. El piano estuvo a cargo de Marta Losa.

Un nombre a recordar en poco tiempo es el de la joven pianista Fátima García Cabanelas que se atrevió con el Estudio op. 33 n 8 en sol menor de Rachmaninov, apuntando más que maneras, con un gusto natural en el fraseo, amplias dinámicas, pedales en su sitio y unos dedos que darán muchas alegrías tanto de solista como en trío (se llevó el 3er. Premio del VII Concurso de música de cámara con Alfonso Peñarrolla y Martín Álvarez).

Del violinista Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre llevo escrito bastante en el blog y sigo su trayectoria casi desde sus inicios. La Introducción y Tarantella, Op. 43 de Sarasate es una obra que tiene muy trabajada e interpreta con una madurez y pose (añadiría también poso) realmente impresionantes, avanzando técnicamente a pasos agigantados con una hondura donde el virtuosismo subraya la inspiración italiana en tiempos románticos que nunca pasan de moda y menos con el talento del compositor navarro. Marta Losa no estuvo a la altura para una partitura que también exige mucho al piano.

Iker Sánchez Trueba elevó el contrabajo al rango más alto con la transcripción de Cassadó del Intermezzo de “Goyescas” (Granados), melodía hispana con un arco amplio, pizzicati potentes pero líricos desde la rotundidad del bajo (en buen entendimiento y complicidad con la pianista Consuelo Heres), instrumentista con mucha carrera por delante y amplia trayectoria pese a su juventud, que vive lo que toca y eso se nota.

Nada mejor para terminar que con el cuarteto ganador del Premio del VII Concurso de Música de Cámara, cuatro excelentes estudiantes e instrumentistas: Marina González Álvarez (vioín I), Lucas Fernández Calvo (violín II), Sara Ballesteros Álvarez (viola) y Rubén Martínez (cello) que deleitaron a los presentes con el Allegro con brio del Cuarteto op. 18 nº 1 (Beethoven), todo un ejemplo del trabajo conjunto tan necesario en la vida cotidiana e imprescindible en una obra que requiere muchos ensayos para sonar como uno sólo, juventud de protagonismos alternados y compartidos, sonoridad y empaste que les hicieron acreedores del galardón dejándonos una interpretación muy buena.

Sigo apostando por la música en la formación integral del individuo, primero como disfrute y después como opción de futuro profesional, y Asturias está dando sus frutos tras muchos años de cosecha. Es un placer asistir a conciertos de unos jóvenes que demuestran profesionalidad a raudales sin decaer nunca, trabajando a diario para un futuro no muy prometedor, quién sabe si abocados también a emigrar. Y luego dicen que es un “mito urbano”… No hay peor crisis que la intelectual de algunos gobernantes.

Premio para Don Ignacio

2 comentarios

Siempre es un orgullo seguir de cerca la prometedora carrera de un joven violinista de esta tierra que tanto ha cambiado en el terreno musical, esperando no ceder ni un paso más, pero los tiempos se están poniendo muy difíciles.

Pero los sacrificios familiares y sobre todo personales, tienen recompensa, y en la tarde de este Lunes 11 de noviembre mi admirado Ignacio Rodríguez Martínez de Aguirre se alzaba con el Premio Fin de Grado 12-13 del Conservatorio Profesional de Música de Oviedo en dura competición, junto al contrabajista Iker Sánchez Trueba y la viola de Lucía Mullor Martínez, cada uno en su instrumento

Mi querido Don Ignacio se enfrentó a la obra elegida por el Tribunal: el dificilísimo primer movimiento (Allegro molto appassionato) del Concierto para violín en mi menor, op. 64 de Mendelssohn ¡en el grado profesional! con la orquesta reducida al piano pero demostrando una madurez interpretativa unida a una trabajada técnica que seguro decantó al jurado por darle el merecido premio. Aplomo sobre el escenario, sonido potente, un arco decidido que es una delicia, y sobre todo la cadenza llena de personalidad.

Y la Introducción y Tarantella, op. 43 (Sarasate) rubricó mis sensaciones veraniegas y volvió a demostrar cómo se vive por y para la música, sin olvidar los estudios en el Instituto, compaginar con mucho esfuerzo ambos y salir airoso. Hondura, sonido, musicalidad a raudales y sentimiento… así interpretó al siempre endiablado navarro este virtuoso asturiano.

Continuaré siguiéndole porque el camino iniciado no tiene marcha atrás y sus padres y familiares seguirán apoyando una carrera que está muy bien asentada. El merecido premio es otro escalón más.

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