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Qué grande el género chico

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Jueves 22 de abril, 19:00 horas. Teatro Campoamor, XVIII Festival de Teatro Lírico Español: Agua, azucarillos y aguardiente (Chueca) – La Revoltosa’69 (Chapí). Entrada butaca: 46 €.

Segunda función de zarzuela con programa doble en “La Viena del Norte” español y dos joyas del género chico, obras en un acto pero muy grandes, que ocuparon tres horas y media abundantes, incluyendo el descanso, con unos cantantes excelentes actores y actrices, y no a la inversa como antaño, aunque los actores cantantes brillaron igualmente, más texto que música como se entendieron estas zarzuelas en su momento y dos visiones en el tiempo: el Chueca del cambio de siglo donde brilló el vestuario elegante de Gabriela Salaverri con decorados mostrando gigantes postales madrileñas de finales del XIX en blanco y negro, más un Chapí trasladado a una corrala en 1969, cercana adaptación  literaria y ambientación colorista en un lenguaje de mi adolescencia, castizo modernizado y referencias a nuestra memoria cinematográfica, donde la música sigue siendo una delicia a pesar de todas las limitaciones de la pandemia, con el coro reducido y con mascarillas, al igual que el cuerpo de baile, pero todos con las mismas ganas de disfrutar. Oviedo quiere zarzuela y el público es fiel, recuperando parte de un 2020 para olvidar pero tan necesario en tiempos de pandemia, demostrando de nuevo que la cultura es segura además de necesaria, y no solo la hostelería ha sufrido, el sector musical también y sobreponiéndose a un momento histórico que nos ha tocado vivir.

Quiero insistir en las grandes voces para los dos títulos, donde las dificultades técnicas de los números no son nada comparadas con el muchísimo texto a memorizar que no solo debe aprenderse sino creerse, proyectar la voz hablada y recrear unos personajes que nos hicieron pasarlo bien. Función en homenaje a tantas víctimas del puñetero Covid y presentadas en el programa (digitalizado) como “De Atanasia a Mari Pepa, una nueva femineidad liberada y liberadora, Madrid 1897… 1969” por parte de Curro Carreres con un lema final esperanzador y sin dejar dudas: Zarzuela sin complejos y con mucho amor.

Agua, azucarillos y aguardiente titulada como zarzuela “pasillo veraniego” de Federico Chueca y libreto de Miguel Ramos Carrión (estrenada en el Teatro Apolo de Madrid, el 23 de junio de 1897) es una nueva producción del Teatro Campoamor (Fundación Municipal de Cultura), respetuosa con el original donde el elenco tanto musical como vocal brilló a gran altura en todos los terrenos. Miquel Ortega volvía al frente de la Oviedo Filarmonía y volvió a demostrar su maestría en el foso, mimando a las voces, llevando a la orquesta titular del Festival a una calidad acorde con la escena, la Capilla Polifónica pese a la reducción en número brillando con calidad en su coro de mujeres, y sobre todo unos cantantes de primera, muchos de casa, como Jorge Rodríguez Norton (Serafín) que sigue ganando enteros en su timbre, Beatriz Díaz (Pepa) capaz de actuar y cantar igualmente bien, musicalidad innata y ganando en un registro grave que tiene cuerpo, o Mª José Suárez (Doña Simona), una fija e insustituible de nuestra zarzuela que hace suyo cada personaje, actuando de ella misma. Sumar a Roca Suárez (Don Aquilino) que es uno de nuestros actores de primera al fin valorado. Agradable sorpresa escuchar al asturiano Enrique Dueñas (Lorenzo) y a Darío Gallego (Vicente), dos barítonos con suficiente presencia, gusto y poderío vocal además de desparpajo en escena, los novios de Pepa y Manuela (Mayca Teba, otra voz perfecta del género) en esos registros donde la zarzuela ha sido fuente niños de Divertimento que son otra apuesta segura en la escena ovetense, esta vez Gabriel López, Rodrigo Menéndez y Daniel Puente que ya tienen inoculado el bicho zarzuelero, afinados y con unas tablas de verdaderos profesionales, chicos como el género y grandes como la música. Felicitar igualmente la coreografía de Antonio Perea y un cuadro de bailarines jóvenes completando esta obra de arte total, reducida pero inmensa: texto, música, escena, danza… así es nuestra zarzuela.

Por su parte Pedro Víllora y Curro Carreres realizan una adaptación libre del libreto de José López Silva y Carlos Fernández Shaw para La Revoltosa, el sainete lírico en un acto de Ruperto Chapí (estrenado en el Teatro Apolo de Madrid, el 25 de noviembre de 1897, otra nueva producción local que mantiene el ambiente del género chico contrastando con el Chueca “puro”, el paso de los años de esa verbena tan española, la actualización desde el respeto y el buen gusto. Hay que leer con detenimiento las notas de Carreres porque aclaran cualquier intento de menospreciar el esfuerzo por mantener vivo nuestro género lírico, y al igual que en Chueca, seguir con todo el respeto la estructuras y números originales de las obras, que en esta revoltosa sesentera solo se han modificado los textos, escritos por Víllora, con unos personajes originales más cercanos sin olvidarse la sensibilidad actual por las lecturas de género, manteniendo el rigor histórico pero con este argumento nuevo al que la música de Don Ruperto sigue haciendo nuestra y única.

Voces y actores de primera con el dúo Nancy Fabiola Herrera (Mari Pepa) recreando como nadie este personaje ideal para su color que gana enteros con los años, y Gabriel Bermúdez (Felipe) de timbre tanto hablado como cantado potente, presencia impresionante, además de los dobletes a la misma altura escénica de Mª José Suárez (Gorgonia), Mayca Teba (Soledad) y una simpática Begoña Álvarez (Encarna) a quienes dieron la réplica masculina otro trío perfecto: Enrique R. del Portal (Cándido), Darío Gallego (Atenedoro) y el asturiano Sandro Cordero (Tiberio) más la “veterana autoridad de la corrala” Carlos Mesa (Señor Candelas) junto un completo elenco de figurantes.

De nuevo los niños de Divertimento, la Capilla Polifónica dirigida por Pablo Moras y el cuerpo de baile redondearon esta revoltosa cercana donde Oviedo Filarmonía elevó sus intervenciones a gran altura desde el Preludio inicial poderoso, equilibrado y templado por el Maestro Ortega.

El fin de fiesta con los dos elencos en escena lo puso también Chapí y su “Vamos del brazo a la verbena” de El Puñao de Rosas, la fiesta eterna del Madrid universal con la fusión de dos épocas en un Campoamor que sigue siendo capital lírica española y donde las mascarillas nos devuelven al presente sin quitarnos historia ni ganas de verbenas tan nuestras, desde la responsabilidad y la calidad musical de este festival que se mantiene inamovible en la primavera asturiana.
P. D. Como siempre escribo nada más llegar a casa, los enlaces (links) los puse tras publicarla al día siguiente, no pueden faltar porque marcan diferencia sobre el texto, siempre sincero, espontáneo y agradecido a quienes siguen leyendo el blog.

Barbieri siempre único

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Jueves 27 de febrero, 20:00 horas. Teatro Campoamor, Oviedo: XXVII Festival Lírico Español. El barberillo de Lavapiés (Francisco Asenjo Barbieri, libreto de Luis Mariano de Larra), dirección de escenas y adaptación del texto de Alfredo Sanzol; edición crítica de Mª Encina Cortizo y Ramón Sobrino, producción del Teatro de la Zarzuela de Madrid.

Nueva temporada de zarzuela en Oviedo, y van veintisiete años ininterrumpidos en “La Viena Española”, segunda temporada estable tras la madrileña, con una grande de nuestro género por excelencia para abrir boca en un festival esperanzador, contando para el irrepetible Barbieri con un elenco de altura ideal para cantar la historia de amor entre Lamparilla y Paloma con la puesta en escena y adaptación de Alfredo Sanzol más la dirección musical de Miquel Ortega al frente de la Oviedo Filarmonía junto a la Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo”, titulares del festival ovetense.

Buena entrada en el Campoamor y un “Barberillo” redondo por lo homogéneo, atinado, actual, sobrio y musicalmente impecable. El Maestro Ortega sabe cómo sacar partido a cada número, siempre mimando las voces, dándoles confianza, también al coro, más una orquesta cada vez mejor que en el foso se crece cuando la batuta manda.

Confianza a “la Capilla” ya en su primera entrada con Dicen que en El Pardo, Madre, y la primera aparición de un Lamparilla Quiza en pleno estado físico, actoral y vocal, verdadero triunfador de la noche, torrente de voz rotunda para un rol de muchos recovecos, derroche total de agilidades, empaste con sus compañeros excelente y la seguridad de tener a la orquesta con el volumen perfecto para su triunfo de inicio a final, Lamparilla de referencia hoy en día.

De la Paloma Faus podríamos decir lo mismo, llenando escena, cantando con ese gusto especial que engrandece cada personaje, y como su pareja escénica, una maravilla comprobar que los textos, íntegros, se proyectan con el mismo color que las partes musicales. Convincente y entregada, Como nací en la calle de la Paloma de empaque y fuerza, el dúo Una mujer que quiere ver a un barbero emocionante y convincente, la pareja del pueblo que nos enamoró, mezzo y barítono naturales, cercanos, cómplices y auténticos, lo más aplaudido no solo por la empatía con el pueblo sino por su comunicación total.

La pareja noble, soprano y tenor, encarnada por la Marquesa Miró y Don Luis Tomé, contrarrestaron al pueblo pero mantuvieron la misma cercanía y empaque, su dúo En una casa solariega y especial mención tanto al dúo de las majas encajado por soprano y mezzo a la perfección, y el cuarteto con el que cierra el segundo acto, dobles parejas bien empastadas y convincentes, con movimiento escénico que no les impidió proyectar sus voces sin problema, así como en el cuarteto de las caleseras del tercer acto.
Celebrar este elenco vocal protagonista que brilló a gran altura para mantener la calidad de toda la representación. También los papeles “menores” que redondearon un plantel perfecto para Barbieri, capaz de aunar lo popular y castizo con la ópera italiana del momento, escribiendo números variados y siempre exigentes para todos y cada uno de ellos, música de primera que requiere un equilibrio total presente en este “Barberillo de Oviedo”.

La Capilla Polifónica que dirige Pablo Moras entró con confianza en el Dicen que en El Pardo… tras el preludio inicial (silencioso con los “zancudos” y arranque orquestal), y así se mantuvo a lo largo de esta zarzuela grande, afinados, seguros, por grupos y en conjunto, tanto las voces graves, incluyendo la guardia, como las blancas que nos deleitaron vocal y escénicamente en el hermosísimo coro de las costureras.

Su colaboración a una escena sobria con mucho movimiento es habitual y sinónimo de seguridad y continuidad para una labor que no siempre parece recompensada aunque el público sí lo agradeció, recompensando con una larga ovación final.

Tanto la rondalla langreana (dirigida por mi querida Seila González) en la Jota de los Estudiantes, como el cuerpo de baile (excelentemente coreografiado por Antonio Ruz) completaron una brillante escena musical reforzada por una escenografía y vestuario sobrios de Sanzol y Andújar, bloques móviles capaces de ambientar calles, palacios o plazas con su juego e iluminación, más los tonos cálidos de un vestuario variado de época (bien los tunos con sotana, fajín rojo y bicornio) diferenciando sin exagerar a pueblo y nobleza, que no necesitan más para hacernos creer una argumento tan actual en sus diálogos que puede resultar visionario aunque así seamos los españoles pese al cambio de época.
La Oviedo Filarmonía siempre impecable, clara, prudente y presente gracias a esta magia que tiene Miquel Ortega, verdadero maestro que siempre deja el listón muy alto, eligiendo los tempi precisos para poder escucharlo todo y dejar fluir la música, unos preludios sinfónicos y un balance entre las secciones siempre acertado, dominador de la obra y transmitiendo esa seguridad necesaria a todos en el escenario. Quienes acudan este sábado a la segunda y última representación podrán comprobar la grandeza de Barbieri cuando se suman tanta calidad musical y artística.

Lamparilla . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Borja Quiza
Paloma . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  Cristina Faus
Marquesita del Bierzo . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  María Miró
Don Luis de Haro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  Javier Tomé
Don Juan de Peralta . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  David Sánchez
Don Pedro de Monforte. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Abel García
Rondalla Orquesta Langreana de Plectro, Seila González (dirección)

Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo”, Pablo Moras (director)
Oviedo Filarmonía
Dirección Musical. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Miquel Ortega Pujol

La magia de La Africana

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Jueves 9 de mayo, 20:00 horas. Teatro Campoamor, XXVI Festival de Teatro Lírico Español: El Dúo de La Africana, zarzuela cómica en un acto (música de Manuel Fernández Caballero, libreto de Miguel Echegaray). Nueva producción del Teatro Campoamor con dirección musical de Miquel Ortega y escena de Joan Font (Comediants).

Penúltimo título del vigésimosexto festival de zarzuela ovetense que volvía a programar esta obra llena de magia estrenada en el Teatro Apolo de Madrid un 13 de mayo de 1893 que sigue cautivando actualizada con todo el respeto al original, añadiendo lo necesario para mantener vigente el “metateatro” desde antes de comenzar la función.

Oviedo sigue haciendo historia lírica y tras la capital madrileña es referente nacional e internacional produciendo esta mágica zarzuela del murciano Fernández Caballero (1835-1906) donde el “género chico” se hace grande pues todo estuvo medido para hacer disfrutar al público fiel y entendido, que sigue llenando el Teatro Campoamor hasta general, de una tarde entretenida, lluviosa (dentro y fuera), con un plantel completo apostando por la calidad global sin tachas para ninguno.

La magia puso el toque nuevo de esta producción con Raúl Alegría que fue apareciendo a lo largo de la representación “intentando buscar una magia que pueda entrar en esta nueva versión; finalmente, gracias a la magia, se podrá llegar al final de la representación” en palabras del propio Joan Font, otro mago de la escena. Muy aplaudidos los números destacando el final donde la actriz Carmen Gloria García (Dña. Serafina) remataría la ilusión de esta puesta en escena llena de humor, guiños operísticos al propio Meyerbeer que también inaugurase el Teatro en 1892 aunque con Los Hugonotes pero permitámonos la licencia de pensar que fuese con La Africana.

Auténtico divertimento escénico esta preparación de la ópera como “disculpa” para enlazar las relaciones de todo tipo comenzando por las vocales del trío protagonista: nuestra soprano Beatriz Díaz volvía a encarnar La Antonelli (que hiciese hace años en Avilés), no solo acento sevillano sino gracejo, simpatía, llenando escena y enamorando a todos, Yo he nacido muy chiquita pero cantando con grandeza, potencia e intimismo, buen gusto y dicción, empaste en los dúos con Giussepini Comprende lo grave de mi situación y el popular No cantes más La Africana, amén de la comicidad en cada aparición con Oh! Selika, Io t’adoro. Impresionante el tenor santanderino Alejandro del Cerro, el Pepe valenciano tornado a nombre de payaso que esgrimía Doña Serafina buscando a su hijo (genial las proyecciones y efectos), entrega total en escena, torrente de voz siempre con musicalidad y engrandeciendo este personaje con enjundia, galán “bon vivant” de canto poderoso. Y completísimo el Querubini del barítono mejicano Jorge Eleazar, joven bien caracterizado de maduro con un timbre redondo que busca siempre la emisión correcta y el empaste global, al que sumarle una verdadera recreación del celoso y tacaño empresario marido de La Antonelli.
Completó el elenco protagonista el polifacético Josep Zapater quien como Inocencio también se marcó un excelente número de guitarra eléctrica junto a Noèlia Pérez (Amina) haciendo un rockero Oh! Selika, redondeando una interpretación de primera en este ensayo de “gran ópera” con una compañía modesta, barata porque “nadie cobra”, que brilló como todo el espectáculo.

Nuevamente el coro titular que dirige Pablo Moras mantuvo un gran nivel, especialmente las voces blancas desde su aparición por el patio de butacas con paraguas y chubasqueros continuada por las graves algo adelantadas en la primera entrada pero rápidamente “enganchados” a una dinámica ágil, una Capilla Polifónica “Ciudad de Oviedo” que esta vez matizó sus muchas intervenciones, tanto en la Mazurca como en el Coro de la Murmuración de una zarzuela que tienen bien trabajada.

Y parte del éxito volvió a estar en el foso donde Miquel Ortega Pujol no solo sacó una sonoridad ideal de la Oviedo Filarmonía sino que nunca descuidó el escenario, atento a cada voz, mimándolas, respetando la esencia y marcando todo para transmitir esa seguridad necesaria “arriba” desde “abajo”. Al maestro compositor catalán también le debemos el fragmento adicional para el cuerpo de baile (otro acierto lleno de calidad las seis) ambientando esa puesta en escena con unas Variaciones “africanas” partiendo de los motivos del coro enriqueciendo la maravillosa partitura del prolífico Fernández Caballero, que con este “Dúo” rinde pequeños tributos a Donizetti o Rossini desde un humor inteligente y una escritura muy completa.

La vida es puro teatro canta un bolero, pero tras este penúltimo título ovetense, la zarzuela es magia, la de la escena musical española.

El Cairo está en Bilbao

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Sábado 6 de abril, 19:30 horas. Teatro Arriaga, Bilbao: Luna de Miel en El Cairo (José Muñoz / Francisco Alonso, versión libre de Emilio Sagi). Fotos de la web salvo las indicadas y el programa de mano escaneado.

La revista (opereta arrevistada si lo prefieren) asociada a la zarzuela y a muchos de sus autores está volviendo a la escena actual, y la escapada bilbaína distaría de la reciente ovetense por muchas razones: una puesta en escena luminosa (de Daniel Bianco), sencilla  con detalles como el muro de globos azules, pero sacándole mucho rendimiento, un vestuario colorido de buen acabado y corte (Jesús Ruiz), la iluminación (Eduardo Bravo) subrayando la dramaturgia, un magnífico cuerpo de baile (coreografiado por Nuria Castejón), unas voces equilibradas tanto en los solistas como el coro (las ocho mujeres del Coro Rossini que dirige Carlos Imaz) bien empastadas, unos actores de largo recorrido, una orquesta de calidad en el foso (la BOS con saxos y piano de primera), y todo ello bajo la mano maestra de Miquel Ortega que conoce y mima la música del maestro Alonso, atento a los cantantes aunque se encuentren al fondo del escenario, disfrutando de la partitura llena de ritmos de la postguerra, contagiando alegría, ayudando y haciéndonos copartícipes a todos, con un público que llenó y disfrutó la tarde de sábado que personalmente finalizaríamos tomando el tranvía (en el estreno sería el Metro que muchos asistentes perdieron por las repeticiones tras el éxito alcanzado) hasta Indautxu como buenos “aldeanos” y sentarnos alrededor de una buena mesa entre amigos como corresponde a mis visitas vizcaínas.

Evidentemente no quería perderme esta producción del Teatro de La Zarzuela y el INAEM que el Arriaga programó en cuatro funciones con voces conocidas y queridas por el que suscribe como los asturianos David Menéndez y Beatriz Díaz, el “adoptado” José Manuel Díaz, la granaína Mariola Cantarero, todas ellas bien encajadas en sus roles, sin olvidarme de Enrique Viana haciendo de él mismo como no podía ser de otra forma, Itxaro Mentxaca acertadísima de principio a fin, más una cuadrilla de cómicos como Mitxel Santamarina ágil y “engordado”, Iñaki Maruri y Alberto Núñez que dieron réplicas de guiño local que el ovetense Sagi conoce como nadie para redondear esta “Luna de Miel en Limburgo”.

Dos actos sin pausa ambientados en su época (1943), argumento bien hilvanado de los ensayos preparando la opereta que da título (en vez del transatlántico original) y el ensayo general (en el mismo teatro, no en Alejandría ni el Nilo), ágil acción con todo lo que se espera de ella: diálogos chispeantes y enredos amorosos, música en escena con piano real y delicada transición al foso, juegos de escaleras y unas melodías pegadizas que muchos asociamos al cine y la televisión porque crecimos con ellas: Tomar la vida en serio es una tontería y esta broma musical rebosa alegría (hubiera sido genial bisarla), el buen gusto impera sobre el escenario del coliseo de la ría y la calidad del elenco ayuda a redondear esta obra del prolífico maestro granaíno.

De los cantantes protagonistas David Menéndez (Eduardo) mantiene un nivel de excelencia y elegancia de principio a fin, poderío vocal y escénico en el papel de compositor, junto a Beatriz Díaz (Martha) capaz de amplios matices y derrochando simpatía, luchando con un registro grave casi imposible en estas partituras pero solventado sobrada su princesa en los agudos y medios desde su línea de canto limpia llena de matices. Itxaro Mentxaca dio el toque de veteranía real e imaginaria (Doña Basilisa, costurera y antigua tiple) especialmente con el tapate tapatío en compañía de “las Rossini”. Cantarero (Mirna) y Viana (Rufi) pusieron el histrionismo necesario de sus papeles, jugando con el santoral, la geografía y hasta las debilidades carnales. Sumemos lo comentado del conjunto con el Maestro Ortega al frente, y tendremos una revista de siempre por la que no pasa el tiempo dándole la mínima actualización a textos y situación con todo el respeto a la música por parte de todos los intérpretes.

Como sugerencia estaría bien representarla en Oviedo en el próximo Festival Lírico con este mismo reparto y director musical, el público carbayón seguro respondería feliz a esta revista, opereta, zarzuela… espectáculo musical a fin de cuentas.

Preparando el terrible

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Miércoles 18 de octubre, 20:30 horas. Auditorio de Oviedo: Ensayo general XXVI Concierto Premios Princesa de Asturias. María Luisa Corbacho (mezzo), Alfredo García (barítono), Jorge Moreno (narrador), Coro de la FPA (director: José Esteban García Miranda); OSPA, Miquel Ortega (director). Sergéi Prokófiev: Iván el Terrible, op. 116 (cantata para narrador, mezzosoprano y bajo barítono, solistas, gran coro de voces mixtas y orquesta sinfónica, adaptación como cantata de Alexander Stassevich). Entrada libre con invitación.

Tanto la OSPA como el coro nos ofrecieron para abrir temporada una honrosa Carmina Burana y sin apenas respiro afrontan este concierto real con otra de las grandes páginas sinfónico corales que están en su repertorio, el Prokofiev de cine como en su momento fue Alexander Nevsky y ahora Iván el Terrible, todavía reciente en nuestra memoria, a cuyo ensayo general acudí ante la imposibilidad de hacerlo en el evento sociocultural de octubre, y menos aún al reducir el aforo en 500 localidades (cerrando la sala polivalente aunque ganando en acústica).

Todos sabemos qué supone un ensayo general con público, con detalles por pulir pero perfecta aproximación a lo que sonará al día siguiente y donde no faltó ni el Himno Nacional para abrir el concierto ni el de Asturias, cantado por todos los presentes, para cerrar.
Las partituras del ruso para las películas de Serguéi M. Einsenstein son verdaderas bandas sonoras para ejecutarse en vivo e Iván el Terrible mantiene todos los clichés asociados a la música popular rusa con capítulos variados donde pasamos de la voluptuosidad épica a los momentos líricos en cuanto a poesía con música reconvertidos en cantata con el excelente narrador gijonés que puso el complemento escénico.

Protagonismo casi total del Coro de la Fundación que está en un momento álgido capaz de afrontar una partitura agradecida para todos, rico en matices, especialmente en los números a capella, volúmenes generosos exigidos por la masa orquestal, empaste global y unas cuerdas que volvieron a brillar tanto por separado como en conjunto en una obra más que dominada. Mi felicitación a la formación que dirige mi querido Pepu.

Y si el coro madura con los años, nuestra orquesta es un lujo en cada sección, hoy reforzada por exigencias de la obra en vientos, percusión, arpas y algo menos en los contrabajos (se hubiesen agradecido dos más). Al maestro Miquel Ortega se le respeta y hay buenas sensaciones entre ellos, por lo que hubo un amplísimo espectro de dinámicas, ritmos y texturas, con una cuerda capaz de resultar hiriente o aterciopelada según se le reclame, y una homogeneidad tímbrica solo al alcance de las grandes, y la OSPA es una de ellas sin que me ciegue la pasión. Perfecto entendimiento con el podio y un despliegue épico de sonoridades, destacando la percusión (con el piano) para mantener ese empuje rítmico que esperamos encaje al detalle en el concierto, con unas campanas demasiado reales para un contexto coral.

También interesante la mezzo mallorquina María Luisa Corbacho algo tapada en los fuertes pero de color carnoso, aún más en la parte hablada, de registro central cómodo y agudos sin forzar en ningún momento, buena emisión y momentos de belleza vocal en sus solos.

La breve intervención del barítono madrileño Alfredo García en verdadera lucha con el coro masculino y el empuje orquestal se saldó con nota, supongo que “guardando munición” al ser un general pero generoso además de entregado como en él es habitual.

Esperamos que los últimos retoques ya a puerta cerrada ayuden a un concierto donde solo sea terrible este Iván IV, zar de Rusia “contado” en 1936 por el tocayo del cineasta con el maestro Ortega tan hecho como nuestros intérpretes.

Sin sobresaltos en cuatrocientos años

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Viernes 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Abono 2: OSPA, Maarten van Weverwijk (corno da caccia), Miquel Ortega (director). Obras de Miquel Ortega, Johan Baptist Neruda y F. Mendelssohn.

Noviembre nos devuelve a nuestra orquesta tras el paréntesis operístico, retomado por la OvFi, y con un programa variado, poco escuchado, incluyendo un estreno del propio director invitado y la participación como solista del trompeta de la casa aunque con un instrumento para muchos desconocido. Primero tuvimos conferencia de la gerente Ana Mateo que compartió con “El camino hacia el concierto” la enorme trastienda y camino a recorrer, con un equipo poco reconocido e igualmente necesario antes de llegar al punto final, y que este segundo de abono nos traía al catalán Miquel Ortega en su triple vertiente de compositor, clavecinista y director, lo que redundó en una respuesta homogénea y entregada por parte de nuestra OSPA.

El bestiario que comenzó como ballet de encargo, como sucede en la mayoría de obras para danza, acaba conformando una suite que se estrenaba en Asturias (el jueves dentro del programa “Avanti” en Piedras Blancas) de la mano del propio compositor.

Del ballet de 2010, inspirado en el bestiario de García Lorca quedaban diez animales pequeños que el músico catalán acaba reduciendo a cuatro danzas y una persecución, con principio y final, de las que extrae esta suite con cinco números agradables de escuchar, cercanos al público por la utilización de un lenguaje lleno de “guiños” al tiempo que nos ha tocado vivir a la mayoría, desde el excelente Prokofiev del Romeo y Julieta hasta el tango porteño, la música popular de mi época donde en las casas escuchábamos el “pop” de los 40 y 50, el jazz, Glenn Miller y Cole Porter, Ginger y Fred hasta la pulga de cuplé y cabarets, todo “citado” con una música bailable y consumible incluso en esta versión sinfónica de cinco números. Como suelo hacer, dejo mis anotaciones ante esta primera escucha según iban apareciendo, corroborando tras la entrevista en OSPA TV al maestro, visualizada siempre después para impedir “interferencias”, las impresiones de un compositor de mi generación, cercanía cronológica y vivencial.

El primer número de tempo medio, arranca con una melodía en el clarinete de ritmo ternario que pasará a fagot y dúo de trompetas en la cercanía de Nino Rota con Fellini, bien construida con planos equilibrados y una estructura clara. La cuerda siempre aterciopelada toma otra melodía más española, zarzuelístico por terreno bien conocido del maestro catalán cual homenaje a La canción del olvido, continuando con diálogos de maderas a dos, trompetas con sordina, intervenciones del glockenspiel o la flauta marcando a uno el compás ternario para finalizar este animal de forma seca.

Lúgubre arranca el segundo con el toque de gong, misterioso, melodía en el registro agudo del oboe, de nuevo la trompeta con sordina, toques de pandereta, flauta y los pizzicati de la cuerda donde el protagonismo en dinámicas medias, comedidas, va alternando hasta llegar a cambios de tempo para lograr una densa atmósfera en la cuerda con rellenos del tutti siempre en mezzo forte y estructura compositiva muy clásica, vueltas al inicio incluso en las sonoridades que huyen de tentaciones rompedoras y finalizan en un retardando parejo al descenso melódico de agudos a graves hasta los contrabajos antes del final seco y fortísimo.

El tercer movimiento de la suite es vivo, “rusamente prokofieviano” (con perdón) en orquestación, utilización en la percusión de silbato y caja militar, con disonancias delicadas dentro de la tensión y ligereza del motivo que crece globalmente, en tempo, volúmenes, texturas y el cuco, número exigente para toda la orquesta que solventaron limpiamente permitiendo disfrutar de todos los detalles.

Para el cuarto nos picó la pulga del cabaret al que hacía referencia más arriba, instrumentación muy de musical en Broadway, marimba y temple-block marcando ritmos para la melodía del clarinete como si Fred Astaire y Ginger Rogers bailasen otro “Cheek to cheek”, mejilla con mejilla, cuerda de película, trompeta de jazz bien traída y melódicamente pegadiza con mucha calidad y elegancia para un final seco y fuerte, por otra parte previsible.

El cierre de la suite resultó un tango sinfónico tan argentino como Piazzolla, con solo de violín porteño (aunque ruso en estado puro), llevando el ritmo el resto de la cuerda compartiendo y dialogando acentos, dialogando con maderas y dúo “por dos cabezas” entre los solistas primero y segundo nacarados, de discurso cálido, meloso, con el güiro remarcando los pasos, la melodía engrandeciéndose en toda la cuerda y la madera para un “crescendus interruptus” que devuelve dúo a flauta y clarinete, MyraAndreas antes de apropiárselo VasilievOrdieres, arietes de arco traspasados a FerriolRomero en juego vertiginosamente acelerado para frenarse en una “paradinha” aumentativa rematada a puerta.

Un placer de suite agradecida de principio a fin en un bestiario diminuto en sustantivo y enormemente adjetivado.

Salto cronológico del siglo XXI al XVIII, cuatrocientos años que separan a Miquel Ortega Pujol de Johann Baptist Georg Neruda, abismo estilístico para el barroquísimo Concierto para corno da caccia y cuerdas en mi bemol mayor (1750) con nuestro solista Maarten van Weverwjik en un instrumento para cazar bestias mayores con el maestro catalán dirigiendo desde el clave a la cuerda de nuestra OSPA capaz de dar este giro con toda la naturalidad y adaptándose a una obra puede que menor aunque exigente para todos pues solista y cuerda caminan a la par en tres movimientos contrastados escritos según la receta de la época: Allegro-Largo-Vivace con las correspondientes cadencias para lucimiento del solista en un instrumento traicionero siempre, más en el movimiento lento, organizado cual aria operística donde no faltan saltos melódicos, ornamentaciones y todo tipo de recursos expresivos que tanto Maarten como la cuerda y el clave entendieron de principio a fin.

El Allegro presentó un sonido dulce y potente con agilidades claras y fraseos precisos, con la cuerda siempre en su sitio en cada momento y el apoyo necesario, cadencia primera breve y lograda en todo, segura además de matizada. El Largo resultó delicioso, de esencia italiana, corroborando la colocación del solista detrás y no delante para estar más arropado por la cuerda siempre reconfortante, movimiento difícil por las notas largas soltándose, como es de esperar, en la cadencia correspondiente. El Vivace siempre exigente, más “operístico” por respiraciones, ornamentos y la orquesta ajustada al solista y el apoyo del clave directorial que siempre mimó el canto, nuevamente desde la trayectoria de un Ortega que domina la música escénica como pocos. La última cadencia resultó virtuosa por saltos, registros extremos sin perder el carácter “cantabile” y dejándose gustar. Bien todos los ritardandi, preparatorios o conclusivos y todas las dinámicas nada exageradas en cada uno de los movimientos, destacando el perfecto entendimiento entre todos y una dirección siempre precisa, clara y respetuosa con un estilo musical agradecido siempre para intérpretes y público. Podemos seguir presumiendo de tener unos solistas capaces de ofrecernos obras como la de Neruda con una profesionalidad y musicalidad dignas de los mejores especialistas, sin movernos de la OSPA.

La segunda parte nos dejaba casi a medio camino en el tiempo de las dos obras anteriores, ahora ocupada por una primera escasamente programada, la Sinfonía nº 1 en do menor, op. 11 (1824) de Mendelssohn, obra de juventud pero delicada a la vez que complicada de interpretar, apareciendo muchos de los signos que el hamburgués desarrollará en años posteriores y hacen de esta primera obra sinfónica todo un reto en su interpretación. Cuatro movimientos muy académicos que la orquesta del Principado solventó como si se tratase de la Escocesa o la siempre bella Italiana, casi podríamos rebautizarla como Asturiana por el sentido con que el maestro Ortega llevó cada uno de los mosaicos sonoros de esta primeriza composición, bocetos para las posteriores sin olvidar su “Sueño”, sonoridades, armonías y formas del pasado actualizadas para convertir la orquesta en un laboratorio sonoro y por momentos camerístico: Allegro di molto, Andante, Minueto: Allegro molto y Allegro con fuoco, cuatro juegos para todas las secciones sin perder nunca uniformidad, belleza comedida, dinámicas de recogimiento sin arrebatos románticos, dirección de gestos precisos, tiempos ajustados, fraseos marcados y claros para otra obra “menor” e igualmente bella y bien ejecutada, sentida y consentida desde el podio y asentida por unos músicos a los que se les notó la empatía con el director. Velada agradable sin sobresaltos pese a las diferencias en el tiempo y estilos.