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Auténtico sabor vienés

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Lunes 2 de enero de 2017, 19:00 horas. Teatro Cervantes, Málaga: Concierto Extraordinario de Año Nuevo. Alba Chantar (soprano), Pablo García-López (tenor), Orquesta Filarmónica de Málaga, Manuel Hernández Silva (director). Entrada segundo piso: 27 €. Obras de J. Strauss hijo, R. Leoncavallo, F. von Suppé, J. OffenbachF. Lehár, R. Chapí, G. Giménez, R. Soutullo / J. Vert y J. Strauss padre.

Un director venezolano con la Orquesta Filarmónica de Viena no, con la de Málaga de la que es titular y a la que está exprimiendo musicalmente, haciendo sonar cada vez mejor, con un programa de autores que ha mamado en sus estudios en la capital austríaca y van tomando poso como los buenos vinos con el tiempo, nada que ver con el otro venezolano más mediático que se “desinfló” en el concierto más visto de cada año, al que se le han dedicado montones de críticas, incluso musicales, no todas coincidentes con mi opinión de cierto “miedo escénico” y un desigual concierto que no le quita el mérito a mi admirado Gustavo Dudamel de haber llegado ahí con tan solo 35 años, el más joven de la historia (y lo que todavía le queda por delante) del más famoso y televisivo evento musical en esta semana que se llevó con 92 primaveras al francés Georges Prêtre, el más longevo en dirigirlo (con 85 años) y probablemente el mejor que muchos recordamos de los últimos años estrenando año nuevo. Esta vez no haré crítica aunque mis tuits en vivo (madrugando desde Aguadulce) están ahí para ver la evolución del mismo, y que tristemente en Venezuela solo pudieron disfrutarlo como “regalo de Reyes”.

Si amanecer el primero de año con los vieneses es obligado para todo melómano, esta vez cambié fecha y ubicación para disfrutar en directo con Manuel Hernández Silva y “su” filarmónica, que además buscó dos voces para enriquecer esa sangre vienesa y mestiza de los compositores elegidos, la rondeña Alba Chantar y el cordobés Pablo García-López, programa que dejo a continuación y del que quiero resaltar algunas cosas en este concierto que volvía a la sede de la que nunca debió marcharse, con entradas agotadas y asistiendo un público entregado desde las primeras notas de la conocida obertura de El murciélago de J. Strauss hijo.

Si las obras instrumentales fueron sacando de la orquesta malagueña matices impensables, con una cuerda algo corta en número pero rica en dinámicas y sonoridad (siempre destacable la concertino Andrea Sestakova), el acompañamiento de las voces tanto en las intervenciones solistas como en los dúos son una delicia, unido a un buen empaste de dos voces con distinto recorrido, el cordobés con una Mattinata vespertina y la malagueña arrancando con el “aria de los pájaros” (la de la muñeca) de Offenbach demasiado exigente para su edad y algo atrevido comenzar con ella por unas agilidades que en frío no lucieron como debería aunque mejoró en el dueto de Sangre vienesa equilibrado y sentido por ambas voces tras haber “calentado” la orquesta con el vals Voces de primavera y la polka rápida Larga vida al magiar donde el magisterio del director venezolano fue más que evidente. Es un placer verle trabajar el “rubato” con la elegancia acostumbrada y contemplar la orquesta aguantar la batuta en esa tercera parte del compás que parece no terminar, con una entrega que evidenció la mejoría que el tiempo logra con su titular desde 2014. Es difícil transmitir tanto a una formación que va “in crescendo” en cada concierto que la escucho, pocos por la distancia, con una disciplina alcanzada con esfuerzo y mano izquierda, implicación total de un titular con la agenda apretada pero que no olvida sus obligaciones con “sus” malagueños. En estos tiempos que corren deberán agradecer este esfuerzo y amor por la música bien hecha.
La segunda parte mantuvo el tipo tanto con oberturas y polkas como en un Léhar a cargo de los solistas, una entregada “Canción de Vilja” por parte de la soprano, rojo pasión esta vez, y especialmente el tenor cordobés con “Dein is mein…” de El país de las sonrisas cantado en un alemán perfecto, con gusto, pasión y una orquesta aterciopelada que nos permitió degustar cada detalle de este aria hermosísima del llamado rey de la opereta vienesa a cargo de Pablo García-López que se incorporaba al día siguiente como el Borsa del Rigoletto que cerrará temporada carbayona.
Comentaba en una de las pausas el maestro Hernández Silva, algo griposo como la mayoría de los presentes, el mestizaje de la Viena de los grandes donde nuestros Chapí o Giménez no desentonarían puesto que la zarzuela es realmente opereta española, más aún, zarzuela vienesa porque todos beben de fuentes populares que elevan al mayor rango sinfónico, como se pudo comprobar con el preludio de La Revoltosa o el intermedio de La boda de Luis Alonso, dos joyas que compartieron programa junto a “La primorosa” Alba Chantar, “Bella enamorada” de El último romántico Pablo García-López, opereta española antes de las dos propinas de sangre vienesa con sabor andaluz a cargo de los Johannes Strauss hijo y padre que volvieron a llevarnos al día primero de este 2017 pero en Málaga el segundo: El bello Danubio azul como me gustaría hubiese sonado (pese al abismo de ambas filarmónicas) y la Marcha Radetzky matizada y con el humor que faltó en su famoso compatriota, porque calidad y calidez deben ir unidas, respeto a la música desde el disfrute compartido.

Harding Scala al Nuevo Mundo

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Sábado 31 de mayo, 20:00 horas. Concierto extraordinario Fin de temporada, XV Años del Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo. Filarmonica della Scala, Daniel Harding (director). Obras de Rossini, Puccini, Mascagni, Leoncavallo, Verdi y Dvorak.

Con equívocos informativos varios como prensa y programación general anunciando Beethoven y Mahler con Essa Peka-Salonen en la dirección, la certeza estuvo en un excelente concierto para conmemorar quince años del “templo musical asturiano” y cerrar mes así como temporada del ciclo “Conciertos del Auditorio”, nuevamente nuevo con figuras mundiales sobre el escenario, la orquesta del foso operístico milanés con el inglés Daniel Harding al frente In memoriam Claudio Abbado, curiosamente sin haber dirigido en vida ninguna de las óperas programadas como cuenta Carlos García de la Vega en las notas al programa, pero que seguramente las habría llevado en la línea escuchada este último sábado de mayo donde se alcanzo un deseado lleno en el auditorio carbayón. Harding ya dirigió en Oviedo hace cuatro años la Mahler Chamber Orchestra, fundada igualmente por Abbado, dejándome entonces un sabor agridulce, aunque esta vez pareció otro, puede que por las diferencias entre ambas formaciones y el repertorio elegido.

La orquesta filarmónica fundada con los músicos de la ópera de La Scala por Abbado en 1982 surge para “salir del foso” y abordar repertorios sinfónicos, aunque la crisis parece ir en dirección contraria y “reciclar” las sinfónicas para interpretar también óperas. Está claro que una gran orquesta funciona con cualquier repertorio, y más si al frente hay una batuta solvente, como sucedió con Harding (Oxford, 1975) veinte años desde su debut en Birmingham, y la Filarmonica della Scala.

La plantilla resultó ideal y su colocación vienesa perfecta para lograr un sonido de disco: contrabajos atrás a la izquierda, percusión al fondo y metales agrupados de centro a derecha incluyendo aquí las trompas, con solista ovetense (Jorge Monte de Fez) para quien no faltaron aplausos individuales. Impresionante la calidad alcanzada por esta orquesta donde hubo brillo, tensión, limpieza, presencia, gama dinámica amplísima, disciplina y todos los calificativos que queramos, plegados al gesto siempre exquisito de Harding, claro y preciso, marcándolo todo mientras dejaba a los músicos compartir ese disfrute musical, sobre todo en la primera parte que resultó como una promoción del producto deseado.

La música instrumental de las óperas habituales en la Scala milanesa ocupó la parte esperada por un público mayoritariamente lírico en este concierto, arrancando con el solo de cello inicial de la obertura de Guillermo Tell (Rossini) antes de alcanzar la parte más conocida, ciertamente algo fríos y todavía calentando, aunque los siguientes tres intermedios, pausados y tranquilos desde el podio, resultaron “in crescendo” de emociones y calidades: Puccini y el inicio del tercer acto de Manon Lescaut, segundo solo de cello, Cavalleria rusticana (Mascagni) descubriendo mismas raíces y dramatismo que en el de Lucca, culmen de intensidad emocional con Pagliacci (Leoncavallo), sonido convincente en cada sección y solistas convencidos, conocedores de un repertorio amoldado siempre a la dirección del momento, y Harding optó por la pulcritud confiando la sensibilidad a sus músicos. Para cerrar Verdi y la obertura de La forza del destino, obra habitual en conciertos precisamente por su carácter sinfónico de música pura pese a componerse como apertura de esta ópera de argumento español y que tantos directores de orquesta la han dejado grabada para disfrute de discófilos. Buen sabor de boca operístico para una formación que encima del escenario gana en sonoridades desde un trabajo con los altibajos habituales. Lástima que haya público con prisa para el aplauso sin esperar la bajada de brazos del director porque nos privaba al resto de seguir paladeando esos silencios sabrosos donde la música todavía está en el ambiente.

Foto Web

Totalmente distinta la segunda parte retomando el espíritu de Abbado para esta orquesta, el repertorio sinfónico con una de las cumbres del género, la Sinfonía nº 9 en mi menor, op. 95 “Del Nuevo Mundo” (Dvorak) donde Daniel Harding disfrutó de una orquesta rendida a su excelencia en la dirección, logrando una interpretación perfecta, apolínea sin perder romanticismo alguno merced a una sonoridad precisa y preciosa: cuerda presente en todo momento independientemente del caudal sonoro de vientos, redondez en unos contrabajos ligeros en melodías y pesantes en pegada, solistas con timbre hermoso (especialmente las maderas con corno inglés, flauta y clarinete rivalizando en belleza), percusión acertada y metales en el punto justo donde el poderío nunca resultó arrebatador, optando el director británico por dinámicas extremas que exigen sacrificio en todos para no perder nunca el equilibrio. Cada movimiento contrastado resultó impecable, el Adagio – Allegro molto un micromundo de expresión e intensidades, el Largo de emotividad y belleza expositiva, el Molto vivace más allá de virtuosismos, que los hubo, sin perder ni una nota por el camino con un balance entre secciones perfecto, y ese final realmente fogoso, el Allegro con fuoco recordado por los de mi quinta y anteriores como sintonía del programa “Ustedes son formidables” con Alberto Oliveras al micrófono. Cuatro movimientos donde observar al maestro Harding resultó todo un espectáculo y una verdadera clase de dirección: elegante, claro, conocedor de la obra en todos los detalles que fue haciendo sonar en su punto exacto, siempre con la respuesta esperada de una orquesta que brilló más que con la primera parte operística.

Como si subscribiesen lo anteriormente apuntado, bisaron la obertura de Guillermo Tell, esta vez sin partitura (de eso hablaban maestro y viola solista) y sin el inicio de chelo, entrando en la archiconocida “carga”. Se quitaron la espina inicial reafirmándose como una excelente orquesta sinfónica con un Harding ya en primera línea del escalafón directorial. Buen cierre esperando ver y disfrutar por lo menos otros quince aniversarios más.

Ainhoa Arteta vuelve a enamorar

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Sábado 27 de octubre, 20:00 h. Auditorio de Oviedo, Conciertos del Auditorio: Ainhoa Arteta (soprano), Juan Jesús Rodríguez (barítono), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de Mozart, Leoncavallo, Puccini y Verdi.
Vuelven los Conciertos del Auditorio y nada mejor en plena temporada operística que un programa lírico donde Ainhoa Arteta regresaba a la capital del Principado en compañía de Juan Jesús Rodríguez (hicieron juntos La Bohème del Maestranza con mi querida Beatriz Díaz) acompañada de la OvFi y su titular Marzio Conti que, como la orquesta, están en momentos dulces desde el foso pese a saltar a escena en esta fría tarde sabatina, totalmente rodados, ensamblados, gustándose y cumpliendo el no siempre agradecido papel acompañante, pues cuando la voz es protagonista se hace difícil estar a la misma altura.
Sin entrar en la organización del programa -algunos vecinos de localidad hasta discutían-, la verdad que el público asturiano, sobremanera el lírico tan abundante en la capital, disfrutó de una velada donde la tolosarra se reencontró y volvió a enamorarnos dándolo todo de principio a fin, lo que siempre le agradeceremos.
Mozart es apuesta segura cuando hay calidad, y no faltó en la primera parte. Está bien comenzar con Le nozze di Figaro y su obertura porque anima el espíritu, esta vez sin prisas, preparando las dos arias siguientes con la orquesta calentando motores, que suelo decir, porque la tarde daría para mucho.

El recitativo y aria del Conde “Hai già vinta la causa… Vedro mentrió suspiro” fue la entrada en escena del barítono onubense, más realidad que promesa, sin importarle compartir planos sonoros con la formación carbayona pese a lo que ello supone vocalmente, no se amilanó y tuteó a la masa instrumental.

Otro tanto vendría a continuación, aunque la Condesa guipuzcoana, elegante de blanco y negro, estaba portentosa y pletórica para cantarnos “Porgi amor”, presentimiento de gozo vespertino con una voz casi nueva, con cuerpo en todos los registros y decidida a cautivarnos, algo más mimada desde el atril pero igualmente exigente.
El cambio dramático llegó con Don Giovanni y su obertura que sigue siendo una joya, estuvo bien interpretada y entendida por el maestro Conti, hoy en su salsa. La mandolina de mi querido y admirado Héctor Braga acompañó perfectamente el aria “Deh, viene alla finestra” bien cantada por Juan Jesús, gustándose, creíble de inicio a fin, relevado en la escena por Donna Elvira Arteta con el recitativo y aria In quali eccesi, o Numi… Mi tradi quell’alma ingrata, magisterio del agradecido y siempre engañoso Wolfgi lleno de guiños bien entendidos por La Diva ya sin estola, que hoy ejerció rematando faena y transformación camaleónica a Zerlinna con el duetto La ci darem la mano que nos dejó el empaste y musicalidad en ambos intérpretes contagiando la química escénica siempre necesaria al respetable, con una concertación del director florentino capaz de sacar lo mejor de una orquesta pensada para el foso pero que se crece en el escenario.

La segunda parte volvería al esquema de arias alternadas con preludios e intermedios orquestales para cerrar en dúo. Primero Pagliacci (Leoncavallo) y el Aria de Tonio Si può? con Juan Jesús Rodríguez impresionante, dramático sin aspavientos, convincente y bien acompañado que levantó una gran y merecida ovación, compartiendo protagonismo.

Puccini es inimitable y uno de los grandes conocedores no ya de la voz sino de la dramaturgia orquestal, y Manon Lescaut es obra de referencia. Su Intermezzo sonó desgarrador gracias al cello de Gabriel Ureña -pidiendo a gritos más conciertos solistas por su calidad, calidez y musicalidad- bien secundado por el viola Igor Sulyga y el concertino Andrei Mijlin, en una de las páginas instrumentales más logradas de la historia lírica, que la Oviedo Filarmonía desgranó al detalle. El plato fuerte llegó con el aria de Manon Arteta Sola, perduta, abbandonata” acompañada, encontrada y bien arropada, plenitud vocal y dramática en esta auténtica recreación de nuestra soprano con Conti haciendo de su orquesta una, “el instrumento” para lograr la excelencia.

Y Verdi cerraría este recital lírico como no podía ser menos, en un orden cambiado al primar cuestiones vocales más que argumentales. Germont Rodríguez nos regaló “Di Provenza…” merecedor del completo escénico aunque cerrando los ojos nos situase perfectamente, registro homogéneo de color, dinámicas amplias y musicalidad cantabile que le dará muchos triunfos en un barítono calificado de verdiano. Violeta Arteta le relevó con la emocionantísima Addio del passato que resultó única, sin medias tintas, volcada con el personaje en todos los aspectos, provocándome la carne de gallina que sólo las grandes son capaces, delicia y dolor hechos voz.

Merecida pausa que rebobinó musicalmente al Preludio, otra vuelta de tuerca orquestal para la formación ovetense que está en buena forma lírica, cuerdas claras e incisivas, vientos nunca estridentes y percusión en su sitio, conjunto idóneo para la música escénica, “sorbete de limón” idóneo para el esperado final, Germont y Violeta en “el dúo” intenso para ambos personajes que puso en lo más alto un concierto de categoría especial, Juan Jesús Rodríguez convincente hasta en el bastón, suegro intimidador convertido en padre complaciente con una Ainhoa Arteta enamorada hasta los tuétanos y comprensiva desde el mayor de los sufrimientos que es sacrificarse por el Alfredo ausente. Qué final más intenso en todos los sentidos y éxito merecido para los protagonistas con un nivel del que orquesta y titular fueron copartícipes, consiguiendo cuadrar el círculo siempre difícil en estos conciertos.

El dúo del primer acto de Luisa Fernanda (Moreno Torroba) devolvió al Vidal onubense un protagonismo que nunca perdió gracias a una Luisa Arteta que se reconcilió con todos, Diva cercana y enamorada retornando al Olimpo abandonado, e igualando nuestra zarzuela a la ópera cuando las voces ponen su arte al servicio de la partitura. Oviedo sabe del tema, su orquesta también, y el público lo agradece.