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That’s entertainment

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Sábado 30 de enero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia, WDR, Wayne Marshall (piano y dirección). Obras de G. Gershwin y L. Bernstein.
Como dice el título en inglés “That’s entertainment”, eso es entretenimiento, un concierto para disfrutar con una música siempre cercana a nuestra memoria cinematográfica con dos compositores norteamericanos que entendieron la música popular del jazz para elevarla a categoría sinfónica desde unos arreglos realmente agradables de escuchar, esta vez con una orquesta alemana que parecía no de Köln sino de Hollywood, con una plantilla algo corta en la cuerda pero que cumplió con las expectativas de un programa diríamos que ligero, capitaneados por el organista, pianista y director británico Wayne Marshall, especialista en los dos compositores que hoy traía al Auditorio de Oviedo dentro de una gira que llegaba de Barcelona, supongo que por “encajarlo” en las llamadas jornadas de piano, aunque lo único con el instrumento de las 88 teclas solista sería la Rhapsody in Blue tras la obertura Of thee I Sing que supo a poco pese al éxito de todo el musical, y antes de lo que los anglófonos denominan “Medley” y nosotros popurrí, que comentaré más adelante.

Con una cuerda sedosa, abundante percusión, maderas donde no podían faltar los saxofones y el propio Marshall dirigiendo y tocando la “rapsodia” este “concierto” de piano tuvo dos momentos álgidos precisamente en los solos “made in Wayne” cargados de buen gusto jazzístico, distintos de las múltiples versiones que atesoro (la de Michel Camilo es referente para mí junto a la de Gabriela Montero, con el género de la improvisación tan antiguo como la propia música), llevando las melodías de Broadway con unas armonías delicadas bien marcadas, así como unos tiempos rápidos sin perder nunca el “swing” y dejando que la orquesta alemana demostrase la calidad de sus integrantes desde el solo de clarinete inicial. Difícil tocar y dirigir que el músico británico, dominador de todo el concierto (memorizado en su integridad), llegó a contestar tocando de pie sin perder detalle en una obra donde el solista tiene dificultades técnica y de carácter. No es el pianista y organista de color uno de esos intérpretes de fuerza en las dinámicas (con orquesta deberían ser algo mayores) ni de sonido cristalino (en los arpegios quedó algo opaco) pero su versión de la rapsodia fue notable, sobre todo por la visión global, impetuosa y cercana de una obra siempre actual con una instrumentación rica en colores aunque con la balanza caída hacia el carácter.

Con el título de Gershwin in Hollywood Robert Russell Bennet (1894-1981), un gran músico siempre en la sombra, orquestó esta suite de concierto con ocho conocidos temas de los hermanos Gershwin que hemos escuchado en tantas películas y documentales, todo muy bien analizado en las notas al programa por Alejandro G. Villalibre, donde no faltó “El amor llegó para quedarse” de la conocida película y musical Un americano en París, instrumentaciones muy “americanas” y canciones bien enlazadas para dotar de unidad idiomática en el amplio sentido este repertorio que también se denomina de “standards“. Bien los alemanes que tanto les gusta el jazz (no faltó el banjo), con calidad y calidez para esta música hoy sin palabras de George Gerswhin.

Un músico completo fue Leonard Berstein, el gran Lenny que destacó en todas las facetas (también interpretó y dirigió la “Rhapsody”) y donde la composición nos ha dejado páginas únicas que rompen etiquetas, caso de West Side Story o Candide, versiones en cualquier soporte y escena con fuentes cercanas tanto a Gerswhin y el jazz como a Copland o lo mejor del music hall, su forma de entender el espectáculo total, concepción de la ópera popular, opereta en cuanto a la cercanía contrapuesta a la “seria” que parece irreconciliable con ese letrero de “música culta” que los puristas no perdonaron (ni perdonan) todavía en este siglo XXI. Mejor interpretación de unas partituras llenas de matices, contrastes, ritmo y siempre la popularidad desde la calidad.
Las “Danzas sinfónicas” de West Side Story mostraron el dominio que Bernstein tenía del lenguaje orquestal, revisión de 1961 para unir nueve secciones de su musical tras la orquestación que Ramin y Kostal hicieron para la película que nos hizo enamorarnos de Natalie Wood, dejando la música pura capaz de mantener el dramatismo del argumento shakesperiano. Un placer escuchar los temas por unos alemanes a los que Marshall deja disfrutar, con un Mambo realmente latino y técnicamente sinfónico a más no poder.
Otro tanto podríamos decir de la suite de Candide, obertura incluida, que la Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia eleva a la categoría de culta con una ejecución impecable en todos los números y una química con el maestro británico al que especializarse en estos repertorios le da la autoridad demostrada en unas interpretaciones de indiscutible calidad.
Entretenimiento ideal para una tarde de sábado y cual cambio de menú que los melómanos agradecemos, aunque ya saben que me declaro omnívoro. El regalo con la orquesta “sola” y Mr. Wayne al piano (lástima no tener órgano como en Barcelona) como un músico más, todo un refresco.

Talento también en verano

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Miércoles 12 de agosto, 20:00 horas. Festival de Verano Oviedo 2015, Claustro del Museo Arqueológico de Asturias: Dúo In Extremis: Andrés Fernández (oboe) y Omar Majbour Navarro (piano). Obras de Schumann, Gilles Silvestrini (1961), Tchaikovsky y O. Majbour (Oviedo, 1983). Entrada libre.

Concierto original con estreno incluido del pianista, director y compositor carbayón, organizado de forma cíclica donde no faltaron las correspondiente intervenciones a solo de dos músicos de casa que “in extremis” lograron evitar más fugas de un público veraniego mal educado que acude a ciegas y sin respeto por nada. Menos mal que sólo queda en anécdota pues todo estuvo bien trabajado y ejecutado por un dúo joven con mucho que decir en el difícil terreno de la música.

Schumann abría programa con Tres romanzas, op. 94, tres originales “lieder” sin palabras para la voz del oboe de timbre no siempre nasal, mientras el piano mantuvo y compartió protagonismo arropando melodías, Nicht schnell bien fraseado arropado por un teclado romántico, intenso Einfach, innig, “sencilla y ardorosa”, simplemente íntimo pero con fuego, y la última Nicht schnell llena de intensidades y poesía instrumental.

Del oboísta y compositor francés Gilles Silvestrini pudimos escuchar dos lienzos distintos pero de “pinceladas maestras” donde Andrés Fernández jugó con una amplísima y virtuosa paleta de unas partituras con variadas reminiscencias, explorando sonoridades extremas de un instrumento siempre melódico, más de lo esperado a solo: De los Seis cuadros para oboe solo, el nº 2 “Potager et Arbres en Fleurs, Printemps Pontoise”, el cuadro de Camile Pissarro primaveral árbol en flor como inspiración de expresividad máxima, incluso espacial en la búsqueda de colores plenos más allá del impresionismo, proyectando el sonido en las dos alas del claustro, ligero, de acento ruso y extremista sin perder expresión para todo un recital de oboe, y tras el estreno comentado, el nº 8 “Le Ballet Espagnol de E. Manet“, cuadro lleno de luz para un nuevo lucimiento solista, ese baile español que me trajo recuerdos de viajes, rumores de la caleta malagueña de Albéniz, expresividad desde la exploración tímbrica de tintes mediterráneos con pellizco flamenco de Alhambra orientalista como la de nuestro Falla, momentos sonoros cercanos al corno inglés ante un registro grave muy compacto, auténtico muestrario de notas extremas cual arco violinístico para semejar dos voces sin perder sentido melódico, verdaderos lienzos maestros con el pincel del oboe de Andrés Fernández.

Omar Majbour eligió para su intervención solista nada menos que a Tchaikovsky, sinónimo de melodía y sentimiento musical, Tres valses para piano que recordaron parte de los ballets sinfónicos del ruso, contrastes de género y tiempo, el opus 39 nº 9 masculino y quasi orquestal, ligero de ritmo bien marcado, la feminidad “sentimental” opus 51 nº 6, introspección menos bailable por el “rubato” que buscó y contagió todo el intimismo de esencia chopiniana, con una mano izquierda que semeja los violonchelos llevando el peso melódico mientras la derecha alza el vuelo cristalino, para volver a la fortaleza en pareja del opus 40 nº 8 por carácter e interpretación, sinfonismo del teclado en blanco y negro en bailarines de salón y puro romanticismo. Muy buena ejecución del pianista ovetense antes de enfrentarse a su estreno.

La Fantasía para oboe y piano, op. 8 del propio Omar Majbour conjuga parte de lo escuchado en el resto del concierto, conocedor del lenguaje del oboe, dominador de la escritura pianística para pasar del acompañamiento al solo en una obra “ad hoc” de plena actualidad. Tiene tintes franceses como los cuadros de Silvestrini, armonías ricas, un completo y variado discurso más allá del lucimiento del viento, que lo tiene, juegos de notas extremas y disonancias sin perder nunca el sentido melódico característico del instrumento “solista”, cargas expresivas a base de amplios reguladores y tiempos contrastados, más silencios subrayando un expresionismo cercano. Interesante obra y ejecución de este dúo “in extremis”. Como en cada estreno suelo tomar notas según voy escuchando, aquí las comparto:

Arranca el oboe solo contestado por pinceladas del piano a base de acordes en melodía tranquila antes de desarrollar un tema de aire ruso por fraseo y acompañamiento, ganando en intensidad y tiempo de forma simultánea para un segundo tema jugando en unísonos, notas cortas y silencios, stacatos en ambos protagonistas y un remanso pianístico solo preparando el tercer tema casi oriental y variando el primero, momentos “ad libitum” antes de un puente del piano que retoma el tempo lento de fraseo muy melódico por parte del oboe, escritura muy clásica con los rellenos armónicos del piano donde no faltan notas pedales que engrandecen una sentimental melodía. Prosigue esta fantasía con un crescendo y tempo agitado a base de arpegios y trinos desembocando en un lento y brillante tema de aire francés con unos graves en el piano que contrastan tímbricantemente con el oboe y caminan juntos hacia un final sin excesos, mínima pausa con e silencio subrayando el vivo y aumento dinámico hasta un seco y concluyente fortísimo.

Tras el ya comentado segundo cuadro del oboista francés, se cerraba el círculo virtuoso con el Adagio y allegro op. 70 de Schumann, perfecto principio y final, auténticas “romanzas sin palabras” del Leipzig de Félix y Robert, el “lied” lento de verbo abstracto y claro seguido del “allegro” final tortuoso y brillante, cascada sentimental de protagonismo compartido en el más puro romanticismo alemán.

Las dos propinas fueron muy del gusto de cualquier melómano por lo conocidas: un respetuoso arreglo del Nocturno op. 9 nº 2 de Chopin, aquí con el oboe llevando toda la melodía y el piano original sin ella, para degustar todavía más del placer y dolor romántico, más el Summertime de Gershwin interpretado y sentido como un canto del siglo XX en el lenguaje americano que perseguía el llamado “Chopin de Broadway”, aquí despojado de jazz, perfecto entendimiento de un joven dúo sobresaliente ¡y de casa!.

Del público veraniego irreverente y maleducado volver a destacar sus móviles, movimientos ruidosos de sillas, desvergüenza en marcharse sin esperar una pausa entre obras y demás lindezas que mejor no cabrearse ante el incivismo campante de nuestro tiempo. Por lo menos los fotógrafos respetan los tiempos y algunos incluso desactivan el “click” de sus cámaras digitales, marchando a las redacciones al finalizar los intérpretes. Supongo que algo de complicidad artística hay. Todavía queda mucha música de verano en Oviedo, y en las de pago espero no pasar vergüenza ajena.

P.D. 1: Dejo la crónica de N. Hermida en LNE del 13 de agosto.
P.D. 2: Dejo mi crítica en LNE del 14 de agosto.

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Últimos apuntes veraniegos

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Sábado 30 de agosto, 20:00 horas. Teatro de La Laboral: Clausura del XV Festival Internacional de Piano de Gijón “Jesús González Alonso”, Alberto Nosè (piano). Obras de Beethoven, Debussy y Chopin. Entrada libre.

El verano en cuanto a periodo vacacional toca a su fin y Gijón lleva siendo capital del piano las dos últimas semanas de agosto desde hace quince años, celebrando clases magistrales a los mejores jóvenes pianistas de todo el mundo con profesores capitaneados por el asturiano residente en Nueva York José Ramón Méndez, este año los reconocidos mundialmente Yuan Sheng y Alberto Nosè, galardonados en muchos concursos, siendo el italiano quien cerraba esta edición en el teatro del recinto diseñado por Luis Moya Blanco (1904-1990).

Con un público formado por alumnado, amigos, familiares y muchos aficionados al piano llegados hasta la capital de la Costa Verde, el profesor veronés nacido en 1979 brindó en un Yamaha que respondió bien a un programa básico y presente siempre en la formación instrumental de las ochenta y ocho teclas desde la interpretación profesional tamizada siempre por su visión personal siempre fiel a las partituras, con el toque latino que no se explica ni estudia pero buscan muchos orientales sobrados de técnica.

Para comenzar nada menos que Beethoven y su conocida “Patética”, la Sonata en do menor, op. 13, arrancando Grave, con duraciones y silencios perfectos subrayando claroscuros antes de atacar literalmente el Allegro di molto e con brio, discurso diáfano que sería como apuntes pictóricos realizados con carboncillo, cuidadoso en evitar manchar el papel, bien dibujado el romántico y melodioso Adagio cantabile roto por una rabieta que tardó en alejarse con su madre, e interrumpido nuevamente por ruidos de la megafonía (que no se apagó tras las primeras palabras de Amy E. Gustafson, subdirectora del festival) intentando atacar rápido el Rondo: Allegro final aunque con esa ruptura en la limpieza para todos de esta conocida sonata tripartita del genio de Bonn.

Debussy volvió a centrarnos a todos, seleccionando seis preludios (de las dos docenas agrupadas en dos libros) que resultaron auténticas acuarelas, más insolentes y espontáneas que el óleo, jugando con una amplia paleta colorista: La puerta del vino cual gama de robles y uvas de este ritmo de habanera perteneciente al libro segundo, Les collines d’Anacapri más esbozadas y tranquilas del primer libro al igual que La cathedral engloutie impregnada de azules en toda su intensidad con las campanadas realmente marinas, “General Lavine” – eccentric… de postal americana y juguetona (Cakewalk), La fille aux cheveux de lin realmente dorados antes de la explosión colorista de los Feux d’artifice, armonías casi sinfónicas que cierran los veinticuatro preludios del mejor Debussy pianístico.

Tras un breve descanso, el profesor daría su clase final con los 12 estudios Op. 10 de Chopin, auténticas aguadas que no permiten errores, trabajo de todas las técnicas necesarias con la maestría del polaco, algunas más rehechas como con tinta china en los conocidos y bautizados “Tristeza” el tercero o “Revolucionario” el último, con intensidades amplias en los monócromos y tenues donde la policromía abundaba. Rejuvenecí cuarenta años rememorando mis años de estudiante de piano con estas obras cuya partitura recreaba mentalmente mientras el maestro Nosè las hacía llegar tan eternas como siempre.

La despedida tenía que ser cercana, jovial, casi con bolígrafos de colores para regalarnos tres propinas del gran Gershwin: de sus “3 Preludes” los Allegro ben ritmato e deciso primero y tercero en mi bemol, dejando entre ambos la hermosa nana o Blue Lullaby, preludio número 2 llenos de ritmo, pletóricos y juveniles como el alumnado que pudo disfrutar de Música con mayúsculas desde el rigor estilístico de todos, la honestidad en la interpretación y sobre todo el amor por el piano de Alberto Nosè que contagió a todos.

Inmejorable despedida musical de agosto, de periodo vacacional al que debo una entrada resumen en el inicio de septiembre, nuevo curso académico cuando parece que terminábamos hace pocas sonatas… digo semanas.

Fuego que no quema

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Viernes 1 de febrero, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”. Rudolf Buchbinder (piano), David Menéndez (barítono), Coro Universitario de Oviedo (director: Joaquín Valdeón), Joven Coro de la Fundación Príncipe de Asturias (director: José Ángel Émbil), Oviedo Filarmonía, Marzio Conti (director). Obras de G. Fauré (1845-1924), G. Gershwin (1898-1937), Ildebrando Pizzetti (1880-1968) e I. Stravinski (1882-1971).

Programa variopinto con música más cercana a nuestro tiempo y donde el protagonismo estuvo compartido entre el magisterio pianístico y el vocal de mi tierra.

Cual pastillas para arrancar la chimenea Le Pas Espagnol de “Dolly Suite para orquesta”, Op. 56 (Fauré) originalmente para piano a cuatro manos en orquestación de Henry Rabaud, breve y agradecido número con la orquesta preparándose para el más puro estilo newyorker.

El Concierto para piano y orquesta en Fa (Gershwin) aún bebe del lenguaje de su “hermana azul” aunque resulte más académico sin perder un ápice el genuino sabor americano pese a que “el Rachmaninov de Broadway” presente la estructura tripartira con pasajes pianísticos realmente hermosos. El fraseo claro y la limpieza de Buchbinder siempre atento a un Conti con quien se entendió a la perfección mantuvieron ese difícil equilibrio entre el swing y el rubato, disfrutando todos de los Allegro extremos y recreándose en el central Adagio – Andante con moto en el más caldeado ambiente con humo de los clubs de jazz. Agradecer esta obra poco programada aunque del amplio repertorio que domina ésta de Don Jorge sea casi una bandeja de carbayones de Camilo de Blas.

Y evidentemente un concierto enmarcado en El Piano, el intérprete austríaco no podía marcharse sin más a pesar del excelente “concierto americano”, por lo que nos regaló una auténtica perla de virtuosismo, limpieza, ritmo vienés y música de piano en estado puro con la paráfrasis sobre “El murciélago” de J. Strauss titulada Soirée de Vienne, Op. 56 (A. Grünfeld) que rubricaba el título de las Jornadas y nos dejaba con ganas de más.

La segunda parte vendría con más fuego que (me) da juego a la colaboración de dos coros jóvenes y con talento como los dirigidos por Valdeón y Émbil, hoy dos coralistas más, capaces de sonar empastados como si llevasen juntos años y logrado olvidar la descompensación entre voces graves y blancas en una obra breve de apenas 12 minutos pero muy exigente para todo el elenco de casa, incluyendo al barítono David Menéndez que sigue mostrando poderío y gusto en cualquier repertorio que le echen. La Sinfonía del fuego (Pizzetti) para barítono, coro y orquesta que Luis Suñén describe a la perfección en las notas al programa, es la invocación a Moloch de la banda sonora en vivo para la película muda Cabiria (1914) dirigida por Giovanni Pastrone y efectos especiales del español Segundo de Chomón, “género filmográfico” que Conti domina y se encarga de traernos con su orquesta, alcanzando niveles de madurez y complicidad con su titular, esta vez con el coprotagonismo vocal de solista y coros, todos en su sitio, vibrando y avivando un fuego que no les quemó. Ojalá los organizadores continúen apostando por formaciones y solistas de la tierra, cuyo nivel no tiene nada que envidiar a muchos de fuera con renombre.

Para acabar esta especie de danza prima invernal y cinematográfica alrededor de las llamas musicales, El pájaro de fuego (versión 1919) de Stravinski para corroborar el excelente momento de la Oviedo Filarmonía en todas sus secciones y solistas en esta música de ballet que Conti llevó de memoria, conocedor de partitura y músicos para transmitir en los cuatro números la calidad de esta formación. Interpretación brillante, solos emocionantes de Miljin, Cadenas, Giménez, Bronte y demás, cuerda que va puliendo una sonoridad propia muy firme y delicada, sin olvidarme de la percusión, consiguiendo sacar adelante un programa peligrosamente inflamable controlando chispas y llamaradas con el “Jefe de Bomberos” Don Marzio responsable de un cálido concierto en una tarde noche fría y lluviosa que siempre es de agradecer.

Dos italianos redescubren Gershwin en Oviedo

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Miércoles 4 de julio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Festival de Verano “Oviedo es música”. Proyecto de Jazz, Oviedo Filarmonía, Alessandro Lanzoni (piano), Marzio Conti (director). Obras de G. Gershwin. Entrada gratuita.

También el verano es tiempo de música, incluso desenfadada, en chanclas, sin frac pero donde el ocio no está reñido con la calidad. Inicialmente previsto para la Plaza del Ayuntamiento pero con el orbayu amenazando se cambió el aire libre con carpa por el habitual Auditorio donde otro proyecto Conti volvía a tomar forma con la orquesta de la que es titular hace ahora un año, y con un joven pianista italiano al que conoce desde que tenía los dos años como él mismo confesó en uno de los bises.

Aparecía en escena Alessandro marcándose un solo del I’ve got rhythm mientras iban apareciendo por todas partes los músicos de la orquesta, algunos no habituales, otros de la plantilla, charlando, abrazándose, hablando por “el celular”, saludando al pianista que enlazaba con Summertime para la penúltima entrada de “el hombre del banjo” con botella de bourbon incluida, todo como en un Club de Jazz de los que apenas quedan, y finalmente el maestro Conti desgranando Lanzoni melodías de la Rapsodia en blue, justo para comenzar con ese sólo de clarinete interrumpido por aplausos en una versión realmente jazzística desde una orquesta poderosa en tanto que las intervenciones solistas siempre resultaron distintas a la escrita, como muchas partes de la orquesta. Versión fresca, intimista, de tempos tranquilos y mucho “swing” en todos, rematando con una propina vital como es el Blue Monk (aquí enlazada en versión del verano pasado).

Sin apenas respiro comenzó la versión de la casi centenaria Un americano en París llena de auténtico jugo sinfónico sin perder un ápice el espíritu del gran George. La orquesta se mueve como pez en el agua dejándonos Un italiano en Oviedo por lo sutil del arreglo, toques de Bernstein tamizados por el mejor musical de Broadway con pinceladas sinfónicas de Copland. Intentaré buscar el autor de estas versiones porque fueron todo un descubrimiento.

Y otro tanto con Porgy and Bess: Symphonic Picture en arreglo de Robert Russell Bennet que fue todo un muestrario de la calidad en todas las secciones de una OvFi más alegre con Conti que con el recordado Haider, con un trío de saxos dando un sello Count o Duke, la percusión en su salsa, una cuerda de película con redondez en los contrabajos, madera elegante y delicada más unos metales, en especial las trompetas, que pusieron la guinda por sonido y fraseos jazzístico a más no poder para una selección de la ópera negra más allá del archiconocido Summertime que los violines y posteriomente oboe cantaron con auténtico “acento negro”.

El cóctel final lo trajo nuevamente Lanzoni en trío con Fernando Arias y Andrea Baruffaldi luego arropado por una orquesta que lució cual formación digna de Miller, protagonismos en pie incluidos y auténtica delicia de arreglos. Reconozco que los dos florentinos nos redescubrieron al Gershwin del nuestros días. Alessandro Lanzoni demostró que la formación clásica para el jazz es de ida y vuelta, interpretación propia a partir del original, con una gama de matices tan rica que quedé con ganas de seguir escuchándole con un gin-tonic y nada de humo (dichosa ley antitabaco).

P. D.: Reseña de Javier Neira en LNE.

Gran cantera valenciana

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Miércoles 4 de abril, 19:30 h. Palau de la Música de Valencia, Sala Iturbi. Orquesta Sinfónica del Conservatorio Profesional de Música “Perfecto García Chornet” de Carlet: Jordi Nogués Escribà (piano), Sergio Furió Gamón (director). Obras de Copland, Kander, Gershwin, Bizet, Gregson-William, Ginastera e Ippolitov-Ivanov.

Buen día para conocer el Palau musical valenciano y con gente de la tierra, estudiantes y profesionales bajo una batuta atenta a todos ellos que estuvo a la altura pedagógica de un programa variado e interesante, buscando tiempos algo más lentos de lo habituales en cierta medida lógico para una formación académica que tiene todavía mucho camino por delante.

La sección de metales y percusión afrontaron seguras la Fanfarria para un hombre común de Copland, destacando el trompeta solista.

Con el resto de la orquesta llegó el popular New York, New York de Kander, breve y en arreglo bueno aunque la cuerda quedó algo tapada por vientos y percusión.

Para cerrar la primera parte se incorporó el pianista Jordi Nogués, paisano de todos ellos para dejarnos una Rhapsody in Blue de Gershwin más bien “brown” por lo irregular en los concertantes, casi siempre por delante de la orquesta tal vez por lo apuntado de unos tempi algo lentos desde el podio, que le obligaron a retener más de lo deseado, y sus solos jugando con demasiados rubati no siempre al estilo jazzístico que emana esta obra. Tampoco técnicamente resultó un dechado aunque en conjunto arrancasen grandes ovaciones entre los familiares de turno, pero debemos reconocer el esfuerzo de todos ellos y el del solista igual para una obra muy exigente desde todos los puntos.

La segunda parte comenzó con el Carrillón de la Suite nº 1 de “L’Arlesienne” de Bizet, nuevamente corta de sonoridades en la cuerda pero excelentes viento y percusión.

Mejor los arcos en la cinematográfica Las crónicas de Narnia (Gregson-William) bien en sus partes de “colchón” para los metales y maderas -siempre bien salvo una afinación mejorable de las trompas- como en las melodías con más garra y tensión que en las anteriores obras. No estaría mal escuchar esta obra por una orquesta profesional pues es digna de figurar en programas no sólo de temática específica del séptimo arte.

Mi cercanía con “La Bolívar” ha hecho que el Malambo del ballet “Estancia” del argentino Ginastera sea incomparable. Con todo la orquesta sinfónica de Carlet con el Maestro Furió dio de sí lo que pudo en un tempo contenido que restó vivacidad, optando por la claridad en todas las secciones.

En una tierra que resulta la mejor cantera de viento, La procesión del Sardar de las “Estampas del Cáucaso” (Ippolitov-Ivanov) sonaron cual banda sinfónica bien llevada desde el podio y buen cierre de concierto.

Suspiros de España (A. Álvarez) es uno de los pasodobles más sinfónicos que hay y excelente propina con ganas por parte de todos y de las mejores dinámicas logradas en la sesión. La salva de aplausos obligó a bisar el Malambo con los vientos más “venezolanos” por coreografía y tempo más ligero que la primera vez, compensando algunas incidencias con derroche de ilusión. Enhorabuena a la percusión nuevamente en su sitio, y agradecer el trabajo de todos para traer desde Carlet a la capital los avances del curso con obras de envergadura que sonaron con el desparpajo juvenil sin olvidar el rigor que sólo el tiempo y estudio consiguen. Esta tierra valenciana sigue siendo cantera musical.