Inicio

Contra la adversidad más música

Deja un comentario

Jueves 6 de abril, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de cámara: Ayuntamiento de Oviedo – CNDMIV Primavera BarrocaMusica Boscareccia, Andoni Mercero (violín y dirección). “Paseos por la Real Capilla”, cantadas sacras y música de cámara en torno a Francisco Corselli. Obras de Boccherini, Corselli, Schmidt Comaposada, Brunetti y D. Scarlatti.

Tener un programa preparado con la soprano Alicia Amo y que por la mañana no tenga voz, peregrinar por farmacias y doctores para finalmente convencerse de la imposibilidad del concierto plantea soluciones drásticas: cancelar, con todo lo que supone, o acordar con la organización un programa nuevo tirando de nuevas tecnologías para recuperar partituras ya vistas, otras que se están preparando así como aprovechar lo previsto, y por supuesto dar el concierto en un tiempo récord completando hora y media sin decepcionar al público. Incluso hubo tiempo de imprimir el nuevo programa (aunque sin una obra) tal y como Andoni Mercero (San Sebastián, 1974) nos lo contó, ejemplo de profesionalidad a cargo del director de esta formación donde la responsabilidad estuvo a cargo de Alexis Aguado (violín) y Mercedes Ruiz (violonchelo) para asombrarnos con unos tríos clásicos, virtuosos, frescos, interpretados desde el conocimiento y el entendimiento. Un aplauso de gratitud y reconocimiento para ellos por parte de un público, nuevamente con excelente asistencia, que reconoció el esfuerzo. Completaron dos cuartetos (sin el segundo violín) otros músicos de primera como Juan Carlos de Múlder (archilaúd) y Carlos García Bernalt (clave), cerrando concierto todos en el músico que mantuvo la línea argumental como Francisco Corselli o Courcelle (Parma, 1705- Madrid, 1778), un músico italiano que como tantos llegaron a Madrid tras haber sido maestro de capilla del Duque de Parma, futuro rey de España con el nombre de Carlos III, sucediendo a José de Torres como Maestro de la Real Capilla, y contemporáneo de José de Nebra, compositores que conformaban el programa original (que también dejo arriba con la breve historia) aunque podemos disfrutarlo en la última grabación de estos intérpretes y seguro que en YouTube© irán apareciendo conciertos con la hoy añorada soprano Alicia Amo.

Aunque dejo aquí autores y obras, quiero ahondar en cada una porque mereció la pena disfrutar un excelente concierto de Musica Boscareccia, seguro más que los intérpretes tras una tensión que no mermó sino incluso ahondó en una velada de emociones y buena música.
El concierto se abría con el Trío para dos violines y cello en si bemol mayor op. 4 nº 2, G. 84 (L. Bocherini) con tres movimientos (Allegro – Largo amoroso – Presto assai) contrastados en aires, ricos de matices y el feliz entendimiento de una partitura que exige del trío empaste, sonoridad y coordinación de protagonismos bien llevados por Mercero, Aguado y Ruiz.
Continuaban con una sonata de 1776 de Corselli también en tres movimientos pero en cuarteto (sin Aguado) donde el protagonismo lo llevó el violín de Mercero mientras el continuo mezclaba sonoridades de clave y archilaúd que completaron más la armonía pero donde la cuerda frotada llevaba todo el peso en una obra barroca por la moda y gustos de aquella corte española pero con aires pre-clásicos dado el conocimiento de lo que se hacía en el resto de Europa.

De nuevo como trío llegó una obra que están preparando tras su rescate del Archivo de la Catedral de Salamanca, asombrándonos de los tesoros ocultos que guardamos, Gaspar Schmidt Comaposada ?(1767-1819), también podemos encontrarlo como Gaspar Smit, y su Trío para dos violines y chelo nº 2 en si bemol mayor, tres movimientos (Allegro molto – Larghetto – Minuetto) totalmente clásicos en estilo, un descubrimiento que interpretado con la profesionalidad de Mercero, Aguado y Ruiz promete y pide figurar en los repertorios camerísticos por su frescura y calidad. Es interesante saber que estuvo de organista y Maestro de Capilla en Astorga y Tui, Orense o A Coruña, trayectoria documentada entre otros por Xoán Carreira.

Volvería el preparado Corselli en cuarteto con la Sonata para violín y bajo en re menor (1765) de cuatro movimientos (Largo – Allegro – Andantino – Presto) donde Andoni Mercero volvía a mostrarnos su magisterio con el violín y cómo el bajo se enriqueció en el último movimiento al incorporar el archilaúd de Múlder rasgueos y leve percusión en la caja, mientras clave y cello aportaban el continuo que revistió cada aire clásico más vienés que italianizante barroco salvo la inspiración del violín virtuoso como protagonista de esta sonata, aunque el estilo de Corselli sea difícil de clasificar.

Otro músico que se está recuperando tanto por los musicólogos como por formaciones especializadas en el barroco y el clasicismo y dentro de la Capilla Real es Gaetano Brunetti (Fano, 1744 – Colmenar de Oreja, 1798), el compositor preferido de Carlos IV ¡el Borbón más melómano! ya desde sus tiempos como Príncipe de Asturias de quien fue profesor de violín y continuaría en la Real Cámara organizándola como ninguno, pero que caería en el olvido tras su muerte pese a ser equiparable sin complejos a sus conocidos Haydn o Boccherini, si bien diferenciándose e incluso distanciándose de ellos. El Trío para dos violines y cellos en re mayor, L. 118 es buena prueba del oficio que este compositor tenía, dominando la escritura de todos los géneros (para trío de cuerda compuso nada menos que 47 que sepamos a día de hoy), distribuyendo protagonismos como así lo entendieron Mercero, Aguado y Ruiz en los tres movimientos (Allegro con moto – Larghetto – Rondeau: Allegretto) dejándonos ese sabor que la música de cámara del Clasicismo tiene, cantera de compositores, intérpretes y público, bien ejecutado antes del final dedicado a otro “español” nacido en Italia, Domenico Scarlatti (Nápoles, 1685 – Madrid, 1757).

El Andante de la Sonata K. 32 en re menor adaptada por Mercero para la formación de dos violines y bajo continuo, al igual que el Allegro de la Sonata K. 96 en do mayor nos permitieron disfrutar de este quinteto para la ocasión, timbres de cuerdas frotadas, punteadas y percutidas en el estilo barroco de la corte madrileña que mantuvo cohesionado un programa donde no solo Corselli sino “La Música” pudo con la adversidad gracias a unos músicos de larga y variada trayectoria con el donostiarra al mando, capaces de tomar decisiones desde la profesionalidad unida al trabajo de años.

Heterodoxia suiza

Deja un comentario

Sábado, 19 de noviembre, 20:00 h. Conciertos del Auditorio, Oviedo: OCL (Orquesta de Cámara de Lausanne), Renaud Capuçon (violín), Joshua Weilerstein (director). Obras de F. J. Haydn, L. Bernstein, Ligeti y R. Schumann.

Entendiendo el adjetivo heterodoxo como “disconforme con hábitos o prácticas generalmente admitidos“, el concierto de la Orquesta de Cámara de Lausanne en esta gira europea que recalaba en la capital asturiana dentro de su ciclo, así resultó por autores y obras que compartieron programa, algo habitual en los suizos, por un lado mostrando una versatilidad a prueba de estilos y épocas pero sobremanera teniendo al frente a un joven director preparado y plenamente convencido de hacer sonar compositores vivos (o más cercanos que los llamados “clásicos”) en una labor pedagógica necesaria a pesar del disgusto para cierta audiencia constreñida por cierta comodidad auditiva que parece negarse el esfuerzo por catar sabores distintos o al menos de leerse las notas al programa (esta vez a cargo de la asturiana Lorena Jiménez) y no preguntarse qué sucedía en el último movimiento de “la 60 de Haydn“, como subrayando el sobrenombre de la misma.

Porque fue F. J. Haydn y su Sinfonía nº 60 en do mayor, Hob. I/60, “El distraído” la encargada de abrir boca en una plantilla ideal para esta obra que gozó de más fama que la actual, bien llevada por un Weilerstein con las ideas claras en cuanto a planos y dinámicas que los músicos suizos interpretaron a la perfección, detalles como colocar el fagot al lado de los cellos buscando color y dinámicas plenamente clásicas así como el empleo de los timbales “antiguos” (sin pedales) detrás de ellos, si bien las trompetas fueron de pistones (un detalle más visual que acústico) flanqueando con las dos trompas (sabor hispano) a los oboes. El gesto del director en el Prestissimo buscó la complicidad de un público no instruido previamente con toda la carga de humor habitual en “Papá Haydn“.

Cercano en el tiempo y popular aunque no siempre (re)conocido genio de la dirección, composición e intérprete de piano al menos singular, L. Bernstein (1918-1990) compuso su Serenata para violín y orquesta sobre “El Banquete” de Platón (1954) por encargo de la Fundación Koussevitzky (también para el Ligeti de la segunda parte) al músico norteamericano,
dedicada a la memoria de Serge
y Natalie Koussevitzky que contó con el violinista Renaud Capuçon, de nuevo en Oviedo, como solista de esta inusual y original composición para orquesta de cuerda, percusión y solista llena de novedades para su momento que hoy resultan tan “normales” como el Haydn anterior, cinco movimientos verdaderos cantos al amor platónico, verdadero simposio, placer y dolor, intimismo y voluptuosidad hechos música, diálogos complementados donde el Guarneri del Gesù “Panette”(1737) que perteneciese a IsaacStern (el mismo que estrenase esta obra y comprado para Capuçon por la Banca Svizzera Italiana), transitó por todos los estados anímicos, sonoridades y buen gusto desde sus primeras notas solo, esfuerzo y ejercicio interior más que extroversión y sin efectismos aparentes en una lección del maestro bien asumida por su alumno francés desde un perfecto entendimiento con Weilerstein y la OCL, contando con amplia percusión, reforzada para esta obra, funcionando como un reloj suizo, más unos solistas de primera en toda la cuerda (más el arpa), especialmente el diálogo con la chelista inglesa Catherine Marie Tunnell. Siempre de agradecer volver a escuchar a Bernstein en estas obras poco transitadas y tan vigentes como entonces, con la “firma” de Lenny en muchos pasajes más allá del jazz o las músicas judías.

Programar a G. Ligeti (1923-2006) sigue siendo un reto y más sus Ramificaciones para orquesta de cuerda (1968 por la exigencia técnica a una cuerda específica que debe tocar “desafinada” por exigencias del autor. Weilerstein se encargó de avisarnos antes de escucharla leyendo en perfecto español y haciendo gala de su “química con el público” que no intentásemos escuchar la música sino pensarla como un cuadro de Pollock, casi una sinestesia porque Ligeti siempre supone imágenes, personales o ajenas aunque el paralelismo pictórico y cinematográfico resulte más cercano a muchos, si bien Pollock tampoco convenza a quienes no les gusta Ligeti (quien siempre declaró “enemigo de las ideologías en el arte”). Lo dicho de abrir la mente y el oído. La OCL y Weilerstein volvieron a demostrar su calidad y simbiosis para esta partitura complicada que resultó necesaria y complementaria de un concierto “clásicamente heterodoxo” como en principio pensé titularlo.

Y es que cerrando el círculo estaría R. Schumann y su Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor op. 97, “Renana” con la orquesta realmente al completo (todos los refuerzos traídos para la ocasión), que nos dejaron una interpretación profunda, limpia, de tiempos bien resueltos, equilibrios a pesar del despliegue de metales con líneas melódicas siempre claras destacando la rotundidad emocional por el empaste alcanzado entre todas las secciones del Nicht schnell y la ligereza brillante del Lebhaft, sonido impoluto, equilibrado (bravo por el cuarteto de trompas con tres españoles), vivo pero sin excesos, paladeando timbres y dinámicas en una versión de ideas precisas que se transmitieron sin dudas desde el podio a la formación suiza en esta última sinfonía (aunque lleve el número tres) del romántico alemán cerrando la forma con la que el padre de la misma abría velada plenamente heterodoxa.

La propina ese Boccherini cinematográfico de la música nocturna de Madrid “traducida” por Weilerstein (a quien se lo rifan muchas orquestas mundiales) como de Oviedo, dejándonos nuevamente a esa cuerda camerística y virtuosa con protagonismo para los “segundos” y un tiempo vivo que permitió a los cellos sonar como uno pese al aire elegido. Tendremos que seguir a este premiado del Concurso Malko en 2009 porque los daneses siempre han tenido buen ojo (quizá oído) para los directores prometedores. Sobre la visión cultural de los regidores mejor no hago leña del árbol caído (espero álguien vea las consecuencias) pero ni conocen la historia ni se preocupan en estudiarla, aunque tampoco calculan la inversión (que no gasto) en publicidad que supone este Oviedo musical, amén del beneficio económico en muchas áreas (la propia donde debemos sumar todo lo referido al ocio como restauración, alojamientos, pequeño comercio, transporte, etc.) porque no suelen ser habituales de los conciertos, las óperas o las galas con entrada gratuita…

Recuperando patrimonio musical

1 comentario

Jueves 8 de octubre, 21:00 horas. Catedral de León, XII Ciclo Música históricas: “La sonata en el siglo XVIII español“. Solistas de la Orquesta Barroca de Sevilla: Alexis Aguado (violín), Guillermo Peñalver (flauta), Mercedes Ruiz (chelo), Alejandro Casal (clave), Ventura Rico (contrabajo). Obras de los Hermanos Pla (Joan Baptista Pla y José Pla), Francisco Manalt, L. Boccherini y Manuel Cavazza. Coproducción FIOCLE y CNDMEntrada gratuita.

Dentro del Festival Internacional de Órgano Catedral de León (FIOCLE) llegaba este concierto recuperando música de cámara que sonaba en aquellos años de transición de estilos, barroco, galante, preclasicismo, con un quinteto de solistas de la Orquesta Barroca de Sevilla, muchos de ellos conocidos y habituales en otras formaciones, que jugaron en número según las obras, trío, cuarteto y quinteto colocados en el crucero de la Pulchra Leonina cuya reverberación ayudó a una sonoridad íntima, jugando con el color y la tímbrica de unas composiciones recuperadas sonando actuales desde una interpretación clara, precisa, conjuntada y escrupulosa.

Los hermanos Plá, Joan Baptista (ca. 1720-1773) y José (1728-1762), una saga de excelentes instrumentistas de viento afincados en Vic y/o Balaguer, y compositores muy apreciados la Europa de mediados del XVIII, abrieron y cerraron programa con dos Triosonata, la segunda y la sexta de las “6 Sonatas para dos flautas alemanas, violines u oboes bajo para clavicordio o cello” (Londres, 1754), de receta puramente barroca en cuanto a tres movimientos bien contrastados disfrutando de la formación completa de este quinteto, música muy trabajada con peso en el violín y la flauta (Rampal amaba estas música y Peñalver con el traverso superó el nivel del virtuoso francés) en perfecto diálogo y protagonismo bien apoyados por el continuo de chelo a menudo doblado por contrabajo y un clave discreto pero necesario enriqueciendo la paleta tímbrica. El Allegro de la segunda fue bisado al finalizar el concierto y el Largetto de la cuarta ejecutado sin el contrabajo buscando más intimismo y calidez sin el refuerzo grave de los demás movimientos. Sonatas desde el entendimiento de este quinteto que las lleva consigo casi como seña de identidad.

Francisco Manalt (ca. 1710-1759), violinista y compositor de la corte de Fernando VI desde 1735, nos ha dejado su Obra armónica en seis sonatas de cámara de violín y bajo solo (Madrid, 1757) de la que pudimos disfrutar la Sonata en re menor para violín y continuo, un cuarteto prescindiendo de la flauta para lucimiento de todos, Largo andante en trío sin contrabajo que se une en los dos siguientes movimientos, Allegro vivo realmente reluciente además de virtuoso y el Andante Affetuoso de redondez sonora, ensamblados y perfecto entendimiento entre la cuerda frotada y un clave siempre en su sitio, impecable de presencia.

Boccherini centró el concierto con su Sonata en do mayor para violonchelo y continuo, G. 6 (1768) para lucimiento muy especial de Mercedes Ruiz más Alejandro Casal y Ventura Rico (cofundador de la OBS que comentó tras la primera obra la labor de recuperación de esta música sin la cual nuestra historia dejaría páginas en blanco), ese cello que el italiano afincado en Madrid tanto amó y para el que escribió obras clásicas en el repertorio de los grandes instrumentistas, tres movimientos de estructura barroca pero sonido clásico con la firma inimitable de un compositor que siempre ha estado presente en nuestras programaciones gracias en parte a intérpretes como los hermanos Moreno (José Miguel y Emilio Moreno) o Josetxu Obregón por citar dos referentes que siguen trabajando en el repertorio de Boccherini. La cellista cordobesa logró momentos mágicos especialmente en el Largo central y demostró el virtuosismo exigido en los Allegro extremos siempre al servicio de la música, con sus dos excelentes compañeros en un trío maravilloso.

El menos conocido Manuel Cavazza (?-1790), más famoso como oboísta que flautista, aunque debían tocar ambos en la Capilla Real con Felipe V, de ingenio compositivo y conocedor de los instrumentos de viento, también sirvió de lucimiento de Guillermo Peñalver cual “violín de viento” acompañado Mercedes y Alejandro en la Sonata de flauta travesera sola y baxo para la oposición del año 1777, tres movimientos exigentes y contrapuestos donde las propias indicaciones de los tiempos sirven para entender el planteamiento, Allegro con gusto y comodidad de agilidades y registros variados, el Largo cantado con el acompañamiento delicado y un tercer movimiento jugando con los recursos interpretativos: Allegro Regular. Allegro a media voz y gusto. Allegro como antes. Allegro como antes y a media voz. Allegro como antes. Dificultades y exigencias desde una musicalidad demostrada siempre que escucho al flautista sevillano, derrochando talento y facultades, esta vez como solista y protagonista.

Buen concierto en programa y estructura que nos permitió corroborar el nivel de nuestros músicos, exportando una música barroca, frecuentemente sacada a la luz por ellos mismos, que actualmente compite en igualdad de condiciones con formaciones de Pirineos arriba. Y además gente joven que atrae a público de su generación (también de la mía y posteriores) allá donde van. León lo tengo cerca y sigue el festival catedralicio como todos los meses de octubre.

Una Clementina para siempre

1 comentario

Sábado 16 de mayo, 19:00 horas. Teatro de La Zarzuela: “Clementina“, zarzuela en dos actos de Ramón de la Cruz y música de Luigi Boccherini. Director musical: Andrea Marcon. Director de Escena: Mario Gas.  Entrada butaca: 42 €.

Reparto:
Carmen Romeu (Doña Clementina), Vanessa Goikoetxea (Doña Narcisa), Carol García (Doña Damiana), Beatriz Díaz (Cristeta), Juan Antonio Sanabria (Don Urbano), Toni Marsol (Don Lázaro), Xavier Capdet (Marqués de La Ballesta), Manuel Galiana (Don Clemente).

Última de las seis representaciones de esta joya del neoclasicismo escénico español como es “La Clementina” de Boccherini, su única “ópera de salón” que se estrenaba ahora en el Teatro de la Zarzuela tras su paso por el Teatro Español en 2009 también firmada por el regista Mario Gas, producción que ahora regresaba en todo su esplendor vocal e instrumental.

Pocas referencias para un melómano de provincias, una grabación de 1954 pero siempre siguiendo prensa en papel y especialmente electrónica cómo iba dándose este esperado estreno en la línea marcada por Paolo Pinamonti de recuperar nuestro patrimonio, leyendo columnas y comentarios de las anteriores funciones que mejor que uno centraban autor, libretista, época o estilos, además de las correspondientes críticas. Tras escuchar el jueves 14 la retransmisión en directo por Radio Clásica, no siempre fidedigna por la ubicación de los micrófonos pese al esfuerzo de los técnicos de sonido, pero válida para hacernos una visión global, asistía el pasado sábado al siempre irrepetible directo con un retraso anunciado por megafonía a causa del extravío de unas partituras que felizmente aparecieron. Supongo que esto solo pasa en España, pero seguimos siendo diferentes.

Larga obertura a cargo de una ORCAM presentando una partitura con reminiscencias barrocas pero plenamente neoclásica y más ópera bufa que zarzuela de salón, con sus partes habladas bien trabajadas sin las que la acción dramática no sería igual, tanto en el reparto vocal como en el actoral, y sin ataduras historicistas en cuanto a afinaciones (la actual con todo lo que supone para el canto y presencia instrumental) o puesta en escena de la época, elegante, con dos ambientes en uno bien diferenciados, vestuario sabiamente buscado e iluminación adecuada.

Maravillosa elección de las voces por parte del músico de Lucca afincado en Madrid para un libro de Ramón de la Cruz que respira lirismo en su totalidad sin olvidar el carácter cómico de enredos amorosos con cierta crítica: cuatro personajes femeninos con dos sopranos (para las hermanas) y dos mezzos (el aya y una ossia soprano para la criada), y cuatro masculinos de los que dos son cantantes, barítono el maestro de música, y tenor el amante secreto, más dos actores para el fanfarrón marqués y el padre de las chicas. Partitura agradecida en general para voces y orquesta, arias, dúos, tercetos y concertantes fáciles de seguir, melodías incluso pegadizas, sin olvidar la dificultad del texto hablado que en el primer acto ocupa más que la propia música, bien resuelta por todo el reparto y con una puesta en escena muy lograda en un decorado palaciego supongo similar al de la mecenas que encargó esta obra, Doña Faustina Téllez-Girón, condesa-duquesa viuda de Benavente.

Encontrar un elenco español para esta joya resultó igualmente todo un acierto, buscando contrastes en todo desde un respeto a esta edición crítica de Miguel Ángel Marín (en 2013): cantantes jóvenes de largo recorrido lírico que engrandecen un género como la zarzuela, del que Boccherini estoy convencido hubiese aportado su visión italiana de nuestra idiosincrasia, sumando la veteranía actoral adaptada a los propios personajes más una orquesta maleable que bajo la batuta de un especialista como Andrea Marcon elevan a joya este título recuperado para siempre y exportable sin ninguna duda a cualquier coliseo mundial.

Carmen Romeu aunque protagonista comparte y contrasta con Vanessa Goikoetxea sus presencias y caracteres opuestos de dos hermanas, vocalmente también, sobria la valenciana y extrovertida la duranguesa (aunque nacida en Palm Beach), ambas de bello sonido y empaste donde la partitura marca perfectamente la línea interpretativa a seguir, puede que un vibrato no siempre expresivo por parte de Romeu en el aria ¡Ay de mí1, Corazón mío y mejor Incauta mariposa, del primer acto o la copla ¡Almas que amor sujetó! en el inicio del segundo, frente a la más pura Goikoetxea en emisión (bella en Del tiempo los rigores e incluso en la “rabieta” Cruel, injusta, ingrata, y sin problemas tampoco en las partes habladas, con un hermoso dúo Duda si vive.

Beatriz Díaz recrea a la criada simpática que llena la escena no ya actoralmente, increíble la dicción y movimientos sobre las tablas, sino vocalmente, excelente Con una buena cara en el primer acto y aún mejor Quien libre ha vivido del segundo. Su registro grave ha ganado presencia sin perder color junto a unos agudos matizados en cada detalle además de sobrada en tesitura, una soprano idónea para esta Cristeta asturiana contrapuesta a la Doña Damiana de Carol García, genialmente caracterizada, equilibrio de caracteres vocales (hermosa aria Vos sois su padre) y dándole la catalana el acento andaluz a esta institutriz o aya seria y hasta odiada por “exigencias del guión” con el color idóneo, caso del dúo con Clementina Blanca paloma.

Estas cuatro voces femeninas marcarán un catálogo de sensaciones vocales según se emparejan, destacando el arranque de la primera escena Huid corazones extrovertido con la asturiana y la vasca en perfecto dúo al que se suma Don Lázaro para completar terceto, frente al introvertido Blanca paloma de Romeu con García en la escena quinta, por citar dos ejemplos.

El Lázaro del catalán Toni Marsol resultó un auténtico caramelo para el barítono por la amplia paleta vocal y sentimental que tiene, arias casi italianas de estilo bufo (Soy puntual y comedido) frente a las más cantables como Sabrá por mis lecciones, con dúos y concertantes dignos de cualquier ópera contemporánea a Boccherini, sumándole solvencia a las partes habladas para crear este personaje que resulta el auténtico triunfante amoroso en el enredo. La partitura para Don Urbano requiere un tenor muy ligero casi “belcantista” por no decir mozartiano, incluso un “tenore di grazia“, pues tiene la parte más dura de toda la obra, así que el canario Juan Antonio Sanabria hubo de “bailar con la más fea” no ya por un personaje enamorado de la que resultará su hermana sino por unas agilidades diríamos casi barrocas al final de la obra en el aria Hablándome al oído que el sábado resultaron mejor que el jueves, convencido que las dificultades puestas por el compositor italiano estaban al servicio del tenor que la estrenó, costumbre por otra parte habitual de escribir las arias a medida del reparto con el que se contaba. El resto, como su aria El amante que se queja o el dúo con Clementina No imploro tus piedades / Tú sola fuiste, lo solventó el tenor canario (algo tiene esa tierra) con gusto y musicalidad. Pese a lo comentado, bien esta pareja masculina que igualmente dejó impronta en sus personajes y completaron un sexteto vocal (Rondó a seis Para que los placeres) bien diseñado e interpretado, decantado hacia las féminas por calidad y cantidad.

Los dos vejestorios, cariñosamente y con toda mi admiración, los bordaron dos actores, catalán y madrileño para seguir contraponiendo, cuyas voces tenemos en nuestra memoria, personajes enfrentados antes amigos perfectamente interiorizados y bien delineados por otro hombre de teatro como Mario Gas, respeto por la acción y el respeto a la retórica de un Capdet histriónico y contagioso para un papel de fanfarrón al que hoy casi tildaríamos de casposo, junto a Manuel Galiana, señor de la escena, verbo claro y bien dicho, realismo conjugado con el humor irónico y el drama contenido, complemento indispensable de la música, contrastes continuos de ordinariez frente a elegancia con el sabor de un entremés pasado a “dramma giocoso” de estilo ilustrado.

La ORCAM de calidad y sonoridad deliciosa en cada sección, una cuerda presente y compacta, con leve desafinación en algún pasaje (el aire acondicionado no es amigo de los instrumentos), madera solvente y trompas presentes con el volumen adecuado, formación titular llevada por Andrea Marcon con el tempo preciso, mimando las voces y atento a un colorido propio a nivel de conjunto que remarcó una “Clementina” agradecida y muy aplaudida por un coliseo lleno en plenas fiestas madrileñas.

Los sobretítulos incluyeron traducción al inglés en las partes cantadas y todas las habladas, siempre con la dificultad de pasar al idioma de Shakespeare la riqueza del cervantino, un acierto del Teatro de la Zarzuela para un público cada vez más internacional, sumándose también a la campaña del Festival “Yo voy al teatro” para personas con discapacidad auditiva y visual y personas mayores, teniendo de vecinos de localidad a una invidente acompañada de su perra guía Shiva que disfrutaron tanto o más que el resto. ¡Viva la zarzuela! este sábado con sesión matutina incluida.

Círculo virtuoso

Deja un comentario

Martes 24 de febrero, 20:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Orquesta de Cámara “Virtuosos de Moscú”, Vladímir Spivakov (violín y dirección). Obras de Vivaldi, Rossini, Boccherini, Shostakovich y Piazzolla.

Como si de un tango ampliado a “veinte (más cinco) años no son nada”, aún recordamos aquel concierto de los Virtuosos de Moscú con Spivakov, con la posterior oferta asturiana de crear una escuela de élite donde ellos fueran parte fundamental de la plantilla, idea que no fructificó por distintas causas, algunas miopías que hoy ya son ceguera, promesas incumplidas y un tren que sólo pasa una vez. Al menos nos consolamos porque una parte de ellos se fue incorporando a la vida musical asturiana y desde Oviedo seguían con Spivakov dando conciertos por todo el mundo de 1990 a 1999. Unos se quedaron, forman y son parte de nuestra propia historia, trabajan aquí, tienen incluso nietos asturianos, y hasta nos dejaron en esta Asturias. Todos, incluyendo a Spivy, siguen agradecidos a esta tierra, como dijo el propio maestro en las propinas, pero el agradecimiento debe ser nuestro, SIEMPRE.

Encargarme de las notas al programa no es sino una mínima muestra de gratitud hacia una formación histórica que volvía a casa renovada, nuevamente virtuosos, jóvenes, con Sergey Bezrodny y Grigiry Kovalevsky aún entre los originales, igualmente perfectos, al servicio de la música, y rodeados de muchos compatriotas tan asturianos como el que más que no quisieron faltar a esta cita entre amigos, como cerrando el círculo. Alguna bandera de Ucrania a la puerta como protesta al conflicto por la tierra, por las ideas, por los desencuentros… el mundo siempre en guerra, pero nada empañó la fiesta musical de este último martes de febrero que continuará en esta gira donde Oviedo y Asturias tenía que estar por bien nacidos.

El periódico La Nueva España recordaba parte de esta historia incompleta pero las músicas elegidas por los artistas rusos fueron las encargadas de poner punto y final a un idilio recordado como los amores adolescentes que mantenemos vivos en el tiempo.

Comenzarían en Italia pasando por Rusia y terminarían en Argentina, nuevo cierre del círculo que yo quise llamar “Un virtuoso viaje musical”.

El Concierto para violín en mi menor, RV 273 (Vivaldi) nos permitía recordar al virtuoso Spivakov con el violín y dirigiendo su orquesta de cámara, tres movimientos sin apenas espera entre ellos con el acompañamiento molesto de una tos persistente y femenina que no logró descentrar a los rusos. Maravilloso como siempre el sonido no ya del solista sino de una formación de cuerda y clave capaz de asombrar por sus dinámicas y limpieza, auténtico derroche barroco en el Allegro molto, el terciopelo del Largo que Spivakov regaló en cada nota, y el Allegro cerrando con todos los componentes que han hecho del “cura pelirrojo” un auténtico creador de la forma por excelencia.

La adolescente Sonata nº 3 en do mayor (Rossini) ya apuntaba formas para estar compuesta con sólo 12 años, aunque el arreglo para la orquesta rusa la engrandece todavía más. El Allegro parece un adelanto de algunas oberturas operísticas, el Andante como si de posibles arias fuera a reutilizar, y el Moderato un auténtico concertante, sabor clásico con recuerdos barrocos siempre en el subconsciente de un fenómeno de la melodía que renegaría de este “juguete” hoy de museo vivo en cuanto a música se refiere, y que en manos del contrabajo “más virtuoso” pareció sacar del baúl estas reliquias de crío.

Más completa resulta la Sinfonía op. 12 nº 4 en re menor “La casa del diavolo” (Boccherini), incorporándose cuatro vientos a dos (trompas y oboes) para seguir asombrando con la sonoridad de una orquesta de cámara capaz de pasajes vertiginosos claros y potentes, como en el Allegro sostenuto-Allegro assai, de jugar con ataques y contrastes en el Andantino con moto y rematar la faena con un Andante sotenuto – Allegro con moto tan plenos que el italiano afincado en la corte madrileña sonó realmente grande, de nuevo con un Spivakov que no da respiro a sus músicos, atentos a todos los detalles y auténtico grupo que suena cada sección como uno.

Abandonamos Italia en la segunda parte para un viaje profundo a la Rusia que corre por las venas de esta formación renovada que continúa fielmente las características originales, un Shostakovich como sólo ellos son capaces de interpretar, primero el Preludio y Scherzo op. 48, el proyecto fin de carrera de un joven Dmitri que no sólo apuntaba maneras sino que revolucionaría la escritura camerística y sinfónica desde el primer momento, aunque las revoluciones musicales y pacíficas no parecían encajar en las políticas. Pero el lenguaje no se pierde aunque te obliguen a callar, siempre queda la escritura para la posteridad y los intérpretes que transmiten lo que otros ocultaron. La Elegía y Polka pusieron tristeza y después ironía como arma crítica, la angustia y el humor como denuncia con una música brillante, potente en los arcos virtuosos, muestrario de recursos sonoros con unos pizzicatti redondos y presentes unidos a fraseos impensables.

De Las Cuatro estaciones porteñas (Piazzolla) no sólo hay mucho que escribir antes sino también después, puesto que no fue Spivakov quien las interpretó sino cuatro atriles jóvenes tutelados desde el podio y arropados por el resto de virtuosos en unos arreglos de Alexey Strelnikov realmente impactantes, por momentos trampantojo sonoro de bandoneón imposible y pasando del Invierno porteño de un “jazzero” en los segundos Denis Shulgin al Verano académico de Lev Iomdin, otro talento salido de los primeros violines, de la Primavera inquietante de su compañero Georgy Tsay (el de rasgos achinados) hasta el Otoño maduro desde lo juvenil de Evgeny Stembolskly sin perder unidad pero aportando cada uno su personal sonoridad solista bien guiados por el maestro y director maravillando en cada gesto, como llevándoles de la mano a todos.

La propina correría a cargo del propio Spivakov al violín para continuar con Piazzolla y su Café 1930, de “La historia del tango”, ritmo del barrio de Bocca asimilado sin acento ruso a categoría virtuosa concluyendo la lección magistral a sus aventajados alumnos, sonidos y sentido de virtuoso capaz de hacer clásico univeresal al argentino.

La música rumana sería la segunda propina con unas danzas increíbles ¿de Bartok? también con los el viento haciendo más orquestal unas melodías populares, en velocidades de vértigo, acelerandos, glissandos y notas siempre precisas, círculo virtuoso que devuelve el folklore a la categoría de sinfónico, y las gracias antes de un asombroso arreglo del Libertango porque el viaje y el círculo tenía que cerrarse con Piazzolla, con todo el auditorio en pie en un homenaje a unos virtuosos que se saben queridos en Asturias.

Un virtuoso viaje musical

2 comentarios

Todo un viaje en el tiempo nos trae el concierto de Spivakov con “Los Virtuosos de Moscú”, recordando que hace 25 años decidieron venirse a nuestra tierra asturiana para hacerla el centro de operaciones y las maletas cargadas de proyectos, algunas promesas incumplidas y avatares dignos de recordar en otro momento, pero con una semilla bien plantada que ha dado sus frutos docentes en otros músicos, muchísimos estudiantes y centenares de aficionados, siendo Asturias tierra privilegiada de haberlos tenido entre nosotros, volviendo a esta su segunda casa cuando su agenda lo permite. Tomemos pues esta velada de febrero como una nueva lección de música de cámara desde el barroco hasta el siglo XX, con unos maestros universalmente reconocidos que harán las delicias de todos por la variedad y magnífica elección de autores y obras que paso a comentar.

Antonio Vivaldi (1678-1741): Concierto en mi menor para violín, arco y cémbalo, RV 273: Allegro non molto / Largo / Allegro
Popularmente conocido como “Il Prete Rosso” (El cura pelirrojo), veneciano de nacimiento, violinista como su padre en la orquesta de San Marcos, ordenado sacerdote, maestro de violín en el Hospital de la Piedad para muchachas pobres, huérfanas o abandonadas, empresario de éxito, protegido de Luis XV o del emperador Carlos VI, Vivaldi fue un viajero impenitente con tiempo suficiente para componer una ingente obra vocal (tanto sacra como profana) e instrumental repartida en tres géneros principales, de los cuales sólo los dos últimos pertenecen a la llamada “música para orquesta”: sonatas (alrededor de 90), sinfonías (14) y conciertos (478) entre los que están en lugar especial los escritos para solista, por ser pionero, siendo algunas de sus obras transcritas por el mismísimo Bach. Visitará Mantua (1718), Roma (1723), probablemente Alemania (1724), Bohemia (1729-30) y Ámsterdam (1738) antes de abandonar Venecia en el otoño de 1740 para instalarse en Viena, verdadera capital mundial de la música. Vivaldi ya había visitado la capital austriaca en 1729, puede que invitado por Carlos VI a quien dedica sus doce conciertos“La Cetra”, representándose con éxito varias óperas suyas mientras esperaba un empleo en la corte, pero la muerte del emperador y el luto que impedía representar óperas hasta pasados los carnavales del año siguiente, trastocaron los planes de Don Antonio.
Enfermo en la casa de huéspedes que regentaba la viuda de un guarnicionero apellidado Waller (en el actual Hotel Sacher, famoso por su tarta de chocolate así como por los cantantes de la cercana Staatsoper), moriría en la miseria el 28 de julio de 1741, siendo sepultado al día siguiente tras un entierro como el que se dispensaba a cualquier indigente de aquella Viena, sin ninguna dignidad en una sencilla tumba del cementerio propiedad de un hospital público, cerca de la Karlskirche, el actual Instituto Técnico. Días después sí se celebraría un funeral por su memoria en la catedral de San Esteban pero sin que en él sonara música alguna, aunque la leyenda cuenta que entre los niños cantores participantes en su oficio estaba un Haydn de nueve años. Triste final para alguien que había llegado a ganar la increíble cifra de 50.000 ducados anuales.
De las doce colecciones auténticas con número de opus aparecidas en vida de Vivaldi, la mayoría son conciertos para violín. La actual clasificación de su obra se debe al musicólogo danés Peter Ryom (RV de Ryom Verzeichnis), destinado a remplazar los del franco-argelino Marc Pincherle, uno de los grandes biógrafos de Vivaldi, y del italiano Antonio Fanna, fundador del “Instituto Italiano Antonio Vivaldi” (y creador de uno de los primeros catálogos de la obra del veneciano para las famosas ediciones de la Casa Ricordi), sin tener en cuenta obras reconocidas como apócrifas, ni para las sinfonías, las no preservadas independientemente de las partituras vocales a las que habían estado unidas originalmente. En la actualidad hay todo un resurgir de obras suyas, las de siempre con otras menos habituales, incluso inéditas, que están ampliando la integral grabada, puede que por esa cercanía que le hace atemporal y capaz de resistir modas pasajeras, aunque no sea oro todo lo que reluce. Alrededor de 639 obras instrumentales de Vivaldi, solamente 118 fueron publicadas, en parte porque podía hacer más dinero vendiendo los manuscritos individuales a clientes ricos.
Un mes antes de su muerte, Vivaldi firma un recibo con el que cierra la venta de “tanta musica” al secretario del conde Antonio Vinciguerra di Collalto, un melómano acaparador de partituras, por la suma de doce ducados húngaros, la cuarta parte de su precio en Venecia. No hay documento que concrete la cantidad de obras incluidas en la colección, conservada en la ciudad checa de Brno, aunque sí sabemos que figuraban al menos quince conciertos de violín y una sinfonía. Una grabación reciente titulada «Los conciertos del adiós» incluye este en mi menor, de estilo más maduro que tardío, en la línea de los de Tartini o Locatelli, y de una belleza sublime relacionada precisamente con la cercanía de la muerte como último viaje.
El Concierto en mi menor para violín, cuerda y cémbalo, RV 273 proviene de un conjunto de manuscritos con doce conciertos creados para un mecenas francés en la década de 1720. Tiene la estructura habitual de tres tiempos contrastados rápido-lento-rápido, con una apertura a unísono más efectos de eco, y un final enérgico a paso ligero, una ensoñación central con el continuo bien ensamblado, armonizado y un final extrañamente vacilante. Las intervenciones siempre virtuosísticas del violín solista conforman lo que hoy llamaríamos coloquialmente “barroco de libro” que todos reconocemos en cuanto lo escuchamos, sumando el sello Vivaldi para unas melodías únicas, más allá de las decoraciones que le aplique, concierto donde las emociones se transmiten en los matices, los claroscuros de intensidades extremas, el apoyo del continuo pleno más que mero relleno, una sólida estructura sobre la que sobrevuela vertiginosamente el violín. Este concierto en mi menor, una de las tonalidades preferidas por el veneciano por expresividad y “stilo cantabile” (sin entrar a valorar lo que esta elección de modo y tonalidad supone, por otra parte plenamente asentada gracias a Bach) para unos instrumentos totalmente desarrollados capaces de conseguir lo que el compositor les exija, comparte estructura con los más conocidos de Vivaldi, puede que cercano aún el espíritu religioso y siendo más que válido un continuo con órgano en vez del habitual clave.
Gioacchino Rossini (1792-1868): Sonata nº 3 en do mayor: Allegro / Andante / Moderato
Nacido un 29 de febrero en una familia de músicos y siendo su padre, además de inspector de mataderos, un profesional de la trompa (me refiero al instrumento musical), es creíble que Rossini ya diera la tabarra , como todo niño, haciendo los deberes con su trompetita, pero lo cierto es que no recibió en su infancia una formación musical tan intensiva como Mozart, y que todo lo que tocaba a los seis años en la banda de su padre era el triángulo. Fue el pianista y compositor Alfredo Casella quien encontró en la Librería del Congreso de Washington, tras la Segunda Guerra Mundial, un manuscrito con la inscripción: «Las partituras de estas terribles sonatas, compuestas por mí durante las vacaciones, en la casa (cerca de Rávena) de mi amigo Agostino Triossi cuando era muy pequeño, ni siquiera habiendo tenido una clase de contrapunto, fueron compuestas, copiadas y tocadas durante tres días por Triossi, contrabajo, Morini -su primo-, primer violín, su hermano pequeño, al violonchelo, y yo mismo como segundo violín, quien era, para decir la verdad, el último mono». Por esto no todos se creen que Rossini se estrenase como autor a los doce años, componiendo en solo tres días estas «Sei sonate a quattro» (1804), unos deliciosos cuartetos en tres movimientos clásicos que pasado el tiempo y en plena vejez consideró horrendos, diríamos casi “pecados de juventud” que tienen la peculiaridad de no haber sido escritos para un cuarteto habitual sino para una formación en la que entra el contrabajo a expensas de la viola, tal vez por la fama del virtuoso Draggonetti en el instrumento más grave del cuarteto de cuerda, como un Paganini del contrabajo.
Parece que las melodías de Rossini fluyan como arias y no necesitase demasiado esfuerzo para producir estas maravillas donde nunca falta el humor o la leve sonrisa, con elementos compositivos que proporcionan la clave para que ese algo mínimo florezca y se convierta en un trabajo magnífico, independientemente de su osadía juvenil. Estas sonatas son extremadamente populares tanto sobre el escenario como en el estudio de grabación, interpretándose casi siempre en versión para orquesta de cuerdas que es la que disfrutaremos con Los Virtuosos de Moscú. La alegría será contagiosa, puedo asegurarlo.
Luigi Boccherini (1743-1805): Sinfonía en re menor, G 506, op. 12 nº 4 «La casa del diavolo»: Allegro sostenuto-Allegro assai / Andantino con moto / Andante sostenuto-Allegro con moto (Chaconne)
Con Carlos III en el trono, poco aficionado a la música, más las polémicas generadas con algunas medidas tomadas por sus gobernantes, van a significar un nuevo relanzamiento de los géneros nacionales, hasta el punto de queBoccherini, madrileño desde 1769, viviendo casi en el centro de la corte madrileña -en el magnífico palacio de Boadilla del Monte-, se sintió tentado por la zarzuela (en breve se repondrá “La Clementina” con libreto de Ramón de la Cruz para la Duquesa de Benavente, en cuyo teatro particular se estrenaría en 1786). Pero será en el campo de la música instrumental donde realmente destacó, y así en 1771 completará un conjunto de seis partituras que conforman su opus 12, un nuevo tipo de composiciones que denominó Concerti a grande orchestra (Conciertos para gran orquesta) hoy considerados simplemente sinfonías.
La número cuatro, titulada La casa del diavolo, es una vistosa partitura en tres movimientos que curiosamente carece de minueto y que debe su título a la referencia musical y escrita que presentan los tres movimientos, de forma más evidente el primero y el último, al Don Juan de Gluck (1714-1787). El propio Boccherini añadió en la partitura la siguiente frase en francés: «Chacona que representa el Infierno, que ha sido hecha imitando la del Sr. Gluck en su Don Juan o el Banquete de Piedra».
La casa del diablo es una sinfonía de carácter básicamente teatral, rezumando lirismo no exento de violentos contrastes aunque olvide pronto la obsesiva repetición del motivo de chacona que cierra esta obra, llena de contraposiciones entre los tiempos lentos introductorios a la manera de Haydn, con quien comparte características obvias ante la devoción que el italiano sentía por el austríaco, y los allegros que deben ser marcados sutilmente y diferenciados perfectamente en sus tonos de gravedad y jovialidad o vehemencia respectivos.
La música del españolizado Boccherini conlleva gran dificultad para alcanzar el equilibrio entre estilo, carácter e interpretación, pero siempre está bien construida y garantizando su disfrute, música galante, refinada para la aristocracia del momento, con señas de identidad exprimidas al máximo para respetar época y circunstancias, algo que Los Virtuosos dominan como nadie.
Dmitri Shostakovich (1906-1975): Dos piezas para doble cuarteto de cuerdas: Preludio y Scherzo op. 11 (incorrectamente publicadas como op. 1 nº 1)
La obra camerística de Shostakovich, durante tanto tiempo preferida a sus sinfonías “de actualidad”, se revela como lo esencial de su herencia espiritual. Exige un realismo sonoro así como una potencia anímica poco común en los países latinos, lo que todavía limita su penetración en Occidente pese a encontrarnos en el siglo XXI. Su autenticidad, tanto humana como escénica, le permite, no obstante, formar parte del repertorio de los grandes conjuntos internacionales, y Los Virtuosos de Moscú lo son en todos los sentidos.
Dedicadas a la memoria de Kurchakov, en 1925, este Preludio y Scherzo constituyen un homenaje a Bach, un rasgo sarcástico típico del compositor ruso y premonitorio de la polka de “La edad de oro”, así como de los salvajes scherzos de sus dos primeras sinfonías. El padre de Shostakovich murió en 1922 mientras el joven compositor todavía estudiaba en el Conservatorio de Leningrado, por lo que necesitaba financiar sus estudios y se buscó un trabajo de pianista en una sala de cine: «El pequeño teatro era viejo, con corrientes de aire y maloliente. Tres veces al día una nueva multitud abarrotaba la pequeña casa; llevaban la nieve con ellos en sus zapatos y abrigos. El calor de los cuerpos empapados en sus ropas húmedas sumado a la calidez de dos pequeñas estufas, dejó mal olor y un sofocante calor hasta el final de la actuación. Entonces las puertas se abrieron para dejar salir a la multitud y poder ventilar la sala antes del próximo show, y corrientes de aire frío y húmedo se extendieron por la casa. Abajo, en el frente, debajo de la pantalla, se sentó Dmitri, su espalda empapada de sudor, sus ojos miopes en sus gafas de pasta mirando hacia arriba para seguir la historia, sus dedos golpeando lejos en el estridente piano vertical. De madrugada caminaba de vuelta a casa con un abrigo de verano delgado, sin guantes cálidos o chanclos, y llegó exhausto casi al amanecer» como lo describió Victor Seroff, biógrafo de Shostakovich.
El compositor estrenará este Preludio y Scherzo en el Círculo de Música Nueva de Leningrado, pero los nuevos trabajos fueron ferozmente atacados por el influyente historiador de la música y compositor Boris Asayev.Dimitri se sintió intimidado por este ataque inesperado y retuvo las Dos Piezas para Octeto de Cuerdas, op. 11 hasta después de lograr un impresionante éxito con su primera sinfonía de 1926, pieza de graduación del compositor en el Conservatorio de Leningrado (todavía considerada como una obra de asombrosa inventiva). Cuando ambas piezas fueron finalmente estrenadas en 1927, la respuesta del público fue entusiasta, dando lugar a frecuentes interpretaciones en los años siguientes, incluso en Occidente. En 1948, sintiendo plenamente el oprobio estalinista (bueno no del todo porque vivió para contarlo), el Preludio y Scherzo fueron condenados con especial celo como “indignos del pueblo ruso”.
El preludio fue pensado originalmente para emparejarse con una fuga en la que comenzó a trabajar, pero cambiaría de rumbo y optó por desarrollar la pieza dentro de una suite en cinco movimientos para octeto de cuerdas. Sólo más tarde, en julio de 1925, hizo que finalmente quedasen como Preludio y Scherzo. Aunque modesto en extensión, abarca una gama casi sinfónica de estados expresivos. El Preludio, un adagio sombrío inicial, en el centro del movimiento una sección animada con mucho “intercambio conversacional” de motivos entre los ejecutantes, y el Scherzo, uno de las más decididamente modernistas creaciones de Shostakovich, reflejando el período de vanguardismo que floreció brevemente en el arte soviético antes de que Stalin llegase al poder en 1927. La compisición es atrevida y temeraria, rebosante de disonancias, despreocupada y con energía juvenil. La escritura es disonante pero los ritmos “de propulsión” que caracterizarán al compositor ruso, ayudan al oído a sentir de inmediato el fluir de la música.
Poco después de haber completado el ScherzoShostakovich lo describió como “lo mejor que he escrito.” Aunque originalmente compuesto para un octeto de cuerdas, la pieza se ejecuta frecuentemente, como esta noche, con orquesta de cuerda.
D. ShostakovichElegía y Polka  para cuarteto de cuerda, op. 36 (Dos piezas para cuarteto de cuerda)
Dos obras cortas basadas en historias familiares, incluso contradictorias, se publicaron póstumamente en 1983. Los manuscritos fueron descubiertos en Moscú en 1980 y no llevan número de opus. Indican como fecha de composición 1931 -siete años antes de su admirable serie de quince Cuartetos– y están dedicados al Cuarteto Vuillaume, siendo anteriores al primer cuarteto; se basa libremente en las transcripciones de sus ideas musicales para las primeras partituras de teatro y ballet. Este trabajo podemos tomarlo como un microcosmos del estilo musical de Shostakovich.
La Elegía es un adagio que revive el aria de Katerina al final del acto primero de “Lady Macbeth de Mtsensk” (estrenada en 1934). Armonía desnuda y desprovista de su aspecto burlón, emocionalmente agotadora, escritura llena de la angustia que impregna muchas de las composiciones posteriores, volcando en la música los horrores de la Segunda Guerra Mundial y el sufrimiento del pueblo ruso, una canción que parece anunciar el romanticismo delsegundo cuarteto desde esa intimidad lírica con la característica constante de la propia personalidad del autor, capaz de sorprendernos siempre, como ocurre, por la audacia del enfoque, con la Polka, un extraño y circense “Allegretto” matriz del ballet “La edad de oro” (1930) que casi parece la banda sonora de una película de Fellini, donde ese ritmo alegre e irreverente hace bailar “el ángel de la paz”, con bosquejos sarcásticos y brillantes, la parodia del rayo o el juego constante con cambios entre pizzicato y arco dando lugar a una de esas obras donde la música nos evoca el dolor de vientre tras reírnos en exceso.
Astor Piazzolla (1921-1992): Las Cuatro Estaciones Porteñas ó Las Cuatro Estaciones de Buenos Aires: Invierno / Verano / Primavera / Otoño
Las Cuatro Estaciones Porteñas fueron concebidas como composiciones separadas más que formando parte de una suite, aunque el mismo Piazzolla las interpretó juntas en varias ocasiones, no buscando describir estrictamente cambios climáticos y mutaciones de la naturaleza sino más bien una serie de cuatro estados de ánimo del autor que se enfrenta a su propia percepción de la gran urbe: al latir de su ciudad, del corazón porteño utilizando el tango y emergiendo la parte bohemia de Buenos Aires, el llamado “tango nuevo”, la expresión del alma porteña. Pasa de una furiosa excitación, con partes de carácter virtuoso, a momentos de terrible quietud y calma, música descriptiva pero en un sentido muy laxo del término. Cuando Astor escribe sus cuatro estaciones porteñas lo hace de manera muy distinta aunque inspirándose en Vivaldi, como pueda ser la estructura rápido-lento-rápido, el concepto o el virtuosismo. En las estaciones existe una alternancia entre solos y “tutti” como en las composiciones clásicas, pero a partir de ahí no respetan un criterio estrictamente formal.
El orden de composición no sigue el cronológico ni el climatológico aunque sí está cercano al argentino, con cursos escolares de marzo a diciembre seguidos de las vacaciones de verano navideñas. Piazzolla alcanza su identidad estética y la consagración de un estilo por la forma de amalgamar un pulso rítmico decididamente “de tango” con procedimientos armónicos y contrapuntísticos que aprendió en Europa de Nadia Boulanger entre otros, perfecta fusión entre la tradición musical clásica y la música popular argentina del gran Aníbal Troilo. El orden de ejecución de esta tarde será también distinto, buscado y seguramente muy meditado como intentaremos desvelar:
·      En el Invierno Porteñoescrito en 1970 al igual que la primavera, podemos percibir el frío y la soledad de lo cotidiano, el día y la noche donde el tango se hace calle Corrientes, melancolía interrumpida por fuertes impulsos rítmicos. Podremos apreciar que en varias partes el violín asume un registro más grave de lo habitual pues originalmente había sido compuesto para viola.
·      Verano Porteño, de 1965 y originalmente música incidental para la obra “Melenita de Oro” de Alberto Rodríguez Muñoz, es el estío como sinónimo de pasión y ocio, el calor que invade el cuerpo y el almanaque, la temperatura del amor sumada a la del cemento en las calles del Tigre, la necesaria siesta heredada de los “gallegos” y difícil de conciliar por esa humedad terrible, la lentitud de una ciudad que sólo parece respirar al caer el sol. Un tema se repite por toda la obra de manera insistente, sofocante, interrumpido por el solo del violín para finalizar la obra cuando notamos la lentitud rota por el acelerado final.
·      En la Primavera Porteña (también conocida como “Buenos Aires en Primavera” y escrita en 1970 como el Invierno) encontramos el primer amor, el despertar del cuerpo y la seducción, la merienda en esos parques de Recoleta con los enamorados sobre el césped enorme, la ciudad que revive tras el invierno, árboles centenarios recuperando el verde y las flores inundando de perfume toda la ciudad. Esta obra se desarrolla a partir de un tema fugado y los especialistas comentan que es la más equilibrada en la distribución rítmica y melódica de las cuatro.
·      El Otoño Porteño, compuesto en 1969, sirve para encontrarnos con la despedida hecha música, la levedad del ser, la fugacidad de la pasión hecha otoño, la ciudad que comienza a vestirse de ocres y abrigarse. En el original escuchamos uno de los solos más notables para la mano izquierda del bandoneón, puro “sabor Piazzola” donde cada nota parece querer buscar su propio peso luchando por independizarse de toda la frase musical antes que el violín se invente un nuevo momento de suspense antes del adiós.
Las Cuatro Estaciones Porteñas nunca fueron publicadas como tales hasta el “descubrimiento” de Guidon Kremer, otro violinista bien conocido en Oviedo, aunque fuese interpretado como ciclo al menos en cinco oportunidades por el propio Piazzolla y su “ensemble” usual integrado por violín ó viola, piano, guitarra eléctrica, contrabajo y bandoneón. A partir del original se han hecho al menos dos arreglos, siendo el de Kremer más conocido y preparado por el director de orquesta ruso Leonid Desyatnikov, cuyo “arreglo” orquestal incluye también algunos cambios estructurales, buscando que entre las cuatro piezas individuales del argentino y los cuatro concerti del veneciano existiese un vínculo más evidente mediante la conversión de cada una de las piezas en trozos de tres secciones, y “re-arreglos” para violín solista y orquesta de cuerdas. En cada pieza se incluyen varias citas de la escritura original de Vivaldi, pero debido a que los ciclos estacionales del hemisferio sur se invierten, el arreglo considera por ejemplo, que en el caso del Verano Porteño se desarrollen elementos agregados de L’inverno (invierno) del “cura pelirrojo”. Guidon grabó en un mismo CD estos dos ciclos estacionales desarrollando el concepto de que ambas composiciones son obras maestras con su propio lugar en la historia, y el ejercicio postmodernista de combinar ambas no disminuye la potencia de su mensaje musical sino que lo magnifica, algo que suscribiremos todos tras escucharlo.
La nostalgia del tango es un sentimiento que Don Astor Pantaleón llega a describir en sus estaciones y todas sus composiciones posteriores, nostalgia inherente a su propia naturaleza que permite al público captar el altísimo contenido artístico que con tanta sensibilidad expresa esta música y hacen de Piazzolla un héroe nacional al que los argentinos son tan dados, en este caso elevadamente reconocido por su afinidad con la cultura de Argentina y el carácter de embajador artístico en el mundo entero, al igual que estos virtuosos rusos, sobre todo ciudadanos del mundo, con el único lenguaje universal de la música.
Acabar el concierto con esta obra es cual viaje de vuelta, diríamos que casi fantasmagórico, entre dos mundos: el barroco italo-veneciano del siglo XVIII y el ritmo sincopado bonaerense del siglo XX, un virtuoso viaje musical a través de tres siglos y dos hemisferios, casi el cuaderno de bitácora del violín de Spivakov y “sus Virtuosos”.
Pablo Álvarez “Siana”
NOTA: Con motivo del concierto que Los Virtuosos de Moscú con Vladímir Spivakov ofrecen en los Conciertos del Auditorio el martes 24 de febrero de 2015, he tenido el honor de escribir las Notas al programa, pero como el espacio es limitado en el papel, aprovecho para poner aquí el original antes de tener que resumirlo. Gracias por leerme.

Viena con sonido asturiano

Deja un comentario

©Foto asturias24.es  ® Gabriel Ureña

El pasado lunes 27 de octubre de 2014 era noticia el violonchelista asturiano Gabriel Ureña por interpretar en Viena la Suite nº 1 de Bach ante la Reina de España, con motivo de la inauguración de una exposición sobre Velázquez en el Museo de la Historia del Arte de la capital austríaca, siendo el primer viaje oficial en solitario de su majestad Doña Letizia, asturiana como Don Gabriel, lo que tuvo más repercusión en la prensa regional, no siempre acertada en algo que algunos han llamado, no exento de crítica “madreñismo” por el afán de buscar orígenes astures a todo aquel personaje conocido, independientemente de sus logros o desmanes. Al menos esta vez sí había algo directamente astur en la capital más musical de Europa.

 

® Gabriel Ureña: Concierto 4 de Mayo en el Palacio Strozzi (Florencia)

El chelista avilesino ha pedido una excedencia en la Oviedo Filarmonía (de la que es solista desde el año 2009, siendo el más joven de las orquestas españolas), para poder cursar un máster de alta especialización en la capital de la música con Natalia Gutman, y también con ella un postgrado en Fiésole (Florencia) para una carrera que nunca tiene fin.

Bebiendo directamente de la alumna de Rostropovich, Gabriel Ureña lleva años con su instrumento a cuestas de aquí para allá, trabajando duramente y viajando para completar una formación que vuelve a demostrar la calidad de nuestros intérpretes asturianos, semillas que han florecido desde la llegada hace más de veinte años de los Virtuosos de Moscú a esta tierra, estéril hasta entonces para los músicos de cuerda pero que supuso un punto de inflexión y solaz de melómanos, agrupaciones instrumentales y salas de concierto, siempre desde el esfuerzo personal de gente joven y de sus familias, sacrificadas en todos los sentidos ante una miopía de los gestores que siguen sin ver en la educación una inversión más que un gasto, y en la música un bien cultural del que cualquier país civilizado presume, incluso en tiempos de crisis.

Cuarteto du Solei: Lukas Medlam, Yury Revich, Jasna Simonovic y Gabriel Ureña ® GUreña

Gabriel Ureña comenzó sus estudios en el Conservatorio “Julián Orbón” de su Avilés natal con Alexander Osokin antes de pasar a Oviedo con Maite Andérez, aunque su calidad e inquietud le llevó a seguir perfeccionándose y aprendiendo. Siempre un placer escucharle en solitario, a dúo, como solista e incluso dentro de la orquesta carbayona cuyas intervenciones, tanto en conciertos como en la ópera, son destacables.

Cuarteto du Solei: Lukas Medlam, Yury Revich, Jasna Simonovic y Gabriel Ureña ® GUreña

En Viena Gabriel forma parte, entre otros del Quatuor du Solei (sustituyendo a Steffan Morris) y con el Ensemble Barroco Contemporáneo de Austria interpretó en otro acto, nada menos que en el famoso Palacio Imperial, un cuarteto de Boccherini.

Como él mismo contaba en la entrevista publicada por el diario LNE, esta carrera conlleva sacrificio, mucho viaje, pero el esfuerzo se ve recompensado cuando compruebas que el público disfruta con lo que haces, y quienes le seguimos desde sus inicios podemos corroborarlo. De sus andanzas tengo noticias suyas por las redes sociales, donde encuentra hueco para compartir vivencias con su legión de seguidores, unido a un carácter que le abre todas las puertas. Además de hablar inglés, italiano o el alemán que ya maneja con soltura, el único lenguaje universal sigue siendo la música, y Gabriel es políglota, además de responsable y consecuente, un ejemplo para una juventud que estamos exportando, esperando no se queden en otras tierras porque sería perder una inversión de todos.

La actividad vienesa es frenética, arte en cada esquina, música por todas partes acudiendo a conciertos en sedes históricas o actuando en esos mismos escenarios. La carrera de Gabriel Ureña está bien enfocada y tiene compromisos para todo el curso, recalando en la Sociedad Filarmónica de Oviedo allá para el 12 de mayo de 2015 sin perder ni un minuto. Al menos podemos presumir de un músico asturiano “coronado” en Viena con calidad reconocida y embajador de nuestra tierra, orgullo para todos y envidia (sana) de muchos colegas. Seguiré mandándole “MUCHO CUCHO©”.

Older Entries