Oviedo, La Castalia – RIDEA: II Ciclo de Conferencias “Teatro lírico español: escenarios y géneros”.

“Muriendo y aprendiendo” es un dicho que va más allá, un auténtico alegato a favor de la educación, pues cada día aprendemos y aprehendemos. La Castalia en colaboración con el RIDEA continúa apostando por la educación en todos los ámbitos, no solo desde el canto sino profundizando y haciéndonos partícipes de novedades, estudios y enfoques de la lírica desde Asturias, y vuelve a organizar este ciclo de conferencias con tres autoridades en la materia y pilares de la universidad asturiana en el campo de la Musicología como María Sanhuesa, Ramón Sobrino y Mª Encina Cortizo.

El miércoles 22 a las 19:30 horas abría fuego mi admirado Ramón Sobrino con “La recuperación de la zarzuela de los siglos XIX y XX“, catedrático de Musicología de la Universidad de Oviedo, músico, investigador, pionero en la utilización de medios informáticos en la edición musical y un verdadero lujo tenerlo entre nosotros. Su verbo fácil, irónico, ameno, docto, plagado de anécdotas desde la sabiduría siempre humilde, nos acercó el trabajo diario de su labor investigadora, la búsqueda de las fuentes originales, los problemas que se encuentran, las trabas burocráticas, las dificultades e imprevistos, pero sobre todo la pasión por la música desde el rigor y el trabajo de un doctor que lleva muchos años en la brecha, en primera persona, en la sombra, asesorando, impartiendo docencia, dirigiendo trabajos y tesis, publicando nuestro patrimonio musical más allá de la zarzuela, aunque esta vez nos hablase de ella.

En una excelente conferencia el doctor Sobrino nos ilustró con los devenires cual Indiana Jones musical buscando el arca perdida con partituras perdidas encontradas en donde menos se esperaba, otras custodiadas en organismos públicos sin acceso, el sumergirse con la amplia prensa de los últimos dos siglos, buceando en los orígenes de nuestra Zarzuela que parece ser más apreciada por los alemanes que por nosotros mismos haciendo impensable no poder interpretar en Berlín ante la falta de partituras… las anécdotas de El barberillo de Lavapiés del genial Barbieri, las instrumentaciones según la plantilla disponible, las correcciones, los guiones y manuscritos, las versiones solo con piano… El dedo en la llaga de la miopía cultural en épocas de nacionalismos como no promocionar ni siquiera en Cataluña la Marina de Arrieta ambientada en Lloret de Mar, la sardana y muchas más músicas de “ida y vuelta” cuando el tango no era argentino, Cuba todavía era española y el chotís ni era escocés sino alemán aunque lo reconozcamos como lo más castizo de Madrí. Tampoco faltaron Chueca o Bretón, Gaztambide y El Juramento, las aventuras de aquellas representaciones, algunas llegando al millar, los cambios climatológicos y teatrales, las adaptaciones al medio, las modas imperantes. Con cada partitura, cada título, cada escenario, Ramón Sobrino nos abría puertas, ojos y oídos con admiración a partes iguales. La recuperación de La Canción del Olvido completa y tantos otros títulos. Tributo lógico y merecido a “los Emilios” Sagi y Casares, junto al recordado Miguel Roa como defensores de nuestra zarzuela en tiempos difíciles.

La Gran Vía del conocimiento, el trabajo incansable en la revisión y a menudo primeras ediciones orquestales de nuestra zarzuela, sin olvidarse el peso y poso histórico del que parece todavía se olvida por parte de muchos críticos a raíz de algunas representaciones cercanas en el tiempo. Defensa de nuestro género desde el magisterio y el conocimiento, el Teatro de la Zarzuela madrileño o el Festival Lírico de Oviedo como únicas temporadas estables, la defensa del quehacer en la investigación con el razonamiento esperado de nuestro doctor o de organismos como la SGAE, el ICCMU como uno de los grandes editores de los últimos títulos que se programan, graban y difunden más allá de nuestra querida España, pues el potencial de nuestro idioma y género musical por excelencia está todavía por descubrir. Por lo menos la base científica es sólida y La Castalia lucha por divulgarla con voces tan preparadas como la de mi admirado Ramón Sobrino.

El martes 28 a las 19:30 horas continuaría este ciclo de tres conferencias, de nuevo con gran asistencia de público, a cargo de Mª Encina Cortizo, tándem perfecto con Sobrino, quien nos hablaría de “La ópera española: un patrimonio por descubrir”, realmente para todo un libro, recordando que España es el país que más lírica ha producido y recordando cómo la “Leyenda Negra” de los británicos tan negativamente nos ha afectado e incluso resignándonos a lo largo de siglos tras nuestro poderío en el Renacimiento.
Sin ahondar sobre qué entendemos por ópera española, si autores españoles o libretos en nuestro castellano universal, lo que está claro es la presencia de grandes nombres a quienes incluso se les reconoció mucho más fuera de nuestras fronteras, casos de Falla y La vida breve, Albéniz con su Pepita Jiménez, Henry Clifford, o la trilogía sobre el Rey Arturo comenzando por Merlín (más unos bocetos de Lancelot y Guinevere ni empezada), todas en inglés. El trío de ases lo completaría Granados con María del Carmen Goyescas, de quien Miriam Perandones también nos dio una conferencia en el anterior ciclo de La Castalia.

Cita obligada, siempre docta, los grandes antecedentes de nuestra escena musical donde Lope de Vega escribe La selva sin amor (1629), égloga pastoril conocida pero sin partituras,
Celos aún del aire matan (denominada fiesta grande cantada) de Juan Hidalgo y libreto de Calderón (1660), recordándonos que en 2000 Francesc Bonastre edita y lleva al Teatro Real ese mismo año. La púrpura de la rosa también de Hidalgo desconocemos la partitura pero sabemos que en Perú otra música (de Tomás Torrejón de Velasco), editada por Louise K. Stein utiliza el mismo libreto. Tampoco hay que olvidar otros grandes nombres como Sebastián Durón, Antonio Literes, José de Nebra y hasta el mismísimo Farinelli con todo lo que supone para España.

Se fueron de España otras figuras comenzando por el valenciano Martin y Soler, admirado por Mozart, siguiendo como todos ellos la “ópera italiana” y el periplo por las cortes europeas (descubierta recientemente su tumba en Moscú), también en el siglo XIX el famosísimo tenor y compositor sevillano Manuel García que daría para una conferencia propia por él y toda su familia, el gaditano José Melchor Gomis (1791-1836) en Paris y usando el francés como idioma, y sí se quedaron entre nosotros el catalán Ramón Carnicer (1789-1855) con siete óperas “italianas” estrenadas en Barcelona, la otra capital operística española hasta ficharlo el rey para Madrid, donde llevará otras cuatro.
De Carnicer tienen mucho para enseñarnos Cortizo-Sobrino con años de investigación y ediciones, recordándonos Il dissoluto punito sobre nuestro Don Juan (partitura conservada en el archivo municipal de Madrid) y reestrenado por Alberto Zedda en el Festival Mozart 2006 de La Coruña (con grabación en CD y DVD), después Elena e Malvina (1829) que en 2016 se recupera con problemas de fechas, huelgas, etc. que parece dormir el “sueño de los justos” y sin retransmitir por Radio Clásica pese a haberla grabado con Guillermo García Calvo al frente de un elenco ideal… una lástima porque el esfuerzo para reestrenarla, aunque fuese en versión concierto, no tuvo el premio de la continuidad, escrita al estilo Rossini o Bellini muy difícil de cantar.
Santiago de Masarnau y el romanticismo en voga pedía ya en 1836 el español como idioma y una ópera nacional como otros países (Italia, Francia ¡y hasta Rusia!), con nuevos nombres a recordar dentro del “canon italiano” que casi todos los compositores seguían por ser la moda: Hilarión Eslava, que estrenaba en Cádiz porque la Catedral de Sevilla lo impedía, pero también Tomás Genovés, Baltasar Saldoni, Joaquín Espín y Guillén o Vicente Cuyás, nombres que el ICCMU sigue defendiendo con ediciones críticas.

Otro de las figuras que repasaría la catedrática Cortizo en los años 40 del siglo XIX sería Emilio Arrieta (1821-1894) mas conocido por la zarzuela, estudiando en Milán, componiendo para final de curso la premiada Ildegonda (1845) con libreto de Temístocles Solera, cual Lucia de argumento y mostrando admiración por un Verdi que escucharía en sus años estudiantiles, del que Solera también escribiese varios libretos. RTVE con López Cobos la grabó y es admirable e increíble cómo una opus 1 puede tener tal calidad. Corría 2004 y lo registrarían voces como José Bros, Ana Mª Sánchez, Mariola Cantarero y Carlos Álvarez… Otro tanto sucedería con La conquista di Granata (1850) con libreto también de Solera que se recuperaría en 2006, grabación casi con los mismos intérpretes.
Se llevaría a representar en Giessen (Alemania), un pequeño pueblo donde como anécdota preguntaban si era muy conocida en España. Al menos pudimos escuchar algunos fragmentos gracias a Mª Encina corroborando la calidad de estas dos óperas del maestro Arrieta.
Muchas más anécdotasMarina la ópera en 1871, el papel que desempeñó el gran tenor Tamberlick, el empuje dado por Isabel II, el tiempo pasado hasta los homenajes a Kraus o cómo en 2015 apareció en un silo de cereales de Almagro nuevos números, luego archivo INAEM, con sardana incluida.
Imposible en una conferencia abarcar un título para ella donde había que recordar a muchos más como Felipe Pedrell, un catalán aún sin “recuperar” pese a las corrientes políticas, con la ópera Els Pirineus (buscando completar una trilogía con La Celestina y El Compte Arnau) de armonías wagnerianas pero aires franceses,
Bretón que también compondría óperas al igual que Serrano y Chapí cuya Margarita la tornera (1909) con libreto de Zorrilla pondría un punto y seguido recordando siempre a Luis G. Iberni.

Cerraría el ciclo el martes 4 de junio a la hora habitual de las 19:30 la doctora María Sanhuesa con “El Teatro del Fontán de Oviedo: una caja de sorpresas”, organizadora de estas tres conferencias en su segunda edición para “La Castalia”, de nuevo aportando aspectos de la tradición lírica de nuestra capital centrada en los recintos y especialmente en un teatro sobre el que lleva años investigando como es el que destronaría el Campoamor, el Fontán, pero también repertorio y figuras.

Oviedo es más que el Campoamor inaugurado en 1892 y los títulos del momento amén de Los Hugonotes de Meyerbeer que con que abriría historia propia pero que ya se había representado en el Fontán. La profesora recordaría al músico Antonio Llanos con obras líricas como Tierra, El Duque de Gandía o El despacho parroquial que bien podían haberse escuchado en aquello tiempos. En esta historia carbayona no se podía olvidar de Luis Arrones o las misceláneas de Luis G. Iberni incluyendo el recopilatorio Delantera de paraíso en su memoria, y es que hubo mucha vida lírica antes del Campoamor con espectáculos y público propio, variopinto del que escribió Clarín con su pluma ácida en su cuento La reina Margarita, pagaban y exigían sin entrar en más aunque Oviedo siempre tuvo afición secular y Leopoldo Alas la vivió en primera persona.

En 1671 se inaugura el corral de comedias del Fontán cruzando datos de distintas fuentes locales pero también encontradas en Almagro, y es que desaparecieron de forma interesada los archivos (para favorecer a unos inquilinos) pero al ser municipal hay actas de los plenos relativos al teatro, que hasta tenía una comisión propia. Mucha prensa del momento (incluyendo el periodo 1871-1936 de El Carbayón), Fermín Canella y sus Memorias asturianas, entre otras muchas citas constatan que a finales del siglo XV ya tenemos información de espectáculos en distintos espacios ovetenses. De 1666 a 1671 se construye un corral de comedias al estilo castellano a cargo del arquitecto Ignacio de Cajigal, con detalles curiosos caso de ser a cielo abierto como era costumbre entonces, pero tuvo otros usos como hospital de campaña y constaba de una estructura complicada sin fachada ni exento, debiendo atravesarse el palacio que hoy ocupa la Biblioteca. Casa de Comedias, Casa Teatro e incluso Casa Mesón fueron las denominaciones y para llegar al teatro se llenaba uno de barro cruzando la plaza que adecentaría el Marqués de San Feliz con su palacio al lado.

María Sanhuesa nos contó que el Patio de Comedias del Fontán siempre tuvo problemas en su estructura, una planta ampliada por la calle Quintana que ni existía por entonces, o su cubierta en 1796 con la reforma al estilo italiano del arquitecto Francisco Pruneda, entrando en un siglo XIX donde seguiría ampliándose, reparando y arreglando, incluso añadiendo un café siguiendo las costumbres. El deterioro iría en aumento hasta 1847 en que se cierra dos años para reformarlo a fondo, incluso apareciendo nuevos problemas como la financiación a base de impuestos municipales sobre el vino y préstamos de la Sociedad Económica Amigos del País para escuela de dibujo (nuestro antiguo “Conservatorio del Rosal”), escuela de Artes y Oficios muchos años.
Modernizar el teatro suponía nueva utillería y decorados así como un telón de boca (del que se conserva un dibujo en Almagro) de José Mª Avrial Flores, con gran éxito por los mismos, ampliándose el aforo hasta las 600 localidades (hasta 1851-52 ni siquiera tenía almacenes propios y luego estas telas se estropearían por la lluvia que en Asturias es habitual).
La reinauguración sería con Ernani en 1849, después Macbeth (1852) -que exigía un nuevo decorado de gruta- aunque se representaba también zarzuela, danza y hasta espectáculos circenses, de títeres, así como compañías aficionadas de distintas sociedades locales.

Sobre el repertorio preferido hay inventario de los decorados antes de la reforma que nos da idea de los títulos: Romeo y Julieta, Medea, el Otello de Rossini, junto a La Gazza Ladra o Barbero, pero también Norma y todo el belcanto. El barítono Giorgio Ronconi (1810-1890) cantante de éxito en 1864 cantó en el Fontán como recoge la prensa, y también el famoso Tamberlick en 1882, algo mermado pero con su fama intacta con un Trovatore donde no dio el agudo de La Pira (sustituído por un clarinete permitido por el propio Verdi) y mi paisano Teodoro Cuesta, flauta de aquellas orquestas, le dedicó un verso como a Lorenzo Abruñedo (1836-1904) espectador primero de estas funciones y después un tenor de fama.
Se repetían títulos pero nada románticos, así era el gusto ovetense, y de las orquestas y coros (hablando cuando no cantaban) siempre de inferior calidad que los cantantes, verdaderas figuras. María Sanhuesa nos contó múltiples anécdotas como quitar los caballos a los carruajes y tirar los “fans” por ellos hasta el hotel, o en el caso de las bailarinas comerse sus zapatillas en señal de admiración, raros gustos culinarios.
Interesante saber que en 1890 el famoso violinista santanderino Jesús de Monasterio interpretaría una obra suya perdida inspirada en su valle de Liébana, como recoge la prensa, o que el aforo alcanzaría las 99 butacas (la número 100 se supone estaba reservada a la autoridad local), con un foso pequeño, mucho frío, goteras…
“Nuestro coliseo de la plaza del pan” como lo describe Clarín en La Regenta, los palcos utilizados igualmente de almacenes, butacas sucias que se rompían y salían los muelles destrozando levitas y vestidos, el polvo abundante y las pulgas incluidas que dan una idea del estado de este espacio escénico en la Vetusta decimonónica.

En 1858 visita la reina Isabel II el teatro además de las minas de Arnao, un teatro donde se fumaba, había malos modales, los caballos esperaban la entrada en escena en otros espectáculos (incluso peleas de gallos) y muchas otras curiosidades hasta su derribo en 1901 (pues en 1892 ya estaba el Campoamor que comparado con el de El Fontán sería “el no va más” para los carbayones).
Clarín retrata perfectamente la historia local incluyendo las obras representadas, conocedor de todo, incluso del ambiente en Su único hijo (donde critica que en Oviedo gusta todo lo italiano aunque sea traduciendo nombres totalmente macarrónicos), La regenta con un paralelismo entre Fermín de Pas y el Barbero de Rossini y hasta los motes utilizados para La tiplina Merlatti y la tiplona Valpucci, cómo se abofetearon en una cómica descripción… En La reina Margarita también aparece una cita del tenor catedralicio Feliciano Candonga al que querían “italianizar” como Fausto Candonguini o incluso anunciarlo como Fausto Scherzo en un argumento digno de El dúo de la Africana.
Al público ovetense también se le critica y es digno de ver en la prensa los títulos de entonces, antes de la inauguración del Campoamor, volviendo a recordar que Los Hugonotes se representaron primero en el Fontán, una auténtica sorpresa para muchos.
En Vetusta no han cambiado mucho las cosas, al menos en lo que a la afición operística se refiere, y “La Castalia” nos sigue descubriendo y defendiendo este apasionante mundo. Gracias a los conferenciantes por sus amenas conferencias, todas con excelente entrada, y Begoña García-Tamargo por su abnegada lucha.