Miércoles 13 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Sala de Cámara, VI Primavera BarrocaConcerto 1700, Daniel Pinteño (director). Hernández Illana: Oratorio a San Miguel.

Crítica para La Nueva España del viernes 15, con los añadidos de links (siempre enriquecedores y a ser posibles con los mismos intérpretes en el caso de las obras), fotos propias y tipografía, cambiando muchos entrecomillados por cursiva que la prensa no suele admitir.

Por sexto año vuelve la Primavera Barroca a Oviedo en colaboración con el CNDM que encargó esta recuperación histórica (reestrenada el martes en León) a cargo de Raúl Angulo desde la Asociación Ars Hispana y Daniel Pinteño, del Oratorio La Soberbia abatida por la humildad de San Miguel (1727), obra de un olvidado Francisco Hernández Illana (1700-1780) quien desarrolló su actividad profesional en varias capillas eclesiásticas como las catedralicias de Astorga y Burgos o el Colegio del Corpus Christi de Valencia.

Este oratorio parece continuar la tradición de los autos sacramentales del siglo XVIII que no es precisamente lo más apreciado de nuestra historia musical, siendo de agradecer tanto a Angulo como a Pinteño el esfuerzo por seguir rescatando estas “músicas mudas” de los archivos y acercarlas a un público que las valora y disfruta, volver a dar voz y armar una gran forma musical religiosa muy de moda durante el barroco aunque ésta todavía conserve rasgos de nuestro dorado renacimiento del que costó años despojarse.

Para ello se ha contado con las voces protagonistas de la soprano Aurora Peña, la mezzo Adriana Mayer, el contratenor Gabriel Díaz y el tenor Diego Blázquez, todas en tesituras algo graves producto supongo del diapasón historicista, algo más bajo que el actual, acompañados por una formación “ex profeso” para esta joya: Jacobo Díaz con un oboe que daría un colorido especial cercano por momentos al corneto, Víctor Martínez al violín necesario y complementario, Ester Domingo con un violonchelo seguro y redondo encabezando el continuo de Ismael Campanero, violone o contrabajo potente, Asís Márquez al órgano positivo al que le hubiese venido bien octavar en agudo, y Daniel Pinteño al primer violín y dirección, ejerciendo perfectamente en ambos cometidos.

Esta obra temprana del compositor burgalés se fue representando en sus destinos como maestro de capilla y con los instrumentos que tenía disponibles, y estilísticamente resulta original por unir la tradición española de coros «a cuatro» polifónicamente renacentistas en pleno barroco de bellísimos empastes con momentos a capella deliciosos, y la italiana de comienzos del XVIII con «arias da capo» brillantes tanto en escritura como en interpretación a lo largo de la partitura, teniendo cada voz sus correspondientes recitativos y arias solistas o a dúo.

Oratorio en dos partes conservado en la Congregación de San Felipe Neri de Palma de Mallorca se inicia cada una de ellas con una “Sinfonía” en dos movimientos rápido-lento para esa formación instrumental más los cuatro personajes que van sucediéndose en combinaciones de coros, recitados, arias o los “estribillos a cuatro” tan hispanos. El rebelde Luzbel de Blázquez resultó de factura ideal aunque grave, casi para barítono, especialmente en los números 10 y 11 lentos, dialogados con Pinteño de complemento perfecto, mejorando en cada intervención para “el ángel caído” y contrastando con su otra intervención más ligera y acompañada del “tutti” en los 27 y 28 de la segunda parte; San Miguel defensor del orden corrió a cargo de Gabriel Díaz, si bien tener un/a contralto hubiese redondeado un cuarteto vocal más compacto y homogéneo, de registro agudo cómodo y color brillante para un contratenor, más dos tiples que en su época serían niños, Aurora Peña cantando el Ángel que fue el más “cómodo” de los roles, verdadero vuelo vocal, y el Demonio de Adriana Meyer, mezzo que de nuevo exigía unos graves incómodos en su tesitura para aunar dicción y emisión, si bien el personaje parezca pedir esa oscuridad vocal.

En los coros el cuarteto sonó empastado dejándonos números plenos de homofonías renacentistas antes de la explosión barroca final (31 y 32 de recitado más estribillo a cuatro “Al arma, al arma, guerra”); más desiguales resultaron los recitados y arias que pedían también dramatismo lírico intrínseco al Oratorio, faltando esa luminosidad que de tener tonalidad más aguda o afinación un par de hercios arriba hubiese dado otro carácter a esta forma religiosa. Amén de las tesituras o diapasón elegido, tampoco pudimos entender del todo unos textos en español que nos diesen más pistas al argumento bíblico que los seis músicos sí subrayaron en su discurrir sonoro.

Concerto 1700 trabajó en esa conjunción musicolingüística, el bajo continuo reforzando bien las cuatro voces, con el órgano desgranando los ornamentos precisos y rellenando con excesiva presencia las dos sinfonías con el oboe especialmente acertado en color y virtuosismo, pinceladas claramente barrocas bien secundadas por los violines ayudando a tintar de acento italiano un oratorio netamente español.
Tras agradecer la buena acogida en “La Viena del Norte”, los diez músicos bisaron uno de los coros a cuatro del San Miguel más español.