Miércoles 28 de marzo, 19:45 horas. Sociedad Filarmónica de Oviedo, Laura Mota Pello (piano). Obras de Beethoven, Schubert y Schumann.


Presentación en sociedad
Reseña para La Nueva España del jueves 29, con los añadidos de links, fotos propias y tipografía:
La pianista ovetense Laura Mota (2003) se presentaba en la centenaria Sociedad Filarmónica Ovetense con un programa duro y profundo que los socios conocen por ser piedra angular de tantos grandes concertistas que por su escenario han pasado.
La trayectoria de nuestra pianista es imparable desde 2009 porque este prodigio comenzó su andadura con seis años. Su currículo es apabullante y deslumbra allá donde actúa con una madurez y hondura que solo las grandes como nuestra Purita de la Riva o Alicia de la Rocha tenían a su edad. Su maestro Francisco J. Pantín está encauzando una carrera de mucho recorrido que el tiempo permitirá corroborarlo.

Laura Mota no es espectacular por lo que toca sino cómo, a diferencia de las asiáticas que copan premios en todos los concursos pero cual autómatas carentes de pasión.
La Patética de Beethoven abriendo concierto supuso poner sus cartas boca arriba en el debut con esta Sociedad que siempre ha apostado por músicos de nuestra tierra.

Schubert continuaría asombrando e impactando, el Impromptu 3 fresco y hondo, brillante y contrastado con la gigantesca Fantasía Wanderer, dramatismo y delicadeza, caminante sentimental en 88 teclas y casi una hora de entrega.

Todavía quedaba el Carnaval, op. 9 de Schumann por si la primera parte no fuese suficiente para todo un concierto. La evolución interpretativa de Laura Mota va en progresión geométrica y con todas las épocas y estilos, pero este programa romántico nos da una idea de un horizonte lejano que no tiene fin. Schumann es literatura sin palabras, la Comedia del Arte llevada al piano con guiños a Chopin o Paganini, mariposas coquetas o marchas de filisteos con Laura Mota intérprete de las 21 estampas, breves pero intensas de este “carnaval” en plena Semana Santa, acuarelas por el trazo, óleos por textura, mosaicos por color, obra total en estas manos infantiles de talento adulto y arrebatadora delicadeza.

Sin cansancio aparente e igual naturalidad nos regaló dos preludios (4 y 5) de Rachmaninov.
Porque cerrar los ojos nos transporta a interpretaciones de referencia en este mismo teatro… al abrirlos la impactante y agradable sorpresa de comprobar quién toca ese piano, recreando y sintiendo con poso maduro e ímpetu juvenil.