Viernes 9 de marzo, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, “Los colores de la orquesta“, abono 8 OSPA, Leila Josefowicz (violín), Rossen Milanov (director). Obras de Bernstein, Zimmermann y Prokofiev.

La OSPA devolviendo la visita de enero a la Real Filharmonia de Galicia (y ausente esta edición 2018 de “Musika Música” en el Euskalduna de Bilbao), llegaba de Santiago donde interpretaría el día anterior este octavo de abono todavía con Milanov al frente (ya lleva cinco años), para rendir homenaje al gran Leonard Bernstein (1918-1990) en su centenario, pero también al menos conocido Bernrd Alois Zimmermann (1918-1970) y completando velada una página del gran sinfonismo, viernes ruso de Prokofiev con su quinta (mantengo mi teoría musical de “no hay quinta mala” parafraseando el refranero). Pero incluso podrían haber celebrado el 8M dado que la solista invitada, Leila Josefowicz(Toronto, 20 octubre 1977) de origen polaco y afincada en Nueva York, encabeza una lista de grandes violinistas engrosando otra aún mayor de mujeres triunfando en el mundo musical.

La música de Lenny sigue sonando actual, nuestra, ágil, luminosa, “made in USA” que siempre presumió de este músico integral. Su Divertimento para orquesta (1980) es puro espectáculo sinfónico, algo que Milanov conoce bien en su trabajo al otro lado del charco y le funciona, aunque en la vieja Europa los gustos sean otros, si se me apura más “conservadores”. Las notas al programa de Miriam Perandones (enlazadas al inicio en cada compositor) explican perfectamente el programa elegido comenzando con la partitura escrita para el centenario de la Orquesta Sinfónica de Boston. Ocho danzas que combinan la historia musical yanqui, herencias y adopciones con el impulso rítmico tan característico de Bernstein plasmando virtuosismo a todas las secciones orquestales de las que la OSPA puede presumir, aunque las dificultades estén en poder ser fieles a la partitura sin claridad gestual en la tarima (la batuta por momentos tan baja parecía reflejar oscuras intenciones). Prefiero cerrar los ojos antes de mirar al podio porque casi nunca coincide con lo escuchado, máxime en compases de amalgama y polirritmias nunca marcadas que dan el sello típico de estas músicas capaces de unir tradición y modernidad.
Lujo nuestros instrumentistas aunque pienso innecesaria la puesta en escena imitando las bandas de jazz donde los solistas se ponen en pie, finalizando todos la octava Marcha “The BSO Forever” que incluso bisaron (algo raro en la OSPA) cual banda sinfónica. Colorido musical de Broadway, de esos cafés en blanquirojo con café recalentado, patatas fritas, batidos de fresa y hamburguesas. La importancia del detalle que hace cambiar el menú según cómo y dónde se sirva…

 

Impresionante el Concierto para violín (1950) de Zimmermann con Leila Josefowicz de solista. Me quedé con las ganas de disfrutarla en “Los Conciertos del Auditorio” allá por febrero de 2009 con la Orquesta Sinfónica de Islandia que la crisis truncó anulando la gira prevista. Ocho después y como si el destino quisiera pagarnos deudas pendientes, por fin venía a la capital asturiana. Escucharla en la entrevista para OSPATV hablar de este concierto para violín de Zimmermann nos hace entender la pasión por la música de nuestro tiempo, “actual” y agradeciendo se programe siempre que sea posible, siendo esta violinista auténtica activista en estrenos en ella pensados. Su sonido, entrega y pasión engrandecen este concierto de forma clásica pero rompedor en el momento de su escritura etiquetada de vanguardia aunque este no lo sea, estética neoclásica como su propia vida en cierto modo paralela a la de Bernstein, con tantas interrogantes y dudas místicas, filosóficas, vitales incluso en ambos, ritmo cual motor humano desde el origen pero con el poso europeo del alemán. Los títulos de cada movimiento parecen dejar sobre la mesa sus intenciones así como la opción elegida: Sonata el primero, más allá de la propia forma o el origen del “sonare”, el segundo Fantasía  por emociones y distintas fuentes inspiradoras tanto en el violín como en la orquesta, exuberancia por doquier que tampoco necesita mayores gestos (la ampulosidad está en los pentagramas) con un virtuosismo impactante hasta el Rondó final, verdadero colorido musical, evocador del jazz con una marimba poniendo pinceladas en el sitio preciso, recuerdos de películas americanas cuyas mejores bandas prepararon los compositores europeos, nuevos paralelismos de dos compositores nacidos hace 100 años bien entendidos por estas generaciones donde la formación marca diferencias, y la OSPA con Leila resultó el mejor lienzo en busca de pintor.
La propina el final de Lachen verlernt (Essa Pekka Salonen) de reminiscencias primaverales en la Polonia natal, de la música judía, aires de Armenia, explosión tímbrica de virtuosismo ya desde sus años como niña prodigio pero asentado desde la madurez de la vida, pura belleza con dolor y color.

Aunque estemos en el 2018 se mantienen las recetas de los conciertos: apertura más o menos contemporánea, un concierto solista y segunda parte con el mundo sinfónico. Prokofiev como gran orquestador augura espectáculo cuando hay calidad, y su Sinfonía nº5 en si bemol mayor, op. 100 (1944) remató un concierto lleno de color y calor por parte de una formación capaz de expresar todo lo que la partitura esconde, ceñirse al estilo y seguir las dinámicas marcadas, más claras que pulsación, entradas o cambios de tempo. Desconozco si el hilo conductor buscado para este programa era el número 100 y Bernstein  aunque se titulase “Los colores de la orquesta”, pues el acierto fue pleno y el americano comentaba de esta quinta, como bien recoge la profesora Perandones en sus notas: “… una de las mejores sátiras de Haydn, incluso afirmó que fue la única obra que, al oírla, le hizo estallar en carcajadas por la incongruencia entre la formalidad del siglo XVIII y la modernidad del lenguaje del siglo XX“. Prueba superada por los músicos aunque resultara en cierto modo monocromática y no sobre el rojo pasión sino más bien en toda la paleta de ocres pese a la riqueza de esta sinfonía rica en efectivos (abundante percusión y piano) que se lucieron sin necesitar ponerse en pie. Destacar el protagonismo del viento, siempre excelente, y especialmente los metales buscando esa épica que supone afrontar conciertos como el de este viernes.
Por lo menos Perry So, al que bauticé “pintor de sonidos”, nos traerá el Stabat Mater de Dvorak que pude disfrutar el año pasado en Bilbao.

Y lo raro de una propina en los conciertos de abono por parte de la OSPA, bisando a Bernstein el In memoriam para mayor gloria de MilanovThe OSPA Forever y “That’s all folks“. El propio Lenny y su sentido del humor que no nos falte…