Domingo 4 de febrero, 19:00 horas. Conciertos del Auditorio, Oviedo: Les Dissonances, David Grimal (violín). Obras de Vivaldi y Piazzolla.
Día de derbi futbolístico en Oviedo que no restó buena entrada al auditorio dejando poco aparcamiento, como tampoco fue impedimento la climatología anunciándose cuatro estaciones en dos hemisferios, las de Vivaldi y las porteñas de Piazzolla que me pedían titular “Dos hemisferios, ocho estaciones, una música” aunque la victoria del Real Oviedo sobre el eterno rival vecino, el Sporting de Gijón, da más juego y jugo a esta entrada del blog y no quitarle a Ramón Avello de sus excelentes notas al programa, enlazadas en los autores, la misma cabecera, aunque coincidimos muchas veces.

Difícil es encontrar algo nuevo en las estaciones del Prete Rosso, puede que lo más conocido y popular de la mal llamada “música clásica” en una imaginaria lista que de vez en cuando publican los buscadores de rankings, tipo “lo más grabado…”, “lo que no puedes perderte…” y así hasta el dislate. Incluso estoy harto de ver las ofertas al turismo en la propia Venecia e incluso en Praga, la mayoría de las veces con dudosa calidad aunque asegurando taquilla que es lo que finalmente buscan todos.

Precisamente por conocidas siempre me pide el cuerpo volver con ellas y no por masoquismo, para comprobar el nivel de los intérpretes, su vigencia e incluso las distintas visiones de un mismo tema tal y como hicieron nuestros Forma Antiqva que las afrontaron dándoles una luz totalmente distinta jugando con “cambiar el foco” desde una libertad sin prejuicios para reinterpretar y ser los primeros españoles en llevar al disco este “hit” nada menos que con los alemanes Winter&Winter que además los “emparentaron” con Uri Caine, emparejamiento tal y como Leonid Desyatnikov hizo con Vivaldi y Piazzola cuyas estaciones porteñas en el otro hemisferio ni siquiera siguen el orden climatológico veneciano pero que continúan siendo inspiración a tantos como Haydn en su oratorio o el piano de Tchaikovsky. Me alegra seguir recordando Buenos Aires y Venecia en el orden que se quiera, versioneado por saxos o sintetizadores, incluso en este mismo auditorio ya las hemos disfrutado tanto separadas con los citados Forma Antiqva Bella Hristova, como Guidon Kremer y “los bálticos” o incluso Spivakov con sus Virtuosos, teniendo el honor de haber escrito las notas al programa hace ahora tres años para este mismo ciclo.

Y sin descansos, ofertando a Don Antonio y Don Astor juntos llegaba el francés David Grimal, otro virtuoso del violín, estudiando desde los cinco años, nada menos que con orquesta propia, Les Dissonances “presumiendo” de tocar sin director cualquier repertorio, esta vez en versión reducida a la cuerda con su fundador haciendo de solista, concertino y verdadero protagonista del recital como responsable final, pues el trabajo previo permite alcanzar estos niveles además de poder tocarlo y controlarlo todo (una gozada comprobar haciendo el violín primero antes de sus solos, dando un color a la formación, especialmente a la sección único).
El orden de estas ocho estaciones pienso que no es casual, comenzar por La Primavera de Vivaldi y seguir con el Verano Porteño de Piazzolla que tras los aplausos de forma espontánea hizo al argentino prólogo del veneciano y no al revés, más en el arreglo de Desyatnikov (1955). Sin entrar en cada una y el programa está arriba, simplemente esbozar calificativos y notas como hice para la reseña en prensa de este lunes, destacando la excelencia de una orquesta de 18 músicos jóvenes (4 primeros, 4 segundos, 4 violas, 4 cellos, 1 contrabajo y 1 clave) bien ensamblados, de sonoridad homogénea y ricas dinámicas capaz de sentir el barroco igual que el siglo veinte, sin más búsquedas que un sonido impecable con intención lúdica. Así podría escribir que estas estaciones resultaron juveniles, corpóreas, frescas, plenamente camerísticas, sin buscar historicismos en el barroco, simplemente disfrutando con Vivaldi y Piazzola, aplicando dinámicas y rubati sin complejos para ambos por igual, argentinizando al italiano y no a la inversa.

De los grandes músicos “disonnantes” destacar a Yan Levionnois, con su solo de cello en el otoño bonaerense y mejor respuesta del propio David Grimal porque realmente Vivaldi fue la disculpa para disfrutar de “Las estaciones porteñas” aunque el verdadero entendimiento sonoro de Grimal fuese con el concertino Guillaume Chilemme, otro solista de lujo donde ambos violines “diabólicos”  (no solo por la tendencia a desafinarse) nos hizo olvidar el bandoneón soñado. Hubo licencias “otoñales” del francés con el italiano preparando el invierno del argentino, por el orden elegido, el porteño inmejorable en una visión global sin hemisferios por la firma del ruso que junta en su visión más que versión dos mundos inseparablemente unidos (hay mucho de Italia en Argentina) y que cerraría la primavera porteña de nuestro otoño europeo con el “clave casi de jazz” versioneando ad libitum el inicio del veneciano para cerrar el círculo virtuoso con un deseado da capo que nunca llegó. Juego de nacionalidades sin más bandera que la música.

Realmente disfrutamos Ocho estaciones de Grimal y su orquesta, aunque Piazzola fuese azul como el Real Oviedo y el Auditorio un Carlos Tartiere sin llenar. Vivaldi fue el tiempo añadido, rojo veneciano con el breve Largo del “Invierno” pellizcado con rotunda delicadeza para recordarnos dónde estamos y lo que nos queda.

 P. D.: este jueves 8 será el turno de la pianista Khatia Buniatshvili tras su inesperada cancelación del 3 de diciembre. Toquemos madera.
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