Domingo 7 de enero, 19:00 horas. Auditorio de Oviedo, Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”: Daniel Barenboim (piano). Obras de Debussy.
El verdadero regalo de reyes y la mejor forma de comenzar el año musical fue acudir al concierto de una de las últimas leyendas vivas del piano en pasar por Oviedo (aunque ya estuvo como director) Daniel Barenboim que solo tocará en Madrid y Barcelona dentro de esta gira europea presentando su última grabación y únicas paradas españolas en su agenda, llenando este primer domingo de 2018 un auditorio totalmente rendido pese a vergüenzas ajenas y sonrojos ante el aluvión atronador de toses en todas las direcciones, tímbricas y edades que no solo rompieron la necesaria continuidad e intimismo de los preludios obligando al maestro a levantarse del piano y acercar su pañuelo a la boca para que todos los maleducados entendiesen cómo atenuar esos ataques contagiosos, peores que la propia mala educación.

Y como niños pequeños mal educados, puesto que la cincuentena larga que rodeó al maestro en el escenario sí fueron más cívicos que los mayores, la alegría duró poco en casa del pobre y la megafonía volvió a recordar antes de comenzar la segunda parte el malestar del argentino por las toses que le impedían concentrarse y que el personal griposo de malos modales hiciese ese gesto tan sencillo que además figura en los AVISOS de todos los programas de mano (está visto que leerlos no es habitual): “Mitigar con un pañuelo o la misma mano las toses repentinas, sobre todo en los momentos lentos“, sacando los colores al resto capaz de ahogarse con tal de no romper el necesario silencio ante cualquier concierto.

Pese a estos inconvenientes, desconsideraciones totales hacia intérprete y público en general, amén de impaciencias como no esperar las posibles propinas y levantarse como alma que lleva el diablo, Daniel Barenboim trajo su piano y afinador particular para ofrecernos un monográfico del francés Debussy recientemente llevado al disco con el sello amarillo, lleno de colorido, magia, pinceladas y sonoridades que supongo la maestría del universal argentino habría sacado de otro modelo, aunque me pareció que el equilibrio entre los extremos agudos y graves parece más logrado, junto a unos ajustes precisos de toda la maquinaria que permiten apreciar toda la gama dinámica que las obras de Debussy atesoran, además de un manejo de los pedales redondeando esa paleta sonora impresionista sin un ápice de borrones o manchas.

El primer libro de los Preludios para piano (1909-10) resultó, pese al accidentado inicio, un auténtico catálogo de cuadros musicales en todos los tamaños y tiempos además de las temáticas indicadas en sus doce títulos, casi la Biblia de cualquier pianista que en el caso de Barenboim con su instrumento demuestra porqué es tan bueno dirigiendo, esculpiendo sonidos que se mezclan con total limpieza primando lo principal en un primer plano que salta al oído sin perder la globalidad. Sumemos el juego con los aires totalmente personales más allá de las indicaciones o de un mero rubato, dotando a cada página de personalidad propia, destacando ya pasada la mitad de los preludios como si olvidase la tortura ruidosa, dejando La muchacha de los cabellos de lino literalmente “tranquila y dulcemente expresiva” o como Francisco Jaime Pantín escribe en las notasel retorno a la contemplación, a través de la ilustración musical de un poema de Leconte de Lisle, cuyo pentatonismo aporta desnudez y simplicidad a un entorno de discreto arcaísmo“, el aire plenamente andaluz de La serenata interrumpida como si el Auditorio de Oviedo fuese una Alhambra soñada donde Barenboim ya sentó cátedra, La catedral sumergida incapaz de ahogar toses pero ingrávida y monumental como sus campanas claras en un mar cual aire enrarecido, y el toque humorístico, burlesco e irónico del bufón, Minstrels de saltos y tambores, “arracimando” figuraciones, ornamentos y tempo para cerrar una primera parte de menos a más, concentrado y gustándo(se), recreando el universo debussiano como pocos pueden interpretar tras una carrera de más de cincuenta años donde parecía faltar el compositor francés.

Menos intensa la segunda parte pero igual de emocionante, paleta de coloridos variados en intensidades y paisajes comenzando con las tres Estampas (1903) casi tríptico de acuarela y tinta china por el trazo rápido y fresco, destacando de nuevo lo hispano de Una tarde en Granada que Debussy no conoció pero Barenboim sí, ritmo andaluz puro con evocación de guitarra, y hasta los Jardines bajo la lluvia que en vez de parisinos resultaron del Generalife por el ambiente previo y la luz final que el Mediterráneo tiene y el argentino conoce.

Las “Dos arabescas” (1888) siguientes siguieron surcando el Mare Nostrum, la conocida nº 1 (Andantino con moto) infantil como la sintonía para algunos de aquel “Planeta imaginarioversioneada por Tomita y sus sintetizadores que Barenboim trazó jugando con el tiempo cual fuelle de bandoneón y delicado acento, más la nº 2 (Allegretto scherzando) caprichosa, ágil y precisa, menos juguetona que la primera y contrastada como el propio maestro, quien mostraba todos sus tics habituales en el piano y los que le conocen reconocerán: esa mano izquierda levantada reforzando carácter, la cara reflejo anímico mirando a la derecha sin ver, el echarse hacia atrás puntualmente como levantando tensiones, la fuerza en el ataque que llega al zapatazo derecho sobre la tarima, dualidad del gesto adusto y generoso, serio y elegante como el volver a abrocharse todos los botones de su casaca antes de saludar a todos por zonas.

La isla alegre cerraría este monográfico francés de un intérprete universal que parece haber encontrado en el piano una segunda etapa de investigación sonora sin olvidar una técnica envidiable, afrontando esta isla final con la exuberancia y portento juvenil de apoteosis tímbrica en un instrumento diseñado por el propio Barenboim que sigue impartiendo magisterio y magentismo especial.
Siempre de agradecer las propinas a pares, ambas de Schumann, dos de sus Fantasiestücke Op. 12, la primera Des Abends (La tarde) y la séptima Traumes Wirren (Sueños turbulentos), plena de virtuosismo y vitalidad a sus 75 años, con guiños siempre actuales porque los genios no tienen edad.

A Don Daniel no le gustan las fotos pero accedió a firmar discos tras finalizar un concierto al que no faltó casi nadie para así presumir de haber asistido a un pedazo de la historia del piano nuevamente con Oviedo de referente y siempre recordando a Iberni.