Viernes 21 de noviembre, 20:00 horas. Teatro Campoamor, LXVII Temporada Ópera de Oviedo: cuarta función (reparto joven) Madama Butterfly (Puccini). Entrada de principal: 50 €.

Emociona ver al público en pie rendido ante Carmen Solís, una “Butterfly” española debutante en el rol pero que supo cantar desde el sentimiento. Cuarta representación de las cinco programadas de este Puccini que en su momento no triunfó pero que el tiempo pone en su sitio, necesitando un reparto completo para lograr el espectáculo total. Y el segundo reparto, de viernes joven por el que la Ópera de Oviedo sigue apostando, logró un éxito para recordar encabezado desde la dirección de José María Moreno, la soprano extremeña coronada en este debut del coliseo carbayón, y completado con el “Pinkerton” de Eduardo Aladrén, el “Sharpless” de Javier Franco, el “Goro” de Jorge Rodríguez Norton. Repitieron Marina Rodríguez-Cusí como “Suzuki”, José Manuel Díaz en su doble papel de “Yamadori” y comisario, y resto de reparto, crecidos y contagiados por el ímpetu y entrega de las “nuevas voces”.

El directo siempre es único y permitió disfrutar de más detalles. La escena volvió a ser convincente por lo sencilla y el juego que da remarcado por una iluminación perfecta, blancos puros, azulados o grises, incluso rosados más el siempre necesario rojo pasión. Las bailarinas que no lo son pero con una coreografía cuidadísima pusieron el detalle plástico y visual, el efecto de las sombrillas cerradas convertidas en cuchillos para el “seppuku” colectivo, las velas como estrellas o los globos colgantes llevados como si realmente flotaran, complementando las intervenciones orquestales con acción siempre sobre la escena. Y el coro, con algunos solistas casi de “comprimarios“, volvió a enamorar en cada aparición, difíciles fuera de escena y completos en ella, perfectamente encajados con el foso gracias a una dirección impecable del mallorquín José María Moreno que no sólo mimó todas y cada una de las voces sino que logró intensidades de la Oviedo Filarmonía siempre en el momento preciso, tensión dramática o emoción íntima, volúmenes equilibrados e intervenciones solistas de mucha calidad, juventud en el podio mandando en una partitura compleja de la que extrajo todo el jugo.

El elemento catalizador, la protagonista absoluta y el auténtico revulsivo fue Carmen Solís, convincente en escena desde su primera intervención. Impregnada del espíritu pucciniano logró crecer a lo largo de los tres actos vocalmente, con el vibrato necesario utilizado expresivamente, gama de color uniforme, agudos limpios, medios plenos y graves suficientes incluso con la orquesta en fuerte. Nos tocó la fibra a todos con unos pianisimi emocionantes contrastados con la emoción y fuerza de los agudos, y especialmente con una musicalidad de las que llegan siempre a lo más hondo. No ya la famosa aria “Un bel di vedremo“, que puso la piel de gallina y le dará muchas alegrías a la extremeña, el dúo con Aladrén y sobre todo con Marina Rodríguez-Cusí hizo lucir a sus compañeros, empastando, sacrificando si era necesario en pos de la belleza lírica.

Sólo halagos para una soprano que demostró mucho trabajo para debutar como lo hizo en Oviedo, por lo que el camino iniciado como Cio Cio San deparará triunfos futuros a no tardar.

Eduardo Aladrén fue el Pinkerton perfecto para la Suzuki extremeña, un tenor de afinación segura, color idóneo, registros muy igualados y entrega en cada intervención. De nuevo es de agradecer el equilibrio entre canto y escena, el convencimiento del papel y su evolución en esta partitura compleja y exigente con todos, y el tenor maño captó y cautivó con su voz en cada momento, enamorado, soberbio, cobarde o desgraciado, toda la paleta sentimental desde su línea de canto.

De la mezzo valenciana además de lo escrito sobre ella en la tercera función, repetir el hermoso dúo con Carmen Solís y añadir el momento excelente en que se encuentra, cuerda no siempre reconocida pero que supone, como en el cine, esos papeles de reparto que engrandecen a los protagonistas. Lo mismo podríamos decir del coruñés Javier Franco como Sharpless que completó este repóker canoro porque no quiero olvidarme del joker o comodín Jorge Rodríguez-Norton como Goro, puede que algo corto en volúmenes en casos puntuales y tal vez sobreactuado en un rol agradecido vocalmente sin necesidad de tanto movimiento escénico, pero que al igual que Atxalandabaso en las otras representaciones, son importantes para completar un elenco equilibrado en todos los terrenos.

No cité en la anterior función el papel del hijo de Butterfly que hicieron dos niñas, María Suárez y Paloma Vidau, auténticas actrices y también merecedoras del aplauso del público, que realizan estudios musicales y estoy seguro son ya aficionadas a la ópera para el resto de sus vidas con una experiencia inolvidable.

Seguiré asistiendo a estas funciones donde además del público no habitual de los primeros repartos, que siempre es menos exigente pero también más sincero en la respuesta, también están los que repiten y comparan, así como las conferencias previas de Patxi Poncela siempre distintas y personales, esta vez con “goleada de Puccini a Theodor Adorno desde el verbo melómano radiofónico de acento playero llegado a la capital.

Sin cargar tintas habrá que recordar que lo bueno no está necesariamente fuera de nuestras fronteras, y España sigue siendo cuna de grandes voces líricas. En Butterfly se canta “America forever” que tras esta experiencia tendremos que cambiar por “Jóvenes para siempre”. Apostar por lo de casa no sólo resulta más barato sino que puede ser incluso mejor, acercando a Oviedo público nacional que marcha enamorado de la capital del Principado y su Temporada de Ópera, aunque el dinero del gobierno y la fama se la lleve el Liceu

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