Sábado 22 de marzo, 20:30 horas. Oviedo, Conciertos del Auditorio: Orchestre Symphonique de Montréal (OSM), Kent Nagano (director). Mahler: Sinfonía nº 7 en si menor.

“Canto de la noche” es el sobrenombre de la séptima mahleriana, canción sin voces, en hora poco habitual para un concierto rozando la perfección. En mi mochila sólo me queda una “Sinfonía de los Mil” para cerrar ciclo en vivo, aunque esta venida de Canadá con un californiano admirador de Bernstein, referente y fijo en mi discoteca, será recordada como la pureza instrumental.

Nagano es la elegancia directorial y con su orquesta alcanza cotas de calidad impensables incluso en gira mundial. Pese al cansancio que pueda suponer esta vorágine de ciudades, hoteles, aeropuertos y auditorios (en España sólo Madrid y Oviedo antes de volar a Alemania con escala en Colonia), pensemos que cada concierto siempre es distinto, los ánimos cambian, el tiempo de Mahler ha llegado hace tiempo, y abordar esta sinfonía para los músicos también forma parte de su experiencia vital, más allá de una profesionalidad que brotó a borbotones.

Hacía tiempo que no disfrutaba de una materia prima tan prístina, clara, donde la humanidad parece redimirse como el propio Mahler. Orquesta impresionante no ya en número sino en todas y cada una de sus secciones, solistas envidiables pero sobre todo disciplina y respuesta inmediata a cada gesto del maestro japonés de Berkeley quien reconoce la convergencia del nuevo y el viejo mundo en esta su orquesta. Colocación vienesa con los contrabajos detrás de los violines primeros, arpas de los segundos, percusión con “bronces” atrás, trompas a la izquierda y la madera, toda la inmensidad orquestal de esta séptima, sumándole guitarra y mandolina en el cuarto movimiento para mayor busqueda de sonoridades en auténticos claroscuros de cinco movimientos organizados simétricamente con el Scherzo de pivote indefinido más que sombrío (Schattenhaft).

Si los colores del día anterior eran impresionistas, franceses (Ravel está en el otro programa con Sstravinsky, otra conexión espacio temporal) , delicados, la paleta que “el pintor” exige para este “séptimo cielo” es un lienzo tan especial que debe partir de una tela cara poco habitual, y la sinfónica canadiense lo es en las manos de Nagano. Una delicia escuchar cada instrumento, cada línea melódica, cada contestación, todo en el plano exacto escrito y marcado por Mahler que era igualmente un excelente director de orquesta. Nunca mejor el término “conductor” que utilizan los ingleses porque el titular de la sinfónica canadiense condujo por esta carretera llena de dificultades como si de una autopista al lado del mar se tratase, y sin despeinarse…

Sinfonía con más de cien años esta séptima sigue siendo actual, completa, redonda, tal vez por lo que conlleva de “patetismo del hombre mortal sobre la tierra con sus dudas y sus preguntas, en primera instancia, para proclamar, a renglón seguido, la esperanza y la confianza en una vida mejor” en palabras recogidas por mi admirado Pérez de Arteaga citando a Chamouard, la vigencia de una música que sonó veraz, honrada, emocionada pero contenida en todo momento, ni un grito, ni un borrón, nada accesorio, todo en su sitio, sin disonancias ni líneas etéreas. El sonido resultó de seda por momentos, terciopelo con fortaleza y elegancia, satén nocturno de insinuaciones eróticas en su punto.

Arturo Reverter escribe de esta séptima en las notas al programa que es “composición tan difícil, tan trabada, tan original, tan experimental, quizá la más radical de Mahler desde un punto de vista estructural, arquitectónico, instrumental y armónico”, pero tras la escucha de los canadienses con su titular pareció fácil y ligera, siempre original pero muy asentada, y con esos años que hacen curar la juventud, conservadora aunque de lenguaje inalcanzable todavía para la mayoría pobre de espíritu. El propio Nagano decía en la prensa española que “a pesar de la crisis vivimos un momento emocionante en la música”, y en Oviedo podemos confirmarlo. Si quedaban interrogantes por las mezclas que subyacen en esta obra mahleriana, la respuesta estuvo en esta séptima sin palabras porque la poética, la ironía, el sarcasmo, la tragedia… todo sonó en su sitio alcanzando cotas irrepetibles.

Llego a casa y mientras escribo, busco links (enlaces) y vuelvo a escucharla con Bernstein en Viena, después Lucerna con Abbado… No más dudas planteadas pero el directo siempre será irrepetible, y la Sinfónica de Montreal con Nagano me han dejado un canto que no se extingue al amanecer sino que permanecerá cual “noche oscura del alma“.

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