Viernes 8 de noviembre, 20:00 horas. OSPA, abono 2: “Una patria sin fronteras”, Virginia Martínez (directora). Obras de Verdi, Wagner, Smetana y Dvorak.

En la variación está el gusto y así se presentaba el programa, sin faltar el homenaje a los bicentenarios, una “rareza” poco escuchada en vivo y una sinfonía potente que la OSPA ya ha interpretado en este mismo escenario. Volvía como directora invitada la murciana Virginia Martínez, trabajadora incansable que traía todas las obras memorizadas aunque con distinta respuesta por parte de los profesores, en una pugna donde todos perdimos.

Faltó más implicación por parte de ambas partes porque no es suficiente con el gesto claro si no hay respuesta, mayor precisión de la demostrada por todas las familias, sobre todo en la sinfonía que recordé dirigida por Mr. Griffiths como muchísimo más redonda y rotunda, más el siempre necesario plus de “tener mano izquierda” en el amplio sentido de la palabra. No hubo balances dinámicos adecuados, los tempi resultaron un tanto sosos, y sólo la belleza de las obras salió indemne, así como las intervenciones solistas que siempre son seguras aunque no necesariamente entregadas, tal vez contagiándose del repentino frío tras unos días de “veranillo”.

La idea de abrir velada con la Obertura de Nabuco (Verdi) era buena de interpretarse con criterios musicales más claros, pero la orquesta me sonó a banda sinfónica hasta para el esbozado “Va pensiero” que aparece en este mal homenaje verdiano.

El Idilio de Sigfrido, Wwv 103 (Wagner) tiene todos los ingredientes para disfrutarse al contar con una cuerda sobresaliente desde hace años y la plantilla idónea para completar una página bellísima que se quedó en escarceo amoroso, nueva decepción para este segundo bicentenario.

La venganza de Šárka (Smetana) sirvió para enmendar la plana por todas las partes, el auténtico primer plato tras los sosos entremeses previos, obra poco escuchada pese a estar incluida en “Mi patria” por no programarse completa sino algún número suelto de los seis de que consta. La dirección de la maestra Martínez fue más convincente y guerrera, fogosa como el violento inicio, siguiendo el hilo literario previo que refleja muy bien mi colega Ramón Avello en las notas al programa. Tanto las distintas intervenciones solísticas como el tutti parecieron contagiarse del ardor y dar lo mejor de la sesión para una obra realmente hermosa.

El plato fuerte quedó fuera de punto, diría que crudo, demasiado “lineal” y falto de carisma, un tira y afloja para la Sinfonía nº 8 en sol mayor, op. 88 (Dvořák) de la que esta orquesta nuestra nos ha dejado en el auditorio una interpretación a años luz de la dirigida por el maestro Griffiths, adorada por el que suscribe, grabada de la radio digital y subida al portal goear© para disfrutarla en su totalidad. El Allegro con brio no colmó las expectativas, masa sonora sin definir las líneas melódicas salvo las ya escritas en la partitura, el Adagio siempre conmovedor sólo degustado a medias por momentos que apenas se mantenían, el Allegreto grazioso un pequeño guiño cual sonrisa educada, y el Allegro, ma non troppo un poco más sentido como si atisbar el final del concierto diese un toque de viveza y chispa del que careció el resto de la sinfonía pero sin el regusto vienés del compás ternario. Desajustes inesperados en cambios de ritmo, indecisiones y hasta entradas a destiempo quedaron por el camino.

La directora murciana y la orquesta asturiana volvieron a darme la sensación de una relación imposible donde todos perdimos la posibilidad de un concierto variado pero sin gusto. La patria sin fronteras que debería ser la música se quedó en otro ideal. Lástima que el trabajo duro no tuviera la recompensa esperada, al menos por mi parte.