Jueves 7 de noviembre, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo: Jornadas de Piano “Luis G. Iberni”, Evgeny Kissin. Obras de Schubert y Scriabin.

Todavía con la última lágrima de emoción tras el tercer bis de Kissin, la Polonesa nº 6 de Chopin que escuchase por Rubinstein en el Teatro Campoamor hace muchos años (7 junio 1975), se me hace difícil transcribir a palabras el torrente de sentimientos que nos sacudió de principio a fin desde un auditorio con la caja acústica haciéndonos aún más cercano un concierto íntimo para todos los presentes, e intentando plasmar lo más rápido posible esta emoción que no quiero dejar reposar.

Contar la biografía de este veterano de 42 años daría para mucho, análisis desde todos los puntos de vista, aunque pianista y ruso ya marca diferencias. Jugando con el abecedario tengo tres “t”: Talento, Técnica y sobre todo Trabajo, pues el primero con el segundo quedarían cortos si no se suma el tercero, necesario para distinguir un grande de un genio. Y de esas tres “t” salen tres “s” emparejadas y consecutivas: Sensibilidad, Sonido y Seguridad, talento sensible con técnica que logra un sonido indescriptible y con el trabajo tener la seguridad de saber que cada concierto, aunque se repita el programa, incluso las propinas, siempre será distinto.

Kissin llegaba de Madrid a Oviedo, engrandeciendo la nómina de figuras que han pasado por la capital asturiana, y comenzaba hablando de Rubinstein como si la última propina cerrase un ciclo vital para mí. También dos “s” como las de su apellido, Schubert y Scriabin, incluso forzando en cierto modo “Shopen ruso” que continúa el juego emocional en que se convirtió este primer jueves de otoño asturiano, “veranín de San Martín”, música siempre limpia, clara, de líneas perfiladas sin el más mínimo atisbo de niebla, dibujo perfecto y colores exactos para describir lo indescriptible desde lo inefable e irrepetible de un concierto que me ha marcado definitivamente.

La Sonata para piano nº 17 en re mayor, D. 850 de Schubert no puede tocarse mejor en todos los sentidos. Leyendo las notas del maestro Francisco Jaime Pantín era como si las hubiese escrito después de escuchar a Kissin, porque todas ellas son aplicables a la interpretación transparente, limpia impecable, “afirmación vital no exenta de euforia”, luminosa y brillante, “movilidad casi vertigonosa… que parece anticipar los excesos schumanianos”, y así todas ellas, escritura instrumental que en el piano del ruso aún resultaba más rica, inspiración en el cuarteto de cuerdas que se trasformaba en orquesta donde “la música parece extinguirse hacia las simas más recónditas del teclado”, para avanzar hacia la “sonoridad casi líquida en su fluidez” en este oasis otoñal que el pianista prodigio convirtió en lección mágica y sonora.

Y Scriabin cual “Chopin a la rusa” sería protagonista absoluto de la segunda parte, primero su Sonata nº 2 en sol sostenido menor, op. 19 en dos movimientos de claras resonancias románticas y calado expresivo que Kissin sabe aflorar como nadie (regalo de música). La técnica para el sonido con el talento y sensibilidad hicieron disfrutar tanto del lírico Andante como del vértigo del Presto final, angustia serena que supo a poco en otra interpretación profunda y magistral. Condensación de emociones desde la genial madurez.

De los Estudios Op. 8, también deudores del modelo chopiniano, incluso en su trasfondo pedagógico, la selección resultó un muestrario de profundidades cual montaña rusa de sensaciones, siempre con un trabajo previo capaz de dar a cada dedo la fuerza y protagonismo exacto para delinear lo que cada “miniatura” esconde, nuevamente descrita por Pantín como sólo un profesor es capaz y el genio poner en música: los estudios 2, 4, 5, 8, 9, 11 y 12 sonsacando lo mejor de ellos desde la aparente sencillez siempre equívoca para el profano, pero apasionadas en cada uno de ellos con estados anímicos variados, sutiles o delicados, épicos o apacibles, trepidantes o dramáticos, nocturnos enamorados y “patético” final, homenaje revolucionario de plenitud y paroxismo donde el virtuosismo no epató un discurso musical irrepetible. De nuevo los estudios convertidos en piezas de concierto en las manos (y pies, porque el uso de los pedales daría para un tratado exclusivo) de este genio único dentro de una generación de pianistas galácticos, mayoritariamente rusos, que marcan diferencias dentro de la excelencia, haciendo difícil elegir. Pero para gustos los momentos.

El regalo de la Siciliana de la Sonata de flauta de Bach que recrease el gran Wilhelm Kempff (también grande en Schubert) fue como la guinda de la exquisitez, pero Chopin y sobre todo la última Polonesa, me hicieron derramar lágrimas de emoción, algo que pocas veces me pasa. Gracias Evgeny, “ElGenio Kissin” y emociones a flor de piel.