Segunda final del concurso gijonés en el marco del festival, con un grupo argentino joven de cuerda pulsada y un espectáculo que incluye textos de Tirso de Molina, de quien toma nombre el grupo o Sebastián de Villaviciosa que titula el espectáculo, basado en un baile que el alcalde ofrece haciendo desfilar distintas danzas y seleccionarlas en modernas o antiguas para la época en que fue escrito el texto, siendo músicas renacentistas, barrocas ibéricas y latinoamericanas.

Natacha Cabezas (archilaúd), Sebastián Strauchler (laúd renacentista) y Laura Fainstein Sestopal (guitarra barroca) forman este trío con cuerda para rato, Don Gil de las Calzas Verdes, que organizan el programa en dos partes sin pausas, auténtica dramaturgia incluso en el atuendo (estrenaban las calzas verdes) y unos textos que no pude escuchar claramente por una acústica excelente solo para la música. El repaso a ritmos y danzas desde unos arreglos propios realzan la poesía entrelazada aunque por el color instrumental demasiado similar pudo resultar algo monótono. Con todo resulta un placer escuchar a Gaspar Sanz con la Danza de las hachas que abría espectáculo o la Pavana por la D intercalado con Diego Ortiz y dos de sus Ricercadas, sobre “pasamezzo antico” y “pasamezzo moderno” en ese hilo argumental de tempi algo lentos, sin olvidar a Santiago de Murcia como mortero unificador de ida y vuelta con sus Gallardas puente hacia la segunda parte,  primero Marizápalos, Folías italianas, y ya animándose los Canarios en Sol, una Jota bien llevada y alabada por “el alcalde”, pero sobre todo los Impossybles cuyo fino arreglo permitió escuchar los “3 en 1” (como el aceite engrasador válido para todo) al pasar con auténtico primor escalas ascendentes y descendentes de uno a otro con “mimo textural” si se me permite la expresión. Los Villanos de Martín y Coll fueron cual entremés entre Murcia antes del salto hacia América precisamente con las Lanchas para baylar de Martínez Compañón y la fiesta final de los Zarambeques “murcianos” macerados también en el Códice Saldivar, percutiendo los instrumentos que enriquecieron la paleta del trío.

El jurado tuvo difícil la elección de ganador (a la que dedicaré otra entrada) pues el trío argentino demostró un poso artístico enorme, desde la organización de las obras y textos hasta los arreglos musicales para su formación, difícil en tres “laúdes” tan distintos en su tratamiento pero que solventaron con un rigor muy de agradecer.

Todos ellos tuvieron papeles solísticos, de acompañamiento rítimico además de armónico, y sobre todo de conjunto, auténtico trío que suena como uno aunque se pierda colorido, supliéndolo con la alternancia de ritmos y tempi así como un intercambio de roles en todos ellos, especialmente en guitarra y archilaúd, siendo “menos protagonista” el laúd renacentista que cuando tuvo que hacer lo “Impossyble” cambió el color del grupo, sobre todo y como ya apunté, en la segunda parte. Los elogios que les precedían se quedaron cortos al escucharles en esta segunda final. El resultado, en breve…