Viernes 1 de junio, 20:00 horas. Auditorio de Oviedo, Concierto de abono nº 14, OSPA, David Moen (tuba), David Lockington (director). Obras de Samuel Jones y Johannes Brahms.
Siempre es un orgullo que los solistas de la OSPA den un paso al frente y se conviertan en protagonistas, y en el penúltimo de abono nuestro tuba titular estrenaba en Europa el concierto compuesto entre 2004 y 2005 por Samuel Jones (Mississippi, 1935) y estrenado por la Seattle Symphony en 2006.

El Concierto para tuba resultó todo un descubrimiento como obra sinfónica, no ya por el lucimiento del solista, capaz de momentos líricos donde el sonido del “bajo en Fa” tomaba colores de trompa hasta el virtuosismo del último movimiento (Largo-Allegro molto) en perfecto dúo con el flautín (César González, compañero en Candás del propio David) con unos contrastes tímbricos tan bien logrados, sino por la escritura para la orquesta desde un dominio del lenguaje romántico con el tamiz de un compositor de nuestro tiempo. Las notas al programa (enlazadas en los compositores, al inicio de la entrada) escritas por Diana Díaz ayudan a comprender no ya la obra en sí sino todo el trasfondo del tercer movimiento como homenaje sonoro al ingeniero aeronáutico James P. Crowder, con una tuba perfectamente ensamblada con la orquesta más allá de la familia de metales, compañeros habituales de atriles que empastaron a la perfección, siempre bien llevados por el otro David, Lockington que volvió a mostrar un estilo claro, conciso, atento al detalle y conocedor de la orquesta hasta hacerla sonar como si la plantilla fuese la deseada. Destacable toda la interpretación de David Martin Moen que volvió para regalarnos ese Elogio a la música de Schubert tras el esfuerzo físico y musical que el concierto de Jones supuso, agradeciéndole todos el trabajo y estreno para un instrumento que no suele tener el protagonismo de este caluroso inicio de junio.

Aunque quede el último concierto de la temporada, para mí era este viernes el cierre de curso, y nada menos que con la Sinfonía nº en RE M., Op. 73 (Brahms), aún reciente en el oído y una de las obras que han marcado mi memoria de melómano. Precisamente por todo lo que tiene de personal, las exigencias y expectativas reconozco que son altísimas, aunque sabedor del estilo directorial del británico afincado en EE.UU. y la química que ha logrado con la OSPA, la interpretación resultó aseada y adaptada a una orquesta que sigue pidiendo a gritos aumentar la plantilla de cuerda.
Lockington optó por trabajar la textura en los cuatro movimientos y jugar con las dinámicas necesarias que equilibrasen el desajuste para una sinfonía tan densa como la del alemán. Su versión resultó no ya elegante sino serena, sin sobresaltos, equilibrada en tiempos, poco arrebatadora y muy “cantabile”, con poso, totalmente distinta de la última del auditorio y complementaria, dos visiones del mismo paisaje sonoro con distintas herramientas pero igual de sinceras, atento a los fraseos más que a la globalidad romántica, contenido pero nunca distante. Como escribe mi querida Diana de esta sinfonía, “es una obra compacta y de una rica inventiva melódica y rítmica… transmite un clima más apacible y luminoso” que la Primera, y así la hizo sonar el ya principal director invitado de la formación asturiana.

El Allegro non troppo se ciñó a la agógica indicada, familias bien ensambladas de las trompas a las maderas y la cuerda siempre incisiva para compensar volúmenes, densidad pero con transparencia. La formación como chelista del maestro británico creo que se notó al sacar de la cuerda grave sonoridades perfectamente empastadas y redondas sin apoderarse nunca del registro en el que se mueven. El Adagio non troppo fue una prueba más de lo indicado, al igual que los pizzicati presentes pero nunca hirientes. El Allegro grazioso, quasi andantino jugó con ese baile tan difícil de encajar por los cambios de ritmo bien solventados por esta orquesta que a lo largo del curso ha ganado en confianza en todas sus secciones (la madera sigue estando impecable), sobre todo cuando se le exige con sabiduría, y el maestro Lockington la ha demostrado. Tras una necesaria afinación total por un calor sofocante unido al duro trabajo de los tres movimientos anteriores, las variaciones del Allegro con spirito nos devolvió la mejor cuerda bien complementada por viento y timbales en la explosión de este movimiento con tintes militares donde Moen hubiera disfrutado, aunque su alumno y amigo, mi tocayo González Merino cumplió igualmente en esa fanfarria que sigue recordándome sonidos de órgano (el de la Iglesia de San Francisco estaba a la misma hora trabajando a dúo con el cornetto).

Buen concierto para una temporada que sin apenas altibajos, nos deja en el horizonte la llegada a esta su casa de Rossen Milanov, y la continuidad de Lockington como principal invitado, con una orquesta ansiosa por seguir alternando el repertorio de siempre junto a estrenos que, cuando tienen calidad, nos hacen disfrutar a todos.