Viernes 16 de marzo, 20:00 horas. OSPA, Concierto de Abono nº 7: Ana Nebot (soprano), Antoni Ros Marbà (director). Obras de Montsalvatge y Beethoven.

En este año 2012 de aniversarios como el de Debussy sin ir más lejos, España parece que se haya olvidado el centenario de uno de nuestros compositores más internacionales, prolíficos y polifacéticos del siglo XX, que tiene en su haber el Premio Nacional de Música del año 1985: Xavier Montsalvatge (1912-2002), fallecido hace diez años, y del que Asturias con su Orquesta Sinfónica puede presumir de haberse sumado al tributo y homenaje programando su Sinfonía de Réquiem (1985) compuesta por encargo tras el citado galardón del Ministerio de Cultura y estrenada en el II Festival de Música Contemporánea de Alicante por la Orquesta de la Radio de Belgrado con José Luis Temes en la dirección (¡cuánto ha hecho por nuestra música!) y la soprano María Villa el 19 de septiembre de 1986. Bien lo recordó en la conferencia previa al concierto mi admirado Alejandro G. Villalibre, quien también nos ha dejado unas excelentes notas al programa, retazos de un compositor no suficientemente escuchado ni reconocido en nuestra España siempre olvidadiza y a veces ingrata con los suyos.

El concierto trajo como director invitado precisamente a otro catalán que ha realizado creo la única grabación de esta obra, conocedor en profundidad de la misma con amplia trayectoria y currículo en distintas formaciones, habiéndole disfrutado varias veces en Oviedo: Antonio Ros Marbà, que optó también por incorporar en el último número a la soprano ovetense Ana Nebot.

La versión que nos dejó el maestro de L’Hospitalet de Llobregat primó el color sobre el trazo, buscando tal vez el propio espíritu que el compositor expresó para su obra de “sosiego y esperanza”, distintos planos sonoros para los seis movimientos sin pausa que exprimieron la paleta orquestal del músico gerundense ya en total madurez donde no parecía querer innovar ni romper sino más bien interiorizar. Algo así pareció transmitirnos Ros Marbà desde el Introitus inicial, placidez del Kyrie, poderío en los bronces para un Dies Irae en la más pura tradición occidental y cinematográfica que Alejandro se encargó de recordarnos antes (yo añadiría incluso a Bergman y “El Séptimo Sello”) y el Agnus Dei cual recapitulación tímbrica con dinámicas que sacaban a flote la oración musical plena de luminosidad en Lux Aeterna. Todo un muestrario del intimismo orquestal de Montsalvatge en un “Requiem sin palabras” que finalizaría con las del Libera me entonado desde detrás del palco lateral izquierdo por Ana Nebot “Dales señor el descanso eterno. Amén”, perfecto colofón de súplica hecha voz sin perder nunca la esperanza, nuevamente íntimo rezo celestial y recogido (me emocionó la soprano en un pasaje que por breve resulta difícil dar tanto en tan poco) siempre bien “concelebrado” por un Mosén Marbà que hizo con la orquesta lo que deseó, aprovechando un grupo tan formado y cohexionado capaz de superar la probable apatía que una obra como la del catalán puede llegar a provocar en los músicos, consiguiendo con profesionalidad un resultado más que digno.

El ambiente de recogimiento y misa de difuntos pareció continuar con La Tercera de Beethoven más allá de su impresionante Marcha Fúnebre del segundo movimiento. Mantengo mi apoyo de programar en esta dirección, obras de nuestro tiempo con las que nos han ido formando como melómanos y no deben apartarse del directo, aunque todos tengamos nuestra versión preferida y la de Ros Marbà con la OSPA no será una de ellas. Precisamente por escucharla tanto y en interpretaciones de todo tipo sin ahondar en calidades (aún está fresca la última apuesta de Chailly que ya vuelve a sacar comparativas incluso de duraciones), el rumbo tomado por el director catalán no acabó de llenarme, aunque vuelva a reconocer lo dúctil que es nuestra orquesta, capaz de responder a cuando se le exigió, si bien mantengo ese espíritu meditarráneo (casi francés) que venía de la primera parte y contagió la Sinfonía nº 3 en MI b M, Op. 55 “Heroica” (Beethoven), más luminosa que guerrera, contemplativa no exenta de la energía necesaria pero cercana al Mozart de “La 41” por clásica en vez de la rabia contenida romántica. El Allegro con brio estuvo otra vez colorido pero no delineado, esperaba ese “toque germánico” del que adoleció. La sensación de inseguridad en el arranque se repitió en la Marcha fúnebre: Adagio assai, aunque una vez encauzado discurrió con la solemnidad y ritmo de una de las joyas sinfónicas de la historia, con más luces que sombras que brillaron con luz propia en el “breve” Scherzo: Allego vivace donde el trío de trompas se lució junto al oboe de Ferriol. El Finale: Allegro molto-Poco andante-Presto estuvo bien contrastado en todos los aspectos aunque volví a recordar versiones más cercanas a mi gusto (Dudamel me puede y con “La Bolívar” en Bonn les dieron su beneplácito). El resultado final notable aunque mi cuerpo necesitase más agitación interior que contemplación. Supongo que la vuelta de Milanov hará retomar el camino emprendido esta temporada.

P. D.: Crítica de Aurelio M. Seco en LVA y “Codalario” y de Diana Díaz en LNE del lunes 19.

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